Cuartos ajenos

Cuartos ajenos

Andrea Jeftanovic

Se tiende a asociar la literatura producida por mujeres con espacios cerrados, domésticos. Yo misma he escrito sobre la intimidad. Que las mujeres narradoras caminen y escriban sobre ese ejercicio o sobre la práctica de viajar es ir en contra de la idea del cuarto propio en el hogar, y lleva a pensar más bien en un cuarto propio extraterritorial. Desde el siglo XIX conocemos, en Latinoamérica, interesantísimos registros de mujeres viajeras, mujeres móviles. Pienso en Flora Tristán con su libro Peregrinaciones de una paria para narrar su viaje desde a Francia a Perú buscando el legado paterno y encontrarse con el rechazo. O pienso en la escritora inglesa Maria Graham, en Diario de mi residencia en Chile, un libro con los apuntes de su experiencia como extranjera en el país andino. Más adelante están las cartas y crónicas de Gabriela Mistral desde México, Italia, Brasil, que se llamaba a sí misma “pati-loca” para nombrar esa vida errante.

Las crónicas que reúno en este libro giran en torno a la idea de la frontera. Las fronteras son polisémicas, abren un territorio amplio, significan muchas cosas.  Por ejemplo: la literatura es siempre un diálogo fronterizo, escribir es proponer una barrera e invitar a cruzarla. La literatura está constantemente “escribiendo” esas fronteras geográficas, históricas y culturales, idiomáticas, íntimas y vitales. Allí se pueden estudiar procesos de mezcla, transferencia y amalgama, en los que surge algo nuevo. En ellas se ofrece un conocimiento de algo espontáneo, fuera de control.

En el Festival Puerto de Ideas, en Valparaíso, el año 2017, cuando este libro ya estaba terminado, escuché a la escritora camerunesa Leonora Miano, cuyas palabras me hicieron eco. Por ejemplo, cuando ella afirmaba que “la frontera evoca al encuentro entre los pueblos, a veces con violencia, odio o desprecio, pero siempre generador de sentido”. Miano señalaba la frontera como espacio sugestivo: “Es un lugar de constante oscilación, de un espacio a otro, de una sensibilidad a otra, de una visión del mundo a otra. Es el lugar donde se mezclan las lenguas no de manera estrepitosa, sino impregnándose naturalmente, para producir, en la página en blanco, la representación de un universo heterogéneo e hibrido.”

De este modo los límites son un desafío por la superposición que implican, y también porque permiten acceder a diversos niveles y texturas. Ella hablaba desde su condición de mujer africana que vive en Francia pero que aspira a un mensaje universal. A su vez, se refirió a la experiencia de la subjetividad en desplazamiento en el panorama global: “Hay cierta sobrevaloración de las identidades en detrimento de lo que es común. Estoy a favor de ensalzar lo peculiar de cada cultura, pero estoy empeñada también en que ello no nos haga perder de vista que lo humano es incomprimible, si me permiten la expresión.”

Me gustó su mirada de la identidad híbrida pero entendida no como un lugar de ruptura sino, por el contrario, como un espacio de permanente adhesión. Muchas veces sentí que mis viajes eran un proceso interno de reconocimiento de herencias familiares y literarias, para liberarme, en parte, de mis orígenes, aunque pareciera paradojal, para encontrar una alineación y llegar a mi propia síntesis. Y no sólo se trata de orígenes étnicos, sino también de autores que me marcaron o de referencias imaginarias o inconscientes. Algo como ir a la fuente y reinterpretarla. Además, toda herencia tiene fisuras, es un legado móvil que se actualiza. Se puede imponer otra dirección al texto. Como dijo Foucault, “hay que reírse de la solemnidad del origen”. O bien, escribir desde cierta infidelidad, desde cierta traición. Todos tenemos algo de extranjeros y de huérfanos. Y justo por ahí apareció un verso de la poeta argentina Alicia Genovese que concentraba el espíritu de esta idea:

“Irse lejos para elegir lo propio.”

Escribir de viajes es dejar espacios en blanco, hablar sobre lo que no alcanzaste a ver. Escribir es un ejercicio físico; entre otras cosas, implica desplazarse, caminar, volar, navegar…, todos verbos en infinitivo. Implica enfrentarse a la presencia espectral del pasado y del futuro. Un denominador común de estas crónicas ha sido que incluyen el acto de caminar. Son viajes en los que caminé de día y de noche, siguiendo mapas, extraviada, al azar, o yendo rauda a un punto. Me gustó hacer del caminar una metodología de meditación y escritura. Se camina física y psicológicamente. El mismo magma de pensamientos y recuerdos se despliega mejor durante los paseos. Se camina para ir a los orígenes, para desviarse en el camino y reformular el destino.

La socióloga estadounidense Rebeca Solnit, en su libro Wanderlust, dice varias cosas originales sobre el caminar. Por ejemplo, que andar incluye todos los campos del saber: la religión, la filosofía, el paisaje, las políticas urbanas, la anatomía. Además, caminar es un tipo de pensamiento asociativo, poco estructurado, siempre improvisado. La autora agrega: “El ritmo del caminar genera un tipo de ritmo del pensar a través de un paisaje que resuena o estimula el paso a través de una serie de pensamientos”. De este modo se crea una curiosa consonancia entre el pasaje interno y el externo, sugiriendo que la mente es también una especie de paisaje y que caminar ayuda a explorarlo. Caminar también es una actividad visual; se mira desde otra perspectiva, los paisajes se suceden en continuidad, vemos hileras de árboles, fachadas de paredes; perdemos también noción del tiempo, seguimos otros referentes. Caminar es “medio y fin, viaje y destino”.

El caminar ha creado senderos, rutas comerciales, peregrinaciones religiosas. Frente al individualismo, la rentabilidad y la rapidez, caminar es un desvío subversivo, la ruta escénica que cruza un paisaje medio abandonado de ideas y experiencias. Tiene un tiempo impreciso, sin resultados inmediatos.

Hay variados estudios sobre el caminante europeo (Walter Benjamin, Robert Walser) pero faltan más reflexiones sobre el particular modo del caminante latinoamericano. En estas crónicas he intentado desarrollar una hermenéutica literaria. A veces se camina para reconstruir el origen de los antepasados —padres o abuelos— y sus peregrinajes forzados en épocas de crisis (progroms, revoluciones, guerras, persecuciones, exterminio) y en otras para trazar vías alternativas, para ensayar otra síntesis.

El caminar quizás debiera considerarse movimiento y no viaje, porque uno puede caminar en círculos o viajar desde un asiento. O se camina sobre un lugar de memoria para no olvidar y conocer esas ruinas, estar ahí e imaginar el pasado desde un escenario determinado. Al mismo tiempo, me dio pudor escribir sobre mis viajes “pati-perros” porque el caminar no siempre es una actividad despreocupada, de pasatiempo, aventura o peregrinación. Hay desplazamientos forzados, el volumen más importante de ellos a causa de guerras, crisis políticas, pobreza, desastres naturales, persecuciones religiosas. Basta evocar las imágenes recientes de esas hileras infinitas de refugiados en Siria huyendo de la destrucción; o los cuerpos muertos de ciudadanos africanos flotando en el Mediterráneo tras colapsar sus balsas atiborradas; o los niños agónicos en las orillas de alguna playa.

La caminata, por otra parte, adquiere el estatus de una actividad política. Caminar o marchar es una demostración física de convicción y expresión pública. Según los planteamientos de la autora estadounidense, caminar es también “una herramienta y un fortalecimiento de la sociedad civil que puede hacerle frente a la violencia, al miedo, a la represión”. Hace unos años me tocó seguir marchas en mi país y en el mundo. Miles de personas salieron para hacer validar sus derechos. Pienso en las marchas de las movilizaciones estudiantiles o contra el sistema de pensiones privado (No + AFP), o bien en las protestas donde una masa avanza por las calles demandando una reforma del modelo económico-social (Ocuppy Wall Street, Plaza Sol) o por una demanda política (Madres de la Plaza de Mayo). Más recientemente, pienso en las marchas contra el femicidio (Ni una menos) y por los derechos de las minorías sexuales (marcha del orgullo gay).

Pienso también en la caminata que hacen mujeres israelíes y palestinas demandando a sus líderes acuerdos políticos. Se le conoce como La Marcha de la Esperanza, fue creada por la organización Women Wage Peace (Mujeres hacen la paz) y su misión consiste en “crear un movimiento no político de mujeres para restablecer la esperanza y trabajar hacia una existencia pacífica para nosotras, nuestros hijos y futuras generaciones”. Se visten de blanco y caminan durante dos semanas por el territorio israelí y palestino. “Somos mujeres de la izquierda, de la derecha, árabes y judías, de ciudades y periferias, y hemos decidido que vamos a detener la próxima guerra”, ha proclamado Marilyn Smadja, una de las fundadoras del grupo. La activista Orna Ashkenazi afirmó: “No pararemos hasta que Netanyahu y el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbás, se sienten en la mesa de negociaciones de nuevo, no sólo para hablar, sino para hacer algo.”

En los viajes te das cuenta de que los paisajes culturales son como grandes textos. Fácilmente legibles algunos, otros requieren especialistas. De algunos se conoce a los autores, pero la mayoría son anónimos. Están redactados en idiomas que unas veces comprendemos bien y en otras no, y entre ellos pueden darse ciertas correspondencias. De muchos textos se ha perdido el original y sólo existen como cita, indirectamente, textos interrumpidos que dan quehacer a la posteridad con resolver el enigma asociado a un pueblo, a un momento histórico de esas gentes. Un capítulo sigue a otro. A veces la serie aparece rota y revuelta. Especialidades enteras se ocupan de reconstruir, descifrar e interpretar tales textos. La literatura es una de ellas. Hay atractivas líneas de continuidad que llevan de una época a otra, y luego de nuevo interrupción total, una discontinuidad pasmosa.

Las experiencias de hallazgos y desencuentros son registradas en diarios de viaje, biografías peculiares o ejercicios ficcionales con archivos personales. Cualquiera que sea el formato, hay narrativas del desplazamiento que buscan un registro y una “traducción” de esa genealogía como espacio de mediación entre un pasado extranjero y el presente latinoamericano.

Se viaja entre personas, entre culturas y subjetividades, y al poco tiempo te das cuenta de que hay una llamativa semejanza entre huellas digitales y mapas orográficos. A primera vista no se distinguen. El relieve de la piel semeja un paisaje montañoso, la imagen de la yema de un dedo semeja la de una elevación del terreno.

Viajar tiene algo de pensar caminando.

En los viajes se mide de otra forma el tiempo y el espacio.

El relato de viaje es un relato vector, sigue una flecha secreta.

La historia no se devuelve sólo en el tiempo sino también en el espacio. Cada época tiene su propia imagen de lo que es un mapa, su propia retórica cartográfica en cada “exploración del terreno”. Cada persona reconstruye un territorio marcado por rutas y senderos. He intentado en cada viaje, en cada relato, trazar mi propia narrativa cartográfica. Cuando se viaja uno es consciente de que ha escogido una existencia entre muchas otras. Entonces tiene lugar el vértigo y la pregunta fundamental: ¿cuántas vidas se pueden tener?

Este texto es una versión reducida del prólogo de Andrea Jeftanovic para la edición chilena de Destinos errantes, publicado en 2016 por Editorial Comba