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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Servicio postal</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 30 Jan 2026 09:12:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[Alguien tal vez debería escribirle una carta a la inteligencia artificial, una carta que pueda leerse asimismo como una despedida a la llamada inteligencia general, que ya no humana, sino general, dicen, como para que nos duela menos cuando nos demos cuenta de que nos la arrebataron.]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Arrancó el año con una agitación que no por alarmante debemos considerar sorprendente o inaudita. La lógica de los tiempos manda, siempre ha sido así. El 2 de enero llegó desde Dinamarca la noticia del cierre de su servicio postal público —Correos—, un servicio que empezó a funcionar en el país nórdico hace cuatro siglos y cuyo uso se desplomó en los últimos años. Para ello fue determinante la decisión del Estado danés en 2014 de que toda comunicación de las autoridades se hiciera de forma digital, un hecho que se viene imponiendo igual por estos pagos y que obliga a quienes tengan algún interés en el servicio postal a poner sus barbas a remojar. ¿Cómo le va a convenir a la administración la demora y el riesgo de extravío de aquél frente a la inmediatez de los medios digitales?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Están también las cartas personales, en las que cualquiera con una mínima idea romántica de la cuestión piensa al mentarle la corneta de Correos o un matasellos: las cartas con que antaño se felicitaban las fiestas, las que cada tanto se enviaban parientes y amigos que vivían lejos para ponerse al día o las cartas de amor, las únicas que acaso se mantengan medio vivas porque al amor no se le cambian los patrones con tanta facilidad. Le sienta bien la espera y la parte tangible, además, el hecho de tocar un papel y no una pantalla, de contar con algo que es de uno y hay que poner a buen recaudo porque no existe otro igual ni copia posible.</p>



<p>         Cuenta Esmeralda Berbel que en un viaje a las Canarias encontró, en una calle de Santa Cruz de la Palma, bien situado, un buzón en el que ponía «sólo cartas de amor», perteneciente al Señor Conde de Velhoco. Obsesionada con el asunto, se enteró de que la hija del conde estaba preparando un libro con las cartas de amor recibidas. Le escribió, dice, y la historia «sigue de una forma preciosa y entonces entiendo ese impulso, ese azar, esa intuición, esa obsesión mía por volver a la primera escritura, la que va directa y hay que retomar con urgencia». No desvela de qué manera sigue la historia, pero sabemos que lanzó un taller de cartas, cartas que luego se envían y de las cuales ya ha recibido alguna, en un buzón que mandó hacer <em>ex profeso</em>. Entonces concluye: «Escribir cartas es un acto revolucionario.» Lo es, puede serlo, en la medida en que detenemos el tiempo y ponemos coto a la cambiante y acelerada vorágine de las cosas.</p>



<p>         Lo decía Rosa Chacel hace medio siglo a propósito de su magnífica <a href="https://editorialcomba.com/libros/ensayo/de-mar-a-mar/">correspondencia con Ana Mª Moix</a>, al señalar que «por mucho que adoremos nuestro tiempo, por mucho que nos consagremos a él, sentimos la opresión que no nos deja —por ejemplo— escribir cartas largas. ¿Es una manía, es una identificación con la literatura la superestimación del epistolario? ¿Es el epistolario una relación de contacto personal o es un conocimiento de obra? No sé qué decir, pero en nuestro presente se nos aparece como un lujo demasiado caro». Sería inútil, absurdo, analizar aquí la distancia entre el presente de Chacel y el actual, en unas palabras, las suyas, no mucho más allá de la llegada del hombre a la luna, cuando lo más cercano a la inteligencia artificial era HAL 9000, la supercomputadora de <em>2001: una odisea en el espacio</em>. El potente desarrollo de esta artificialidad tecnológica ha servido para desprestigiar las humanidades, lo que es una tónica constante de este siglo XXI, en pos de una mayor productividad (¿?) y control social. En este sentido estamos con Berbel en que la carta puede representar un acto revolucionario, mal que sea con letra pequeña y alas de cisne. Un discreto acto revolucionario. Quizá nos enteremos andado el tiempo de que al presidente del Gobierno u otros mandamases les gustaba escribirse cartas en la intimidad, esas cosas pasan, pero para entonces ya nos habremos acostumbrado a vivir sin ellas, del mismo modo que nos estamos acostumbrando a informarnos sin leer la prensa en papel y acceder por tanto a una realidad más fragmentada, «al gusto».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En sus cartas a un joven poeta, Rainer Mª Rilke decía que para escribirlas necesitaba, en general, «algo más que el imprescindible recado: algo de silencio y soledad, y una hora no demasiado propicia». Eso explica su parte mística e introspectiva, la que en verdad atraviesa toda su obra poética y reconocemos como elemento común en el género epistolar, Rilke al margen. Suele suceder que quien escribe una carta personal desnude parte de su interior y sus sentimientos, con la correspondiente afectación verbal y lo que en términos religiosos llamaríamos elevación del espíritu. Esas experiencias suelen darse, claro, en una «hora no demasiado propicia».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En las cartas descubrimos el poderío del lenguaje y la capacidad de las palabras para influir en la realidad, que lo mismo puede ser ajena si arrastramos este ejercicio hacia el terreno de la ficción. No pocos autores se han servido de este género para penetrar mejor en la esencia y peripecia de los personajes, movidos por el deseo, la necesidad de comunicación o de desvelar algo que los atormenta. En ellas la primera y la segunda persona del verbo conviven con una naturalidad y fluidez que pocas veces se da en otros géneros, al tiempo que la experiencia contada se entrevera con apuntes e impresiones propios de la imaginación, y ahí la carta empieza a acceder al terreno literario, a convertirse, bien sea por sí misma o en su conjunto, en novela o cuento. Dependerá entonces de otros aspectos de índole formal, pero una carta al fin y al cabo, sujeta a ese impulso y esa escritura primera a la que se refiere Berbel.</p>



<p> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Alguien tal vez debería escribirle una carta a la inteligencia artificial, una carta que pueda leerse asimismo como una despedida a la llamada inteligencia general, que ya no humana, sino general, dicen, como para que nos duela menos cuando nos demos cuenta de que nos la arrebataron. «Querida inteligencia: has cambiado tanto, tantos son los vaivenes que hemos sufrido. Ya no te reconozco.» De esta guisa podría empezar, una carta sincera, sentida, en la que el desencanto se vista de ironía y pueda llevar a engaño al engendro ese artificial. No lo conseguiremos, de más está decirlo, porque esta nueva tecnología lo ha leído todo, así lo dicen, y por tanto se las sabe todas. Nos va a responder con una ajustada medición entre todas las cartas que alberga en su sistema, incluidas las de Rilke, quien en su segunda respuesta al joven poeta decía que siempre con sus cartas le daría una alegría, y eso nos dirá, que es una alegría recibir una carta nuestra, aunque no entienda nada, que no lo va a entender, porque ignora si su advenimiento es equilibrio o entropía; si el hecho de concentrar en ella tantas tareas y recursos es un bien o una lacra; si en los infinitos códigos y estadísticas que alberga hay algo que no responda a un interés económico. No lo sabe, como tampoco sabrá cuál es su dirección postal, apenas una aproximación —Palo Alto, California, la nube—, la mayor evidencia de estar asistiendo al fin de una era. Y aunque es triste, desazonador, no es algo que nos vaya a sorprender.</p>



<p></p>
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		<title>Mercè Rodoreda y la necesidad de suspender el pensamiento</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/merce-rodoreda-y-la-necesidad-de-suspender-el-pensamientio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 17 Apr 2023 14:42:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[chat GPT 4]]></category>
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		<category><![CDATA[Rosa Chacel]]></category>
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					<description><![CDATA[Llama la atención en sus cuentos la cantidad de veces que los personajes son llamados a la suspensión del pensamiento, unas veces por voluntad propia y en otras por imposición de otro personaje.]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Surgidos como de las entrañas, los cuentos de Mercè Rodoreda (Barcelona, 1908 – Girona, 1983) tienen una fuerza singular, no muy común en la narrativa española de la época, con un aliento medio confesional que coincide con lo que Rosa Chacel escribió sobre la confesión en la literatura: «consiste en manifestar lo que nunca se deshizo en el pasado, lo que nunca dejó de vivir por ser consustancial con la vida que confiesa» (<em>La confesión</em>, 1971; Comba, 2020). Y así Rodoreda pone a narrar —casi a perorar— a personajes que de algún modo habrán de lidiar con las cuestiones que a ella más la inquietaban y aun torturaban. Era su manera de alcanzar el sueño, según lo que escribe en el prólogo a <em>Espejo roto </em>y que sin duda es una excelente alegoría del ejercicio literario: «Todos quisiéramos alcanzar el sueño, que es nuestra más profunda realidad, sin romper el espejo.»</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En los cuentos que conforman <em>Mi Cristina y otros cuentos</em>, su volumen más celebrado, con piezas de absoluta exquisitez literaria, los personajes se debaten contra su condición y viven en su mayoría al margen de la realidad, para darse al fin contra ésta, ya sea apelando a la fantasía o bien de vuelta de ella. En dos de ellos se da una metamorfosis más bien ovidiana, tanto en la conversión en pez del protagonista de ‘El río y la barca’<a href="#_ftn1">[1]</a> como en la del protagonista de ‘La salamandra’ en anfibio. En otros la ambigüedad al respecto es mayor, lo que abunda en ese punto confesional al que nos referíamos y que nos devuelve reflejos propios de la autora. La complejidad de las relaciones íntimas, la sexualidad, las habladurías y malas lenguas, el aislamiento. (De sobra sabrán los lectores de Rodoreda que donde este paralelismo es más acusado y a más interpretaciones se presta es en la novela <em>La muerte y la primavera</em>, de publicación póstuma.)</p>



<p>         Llama la atención en sus cuentos la cantidad de veces que los personajes son llamados a la suspensión del pensamiento, unas veces por voluntad propia y en otras por imposición de otro personaje. Desde el hilarante, y espléndido, pasaje en que el narrador de ‘Mi Cristina’ recuerda el momento en que su madre, en el lecho de muerte, se incorporó y le dijo «¡no pienses!», a la señora que teme la potencia de su pensamiento y escribe al médico contándole que no se atreve a pensar, que ése es su «gran martirio», pasando por el narrador de ‘La gallina”, que dice marearse cuando piensa demasiado; la recomendación implícita a no pensar que recibe el narrador de ‘Recuerdo de Caux’; o cuando el narrador de ‘El señor y la luna’ reconoce que «en los momentos de gran sorpresa siempre se deja de pensar», y que por tanto no puede explicar lo que le pasaba, para culminar con estas desoladoras palabras: «Dentro de mí no hay nada. Sólo las cosas tristes que están dentro de todos. Sí. Sólo las cosas tristes que se quedan adentro tumbadas y lisas como los muertos bajo tierra…»</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; ¿Eso somos si no pensamos, una cosa triste incrustada en nuestro interior como un muerto bajo tierra? El narrador de este cuento podría acudir hoy día al Chat GPT 4 para que le activara el pensamiento o para que, ya de plano, pensara por él. Esto es lo que, en última instancia, propone la inteligencia artificial, amparada en una mayor productividad (¿hace falta?) y abaratamiento de costes. Y disculpen que pase de los cuentos de Rodoreda, tan vivos, casi carnales, a esta cosa fría e invasiva que es la inteligencia artificial y en particular el Chat GPT 4 (hay otros muchos en vías de desarrollo). Su impacto inicial podría suponer la pérdida de empleo de trescientos millones de personas (¿quién va a beneficiarse entonces del aumento de la productividad?), a la espera de que en un par de décadas empiece a generar empleos especializados.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En el mundo literario y editorial su presencia puede poner en jaque no sólo muchos puestos de trabajo sino la misma creación, puesto que «GPT 4 ya es capaz de escribir con estilo literario, resumir libros extensos o describir imágenes», tal como escribe el escritor y crítico literario Jorge Carrión, quien pronostica que en el futuro habrá más edición que creación. «Más que creador de prosa original —dice—, el escritor será un arquitecto y un DJ que dibuja planos, calcula estructuras y produce una nueva música a partir de melodías y ritmos parcialmente ajenos.»</p>



<p>         ¿Eso queremos, en eso consiste la evolución humana? A uno se le va quedando adentro esa cosa triste a la que se refería el personaje de Rodoreda, aunque me niego, no lo voy a consentir, no toleraré que la sorpresa me anule el pensamiento. Si la escritura es la forma más elevada para poner las ideas en orden y armar el pensamiento, entendiendo así lo que en ocasiones no es sino un batiburrillo interno, lo que esta tecnología propone es una forma muy sutil de decirle al ciudadano «no pienses»; o más bien, de impedírselo. A la larga será eso, del mismo modo que hoy día ya nadie se imagina frotando dos piedras para generar una llama o, más cercano en el tiempo, pocos serán los que sepan lavar la ropa a mano. El hombre se ocupó primero de reducir la necesidad de la fuerza física, para rebajar a posteriori determinados esfuerzos y, por último, si nos atenemos a los pronósticos de los gurús tecnológicos, anular el ejercicio mental.</p>



<p>         En una entrevista para <em>Cuadernos para el diálogo</em>, Rodoreda aseguraba a Carmen Alcalde sentirse cansada, «cansada hasta el alma, de atentados, de revoluciones, de guerra civil […], de hornos crematorios, de bomba atómica, de guerra fría, de guerra de Vietnam, de guerra coreana, de torturas, de secuestros, de actos terroristas, de bombardeos con napalm, de campos de concentración, de ejecuciones, de asesinatos, de árabes y de judíos, de delirio de poder de tantos aspirantes a brujos de esta gran locura», una enumeración de podría extenderse hasta nuestros días, siendo tantos los cansancios bélicos o cercanos de los que la muerte la salvó. No es de extrañar, por tanto, que reconociera en sus personajes la necesidad de suspender el pensamiento. ¿Cómo es posible asimilar en una sola mente tanta barbarie, tanto delirio por no se sabe qué cosa, reproduciéndose de una y mil maneras distintas? «Lo más curioso —añadió, y lo más curioso es siempre lo más humano— es que este descendimiento a los infiernos ejerce en mí, por momentos, una especie de fascinación.» ¿Podría entender eso la inteligencia artificial?  </p>



<hr class="wp-block-separator"/>



<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> La traducción del catalán de los fragmentos y título de los cuentos es del propio autor.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<item>
		<title>Mutua admiración</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/mutua-admiracion/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 11 Apr 2023 08:25:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[Dos tiempos distintos, los de Chacel y Rodoreda, que sin embargo tienen muchos puntos de encuentro, y por eso hay que celebrar este contacto y mutuo aprecio.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Entre mayo de 1976 y enero de 1979 Rosa Chacel y Mercè Rodoreda intercambiaron cuatro cartas, publicadas en el número 87 de la <em>Revista Turia</em> (noviembre 2008) por Carme Arnau, filóloga e historiadora de la literatura catalana, a quien Rodoreda había manifestado el gran valor en que tenía <em>La sinrazón</em> (1960, Comba 2015), novela total de la autora vallisoletana.</p>



<p>«Mi admiración por usted —escribe Rodoreda a Chacel— empezó con su libro de relatos. Este decir lo indecible, este ahondar en la vida más secreta, estos mundos de misterio y de gran poesía que usted da no hay palabras para agradecerlos. Es usted extraordinaria», afirmaba la autora catalana en una muestra de aprecio literario que no era menor a la inversa. «Empezaré por decirle que el encanto que tiene para mí su libro es el de una cosa dificilísima —le había escrito Chacel a propósito de <em>La plaza del Diamante</em>—. Me sume en una especie de contemplación interrogante: ¿cómo se puede hacer una cosa tan sencilla? Claro que hay que añadir y tan perfecta, pero si no lo añado, de entrada, es porque a lo que no es así de perfecto yo no lo llamaría sencillo, sino simple o elemental o superficial o cualquier otro improperio. Digo una cosa tan sencilla porque se hace difícil ver en qué consiste su eficiencia poética, la fuerza de su veracidad.»</p>



<p>En esos años ambas habían vuelto de sus respectivos exilios, brasileño el de Chacel, suizo el de Rodoreda —previo paso por Francia—, años en los que ya habían escrito la parte más destacada de su obra; sobre todo la autora catalana, que habría de fallecer en 1983 y para quien el exilio, dijo, tomó pasados los años «calidad de espectáculo; pero si alguna vez me lo recuerdan lo veo como una gran lección de vida». Esas palabras se podrían aplicar a las dos autoras, en la medida en que supieron nutrirse del exilio, por doloroso que fuere, y convertirlo en literatura sin necesidad de llevarlo al primer plano narrativo. Su densidad, lirismo y complejidad formal —Chacel—, cuando no fantástica —Rodoreda—, lo atestiguan de primera mano, aun en los casos en que puedan darse alusiones más directas a las penurias y el extravío en que el exilio las sumió. «Lo sustancial de la propia historia rezuma siempre en el buen escritor», sostiene Chacel en <em>La confesión</em> (1971, Comba 2021).</p>



<p>En <em>La sinrazón</em>, la autora vallisoletana saca partido de su experiencia directa en Brasil, trazando una serie de alegorías —sentimentales, laborales, psicológicas— fáciles de reconocer en su propia biografía pero que ella vuelca en otros personajes para que tomen un vuelo mayor. En su variedad de registros y extensa narración vemos lo que, en la primera carta a Rodoreda, describe como la imposibilidad de escribir «más que largamente, interminablemente cuando quiero decir algo ‘de verdad’». Esta característica chaceliana se aprecia en toda su obra, aunque llama la atención de forma especial en la correspondencia: el tiempo y la dedicación que le presta, su entrega. Le habla a Rodoreda de la que mantuvo con la joven Ana María Moix —hoy reunida en <em>De mar a mar</em> (1998, Comba 2015)— gracias a la intercepción de Pere Gimferrer. Lo curioso es que en su recuerdo Gimferrer trató de disuadir a Moix, cuando, según cuenta ésta en sus cartas, fue él quien la animó a hacerlo. Claro que no sabemos lo que pudo decirle Gimferrer en las suyas, no públicas. «Yo la contesté a vuelta de correo [a Moix] y le rogué que me pusiera en comunicación con Gimferrer. Y así fue: me escribieron, les escribí durante años. Tengo cajas de cartas suyas.»</p>



<p>Rodoreda le responde que en esos años Gimferrer está terminando la traducción al español de <em>Mirall trencat</em>, que publicaría Seix Barral como <em>Espejo roto</em>, pero «es poeta, vive de cara a la eternidad, traduce mi libro como si ejecutara un trabajo de orfebrería y pierde el sentido del tiempo». Que se va, dice también la autora catalana; y así es, el tiempo se va y el modo en que lidiamos con él y nos hacemos a sus leyes determina, ya no sólo la capacidad de éxito o no de una obra, sino su naturaleza. «Tengo que vencer épocas de grandes perezas en las cuales lo que me atrae es ‘mirar’ —reconoce respecto a su trabajo—. Pero de pronto, en pleno estado vegetativo, me da un arranque de responsabilidad; entonces me encierro y me siento delante de la máquina, llena de entusiasmo, como si se acabara el mundo […] hasta que un buen día lo dejo todo porque pienso que nada de lo que escribo vale la pena… ¡Y a mirar!» Esta manera de escribir, como arrebatada, coincide con lo que la crítica llamó la «imperiosidad» de su escritura, «surgida a sacudidas, balbuciente, tierna y cruel de manera alterna, obsesivamente atenta a los detalles y convulsionada por unos fogonazos de lucidez desesperada» (Àlex Susanna, <em>Revista Turia</em> nº87).</p>



<p>En Chacel se impone en cambio una lentitud que, como bien aprecia Rodoreda, transforma en una sugerente mezcla de misterio y poesía. Se lo contaba a Ana María Moix en su primera carta: «Son muchas las novelas que tengo proyectadas, pero el tiempo vuela y voy a paso de tortuga.» Dos tiempos distintos, los de Chacel y Rodoreda, que sin embargo tienen muchos puntos de encuentro, y por eso hay que celebrar este contacto y mutuo aprecio. No sólo los tiempos personales las distanciaron, sino también los avatares bélicos del medio siglo pasado y la mala costumbre española de separar sus distintas literaturas, alejando entre sí a quienes forman parte de una tradición común. Tanto la autora catalana como la vallisoletana manejaban muy bien la ocultación en la narrativa, una ocultación que empezaba por sí mismas y seguía en los elementos clave del relato, en pos del matiz —Rodoreda— y de lo indecible —Chacel—; así como de un misterio que, en cierto modo, vinieron a resolver también en esas pocas cartas.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Una renca asimetría</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/una-renca-asimetria/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 08 Mar 2022 10:35:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[Julio Cortázar]]></category>
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		<category><![CDATA[Solastalgia]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://editorialcomba.com/blog/nuestro-animo-copy/</guid>

					<description><![CDATA[El ser humano parece haberse dado cuenta al fin, como el personaje de Cortázar, de que a lo mejor se equivocó y viene tratando de sacar de forma contumaz una mano por la manga equivocada, la otra por el espacio destinado al cuello, la cabeza vaya a saber por dónde y de que la barriga ya no tiene donde meterla, con la amenaza fatal de precipitarse al vacío. Una ventana quedó abierta. ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>Aunque hoy nos convoque otro tema, debo hacerles una confesión: llevo un calcetín más largo que el otro<a href="#_ftn1">[1]</a>. Tienen ambos el mismo dibujo, de rombos ingleses y fondo marrón, como pueden ver, pero uno es más largo que el otro y eso me retuvo por la mañana un par de minutos, cinco tal vez, en patética posición frente al espejo. Sé que tengo otro par iguales, pero debían de estar por lavar pues en el armario no los vi. Es decir que ya anduve otro día con un calcetín largo y el otro corto, lo que ahora me daba dos opciones: 1) seguir igual; 2) ponerme uno sucio y el otro limpio. <strong></strong></p>



<p>Ya saben por cuál de ellas opté, aun a riesgo de desalinearme. Llevaba prisa. Y de hecho llegué al tren con la lengua fuera, a punto del pitido último y ya bien agitados el agobio horario y la angustia provocada por los calcetines. Un día es esto, al otro sucede algo parecido con los pantalones y al otro es una camisa o un jersey, que no acertamos a sacar el brazo por la manga y nos enredamos a la manera cortazariana. ¿Cuántas ves me habré referido ya a ese relato<a href="#_ftn2">[2]</a>? Pero es que así es, ni tiene remedio ni se puede culpar a nadie, no hay una causa clara. Nos da la impresión de tenerlo todo bajo control, pero no, nada de eso, el menor descuido puede provocar una rebelión en el armario y de pronto, con las prisas del tren, una mañana que iba a ser como cualquier otra descubrimos que algo falla en nuestro atuendo. Y no es simple torpeza, en este caso. Uno tiene claro que viene dándose un desarreglo, y que, como siga así, las cosas no van a ir sino de mal en peor. Puede uno acabar cojo, patizambo o con una pierna más larga que la otra. O todo a la vez, quién sabe.</p>



<p>Esa angustia, si la trasladamos al medioambiente, al malestar que nos generan los continuos excesos climatológicos, es la solastalgia. Recuerden: «angustia por las consecuencias del cambio climático o los desastres medios ambientales», según la definición de la RAE. «Cólera irónica» lo llamaría Julio Cortázar, el nerviosismo malo de cuando tomamos conciencia de habernos equivocado. Menos mal que tarde o temprano conseguimos abstraernos y seguir adelante, coger la maleta, parar un taxi y decirle que se dé prisa. Vamos justos de tiempo. Y de agua. Y de frío. Y de todo. Pero vamos a hacer como que no pasa nada, que yo nunca perdí un taxi y hoy no sería el día. Aquí estoy, aquí me tienen, hablándoles de lo que fue y lo que pudo haber sido.</p>



<p>Tuve que correr un poco, colgarme la maleta al hombro, agarrándola casi como si fuera un fardo, y apresurarme al control de acceso, al primero y al segundo, la documentación quemándome en las manos, y de ahí rápido a las escaleras que conducen a las vías, con una energía no muy distinta a la que empleamos para apagar un fuego o achicar agua. Ya luego respiraremos hondo, y entonces nos diremos, en el eterno engaño, que en verdad estaba todo controlado. ¿Todo? Las prisas, tratar de hacer las cosas más y más rápido, es conocido que sólo sirven para complicarnos la existencia. Y yo, sentado ya en el tren, la maleta en su sitio y logrado el objetivo principal, me di cuenta de que no estaba todo controlado, ni en broma, que la realidad es mucha y se manifiesta a cada instante. ¿Cómo explicar si no ese desequilibrio, la renca asimetría entre mis calcetines? La sentí de nuevo al ponerme cómodo y estirar —es un decir— las piernas, con el cosquilleo desigual al final de cada una. Ay…</p>



<p>Lo que no se olvida nos espera, escribió Rosa Chacel. Y lo que no se arregla…, eso también nos espera. Por suerte sólo yo sé que llevo un calcetín más largo que el otro —si ustedes me guardan el secreto, es evidente—, nadie lo va a ver, y acaso sólo yo lleve la cuenta de los días sin llover, y claro, por otra parte, el día está precioso, no vamos a estropearlo por un calcetín más largo que el otro, ya va a llover y bajarán de nuevo las temperaturas, y esas macrogranjas de las que vienen hablando son en el fondo un asunto político, lo van a solventar, o no, pero lo importante es que yo no me quede ahí atrapado porque de momento no estoy cojo y debo seguir mi camino. Claro que… ¿y si así fuera? ¿Qué será de mí si no consigo poner orden en mis ropas, qué será de mí, de nosotros, si no conseguimos recuperar el orden estacional y natural? El ser humano parece haberse dado cuenta al fin, como el personaje de Cortázar, de que a lo mejor se equivocó y viene tratando de sacar de forma contumaz una mano por la manga equivocada, la otra por el espacio destinado al cuello, la cabeza vaya a saber por dónde y de que la barriga ya no tiene donde meterla, con la amenaza fatal de precipitarse al vacío. Una ventana quedó abierta. </p>



<p>Algo de eso está en el libro que hoy presentamos, <em><a rel="noreferrer noopener" href="https://editorialcomba.com/libros/narrativa/de-la-solastalgia/" target="_blank">De la solastalgia</a></em>, puestas las ideas en orden y escapando a toda definición. No es el propósito de este libro dar con una respuesta concluyente, sino trasladar al lector el conflicto natural que los tiempos actuales nos plantean. La complejidad, en fin, de ser y estar en el mundo con uno mismo y cuanto nos rodea. Eso siempre lo digo. Y además me gusta decir que, como editor, es uno de los libros de los que más orgulloso estoy. En una antología no es fácil sentir que uno ha logrado justo aquello que se proponía, en forma y contenido, y si bien habría deseado que fuera más amplia, con más autores, la excelencia de los que participan en ella es un privilegio y queda de sobra demostrada en los relatos que la integran. Léanla, por favor. Disfrútenla.  </p>



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<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> Este texto tiene su origen en la presentación del libro <em>De la solastalgia</em> del 10 de febrero de 2022 en la Librería Lé de Madrid, junto a Ana Santamaría y Miguel Ángel González.</p>



<p><a href="#_ftnref2">[2]</a> ‘No se culpe a nadie’, publicado por primera vez en 1956 en <em>Final del juego</em>.</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: ‘Son d&#8217;ancestres’ (1993), obra de Jordi Dalmau y Lídia Górriz. </p>
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		<title>Éstos somos</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/estos-somos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Sep 2021 08:29:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Constantino Bértolo]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
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		<category><![CDATA[Rosa Chacel]]></category>
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					<description><![CDATA[Habría sido bonito que alguna librería hubiera dedicado el escaparate al libro de Bértolo, es decir, al suyo rodeado por los cincuenta y cinco que cita en él. No son pocos los que cuentan con edición reciente, sea en rústica o de bolsillo, pero accesible. Más de un lector se habría llevado una grata sorpresa, por no decir los propios autores, donde quiera que algunos —su mayoría— estén.]]></description>
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<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>Que las bromas esconden cierta verdad lo saben hasta los más guasones, los que, por ejemplo, podrían soltar aquello de que el mayor enemigo de los libros son los libreros. ¿Y si así fuera? Que don Miguel nos asista. Ellos pueden hacer que un libro no exista, borrarlo del mapa, como se solía decir, del mismo modo que pueden convertirlo en el auténtico protagonista de una temporada.</p>



<p>El editor y filólogo Constantino Bértolo publicó este año <em>¿Quiénes somos? 55 libros de la literatura española del siglo XX</em> (Editorial Periférica, 2021), donde da cuenta de los títulos a su juicio más determinantes, los que habrían de servir para forjar una identidad social. Es algo a todas luces relativo, más aún inmersos como estamos en este tiempo líquido en el cual todo se pierde en las pantallas, libros incluidos. Es abrumador el peso que tienen las redes sociales para promover las obras literarias, siempre y cuando aparezcan junto a la persona adecuada y en la pose no menos adecuada. Los libros van quedando para la hora del té, es decir que ésta es nuestra identidad social, la que sobrevino al mentado siglo XX. De poco sirve que hayamos leído y apreciado <em>Campos de Castilla</em>, de Machado; <em>La reivindicación del Conde don Julián</em>, de Goytisolo; o <em>Herrumbrosas lanzas</em>, de Benet —tres de los títulos incluidos en <em>¿Quiénes somos?</em>—, si de eso sólo nos queda la pose, el blablablá de la hora del té, que gracias a las redes sociales puede darse en cualquier momento del día. Y de la noche. Y de los tiempos intermedios.</p>



<p>La virtud del libro de Bértolo es que propone un recorrido muy variado, además de personal, personalísimo, con títulos de autores a los que trató de cerca. Pero variado, insisto, en eso no hay que negarle el esmero, muy propio de la Transición y de la apertura española en la que el propio autor participó como crítico y editor.</p>



<p>Entre los títulos seleccionados figura <a href="https://editorialcomba.com/libros/narrativa/la-sinrazon/" target="_blank" rel="noreferrer noopener"><em>La sinrazón</em></a>, de <a href="https://editorialcomba.com/autor/rosa-chacel/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Rosa Chacel</a>, publicada por vez primera en 1960 y reeditada por Comba —tras otras pocas ediciones— en 2015. Se trata sin duda de la obra mayor de Chacel, tanto por extensión como por densidad, especie de autobiografía de pensamiento que la autora traslada a su protagonista, Santiago Hernández. «La historia de un personaje que atraviesa su época, su propia vida, con el propósito, soberbio, de hacerse destino, de ser el que es», escribe Bértolo, que en otro punto habrá de destacar el peso de las ideas en la trama novelesca: «El mundo como pensamiento, como voluntad. La realidad considerada semántica. Las preocupaciones del protagonista se corresponden con las de quien se mueve en la estela de Ortega y Gasset. Siempre con las manos limpias, encuentra en la duda su verdad; se alimenta de ella, y de ella hace negocio, confort y adulterio.»</p>



<p>Chacel fue una autora compleja, muy suya, poco afortunada y menos ducha a la hora de ganarse simpatías y afinidades literarias. Claro que ni el exilio ni la condición femenina, en esa época, la ayudaron. En su correspondencia con Ana María Moix (<a href="https://editorialcomba.com/libros/ensayo/de-mar-a-mar/" target="_blank" rel="noreferrer noopener"><em>De mar a mar</em></a>; Comba, 2015) expresaba su contrariedad al saberse leída tan sólo por marisabidillas universitarias en vez de lectores de verdad. ¿Y éstos quiénes son, dónde estarán hoy día? La pregunta nos pilla cada vez más desamparados, fuera de lugar, a menos que nos atengamos a las consignas de las grandes empresas y sus famosos datos. Ahí están los lectores, al parecer. Haberlos, haylos. Otros serán luego los que acudan a las bibliotecas y las librerías para hacerse con las obras que desean leer.</p>



<p>Habría sido bonito que alguna librería hubiera dedicado el escaparate al libro de Bértolo, es decir, al suyo rodeado por los cincuenta y cinco que cita en él. No son pocos los que cuentan con edición reciente, sea en rústica o de bolsillo, pero accesible. Más de un lector se habría llevado una grata sorpresa, por no decir los propios autores, donde quiera que algunos —su mayoría— estén. ¿Con qué cara habría mirado Chacel a Bértolo? «Novela ambiciosa y de ambición cumplida —añade éste—, tragedia de la voluntad donde el protagonista acaba siendo víctima de la sinrazón.» Una mezcla de satisfacción y sospecha habría sido la suya, no me cabe duda, disimulada bajo la risa pícara que en algunas fotos saca a relucir.</p>



<p>Obras como <em>¿Quiénes somos?</em> sirven para sacudir los mimbres de la actualidad y poner en valor no sólo una serie de títulos, que también, sino una tradición que se emborrona en la vorágine editorial y de mercado. Sólo gracias al empeño y criterio de algunos libreros, libros como <em>La sinrazón</em> y los citados más arriba siguen presentes y se siguen moviendo, por no decir catálogos como el de Editorial Comba. De lo contrario, estando los medios saturados y el mundo en severa confusión, queda todo en la innombrable distancia de un clic. De uno tras otro y al final nada, el verdadero enemigo. &nbsp;</p>
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		<title>Bajarse de una cruz</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/bajarse-de-una-cruz/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 31 Aug 2016 08:09:58 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Aunque al hilo de la comunión de eventos en Brasil —del pasado Mundial de fútbol a los inmediatos Juegos Olímpicos—, hay que celebrar la publicación de la crónica literaria Varados en Río (Editorial Anagrama, 2016), del narrador madrileño Javier Montes (1976), un libro que nada tiene que ver con el turbo Brasil de hoy día pero que realza la fuerza, la fealdad urbana y el fulgor de Río de Janeiro y sus alrededores, un enclave que en ciertos momentos puede dar la impresión de paradisíaco. Las palabras se envenenan y chocan al hablar de Río, tal como escribió la poeta estadounidense Elisabeth Bishop: «Quienes visitan Río suelen exclamar: ¡Qué hermosa ciudad! Pero, antes o después, los más juiciosos acaban diciendo: No, no es una ciudad hermosa. Es sólo el emplazamiento más hermoso del mundo para una ciudad.»
Bishop fue a Río para una estancia de quince días y se quedó quince años, arropada por la élite brasileña, los parajes de ensueño y todos sus contrarios. «Hueles a bacalao y lluvia vieja», reza un verso sobre el mar que ve desde su lujoso apartamento, frente a la playa de Leblón. El desencanto ya había hecho mella en Bishop, así como hizo mella en Rosa Chacel, Manuel Puig y Stefan Zweig, los otros autores en quienes Montes pone su atención, varados los cuatro en el paraíso. Al que menos cancha le da quizá sea Zweig. El famoso escritor austríaco terminó sus días en Río, y de la manera más escabrosa posible, junto a su amante, tras el largo exilio al que el nazismo le obligó. Murió encorbatado y trajeado, en la cama, a causa de la dosis letal que se había preparado, la misma que tomó su amante una vez Zweig hubo sucumbido a sus efectos. Ingirió la misma dosis y se tumbó a su lado, medio abrazada al escritor, lo que dio lugar a una macabra estampa, ya bastante divulgada.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/08/89FILEminimizer.jpg"> </a></p>
<p>Aunque al hilo de la comunión de eventos en Brasil —del pasado Mundial de fútbol a los inmediatos Juegos Olímpicos—, hay que celebrar la publicación de la crónica literaria <em>Varados en Río</em> (Editorial Anagrama, 2016), del narrador madrileño Javier Montes (1976), un libro que nada tiene que ver con el turbo Brasil de hoy día pero que realza la fuerza, la fealdad urbana y el fulgor de Río de Janeiro y sus alrededores, un enclave que en ciertos momentos puede dar la impresión de paradisíaco. Las palabras se envenenan y chocan al hablar de Río, tal como escribió la poeta estadounidense Elisabeth Bishop: «Quienes visitan Río suelen exclamar: ¡Qué hermosa ciudad! Pero, antes o después, los más juiciosos acaban diciendo: No, no es una ciudad hermosa. Es sólo el emplazamiento más hermoso del mundo para una ciudad.»</p>
<p>Bishop fue a Río para una estancia de quince días y se quedó quince años, arropada por la élite brasileña, los parajes de ensueño y todos sus contrarios. «Hueles a bacalao y lluvia vieja», reza un verso sobre el mar que ve desde su lujoso apartamento, frente a la playa de Leblón. El desencanto ya había hecho mella en Bishop, así como hizo mella en Rosa Chacel, Manuel Puig y Stefan Zweig, los otros autores en quienes Montes pone su atención, varados los cuatro en el paraíso. Al que menos cancha le da quizá sea Zweig. El famoso escritor austríaco terminó sus días en Río, y de la manera más escabrosa posible, junto a su amante, tras el largo exilio al que el nazismo le obligó. Murió encorbatado y trajeado, en la cama, a causa de la dosis letal que se había preparado, la misma que tomó su amante una vez Zweig hubo sucumbido a sus efectos. Ingirió la misma dosis y se tumbó a su lado, medio abrazada al escritor, lo que dio lugar a una macabra estampa, ya bastante divulgada.</p>
<p>Zweig fue recibido en Brasil con todos los honores y escribió, servicial y agradecido, una especie de panfleto en forma de libro sobre las virtudes de su país de acogida. Montes se limita a mencionar ese texto, y hace bien, no fuera a perder el eje de la narración en palabras huecas. Y si Zweig es el autor del que menos habla, esto quizá se deba a que el austríaco no se prodigó demasiado en hablar de Brasil en sus papeles, más allá de dicho libro. Tanto Bishop como Chacel y Puig tuvieron una relación muy intensa y literaria con el país, y en particular con Río, reflejada en las obras literarias lo mismo que en su correspondencia. En el caso de Chacel, las cartas y los diarios toman un destacado protagonismo. En una dirigida a Ana María Moix se describe a sí misma entre la exhuberancia y alegría de Ipanema como una <em>camarrupa</em>, nombre que reciben ciertos espíritus que aparecen en las sesiones de ocultismo. Su exilio brasileño, dice, fue una «catástrofe a cámara lenta», hecho que se constata en los diarios, las cartas y también en <em>La sinrazón</em>, su novela total, que emerge del paisaje y los acontecimientos descritos por Montes como una auténtica <em>camarrupa</em>. Para el lector de <em>La sinrazón</em>, la novela y los personajes que la habitan cobran un peso, en el recorrido de Montes tras las huellas de Chacel, en ocasiones desconcertante y en otras revelador, tanto más en la medida en que Montes parece no haber leído la obra.</p>
<p>«Ciertas palabras —dice el narrador de <em>La sinrazón</em>—, que en el momento de ser pronunciadas sólo me parecieron una frase trivial, han llegado a señalar más tarde un punto culminante en mi vida.» Así Río de Janeiro, también, en la vida de estos autores que llegaron a la ciudad carioca, quizá no por una experiencia trivial, pero sí liviana, y se vieron atrapados en sus malignos contrastes. El propio Montes debió de ser víctima igual de Río, por lo que da a entender en el libro (acudió por amor y se quedó más tiempo del previsto, pasado ya el amor) y por su aparición en otras obras, como <em>Segunda parte</em> (2010). Montes es reincidente, y no en vano parece alertar al lector sobre el riesgo de aterrizar en Río y sufrir una transversalidad emocional, sensorial y aun estilística, de la que uno no se puede curar fácilmente. «¿Deberíamos habernos quedado en casa —se pregunta Bishop—/ dondequiera que esto sea?»</p>
<p>El único que quiso hacer de Río su casa fue Manuel Puig, autor ya de enorme éxito en ese momento, finales de los setenta, con miles de lectores y sus novelas llevadas a Hollywood. Puig siempre fue un autor muy cinematográfico, y lo que al fin le llevó a escribir novelas en vez de guiones fue, como él mismo dijo, la voz torrencial de sus tías: «Estaba planeando una escena de guión en que la voz de una tía mía introducía la acción en el lavadero de una casa. Esa voz tenía que abarcar no más de tres líneas, pero siguió sin parar unas treinta páginas. No hubo manera de hacerla callar. Sólo tenía banalidades que contar, pero me pareció que la acumulación de las banalidades daba un significado especial a la exposición.» Es la esencia que domina las novelas de Puig, en las que rara vez el narrador interviene, como en los guiones, junto con el imaginario cinematográfico. No sorprende, por tanto, descubrir que su biblioteca era más bien una videoteca, ni tener noticia del <em>cinito</em> que organizaba para sus allegados; sí llama la atención, en cambio, el fetichismo con que coleccionaba las cintas de vídeo, sobre las que grababa una y otra vez, dejando sólo las escenas que él consideraba. Aquélla en que tal actriz está más bella, aquélla en que tal otra pierde pie, aquélla en que se le descubre por vez primera la vejez.</p>
<p>Puig armaba sus propias películas sobre películas ya existentes, una afición que obliga a revisar el relato de Julio Cortázar “Queremos tanto a Glenda”. Es esto mismo lo que sucede, salvo que con los recursos de la ficción.</p>
<p>Los personajes de Cortázar no sólo son cinéfilos, sino verdaderos fans de Glenda Garson, quienes, insatisfechos con ciertas escenas en la carrera de la actriz, deciden cortar, modificar, alterar las bobinas hasta alcanzar la perfección que su fanatismo exige. «Llegamos al día en que tuvimos las pruebas de que la imagen de Glenda se proyectaba sin la más leve flaqueza; las pantallas del mundo la vertían tal como ella hubiera querido ser vertida.» El propósito de Puig distaba de esta perfección total que ansían los personajes de Cortázar, aunque la crueldad maniqueísta, al fin y al cabo, anda en ambos casos a la par. «Pero un poeta había dicho bajo los mismos cielos de Glenda que la eternidad está enamorada de las obras del tiempo. Usual y humano: Glenda anunciaba su retorno a la pantalla, las razones de siempre, la frustración del profesional con las manos vacías, un personaje a la medida.» ¿Qué hacer ante la posible profanación? Está claro que no se baja vivo de una cruz, y ellos iban a ofrecerle a Glenda la máxima perfección, última e inviolable, similar a la que Río ofrece a quienes la toman por el paraíso prometido.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en <a href="http://revistaparaleer.com/actualidad/bajarse-de-una-cruz-por-juan-bautista-duran/">Revista Eñe</a></p>
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		<title>Razones de Chacel</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 04 Apr 2016 08:39:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[Discípula de Ortega y Gasset y única mujer del grupo junto con María Zambrano, más joven que ella, los tumbos de la vida fueron esquinando a Rosa Chacel. Como escribe Julián Marías en su prólogo a La sinrazón, la autora vallisoletana fue a todas luces un rara avis. De Ortega se quedó sobre todo con la idea de diluir el argumento en beneficio de las ideas y la reflexión, algo muy propio de la época, de modo que en sus novelas y relatos el lector no siempre sabe qué sucede. Ni en Estación. Ida y vuelta ni en Memorias de Leticia Valle, ni incluso en Teresa, los hechos narrados están muy claros, mucho menos que en La sinrazón, desde luego, novela tan abundante y extensa que se sirve de una inteligente trama —casi policiaca— para engarzar sus elevados motivos.
Su segunda novela, Teresa, nació de un encargo de Ortega para la colección “Vidas extraordinarias del siglo XIX”. Amante de Espronceda, Teresa Mancha es la protagonista de esta biografía novelada en que quedan patentes los confines de todo pensamiento progresista respecto a su tiempo. Texto oscuro, para algunos más accesible que otras novelas de Chacel, tampoco contó con demasiada suerte. La primera edición tuvo que ser en Buenos Aires (1941) tras constantes postergaciones en España, debido a las controversias políticas y al estallido de la Guerra Civil.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/04/Rosa-Chacel.jpg"> </a></p>
<p>Discípula de Ortega y Gasset y única mujer del grupo junto con María Zambrano, más joven que ella, los tumbos de la vida fueron esquinando a Rosa Chacel. Como escribe Julián Marías en su prólogo a <em>La sinrazón</em>, la autora vallisoletana fue a todas luces un <em>rara avis</em>. De Ortega se quedó sobre todo con la idea de diluir el argumento en beneficio de las ideas y la reflexión, algo muy propio de la época, de modo que en sus novelas y relatos el lector no siempre sabe qué sucede. Ni en <em>Estación. Ida y vuelta</em> ni en <em>Memorias de Leticia Valle</em>, ni incluso en <em>Teresa</em>, los hechos narrados están muy claros, mucho menos que en <em>La sinrazón</em>, desde luego, novela tan abundante y extensa que se sirve de una inteligente trama —casi policiaca— para engarzar sus elevados motivos.</p>
<p>Su segunda novela, <em>Teresa</em>, nació de un encargo de Ortega para la colección “Vidas extraordinarias del siglo XIX”. Amante de Espronceda, Teresa Mancha es la protagonista de esta biografía novelada en que quedan patentes los confines de todo pensamiento progresista respecto a su tiempo. Texto oscuro, para algunos más accesible que otras novelas de Chacel, tampoco contó con demasiada suerte. La primera edición tuvo que ser en Buenos Aires (1941) tras constantes postergaciones en España, debido a las controversias políticas y al estallido de la Guerra Civil.</p>
<p>Su exilio fue largo, hasta los años setenta, cuando poco a poco toma en Madrid la residencia final. Vivió entre Buenos Aires y Río de Janeiro, y en ambas ciudades el término que mejor define su exilio es la soledad. Se aprecia sobre todo en sus diarios, los dos tomos que forman <em>Alcancía</em>, también «ida y vuelta», en los que abundan las reflexiones acerca de su estar y su hacer. «Y luego aquí otra vez —dice—. No sé lo qué he hecho, no sé en qué se han ido estos días.» Escribe cartas, muchas y largas cartas; y la recepción de la primera que Ana María Moix le envía (1965) es para ella un soplo de aire fresco. Moix le escribe impulsada por la reciente lectura de <em>Teresa</em> y por su amigo Pere Gimferrer, mayor que ella pero ambos compañeros de la universidad, así como Guillermo Carnero, quien también interviene en la correspondencia. Los tres forman lo que Chacel da en llamar «el trébol».</p>
<p>El contacto más intenso es sin duda el que establece con Ana María Moix, al punto de intercambiar textos y vivencias que le sirven para ponerse al día de lo que sucede en España. Siente que esa correspondencia puede ponerla de nuevo en la órbita peninsular. La necesidad es tan real que no vacila en terminar sus cartas diciendo «contéstame rápido» o aun de escribirle ella antes de recibir respuesta, a ver qué pasa. Y pronto le pregunta por <em>La sinrazón</em>. Leyó <em>Teresa</em>, de acuerdo, pero ¿y <em>La sinrazón</em>?</p>
<p>Chacel volcó en ella todo su conocimiento narrativo, filosófico y existencial. Está muy presente la influencia de Nietzsche, en el sentido de poner a Dios en la voluntad humana, en vez de ajeno a ella, cual ente superior. La actitud de Santiago, el protagonista, da cuenta de ello. Se aprecia en cómo el poder de su mente logra virar los acontecimientos a su favor. La empresa, por ejemplo, que adquiere gracias a circunstancias muy casuales, parece que va pero no va, y siempre, en el peor momento, logra salvarla. Santiago es un hombre proclive a la digresión, un hombre de ideas, pero al mismo tiempo de acción. En esta novela los hechos sí importan, toman una forma mucho más determinante que en textos suyos más conocidos, como <em>Memorias de Leticia Valle</em>. ¿Qué pasa en esa obra? No está muy claro. Por el contrario, en <em>La sinrazón</em> están clarísimas la historia de amor, el poder de la voluntad y la caída en desgracia por faltar a las propias convicciones. Esa sinrazón a la que alude el título apela a los vaivenes contradictorios de la inquietud humana; el primero de ellos, la Guerra Civil en España. Pese a que transcurre en mayor medida en Argentina, la historia tiene un ojo puesto en España, en el devenir de la contienda. Y uno de sus personajes, Herminia, no sólo es un personaje riquísimo, que da el contrapunto a la mujer de Santiago y al propio Santiago, sino que trae la actualidad española al primer plano y además es perfectamente reconocible en la figura de Chacel. También escribe, y mantiene con Santiago largas conversaciones que vienen a demostrar que ningún aserto es válido sin su opuesto. Éste es uno de los grandes logros de <em>La sinrazón</em>, poner del derecho y del revés todas las ideas, siendo válidas unas y otras, un ejercicio que en momentos puede resultar duro para el lector; sobre todo, inmersos ya en las cavilaciones bajas de Santiago, interrumpiendo lo que hoy día se daría en llamar clímax. ¿Y a Chacel qué más le daba el clímax?</p>
<p>Ana María Moix no supo muy bien qué contarle cuando al fin pudo leer la novela y del otro lado del Atlántico sabía a Chacel esperando respuesta. «Me contagió su vitalidad —escribió—, su apetito de todo. Incluso terminada la novela, el libro sigue y es imposible pararlo.» Su carta es a todas luces cordial y protocolaria, y tal debió de ser la cara de Chacel al leerla. Moix le había demostrado ser una muchacha brillante, pero tenía diecinueve años, se peleaba con los grises en la calle, seguía a su hermano a locales nocturnos… Y además las primeras ediciones de <em>La sinrazón</em> contaban casi tantas erratas como páginas había. Eso desesperaba a Chacel: que una novela en la que había invertido nueve años de su vida saliera tan pésimamente editada y contara con tan pocos lectores…, ella, que estaba siendo más revolucionaria y moderna que muchos autores de su época. «Cada libro de Rosa Chacel —destaca Julián Marías— ha significado una aportación a los temas, a la técnica, al estilo de la novela; nunca ha escrito “un libro más”, sino otro libro nuevo.» Lo que entonces empezaba a hacer el <em>nouveau roman </em>francés ella ya lo había plasmado en <em>La sinrazón</em>. Pero en la vida la suerte hay que buscarla. De sobra lo sabía una nietzscheana como ella, ya no sólo intelectualmente, sino de forma empírica.</p>
<p>Sobrina-nieta de Zorrilla, de pequeña apenas acudió a la escuela, hasta que a los once años la familia se traslada a Madrid y pasa por colegios dedicados a las labores. En 1915 entra en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, donde se codea con gente artística e intelectualmente despierta de su generación, y tiene contacto también con intelectuales de fuste, como Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez o el propio Ortega y Gasset. Allí conoció a Timoteo Pérez Rubio, pintor con quien se casaría en 1921. En los siguientes años se fueron a Roma gracias a una beca que él ganó, de 1922 a 1927, etapa muy enriquecedora para ambos que sin embargo pudo empezar a esquinar la carrera literaria de Chacel. Se diría que nunca estuvo en el lugar adecuado en el momento preciso. En los años veinte no pudo sacar provecho del movimiento que se estaba gestando en Madrid, y tampoco supo hacerlo en el exilio, a diferencia de tantos otros, que pasadas las penas iniciales supieron volver esa distancia a su favor. Sólo en los años setenta y ochenta, a su vuelta a España, se empezó a reconocer su figura y su obra, siendo ya pura memoria. «¿Por qué habré de interesar a tantas doctoras y doctorandas —se preguntaba en esos años— en vez de tener verdaderos lectores, como se supone a todo escritor?»</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Entre Chacel y Caballero Bonald</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 13 Jan 2016 12:25:12 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nos gusta la presencia de la naturaleza en la literatura. Celebramos la aparición de árboles y mariposas. El amor de la naturaleza es raro en la poesía española. En Leyendo a los poetas Azorín decía que se sienten poco los árboles, el campo, las flores; y que entre nuestros clásicos sólo hubo tres poetas que amaron la naturaleza: Gonzalo de Berceo, Fray Luis de León y Garcilaso. El amor al paisaje viene de lejos. El hechizo de la poesía del árbol tiene una fuerza enorme. No es posible detenerse a explicar por qué. Entre los árboles y la luz existe un parentesco: el árbol es un ser de luz, ¡que vive con la luz! Desprende energía y participamos de su aura. Y es más: de ello depende nuestro futuro. Su influencia en la calidad del aire y en la mitigación del cambio climático está sobradamente demostrada. Les prestamos atención porque proporcionan numerosos efectos beneficiosos. En ocasiones, la contemplación se transforma en visión, adivinamiento de lo fatal. La estampa del destino a menudo nos enerva. Muchas veces tememos que el planeta ha entrado en contacto con la extinción del prodigio.
Sin cambiar de tema, ahora vamos a guiñar el ojo a dos escritores españoles: Rosa Chacel y José Manuel Caballero Bonald. Ambos sienten la presencia de la naturaleza, sus textos arrojan inesperadas luces sobre la magia del árbol. ¡En sus frondas ven luz en el tiempo! En La sinrazón (1960) y en La noche no tiene paredes (2009) hallamos la brevedad de la naturaleza, la concisión del momento poético. No voy a hacer un estudio crítico, me limitaré a apuntar algunas ideas. Sigo el camino de la intuición.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/01/Chacel-árboles-Bonald.jpg">&nbsp;</a></p>
<p>Nos gusta la presencia de la naturaleza en la literatura. Celebramos la aparición de árboles y mariposas. El amor de la naturaleza es raro en la poesía española. En <em>Leyendo a los poetas</em> Azorín decía que se sienten poco los árboles, el campo, las flores; y que entre nuestros clásicos sólo hubo tres poetas que amaron la naturaleza: Gonzalo de Berceo, Fray Luis de León y Garcilaso. El amor al paisaje viene de lejos. El hechizo de la poesía del árbol tiene una fuerza enorme. No es posible detenerse a explicar por qué. Entre los árboles y la luz existe un parentesco: el árbol es un ser de luz, ¡que vive con la luz! Desprende energía y participamos de su aura. Y es más: de ello depende nuestro futuro. Su influencia en la calidad del aire y en la mitigación del cambio climático está sobradamente demostrada. Les prestamos atención porque proporcionan numerosos efectos beneficiosos. En ocasiones, la contemplación se transforma en visión, adivinamiento de lo fatal. La estampa del destino a menudo nos enerva. Muchas veces tememos que el planeta ha entrado en contacto con la extinción del prodigio.</p>
<p>Sin cambiar de tema, ahora vamos a guiñar el ojo a dos escritores españoles: Rosa Chacel y José Manuel Caballero Bonald. Ambos sienten la presencia de la naturaleza, sus textos arrojan inesperadas luces sobre la magia del árbol. ¡En sus frondas ven luz en el tiempo! En <em>La sinrazón</em> (1960) y en <em>La noche no tiene paredes</em> (2009) hallamos la brevedad de la naturaleza, la concisión del momento poético. No voy a hacer un estudio crítico, me limitaré a apuntar algunas ideas. Sigo el camino de la intuición.</p>
<p>A Rosa Chacel le preocupa el tiempo, su fugacidad; pero también los matices de la luz, las sensaciones de la vista. La luz es obsesión, algo que no puede apartar de su mente. Repasando las primeras páginas de <em>La sinrazón</em>, leemos que en una tarde con una luz que camina sobre el césped, el crepúsculo es tan breve que casi se le ve pasar. Se pierde en la contemplación del momento. Precisa: “Pasa un aire tibio, el cielo es limpísimo, nacarado, despide una luz desnuda, que pasa y se esconde entre los árboles copudos y en la sombra de los árboles brilla algún foco recién encendido”. Y concluye, audazmente: “es que ya ha pasado”. Pasa el tiempo y el árbol entra en otra luz; y los verdes se deslustran, se restauran. Sus efluvios crean un juego de sensaciones y fantasía, forman un mundo detenido en el tiempo, donde lo real alcanza una nueva dimensión. Es eso. En la culminante autobiografía de Chacel, no solo hallamos pensamientos sentidos, sentimientos pensados, encontramos árboles maravillosos; sauces, castaños, casuarinas, ombúes. Conviene saber que el ombú es árbol copudo, de copa grande, que acumula luces mágicas, solidarias, efectos de apariencia maravillosa. Ante una mariposa disecada, la escritora se aventura a observar: “Dios puede mover las alas de una mariposa muerta o trasladar una montaña, o hacer que no haya sido lo que fue.” Reflexión importante que raya lo inefable. Existen cosas que nunca se podrán explicar.</p>
<p>Pero hay más. Es preciso mencionar <em>Ofrenda a una virgen loca</em> (1961), porque en uno de sus relatos, “Lazo indisoluble”, percibimos como la luz, cuando la niebla se despega del río, “empieza a despertar el verde de los castaños”. Prodigioso apunte. A propósito de castaños; bajo el espeso follaje de ese árbol robusto descubrimos la mirada de la serpiente del Paraíso. ¿Ha tentado el progreso a la humanidad? Hay materia para hacer un estudio de la evolución del sentimiento de la naturaleza en la literatura.</p>
<p>Vayamos ahora al reino de los vivos. Hablemos de Caballero Bonald, uno de los grandes escritores españoles de los últimos años. ¡Cuánto nos encanta la plasticidad de su palabra poética! Releamos su décimo libro de poesía. En el poema “Nadie”, el poeta conversa con alguien que lo llama. Pese al mutismo del entorno, se abre un espacio donde el árbol parece suspirar por rebelarse.</p>
<p style="padding-left: 210px;"><em>Desoye el árbol las invocaciones</em><br />
<em> erráticas del viento, mientras</em><br />
<em> sus vacilantes cuencas enmudecen</em><br />
<em> frente a las desbandadas de la luz.</em></p>
<p>Cuando viene el viento, sentimos hondamente la responsabilidad del árbol. Los colores de la tierra cambian por instantes, según la transparencia del follaje. En tanto que las ramas enmudecen, los claroscuros recobran brío. Los retoques de luz verde tienen otro movimiento, otra cadencia; quizá es el impulso tumultuoso del progreso.</p>
<p style="padding-left: 210px;"><em>Como en un vaho gravita el anhelante</em><br />
<em> oficio de estar vivo y en lo hondo</em><br />
<em> de los drenajes de la soledad</em><br />
<em> los pájaros silencian sus generaciones.</em></p>
<p>“Vaho” es sinónimo de soplo; de tiempo brevísimo. Así pasa la vida como un soplo. Nadie al final responde al poeta. “Nadie, como Ulises”. Los días se malgastan entre atropellos y “remisas decepciones.” En el último verso sale “una pared vacía, una página en blanco”. A medida que avanzamos por el poema tomamos conciencia del medio. Vivir consiste en “ir dejando atrás la vida”, los árboles, el aire nuestro. Todo eso prodigioso que suspira por favorecer la vida, ahora parece quejarse. ¿Podrá España abordar en buena posición el desafío del cambio climático? Por un instante es posible creerlo. No hay un solo árbol que no se sienta responsable, solidario de su destino. Es por esto que nos interesa la pervivencia de la naturaleza en la literatura española.</p>
<p>Escrito por <strong>Ignacio Viladevall</strong></p>
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		<title>Lentitud</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 20 Oct 2015 21:03:43 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[En plena promoción de su segunda novela, Con el sol en la boca, publicada por Libros del lince en 2015, Matías Néspolo dio una gran sentencia para el titular de la entrevista y para cualquier gurú de la escritura. Dijo que cuando se juega limpio con la ficción, la ficción acaba revelando lo que eres. Ambigua y punzante a partes iguales, esta sentencia neutralizó el eco de otras respuestas quizá más cercanas pero no menos literarias. ‹‹Escribiendo soy una tortuga››, dijo a propósito de los seis años transcurridos desde su primera novela. ‹‹Pero la lentitud no tiene por qué tener connotaciones negativas ni estar reñida con la ambición. Para mí, escribir lento va muy ligado a mi intención de llegar lo más lejos posible.›› Como un crucero, por lo tanto, que avanza sin prisas pero sin pausa, añadiendo a su ruta el tiempo de vida de quienes viajan a bordo.
Una idea similar daba Jaime Gil de Biedma en el prólogo a su primer poemario, Compañeros de viaje, luego reunido en el célebre Las personas del verbo. Ser escritor lento, decía, tiene sus inconvenientes, y no sólo porque contraría la impaciencia humana por dar remate a cualquier empresa antes de que olvidemos su afán y las ilusiones puestas en ella, sino porque imposibilita la composición de las obras concebidas en torno a una primera intuición. Hay dos tipos de escritores lentos, se infiere ahí, los que son muy tercos y mantienen el interés en una misma cuestión durante largo tiempo, y los que, más dispersos, tienen que especializarse en las piezas breves, ya sea en poesía o en prosa. Lo que está claro es que a un escritor lento le abruma aquello que el aclamado autor de novela de aventuras Alberto Vázquez Figueroa dijo en cierta ocasión. Aseguró que escribía sus novelas en un fin de semana, puesto que, a poco que se dilatara el tiempo de escritura, las aborrecía. Así dicho, Vázquez Figueroa le arranca las solapas a cualquier escritor de velocidad mediana, y a uno lento, como Néspolo o Gil de Biedma, lo deja de vuelta y media.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>En plena promoción de su segunda novela, <em>Con el sol en la boca</em>, publicada por Libros del lince en 2015, Matías Néspolo dio una gran sentencia para el titular de la entrevista y para cualquier gurú de la escritura. Dijo que cuando se juega limpio con la ficción, la ficción acaba revelando lo que eres. Ambigua y punzante a partes iguales, esta sentencia neutralizó el eco de otras respuestas quizá más cercanas pero no menos literarias. ‹‹Escribiendo soy una tortuga››, dijo a propósito de los seis años transcurridos desde su primera novela. ‹‹Pero la lentitud no tiene por qué tener connotaciones negativas ni estar reñida con la ambición. Para mí, escribir lento va muy ligado a mi intención de llegar lo más lejos posible.›› Como un crucero, por lo tanto, que avanza sin prisas pero sin pausa, añadiendo a su ruta el tiempo de vida de quienes viajan a bordo.</p>
<p>Una idea similar daba Jaime Gil de Biedma en el prólogo a su primer poemario, <em>Compañeros de viaje</em>, luego reunido en el célebre <em>Las personas del verbo</em>. Ser escritor lento, decía, tiene sus inconvenientes, y no sólo porque contraría la impaciencia humana por dar remate a cualquier empresa antes de que olvidemos su afán y las ilusiones puestas en ella, sino porque imposibilita la composición de las obras concebidas en torno a una primera intuición. Hay dos tipos de escritores lentos, se infiere ahí, los que son muy tercos y mantienen el interés en una misma cuestión durante largo tiempo, y los que, más dispersos, tienen que especializarse en las piezas breves, ya sea en poesía o en prosa. Lo que está claro es que a un escritor lento le abruma aquello que el aclamado autor de novela de aventuras Alberto Vázquez Figueroa dijo en cierta ocasión. Aseguró que escribía sus novelas en un fin de semana, puesto que, a poco que se dilatara el tiempo de escritura, las aborrecía. Así dicho, Vázquez Figueroa le arranca las solapas a cualquier escritor de velocidad mediana, y a uno lento, como Néspolo o Gil de Biedma, lo deja de vuelta y media.</p>
<p>Pero tan difícil resulta creerse la velocidad de escritura de Vázquez Figueroa como ignorar los aspectos positivos de la lentitud. ‹‹En la creación poética —dice Gil de Biedma—, como en todos los procesos de transformación natural, el tiempo es un factor que modifica lo demás.›› Las artes creativas conllevan una inevitable dosis de paciencia, siempre en aumento, aun cuando el artista considera que está dominando su terreno, que se mueve en él como pez en el agua, si es que es pez y se dedica a las charcas. Pronto se dará cuenta, sin embargo, de la necesidad de sumar puntos de vista, de no ver la charca solamente con los ojos del pez, que es un lugar común, sino de pisarla como un perro y bañarse en ella como un pájaro. O a la inversa, qué más da. Cada cual, con sus historias y sus gustos, será un perro distinto en la charca y precisará de más o menos tiempo para entenderla, para ver, con los ojos del pez, el revoloteo del pájaro en la superficie, vagos cambios de luz, alas que lo son tanto por acercarse al ojo que las describe como por alejarse a las primeras de cambio.</p>
<p>La lentitud también caracterizaba a Rosa Chacel, una escritora, en palabras de Julián Marías, lenta no, lentísima. ‹‹Ha escrito siempre muy despacio, pensándolo bien, dándole vueltas y más vueltas, dejando que las líneas vayan brotando poco a poco, con estremecimiento, con dolor, y depositándose en el papel como una huella.›› Bellas palabras las que Julián Marías escribió en el prólogo a <em>La sinrazón</em>, novela de largo alcance a cuya escritura Chacel dedicó cerca de diez años, consciente, con toda probabilidad, de que lo que por un lado el tiempo le daba, por el otro se lo quitaba. Épica del razonamiento y la duda, autobiografía de pensamiento, según ella, <em>La sinrazón</em> da cuenta del universo chaceliano con todas las variantes que ofrece la novela, que son las de la escritura, para volverse contra sí misma y negarse desde la afirmación.</p>
<p>Ésta es la ambigüedad de un género que es fiel reflejo del tiempo en el que ha eclosionado, la modernidad, y lleva implícita la crítica y el juicio sobre sí misma. Pero también la lentitud. Si algo le va a sentar mal a la novelística en las próximas décadas es el acelerado ritmo de vida de las sociedades contemporáneas, incapaces de detener el tiempo, tamaña sinrazón, para jugar limpio con la ficción, como decía Néspolo, y que la ficción, seamos autores o lectores, revele de nosotros una parte de lo que somos.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>En caravana</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Aug 2015 13:55:22 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Todas las semanas sale en prensa la correspondiente lista de ventas, en las modalidades de narrativa, ensayo y poesía, aparte del formato de bolsillo. Parece mentira que esto sea tan real, pero lo es, claro, y además es la piedra de toque en que no pocos escritores y editores miden su éxito. Otros no pueden soñar siquiera con asomarse a los últimos renglones de tales listas; están en la caravana, y no de camino a un lugar de asueto, tal como en fechas recientes estarían no pocos ciudadanos, sino en la caravana que va de la imprenta al lector. Los tramos a recorrer son varios y la transparencia en que algunos libros caen la explica cualquier traspié en alguno de estos tramos. Junto con la distribución, la difusión es quizá el más importante, ya que facilita las cosas y evita pesadas justificaciones. ‹‹Denle una oportunidad a este autor, y a ése, y a ése…›› ¿Y quiénes son? ¿Dónde están?
‹‹Yo me encuentro felizmente exiliado en el escritorio de mi casa››, decía Matías Correa en una entrevista reciente. Ah, el exilio interior, bendito exilio, fuente de inspiración y en algunos casos de prestigio; hay quienes hicieron del exilio y el desarraigo su bandera, y no les fue mal, o al menos no tan mal como a otros autores, que sólo pudieron sacar de su aislamiento el olvido de los demás. Las redes sociales ayudan hoy día a que tales aislamientos sean menos un aislamiento, sino una reclusión, un espacio de silencio desde el que dar aire al pensamiento.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Todas las semanas sale en prensa la correspondiente lista de ventas, en las modalidades de narrativa, ensayo y poesía, aparte del formato de bolsillo. Parece mentira que esto sea tan real, pero lo es, claro, y además es la piedra de toque en que no pocos escritores y editores miden su éxito. Otros no pueden soñar siquiera con asomarse a los últimos renglones de tales listas; están en la caravana, y no de camino a un lugar de asueto, tal como en fechas recientes estarían no pocos ciudadanos, sino en la caravana que va de la imprenta al lector. Los tramos a recorrer son varios y la transparencia en que algunos libros caen la explica cualquier traspié en alguno de estos tramos. Junto con la distribución, la difusión es quizá el más importante, ya que facilita las cosas y evita pesadas justificaciones. ‹‹Denle una oportunidad a este autor, y a ése, y a ése…›› ¿Y quiénes son? ¿Dónde están?</p>
<p>‹‹Yo me encuentro felizmente exiliado en el escritorio de mi casa››, decía Matías Correa en una entrevista reciente. Ah, el exilio interior, bendito exilio, fuente de inspiración y en algunos casos de prestigio; hay quienes hicieron del exilio y el desarraigo su bandera, y no les fue mal, o al menos no tan mal como a otros autores, que sólo pudieron sacar de su aislamiento el olvido de los demás. Las redes sociales ayudan hoy día a que tales aislamientos sean menos un aislamiento, sino una reclusión, un espacio de silencio desde el que dar aire al pensamiento.</p>
<p>El narrador español Miguel Ángel Hernández tuiteaba este verano: ‹‹Por fin internet en casa. Ya somos personas››, un mensaje a todas luces irónico, que sin embargo da cuenta del sentimiento actual. La libertad nos hace personas, y hoy día la libertad se camufla en internet y las nuevas tecnologías, redes sociales incluidas, donde se anda igual en caravana. La facilidad para acceder a ellas es grande, igual que para salir a la carretera o para llevar un texto a la imprenta, pero una vez ahí, con el perfil creado o el libro en las manos, la dificultad para tener eco es similar a la de llegar a la playa un primero de agosto, una vez enfilada la autopista. En el mejor de los casos, uno se encuentra en la caravana con la muchacha del Dauphine, y hablando con ella, que si su coche es más bonito que el propio, que si en aquellos años los coches eran una maravilla, uno descubre que la muchacha está de vuelta, que no va, sino vuelve de la playa, y que todo es una confusión, acceder a las redes sociales como publicar un libro sin editor (con él también) o enfilar rumbo a la playa.</p>
<p>En la caravana, entre los cientos de coches parados, aparecen las monjas del 2HP, todavía ellas; el hombre pálido del Caravelle; el ingeniero del Peugeot 404, con un modelo tal vez renovado; el matrimonio de felicidad avícola del 306 con su hija, justo detrás del Dauphine de la muchacha. Éstos dan la impresión de ir, pero en alguna rotonda previa a la autopista habrán tomado la dirección equivocada, metiéndose en la caravana de vuelta en vez de la de ida. Parados todos, no obstante, la conversación se da igual en un sentido que en otro y podría decirse que sendas caravanas son al fin y al cabo la caravana. Sólo los que tienen una buena posición en las redes sociales pueden dar cuenta del suceso —el ingeniero del Peugeot 404, por ejemplo—, hablar con otros conductores atascados en lejanas caravanas, compartir lamentos y establecer algún tipo de criterio sobre la cuestión. ‹‹Saldrá el caballero del Porsche en busca de alimentos, lo que nos dará para las próximas veinte horas, y haremos de esta caravana un feliz encuentro.››</p>
<p>El matrimonio avícola no lo puede creer, verse en semejante atasco, cuando ellos… ¿Y la niña? Que el señor del Porsche no olvide traer buenos alimentos para ella. Las monjas del 2HP se hacen bien a la idea, en cambio, con serenidad, y también la muchacha del Dauphine, quien distrae la caravana con su alegría. Trae frutas en un capazo y tiene buena conversación. El ingeniero le saca una foto para compartirla en las redes sociales y demostrar el buen ambiente que hay en su caravana. ‹‹También traigo libros —dice ella—, si alguien quiere…›› Cualquier cosa es buena con tal de no llevar la cuenta del tiempo, puestos a esperar en el infatigable misterio de la caravana, y un libro, por raro que a algunos les parezca, es preferible a estar pendientes del reloj.</p>
<p>El matrimonio avícola muestra cierto interés, de puro aburrimiento, a diferencia del ingeniero, pendiente de las redes, e igual que las monjas, hartas quizá del credo. Entonces es cuando se acerca el hombre pálido del Caravelle, despreciando a unos y a otros, derecho hacia la muchacha del Dauphine y sus libros. ‹‹¿Me permite, señorita?›› Su corrección es pálida igual, aunque en seguida se aprecia el dominio de los libros. Es librero, dice, y con lo atascado que está el mundo, qué idiota fue…, cómo no previó esta caravana y se llevó algún libro.</p>
<p>‹‹Pero va todo tan rápido, señorita: éste de Matías Correa, por ejemplo, un libro excelente, recién editado y sin embargo ya tuve que devolverlo. Las novedades nos colapsan.›› La muchacha del Dauphine, que lo ha leído estos días en la playa, lee unas palabras de Correa que subrayó: ‹‹Resulta atractiva la posibilidad de habitar otro mundo, distinto al fáctico que nos toca vivir.›› El hombre pálido dice: ‹‹Atractiva no, necesaria.›› Cuenta también que los buenos lectores deben estar muy atentos, casi en el momento en que el libro llega, lo coge el librero, lo recoge para su muestra, como en un baile sureño, y ahí ya tomarlo, antes de que el siguiente libro pueda pisarlo. ‹‹Los libros van igual en caravana —dice—, esto se sabe. Sólo ciertos autores, como Julio Cortázar o Rosa Chacel, por su prestigio, y los que conforman las listas de ventas, tienen margen para permanecer en los estantes.›› A la muchacha le entretiene tanto la conversación del hombre pálido, que lo invita a sentarse en su bello Dauphine. Quiere saber más. Que le cuente, que le cuente. Para ella, después de todo, esta caravana es casi el ideal que el ingeniero se esfuerza en mostrar en las redes sociales.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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