<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Editorial Comba | </title>
	<atom:link href="https://editorialcomba.com/tag/octavio-paz/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://editorialcomba.com</link>
	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
	<lastBuildDate>Wed, 12 Jan 2022 10:05:35 +0000</lastBuildDate>
	<language>es</language>
	<sy:updatePeriod>
	hourly	</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>
	1	</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=6.9.4</generator>

<image>
	<url>https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2014/02/cropped-logo_c_comba-32x32.png</url>
	<title>Editorial Comba | </title>
	<link>https://editorialcomba.com</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
	<item>
		<title>Terapia de lectura</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/terapia-de-lectura/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 11 Jan 2022 11:19:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Cortázar]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Octavio Paz]]></category>
		<category><![CDATA[sillón]]></category>
		<category><![CDATA[Szymborska]]></category>
		<category><![CDATA[terapia]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://editorialcomba.com/blog/entre-la-realidad-y-su-imagen-escrita-copy/</guid>

					<description><![CDATA[La posición puede variar en función del peso del libro y de su temática, incorporando más o menos la espalda, con el consiguiente desplazamiento del centro de gravedad. El cuerpo debe ejercer a su vez de muesca para el texto, facilitando que la cresta de la ola resuene al llegar a la orilla, la sombra de un hombre cruja en el quicio de la puerta y el tiempo fluya sigiloso, imperceptible.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>No se suele hablar de la posición en que leemos y es algo sin duda básico para que la lectura fluya. Requiere de unas instrucciones, como quien dice, y a los profesores de lengua y literatura habría que pedirles también unas lecciones al respecto. Instrucciones para leer, tal cual, del mismo modo que Julio Cortázar daba instrucciones para bajar las escaleras, para darle cuerda al reloj o para llorar, incluido el tiempo recomendado. El llanto, decía, debe durar unos tres minutos. ¿Y la lectura de una obra de narrativa? Más que la de poesía y menos que la de un cómic. Aunque eso dependerá mucho, es cierto, del hábito y el humor de cada uno.</p>



<p>Hay que ser un llorón experimentado y tener una pena muy honda para que el llanto se extienda más allá de los tres, cinco o diez minutos, tiempo recomendado por un Cronopio que con probabilidad nunca midió en serio la pena de un Fama. Para el llanto, como para la lectura, lo mejor es no fijarse demasiado en el reloj. La posición sí es importante, y hablar de ella en clase podría ayudar a los alumnos en cuyas casas se lee poco a acceder mejor a ciertos textos. Se habla de posiciones y posturas para muchos menesteres, pero rara vez, y eso que es indispensable, para la lectura. No basta con decir «en una posición cómoda», lo cual es obvio, casi una bravuconada, puesto que la incomodidad es la antesala del fracaso.</p>



<p>Se puede leer en la cama, en un sofá, en un sillón de base profunda y ancha como en el que estoy pensando, de color negro, con las piernas estiradas o bien dobladas, sentados a una mesa, de pie… e incluso hay quienes lo asocian a una especie de terapia laxante. No parece lo más apropiado. Lo que está claro es que a algunos lectores, al proferir sus airadas opiniones literarias, la pregunta que deberíamos hacerles es ésta: ¿Cómo lee usted? Es decir, cuando se dispone a leer, ¿cómo sitúa el cuerpo respecto al suelo y al propio libro? Y aún es más, ¿dónde lo hace? Es bien sabido que para acceder a la intimidad de las personas, más que las fechas o las ilusiones, es preciso conocer su ubicación, en qué lugares gustan de relajarse y solazarse. No es raro sentir curiosidad por ver la casa, el despacho, el estudio o el refugio de tal o cual persona, puesto que es ahí, en ese espacio propio, donde descubrimos su parte más callada. Por eso al decir «y a ti…, ¿cómo te gusta leer?» incurrimos casi en una indiscreción.</p>



<p>«¿De dónde surge el espacio que hay en mí?», se cuestionaba Wislawa Szymborska, en un verso que, en parte, ha de encontrar su respuesta en la lectura. En ella estamos abriendo todo el rato puertas y compartimentos que, si bien pueden estar vacíos, carecer de un verdadero interés, fomentan con su mera presencia e interpelación la puesta en marcha de nuestro intelecto. Llamémosle imaginación o aun memoria, tal como sugería Octavio Paz. La memoria, daba a entender éste, es el auténtico detonante de la creación. A ella remitía su excelsa obra poética y ensayística, en la medida en que da lugar al «espacio» mencionado por la poeta polaca.</p>



<p>«La vida dura unos signos trazados a uña sobre la arena», escribe Szymborska en el mismo poema<a href="#_ftn1">[1]</a>. Y en esos signos cual muescas habremos de acomodar el cuerpo: primero el trasero, seguido de la espalda; la nuca, que no quede del todo caída, sino relajada; las piernas, en una extensión variante entre los ciento cincuenta y los ciento ochenta grados; y por último, con el libro ya en la mano, conviene que los codos estén bien apoyados y permitan, en un ángulo a poder ser obtuso, la cómoda sujeción del libro y una lectura adecuada. Esta posición puede variar en función del peso del libro y de su temática, incorporando más o menos la espalda, con el consiguiente desplazamiento del centro de gravedad. El cuerpo debe ejercer a su vez de muesca para el texto, facilitando que la cresta de la ola resuene al llegar a la orilla, la sombra de un hombre cruja en el quicio de la puerta y el tiempo fluya sigiloso, imperceptible.</p>



<p>Este largo exordio sirve para volver al sillón negro, de base profunda y ancha, que antes mencioné y fue durante unos años base de mi calma, cobijo de grandes lecturas. Sin embargo, tras una remodelación obligada del espacio, no hay manera de encontrarle acomodo. Y hace años también de eso. Cuando no es una cuestión espacial, lo es lumínica. El reposo que en él sentía se salía de lo normal, no era, digamos, comprensible, del mismo modo que un amor feliz escapa a la normalidad. Y cuesta verlo ahí, inútil, en su enésima ubicación, cuando fue con diferencia el mejor anfitrión de mis lecturas.</p>



<p>Quizá deba deshacerme de él. Pruebo entre tanto a sentarme en otros sitios, alternando aquí y allá, sin más, que uno sin leer no es nada, pero la presencia del sillón es también su recuerdo y complica los demás aposentos. Puede que, por ello, no haya apreciado algunas lecturas o bien las haya malinterpretado, ofuscada la mente entre la posición de la espalda y el temblor de un brazo; puede incluso que parte de mi imaginación —«el espacio que hay en mí»— surgiera de ese sillón y que su memoria no me deje leer tranquilo, incapaz de abstraerme por completo. Tengo que deshacerme de él, en serio, pero no es fácil. ¿Cómo se prescinde de un amor feliz?</p>



<p></p>



<p></p>



<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> Ambos versos corresponden al poema titulado ‘El gran número’ (1976), en traducción de Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski.</p>



<p>© de la imagen: pintura de Guillermo Martí Ceballos, 2008</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Alto grito amarillo</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/alto-grito-amarillo/</link>
					<comments>https://editorialcomba.com/blog/alto-grito-amarillo/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 Dec 2015 20:58:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Ana Nuño]]></category>
		<category><![CDATA[Andreu Jaume]]></category>
		<category><![CDATA[Barcelona Pipa Club]]></category>
		<category><![CDATA[Carson McCullers]]></category>
		<category><![CDATA[Chantal Maillard]]></category>
		<category><![CDATA[Colin Barrett]]></category>
		<category><![CDATA[Cristina Fernández Cubas]]></category>
		<category><![CDATA[Cristina Morales]]></category>
		<category><![CDATA[Edgardo Dobry]]></category>
		<category><![CDATA[Édouard Louis]]></category>
		<category><![CDATA[Encuentro Albor]]></category>
		<category><![CDATA[Esmeralda Berbel]]></category>
		<category><![CDATA[Fiston Mwanza]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía de lo inútil]]></category>
		<category><![CDATA[Glaciar]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo Torné]]></category>
		<category><![CDATA[Ignacio Vidal-Folch]]></category>
		<category><![CDATA[Javier Pérez Andújar]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Gómez Bárcena]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Pablo Villalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Marcos Giralt Torrente]]></category>
		<category><![CDATA[Marina Perezagua]]></category>
		<category><![CDATA[Matías Correa]]></category>
		<category><![CDATA[Octavio Paz]]></category>
		<category><![CDATA[Yannick García]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.editorialcomba.com/?p=1177</guid>

					<description><![CDATA[Ya van diecinueve Encuentros Albor, y parecía que nadie se había dado cuenta, sólo los que de manera directa o indirecta habían participado en los Encuentros. Al decimonoveno, sin embargo, acudió una cantidad de gente capaz de sorprender al más pintado, en la nueva ubicación del Barcelona Pipa Club (c/ Santa Eulalia, 29), espacio adecuado para este tipo de actos y para juergas de toda índole, después del ritual pipero de los socios. Ellos se reúnen en una sala privada, al fondo del fondo del local, para que nadie les pueda molestar, ni siquiera la aparición de un espontáneo con la cabeza caliente apelando a la patria y a la vulgaridad como otros apelan a la autenticidad. La diferencia es mínima, de más está decirlo, en unos gramos de equis o en una copa de más. El espontáneo tomó el escenario tras la lectura de Marina Perezagua para reclamar la atención que merecía su hermano, presente en el acto y autor del texto que el susodicho echó a leer.
Pasada la broma inicial, la astracanada tomó unos tintes violentos, al punto de que varios presentes tuvieron que intervenir con tal de que el acto pudiera desarrollarse conforme estaba previsto. En primer lugar, leyó el autor de origen congoleño Fiston Mwanza, seguido de Marina Perezagua, cuya novela Yoro tiene bastante que ver con el Congo, y finalmente Juan Pablo Villalobos, autor mexicano que supo tomar con humor la intervención del espontáneo. ¿Cómo hacer frente a la lectura en público de los escritores?, dijo al subirse al escenario, con una clara voluntad de quitarle hierro a la astracanada previa, a la locura del espontáneo, reducido al final contra una pared a manos de otros escritores salvajes. ¿Algún policía en la sala? No, la lectura no está llegando tan lejos, sólo en parte, en la medida en que un joven de no más de veinticinco años puede interrumpir un acto literario para reclamar la atención que su hermano merece, escondido éste en un rincón del Pipa Club, incapaz de decir esta opereta es mía. Gran lección para él, ante un público a todas luces neutral, el ridículo de su hermano en pos de un texto trufado de banalidades y lugares comunes, que se multiplicaban e incendiaban a cada momento, cuando la gente estaba pidiendo orden, que se retirara, que permitiera el correcto desarrollo del Albor. ¿Algún policía en la sala? A falta de las fuerzas armadas, buenos son los hombres de letras.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Ya van diecinueve Encuentros Albor, y parecía que nadie se había dado cuenta, sólo los que de manera directa o indirecta habían participado en los Encuentros. Al decimonoveno, sin embargo, acudió una cantidad de gente capaz de sorprender al más pintado, en la nueva ubicación del Barcelona Pipa Club (c/ Santa Eulalia, 29), espacio adecuado para este tipo de actos y para juergas de toda índole, después del ritual pipero de los socios. Ellos se reúnen en una sala privada, al fondo del fondo del local, para que nadie les pueda molestar, ni siquiera la aparición de un espontáneo con la cabeza caliente apelando a la patria y a la vulgaridad como otros apelan a la autenticidad. La diferencia es mínima, de más está decirlo, en unos gramos de equis o en una copa de más. El espontáneo tomó el escenario tras la lectura de Marina Perezagua para reclamar la atención que merecía su hermano, presente en el acto y autor del texto que el susodicho echó a leer.</p>
<p>Pasada la broma inicial, la astracanada tomó unos tintes violentos, al punto de que varios presentes tuvieron que intervenir con tal de que el acto pudiera desarrollarse conforme estaba previsto. En primer lugar, leyó el autor de origen congoleño Fiston Mwanza, seguido de Marina Perezagua, cuya novela <em>Yoro</em> tiene bastante que ver con el Congo, y finalmente Juan Pablo Villalobos, autor mexicano que supo tomar con humor la intervención del espontáneo. ¿Cómo hacer frente a la lectura en público de los escritores?, dijo al subirse al escenario, con una clara voluntad de quitarle hierro a la astracanada previa, a la locura del espontáneo, reducido al final contra una pared a manos de otros escritores salvajes. ¿Algún policía en la sala? No, la lectura no está llegando tan lejos, sólo en parte, en la medida en que un joven de no más de veinticinco años puede interrumpir un acto literario para reclamar la atención que su hermano merece, escondido éste en un rincón del Pipa Club, incapaz de decir esta opereta es mía. Gran lección para él, ante un público a todas luces neutral, el ridículo de su hermano en pos de un texto trufado de banalidades y lugares comunes, que se multiplicaban e incendiaban a cada momento, cuando la gente estaba pidiendo orden, que se retirara, que permitiera el correcto desarrollo del Albor. ¿Algún policía en la sala? A falta de las fuerzas armadas, buenos son los hombres de letras.</p>
<p>Nada tenía que ver el espontáneo con los Albor, encuentros organizados por la agente literaria Sandra Pareja donde se intenta dar voz tanto a autores reconocidos como a autores minoritarios, de modo que sus textos convivan y puedan nutrirse unos de otros. Impresionante fue en este decimonoveno Albor la lectura de Fiston Mwanza, puro vigor y pasión, interesante la de Perezagua y divertida la de Villalobos.</p>
<p>‹‹Y como no había manera de desmentirlos, los rumores crecieron en esplendor y realidad: cada hombre transformó el mundo en aquello que deseaba que fuese.›› La cita, de la escritora estadounidense Carson McCullers, es el lema que Pareja usó para este Albor. Sirve para el proyecto en sí, en verdad, cuya voluntad radica en dar relevancia a voces tanto poéticas como narrativas, con tal de crear un imaginario lo más ajustado posible a su idea del mundo. Los primeros Encuentros tuvieron lugar en el Glaciar, antiguo bar de la Plaza Real donde antaño se dieron los primeros premios Nadal de novela, y a partir del cuarto en el Barcelona Pipa Club, entonces sito también en la Plaza Real, lugar entrañable pero demasiado clandestino para seguir organizando cualquier tipo de actividad social. Por ahí pasaron autores de la talla de Javier Pérez Andújar, Gonzalo Torné, Chantal Maillard, Ana Nuño o Ignacio Vidal-Folch, entre otros, a quienes Pareja convenció para alumbrar ese rincón umbrío de la literatura, donde se lee por leer, por el mero placer de escuchar el sonido de las letras y de saberse escuchado, de tener un público y ver en su rostro el efecto de la lectura. Para eso hace falta alguien que tome las letras por amor al arte y sepa ver un diálogo en la diversidad creativa.</p>
<p>En el decimoséptimo Albor, por ejemplo, Matías Correa leyó un fragmento de <em>Geografía de lo inútil</em>, acompañado por el autor irlandés Colin Barrett y por Cristina Fernández Cubas, dama del cuento español, tan receptiva y astuta que habría sido capaz de convencer al espontáneo de turno para que leyera hasta extenuarse, hasta que nadie lo aguantara y se quedara afónico, consumido el físico por la voz, más raquítico a cada párrafo, a cada línea y a cada palabra, pero convencido de que leer en los Encuentros Albor es un privilegio al que sólo unos pocos tienen acceso. Entre ellos se cuentan, además de los ya citados, Marcos Giralt Torrente, Cristina Morales, Juan Gómez Bárcena, Andreu Jaume, Edgardo Dobry, Édouard Louis, Yannick García, Esmeralda Berbel…, nombres a los que el espontáneo quería añadir el de su hermano, con un texto rabioso y subversivo, de palabrotas ensangrentadas, poco inteligente para un marco que promueve la afinidad y devoción hacia la lectura. Los Encuentros Albor irradian un alto y sano grito amarillo, como diría Octavio Paz, una historia que trepa las páginas y se extiende.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://editorialcomba.com/blog/alto-grito-amarillo/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Apellidos</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/apellidos/</link>
					<comments>https://editorialcomba.com/blog/apellidos/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 21 May 2015 08:47:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[apellidos]]></category>
		<category><![CDATA[Arturo Belano]]></category>
		<category><![CDATA[calle Tallers]]></category>
		<category><![CDATA[elecciones]]></category>
		<category><![CDATA[Francis Bacon]]></category>
		<category><![CDATA[García Madero]]></category>
		<category><![CDATA[Iglesia Católica]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Los detectives salvajes]]></category>
		<category><![CDATA[Mario Benedetti]]></category>
		<category><![CDATA[nombres]]></category>
		<category><![CDATA[Octavio Paz]]></category>
		<category><![CDATA[política]]></category>
		<category><![CDATA[Real Académica de la Lengua]]></category>
		<category><![CDATA[Roberto Bolaño]]></category>
		<category><![CDATA[Ulises Lima]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.editorialcomba.com/?p=813</guid>

					<description><![CDATA[¿Por qué habría de ser guapo? ¿O guapa? ¿Guapos? La lista es larga y trae en torno a cuarenta nombres, con unos pocos suplentes, por si las moscas, no fuera a llevarse el telón alguna alma cándida, hija de la duda, mejor preparada para el ejercicio literario que para el político.
En inmediatas fechas habrá elecciones municipales y regionales, y en fechas no tan inmediatas pero sí próximas, generales, con la retahíla de colores y promesas propia de todo periodo electoral, y también la de nombres. Nada más fascinante en estos períodos que asomarse a las papeletas de cada partido y leer el nombre y apellidos de sus candidatos. De cada apellido podría salir un personaje de ficción. Y lo que es peor, sale, salvo que en clave política. No importa si es guapo o no, si tiene mejor o peor dicción, si la mirada es directa o dispersa; lo que de veras hace al personaje es el apellido, o aun el nombre, en caso de ser muy particular, tipo Jeremías, Rita o Gumersindo; Feliciana, Gertrudis o Roberto.
En el último ejemplo, claro está, el nombre no sería tan determinante. Habría que asomarse al apellido para captar su razón de ser. Roberto es un nombre común en todas las Españas, si expresión tan machadiana se nos permite. Los hay de toda clase y condición: ciclistas, profesores, lingüistas, cabreros, senadores, doctores, etcétera, lejos ya de los dos Robertos canonizados por la Iglesia Católica, De Molesmes y Belarmino, dos hombres tercos y abnegados. Vistos hoy, sendos Robertos muestran un gran perfil para la ficción —sobre todo, Belarmino—, excelentes personajes ya no sólo para el ojo atormentado de Francis Bacon, el pintor, sino para el análisis de un autor literario.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>¿Por qué habría de ser guapo? ¿O guapa? ¿Guapos? La lista es larga y trae en torno a cuarenta nombres, con unos pocos suplentes, por si las moscas, no fuera a llevarse el telón alguna alma cándida, hija de la duda, mejor preparada para el ejercicio literario que para el político.</p>
<p>En inmediatas fechas habrá elecciones municipales y regionales, y en fechas no tan inmediatas pero sí próximas, generales, con la retahíla de colores y promesas propia de todo periodo electoral, y también la de nombres. Nada más fascinante en estos períodos que asomarse a las papeletas de cada partido y leer el nombre y apellidos de sus candidatos. De cada apellido podría salir un personaje de ficción. Y lo que es peor, sale, salvo que en clave política. No importa si es guapo o no, si tiene mejor o peor dicción, si la mirada es directa o dispersa; lo que de veras hace al personaje es el apellido, o aun el nombre, en caso de ser muy particular, tipo Jeremías, Rita o Gumersindo; Feliciana, Gertrudis o Roberto.</p>
<p>En el último ejemplo, claro está, el nombre no sería tan determinante. Habría que asomarse al apellido para captar su razón de ser. Roberto es un nombre común en todas las Españas, si expresión tan machadiana se nos permite. Los hay de toda clase y condición: ciclistas, profesores, lingüistas, cabreros, senadores, doctores, etcétera, lejos ya de los dos Robertos canonizados por la Iglesia Católica, De Molesmes y Belarmino, dos hombres tercos y abnegados. Vistos hoy, sendos Robertos muestran un gran perfil para la ficción —sobre todo, Belarmino—, excelentes personajes ya no sólo para el ojo atormentado de Francis Bacon, el pintor, sino para el análisis de un autor literario.</p>
<p>En esos andurriales podrían haberse metido, trasladada la cuestión a nuestro tiempo, los detectives de Roberto Bolaño, en una errancia poética más, esta vez con salmos, a través de pelafustanes y continentes, asesinatos y manicomios, en busca del hipotético segundo apellido de sendos Robertos y de su rancio valor poético. El de Bolaño siempre estuvo más bien en la sombra, oculto tras la eufonía de las seis sílabas que componen su nombre y primer apellido. Por eso llama la atención que el Ayuntamiento de Barcelona, al dedicarle una placa en la fachada del edificio de la calle Tallers donde residió —número 45—, optara por poner su nombre completo, Roberto Bolaño Ávalos, en vez de recordarlo simplemente con el nombre por el que es conocido en medio mundo. Es probable que en la decisión haya intervenido la familia y por lo tanto no sea un capricho del Ayuntamiento, pero aun así suena raro, como a cuestión oficial, a papeleta de partido político. Nombre, primer apellido, segundo apellido. Doy mi voto a la candidatura presentada por…</p>
<p>En su novela <em>Los detectives salvajes</em>, Bolaño da voz a una cuarentena de personajes, con un espacio muy marcado para cada uno, como en un parlamento. ‹‹Mi novela tiene casi tantas lecturas como voces hay en ella —dijo—. Se puede leer como una agonía. También se puede leer como un juego.›› Apenas diez de estos personajes, sin embargo, aparecen con el segundo apellido. Tampoco los detectives en cuestión, Arturo Belano y Ulises Lima, constan para el lector de segundo apellido, sólo el narrador inicial, el poeta Juan García Madero, un chico de diecisiete años a través de cuyo testimonio empiezan a hablar Belano y Lima. La voz de García Madero es tan sincera y candorosa que tiene un punto colegial, y es allí nada menos, en los colegios, donde cada cual toma conciencia de su nombre completo. Sólo algunos logran quitarse peso nominal antes de sacarse el expediente. Otros ni lo intentan, en cambio: ponen sus apellidos por delante y hacen del colegio un modelo para la vida, hasta dar con ellos en una lista electoral o en el comité ejecutivo de cualquier empresa de oscuro capital. Depende del apellido con el que cada cual se haya educado, un juego o una agonía, esto es, mucho más que del aspecto.</p>
<p>Bolaño dio con los suyos en esta placa de la calle Tallers, a los doce años de su muerte. Llama la atención también que se lo recuerde como ‹‹escritor y poeta››, lo que así dicho es redundante. Lo más correcto sería decir ‹‹narrador y poeta››, puestos a detallar, o nada más que ‹‹escritor››. ¿O acaso la poesía es un género al margen de la escritura? No es poco habitual esta redundancia, ‹‹escritor y poeta››, cuando lo uno incluye lo otro. Escritor es la persona que escribe, según la Real Académica de la Lengua, y poeta, el que lo hace en verso. A Mario Benedetti también se lo recuerda como ‹‹escritor y poeta››, por ejemplo, y a Octavio Paz, cuando en su caso, además de diplomático, habría que decir ‹‹ensayista y poeta››.</p>
<p>Los ejemplos son infinitos, y claro está que de menor orden, gentes de letras que se otorgan el adjetivo poeta después de escritor para darse brillo, como si lo primero fuera vago, aunque indispensable. No prescinden de ello. Poeta o dramaturgo o columnista acompañan al general ‹‹escritor›› como ciertos apellidos al nombre, para darse brillo, para demostrar de qué fuente beben y cuáles son sus antepasados.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2015/05/Una-placa-recuerda-que-en-la-c_54429732866_54028874188_960_639.jpg"><br />
</a></p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://editorialcomba.com/blog/apellidos/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
			</item>
		<item>
		<title>La piel del otro</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/la-piel-del-otro/</link>
					<comments>https://editorialcomba.com/blog/la-piel-del-otro/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 19 Apr 2015 20:34:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto Méndez]]></category>
		<category><![CDATA[Andrea Jeftanovic]]></category>
		<category><![CDATA[Eduardo Lago]]></category>
		<category><![CDATA[escritores]]></category>
		<category><![CDATA[Gesualdo Bufalino]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Carlos Onetti]]></category>
		<category><![CDATA[letras hispanas]]></category>
		<category><![CDATA[Octavio Paz]]></category>
		<category><![CDATA[Ortega y Gasset]]></category>
		<category><![CDATA[Rodrigo Fresán]]></category>
		<category><![CDATA[vocación literaria]]></category>
		<category><![CDATA[voluntad literaria]]></category>
		<category><![CDATA[Yo]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.editorialcomba.com/?p=740</guid>

					<description><![CDATA[Sobre los escritores dijo Rodrigo Fresán que son aquellas personas que durante la infancia aprenden a refugiarse en sus propias fantasías, en la voz de algún piadoso narrador en lugar de las voces de quienes les rodean. Es una cuestión muy latente esta del momento en que un escritor empieza a serlo, seguida de su misma condición. ¿Qué es un escritor? Aparece lo mismo en sesudos ensayos que en debates de poca monta, ya no tanto en prensa, quizá, como al calor de la barra de un bar, entre canciones trilladas e ilusiones sazonadas.
La fuerza del yo es la que determina la vocación literaria, aunque ese yo, por más paralelismos que tenga con la infancia, no tiene por qué darse entonces. No son pocos los escritores cuya vocación se confirmó más adelante, en edades incluso maduras —Eduardo Lago, Gesualdo Bufalino, Alberto Méndez—, y no por ello su creación es menos imaginativa ni se resiente de la espontaneidad y el brillo propios de las edades mancebas. El hombre es imaginación y deseo, pero también, como repitió infinitas veces Ortega y Gasset, él mismo y sus circunstancias, que son al fin las que dan más o menos cancha a sus apetencias.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Sobre los escritores dijo Rodrigo Fresán que son aquellas personas que durante la infancia aprenden a refugiarse en sus propias fantasías, en la voz de algún piadoso narrador en lugar de las voces de quienes les rodean. Es una cuestión muy latente esta del momento en que un escritor empieza a serlo, seguida de su misma condición. ¿Qué es un escritor? Aparece lo mismo en sesudos ensayos que en debates de poca monta, ya no tanto en prensa, quizá, como al calor de la barra de un bar, entre canciones trilladas e ilusiones sazonadas.</p>
<p>La fuerza del yo es la que determina la vocación literaria, aunque ese yo, por más paralelismos que tenga con la infancia, no tiene por qué darse entonces. No son pocos los escritores cuya vocación se confirmó más adelante, en edades incluso maduras —Eduardo Lago, Gesualdo Bufalino, Alberto Méndez—, y no por ello su creación es menos imaginativa ni se resiente de la espontaneidad y el brillo propios de las edades mancebas. El hombre es imaginación y deseo, pero también, como repitió infinitas veces Ortega y Gasset, él mismo y sus circunstancias, que son al fin las que dan más o menos cancha a sus apetencias.</p>
<p>El verdadero escritor surge ahí donde parece que no hay nada ni nadie, en la última frontera, en palabras de Octavio Paz, con un discurso, ya sea narrativo o poético, que rompe los moldes preestablecidos sin importarle demasiado en qué grado los suyos van a adaptarse. El propio Fresán es un ejemplo de escritor ubicado en un confín, con una obra que bebe en mayor medida de otra tradición, la norteamericana, pero se inserta en las letras hispanas, para alegría o disgusto de quienes se hayan adentrado en sus páginas. A cada libro da un paso más en busca de esa frontera ficticia que lo defina y consagre. ‹‹Quien cree en el amor —decía en uno de sus primeros títulos— está capacitado para creer en cualquier cosa.›› Motivos como éste son a la postre los que determinan la trayectoria de un autor (lo mismo sirve esto para cualquier otra arte) y marcan la frontera en que va a ubicarse, el espacio en torno al cual va a crear su imaginario.</p>
<p>Más que la infancia, a la hora de urdir los primeros pasos de un escritor tiene un peso significativo la juventud y su inherente disconformidad. También la mentira, por supuesto, elemento de lo más creativo. Ya lo dijo Onetti, aunque en otras palabras: ‹‹empecé a escribir cuando tomé conciencia de la mentira››. El caso de Onetti es el de un autor que desde muy pronto fue escritor, a su manera, claro está, gracias a unos diarios personales en los que nada era verdad y se divertía leyéndoselos a su hermana. El entorno del escritor en su primera juventud, tanto físico como social, es clave para su obra posterior. Por lejos que se vaya o mucho que quiera disimularlo, de ese entorno inicial dependerá su capacidad para creer en el amor, siguiendo con la cita de Fresán, y de ahí su voluntad literaria derivará hacia uno u otro lado.</p>
<p>Lo que no está nada claro, sin embargo, es la sentencia tan socorrida de que cada escritor escribe el libro que quisiera leer. Esta idea se confunde con el hecho de que todo autor se inmiscuye en una historia porque quiere, en primer lugar, encontrar y sacar algo de ella, y en segundo lugar, a poder ser, transmitir ese conocimiento a terceros. Pero no para ser el lector ideal del libro, sería absurdo. No es cuestión de ponerse con la escritura de un libro que nos vaya a dar rabia o náuseas leer, esto es obvio, pero de ahí a ser el lector ideal hay un trecho. La literatura debe hallarse en un punto intermedio, muy cerca del autor, sí, en las entrañas mismas, pero lejos de su ego; es decir, ahí donde uno habla de su aldea de tal manera que cualquier lector pueda ver en ella un reflejo de la suya.</p>
<p>El escritor dará forma a su imaginario, ésta es su labor, y para ello miente y falsea cuanto la verosimilitud le permite. Acude también al encuentro de numerosos personajes, a veces demasiados, salidos unos de la barra de un bar y otros de las regiones más íntimas, pero todos responden a la necesidad final de ser otra persona. Una, dos, tres o las que hagan falta. ‹‹Me interesa la literatura como posibilidad de ser otro››, dice Andrea Jeftanovic, y éste es el punto en que el escritor se hace, cuando ya no sólo se trata de llevar la contraria, sino de ponerse en la piel del otro.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://editorialcomba.com/blog/la-piel-del-otro/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
			</item>
	</channel>
</rss>
