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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Ventanas abiertas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 26 Sep 2016 10:36:56 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[En el desordenado encanto de las calles portuguesas asombra la cantidad de ventanas rotas que aparecen en uno y otro lado, siquiera los pequeños recuadros que las forman, dejando abierta la posibilidad de que tanto lo bueno como lo malo entre y salga con total libertad. «Pese a toda predicción —dice Andrea Jeftanovic en sus crónicas—, se puede entrar a un país por una ventana.» Algunas de ellas pertenecen a casas en venta, otras no. No son pocas las casas en venta, a decir verdad, lo mismo que en Toledo, aunque en la antigua capital del Reino ninguna ventana se cae. Si algo se viene abajo, más bien, es el espíritu, medio taciturno entre tanto monumento, historia y religiones entre muros. Será difícil la vida allí, con su majestuosidad e innegable belleza. Hace falta que se abran más ventanas y corra el aire, los aromas que no sean propiamente toledanos, de las distintas cortes y su legado. ¿Aires artísticos? Por lo visto, no destacan. Toledo carece de una relación artística fuerte con otras ciudades de su entorno, Madrid en particular, de cuyo movimiento y vitalidad cultural podría beneficiarse. Están conectados por el AVE y en coche a menos de una hora.
Los paisajes y los muros toledanos tendrían que volver a ser desde luego espacio de creación, sea en el arte que sea y no a la fuerza imbuido por la oscuridad castellana que El Greco encumbró. Eso ya fue, y es triste sentirla todavía por sus calles, sentir que su cuidada armadura se mantiene espléndida porque toca, pero sin interés alguno en espolearla. Junto a la sinagoga judía bien podría haber una tetería —o dos—, representando el cruce del culturas que allí tuvo lugar, la cerámica de Talavera de la Reina merece un escaparate más destacado y en la plaza del Zocodover abruma toparse de frente con un McDonald’s y un Burguer King, los dos juntitos, representando acaso la última religión. A cualquiera se le ocurren mejores negocios para la que antaño hizo las veces de plaza mayor. Una librería no, claro, que en España los libros no interesan, como ya le dijo Manuel Fraga en su época de ministro al Señor Lara, antes de que éste fundara la editorial Planeta. Semejante locura… ¡cómo se le ocurría! Detrás de la catedral hay una generalista bien surtida, “Hoja blanca”, si bien quienes la regentan insisten en que faltan lectores. Habrá que buscarlos más allá del Tajo, tal vez, acaso en el Colegio Howarts de Magia y Hechicería.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/10/Ventana-normal.jpg"> </a></p>
<p>En el desordenado encanto de las calles portuguesas asombra la cantidad de ventanas rotas que aparecen en uno y otro lado, siquiera los pequeños recuadros que las forman, dejando abierta la posibilidad de que tanto lo bueno como lo malo entre y salga con total libertad. «Pese a toda predicción —dice Andrea Jeftanovic en sus crónicas—, se puede entrar a un país por una ventana.» Algunas de ellas pertenecen a casas en venta, otras no. No son pocas las casas en venta, a decir verdad, lo mismo que en Toledo, aunque en la antigua capital del Reino ninguna ventana se cae. Si algo se viene abajo, más bien, es el espíritu, medio taciturno entre tanto monumento, historia y religiones entre muros. Será difícil la vida allí, con su majestuosidad e innegable belleza. Hace falta que se abran más ventanas y corra el aire, los aromas que no sean propiamente toledanos, de las distintas cortes y su legado. ¿Aires artísticos? Por lo visto, no destacan. Toledo carece de una relación artística fuerte con otras ciudades de su entorno, Madrid en particular, de cuyo movimiento y vitalidad cultural podría beneficiarse. Están conectados por el AVE y en coche a menos de una hora.</p>
<p>Los paisajes y los muros toledanos tendrían que volver a ser desde luego espacio de creación, sea en el arte que sea y no a la fuerza imbuido por la oscuridad castellana que El Greco encumbró. Eso ya fue, y es triste sentirla todavía por sus calles, sentir que su cuidada armadura se mantiene espléndida porque toca, pero sin interés alguno en espolearla. Junto a la sinagoga judía bien podría haber una tetería —o dos—, representando el cruce del culturas que allí tuvo lugar, la cerámica de Talavera de la Reina merece un escaparate más destacado y en la plaza del Zocodover abruma toparse de frente con un McDonald’s y un Burguer King, los dos juntitos, representando acaso la última religión. A cualquiera se le ocurren mejores negocios para la que antaño hizo las veces de plaza mayor. Una librería no, claro, que en España los libros no interesan, como ya le dijo Manuel Fraga en su época de ministro al Señor Lara, antes de que éste fundara la editorial Planeta. Semejante locura… ¡cómo se le ocurría! Detrás de la catedral hay una generalista bien surtida, “Hoja blanca”, si bien quienes la regentan insisten en que faltan lectores. Habrá que buscarlos más allá del Tajo, tal vez, acaso en el Colegio Howarts de Magia y Hechicería.</p>
<p>A la librería Lello de Oporto se le acumulan los visitantes en cada truco de los alumnos del Colegio Howarts. Las colas que se forman junto a su puerta son de decenas de personas, menos interesadas en comprar libros que en ver el espacio, con sus maderas y la bella escalera central, al punto de que los dueños decidieron cobrar entrada. Y si el cliente compra un libro, se le devuelve el coste de la entrada. La medida es de toda lógica, mal que afecte al lector común. No tanto ya por la cuestión de la entrada, cuanto por las terribles colas. Es como acceder a un santuario en cuyo interior cuesta moverse lo mismo que en un concierto, por no hablar de encontrar y hojear un libro. Este auge debería impulsar en Oporto la apertura de una nueva librería con voluntad literaria, quizá no tan espectacular pero bonita igual, en cualquiera de los locales medio abandonados que se aprecian en el centro de la ciudad, las ventanas abiertas para acoger a los lectores. La magia literaria, en fin, no requiere de otro colegio de hechicería.</p>
<p>A Toledo, por su parte, le corresponde sacar provecho del impresionante valor cultural y escultórico de la ciudad para abrir nuevos espacios, hacer que de nuevo haya librerías de viejo —¿qué lugar más apropiado, si no?—, galerías, salas de exposiciones, restaurantes de prestigio, anticuarios, y atraer con ello a gente de distintas procedencias. Ciudad más privilegiada en cuanto a patrimonio artístico no la hay. Y no fue mirando para dentro como se levantaron tantos monumentos. El actual turismo fácil no conduce a nada, y no sólo en Toledo, sino en general, nada más que a convertir a los residentes en sombrías víctimas del propio lugar. Y el turista… ¿qué busca el turista más allá de espacios pintorescos, sino la fraternidad y aprecio de los locales?</p>
<p>En el libro <em>Destinos errantes</em>, crónicas reunidas, Andrea Jeftanovic destaca que cuando se viaja uno toma consciencia de que eligió una vida entre muchas otras. ¿Y cuántas se pueden tener? La pregunta tiene que ver con el plural del título, con la idea de que en cada nuevo destino pueda uno reconvertirse y experimentar una nueva existencia, modificar, en palabras de la autora, nuestros originales. La metáfora funciona mejor a la inversa, sin embargo: es una misma errancia la que hace al viajero, una sola mirada que se nutre y se transforma tras cada experiencia, y de este modo, al fin, emerge una vida. La viajera Jeftanovic recorre la ciudad de Sarajevo, la zona convulsa del conflicto palestino-israelí, Alcalá de Henares, La Habana, la California de los sesenta salvo que en pleno siglo XXI o el Río de Janeiro de Clarice Lispector, entre otros destinos, en cada uno de los cuales entra por una ventana y sale por otra, punto de partida para el nuevo objetivo. «Los viajes —dice— son una ruta personal que nadie más puede repetir.»</p>
<p>Escrito por<strong> Juan Bautista Durán</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en <a href="http://revistaparaleer.com/actualidad/ventanas-abiertas-por-juan-bautista-duran/" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Revista Eñe</a></p>
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		<title>Bajarse de una cruz</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 31 Aug 2016 08:09:58 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Aunque al hilo de la comunión de eventos en Brasil —del pasado Mundial de fútbol a los inmediatos Juegos Olímpicos—, hay que celebrar la publicación de la crónica literaria Varados en Río (Editorial Anagrama, 2016), del narrador madrileño Javier Montes (1976), un libro que nada tiene que ver con el turbo Brasil de hoy día pero que realza la fuerza, la fealdad urbana y el fulgor de Río de Janeiro y sus alrededores, un enclave que en ciertos momentos puede dar la impresión de paradisíaco. Las palabras se envenenan y chocan al hablar de Río, tal como escribió la poeta estadounidense Elisabeth Bishop: «Quienes visitan Río suelen exclamar: ¡Qué hermosa ciudad! Pero, antes o después, los más juiciosos acaban diciendo: No, no es una ciudad hermosa. Es sólo el emplazamiento más hermoso del mundo para una ciudad.»
Bishop fue a Río para una estancia de quince días y se quedó quince años, arropada por la élite brasileña, los parajes de ensueño y todos sus contrarios. «Hueles a bacalao y lluvia vieja», reza un verso sobre el mar que ve desde su lujoso apartamento, frente a la playa de Leblón. El desencanto ya había hecho mella en Bishop, así como hizo mella en Rosa Chacel, Manuel Puig y Stefan Zweig, los otros autores en quienes Montes pone su atención, varados los cuatro en el paraíso. Al que menos cancha le da quizá sea Zweig. El famoso escritor austríaco terminó sus días en Río, y de la manera más escabrosa posible, junto a su amante, tras el largo exilio al que el nazismo le obligó. Murió encorbatado y trajeado, en la cama, a causa de la dosis letal que se había preparado, la misma que tomó su amante una vez Zweig hubo sucumbido a sus efectos. Ingirió la misma dosis y se tumbó a su lado, medio abrazada al escritor, lo que dio lugar a una macabra estampa, ya bastante divulgada.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/08/89FILEminimizer.jpg"> </a></p>
<p>Aunque al hilo de la comunión de eventos en Brasil —del pasado Mundial de fútbol a los inmediatos Juegos Olímpicos—, hay que celebrar la publicación de la crónica literaria <em>Varados en Río</em> (Editorial Anagrama, 2016), del narrador madrileño Javier Montes (1976), un libro que nada tiene que ver con el turbo Brasil de hoy día pero que realza la fuerza, la fealdad urbana y el fulgor de Río de Janeiro y sus alrededores, un enclave que en ciertos momentos puede dar la impresión de paradisíaco. Las palabras se envenenan y chocan al hablar de Río, tal como escribió la poeta estadounidense Elisabeth Bishop: «Quienes visitan Río suelen exclamar: ¡Qué hermosa ciudad! Pero, antes o después, los más juiciosos acaban diciendo: No, no es una ciudad hermosa. Es sólo el emplazamiento más hermoso del mundo para una ciudad.»</p>
<p>Bishop fue a Río para una estancia de quince días y se quedó quince años, arropada por la élite brasileña, los parajes de ensueño y todos sus contrarios. «Hueles a bacalao y lluvia vieja», reza un verso sobre el mar que ve desde su lujoso apartamento, frente a la playa de Leblón. El desencanto ya había hecho mella en Bishop, así como hizo mella en Rosa Chacel, Manuel Puig y Stefan Zweig, los otros autores en quienes Montes pone su atención, varados los cuatro en el paraíso. Al que menos cancha le da quizá sea Zweig. El famoso escritor austríaco terminó sus días en Río, y de la manera más escabrosa posible, junto a su amante, tras el largo exilio al que el nazismo le obligó. Murió encorbatado y trajeado, en la cama, a causa de la dosis letal que se había preparado, la misma que tomó su amante una vez Zweig hubo sucumbido a sus efectos. Ingirió la misma dosis y se tumbó a su lado, medio abrazada al escritor, lo que dio lugar a una macabra estampa, ya bastante divulgada.</p>
<p>Zweig fue recibido en Brasil con todos los honores y escribió, servicial y agradecido, una especie de panfleto en forma de libro sobre las virtudes de su país de acogida. Montes se limita a mencionar ese texto, y hace bien, no fuera a perder el eje de la narración en palabras huecas. Y si Zweig es el autor del que menos habla, esto quizá se deba a que el austríaco no se prodigó demasiado en hablar de Brasil en sus papeles, más allá de dicho libro. Tanto Bishop como Chacel y Puig tuvieron una relación muy intensa y literaria con el país, y en particular con Río, reflejada en las obras literarias lo mismo que en su correspondencia. En el caso de Chacel, las cartas y los diarios toman un destacado protagonismo. En una dirigida a Ana María Moix se describe a sí misma entre la exhuberancia y alegría de Ipanema como una <em>camarrupa</em>, nombre que reciben ciertos espíritus que aparecen en las sesiones de ocultismo. Su exilio brasileño, dice, fue una «catástrofe a cámara lenta», hecho que se constata en los diarios, las cartas y también en <em>La sinrazón</em>, su novela total, que emerge del paisaje y los acontecimientos descritos por Montes como una auténtica <em>camarrupa</em>. Para el lector de <em>La sinrazón</em>, la novela y los personajes que la habitan cobran un peso, en el recorrido de Montes tras las huellas de Chacel, en ocasiones desconcertante y en otras revelador, tanto más en la medida en que Montes parece no haber leído la obra.</p>
<p>«Ciertas palabras —dice el narrador de <em>La sinrazón</em>—, que en el momento de ser pronunciadas sólo me parecieron una frase trivial, han llegado a señalar más tarde un punto culminante en mi vida.» Así Río de Janeiro, también, en la vida de estos autores que llegaron a la ciudad carioca, quizá no por una experiencia trivial, pero sí liviana, y se vieron atrapados en sus malignos contrastes. El propio Montes debió de ser víctima igual de Río, por lo que da a entender en el libro (acudió por amor y se quedó más tiempo del previsto, pasado ya el amor) y por su aparición en otras obras, como <em>Segunda parte</em> (2010). Montes es reincidente, y no en vano parece alertar al lector sobre el riesgo de aterrizar en Río y sufrir una transversalidad emocional, sensorial y aun estilística, de la que uno no se puede curar fácilmente. «¿Deberíamos habernos quedado en casa —se pregunta Bishop—/ dondequiera que esto sea?»</p>
<p>El único que quiso hacer de Río su casa fue Manuel Puig, autor ya de enorme éxito en ese momento, finales de los setenta, con miles de lectores y sus novelas llevadas a Hollywood. Puig siempre fue un autor muy cinematográfico, y lo que al fin le llevó a escribir novelas en vez de guiones fue, como él mismo dijo, la voz torrencial de sus tías: «Estaba planeando una escena de guión en que la voz de una tía mía introducía la acción en el lavadero de una casa. Esa voz tenía que abarcar no más de tres líneas, pero siguió sin parar unas treinta páginas. No hubo manera de hacerla callar. Sólo tenía banalidades que contar, pero me pareció que la acumulación de las banalidades daba un significado especial a la exposición.» Es la esencia que domina las novelas de Puig, en las que rara vez el narrador interviene, como en los guiones, junto con el imaginario cinematográfico. No sorprende, por tanto, descubrir que su biblioteca era más bien una videoteca, ni tener noticia del <em>cinito</em> que organizaba para sus allegados; sí llama la atención, en cambio, el fetichismo con que coleccionaba las cintas de vídeo, sobre las que grababa una y otra vez, dejando sólo las escenas que él consideraba. Aquélla en que tal actriz está más bella, aquélla en que tal otra pierde pie, aquélla en que se le descubre por vez primera la vejez.</p>
<p>Puig armaba sus propias películas sobre películas ya existentes, una afición que obliga a revisar el relato de Julio Cortázar “Queremos tanto a Glenda”. Es esto mismo lo que sucede, salvo que con los recursos de la ficción.</p>
<p>Los personajes de Cortázar no sólo son cinéfilos, sino verdaderos fans de Glenda Garson, quienes, insatisfechos con ciertas escenas en la carrera de la actriz, deciden cortar, modificar, alterar las bobinas hasta alcanzar la perfección que su fanatismo exige. «Llegamos al día en que tuvimos las pruebas de que la imagen de Glenda se proyectaba sin la más leve flaqueza; las pantallas del mundo la vertían tal como ella hubiera querido ser vertida.» El propósito de Puig distaba de esta perfección total que ansían los personajes de Cortázar, aunque la crueldad maniqueísta, al fin y al cabo, anda en ambos casos a la par. «Pero un poeta había dicho bajo los mismos cielos de Glenda que la eternidad está enamorada de las obras del tiempo. Usual y humano: Glenda anunciaba su retorno a la pantalla, las razones de siempre, la frustración del profesional con las manos vacías, un personaje a la medida.» ¿Qué hacer ante la posible profanación? Está claro que no se baja vivo de una cruz, y ellos iban a ofrecerle a Glenda la máxima perfección, última e inviolable, similar a la que Río ofrece a quienes la toman por el paraíso prometido.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en <a href="http://revistaparaleer.com/actualidad/bajarse-de-una-cruz-por-juan-bautista-duran/">Revista Eñe</a></p>
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