Coloridos frutos primaverales

Coloridos frutos primaverales

Juan Bautista Durán

La primavera llegó este año antes de tiempo y hubo de confirmarse torcida a pocos días de su fecha oficiosa, con el alarmante protagonismo vírico. Al vuelo común de los vilanos se le adelantó la alarma sanitaria procedente de la antigua región central de Oriente, previo paso por la península itálica, de donde hace ocho siglos partiera Marco Polo. El viaje en esta ocasión fue a la inversa y, en vez de pasta, trajo el colapso. Escuelas, comercios y eventos de toda índole se vieron forzados a echar el cierre, como hoy bien sabemos, una circunstancia más propia de inviernos severos que del comienzo de la primavera. 

En la galería barcelonesa Víctor Saavedra, situada en el 97 de la calle Enrique Granados, la artista ucraniana Oli Berg inauguraba el 12 de marzo una muestra de pintura y escultura en la que el paisaje toma relieve y se abre misterioso a la sensibilidad de cada cual, a sabiendas de que éste no es igual para todos y suele escapar a la mirada acelerada del siglo XXI. «Mis cuadros son mundos paralelos, paisajes sin personas, un mundo sin sonidos», afirma. Ese silencio se percibe sobre todo en la profundidad colorida que adquieren sus obras, un leve Expresionismo con tonos cercanos al Pop Art. «Lo que busco es dar forma a lo que hay dentro de mí.» En esa búsqueda el color toma un protagonismo primaveral, más cercano a latitudes cálidas que a su Ucrania natal, en la medida en que su brillo determina el contenido de la obra. La calma que se infiere de ella, no obstante, esa pretendida ausencia humana, nos lleva a un momento previo a todo, a un inquietante origen de los tiempos.   

La primera obra con la que el visitante se topa es una atractiva muestra de la variedad posterior, compuesta desde el suelo por un paisaje de madera fina en distintos niveles, al que acompañan pequeñas figuras de cerámica en la parte alta de la pared. Son figuras sinuosas, coloridas: frutos rojos, pétalos abiertos, verduras… Un surtido de especias desconocidas en tonos de igual modo imprevistos. ¿Eso es una mazorca azul? La incógnita del visitante se refleja en la expresión risueña de la artista, ya que no se trata tanto de definir al objeto como de entenderlo dentro de un universo particular. Esa lluvia colorida y en tres dimensiones se podría ver como una alegoría de la caja de Pandora, recién abierta más allá de las nubes, en lo alto del firmamento, con la rabia de Zeus al no atisbar en el paisaje a suficientes almas humanas. A ninguna, en verdad. Y ahí van todos los males en su forma primigenia —¿serán acaso los bienes?— para repartirlos no sólo en esa obra inicial sino también en los cuadros y relieves que conforman el resto de la exposición.

Corresponde al visitante la tarea de dar sentido al vacío, con la venia de Zeus creador. Escultura y pintura ocupan sendas paredes del ancho pasillo preliminar, pero es en el espacio principal, al fondo, donde el visitante asistirá a la totalidad de la propuesta artística de Oli Berg. Una docena de siluetas de metal, en forma cada una de una planta distinta y de una altura aproximada de ciento veinte centímetros, pintadas todas de un color distinto también, configuran una especie de laberinto donde conviene dejarse llevar, ya que, perderse, uno no se va a perder, sólo en la medida en que sea capaz de extraviar la imaginación entre los cuadros, las siluetas y unas grandes flores a relieve que ocupan la pared principal. Son rosas, tulipanes, un paisaje que brota igual de los tallos del laberinto y nos da una idea cabal de lo único que Pandora consiguió retener en la caja: la esperanza. 

Oli Berg propone a un tiempo la ausencia y su contrario, cierto aislamiento que se ve enfrentado a los frutos de la naturaleza. Éstos rompen con el hermetismo inherente al paisaje límpido, y ejercen, en sus múltiples ecos —tan pronto oníricos como sensuales—, de asideros espirituales. Es importante ver la exposición como un total, apreciar el trabajo que hay entre artista y galerista para hacer de la obra un conjunto dialogante, donde las partes se complementan.

Prevista en un principio hasta primeros de abril, las complicaciones en torno a la alerta sanitaria que todavía nos amenaza llevaron al galerista Víctor Saavedra a reinaugurar la exposición en septiembre. La primavera no se enderezó pero, créanme, necesitamos disfrutar de sus frutos y ponerlos en su preciso relieve. Les animo a adentrarse en el paisaje propuesto por Oli Berg en tanto que destino completo, siquiera en el nivel post apocalíptico que asimismo se desprende de estos lienzos.

© de la imagen: Juan Bautista Durán, 2020