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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>La otra fiesta de Sant Jordi</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/la-otra-fiesta-de-sant-jordi/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 04 May 2022 14:03:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[libros]]></category>
		<category><![CDATA[naturaleza]]></category>
		<category><![CDATA[Roberto Juarroz]]></category>
		<category><![CDATA[Sant Jordi]]></category>
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					<description><![CDATA[Dirán algunos que fue un día casi apocalíptico, y razón no les faltará. Hubo de todo, la conjunción del cielo y del infierno, un baile de la naturaleza en el centro de la fiesta. Y ahí, como escribió Roberto Juarroz, está el vacío. ]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Dirán algunos que fue un día casi apocalíptico, y razón no les faltará. Hubo de todo, la conjunción del cielo y del infierno, un baile de la naturaleza en el centro de la fiesta. Y ahí, como escribió Roberto Juarroz, está el vacío. Fueron la lluvia, el viento, el granizo… y algunos ratos de sol, en un vaivén meteorológico no apto para aprensivos que puso a prueba los puestos armados en la calle. Los hubo que volaron, otros que vieron cómo el agua alcanzaba los libros, y otros, los más, que resistieron agarrándose sus integrantes a la carpa, tirando fuerte de un lado, izando por el otro el plástico protector como en una aventura naval. Esto fue Sant Jordi 2022, tercer intento de celebración normal en la tercera década del siglo XXI. También para Comba.</p>



<p>Tal inestabilidad no es impropia de estas fechas, que en abril aguas mil, lo sorprendente fue que la jornada quedase encajada entre dos días luminosos, de un sol pletórico y absoluto. Vino a recordarnos la amenaza que supone el agua para los libros, o para el papel, más bien, ahora que el libro busca igual su duplicidad de género y no debería extrañarnos dar en breve con uno anfibio. Para leer en seco y en remojo, para leer sin riesgos, lo mismo en la cama que en el centro de una celebración acuática. ¿No será eso, sin embargo, ese querer estar en el centro de todas las fiestas y hacerlo, además, con el menor riesgo, lo que a la postre compromete nuestro trabajado bienestar?</p>



<p>Bajo las carpas sacudidas por el viento y la lluvia la realidad editorial tomaba otra dimensión, tal vez la verdadera, mezcla de sacrificio y pasión, en una jornada cuyo origen está en la muerte del dragón a manos del caballero llamado Jorge, evitando que aquél se comiera a la hija del rey. De la sangre del dragón brotará una rosa, que el caballero habrá de entregar a la princesa y hoy los varones regalan a sus madres, esposas, hermanas, novias… Las chicas más jóvenes hacen acopio de rosas, es un día grande para ellas. Y presa de esa energía la gente salió igual a la calle este año, no bien la lluvia amainaba, no bien las inclemencias meteorológicas dejaban sus amenazas a un lado y amagaban incluso con una tregua solar e indefinida. Pero no hay rosa sin sacrificio. Ni libro, se diría. Y el cielo estaba actuando como un dragón herido, furioso, reacio a darse por vencido mientras quedara una nube con la que dar guerra.  </p>



<p>Las calles se vaciaban cuando arreciaba la lluvia y volvían a llenarse tras la última gota, con una entrega, una emoción ciudadana, que nada habría tenido que ver de no venir de dos años nulos, casi en blanco, de puertas para adentro y comiéndose más de uno la amargura. Se podría decir que Sant Jordi equivale en Cataluña a la fiesta de la primavera, además de ser su segunda Diada, coincidiendo con los días de la rosa y del libro, una coincidencia nada baladí en Barcelona, histórica capital editorial. Recuerden a dónde iba Don Quijote en busca de editor…</p>



<p>Claro que el libro puede ser muchas cosas, y de esa confusión hablaba Ignacio Echevarría en su artículo del día anterior en <em>El Cultural</em>. «Por mucho que el libro haya sido y siga siendo el cauce principal de lo que entendemos por literatura, ésta es sólo una de las muchas, infinitas materias que se sirven del libro para su plasmación, conservación y circulación», escribía, para añadir: «El Día del Libro no es el Día de la Literatura […]. Una confusión que alientan múltiples indicios, empezando por que el Día del Libro se celebre en la fecha en la que se supone que murieron Cervantes y Shakespeare. A los efectos, más idóneo hubiera sido hacerlo coincidir con el del nacimiento o la muerte de Johannes Gutenberg.» Pero saquen ustedes el calendario y verán que para devenir una efeméride festiva hay que saber nacer o morir en el día propicio. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </p>



<p>Por el puesto de Comba se pasaron varios autores de la editorial y no pocos lectores, reuniendo energías para hacer frente juntos a las acometidas más apocalípticas. Estuvieron Constanza Ternicier, Valentina Marchant y Ernesto Escobar Ulloa, además de quien esto escribe y de las visitas más fugaces de Dalmau &amp; Górriz y de Osías Stutman. Valentina Marchant pudo mostrarnos, poemario en mano, qué es el reverso del agua: «La visión doble/ del camino que se inunda/ y se quiebra.» Esa visión se repitió en varios momentos de la jornada, contraste absoluto entre aquello que está en primera instancia y lo que queda más allá de la cortina de agua, en una especie de vacío. Nosotros queríamos la lluvia para el día siguiente, o para cualquier otro, en realidad, sentados en casa con una novela o un poemario en las manos, en ese remedo del silencio que es la caída de la lluvia en el exterior, golpeando contra las ventanas. Hay que abrazar ese silencio para ser uno consigo mismo. Pero hay que abrazar también el vacío imprevisto de las celebraciones, puesto que en el centro del vacío, como concluye Juarroz, hay otra fiesta.</p>
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			</item>
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		<title>El hombre al que le faltaba un riñón</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/el-hombre-al-que-le-faltaba-un-rinon/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[myedi124]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 07 Apr 2022 09:29:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Dalmau & Górriz]]></category>
		<category><![CDATA[extinción]]></category>
		<category><![CDATA[mercados]]></category>
		<category><![CDATA[naturaleza]]></category>
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					<description><![CDATA[Juan M. va de isla en isla y en la última hay unos funerales donde corre la sangre de los animales sacrificados. Los familiares vestidos de negro desfilan delante del difunto. Fluye la cerveza y el vino de palma. A las diez de la noche, Jean conoce a Juan M. y de trago en trago hablan de las excelencias de la vida y de la naturaleza.]]></description>
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<p></p>



<p>Por Jordi Dalmau y Lídia Górriz</p>



<p>1</p>



<p>Jean vivía al final de unas islas llenas de bruma en invierno y de nubes en verano, en la zona más austral de un archipiélago remoto.</p>



<p>Sus rasgos eran asiáticos. En el poblado le llamaban Jen o Gen, aunque su madre siempre le llamó Jean. Era bajito, chaparro, todavía muy ágil. De escasos conocimientos, gozaba no obstante de una destacable inteligencia natural y una no menos destacable ingenuidad. De padre francés, quedó huérfano a los tres años. Su madre, originaria del lugar, le cuidó con diligencia. Creció entre bosques de bambú y explanadas secas por los incendios. Su casa, hecha de troncos en un árbol, era el ejemplo perfecto de sus condiciones de vida.</p>



<p>El cuerpo, sano y fuerte, le respondía. Cuando hubo penurias económicas, tuvo que responsabilizarse de su corta familia emigrando un año a la capital, donde el dólar era el único aliciente de la vida. En esos meses ejerció de lo que pudo y, cansado de no tener nada, empezó a venderse al mejor postor. En un restaurante oscuro escuchó que algunos vendían sus órganos a otras personas, recibiendo a cambio un buen dinero.</p>



<p>De vuelta en su isla sólo tenía un riñón y una suma considerable en el bolsillo para los tiempos que corrían.</p>



<p>2</p>



<p>Juan M. vivía en una Europa económicamente convulsa. No pasaba penurias, muy al contrario: poseía algunas propiedades y era dueño de unos establecimientos comerciales. Instruido, pero no demasiado, le gustaba viajar. En los viajes captaba instantáneas de lugares auténticos y vírgenes. Sólo entonces realizaba fotografías. Su mirada se correspondía a la de la cámara y brotaban ahí sus verdaderos momentos de vida, únicas ocasiones en las que interrumpía la obsesiva actividad financiera.</p>



<p>Su familia le dejó bien posicionado y sólo debía preocuparse de no tener pérdidas sobre aquello que había heredado. Más bien fofo, su físico no tenía nada que pudiera destacarse. Era desidioso, dejado y algo tiránico, aunque no tenía mal fondo. Sabía lo que hacía, no quién era. Una de esas personas que nunca averiguan nada de sí mismas.</p>



<p>La bebida, en parte, le estaba ocasionando problemas de salud. No es que fuera un borracho, pero nunca bebió agua en las comidas. Tuvo problemas con un riñón. Hubo de someterse a una operación a la que su cuerpo se adaptó correctamente, casi de forma instantánea. Parecía fabricado para él.</p>



<p>3</p>



<p>En un oscuro restaurante también Juan M. escuchó que eso iba a acabar mal. Y en boca de un abogado que hablaba de sus pleitos, rescató las siguientes palabras: «Uno con el tiempo ve que este proceso no va a durar y que acabará fatal.» Su amigo le respondía: «¿Cómo tú, siendo tan buen empresario, puedes hablar así de esto? Lo tienes medio solucionado, siempre has sido un pesimista.» A lo que el primero le contestó: «No me refería al pleito, sino a la vida. Esto no acabará bien. Seguramente será en una tumba mirando al mar, que por otra parte ya estoy pagando.»</p>



<p>Juan M. ha repetido esta anécdota en varias ocasiones y no se cansa de hacerlo. Las sociedades no cambian excesivamente, pero sí la vida de cada uno. Lo que hoy es verde, más tarde madura, y aquello que era maduro empieza a deteriorarse y por lo tanto a marchitar. Salvo raras excepciones, el espíritu de las personas no suele cambiar y en la mayoría de los casos va a peor. Al cuerpo le pasa igual, aunque de forma más visible. El proceso de finitud siempre está presente, aunque a veces lo obviemos. Vemos el cadáver que nunca pensamos ser. Pero ¿para qué preocuparse? Ya no nos queda paraíso y para la mayoría el razonamiento no existe. Sólo vivir.</p>



<p>Juan M. empieza a entender. Su alma enfermó a los cuarenta, aunque él no se diera cuenta. Intentará alargar su vida tanto como pueda.</p>



<p>4</p>



<p>Jean vive su ineludible fin como otro proceso de la vida. En él se dan cita los paraísos, sus ancestros y sus rituales de recuerdo, las hogueras nocturnas. De hecho, no es un recuerdo, es una presencia cotidiana. No va a morir sin una razón porque no vive sin una razón, o eso cree. Nunca alargará su vida de forma artificial.</p>



<p>5</p>



<p>Juan M. empieza a vender algunas inversiones y se obsesiona con el viaje. Es una fuga, una huida hacia delante. Hay que ser hedonista y empezar a tocar otras cosas. Prepara todas sus cámaras y objetos de reproducción instantánea, incluida la pluma y el lápiz, por si no hay corriente. Aunque pocas veces las ha utilizado. No sabe si reconocerá su uso en el libro de instrucciones. El lápiz parece más fácil. Todavía recapacita con cierto sarcasmo y lo reconoce. Roza la estupidez.</p>



<p>La pretensión es viajar más con los sentidos y perder la capacidad de enmarcar la mirada. Algo ha aprendido con el tiempo, y más en estos momentos de duda. Es toda una experiencia y un reto. Puede que sea una mala experiencia y un auto-soborno.</p>



<p>Su viaje empezará en el norte de la India, de allí pasará a Nepal, para llegar a Katmandú, y de allí a China o la parte del antiguo Tíbet. Entrará por Zagmu y seguirá, pasado el antiguo reino, tras la ruta de la seda. La dejará y girará más al sur, Tailandia, y de allí a Papúa. Más tarde entrará en un archipiélago inmenso.</p>



<p>El viaje se oscurece. Nota mucho cansancio. Una nueva dolencia aparece, acompañada por una malaria incipiente. Ha de vivir obsesivamente al día.</p>



<p>6</p>



<p>Jean sigue su vida y sus recursos han menguado. Sólo la pesca algunas veces y el cuidado de sus escasos búfalos, no da para mucho más. La vejez de su madre le está dejando seco. Los animales empiezan a escasear. Las exequias serán lentas y costosas, aunque inevitables y necesarias. Jean se enamoró hace poco y también mantiene a su pareja.</p>



<p>Sostiene su eterna sonrisa y le da por hablar de los buenos tiempos.</p>



<p>7</p>



<p>Juan M. va de isla en isla y en la última hay unos funerales donde corre la sangre de los animales sacrificados. Los familiares vestidos de negro desfilan delante del difunto. Fluye la cerveza y el vino de palma. A las diez de la noche, Jean conoce a Juan M. y de trago en trago hablan de las excelencias de la vida y de la naturaleza.</p>



<p>La sangre excita aquello que toca y la conversación encharcada tiene otro barniz más material. Se explican que tienen, respectivamente, un riñón extirpado y uno trasplantado. Coinciden en el nombre de la empresa que los ha vendido y comprado, así como en el carácter casi confidencial de la transacción. El lugar de extracción y de trasplante son diferentes, pero la sociedad es la misma. Coinciden también en la prontitud y seguridad de la compañía.</p>



<p>Jean explica la celeridad en el pago del comprador, sumamente eficaz.</p>



<p>Juan M. intuye que deberá hacerse otra intervención en un futuro próximo. No corre prisa, pero no puede demorarse excesivamente. Debe seguir viviendo.</p>



<p>Hablando con cierta ansiedad, Jean le conmina que él podría ser el donante, y que, como la empresa extractora está cerca de la capital, podrían firmar la documentación pertinente. Un órgano es un órgano, y si se tienen más no ve excesivo problema en ello. Piensa en un futuro de año y medio de bonanza económica y está bebido, pero eso da igual. Harán donación y compra en un día y medio.</p>



<p>8</p>



<p>Jean es descuidado e ingenuo, desconoce muchas cosas y nunca ha sido consciente de su naturaleza. Sólo piensa en salir de apuros. Y Juan M. en posibilitar cualquier operación. La cita es en un lugar distinto al que fue Jean para la anterior donación. Es más apartado, pero él sabe con certeza que el dinero irá a parar a su aldea, a su casa, y se presta al trato que se está llevando a cabo. Lo que sí prima, por razones de seguridad, es la inmediatez de la extracción y la rapidez de su envío, que casi coincide con la marcha de Juan M. Ha oído el nombre del órgano que le será extirpado en su totalidad y quizás todavía no comprende las características de un hígado.</p>



<p>9</p>



<p>La aldea recibirá a su pareja con el cariño que supone una fiesta para el próximo difunto. Las celebraciones casi juntarán a madre e hijo y tendrán lugar dentro un tiempo, como es costumbre.</p>



<p>Los animales por sacrificar duplicarán su número en la ceremonia. Seguramente alguna televisión europea grabará un especial de los ritos funerarios de estas islas. El evento es bastante extraordinario y casi coincidirá con la festividad del rey, que conlleva unos fastos inigualables, propios de un reino del siglo XVIII. La grabación más exótica y emotiva será la de Jean.</p>



<p>10 </p>



<p>Sentado en su sofá, alguien verá casualmente el documental anunciado desde días atrás, y pensará, si su mejoría se confirma, en el próximo lugar a visitar. Podría asociarse incluso con la empresa que facilita los trasplantes, sería una buena inversión, eso barrunta, aunque en el fondo sólo piensa en vivir, vivir y vivir, que es lo único que importa.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Cueva de ladrones</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/cueva-de-ladrones/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[myedi124]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 28 Mar 2022 07:48:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[El viento y la semilla]]></category>
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		<category><![CDATA[héroes]]></category>
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		<category><![CDATA[naturaleza]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Martínez Llorca]]></category>
		<category><![CDATA[Solastalgia]]></category>
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					<description><![CDATA[Nadie es un héroe, o al menos un héroe al estilo de los que quisiéramos emular: Hércules, Astérix y Obélix, Philip Marlowe o Iron Man…, tipos que pertenecen a diferentes mitologías: no se les puede derrotar, como no se nos puede derrotar a ninguno en sueños, que es el lugar donde somos invencibles.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Por Ricardo Martínez Llorca*</p>



<p>Una de las formas más higiénicas de tortura y, en consecuencia, de las más humillantes, consiste en desvestir al preso en un sótano para interrogarlo bajo potentes focos. Cuando la privación del sueño quiera destruirle, se encontrará con un cuerpo sin autoestima a cuenta de la desnudez denigrante.</p>



<p>Nadie es un héroe, o al menos un héroe al estilo de los que quisiéramos emular: Hércules, Astérix y Obélix, Philip Marlowe o Iron Man…, tipos que pertenecen a diferentes mitologías: no se les puede derrotar, como no se nos puede derrotar a ninguno en sueños, que es el lugar donde somos invencibles.</p>



<p>Pero la tortura pertenece al lado del planeta que está siempre en vigilia; ahí no existe el derecho a soñar. Bajo las condiciones que se le imponen al reo desnudo en el sótano de la tortura, uno estaría dispuesto a firmar cualquier cosa a cambio de algo tan real como unos calzoncillos.</p>



<p>Ésta es la manera de actuar, en buena medida, de cualquier represor social, y más aún en tiempos de crisis. Y las crisis son congénitas y crónicas para demasiada gente. En ese lado oscuro de la Tierra habitaron demasiadas cosas que han desaparecido. Algunas eran muy antiguas, como el rinoceronte blanco, el delfín del Yangtsé, el pájaro Dodo o los helechos gigantes; otras son tan recientes como el paisaje de nuestra infancia, que contenía un pequeño bosque con árboles muy familiares, y muchos de esos seres a los que hubiéramos querido abrazar a la hora de despedirnos, desde los renacuajos de la charca, hasta las bellotas que ametrallaban la pradera después de la tormenta.</p>



<p>Que la humanidad sobreviva una vez que ha dejado de existir la pequeña hura donde vivía una familia de conejos a la que habíamos puesto apellidos habla más de nuestra capacidad de adaptarnos que de nuestra capacidad de aprender. Aprender pertenece a las acciones humanas voluntarias que suceden al mirar hacia los mitos, tal vez hacia Idéfix, el perrito de Obélix que llora cada vez que alguien derriba un árbol, y también hacia los mitos que hablan de un mundo muy vivo, como el de Ovidio, el de John Ford o el de Walt Whitman. Adaptarnos, por su parte, pertenece a las consecuencias de la resignación, que los antiguos griegos colocaban como el peor de los males.</p>



<p>¿Que hayan desaparecido esos árboles y esa familia de conejos es una pérdida o es un robo? Las soluciones científicas, a las que confiamos cualquier cosa porque creemos racionales, nos muestran que si algo desaparece lo ideal es sustituirlo: en lugar de pájaros, tenemos aviones; en lugar de amigos, tenemos emisiones en <em>streaming</em>. Gracias a la biotecnología hoy en lugar de tomates tenemos “tomates”, en lugar de algodón tenemos “algodón”, y en lugar de arroz, otro “arroz”.</p>



<p>Más complicadas resultan otras sustituciones, como las del rinoceronte blanco o los helechos, que han sido reemplazados por fenómenos a los que ya nos hemos acostumbrado, por casas de comida rápida o el comercio online. Cuando desaparece algo, nuestra existencia empeora. Pero nuestros minutos están llenos de demasiadas cosas como para notar el empeoramiento. De hecho, nuestros minutos están incluso llenos de ellos mismos, de tiempo, que, dicta el verso de Borges, es materia deleznable.</p>



<p>Hasta el tiempo es, digamos de una vez la palabra maldita, mercado. Los mercados aman las soluciones, como las que garantizan la ciencia y la tecnología. Provocan una farsa de revolución, pues consiguen que la sociedad siga prolongando la pantomima de ser ella misma. El mercado alimenta, así, algo que resulta ser destructivamente normal.</p>



<p>Asistir al mundo es asistir a un espectáculo normal en el que deseamos toparnos con lo extraño. Para dotar a la extrañeza de un sentido benéfico, cabría volver, si se pudiera, a crear los helechos gigantes y el pájaro Dodo, o volver a la filosofía y al arte, además de retornar al cariño, y a casi cualquier cosa que desliza un poco de cielo puro por alguna rendija de nuestro cuerpo, un cuerpo que está ahora en ese sótano, desnudo, bajo los focos, pensando en los calzoncillos por los que estamos dispuestos a firmar cualquier cosa, es decir, demasiado ocupado en los problemas que nos dan los mercados y los afanes de la tradición, es decir, muy tenso y angustiado a cuenta de la desigualdad de una sociedad demasiado estratificada, la de los mercados, y de la doctrina, que es lo que impone la tradición y que resulta ser todo lo contrario a la educación: la doctrina es instrucción para esclavos, la educación supone combate, sí, contra el hedonismo de masas, contra la trampa tecnológica y contra todo aquello que ha modelado la cabeza en función de un adoctrinamiento, de unos genes, de un ambiente, de una clase social.</p>



<p>Ese ambiente o esa clase social nos lleva a normalizar sucesos hasta el punto de que creemos que construyen la realidad. Creemos que son sucesos racionales y que, en consecuencia, trenzan lo real. ¿Lo real es lo normal? ¿Es normal la extinción por agotamiento de la Tierra? ¿Es normal el mal, por el mero hecho de parecer más racional? ¿Por qué parece más racional?</p>



<p>Posiblemente parece normal porque es cuantificable: podemos medir cuántas personas mueren en un bombardeo, pero desconocemos cuánta gente se salva gracias a las caricias. Podemos medir la normalidad, la realidad o como queramos llamarlo, que se trenza con costuras del mal: muertos, enfermos, miserias, represiones, estafas… pero más complicado, imposible, incluso, es medir el beneficio de los momentos extraños que nos salvan, porque no hay escala para valorar los instantes de belleza y de amor.</p>



<p>Hemos dicho momentos extraños y se nos ocurre recordar que extraño es antónimo de normal, de normalidad, de realidad, pues, y realidad, tal y como la estamos concibiendo, se parece demasiado a un sinónimo de precipicio.</p>



<p>Volvemos a hablar de ese precipicio en el que han desaparecido los árboles y los conejos, y dentro del cual acabará por sucumbir, si nos empeñamos en regirnos por lo normal, el dolor de los demás, el arco iris que aparece hasta en los charcos, lo que profesamos por nuestras parejas, el reflejo de las estrellas y hasta el humo de la buena memoria: todo lo que nos produce buenos sentimientos, asombro, extrañeza. Ese precipicio, esa realidad, esa normalidad, esa tecnología, esa ciencia, tiene mucho que ver con las soluciones que, recordamos, son las grandes aspiraciones de los mercados.</p>



<p>¿Significa esto que los grandes problemas no tienen solución? No cercenemos lo posible antes de tiempo. Los grandes problemas pueden pensarse. Es más, deben pensarse. El poder, por su parte, es amigo de soluciones sin pensamiento. Creo que a eso se le conoce como codicia.</p>



<p>Poder, codicia, mercado… Pero detrás de esos conceptos hay personas. Recurro ahora a mi ambiente, a mi educación, a mi clase social y pienso que si existen los mercados es porque existen los mercaderes y, en consecuencia, cabe gritar: «Quiten esto de aquí, no hagan de la casa de Mi Padre&nbsp;una casa de comercio»; o «¿No está escrito: “mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones”? Pero ustedes la han hecho&nbsp;cueva de ladrones».</p>



<p>Lo normal, entendiendo por normal lo real y por real lo que hemos estado describiendo, es que la casa de oración, la casa de mi padre, el arco iris de los charcos, los cuidados frente al dolor ajeno y casi todas las cosas que hay en el planeta desaparezcan algún día, como desaparecieron el rinoceronte blanco y el pájaro Dodo. A nosotros nos queda el consuelo, el pensamiento, de escribir algún pie de página en esta historia, recordando que literariamente no vale cualquier causa, sino que lo primero es elegir bien la causa y entonces sí, entonces todo puede valer. </p>



<p>En la causa que a mí me hubiera gustado defender, se vería reflejado mi sueño, ese lugar en el que, he debido comentar al principio, somos invencibles. En mi sueño todo el mundo tiene pan, sí, pero además todo el mundo tiene sol, incienso, zapatos nuevos y cerezos en flor.</p>



<p></p>



<p></p>



<p>* Ricardo Martínez Llorca leyó este texto en las presentaciones de su crónica <em><a href="https://editorialcomba.com/libros/ensayo/el-viento-y-la-semilla/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">El viento y la semilla</a></em>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Una renca asimetría</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/una-renca-asimetria/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 08 Mar 2022 10:35:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[Julio Cortázar]]></category>
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					<description><![CDATA[El ser humano parece haberse dado cuenta al fin, como el personaje de Cortázar, de que a lo mejor se equivocó y viene tratando de sacar de forma contumaz una mano por la manga equivocada, la otra por el espacio destinado al cuello, la cabeza vaya a saber por dónde y de que la barriga ya no tiene donde meterla, con la amenaza fatal de precipitarse al vacío. Una ventana quedó abierta. ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>Aunque hoy nos convoque otro tema, debo hacerles una confesión: llevo un calcetín más largo que el otro<a href="#_ftn1">[1]</a>. Tienen ambos el mismo dibujo, de rombos ingleses y fondo marrón, como pueden ver, pero uno es más largo que el otro y eso me retuvo por la mañana un par de minutos, cinco tal vez, en patética posición frente al espejo. Sé que tengo otro par iguales, pero debían de estar por lavar pues en el armario no los vi. Es decir que ya anduve otro día con un calcetín largo y el otro corto, lo que ahora me daba dos opciones: 1) seguir igual; 2) ponerme uno sucio y el otro limpio. <strong></strong></p>



<p>Ya saben por cuál de ellas opté, aun a riesgo de desalinearme. Llevaba prisa. Y de hecho llegué al tren con la lengua fuera, a punto del pitido último y ya bien agitados el agobio horario y la angustia provocada por los calcetines. Un día es esto, al otro sucede algo parecido con los pantalones y al otro es una camisa o un jersey, que no acertamos a sacar el brazo por la manga y nos enredamos a la manera cortazariana. ¿Cuántas ves me habré referido ya a ese relato<a href="#_ftn2">[2]</a>? Pero es que así es, ni tiene remedio ni se puede culpar a nadie, no hay una causa clara. Nos da la impresión de tenerlo todo bajo control, pero no, nada de eso, el menor descuido puede provocar una rebelión en el armario y de pronto, con las prisas del tren, una mañana que iba a ser como cualquier otra descubrimos que algo falla en nuestro atuendo. Y no es simple torpeza, en este caso. Uno tiene claro que viene dándose un desarreglo, y que, como siga así, las cosas no van a ir sino de mal en peor. Puede uno acabar cojo, patizambo o con una pierna más larga que la otra. O todo a la vez, quién sabe.</p>



<p>Esa angustia, si la trasladamos al medioambiente, al malestar que nos generan los continuos excesos climatológicos, es la solastalgia. Recuerden: «angustia por las consecuencias del cambio climático o los desastres medios ambientales», según la definición de la RAE. «Cólera irónica» lo llamaría Julio Cortázar, el nerviosismo malo de cuando tomamos conciencia de habernos equivocado. Menos mal que tarde o temprano conseguimos abstraernos y seguir adelante, coger la maleta, parar un taxi y decirle que se dé prisa. Vamos justos de tiempo. Y de agua. Y de frío. Y de todo. Pero vamos a hacer como que no pasa nada, que yo nunca perdí un taxi y hoy no sería el día. Aquí estoy, aquí me tienen, hablándoles de lo que fue y lo que pudo haber sido.</p>



<p>Tuve que correr un poco, colgarme la maleta al hombro, agarrándola casi como si fuera un fardo, y apresurarme al control de acceso, al primero y al segundo, la documentación quemándome en las manos, y de ahí rápido a las escaleras que conducen a las vías, con una energía no muy distinta a la que empleamos para apagar un fuego o achicar agua. Ya luego respiraremos hondo, y entonces nos diremos, en el eterno engaño, que en verdad estaba todo controlado. ¿Todo? Las prisas, tratar de hacer las cosas más y más rápido, es conocido que sólo sirven para complicarnos la existencia. Y yo, sentado ya en el tren, la maleta en su sitio y logrado el objetivo principal, me di cuenta de que no estaba todo controlado, ni en broma, que la realidad es mucha y se manifiesta a cada instante. ¿Cómo explicar si no ese desequilibrio, la renca asimetría entre mis calcetines? La sentí de nuevo al ponerme cómodo y estirar —es un decir— las piernas, con el cosquilleo desigual al final de cada una. Ay…</p>



<p>Lo que no se olvida nos espera, escribió Rosa Chacel. Y lo que no se arregla…, eso también nos espera. Por suerte sólo yo sé que llevo un calcetín más largo que el otro —si ustedes me guardan el secreto, es evidente—, nadie lo va a ver, y acaso sólo yo lleve la cuenta de los días sin llover, y claro, por otra parte, el día está precioso, no vamos a estropearlo por un calcetín más largo que el otro, ya va a llover y bajarán de nuevo las temperaturas, y esas macrogranjas de las que vienen hablando son en el fondo un asunto político, lo van a solventar, o no, pero lo importante es que yo no me quede ahí atrapado porque de momento no estoy cojo y debo seguir mi camino. Claro que… ¿y si así fuera? ¿Qué será de mí si no consigo poner orden en mis ropas, qué será de mí, de nosotros, si no conseguimos recuperar el orden estacional y natural? El ser humano parece haberse dado cuenta al fin, como el personaje de Cortázar, de que a lo mejor se equivocó y viene tratando de sacar de forma contumaz una mano por la manga equivocada, la otra por el espacio destinado al cuello, la cabeza vaya a saber por dónde y de que la barriga ya no tiene donde meterla, con la amenaza fatal de precipitarse al vacío. Una ventana quedó abierta. </p>



<p>Algo de eso está en el libro que hoy presentamos, <em><a rel="noreferrer noopener" href="https://editorialcomba.com/libros/narrativa/de-la-solastalgia/" target="_blank">De la solastalgia</a></em>, puestas las ideas en orden y escapando a toda definición. No es el propósito de este libro dar con una respuesta concluyente, sino trasladar al lector el conflicto natural que los tiempos actuales nos plantean. La complejidad, en fin, de ser y estar en el mundo con uno mismo y cuanto nos rodea. Eso siempre lo digo. Y además me gusta decir que, como editor, es uno de los libros de los que más orgulloso estoy. En una antología no es fácil sentir que uno ha logrado justo aquello que se proponía, en forma y contenido, y si bien habría deseado que fuera más amplia, con más autores, la excelencia de los que participan en ella es un privilegio y queda de sobra demostrada en los relatos que la integran. Léanla, por favor. Disfrútenla.  </p>



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<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> Este texto tiene su origen en la presentación del libro <em>De la solastalgia</em> del 10 de febrero de 2022 en la Librería Lé de Madrid, junto a Ana Santamaría y Miguel Ángel González.</p>



<p><a href="#_ftnref2">[2]</a> ‘No se culpe a nadie’, publicado por primera vez en 1956 en <em>Final del juego</em>.</p>



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<p>© de la imagen: ‘Son d&#8217;ancestres’ (1993), obra de Jordi Dalmau y Lídia Górriz. </p>
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		<title>La refriega del jabalí</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/la-refriega-del-jabali/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 19 Apr 2021 10:34:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[escritura]]></category>
		<category><![CDATA[jabalí]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[Miguel Delibes]]></category>
		<category><![CDATA[naturaleza]]></category>
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					<description><![CDATA[Nadie es sordo al cien por cien, ni siquiera nosotros, los humanos, cuando nos resistimos a darle a ese reguero la importancia que tiene y con ello nos ponemos de espaldas a la naturaleza.]]></description>
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<p>Por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>



<p>A la verdad de un texto se accede poco a poco, como al fondo último de aquella zona boscosa y enmarañada de cuyo centro manaba un sigiloso reguero de agua. A ese punto vamos, aunque de más está decir que a tientas. También en este artículo. Son varias las notas que tomé al respecto, interesantes e insuficientes a la vez. Ninguna de ellas aporta demasiada luz a la cuestión. Es como si hubiera tratado de acceder a la zona boscosa por distintos puntos, sin éxito significativo en ninguno de ellos. De ahí la vaguedad del título, un mero hurgar en el hecho mismo de la escritura, tal como hacen los jabalís en las zanjas del monte y los zarzales más espinosos. Tienen la piel dura ellos, pueden meterse ahí sin demasiado problema. E incluso se conoce que les da cierto placer, no menos que al escritor cuando consigue afilar las palabras y hacer que entren en liza con otras que habrán de ampliar su significado y su recorrido. Pero, claro, pueden pasar horas antes de dar con ese filón…</p>



<p>«La convocatoria de la palabra es el desafío permanente del escritor, lograr que ésta acuda puntual a su objetivo —escribe Miguel Delibes—. Unas veces consigue lo que pretende y en otras no, se queda seco y ha de abandonar sus literaturas por un tiempo.» Hasta el día siguiente, diría yo, no más. No conviene dejar demasiado tiempo entre uno y otro acercamiento al tema, justo lo que aquí me está pasando, que hay una dilación demasiado grande, ya casi cerrada la apertura inicial (ay… esos autores que dejan sus novelas a medias, con la esperanza de retomarla al año o una vez haya pasado el diluvio, qué mérito el suyo). Aún se escucha el reguero, de todos modos, si uno pone atención se escucha al fondo el leve brotar del agua. Y esto hay que valorarlo. Otro día no se escuchará, otro día no habrá artículo. Leamos pues ese sonido y, ya que nosotros no podemos tirar de él —yo no puedo, al menos—, habrá que dejar que tire él de nosotros, en una clara alegoría a lo que poetas más lúcidos volvieron religión. También ellos tuvieron días malos, por cierto, se les quedó la palabra atravesada igual en el gaznate y al fin acudieron a la inversión de los sentidos como solución última. Y para muestra, un botón.</p>



<p>Nadie es sordo al cien por cien, ni siquiera nosotros, los humanos, cuando nos resistimos a darle a ese reguero la importancia que tiene y con ello nos ponemos de espaldas a la naturaleza. Conviene acercarse una vez más a los flancos espinosos que la rodean, y hacerlo con ánimo, las ideas claras y el sentimiento despejado, que yo no soy capaz de escribir sin cierta dosis de vitalidad y me fastidia malgastar esfuerzos en accesos inútiles. Necesito el contacto con la gente —mi gente, dicen los más gregarios—, por mucho que abunde en mi isla particular y no esté mal en ella. Vuelvo una y otra vez, aun en los días de luz mortecina, lluvia mediante, con la esperanza de apreciar el momento en que me encuentre en plenitud de facultades, centrados todos los sentidos en un único tema y motivo. Luego ya vendrá la sequía, el silencio entre los matorrales, tan difícil de acceder a ese punto donde todavía rezuma cierta humedad como de acertar el número ganador en la lotería.</p>



<p>Si escribo, estoy bien. Y sé que fuera me espera alguien querido, alguien con quien compartir esa refriega del jabalí, que «una espina es una espina es una espina/ y dura mucho más que la rosa precaria» (Ida Vitale). Entonces no tengo excusa para cerrar la libreta y dejar el lápiz a un lado, posponiendo para el día siguiente lo que podría escribir hoy. La inspiración es un esfuerzo también. La imagen que mejor ilustra la rutina necesaria en la creación es esta cita de Pablo Picasso, por paradójico que resulte acudir en este caso a un pintor: «que la inspiración me coja trabajando».</p>



<p>Hay que aceptar la convencionalidad de buena parte de lo que escribimos, palabras que rara vez alcanzan un significado mayor que el suyo propio, palabras que no son cristales sino en muy contadas ocasiones, cuando les damos la pátina prodigiosa que hay en nosotros pero sólo se deja ver en determinadas circunstancias. La conjunción de los elementos tiene que ser ahí clave, fruto de una constancia en el trabajo que se vuelca en el estilo. «Lo que se escribe fácil se lee difícil», decía el erudito, sentencia no muy alejada de la que profesaban los maestros de escritura: «Tú copia bien y no mires a quién.» No confundamos esto con la idea de plagio, cuidado, centrado más bien en la forma y estructura de los textos, en la manera en que uno va a exponer las ideas o los pasajes narrados. No es lo mismo dar la vuelta al matorral siguiendo el sonido del reguero que acceder desde donde se intuye que habrá de caer el agua en días de tormenta. </p>



<p>Yo trataría de hacerlo por donde vayan los jabalís. Pero yo no soy yo, sino el intento de contar lo que todavía desconozco, de entender el rodeo que aquí estoy dando y para el que me sirvo de un estilo, una forma, que bebe de muchas fuentes y por fortuna ya apenas se distinguen en mí. En el estilo depositamos las lagunas del pensamiento, a él nos acogemos cuando las ideas no fluyen pero sabemos que al fondo rezuma algo de humedad y que, si lo hacemos bien, si lo trabajamos, esta humedad puede volverse reguero y al fin emoción.</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: Catherine Ingleby</p>



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