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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Una renca asimetría</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/una-renca-asimetria/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 08 Mar 2022 10:35:11 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[El ser humano parece haberse dado cuenta al fin, como el personaje de Cortázar, de que a lo mejor se equivocó y viene tratando de sacar de forma contumaz una mano por la manga equivocada, la otra por el espacio destinado al cuello, la cabeza vaya a saber por dónde y de que la barriga ya no tiene donde meterla, con la amenaza fatal de precipitarse al vacío. Una ventana quedó abierta. ]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>Aunque hoy nos convoque otro tema, debo hacerles una confesión: llevo un calcetín más largo que el otro<a href="#_ftn1">[1]</a>. Tienen ambos el mismo dibujo, de rombos ingleses y fondo marrón, como pueden ver, pero uno es más largo que el otro y eso me retuvo por la mañana un par de minutos, cinco tal vez, en patética posición frente al espejo. Sé que tengo otro par iguales, pero debían de estar por lavar pues en el armario no los vi. Es decir que ya anduve otro día con un calcetín largo y el otro corto, lo que ahora me daba dos opciones: 1) seguir igual; 2) ponerme uno sucio y el otro limpio. <strong></strong></p>



<p>Ya saben por cuál de ellas opté, aun a riesgo de desalinearme. Llevaba prisa. Y de hecho llegué al tren con la lengua fuera, a punto del pitido último y ya bien agitados el agobio horario y la angustia provocada por los calcetines. Un día es esto, al otro sucede algo parecido con los pantalones y al otro es una camisa o un jersey, que no acertamos a sacar el brazo por la manga y nos enredamos a la manera cortazariana. ¿Cuántas ves me habré referido ya a ese relato<a href="#_ftn2">[2]</a>? Pero es que así es, ni tiene remedio ni se puede culpar a nadie, no hay una causa clara. Nos da la impresión de tenerlo todo bajo control, pero no, nada de eso, el menor descuido puede provocar una rebelión en el armario y de pronto, con las prisas del tren, una mañana que iba a ser como cualquier otra descubrimos que algo falla en nuestro atuendo. Y no es simple torpeza, en este caso. Uno tiene claro que viene dándose un desarreglo, y que, como siga así, las cosas no van a ir sino de mal en peor. Puede uno acabar cojo, patizambo o con una pierna más larga que la otra. O todo a la vez, quién sabe.</p>



<p>Esa angustia, si la trasladamos al medioambiente, al malestar que nos generan los continuos excesos climatológicos, es la solastalgia. Recuerden: «angustia por las consecuencias del cambio climático o los desastres medios ambientales», según la definición de la RAE. «Cólera irónica» lo llamaría Julio Cortázar, el nerviosismo malo de cuando tomamos conciencia de habernos equivocado. Menos mal que tarde o temprano conseguimos abstraernos y seguir adelante, coger la maleta, parar un taxi y decirle que se dé prisa. Vamos justos de tiempo. Y de agua. Y de frío. Y de todo. Pero vamos a hacer como que no pasa nada, que yo nunca perdí un taxi y hoy no sería el día. Aquí estoy, aquí me tienen, hablándoles de lo que fue y lo que pudo haber sido.</p>



<p>Tuve que correr un poco, colgarme la maleta al hombro, agarrándola casi como si fuera un fardo, y apresurarme al control de acceso, al primero y al segundo, la documentación quemándome en las manos, y de ahí rápido a las escaleras que conducen a las vías, con una energía no muy distinta a la que empleamos para apagar un fuego o achicar agua. Ya luego respiraremos hondo, y entonces nos diremos, en el eterno engaño, que en verdad estaba todo controlado. ¿Todo? Las prisas, tratar de hacer las cosas más y más rápido, es conocido que sólo sirven para complicarnos la existencia. Y yo, sentado ya en el tren, la maleta en su sitio y logrado el objetivo principal, me di cuenta de que no estaba todo controlado, ni en broma, que la realidad es mucha y se manifiesta a cada instante. ¿Cómo explicar si no ese desequilibrio, la renca asimetría entre mis calcetines? La sentí de nuevo al ponerme cómodo y estirar —es un decir— las piernas, con el cosquilleo desigual al final de cada una. Ay…</p>



<p>Lo que no se olvida nos espera, escribió Rosa Chacel. Y lo que no se arregla…, eso también nos espera. Por suerte sólo yo sé que llevo un calcetín más largo que el otro —si ustedes me guardan el secreto, es evidente—, nadie lo va a ver, y acaso sólo yo lleve la cuenta de los días sin llover, y claro, por otra parte, el día está precioso, no vamos a estropearlo por un calcetín más largo que el otro, ya va a llover y bajarán de nuevo las temperaturas, y esas macrogranjas de las que vienen hablando son en el fondo un asunto político, lo van a solventar, o no, pero lo importante es que yo no me quede ahí atrapado porque de momento no estoy cojo y debo seguir mi camino. Claro que… ¿y si así fuera? ¿Qué será de mí si no consigo poner orden en mis ropas, qué será de mí, de nosotros, si no conseguimos recuperar el orden estacional y natural? El ser humano parece haberse dado cuenta al fin, como el personaje de Cortázar, de que a lo mejor se equivocó y viene tratando de sacar de forma contumaz una mano por la manga equivocada, la otra por el espacio destinado al cuello, la cabeza vaya a saber por dónde y de que la barriga ya no tiene donde meterla, con la amenaza fatal de precipitarse al vacío. Una ventana quedó abierta. </p>



<p>Algo de eso está en el libro que hoy presentamos, <em><a rel="noreferrer noopener" href="https://editorialcomba.com/libros/narrativa/de-la-solastalgia/" target="_blank">De la solastalgia</a></em>, puestas las ideas en orden y escapando a toda definición. No es el propósito de este libro dar con una respuesta concluyente, sino trasladar al lector el conflicto natural que los tiempos actuales nos plantean. La complejidad, en fin, de ser y estar en el mundo con uno mismo y cuanto nos rodea. Eso siempre lo digo. Y además me gusta decir que, como editor, es uno de los libros de los que más orgulloso estoy. En una antología no es fácil sentir que uno ha logrado justo aquello que se proponía, en forma y contenido, y si bien habría deseado que fuera más amplia, con más autores, la excelencia de los que participan en ella es un privilegio y queda de sobra demostrada en los relatos que la integran. Léanla, por favor. Disfrútenla.  </p>



<hr class="wp-block-separator"/>



<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> Este texto tiene su origen en la presentación del libro <em>De la solastalgia</em> del 10 de febrero de 2022 en la Librería Lé de Madrid, junto a Ana Santamaría y Miguel Ángel González.</p>



<p><a href="#_ftnref2">[2]</a> ‘No se culpe a nadie’, publicado por primera vez en 1956 en <em>Final del juego</em>.</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: ‘Son d&#8217;ancestres’ (1993), obra de Jordi Dalmau y Lídia Górriz. </p>
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		<title>Bajarse de una cruz</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 31 Aug 2016 08:09:58 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Aunque al hilo de la comunión de eventos en Brasil —del pasado Mundial de fútbol a los inmediatos Juegos Olímpicos—, hay que celebrar la publicación de la crónica literaria Varados en Río (Editorial Anagrama, 2016), del narrador madrileño Javier Montes (1976), un libro que nada tiene que ver con el turbo Brasil de hoy día pero que realza la fuerza, la fealdad urbana y el fulgor de Río de Janeiro y sus alrededores, un enclave que en ciertos momentos puede dar la impresión de paradisíaco. Las palabras se envenenan y chocan al hablar de Río, tal como escribió la poeta estadounidense Elisabeth Bishop: «Quienes visitan Río suelen exclamar: ¡Qué hermosa ciudad! Pero, antes o después, los más juiciosos acaban diciendo: No, no es una ciudad hermosa. Es sólo el emplazamiento más hermoso del mundo para una ciudad.»
Bishop fue a Río para una estancia de quince días y se quedó quince años, arropada por la élite brasileña, los parajes de ensueño y todos sus contrarios. «Hueles a bacalao y lluvia vieja», reza un verso sobre el mar que ve desde su lujoso apartamento, frente a la playa de Leblón. El desencanto ya había hecho mella en Bishop, así como hizo mella en Rosa Chacel, Manuel Puig y Stefan Zweig, los otros autores en quienes Montes pone su atención, varados los cuatro en el paraíso. Al que menos cancha le da quizá sea Zweig. El famoso escritor austríaco terminó sus días en Río, y de la manera más escabrosa posible, junto a su amante, tras el largo exilio al que el nazismo le obligó. Murió encorbatado y trajeado, en la cama, a causa de la dosis letal que se había preparado, la misma que tomó su amante una vez Zweig hubo sucumbido a sus efectos. Ingirió la misma dosis y se tumbó a su lado, medio abrazada al escritor, lo que dio lugar a una macabra estampa, ya bastante divulgada.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/08/89FILEminimizer.jpg"> </a></p>
<p>Aunque al hilo de la comunión de eventos en Brasil —del pasado Mundial de fútbol a los inmediatos Juegos Olímpicos—, hay que celebrar la publicación de la crónica literaria <em>Varados en Río</em> (Editorial Anagrama, 2016), del narrador madrileño Javier Montes (1976), un libro que nada tiene que ver con el turbo Brasil de hoy día pero que realza la fuerza, la fealdad urbana y el fulgor de Río de Janeiro y sus alrededores, un enclave que en ciertos momentos puede dar la impresión de paradisíaco. Las palabras se envenenan y chocan al hablar de Río, tal como escribió la poeta estadounidense Elisabeth Bishop: «Quienes visitan Río suelen exclamar: ¡Qué hermosa ciudad! Pero, antes o después, los más juiciosos acaban diciendo: No, no es una ciudad hermosa. Es sólo el emplazamiento más hermoso del mundo para una ciudad.»</p>
<p>Bishop fue a Río para una estancia de quince días y se quedó quince años, arropada por la élite brasileña, los parajes de ensueño y todos sus contrarios. «Hueles a bacalao y lluvia vieja», reza un verso sobre el mar que ve desde su lujoso apartamento, frente a la playa de Leblón. El desencanto ya había hecho mella en Bishop, así como hizo mella en Rosa Chacel, Manuel Puig y Stefan Zweig, los otros autores en quienes Montes pone su atención, varados los cuatro en el paraíso. Al que menos cancha le da quizá sea Zweig. El famoso escritor austríaco terminó sus días en Río, y de la manera más escabrosa posible, junto a su amante, tras el largo exilio al que el nazismo le obligó. Murió encorbatado y trajeado, en la cama, a causa de la dosis letal que se había preparado, la misma que tomó su amante una vez Zweig hubo sucumbido a sus efectos. Ingirió la misma dosis y se tumbó a su lado, medio abrazada al escritor, lo que dio lugar a una macabra estampa, ya bastante divulgada.</p>
<p>Zweig fue recibido en Brasil con todos los honores y escribió, servicial y agradecido, una especie de panfleto en forma de libro sobre las virtudes de su país de acogida. Montes se limita a mencionar ese texto, y hace bien, no fuera a perder el eje de la narración en palabras huecas. Y si Zweig es el autor del que menos habla, esto quizá se deba a que el austríaco no se prodigó demasiado en hablar de Brasil en sus papeles, más allá de dicho libro. Tanto Bishop como Chacel y Puig tuvieron una relación muy intensa y literaria con el país, y en particular con Río, reflejada en las obras literarias lo mismo que en su correspondencia. En el caso de Chacel, las cartas y los diarios toman un destacado protagonismo. En una dirigida a Ana María Moix se describe a sí misma entre la exhuberancia y alegría de Ipanema como una <em>camarrupa</em>, nombre que reciben ciertos espíritus que aparecen en las sesiones de ocultismo. Su exilio brasileño, dice, fue una «catástrofe a cámara lenta», hecho que se constata en los diarios, las cartas y también en <em>La sinrazón</em>, su novela total, que emerge del paisaje y los acontecimientos descritos por Montes como una auténtica <em>camarrupa</em>. Para el lector de <em>La sinrazón</em>, la novela y los personajes que la habitan cobran un peso, en el recorrido de Montes tras las huellas de Chacel, en ocasiones desconcertante y en otras revelador, tanto más en la medida en que Montes parece no haber leído la obra.</p>
<p>«Ciertas palabras —dice el narrador de <em>La sinrazón</em>—, que en el momento de ser pronunciadas sólo me parecieron una frase trivial, han llegado a señalar más tarde un punto culminante en mi vida.» Así Río de Janeiro, también, en la vida de estos autores que llegaron a la ciudad carioca, quizá no por una experiencia trivial, pero sí liviana, y se vieron atrapados en sus malignos contrastes. El propio Montes debió de ser víctima igual de Río, por lo que da a entender en el libro (acudió por amor y se quedó más tiempo del previsto, pasado ya el amor) y por su aparición en otras obras, como <em>Segunda parte</em> (2010). Montes es reincidente, y no en vano parece alertar al lector sobre el riesgo de aterrizar en Río y sufrir una transversalidad emocional, sensorial y aun estilística, de la que uno no se puede curar fácilmente. «¿Deberíamos habernos quedado en casa —se pregunta Bishop—/ dondequiera que esto sea?»</p>
<p>El único que quiso hacer de Río su casa fue Manuel Puig, autor ya de enorme éxito en ese momento, finales de los setenta, con miles de lectores y sus novelas llevadas a Hollywood. Puig siempre fue un autor muy cinematográfico, y lo que al fin le llevó a escribir novelas en vez de guiones fue, como él mismo dijo, la voz torrencial de sus tías: «Estaba planeando una escena de guión en que la voz de una tía mía introducía la acción en el lavadero de una casa. Esa voz tenía que abarcar no más de tres líneas, pero siguió sin parar unas treinta páginas. No hubo manera de hacerla callar. Sólo tenía banalidades que contar, pero me pareció que la acumulación de las banalidades daba un significado especial a la exposición.» Es la esencia que domina las novelas de Puig, en las que rara vez el narrador interviene, como en los guiones, junto con el imaginario cinematográfico. No sorprende, por tanto, descubrir que su biblioteca era más bien una videoteca, ni tener noticia del <em>cinito</em> que organizaba para sus allegados; sí llama la atención, en cambio, el fetichismo con que coleccionaba las cintas de vídeo, sobre las que grababa una y otra vez, dejando sólo las escenas que él consideraba. Aquélla en que tal actriz está más bella, aquélla en que tal otra pierde pie, aquélla en que se le descubre por vez primera la vejez.</p>
<p>Puig armaba sus propias películas sobre películas ya existentes, una afición que obliga a revisar el relato de Julio Cortázar “Queremos tanto a Glenda”. Es esto mismo lo que sucede, salvo que con los recursos de la ficción.</p>
<p>Los personajes de Cortázar no sólo son cinéfilos, sino verdaderos fans de Glenda Garson, quienes, insatisfechos con ciertas escenas en la carrera de la actriz, deciden cortar, modificar, alterar las bobinas hasta alcanzar la perfección que su fanatismo exige. «Llegamos al día en que tuvimos las pruebas de que la imagen de Glenda se proyectaba sin la más leve flaqueza; las pantallas del mundo la vertían tal como ella hubiera querido ser vertida.» El propósito de Puig distaba de esta perfección total que ansían los personajes de Cortázar, aunque la crueldad maniqueísta, al fin y al cabo, anda en ambos casos a la par. «Pero un poeta había dicho bajo los mismos cielos de Glenda que la eternidad está enamorada de las obras del tiempo. Usual y humano: Glenda anunciaba su retorno a la pantalla, las razones de siempre, la frustración del profesional con las manos vacías, un personaje a la medida.» ¿Qué hacer ante la posible profanación? Está claro que no se baja vivo de una cruz, y ellos iban a ofrecerle a Glenda la máxima perfección, última e inviolable, similar a la que Río ofrece a quienes la toman por el paraíso prometido.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en <a href="http://revistaparaleer.com/actualidad/bajarse-de-una-cruz-por-juan-bautista-duran/">Revista Eñe</a></p>
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		<title>En caravana</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Aug 2015 13:55:22 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Todas las semanas sale en prensa la correspondiente lista de ventas, en las modalidades de narrativa, ensayo y poesía, aparte del formato de bolsillo. Parece mentira que esto sea tan real, pero lo es, claro, y además es la piedra de toque en que no pocos escritores y editores miden su éxito. Otros no pueden soñar siquiera con asomarse a los últimos renglones de tales listas; están en la caravana, y no de camino a un lugar de asueto, tal como en fechas recientes estarían no pocos ciudadanos, sino en la caravana que va de la imprenta al lector. Los tramos a recorrer son varios y la transparencia en que algunos libros caen la explica cualquier traspié en alguno de estos tramos. Junto con la distribución, la difusión es quizá el más importante, ya que facilita las cosas y evita pesadas justificaciones. ‹‹Denle una oportunidad a este autor, y a ése, y a ése…›› ¿Y quiénes son? ¿Dónde están?
‹‹Yo me encuentro felizmente exiliado en el escritorio de mi casa››, decía Matías Correa en una entrevista reciente. Ah, el exilio interior, bendito exilio, fuente de inspiración y en algunos casos de prestigio; hay quienes hicieron del exilio y el desarraigo su bandera, y no les fue mal, o al menos no tan mal como a otros autores, que sólo pudieron sacar de su aislamiento el olvido de los demás. Las redes sociales ayudan hoy día a que tales aislamientos sean menos un aislamiento, sino una reclusión, un espacio de silencio desde el que dar aire al pensamiento.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Todas las semanas sale en prensa la correspondiente lista de ventas, en las modalidades de narrativa, ensayo y poesía, aparte del formato de bolsillo. Parece mentira que esto sea tan real, pero lo es, claro, y además es la piedra de toque en que no pocos escritores y editores miden su éxito. Otros no pueden soñar siquiera con asomarse a los últimos renglones de tales listas; están en la caravana, y no de camino a un lugar de asueto, tal como en fechas recientes estarían no pocos ciudadanos, sino en la caravana que va de la imprenta al lector. Los tramos a recorrer son varios y la transparencia en que algunos libros caen la explica cualquier traspié en alguno de estos tramos. Junto con la distribución, la difusión es quizá el más importante, ya que facilita las cosas y evita pesadas justificaciones. ‹‹Denle una oportunidad a este autor, y a ése, y a ése…›› ¿Y quiénes son? ¿Dónde están?</p>
<p>‹‹Yo me encuentro felizmente exiliado en el escritorio de mi casa››, decía Matías Correa en una entrevista reciente. Ah, el exilio interior, bendito exilio, fuente de inspiración y en algunos casos de prestigio; hay quienes hicieron del exilio y el desarraigo su bandera, y no les fue mal, o al menos no tan mal como a otros autores, que sólo pudieron sacar de su aislamiento el olvido de los demás. Las redes sociales ayudan hoy día a que tales aislamientos sean menos un aislamiento, sino una reclusión, un espacio de silencio desde el que dar aire al pensamiento.</p>
<p>El narrador español Miguel Ángel Hernández tuiteaba este verano: ‹‹Por fin internet en casa. Ya somos personas››, un mensaje a todas luces irónico, que sin embargo da cuenta del sentimiento actual. La libertad nos hace personas, y hoy día la libertad se camufla en internet y las nuevas tecnologías, redes sociales incluidas, donde se anda igual en caravana. La facilidad para acceder a ellas es grande, igual que para salir a la carretera o para llevar un texto a la imprenta, pero una vez ahí, con el perfil creado o el libro en las manos, la dificultad para tener eco es similar a la de llegar a la playa un primero de agosto, una vez enfilada la autopista. En el mejor de los casos, uno se encuentra en la caravana con la muchacha del Dauphine, y hablando con ella, que si su coche es más bonito que el propio, que si en aquellos años los coches eran una maravilla, uno descubre que la muchacha está de vuelta, que no va, sino vuelve de la playa, y que todo es una confusión, acceder a las redes sociales como publicar un libro sin editor (con él también) o enfilar rumbo a la playa.</p>
<p>En la caravana, entre los cientos de coches parados, aparecen las monjas del 2HP, todavía ellas; el hombre pálido del Caravelle; el ingeniero del Peugeot 404, con un modelo tal vez renovado; el matrimonio de felicidad avícola del 306 con su hija, justo detrás del Dauphine de la muchacha. Éstos dan la impresión de ir, pero en alguna rotonda previa a la autopista habrán tomado la dirección equivocada, metiéndose en la caravana de vuelta en vez de la de ida. Parados todos, no obstante, la conversación se da igual en un sentido que en otro y podría decirse que sendas caravanas son al fin y al cabo la caravana. Sólo los que tienen una buena posición en las redes sociales pueden dar cuenta del suceso —el ingeniero del Peugeot 404, por ejemplo—, hablar con otros conductores atascados en lejanas caravanas, compartir lamentos y establecer algún tipo de criterio sobre la cuestión. ‹‹Saldrá el caballero del Porsche en busca de alimentos, lo que nos dará para las próximas veinte horas, y haremos de esta caravana un feliz encuentro.››</p>
<p>El matrimonio avícola no lo puede creer, verse en semejante atasco, cuando ellos… ¿Y la niña? Que el señor del Porsche no olvide traer buenos alimentos para ella. Las monjas del 2HP se hacen bien a la idea, en cambio, con serenidad, y también la muchacha del Dauphine, quien distrae la caravana con su alegría. Trae frutas en un capazo y tiene buena conversación. El ingeniero le saca una foto para compartirla en las redes sociales y demostrar el buen ambiente que hay en su caravana. ‹‹También traigo libros —dice ella—, si alguien quiere…›› Cualquier cosa es buena con tal de no llevar la cuenta del tiempo, puestos a esperar en el infatigable misterio de la caravana, y un libro, por raro que a algunos les parezca, es preferible a estar pendientes del reloj.</p>
<p>El matrimonio avícola muestra cierto interés, de puro aburrimiento, a diferencia del ingeniero, pendiente de las redes, e igual que las monjas, hartas quizá del credo. Entonces es cuando se acerca el hombre pálido del Caravelle, despreciando a unos y a otros, derecho hacia la muchacha del Dauphine y sus libros. ‹‹¿Me permite, señorita?›› Su corrección es pálida igual, aunque en seguida se aprecia el dominio de los libros. Es librero, dice, y con lo atascado que está el mundo, qué idiota fue…, cómo no previó esta caravana y se llevó algún libro.</p>
<p>‹‹Pero va todo tan rápido, señorita: éste de Matías Correa, por ejemplo, un libro excelente, recién editado y sin embargo ya tuve que devolverlo. Las novedades nos colapsan.›› La muchacha del Dauphine, que lo ha leído estos días en la playa, lee unas palabras de Correa que subrayó: ‹‹Resulta atractiva la posibilidad de habitar otro mundo, distinto al fáctico que nos toca vivir.›› El hombre pálido dice: ‹‹Atractiva no, necesaria.›› Cuenta también que los buenos lectores deben estar muy atentos, casi en el momento en que el libro llega, lo coge el librero, lo recoge para su muestra, como en un baile sureño, y ahí ya tomarlo, antes de que el siguiente libro pueda pisarlo. ‹‹Los libros van igual en caravana —dice—, esto se sabe. Sólo ciertos autores, como Julio Cortázar o Rosa Chacel, por su prestigio, y los que conforman las listas de ventas, tienen margen para permanecer en los estantes.›› A la muchacha le entretiene tanto la conversación del hombre pálido, que lo invita a sentarse en su bello Dauphine. Quiere saber más. Que le cuente, que le cuente. Para ella, después de todo, esta caravana es casi el ideal que el ingeniero se esfuerza en mostrar en las redes sociales.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Derivados de la piedra</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 29 Mar 2015 20:36:04 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[El no-va-más para quienes escriben a mano son las nuevas libretas de papel derivado de la piedra, de tacto sedoso y más ecológicas, según el fabricante, resistentes al agua y por tanto al sudor de quienes se ejercitan con la escritura a mano. Este tipo de papel es correcto para la escritura, pero mejor serviría para la lectura, en verdad, para el libro más que para la libreta. Su punto impermeable permitiría ampliar los campos de lectura, ya no sólo el sofá, la mesa o el despacho, sino también el baño o la embarcación. Sería ideal para un cuaderno de bitácora que fuera libro también, que entre las salpicaduras marítimas y el chorro de tinta soltado por el marinero —viento en popa a las 23:00, rumbo noreste, sin particular apuro—, quepan igual unos versos.
‹‹No sé si la música de las esferas sembró la razón —escribe Tomás Browne en Las semillas de Urano—/ pero por cierto la razón sembró el odio./ No sé si el sonido en nosotros sembró la locura/ pero por cierto la locura sembró el amor.››
Se escribe en clara comunión con la lectura, y uno aporta a lo leído su visión personal, amor o locura, muestra de aquello que considera relevante. El espacio clave en esta línea es Twitter, con sus ciento cuarenta caracteres para decirlo todo, resumir o realzar un motivo. Twitter da buena cuenta de los tiempos que corren, en que las prisas conviven con las exquisiteces, el mensaje inmediato con el papel derivado de la piedra —viento en popa con rachas a estribor a las 23:30 que agitan la navegación sin mayor novedad rumbo noreste—, y un intercambio, a todo esto, constante. En Twitter se opina a la misma velocidad que en la barra de un bar, donde se comparte, se aprueba, se rechaza la información recibida en milésimas de segundo. Apenas da tiempo a la reflexión, a menos que se introduzca hábilmente en la charla, y no da tiempo porque, como en el bar, pero también en el mar —viento a estribor a las 00:10, golpe de timón para no perder rumbo—, una respuesta lenta puede ser nula.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El no-va-más para quienes escriben a mano son las nuevas libretas de papel derivado de la piedra, de tacto sedoso y más ecológicas, según el fabricante, resistentes al agua y por tanto al sudor de quienes se ejercitan con la escritura a mano. Este tipo de papel es correcto para la escritura, pero mejor serviría para la lectura, en verdad, para el libro más que para la libreta. Su punto impermeable permitiría ampliar los campos de lectura, ya no sólo el sofá, la mesa o el despacho, sino también el baño o la embarcación. Sería ideal para un cuaderno de bitácora que fuera libro también, que entre las salpicaduras marítimas y el chorro de tinta soltado por el marinero —viento en popa a las 23:00, rumbo noreste, sin particular apuro—, quepan igual unos versos.</p>
<p>‹‹No sé si la música de las esferas sembró la razón —escribe Tomás Browne en <em>Las semillas de Urano</em>—/ pero por cierto la razón sembró el odio./ No sé si el sonido en nosotros sembró la locura/ pero por cierto la locura sembró el amor.››</p>
<p>Se escribe en clara comunión con la lectura, y uno aporta a lo leído su visión personal, amor o locura, muestra de aquello que considera relevante. El espacio clave en esta línea es Twitter, con sus ciento cuarenta caracteres para decirlo todo, resumir o realzar un motivo. Twitter da buena cuenta de los tiempos que corren, en que las prisas conviven con las exquisiteces, el mensaje inmediato con el papel derivado de la piedra —viento en popa con rachas a estribor a las 23:30 que agitan la navegación sin mayor novedad rumbo noreste—, y un intercambio, a todo esto, constante. En Twitter se opina a la misma velocidad que en la barra de un bar, donde se comparte, se aprueba, se rechaza la información recibida en milésimas de segundo. Apenas da tiempo a la reflexión, a menos que se introduzca hábilmente en la charla, y no da tiempo porque, como en el bar, pero también en el mar —viento a estribor a las 00:10, golpe de timón para no perder rumbo—, una respuesta lenta puede ser nula.</p>
<p>Esta inmediatez es lo que da valor a Twitter, saber lo que está pasando, lo que se cuece a cada momento, con excitación venal incluida en los temas más cercanos, un aspecto que lo hace a todas luces atractivo. ‹‹No sé cuál es la relación entre el amor y el odio —continúa Tomás Browne—./ ¿Que el amor ama al odio o el odio odia al amor/ o el amor odia al odio y el odio ama al amor?/ Pero por cierto la razón es enemiga de la locura.›› Twitter ha logrado meterse en la prensa escrita, donde se destacan los tuits de la jornada anterior, y ser incluso la prensa, en una sociedad donde la noticia puede más que su análisis, causas y consecuencias. Ya los traerá Twitter en la próxima noticia —rumbo enderezado a las 00:25, viento en popa dirección noreste.</p>
<p>Para las notas en el cuaderno de bitácora basta con un trazo grueso, a tinta o grafito, da igual, pero la libreta de papel derivado de la piedra, con su aspecto cuidado, exige un trazo fino, la coma bien puesta en una frase a poder ser ingeniosa, que deslumbre al hipotético lector. ¿Y si a las 00:55 hay naufragio? Que el equipo de rescate encuentre la libreta en alta mar y pueda descifrar la última nota —viento revirado a las 00:30, posición incorrecta, agua en proa— en que el navegante anunciaba su deriva. ‹‹No sé si la música de las esferas tiene la culpa del odio(…)/ pero por cierto la locura sembró el amor y les damos perdón [a los dioses]/ para cantarlos con el sonido en nosotros.››</p>
<p>Las nuevas tecnologías, más escuetas que los cuadernos de bitácora, pero no menos sofisticadas que el papel derivado de la piedra, empiezan a ganarse un lugar en la literatura contemporánea, con una presencia indirecta, en primer lugar, y como eje de la narración en los casos más excepcionales. Una novela a base de tuits, por ejemplo, tiene que ser una revolución, el no-va-más literario, pero ya no tanto un relato. La inclusión de estos lenguajes, aparte de reflejar la realidad, apela también a la constante renovación del habla y al punto sexy que toda literatura requiere, al que se refería la editora Silvia Querini en una reciente entrevista. ‹‹No es tanto una cuestión de que el libro valga un euro más o un euro menos —decía—, sino de que lo que está allí sea sexy, que la gente lo quiera comprar. Cuando alguien quiere algo, en Occidente, lo compra. No se trata tanto de abaratar el precio del libro, para entendernos, cuanto de que sea deseable el objeto.›› En el caso de las nuevas tecnologías, sin embargo, ¿lo suyo sería llevar su lenguaje a la literatura o que ésta llegara al lector a través de ellas? Que se encuentren a mitad de camino, claro, ya que en estas dicotomías, en estos debates de dos, escritor y lector, barco y puerto, emisor y receptor, el peligro siempre está en que uno de los dos (si no los dos) sea montaña y adquiera la posición inmóvil.</p>
<p>‹‹Creer en el acto de Dios no sería creer en su semen —escribe Tomás Browne—/ que es los astros que fueron, que son y serán/ porque existe la distancia infinita entre Dios y el cielo/ porque el infinito es redundante.››</p>
<p>Muchos achacan a la industria editorial cierta inmovilidad en este aspecto, una situación que, de ser así, no lo sería tanto por negación de mercado como por dificultad de respuesta ante la naturaleza cambiante de las nuevas tecnologías. Al fin y al cabo, los libros suelen estar disponibles en digital o bien pueden adquirirse a través de Internet —viento racheado a las 00:40, cada vez más fuerte, de estribor a babor—. Los vientos en la red son a menudo tan cambiantes, tan difíciles de prever, que el elemento sexy, ese papel derivado de la piedra, por ejemplo, tiene mayor notoriedad en el libro impreso, aunque su difusión se apoye en la red. Una buena libreta, buena prosa, buen papel y buena imagen para la portada. ‹‹La portada es fundamental —decía Querini—. Sobre todo, si el autor no es conocido. Hay que prestarle mucho más cuidado a la portada de un primer libro que a la de un autor conocido.››</p>
<p>El elemento sexy se encuentra a veces en el propio autor, por ser atractivo, buen navegante o un iluminado. ‹‹Creer en la completa y verdadera oscuridad/ sería creer en la potencia de una germinación/ que se consume en un instante.›› Algunos autores gozan de este perfil, y su figura mantiene el lado sexy aun al paso de los años, después de su muerte. Otros nunca lo alcanzan, y otros tantos, paradójicamente, lo adquieren a su muerte. Julio Cortázar, Clarice Lispector o Georges Perec son autores que gozan del aura positiva, más importante que tal o cual material; son la piedra en sí, se diría, al igual que Andrea Jeftanovic o Tomás Browne. Pero la lectura, como decía Querini, tiene que reivindicar el lado sexy por sí misma, por lo que aporta y genera y descoloca, como un vendaval. ¿Y la mejor hora para leer? ‹‹La mejor hora no la sé —dijo Querini—. El mejor momento es después de haber hecho bien el amor.›› Después de la tormenta, por tanto, cuando ya pasó el vendaval y este navegante, cuaderno de bitácora en mano, recupera el rumbo noreste —estabilidad recuperada a las 01:45, drena el agua de la embarcación, requiero cambio de turno—. Este navegante, sin embargo, prefiere dormir después de la tormenta y leer en el desayuno.</p>
<p>Escrito por&nbsp;<strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Vagón de silencio</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 Mar 2015 08:46:06 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Si la gente cumpliera con su parte del trato, el vagón de silencio del AVE sería una gran idea. Sin embargo, algunos viajeros parece que cayeran en dicho vagón por un azar imposible de rastrear ni adivinar, con lo cual, si se les antoja hacer ruido, hablar o carraspear hasta la saciedad, no hay otra que disculparlos por estar encadenados al lugar equivocado. Otros no, claro. Hay quienes aprovechan para estudiar, leer, adelantar trabajo o bien permanecer en silencio según el paisaje se despide del tren. A todos ellos les faltan al respeto quienes hablan, tararean canciones o atienden al teléfono sin reparo alguno, como si se encontraran en el salón de su casa, tan ricamente, con la única salvedad del aperitivito. Oh, qué bien me sentarían unas aceitunas y una caña bien fresca. ¡Y a quién no!
Tanto la caña como las aceitunas suelen sentar de maravilla, y aun para leer, ya sea narrativa, la prensa o un ensayo. La chispa que produce la cerveza puede ayudar al lector a acceder a pensamientos de otro modo insondables. Es inevitable para un pensador acudir de vez en cuando a los elixires del alcohol (y otros) con tal de alcanzar los razonamientos más conspicuos, por lo que el lector también puede precisar de la misma medicina con tal de alcanzar al autor en su pensamiento. La música funciona igual como fuente de inspiración, y en este caso, para el lector, convendría saber qué escuchaba el autor en la escritura. Esto no quiere ser tanto una afirmación como una pregunta, sin embargo. ¿Hace falta? ¿Acaso haría falta beber lo mismo que Malcolm Lowry para acceder a las peripecias del cónsul en Bajo el volcán? ¿Escuchar a Bach en una novela de Álvaro Pombo? ¿Fumar los Gauloises de Cortázar en su etapa parisina? ¿Escuchar a Charlie Parker en la lectura de El perseguidor?						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Si la gente cumpliera con su parte del trato, el vagón de silencio del AVE sería una gran idea. Sin embargo, algunos viajeros parece que cayeran en dicho vagón por un azar imposible de rastrear ni adivinar, con lo cual, si se les antoja hacer ruido, hablar o carraspear hasta la saciedad, no hay otra que disculparlos por estar encadenados al lugar equivocado. Otros no, claro. Hay quienes aprovechan para estudiar, leer, adelantar trabajo o bien permanecer en silencio según el paisaje se despide del tren. A todos ellos les faltan al respeto quienes hablan, tararean canciones o atienden al teléfono sin reparo alguno, como si se encontraran en el salón de su casa, tan ricamente, con la única salvedad del aperitivito. Oh, qué bien me sentarían unas aceitunas y una caña bien fresca. ¡Y a quién no!</p>
<p>Tanto la caña como las aceitunas suelen sentar de maravilla, y aun para leer, ya sea narrativa, la prensa o un ensayo. La chispa que produce la cerveza puede ayudar al lector a acceder a pensamientos de otro modo insondables. Es inevitable para un pensador acudir de vez en cuando a los elixires del alcohol (y otros) con tal de alcanzar los razonamientos más conspicuos, por lo que el lector también puede precisar de la misma medicina con tal de alcanzar al autor en su pensamiento. La música funciona igual como fuente de inspiración, y en este caso, para el lector, convendría saber qué escuchaba el autor en la escritura. Esto no quiere ser tanto una afirmación como una pregunta, sin embargo. ¿Hace falta? ¿Acaso haría falta beber lo mismo que Malcolm Lowry para acceder a las peripecias del cónsul en <em>Bajo el volcán</em>? ¿Escuchar a Bach en una novela de Álvaro Pombo? ¿Fumar los Gauloises de Cortázar en su etapa parisina? ¿Escuchar a Charlie Parker en la lectura de <em>El perseguidor</em>?</p>
<p>Para la edición digital sería un buen negocio introducir la música que cada autor quisiera, aquella que, en su caso, inspiró la obra o bien su escritura. Alimentos o bebidas no, dada la imposibilidad física, aunque podrían aparecer en la pantalla a modo de publicidad, en la parte inferior, seguido de su pertinente recomendación: beba con moderación, no consuma más calorías de las debidas en una sola jornada, etcétera, coletillas que se están haciendo a la vida cotidiana y sin embargo nunca aluden a la literatura. Lea con moderación, esto es, la advertencia más obvia y necesaria en una sociedad que desconfía de la palabra escrita y también del silencio que conlleva. ‹‹Es la trampa del demonio —dice Kierkegaard a propósito del silencio—: cuanto más lo guarda, tanto más temible es también el demonio.››</p>
<p>Al igual que en la época de Gutenberg, cuando se temió de la lectura interior, por dañina, una práctica que iba a acabar con la tradición oral y con la bondad de las almas, así se teme ahora al esfuerzo que supone adentrarse en un libro. A esto no ayuda en absoluto que los gobiernos de turno y los paladines de la cultura insten a los ciudadanos a leer. ¿Qué interés perseguirán?, piensa el ciudadano de a pie. Así damos con un vagón de silencio en el AVE donde los viajeros rara vez leen. Una revista, a lo sumo, los mensajes del móvil. Ya ni prospectos tienen a mano. Prefieren escuchar música a través de los auriculares, ver la película que el tren pone a su disposición o quebrar el silencio con crecientes cuchicheos. ¡Ah, silencio, qué difícil es retenerte! ¿Qué peligros esconderás? ¿Eres de verdad la trampa del demonio?</p>
<p>‹‹El silencio —añade Kierkegaard— es también un estado en el cual el individuo toma conciencia de su unión con la divinidad.›› ¿Pero cambia esto mucho las cosas, en los actuales tiempos agnósticos?</p>
<p>De los cuarenta y tantos pasajeros que están en el vagón, apenas tres leen un libro, y los tres en papel. Serán conscientes de que, puestos a asumir riesgos, los que trae el papel son auténticos, por más elementos que incluya lo digital, entre ellos, claro está, la dispersión. Según datos oficiales, apenas el tres por cinto del mercado del libro es en digital (no se computa ahí la piratería, fuera de control) y es considerada una lectura de segundo orden. Los partidarios del ensayo creen que la narrativa se lee de fábula en formato digital pues no conlleva tanta reflexión (¡) y los partidarios de la narrativa creen que el ensayo se lee de fábula en digital pues no hace falta sumergirse en una historia. Pura contradicción, en definitiva, que viaja en tren y llega al fin a los distintos hogares sin la debida advertencia, es decir, que la lectura puede atentar contra su salud: invita a la reflexión, a beber, a fumar, a tener pensamientos impuros, al tormento y al silencio. Sobre todo, al silencio. Desconfíen del silencio, donde el demonio y la divinidad se dan la mano.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Hormigas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Oct 2014 14:50:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Final del juego]]></category>
		<category><![CDATA[Historias de cronopios y famas]]></category>
		<category><![CDATA[Instrucciones para matar hormigas en Roma]]></category>
		<category><![CDATA[Julio Cortázar]]></category>
		<category><![CDATA[Los venenos]]></category>
		<category><![CDATA[manías]]></category>
		<category><![CDATA[María Esther Vázquez]]></category>
		<category><![CDATA[Rayuela]]></category>
		<category><![CDATA[Silvina Ocampo]]></category>
		<category><![CDATA[Villa Silvina]]></category>
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					<description><![CDATA[Integrado en la primera parte de Final del juego, el cuento Los venenos es uno de los más tiernamente crueles de Julio Cortázar, de quien este año se celebra el centenario de su nacimiento y los treinta años de su muerte. Los venenos forma parte de su etapa argentina, si bien se publicó en 1964, cuando ya llevaba más de diez años en París. La acción se sitúa en una casa de Bánfield, Buenos Aires, y el narrador, un niño de unos once años, cuenta cómo su familia decidió ese verano combatir a las hormigas que hacían estragos en el jardín. ‹‹Las hormigas negras que se van comiendo todo, hacen hormigueros en la tierra, en los zócalos o en ese pedazo misterioso donde una casa se hunde en el suelo.›› Para combatirlas, tío Carlos trae una máquina que habrá de echar veneno en los canales subterráneos y erradicar la plaga de hileras negras que avanzan de un lado a otro del jardín, una idea que Cortázar ya desarrolló brevemente en Historias de cronopios y famas, de 1963. Ese libro incluye Instrucciones para matar hormigas en Roma, donde se lee: ‹‹Habría que encontrar el corazón que hace latir las fuentes para precaverlo de las hormigas, y organizar en esta ciudad de sangre crecida, de cornucopias erizadas como manos de ciego, un rito de salvación para que el futuro se lime los dientes en los montes, se arrastre manso y sin fuerzas, completamente sin hormigas.›› Ahí no hay máquinas, sin embargo, ahí sólo brilla la extravagancia juguetona de Cortázar, un escritor extraño y personal, en palabras de Silvina Ocampo, libre de manías o de aceptación, y muy sensible.						]]></description>
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<p></p>



<p>Por&nbsp;<strong>Juan Bautista Durán</strong></p>


<p>Integrado en la primera parte de <em>Final del juego</em>, el cuento <em>Los venenos</em> es uno de los más tiernamente crueles de Julio Cortázar, de quien este año se celebra el centenario de su nacimiento y los treinta años de su muerte. <em>Los venenos</em> forma parte de su etapa argentina, si bien se publicó en 1964, cuando ya llevaba más de diez años en París. La acción se sitúa en una casa de Bánfield, Buenos Aires, y el narrador, un niño de unos once años, cuenta cómo su familia decidió ese verano combatir a las hormigas que hacían estragos en el jardín. «Las hormigas negras que se van comiendo todo, hacen hormigueros en la tierra, en los zócalos o en ese pedazo misterioso donde una casa se hunde en el suelo.» Para combatirlas, tío Carlos trae una máquina que habrá de echar veneno en los canales subterráneos y erradicar la plaga de hileras negras que avanzan de un lado a otro del jardín, una idea que Cortázar ya desarrolló brevemente en <em>Historias de cronopios y famas</em>, de 1963. Ese libro incluye <em>Instrucciones para matar hormigas en Roma</em>, donde se lee: «Habría que encontrar el corazón que hace latir las fuentes para precaverlo de las hormigas, y organizar en esta ciudad de sangre crecida, de cornucopias erizadas como manos de ciego, un rito de salvación para que el futuro se lime los dientes en los montes, se arrastre manso y sin fuerzas, completamente sin hormigas.» Ahí no hay máquinas, sin embargo, ahí sólo brilla la extravagancia juguetona de Cortázar, un escritor extraño y personal, en palabras de Silvina Ocampo, libre de manías o de aceptación, y muy sensible.</p>
<p>Silvina compartía con el autor de <em>Rayuela </em>una sensibilidad, al menos, por no decir una fijación, la de las hormigas. Varias anécdotas dan cuenta de ello, si bien en sus cuentos y poemas son otros animales los que la inquietan, animales mitológicos o simplemente monstruosos. Y las hormigas no son monstruosas, como lo puede ser una araña, por ejemplo; las hormigas son un mero incordio. La escritora María Esther Vázquez cuenta que una vez, según paseaban por el jardín de Villa Silvina, siguieron una larga hilera de hormigas —de diez o veinte metros, asegura— hasta el hormiguero. Entonces Silvina las miró en su lento y ordenado acceso al hormiguero y dijo: «Si pensaran, se suicidarían.» Qué pena que no caigan en la tentación, que no piensen ni obren en consecuencia. Habría sido un alivio para muchos, no sólo para Silvina, quien lamentaba en su último poemario el esplendor invasivo de la primavera con las siguientes palabras: «Cortás una flor y está llena de bichos, la llevás a tu cuarto y se te llena de hormigas.»</p>
<p>Cortázar recomienda en sus instrucciones buscar la orientación de las fuentes romanas para entender el circuito interior, las venas del mercurio, dice, las galerías que esas horribles mineras tejen y que luego —ahí está— habrá que calcinar. Eso mismo hacen los protagonistas de <em>Los venenos</em>. La máquina «parecía una estufa de fierro negro, con tres patas combadas, una puerta para el fuego, otra para el veneno y de arriba salía un tubo de metal flexible donde después se enchufaba otro tubo de goma con un pico». Ese pico es el que tío Carlos habrá de meter en los hormigueros para que esparza el humo por las galerías interiores.</p>
<p>El narrador no puede tocar el veneno, por peligroso, ni él ni su hermana ni su primo, y mucho menos las vecinas de su edad, que andan al quite. El chico debe echar barro en los agujeros para que el veneno actúe donde tiene que actuar y no escape. «Era formidable —dice— pensar que por debajo de la tierra andaba tanto humo buscando salir, y que entre ese humo las hormigas estaban rabiando.» El veneno era fuerte, demasiado fuerte al fin, y todo el empeño que el narrador pone en matar hormigas es también una manera de llamar la atención de la vecinita, Lila, un nombre de flor, al igual que algunos personajes de Silvina Ocampo. Lila, Violeta, Mirta. La obra de Silvina abunda en nombres y referencias al mundo botánico, así como en pequeños actos crueles, unas veces infantiles, en otras no tanto, bastante próximos al modo en que Cortázar resuelve su relato.</p>
<p>Los efectos del veneno alcanzan las casas vecinas, en cuyos jardines sale humo y languidecen las plantas. Las hormigas mueren, sí, pero también las plantas de los vecinos, incluido un jazmín que el narrador le había regalado a Lila para que lo plantara, un jazmín que no sólo es un jazmín y lo llevará a su primer desengaño amoroso. «Miré a Lila que estaba llorando y vi que el humo salía ahora al lado mismo del jazmín, todo el veneno mezclándose.» Ya sólo le queda aferrarse a su labor de matar hormigas, tal como Silvina se aferró a ellas un día en que, sirviendo el café en su casa a unos periodistas, éstos le pidieron azúcar, ella fue a la cocina, y como no supo encontrarlo o no tenía, de vuelta se apoyó como una diva de cine en el quicio de la puerta y les dijo que las hormigas se lo habían llevado.</p>
<p> </p>]]></content:encoded>
					
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