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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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		<title>Tirarse la pera</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 14 Feb 2016 09:21:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[La presentación en Barcelona de Salvo el poder tuvo lugar un sábado a la hora del vermut, en Balius Bar, coctelería del Poblenou hermanada con la librería Nollegiu, de mudanza en esas fechas: abandonaba su primer local en la calle de la Amistad para instalarse en la Juanita, antigua tienda de moda que de algún modo habrá de quitarle el nombre a la librería. ¿Se irá a la Juanita en vez de a Nollegiu? La presentación reunió a una treintena de personas, algunas de las cuales estuvieron al día siguiente en la cadena humana que ayudó a trasladar los libros del espacio original al nuevo, situados en calles paralelas. Bonita iniciativa, sin duda, así como la charla entre Ernesto Escobar Ulloa y Santiago Roncagliolo, plagada de interesantes y reveladores momentos.
«Si hubiera vivido el terrorismo con la edad que ahora tengo, habría tenido mucho más miedo —reconoció Escobar Ulloa—. Teníamos que salir, que vivir… éramos medio inconscientes.» Por entonces, ambos tenían entre diez y veinte años, y por mucho que vivieran en barrios acomodados, estaban expuestos igual a los cortes de luz y a posibles atentados. «Salías a la calle y en los muros ponía “salvo el poder, todo es ilusión”, frase de Lenin que Sendero Luminoso tomó y que básicamente significaba que nada importaba con tal de alcanzar el poder —dijo Roncagliolo—, ni los nuestros ni los suyos, ni las casas derruidas ni los constantes apagones. Debíamos ir con velas a las fiestas porque sabíamos que nos iban a quitar la luz, y todos aprendimos a sellar las ventanas con cinta aislante.» Esto duró cerca de doce años, muy presentes en el libro de Escobar Ulloa, desde el primer relato. También el título, por supuesto, referente al lema de Sendero Luminoso y que tanto juego da. Salvo… ¿quién? Salvo todos. O salvo uno mismo, más bien.
Escobar Ulloa se preocupa de reflejar en estos relatos la vida cotidiana, más que las cuestiones de poder o políticas, más que las intríngulis luminosas y sangrientas. Las muertes están detrás de la pobreza y el malvivir del pueblo, que de pronto —zas— se ve envuelto en un atentado, en una explosión, en un robo. «Habla de la violencia de un modo abstracto››, destacó Roncagliolo; y así es, se nota en los quehaceres y en la manera de reaccionar de la gente, más que por sí misma, como queda patente en el relato “Padres de la patria”. Ahí está la idea del libro, es decir que son los ciudadanos de a pie, con sus necesidades básicas, quienes forman la patria. En el Perú de los años ochenta, sin embargo, la mayor parte tenía que robar y delinquir con tal de hacerse con ello, al margen de andar a la expectativa, a ver cuándo iba a ser el siguiente atentando. Una bomba o un puñado de muertos más, por desgracia, no eran sino meras cifras que engrosaban las estadísticas. «La violencia goteaba hacia dentro —dijo Roncagliolo—, por más que vivieras en un barrio pijo e intentaras aislarte.»						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>La presentación en Barcelona de <em>Salvo el poder</em> tuvo lugar un sábado a la hora del vermut, en Balius Bar, coctelería del Poblenou hermanada con la librería Nollegiu, de mudanza en esas fechas: abandonaba su primer local en la calle de la Amistad para instalarse en la Juanita, antigua tienda de moda que de algún modo habrá de quitarle el nombre a la librería. ¿Se irá a la Juanita en vez de a Nollegiu? La presentación reunió a una treintena de personas, algunas de las cuales estuvieron al día siguiente en la cadena humana que ayudó a trasladar los libros del espacio original al nuevo, situados en calles paralelas. Bonita iniciativa, sin duda, así como la charla entre Ernesto Escobar Ulloa y Santiago Roncagliolo, plagada de interesantes y reveladores momentos.</p>
<p>«Si hubiera vivido el terrorismo con la edad que ahora tengo, habría tenido mucho más miedo —reconoció Escobar Ulloa—. Teníamos que salir, que vivir… éramos medio inconscientes.» Por entonces, ambos tenían entre diez y veinte años, y por mucho que vivieran en barrios acomodados, estaban expuestos igual a los cortes de luz y a posibles atentados. «Salías a la calle y en los muros ponía “salvo el poder, todo es ilusión”, frase de Lenin que Sendero Luminoso tomó y que básicamente significaba que nada importaba con tal de alcanzar el poder —dijo Roncagliolo—, ni los nuestros ni los suyos, ni las casas derruidas ni los constantes apagones. Debíamos ir con velas a las fiestas porque sabíamos que nos iban a quitar la luz, y todos aprendimos a sellar las ventanas con cinta aislante.» Esto duró cerca de doce años, muy presentes en el libro de Escobar Ulloa, desde el primer relato. También el título, por supuesto, referente al lema de Sendero Luminoso y que tanto juego da. Salvo… ¿quién? Salvo todos. O salvo uno mismo, más bien.</p>
<p>Escobar Ulloa se preocupa de reflejar en estos relatos la vida cotidiana, más que las cuestiones de poder o políticas, más que las intríngulis luminosas y sangrientas. Las muertes están detrás de la pobreza y el malvivir del pueblo, que de pronto —zas— se ve envuelto en un atentado, en una explosión, en un robo. «Habla de la violencia de un modo abstracto››, destacó Roncagliolo; y así es, se nota en los quehaceres y en la manera de reaccionar de la gente, más que por sí misma, como queda patente en el relato “Padres de la patria”. Ahí está la idea del libro, es decir que son los ciudadanos de a pie, con sus necesidades básicas, quienes forman la patria. En el Perú de los años ochenta, sin embargo, la mayor parte tenía que robar y delinquir con tal de hacerse con ello, al margen de andar a la expectativa, a ver cuándo iba a ser el siguiente atentando. Una bomba o un puñado de muertos más, por desgracia, no eran sino meras cifras que engrosaban las estadísticas. «La violencia goteaba hacia dentro —dijo Roncagliolo—, por más que vivieras en un barrio pijo e intentaras aislarte.»</p>
<p>Para Escobar Ulloa hablar de otra cosa, aseguró, habría sido artificial. «El terrorismo está en mi memoria —enfatizó—. Nosotros fuimos los privilegiados, y eso es lo paradójico, cómo nos las arreglamos para ser felices en ese momento. Había toques de queda, pero…» No podían quedarse en casa a perpetuidad y dejar de vivir, a eso se refería, no podían dejar de ser y de disfrutar, a pesar de la amenaza constante. En una ocasión se dio a la fuga hacia la sierra, zona de Sendero Luminoso, un hecho que asombró a Roncagliolo, conocedor de los controles e impedimentos que había en las carreteras. En casa dejó una nota para su madre, conforme se declaraba responsable de sus actos, pasara lo que pasase. «Me tiré la pera», dijo, expresión que en español ibérico significa hacer novillos. Hay personajes en <em>Salvo el poder</em> que se tiran la pera, como los protagonistas del relato titulado “Juegos Olímpicos”, y en parte quienes asistieron al acto se tiraron igual la pera. Abandonaron sus obligaciones familiares, sus compromisos deportivos, su compra semanal en el supermercado… para acudir a una charla entre dos peruanos en una coctelería, algo que ninguna suegra podría aceptar, una excusa inválida, una falta de respeto, un despecho a la familia.</p>
<p>Escobar Ulloa tomaba un gin-tonic y Roncagliolo un cóctel rojo que mandó rellenar un par de veces. También los asistentes estaban bien servidos, los que más con vermut, bebida oficial a esas horas y bebida inspiradora si uno anda en buena compañía. Merece la pena tirarse la pera por un vermut, y más aún por un libro como <em>Salvo el poder</em>, debut literario de un autor que sabe medir la tensión narrativa y habla de su aldea, como se suele decir, para llegar a la de todos. El brindis fue unánime, y aunque algunos no osaron entrar, por temor a colapsar el espléndido local, los que atendieron a las explicaciones de ese dúo peruano ejercieron de padres de una patria nada despreciable.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Clase media</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 10 Dec 2015 16:02:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[Claudia Apablaza]]></category>
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					<description><![CDATA[La escritora chilena Claudia Apablaza, editora también de Los Libros De La Mujer Rota, escribió en 2007 un revelador e inquietante relato titulado Mi nombre en el Google. ‹‹Cada noche busco mi nombre en el Google —dice al principio el narrador—. Hace exactamente tres semanas que no aparece nada nuevo. Esto me irrita, me molesta, me produce mucha rabia.›› Esta circunstancia llegará a no pocas personas, quienes cada noche, pues la noche es débil, teclearán su nombre en el ordenador o el teléfono móvil con la ilusión de encontrarse a sí mismos o de encontrar una nueva idea de sí mismos que otros habrán vertido. ‹‹A estas alturas —continúa el relato de Apablaza—, si no apareces en el Google, no eres nadie.›› Da igual a lo que uno se dedique, ya sea a las artes, a las leyes, a las finanzas, a la gastronomía o al deporte; en todos los campos Google sirve de expansión y de gratuito reconocimiento, ya que nada o casi nada cuesta, y nada, desde luego que nada, retribuye; pero hay que estar ahí.
Tantos personajes que quisieran saberse en Google, ya no tanto para tener noticias de su inmediato futuro, como le sucede al personaje de Apablaza, cuanto para tener conciencia de sí mismos en otro mundo que no es el suyo pero es el que desean, como muestra fehaciente de que dejaron atrás la realidad oscura en que les tocó crecer. Así andan los personajes de Salvo el poder, el esperado debut narrativo del periodista peruano Ernesto Escobar Ulloa, once relatos unidos por el sentimiento de desarraigo, de ser víctimas de hechos con los que nada tuvieron que ver, y cuyo peso, sin embargo, llevan a cuestas. Como resalta Santiago Roncagliolo en el prólogo, Escobar Ulloa se ocupa al igual que Ribeyro de la clase media, y cuando acude al poder es para sentirlo desde la maltrecha clase media. Su galería de personajes, en palabras de Roncagliolo, ‹‹está al borde del abismo. Y cada día da un paso adelante. Come en pollerías baratas. Esquiva furgonetas de transporte público como leones en un safari. Compra estampitas en puestos de la calle. Roba en centros comerciales emergentes››. La enumeración podría alargarse, con referencias directas o indirectas a dichos personajes, algunos de los cuales, si bien no se buscan en Google, sí lo usan para sacar información de su interés. ¿Y qué encontrarían en caso de escribir sus propios nombres? Nada bueno, probablemente, peor aún que el personaje de Apablaza, al que encima le falla la conexión. Quiere saber qué hay de nuevo sobre sí mismo, qué trae la prensa, si es que algo trae, e incluso los propios internautas. Pero internet da error una y otra vez, un hecho para nada aislado, frecuente igual en las casas humildes que en las de clase media, y quizá también, es un suponer, en las de la clase más elevada. Pero éstos… ¿qué buscarán, acaso también sus nombres?						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>La escritora chilena Claudia Apablaza, editora también de Los Libros De La Mujer Rota, escribió en 2007 un revelador e inquietante relato titulado <em>Mi nombre en el Google</em>. ‹‹Cada noche busco mi nombre en el Google —dice al principio el narrador—. Hace exactamente tres semanas que no aparece nada nuevo. Esto me irrita, me molesta, me produce mucha rabia.›› Esta circunstancia llegará a no pocas personas, quienes cada noche, pues la noche es débil, teclearán su nombre en el ordenador o el teléfono móvil con la ilusión de encontrarse a sí mismos o de encontrar una nueva idea de sí mismos que otros habrán vertido. ‹‹A estas alturas —continúa el relato de Apablaza—, si no apareces en el Google, no eres nadie.›› Da igual a lo que uno se dedique, ya sea a las artes, a las leyes, a las finanzas, a la gastronomía o al deporte; en todos los campos Google sirve de expansión y de gratuito reconocimiento, ya que nada o casi nada cuesta, y nada, desde luego que nada, retribuye; pero hay que estar ahí.</p>
<p>Tantos personajes que quisieran saberse en Google, ya no tanto para tener noticias de su inmediato futuro, como le sucede al personaje de Apablaza, cuanto para tener conciencia de sí mismos en otro mundo que no es el suyo pero es el que desean, como muestra fehaciente de que dejaron atrás la realidad oscura en que les tocó crecer. Así andan los personajes de <em>Salvo el poder</em>, el esperado debut narrativo del periodista peruano Ernesto Escobar Ulloa, once relatos unidos por el sentimiento de desarraigo, de ser víctimas de hechos con los que nada tuvieron que ver, y cuyo peso, sin embargo, llevan a cuestas. Como resalta Santiago Roncagliolo en el prólogo, Escobar Ulloa se ocupa al igual que Ribeyro de la clase media, y cuando acude al poder es para sentirlo desde la maltrecha clase media. Su galería de personajes, en palabras de Roncagliolo, ‹‹está al borde del abismo. Y cada día da un paso adelante. Come en pollerías baratas. Esquiva furgonetas de transporte público como leones en un safari. Compra estampitas en puestos de la calle. Roba en centros comerciales emergentes››. La enumeración podría alargarse, con referencias directas o indirectas a dichos personajes, algunos de los cuales, si bien no se buscan en Google, sí lo usan para sacar información de su interés. ¿Y qué encontrarían en caso de escribir sus propios nombres? Nada bueno, probablemente, peor aún que el personaje de Apablaza, al que encima le falla la conexión. Quiere saber qué hay de nuevo sobre sí mismo, qué trae la prensa, si es que algo trae, e incluso los propios internautas. Pero internet da error una y otra vez, un hecho para nada aislado, frecuente igual en las casas humildes que en las de clase media, y quizá también, es un suponer, en las de la clase más elevada. Pero éstos… ¿qué buscarán, acaso también sus nombres?</p>
<p>Lo interesante de buscarse a uno mismo está en las asociaciones que Google hace, en función del nombre y de aquello que viene relacionado con el nombre, es decir, lugares, aficiones, amistades y vicios de la persona en cuestión. Google tira del hilo son compasión, listo para dar muerte al Minotauro y a la malsana curiosidad, para luego volver atrás libre de culpas. De los personajes de Escobar Ulloa revelaría no pocas tropelías, desde robos a colmados a integración en el Partido Comunista, pasando por el asalto a un burdel. Pero estar en Google, verse en Google, y más aún si es en la primera página, significa formar parte de las historia, desde ya, desde el momento en que el cursor se ubica junto al nombre y su leve tintineo acusa la historia viva. Todo así, tan rápido, antes incluso de que el periódico de la mañana traiga las noticias.</p>
<p>El personaje de Apablaza pretende saber a través de Google cuándo saldrá su próximo libro, un método para él mucho más eficaz que el clásico telefonazo al editor, si no fuera porque la conexión a internet le falla. Y esto es lo más certero. Internet falla, en los cuentos de Apablaza, en los de niños, en los de nunca acabar… y siempre por supuesto cuando uno menos se lo espera. Los magnates y hombres de negocios hechos a sí mismos que lo gestionan no son más que espabilados ladronzuelos que nunca perdieron el tiempo buscando su nombre en Google, si acaso en burdeles cinco estrellas, en los mayores saraos, donde la conexión nada tiene que ver con la que ofrecen y cobran a la sufrida clase media de Ribeyro y Escobar Ulloa, esa clase, a fin de cuentas, tan necesaria para la estabilidad social y económica y mental.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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