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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Cueva de ladrones</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/cueva-de-ladrones/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[myedi124]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 28 Mar 2022 07:48:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[El viento y la semilla]]></category>
		<category><![CDATA[extinción]]></category>
		<category><![CDATA[héroes]]></category>
		<category><![CDATA[mercados]]></category>
		<category><![CDATA[naturaleza]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Martínez Llorca]]></category>
		<category><![CDATA[Solastalgia]]></category>
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					<description><![CDATA[Nadie es un héroe, o al menos un héroe al estilo de los que quisiéramos emular: Hércules, Astérix y Obélix, Philip Marlowe o Iron Man…, tipos que pertenecen a diferentes mitologías: no se les puede derrotar, como no se nos puede derrotar a ninguno en sueños, que es el lugar donde somos invencibles.]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Ricardo Martínez Llorca*</p>



<p>Una de las formas más higiénicas de tortura y, en consecuencia, de las más humillantes, consiste en desvestir al preso en un sótano para interrogarlo bajo potentes focos. Cuando la privación del sueño quiera destruirle, se encontrará con un cuerpo sin autoestima a cuenta de la desnudez denigrante.</p>



<p>Nadie es un héroe, o al menos un héroe al estilo de los que quisiéramos emular: Hércules, Astérix y Obélix, Philip Marlowe o Iron Man…, tipos que pertenecen a diferentes mitologías: no se les puede derrotar, como no se nos puede derrotar a ninguno en sueños, que es el lugar donde somos invencibles.</p>



<p>Pero la tortura pertenece al lado del planeta que está siempre en vigilia; ahí no existe el derecho a soñar. Bajo las condiciones que se le imponen al reo desnudo en el sótano de la tortura, uno estaría dispuesto a firmar cualquier cosa a cambio de algo tan real como unos calzoncillos.</p>



<p>Ésta es la manera de actuar, en buena medida, de cualquier represor social, y más aún en tiempos de crisis. Y las crisis son congénitas y crónicas para demasiada gente. En ese lado oscuro de la Tierra habitaron demasiadas cosas que han desaparecido. Algunas eran muy antiguas, como el rinoceronte blanco, el delfín del Yangtsé, el pájaro Dodo o los helechos gigantes; otras son tan recientes como el paisaje de nuestra infancia, que contenía un pequeño bosque con árboles muy familiares, y muchos de esos seres a los que hubiéramos querido abrazar a la hora de despedirnos, desde los renacuajos de la charca, hasta las bellotas que ametrallaban la pradera después de la tormenta.</p>



<p>Que la humanidad sobreviva una vez que ha dejado de existir la pequeña hura donde vivía una familia de conejos a la que habíamos puesto apellidos habla más de nuestra capacidad de adaptarnos que de nuestra capacidad de aprender. Aprender pertenece a las acciones humanas voluntarias que suceden al mirar hacia los mitos, tal vez hacia Idéfix, el perrito de Obélix que llora cada vez que alguien derriba un árbol, y también hacia los mitos que hablan de un mundo muy vivo, como el de Ovidio, el de John Ford o el de Walt Whitman. Adaptarnos, por su parte, pertenece a las consecuencias de la resignación, que los antiguos griegos colocaban como el peor de los males.</p>



<p>¿Que hayan desaparecido esos árboles y esa familia de conejos es una pérdida o es un robo? Las soluciones científicas, a las que confiamos cualquier cosa porque creemos racionales, nos muestran que si algo desaparece lo ideal es sustituirlo: en lugar de pájaros, tenemos aviones; en lugar de amigos, tenemos emisiones en <em>streaming</em>. Gracias a la biotecnología hoy en lugar de tomates tenemos “tomates”, en lugar de algodón tenemos “algodón”, y en lugar de arroz, otro “arroz”.</p>



<p>Más complicadas resultan otras sustituciones, como las del rinoceronte blanco o los helechos, que han sido reemplazados por fenómenos a los que ya nos hemos acostumbrado, por casas de comida rápida o el comercio online. Cuando desaparece algo, nuestra existencia empeora. Pero nuestros minutos están llenos de demasiadas cosas como para notar el empeoramiento. De hecho, nuestros minutos están incluso llenos de ellos mismos, de tiempo, que, dicta el verso de Borges, es materia deleznable.</p>



<p>Hasta el tiempo es, digamos de una vez la palabra maldita, mercado. Los mercados aman las soluciones, como las que garantizan la ciencia y la tecnología. Provocan una farsa de revolución, pues consiguen que la sociedad siga prolongando la pantomima de ser ella misma. El mercado alimenta, así, algo que resulta ser destructivamente normal.</p>



<p>Asistir al mundo es asistir a un espectáculo normal en el que deseamos toparnos con lo extraño. Para dotar a la extrañeza de un sentido benéfico, cabría volver, si se pudiera, a crear los helechos gigantes y el pájaro Dodo, o volver a la filosofía y al arte, además de retornar al cariño, y a casi cualquier cosa que desliza un poco de cielo puro por alguna rendija de nuestro cuerpo, un cuerpo que está ahora en ese sótano, desnudo, bajo los focos, pensando en los calzoncillos por los que estamos dispuestos a firmar cualquier cosa, es decir, demasiado ocupado en los problemas que nos dan los mercados y los afanes de la tradición, es decir, muy tenso y angustiado a cuenta de la desigualdad de una sociedad demasiado estratificada, la de los mercados, y de la doctrina, que es lo que impone la tradición y que resulta ser todo lo contrario a la educación: la doctrina es instrucción para esclavos, la educación supone combate, sí, contra el hedonismo de masas, contra la trampa tecnológica y contra todo aquello que ha modelado la cabeza en función de un adoctrinamiento, de unos genes, de un ambiente, de una clase social.</p>



<p>Ese ambiente o esa clase social nos lleva a normalizar sucesos hasta el punto de que creemos que construyen la realidad. Creemos que son sucesos racionales y que, en consecuencia, trenzan lo real. ¿Lo real es lo normal? ¿Es normal la extinción por agotamiento de la Tierra? ¿Es normal el mal, por el mero hecho de parecer más racional? ¿Por qué parece más racional?</p>



<p>Posiblemente parece normal porque es cuantificable: podemos medir cuántas personas mueren en un bombardeo, pero desconocemos cuánta gente se salva gracias a las caricias. Podemos medir la normalidad, la realidad o como queramos llamarlo, que se trenza con costuras del mal: muertos, enfermos, miserias, represiones, estafas… pero más complicado, imposible, incluso, es medir el beneficio de los momentos extraños que nos salvan, porque no hay escala para valorar los instantes de belleza y de amor.</p>



<p>Hemos dicho momentos extraños y se nos ocurre recordar que extraño es antónimo de normal, de normalidad, de realidad, pues, y realidad, tal y como la estamos concibiendo, se parece demasiado a un sinónimo de precipicio.</p>



<p>Volvemos a hablar de ese precipicio en el que han desaparecido los árboles y los conejos, y dentro del cual acabará por sucumbir, si nos empeñamos en regirnos por lo normal, el dolor de los demás, el arco iris que aparece hasta en los charcos, lo que profesamos por nuestras parejas, el reflejo de las estrellas y hasta el humo de la buena memoria: todo lo que nos produce buenos sentimientos, asombro, extrañeza. Ese precipicio, esa realidad, esa normalidad, esa tecnología, esa ciencia, tiene mucho que ver con las soluciones que, recordamos, son las grandes aspiraciones de los mercados.</p>



<p>¿Significa esto que los grandes problemas no tienen solución? No cercenemos lo posible antes de tiempo. Los grandes problemas pueden pensarse. Es más, deben pensarse. El poder, por su parte, es amigo de soluciones sin pensamiento. Creo que a eso se le conoce como codicia.</p>



<p>Poder, codicia, mercado… Pero detrás de esos conceptos hay personas. Recurro ahora a mi ambiente, a mi educación, a mi clase social y pienso que si existen los mercados es porque existen los mercaderes y, en consecuencia, cabe gritar: «Quiten esto de aquí, no hagan de la casa de Mi Padre&nbsp;una casa de comercio»; o «¿No está escrito: “mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones”? Pero ustedes la han hecho&nbsp;cueva de ladrones».</p>



<p>Lo normal, entendiendo por normal lo real y por real lo que hemos estado describiendo, es que la casa de oración, la casa de mi padre, el arco iris de los charcos, los cuidados frente al dolor ajeno y casi todas las cosas que hay en el planeta desaparezcan algún día, como desaparecieron el rinoceronte blanco y el pájaro Dodo. A nosotros nos queda el consuelo, el pensamiento, de escribir algún pie de página en esta historia, recordando que literariamente no vale cualquier causa, sino que lo primero es elegir bien la causa y entonces sí, entonces todo puede valer. </p>



<p>En la causa que a mí me hubiera gustado defender, se vería reflejado mi sueño, ese lugar en el que, he debido comentar al principio, somos invencibles. En mi sueño todo el mundo tiene pan, sí, pero además todo el mundo tiene sol, incienso, zapatos nuevos y cerezos en flor.</p>



<p></p>



<p></p>



<p>* Ricardo Martínez Llorca leyó este texto en las presentaciones de su crónica <em><a href="https://editorialcomba.com/libros/ensayo/el-viento-y-la-semilla/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">El viento y la semilla</a></em>.</p>
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		<title>Una renca asimetría</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/una-renca-asimetria/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 08 Mar 2022 10:35:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
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		<category><![CDATA[Julio Cortázar]]></category>
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		<category><![CDATA[Rosa Chacel]]></category>
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					<description><![CDATA[El ser humano parece haberse dado cuenta al fin, como el personaje de Cortázar, de que a lo mejor se equivocó y viene tratando de sacar de forma contumaz una mano por la manga equivocada, la otra por el espacio destinado al cuello, la cabeza vaya a saber por dónde y de que la barriga ya no tiene donde meterla, con la amenaza fatal de precipitarse al vacío. Una ventana quedó abierta. ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>Aunque hoy nos convoque otro tema, debo hacerles una confesión: llevo un calcetín más largo que el otro<a href="#_ftn1">[1]</a>. Tienen ambos el mismo dibujo, de rombos ingleses y fondo marrón, como pueden ver, pero uno es más largo que el otro y eso me retuvo por la mañana un par de minutos, cinco tal vez, en patética posición frente al espejo. Sé que tengo otro par iguales, pero debían de estar por lavar pues en el armario no los vi. Es decir que ya anduve otro día con un calcetín largo y el otro corto, lo que ahora me daba dos opciones: 1) seguir igual; 2) ponerme uno sucio y el otro limpio. <strong></strong></p>



<p>Ya saben por cuál de ellas opté, aun a riesgo de desalinearme. Llevaba prisa. Y de hecho llegué al tren con la lengua fuera, a punto del pitido último y ya bien agitados el agobio horario y la angustia provocada por los calcetines. Un día es esto, al otro sucede algo parecido con los pantalones y al otro es una camisa o un jersey, que no acertamos a sacar el brazo por la manga y nos enredamos a la manera cortazariana. ¿Cuántas ves me habré referido ya a ese relato<a href="#_ftn2">[2]</a>? Pero es que así es, ni tiene remedio ni se puede culpar a nadie, no hay una causa clara. Nos da la impresión de tenerlo todo bajo control, pero no, nada de eso, el menor descuido puede provocar una rebelión en el armario y de pronto, con las prisas del tren, una mañana que iba a ser como cualquier otra descubrimos que algo falla en nuestro atuendo. Y no es simple torpeza, en este caso. Uno tiene claro que viene dándose un desarreglo, y que, como siga así, las cosas no van a ir sino de mal en peor. Puede uno acabar cojo, patizambo o con una pierna más larga que la otra. O todo a la vez, quién sabe.</p>



<p>Esa angustia, si la trasladamos al medioambiente, al malestar que nos generan los continuos excesos climatológicos, es la solastalgia. Recuerden: «angustia por las consecuencias del cambio climático o los desastres medios ambientales», según la definición de la RAE. «Cólera irónica» lo llamaría Julio Cortázar, el nerviosismo malo de cuando tomamos conciencia de habernos equivocado. Menos mal que tarde o temprano conseguimos abstraernos y seguir adelante, coger la maleta, parar un taxi y decirle que se dé prisa. Vamos justos de tiempo. Y de agua. Y de frío. Y de todo. Pero vamos a hacer como que no pasa nada, que yo nunca perdí un taxi y hoy no sería el día. Aquí estoy, aquí me tienen, hablándoles de lo que fue y lo que pudo haber sido.</p>



<p>Tuve que correr un poco, colgarme la maleta al hombro, agarrándola casi como si fuera un fardo, y apresurarme al control de acceso, al primero y al segundo, la documentación quemándome en las manos, y de ahí rápido a las escaleras que conducen a las vías, con una energía no muy distinta a la que empleamos para apagar un fuego o achicar agua. Ya luego respiraremos hondo, y entonces nos diremos, en el eterno engaño, que en verdad estaba todo controlado. ¿Todo? Las prisas, tratar de hacer las cosas más y más rápido, es conocido que sólo sirven para complicarnos la existencia. Y yo, sentado ya en el tren, la maleta en su sitio y logrado el objetivo principal, me di cuenta de que no estaba todo controlado, ni en broma, que la realidad es mucha y se manifiesta a cada instante. ¿Cómo explicar si no ese desequilibrio, la renca asimetría entre mis calcetines? La sentí de nuevo al ponerme cómodo y estirar —es un decir— las piernas, con el cosquilleo desigual al final de cada una. Ay…</p>



<p>Lo que no se olvida nos espera, escribió Rosa Chacel. Y lo que no se arregla…, eso también nos espera. Por suerte sólo yo sé que llevo un calcetín más largo que el otro —si ustedes me guardan el secreto, es evidente—, nadie lo va a ver, y acaso sólo yo lleve la cuenta de los días sin llover, y claro, por otra parte, el día está precioso, no vamos a estropearlo por un calcetín más largo que el otro, ya va a llover y bajarán de nuevo las temperaturas, y esas macrogranjas de las que vienen hablando son en el fondo un asunto político, lo van a solventar, o no, pero lo importante es que yo no me quede ahí atrapado porque de momento no estoy cojo y debo seguir mi camino. Claro que… ¿y si así fuera? ¿Qué será de mí si no consigo poner orden en mis ropas, qué será de mí, de nosotros, si no conseguimos recuperar el orden estacional y natural? El ser humano parece haberse dado cuenta al fin, como el personaje de Cortázar, de que a lo mejor se equivocó y viene tratando de sacar de forma contumaz una mano por la manga equivocada, la otra por el espacio destinado al cuello, la cabeza vaya a saber por dónde y de que la barriga ya no tiene donde meterla, con la amenaza fatal de precipitarse al vacío. Una ventana quedó abierta. </p>



<p>Algo de eso está en el libro que hoy presentamos, <em><a rel="noreferrer noopener" href="https://editorialcomba.com/libros/narrativa/de-la-solastalgia/" target="_blank">De la solastalgia</a></em>, puestas las ideas en orden y escapando a toda definición. No es el propósito de este libro dar con una respuesta concluyente, sino trasladar al lector el conflicto natural que los tiempos actuales nos plantean. La complejidad, en fin, de ser y estar en el mundo con uno mismo y cuanto nos rodea. Eso siempre lo digo. Y además me gusta decir que, como editor, es uno de los libros de los que más orgulloso estoy. En una antología no es fácil sentir que uno ha logrado justo aquello que se proponía, en forma y contenido, y si bien habría deseado que fuera más amplia, con más autores, la excelencia de los que participan en ella es un privilegio y queda de sobra demostrada en los relatos que la integran. Léanla, por favor. Disfrútenla.  </p>



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<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> Este texto tiene su origen en la presentación del libro <em>De la solastalgia</em> del 10 de febrero de 2022 en la Librería Lé de Madrid, junto a Ana Santamaría y Miguel Ángel González.</p>



<p><a href="#_ftnref2">[2]</a> ‘No se culpe a nadie’, publicado por primera vez en 1956 en <em>Final del juego</em>.</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: ‘Son d&#8217;ancestres’ (1993), obra de Jordi Dalmau y Lídia Górriz. </p>
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