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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>¿Por qué tanto miedo al naranja o al lápiz?</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/por-que-tanto-miedo-al-naranja-o-al-lapiz/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 05 May 2021 11:19:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[elecciones]]></category>
		<category><![CDATA[Ernesto Escobar Ulloa]]></category>
		<category><![CDATA[Perú]]></category>
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					<description><![CDATA[El miedo a cualquiera de los dos candidatos es parte de nuestra inmadurez democrática. La sociedad movilizada peruana ya ha demostrado de lo que es capaz. Parecería que no se lo acabara de creer. ]]></description>
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<p></p>



<p>Por Ernesto Escobar Ulloa</p>



<p>El miedo a cualquiera de los dos candidatos es parte de nuestra inmadurez democrática.&nbsp;La sociedad movilizada peruana ya ha demostrado de lo que es capaz. Parecería que no se lo acabara de creer.&nbsp;</p>



<p>Por remontarme a uno de mis primeros recuerdos políticos, en 1987, movilizaciones de empleados bancarios (que luego apoyó Mario Vargas Llosa) acabaron con los planes de Alan García de estatizar la banca. Un Alan García socialista, vociferante y todavía harto popular.&nbsp; Cinco años después, si bien no fue el pueblo organizado, la comunidad internacional nos recordó que no estamos solos, que hay un tablero que no podemos patear: el golpe de estado de 1992, aunque tuvo un efecto devastador que aún estamos pagando, fue enmendado por la presión ejercida por la OEA, pese a que, con él, Alberto Fujimori alcanzó la cresta de su popularidad. Al acabar esa década, la Marcha de los Cuatro Suyos, si bien no derrumbó aquel régimen totalitario, lo hirió de muerte, sin que pudieran hacer nada por rescatarlo quienes habían sido su sustento: las Fuerzas Armadas, grandes empresas, la iglesia, el poder judicial y medios de comunicación. Un vídeo bastó para que se desplomara la dictadura.</p>



<p>El sistema judicial actual, con todas sus deficiencias, es el único en todo América latina que ha procesado y sentenciado a los cinco últimos presidentes, envueltos en el mayor caso corrupción del continente: Odebrecht. Sin contar que hace más de diez años Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos cumplen condenas por otros delitos. Alejandro Toledo está en vías de extradición. Los procesos de Ollanta Humala y Nadine Heredia siguen su curso, al igual que el de Pedro Pablo Kuszinksy. Keiko Fujimori ya estuvo en prisión preventiva, y actualmente se halla a la espera de un juicio de más de 13.000 folios por diversos delitos, como lavado de activos. Su partido, Fuerza Popular, está acusado por el fiscal José Domingo Pérez de ser, en verdad, una organización criminal.</p>



<p>Hace dos años, el dos veces presidente y líder del partido aprista, Alan García, acabó con su vida pegándose un tiro al verse acorralado por la justicia. &nbsp;Este noviembre pasado, el golpe de estado de Manuel Merino fue desarticulado en una semana por multitudinarias manifestaciones que se saldaron con dos víctimas mortales, los jóvenes Inti Sotelo y Bryan Pintado, convertidos hoy en día en mártires de la democracia, con una poderosa carga simbólica, que será difícil de olvidar. Es preciso recordar que dicha represión estuvo a cargo de un sector de la policía y que las Fuerzas Armadas no respondieron a las llamadas hechas desde el Palacio de Gobierno por ese presidente ilegítimo.</p>



<p>Es verdad que nos queda mucho por recorrer. El APRA y el fujimorismo, y otras fuerzas o líderes que se acercaron a su entorno de podredumbre, han pagado hoy las consecuencias. Al Fujimorismo sólo le falta la estocada final, una próxima derrota electoral podría significar su fin. Es cierto que la institucionalidad está por los suelos y que el Covid ha planteado una situación de crisis social, revelando la ausencia y la ineficacia del Estado, ya no sólo en los últimos años, sino en nuestra historia.</p>



<p>Hay señales de que la sociedad ha tomado conciencia de la necesidad de un cambio. Ésta debería ser la lectura de la primera vuelta de abril. El pueblo clama por lo básico: salud, educación, trabajo. Si seguimos sin poner freno a la desigualdad, no nos extrañe que regrese el terrorismo. Para ello no hay otro camino que políticas sociales. En otras palabras, el terror de los economistas: gasto público. No queda otra salida que una mejor redistribución de la riqueza. Estar a favor de ello no significa ser un comunista radical ni un terruco, como difunden los medios en su delirante programación. La tendencia a «terruquear» a todo aquel que desee modificar el modelo polariza la sociedad y le cierra las puertas al pluralismo político, ideológico. Tenemos que pasar página. Dejar de caer en el chantaje de la polarización. Empezar a dialogar. A tender puentes. A negociar.</p>



<p>Contar con empresas públicas no significa que vuelva el fantasma velasquista. El argumento autorracista de «esto es el Perú», «esto no es Europa», ya no vale. La corrupción está enquistada en la empresa privada igualmente y eso tampoco funciona. Lo que llaman el «modelo» es un mercantilismo corrupto que produce un monstruo llamado «brecha social» o, dicho en metálico, Sendero Luminoso, MRTA, narcotráfico y delincuencia. Si seguimos creyendo que a la delincuencia se la combate con más patrullas policiales y no con más colegios, escuelas técnicas, postas médicas, centros deportivos, bibliotecas…, es decir, oportunidades, estamos perdidos. Si seguimos creyendo que al comunismo retrógrado se le combate en contiendas electorales, pregúntele a Sendero Luminoso en qué fecha se produjo su primer atentado.</p>



<p>El libre mercado no es el problema. Quienes quieren un cambio no es que se quieran tumbar el libre mercado. Se quieren tumbar el capitalismo mercantilista. Quieren un libre mercado con gasto público, quieren un capitalismo social de mercado. Quieren transporte público de calidad, y no viajar como animales y perder tres o cuatro horas diarias. Quieren servicios sanitarios públicos de calidad, quieren colegios públicos equipados y escuelas técnicas públicas modernas, quieren pensiones con las que vivir decentemente. Para eso no queda otra que el gasto público, la creación de nuestro propio modelo de desarrollo con igualdad de oportunidades. La lectura de la primera vuelta no dice otra cosa que «no podemos esperar más, gasto público ya. Nos morimos».&nbsp;</p>



<p>Eso es Europa, eso es Noruega, Finlandia, Suecia, Dinamarca, Francia, Alemania, España…, eso es Singapur, China, Corea del Sur, Taiwán: escuelas públicas, universidades públicas, hospitales públicos, pensiones, centros cívicos, bibliotecas, polideportivos, becas, investigación. Quien quiera ir a lo privado que vaya, pero que no sea ésta la única opción ya que lo público es un desastre. Esos países tienen economías de mercado. Los cuatro tigres asiáticos pasaron de la miseria al desarrollo en menos de treinta años. Hay millones de peruanos que llevan treinta años escuchando hablar de un milagro que no acaba de llegar. Debemos aspirar a ser un país con alternancia, donde no represente sobresaltos ni una amenaza para nadie que entre la derecha o la izquierda. Para ello hacen falta acuerdos mínimos a mediano o largo plazo, en una misma dirección política respecto a los grandes temas, sanidad, economía, educación, reforma del estado, descentralización.</p>



<p>La sociedad civil tiene hoy en sus manos exigir estos acuerdos a los candidatos que pasaron a la segunda vuelta. Ambos apenas suman el veinte por ciento del total de los votos. Es decir, cuentan con el rechazo de un ochenta por ciento del país. ¿Por qué somos nosotros los que debemos tener miedo? ¿No deberían ser ellos?  ¿Se van a quedar de brazos cruzados ante los temibles atropellos los partidos de oposición y el congreso? ¿Qué hay del resto de la institucionalidad u otros agentes sociales: alcaldes, presidentes regionales, fiscalía, defensoría, ONGs, fundaciones, medios de comunicación, sindicatos, Fuerzas Armadas, empresarios, etc.? ¿Vamos a permitir que un presidente o una presidenta antipopular acabe con el sistema democrático desde uno solo de los poderes del Estado?  En lugar de verlo como una tragedia, deberíamos ver esta coyuntura como una oportunidad en la que, por fin, el poder lo tiene la ciudadanía, y que el ejecutivo nunca ha estado tan presionado como hoy para servirla.</p>



<p></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Tirarse la pera</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/tirarse-la-pera/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 14 Feb 2016 09:21:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[La presentación en Barcelona de Salvo el poder tuvo lugar un sábado a la hora del vermut, en Balius Bar, coctelería del Poblenou hermanada con la librería Nollegiu, de mudanza en esas fechas: abandonaba su primer local en la calle de la Amistad para instalarse en la Juanita, antigua tienda de moda que de algún modo habrá de quitarle el nombre a la librería. ¿Se irá a la Juanita en vez de a Nollegiu? La presentación reunió a una treintena de personas, algunas de las cuales estuvieron al día siguiente en la cadena humana que ayudó a trasladar los libros del espacio original al nuevo, situados en calles paralelas. Bonita iniciativa, sin duda, así como la charla entre Ernesto Escobar Ulloa y Santiago Roncagliolo, plagada de interesantes y reveladores momentos.
«Si hubiera vivido el terrorismo con la edad que ahora tengo, habría tenido mucho más miedo —reconoció Escobar Ulloa—. Teníamos que salir, que vivir… éramos medio inconscientes.» Por entonces, ambos tenían entre diez y veinte años, y por mucho que vivieran en barrios acomodados, estaban expuestos igual a los cortes de luz y a posibles atentados. «Salías a la calle y en los muros ponía “salvo el poder, todo es ilusión”, frase de Lenin que Sendero Luminoso tomó y que básicamente significaba que nada importaba con tal de alcanzar el poder —dijo Roncagliolo—, ni los nuestros ni los suyos, ni las casas derruidas ni los constantes apagones. Debíamos ir con velas a las fiestas porque sabíamos que nos iban a quitar la luz, y todos aprendimos a sellar las ventanas con cinta aislante.» Esto duró cerca de doce años, muy presentes en el libro de Escobar Ulloa, desde el primer relato. También el título, por supuesto, referente al lema de Sendero Luminoso y que tanto juego da. Salvo… ¿quién? Salvo todos. O salvo uno mismo, más bien.
Escobar Ulloa se preocupa de reflejar en estos relatos la vida cotidiana, más que las cuestiones de poder o políticas, más que las intríngulis luminosas y sangrientas. Las muertes están detrás de la pobreza y el malvivir del pueblo, que de pronto —zas— se ve envuelto en un atentado, en una explosión, en un robo. «Habla de la violencia de un modo abstracto››, destacó Roncagliolo; y así es, se nota en los quehaceres y en la manera de reaccionar de la gente, más que por sí misma, como queda patente en el relato “Padres de la patria”. Ahí está la idea del libro, es decir que son los ciudadanos de a pie, con sus necesidades básicas, quienes forman la patria. En el Perú de los años ochenta, sin embargo, la mayor parte tenía que robar y delinquir con tal de hacerse con ello, al margen de andar a la expectativa, a ver cuándo iba a ser el siguiente atentando. Una bomba o un puñado de muertos más, por desgracia, no eran sino meras cifras que engrosaban las estadísticas. «La violencia goteaba hacia dentro —dijo Roncagliolo—, por más que vivieras en un barrio pijo e intentaras aislarte.»						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>La presentación en Barcelona de <em>Salvo el poder</em> tuvo lugar un sábado a la hora del vermut, en Balius Bar, coctelería del Poblenou hermanada con la librería Nollegiu, de mudanza en esas fechas: abandonaba su primer local en la calle de la Amistad para instalarse en la Juanita, antigua tienda de moda que de algún modo habrá de quitarle el nombre a la librería. ¿Se irá a la Juanita en vez de a Nollegiu? La presentación reunió a una treintena de personas, algunas de las cuales estuvieron al día siguiente en la cadena humana que ayudó a trasladar los libros del espacio original al nuevo, situados en calles paralelas. Bonita iniciativa, sin duda, así como la charla entre Ernesto Escobar Ulloa y Santiago Roncagliolo, plagada de interesantes y reveladores momentos.</p>
<p>«Si hubiera vivido el terrorismo con la edad que ahora tengo, habría tenido mucho más miedo —reconoció Escobar Ulloa—. Teníamos que salir, que vivir… éramos medio inconscientes.» Por entonces, ambos tenían entre diez y veinte años, y por mucho que vivieran en barrios acomodados, estaban expuestos igual a los cortes de luz y a posibles atentados. «Salías a la calle y en los muros ponía “salvo el poder, todo es ilusión”, frase de Lenin que Sendero Luminoso tomó y que básicamente significaba que nada importaba con tal de alcanzar el poder —dijo Roncagliolo—, ni los nuestros ni los suyos, ni las casas derruidas ni los constantes apagones. Debíamos ir con velas a las fiestas porque sabíamos que nos iban a quitar la luz, y todos aprendimos a sellar las ventanas con cinta aislante.» Esto duró cerca de doce años, muy presentes en el libro de Escobar Ulloa, desde el primer relato. También el título, por supuesto, referente al lema de Sendero Luminoso y que tanto juego da. Salvo… ¿quién? Salvo todos. O salvo uno mismo, más bien.</p>
<p>Escobar Ulloa se preocupa de reflejar en estos relatos la vida cotidiana, más que las cuestiones de poder o políticas, más que las intríngulis luminosas y sangrientas. Las muertes están detrás de la pobreza y el malvivir del pueblo, que de pronto —zas— se ve envuelto en un atentado, en una explosión, en un robo. «Habla de la violencia de un modo abstracto››, destacó Roncagliolo; y así es, se nota en los quehaceres y en la manera de reaccionar de la gente, más que por sí misma, como queda patente en el relato “Padres de la patria”. Ahí está la idea del libro, es decir que son los ciudadanos de a pie, con sus necesidades básicas, quienes forman la patria. En el Perú de los años ochenta, sin embargo, la mayor parte tenía que robar y delinquir con tal de hacerse con ello, al margen de andar a la expectativa, a ver cuándo iba a ser el siguiente atentando. Una bomba o un puñado de muertos más, por desgracia, no eran sino meras cifras que engrosaban las estadísticas. «La violencia goteaba hacia dentro —dijo Roncagliolo—, por más que vivieras en un barrio pijo e intentaras aislarte.»</p>
<p>Para Escobar Ulloa hablar de otra cosa, aseguró, habría sido artificial. «El terrorismo está en mi memoria —enfatizó—. Nosotros fuimos los privilegiados, y eso es lo paradójico, cómo nos las arreglamos para ser felices en ese momento. Había toques de queda, pero…» No podían quedarse en casa a perpetuidad y dejar de vivir, a eso se refería, no podían dejar de ser y de disfrutar, a pesar de la amenaza constante. En una ocasión se dio a la fuga hacia la sierra, zona de Sendero Luminoso, un hecho que asombró a Roncagliolo, conocedor de los controles e impedimentos que había en las carreteras. En casa dejó una nota para su madre, conforme se declaraba responsable de sus actos, pasara lo que pasase. «Me tiré la pera», dijo, expresión que en español ibérico significa hacer novillos. Hay personajes en <em>Salvo el poder</em> que se tiran la pera, como los protagonistas del relato titulado “Juegos Olímpicos”, y en parte quienes asistieron al acto se tiraron igual la pera. Abandonaron sus obligaciones familiares, sus compromisos deportivos, su compra semanal en el supermercado… para acudir a una charla entre dos peruanos en una coctelería, algo que ninguna suegra podría aceptar, una excusa inválida, una falta de respeto, un despecho a la familia.</p>
<p>Escobar Ulloa tomaba un gin-tonic y Roncagliolo un cóctel rojo que mandó rellenar un par de veces. También los asistentes estaban bien servidos, los que más con vermut, bebida oficial a esas horas y bebida inspiradora si uno anda en buena compañía. Merece la pena tirarse la pera por un vermut, y más aún por un libro como <em>Salvo el poder</em>, debut literario de un autor que sabe medir la tensión narrativa y habla de su aldea, como se suele decir, para llegar a la de todos. El brindis fue unánime, y aunque algunos no osaron entrar, por temor a colapsar el espléndido local, los que atendieron a las explicaciones de ese dúo peruano ejercieron de padres de una patria nada despreciable.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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