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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Fade Out</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 12 Sep 2017 20:58:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Andrés Calamaro]]></category>
		<category><![CDATA[banda sonora]]></category>
		<category><![CDATA[Diego Gándara]]></category>
		<category><![CDATA[Fade Out]]></category>
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		<category><![CDATA[Tatiana Goransky]]></category>
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					<description><![CDATA[UNO. Lo primero que me llamó la atención al leer la novela de Tatiana (a pesar de que ella, Tatiana, me lo advirtió en su momento) fue que en su playlist no apareciera ninguna canción de Andrés Calamaro. Ni siquiera una mención, al menos una referencia, lo cual me hizo pensar dos cosas: una) que Tatiana, como las mujeres de su novela, es incapaz de emitir, o de cantar, canciones de Calamaro; dos) que a Tatiana, directamente, no le gusta Calamaro.
Cosa rara, pensé, tratándose de Tatiana, dado que las tres o cuatro veces que nos vimos tuvimos varios de esos momentos que, al unísono, bautizamos como «momentos Calamaro»: momentos en los que uno, en medio de una conversación, es capaz de recurrir a alguna de las muchas canciones de Calamaro y, en lugar de decir, por ejemplo, que está atravesando un momento de desamor, agarrarse de una frase de Calamaro y decir, en cambio, que está «vencido porque el mundo lo hizo así» o que es «todo corazón y eso le hace mal».						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/fade-out/img_3496/" rel="attachment wp-att-1877"> </a></p>
<p><strong>UNO.</strong> Lo primero que me llamó la atención al leer la novela de Tatiana (a pesar de que ella, Tatiana, me lo advirtió en su momento) fue que en su <em>playlist</em> no apareciera ninguna canción de Andrés Calamaro. Ni siquiera una mención, al menos una referencia, lo cual me hizo pensar dos cosas: una) que Tatiana, como las mujeres de su novela, es incapaz de emitir, o de cantar, canciones de Calamaro; dos) que a Tatiana, directamente, no le gusta Calamaro.</p>
<p>Cosa rara, pensé, tratándose de Tatiana, dado que las tres o cuatro veces que nos vimos tuvimos varios de esos momentos que, al unísono, bautizamos como «momentos Calamaro»: momentos en los que uno, en medio de una conversación, es capaz de recurrir a alguna de las muchas canciones de Calamaro y, en lugar de decir, por ejemplo, que está atravesando un momento de desamor, agarrarse de una frase de Calamaro y decir, en cambio, que está «vencido porque el mundo lo hizo así» o que es «todo corazón y eso le hace mal».</p>
<p>Una práctica, ésta de citar a Calamaro a cada rato, de calamarear, como decimos con Tatiana (como si hubiera un Calamaro escondido para cada ocasión) que no se restringe, no obstante, a nuestra conversación, una conversación que a veces mantenemos vía Messenger a altas horas de nuestras madrugadas, sino que se va haciendo, lo noto, cada vez más habitual entre los argentinos, tal vez porque Calamaro compone y no deja de componer canciones que son «para no olvidar». En cualquier caso, y para no desperdiciar otro momento Calamaro, es mejor que, como canta Calamaro, «pasemos a otro tema» y me centre mejor en <em>Fade out</em>, esta novela de Tatiana que incluye muchas canciones y que no incluye, obviamente, ninguna canción de Calamaro.</p>
<p><strong>DOS. </strong>Que <em>Fade Out</em> no incluya canciones de Calamaro no significa que <em>Fade Out</em> no incluya muchas otras cosas. Cosas que en una novela de tan pocas páginas (Tatiana me dijo que podía leerla, y no fue así, en una tarde) son díficiles de contener y, sobre todo, de sostener: historias breves, historias mínimas, que se entrecruzan y se mueven dentro de una biografía sonora y familiar, pero unidas gracias al pulso contante de una narradora que puede cambiar de voz y de nombre pero que nunca, jamás, cambia su manera de latir, como si hablara desde un lugar inefable y cercano (el único lugar, quizás, desde donde puede escribir), un lugar donde nacen las palabras y brotan los sonidos porque allí habita, precisamente, el silencio, esa condición que nos da, como dice alguien en la novela, «la capacidad de quedarnos donde estamos».</p>
<p>Desde ese lugar (un lugar inamovible que se vuelve simbólico y, gracias a ser un símbolo, puede atravesar las distancias y el tiempo) hablan las narradoras de esta novela de pocas páginas (sí, de pocas páginas) pero que en pocas páginas es capaz de sumergir al lector en una experiencia sonora, en un movimiento perpetuo, y hacerlo escuchar una historia de afectos y de vínculos, de lazos invisibles que van más allá de las palabras y se encaminan, en una prosa continua, a un <em>finalle</em> que es como volver al principio: a la producción del silencio, la búsqueda de un silencio que, como se afirma en <em>Fade Out</em>, no es un simple dejar de hablar, sino una emisión de ondas que se cancelan por sí mismas antes de poder ser registradas por aparato científico o humano. Un silencio que esta novela, si se la presta atención, si la lee y se la escucha en silencio, es capaz de emitir.</p>
<p><strong>TRES.</strong> Novela breve, sí, novela de pocas páginas (la leí en tres tardes) pero que, sin embargo, no debe ser confundida con una novela corta, un género que alguien se atrevió a definir también como un cuento largo, pues <em>Fade out</em> no pertenece, por suerte, a ninguna de ambas categorías y es difícil de encasillar, incluso, como una novela al uso. Aquí no hay ningún jeroglífico que descifrar, no hay un enigma que resolver, no hay un argumento al cual aferrarse ni un héroe con el que un lector pueda identificarse. <em>Fade out,</em> en cualquier caso, es una obra en sí misma, que tiene una sonoridad propia y en la cual cada uno de los instrumentos están perfectamente afinados, vibran en una misma sintonía y suenan, en conjunto, como una caja musical o como un ventilador pop.</p>
<p>El argumento de <em>Fade out</em> es, en ese sentido, mínimo (tres generaciones de mujeres, ninguna palabra y mucho silencio), pero la novela (y éste es uno de sus muchos atractivos) no se asienta exclusivamente sobre él porque no se trata, como se afirma al final del libro, de narrar historias, sino de otra cosa: de construir, en este caso, una narración perfectamente afinada, repleta de voces que se hacen canciones y pensamientos pero rodeada de un silencio en cuyo centro está, siempre, el sonido.</p>
<p>Todo, en <em>Fade Out</em>, suena a algo. Todo, en la novela, se siente, se escucha, se percibe. No sólo a través de los sentidos y, especialmente, a través del sentido auditivo. Todo, en Fade Out, suena a algo porque las palabras, el peso de las palabras, tienen un sentido, despiertan un sonido, más allá de que sus afinidades electivas implican, también, cierta desprotección. Como se afirma al final de la novela: «Quiero que los que lean este libro sepan que todos decimos más de lo que creemos y queremos pero no por eso tenemos que sentirnos desprotegidos».</p>
<p>Así, más allá de las palabras, parece decir Tatiana con esta novela, hay una apuesta y hay también un riesgo, pero también hay un sonido que viene de muy lejos y es más eterno que el silencio, un silencio que se revela como una una ausencia presente y un sonido que, cuando se terminen todas las palabras del mundo, aún pueda hacernos llorar y reír con la misma facilidad.   Sólo hara falta, como dice Calamaro, pedir «atención al silencio y al silencio, atención».</p>
<p>Escrito por <strong>Diego Gándara</strong></p>
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		<title>Vagón de silencio</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 Mar 2015 08:46:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Álvaro Pombo]]></category>
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					<description><![CDATA[Si la gente cumpliera con su parte del trato, el vagón de silencio del AVE sería una gran idea. Sin embargo, algunos viajeros parece que cayeran en dicho vagón por un azar imposible de rastrear ni adivinar, con lo cual, si se les antoja hacer ruido, hablar o carraspear hasta la saciedad, no hay otra que disculparlos por estar encadenados al lugar equivocado. Otros no, claro. Hay quienes aprovechan para estudiar, leer, adelantar trabajo o bien permanecer en silencio según el paisaje se despide del tren. A todos ellos les faltan al respeto quienes hablan, tararean canciones o atienden al teléfono sin reparo alguno, como si se encontraran en el salón de su casa, tan ricamente, con la única salvedad del aperitivito. Oh, qué bien me sentarían unas aceitunas y una caña bien fresca. ¡Y a quién no!
Tanto la caña como las aceitunas suelen sentar de maravilla, y aun para leer, ya sea narrativa, la prensa o un ensayo. La chispa que produce la cerveza puede ayudar al lector a acceder a pensamientos de otro modo insondables. Es inevitable para un pensador acudir de vez en cuando a los elixires del alcohol (y otros) con tal de alcanzar los razonamientos más conspicuos, por lo que el lector también puede precisar de la misma medicina con tal de alcanzar al autor en su pensamiento. La música funciona igual como fuente de inspiración, y en este caso, para el lector, convendría saber qué escuchaba el autor en la escritura. Esto no quiere ser tanto una afirmación como una pregunta, sin embargo. ¿Hace falta? ¿Acaso haría falta beber lo mismo que Malcolm Lowry para acceder a las peripecias del cónsul en Bajo el volcán? ¿Escuchar a Bach en una novela de Álvaro Pombo? ¿Fumar los Gauloises de Cortázar en su etapa parisina? ¿Escuchar a Charlie Parker en la lectura de El perseguidor?						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Si la gente cumpliera con su parte del trato, el vagón de silencio del AVE sería una gran idea. Sin embargo, algunos viajeros parece que cayeran en dicho vagón por un azar imposible de rastrear ni adivinar, con lo cual, si se les antoja hacer ruido, hablar o carraspear hasta la saciedad, no hay otra que disculparlos por estar encadenados al lugar equivocado. Otros no, claro. Hay quienes aprovechan para estudiar, leer, adelantar trabajo o bien permanecer en silencio según el paisaje se despide del tren. A todos ellos les faltan al respeto quienes hablan, tararean canciones o atienden al teléfono sin reparo alguno, como si se encontraran en el salón de su casa, tan ricamente, con la única salvedad del aperitivito. Oh, qué bien me sentarían unas aceitunas y una caña bien fresca. ¡Y a quién no!</p>
<p>Tanto la caña como las aceitunas suelen sentar de maravilla, y aun para leer, ya sea narrativa, la prensa o un ensayo. La chispa que produce la cerveza puede ayudar al lector a acceder a pensamientos de otro modo insondables. Es inevitable para un pensador acudir de vez en cuando a los elixires del alcohol (y otros) con tal de alcanzar los razonamientos más conspicuos, por lo que el lector también puede precisar de la misma medicina con tal de alcanzar al autor en su pensamiento. La música funciona igual como fuente de inspiración, y en este caso, para el lector, convendría saber qué escuchaba el autor en la escritura. Esto no quiere ser tanto una afirmación como una pregunta, sin embargo. ¿Hace falta? ¿Acaso haría falta beber lo mismo que Malcolm Lowry para acceder a las peripecias del cónsul en <em>Bajo el volcán</em>? ¿Escuchar a Bach en una novela de Álvaro Pombo? ¿Fumar los Gauloises de Cortázar en su etapa parisina? ¿Escuchar a Charlie Parker en la lectura de <em>El perseguidor</em>?</p>
<p>Para la edición digital sería un buen negocio introducir la música que cada autor quisiera, aquella que, en su caso, inspiró la obra o bien su escritura. Alimentos o bebidas no, dada la imposibilidad física, aunque podrían aparecer en la pantalla a modo de publicidad, en la parte inferior, seguido de su pertinente recomendación: beba con moderación, no consuma más calorías de las debidas en una sola jornada, etcétera, coletillas que se están haciendo a la vida cotidiana y sin embargo nunca aluden a la literatura. Lea con moderación, esto es, la advertencia más obvia y necesaria en una sociedad que desconfía de la palabra escrita y también del silencio que conlleva. ‹‹Es la trampa del demonio —dice Kierkegaard a propósito del silencio—: cuanto más lo guarda, tanto más temible es también el demonio.››</p>
<p>Al igual que en la época de Gutenberg, cuando se temió de la lectura interior, por dañina, una práctica que iba a acabar con la tradición oral y con la bondad de las almas, así se teme ahora al esfuerzo que supone adentrarse en un libro. A esto no ayuda en absoluto que los gobiernos de turno y los paladines de la cultura insten a los ciudadanos a leer. ¿Qué interés perseguirán?, piensa el ciudadano de a pie. Así damos con un vagón de silencio en el AVE donde los viajeros rara vez leen. Una revista, a lo sumo, los mensajes del móvil. Ya ni prospectos tienen a mano. Prefieren escuchar música a través de los auriculares, ver la película que el tren pone a su disposición o quebrar el silencio con crecientes cuchicheos. ¡Ah, silencio, qué difícil es retenerte! ¿Qué peligros esconderás? ¿Eres de verdad la trampa del demonio?</p>
<p>‹‹El silencio —añade Kierkegaard— es también un estado en el cual el individuo toma conciencia de su unión con la divinidad.›› ¿Pero cambia esto mucho las cosas, en los actuales tiempos agnósticos?</p>
<p>De los cuarenta y tantos pasajeros que están en el vagón, apenas tres leen un libro, y los tres en papel. Serán conscientes de que, puestos a asumir riesgos, los que trae el papel son auténticos, por más elementos que incluya lo digital, entre ellos, claro está, la dispersión. Según datos oficiales, apenas el tres por cinto del mercado del libro es en digital (no se computa ahí la piratería, fuera de control) y es considerada una lectura de segundo orden. Los partidarios del ensayo creen que la narrativa se lee de fábula en formato digital pues no conlleva tanta reflexión (¡) y los partidarios de la narrativa creen que el ensayo se lee de fábula en digital pues no hace falta sumergirse en una historia. Pura contradicción, en definitiva, que viaja en tren y llega al fin a los distintos hogares sin la debida advertencia, es decir, que la lectura puede atentar contra su salud: invita a la reflexión, a beber, a fumar, a tener pensamientos impuros, al tormento y al silencio. Sobre todo, al silencio. Desconfíen del silencio, donde el demonio y la divinidad se dan la mano.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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