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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Malditas imágenes</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Nov 2017 21:59:31 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Tras los atentados de agosto en Barcelona, cuyo drama no merece nuevos adjetivos, nos enredamos los españoles en cuestiones de política menor para tapar fallos en el funcionamiento interno de las fuerzas de seguridad y eludir de pasada la magnitud de la tragedia; es decir, que el origen y la causa de esa barbarie escapa a las medidas y costumbres de nuestra sociedad. Y a por ella van, nada menos. A los terroristas islámicos poco les importa el perfil político de quien gobierne el país, sino nuestro orden social, el modus vivendi que en Occidente se estila y cuyo fin, aunque parezca mentira, es el respeto y la erradicación de las ideas extremas.
Y tenemos miedo, claro, tenemos miedo porque detrás de nuestra sociedad hay una filosofía (un dogma, si se quiere) que rechaza esos actos y además no los comprende. Nosotros, los infieles, no sabemos dónde saltará la próxima chispa, a dónde habrá que mandar a los servicios de urgencia y por tanto poner el foco. Quizá ni los próximos terroristas los sepan. Quizá el próximo mártir todavía no recibió la bendición de su líder. Entonces le darán otra fecha, un silogismo similar al de Barcelona, a las 17h del día 17 del mes 8 (1+7) del año 2017, para que, más allá de la barbarie que logre perpetuar, alcance a poner su voluntad en la retina del mundo occidental. Habrá imágenes por doquier, una atención global que una vez más hará de la guerra el centro del universo. Lo dijo Homero, si bien con mejores palabras: el hombre se cansa de amar, de comer, de construir, pero nunca de hacer la guerra. Y en tiempos modernos, desde otro punto de vista, el ensayista francés Jean-Yves Jounnais razonó que la evolución del hombre está en la medida en que logra sobrevivir a la guerra. Pero la guerra permanece. Es un negocio; y una fe también, por la que ningún dios aboga pero todos la disculpan.
Uno puede renunciar a Satanás y al mismo tiempo ordenar la muerte de su mayor enemigo, como se ha visto numerosas veces a lo largo de la historia. Lo que es inaudito, en cambio, es la necesidad actual de fotografiar, grabar y dar viva constancia de las atrocidades. Parecían retrasados mentales los soldados estadounidenses que grababan sus vejaciones a los presos durante la guerra de Irak, lo parecen los neonazis que cuelgan en Internet vídeos de sus actos vandálicos, y de igual modo lo parece la gente que el 17 de agosto se dedicó a sacar fotos y grabaciones del caos generado por la furgoneta a su paso por Las Ramblas, víctimas incluidas. ¿Qué necesidad tenían? ¿No les bastaba con presenciar ese horror? Sorprende que tuvieran la suficiente sangre fría como para apostarse a un lado y sacar fotos con el móvil, cuando no vídeos, acercándose a las víctimas. Uno diría que esa gente estaba aliada con los terroristas y que su función era la de dar mayor cobertura al atentado, ya que lo natural en esos casos es ayudar o huir despavorido.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Tras los atentados de agosto en Barcelona, cuyo drama no merece nuevos adjetivos, nos enredamos los españoles en cuestiones de política menor para tapar fallos en el funcionamiento interno de las fuerzas de seguridad y eludir de pasada la magnitud de la tragedia; es decir, que el origen y la causa de esa barbarie escapa a las medidas y costumbres de nuestra sociedad. Y a por ella van, nada menos. A los terroristas islámicos poco les importa el perfil político de quien gobierne el país, sino nuestro orden social, el <em>modus vivendi</em> que en Occidente se estila y cuyo fin, aunque parezca mentira, es el respeto y la erradicación de las ideas extremas.</p>
<p>Y tenemos miedo, claro, tenemos miedo porque detrás de nuestra sociedad hay una filosofía (un dogma, si se quiere) que rechaza esos actos y además no los comprende. Nosotros, los infieles, no sabemos dónde saltará la próxima chispa, a dónde habrá que mandar a los servicios de urgencia y por tanto poner el foco. Quizá ni los próximos terroristas los sepan. Quizá el próximo mártir todavía no recibió la bendición de su líder. Entonces le darán otra fecha, un silogismo similar al de Barcelona, a las 17h del día 17 del mes 8 (1+7) del año 2017, para que, más allá de la barbarie que logre perpetuar, alcance a poner su voluntad en la retina del mundo occidental. Habrá imágenes por doquier, una atención global que una vez más hará de la guerra el centro del universo. Lo dijo Homero, si bien con mejores palabras: el hombre se cansa de amar, de comer, de construir, pero nunca de hacer la guerra. Y en tiempos modernos, desde otro punto de vista, el ensayista francés Jean-Yves Jounnais razonó que la evolución del hombre está en la medida en que logra sobrevivir a la guerra. Pero la guerra permanece. Es un negocio; y una fe también, por la que ningún dios aboga pero todos la disculpan.</p>
<p>Uno puede renunciar a Satanás y al mismo tiempo ordenar la muerte de su mayor enemigo, como se ha visto numerosas veces a lo largo de la historia. Lo que es inaudito, en cambio, es la necesidad actual de fotografiar, grabar y dar viva constancia de las atrocidades. Parecían retrasados mentales los soldados estadounidenses que grababan sus vejaciones a los presos durante la guerra de Irak, lo parecen los neonazis que cuelgan en Internet vídeos de sus actos vandálicos, y de igual modo lo parece la gente que el 17 de agosto se dedicó a sacar fotos y grabaciones del caos generado por la furgoneta a su paso por Las Ramblas, víctimas incluidas. ¿Qué necesidad tenían? ¿No les bastaba con presenciar ese horror? Sorprende que tuvieran la suficiente sangre fría como para apostarse a un lado y sacar fotos con el móvil, cuando no vídeos, acercándose a las víctimas. Uno diría que esa gente estaba aliada con los terroristas y que su función era la de dar mayor cobertura al atentado, ya que lo natural en esos casos es ayudar o huir despavorido.</p>
<p>Lo de la fotografía es casi una ampliación de la barbarie. Imágenes e imágenes, vídeos y vídeos que circulaban a millones por la red y al fin sólo conseguían quitarles protagonismo a las víctimas en favor de los terroristas. A lo mejor alguien confiaba en tener material en exclusiva y vendérselo a un medio de comunicación; difícil empresa, sin embargo, puesto que los periodistas acudieron con prontitud al lugar de los hechos. Unos medios fueron más respetuosos que otros, está claro, pero en general la tónica fue la misma porque todos competían por el mismo material (hubo incluso algún periodista que se saltó las medidas de seguridad, es decir, el cerco de la policía, lo que en seguida fue censurado). El periodismo es esto, dijeron algunos en las jornadas posteriores, y a quien no le guste que ponga el Canal Disney. ¿En serio? Éste será el periodismo que más beneficia al enemigo, en tal caso, un periodismo al alcance de muchos puesto que más importan los hechos que las fuentes de información. Con la foto se acaba la noticia, en fin, fieles devotos de aquella simplonería según la cual más vale una imagen que mil palabras. Toda facultad de ciencias de la comunicación que se precie debería censurar este principio, más acorde para una educación artística, o bien, ahora que cada especialidad tiene su vía curricular, para estudiantes de imagen. Y aun así.</p>
<p>Las portadas de los periódicos mostraron todo tipo de ángulos del atentado, ya fuera con dibujos esquemáticos de los hechos o bien con fotos de Las Ramblas minutos después. En una de ellas se veía un quiosco medio chafado, una víctima siendo atendida, otra sin remedio y un reguero de palos extensibles <em>selfie</em>. Hay una decena larga en un tramo, el que abarca la fotografía, relativamente corto. Se entiende que la gente se sacaba fotos según andaba apelotonada por Las Ramblas. Y diez días más tarde, en la manifestación que hubo contra los atentados, lo que más sobresalía, entre banderas que no tenían lugar y proclamas circunstanciales, eran teléfonos móviles con o sin palos <em>selfie</em>. Esas fotos inundaron una vez más, aunque por otro motivo, las redes sociales, y una vez más demostraron lo débil que es el ser humano ante su propia evolución.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Derivados de la piedra</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 29 Mar 2015 20:36:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[El no-va-más para quienes escriben a mano son las nuevas libretas de papel derivado de la piedra, de tacto sedoso y más ecológicas, según el fabricante, resistentes al agua y por tanto al sudor de quienes se ejercitan con la escritura a mano. Este tipo de papel es correcto para la escritura, pero mejor serviría para la lectura, en verdad, para el libro más que para la libreta. Su punto impermeable permitiría ampliar los campos de lectura, ya no sólo el sofá, la mesa o el despacho, sino también el baño o la embarcación. Sería ideal para un cuaderno de bitácora que fuera libro también, que entre las salpicaduras marítimas y el chorro de tinta soltado por el marinero —viento en popa a las 23:00, rumbo noreste, sin particular apuro—, quepan igual unos versos.
‹‹No sé si la música de las esferas sembró la razón —escribe Tomás Browne en Las semillas de Urano—/ pero por cierto la razón sembró el odio./ No sé si el sonido en nosotros sembró la locura/ pero por cierto la locura sembró el amor.››
Se escribe en clara comunión con la lectura, y uno aporta a lo leído su visión personal, amor o locura, muestra de aquello que considera relevante. El espacio clave en esta línea es Twitter, con sus ciento cuarenta caracteres para decirlo todo, resumir o realzar un motivo. Twitter da buena cuenta de los tiempos que corren, en que las prisas conviven con las exquisiteces, el mensaje inmediato con el papel derivado de la piedra —viento en popa con rachas a estribor a las 23:30 que agitan la navegación sin mayor novedad rumbo noreste—, y un intercambio, a todo esto, constante. En Twitter se opina a la misma velocidad que en la barra de un bar, donde se comparte, se aprueba, se rechaza la información recibida en milésimas de segundo. Apenas da tiempo a la reflexión, a menos que se introduzca hábilmente en la charla, y no da tiempo porque, como en el bar, pero también en el mar —viento a estribor a las 00:10, golpe de timón para no perder rumbo—, una respuesta lenta puede ser nula.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El no-va-más para quienes escriben a mano son las nuevas libretas de papel derivado de la piedra, de tacto sedoso y más ecológicas, según el fabricante, resistentes al agua y por tanto al sudor de quienes se ejercitan con la escritura a mano. Este tipo de papel es correcto para la escritura, pero mejor serviría para la lectura, en verdad, para el libro más que para la libreta. Su punto impermeable permitiría ampliar los campos de lectura, ya no sólo el sofá, la mesa o el despacho, sino también el baño o la embarcación. Sería ideal para un cuaderno de bitácora que fuera libro también, que entre las salpicaduras marítimas y el chorro de tinta soltado por el marinero —viento en popa a las 23:00, rumbo noreste, sin particular apuro—, quepan igual unos versos.</p>
<p>‹‹No sé si la música de las esferas sembró la razón —escribe Tomás Browne en <em>Las semillas de Urano</em>—/ pero por cierto la razón sembró el odio./ No sé si el sonido en nosotros sembró la locura/ pero por cierto la locura sembró el amor.››</p>
<p>Se escribe en clara comunión con la lectura, y uno aporta a lo leído su visión personal, amor o locura, muestra de aquello que considera relevante. El espacio clave en esta línea es Twitter, con sus ciento cuarenta caracteres para decirlo todo, resumir o realzar un motivo. Twitter da buena cuenta de los tiempos que corren, en que las prisas conviven con las exquisiteces, el mensaje inmediato con el papel derivado de la piedra —viento en popa con rachas a estribor a las 23:30 que agitan la navegación sin mayor novedad rumbo noreste—, y un intercambio, a todo esto, constante. En Twitter se opina a la misma velocidad que en la barra de un bar, donde se comparte, se aprueba, se rechaza la información recibida en milésimas de segundo. Apenas da tiempo a la reflexión, a menos que se introduzca hábilmente en la charla, y no da tiempo porque, como en el bar, pero también en el mar —viento a estribor a las 00:10, golpe de timón para no perder rumbo—, una respuesta lenta puede ser nula.</p>
<p>Esta inmediatez es lo que da valor a Twitter, saber lo que está pasando, lo que se cuece a cada momento, con excitación venal incluida en los temas más cercanos, un aspecto que lo hace a todas luces atractivo. ‹‹No sé cuál es la relación entre el amor y el odio —continúa Tomás Browne—./ ¿Que el amor ama al odio o el odio odia al amor/ o el amor odia al odio y el odio ama al amor?/ Pero por cierto la razón es enemiga de la locura.›› Twitter ha logrado meterse en la prensa escrita, donde se destacan los tuits de la jornada anterior, y ser incluso la prensa, en una sociedad donde la noticia puede más que su análisis, causas y consecuencias. Ya los traerá Twitter en la próxima noticia —rumbo enderezado a las 00:25, viento en popa dirección noreste.</p>
<p>Para las notas en el cuaderno de bitácora basta con un trazo grueso, a tinta o grafito, da igual, pero la libreta de papel derivado de la piedra, con su aspecto cuidado, exige un trazo fino, la coma bien puesta en una frase a poder ser ingeniosa, que deslumbre al hipotético lector. ¿Y si a las 00:55 hay naufragio? Que el equipo de rescate encuentre la libreta en alta mar y pueda descifrar la última nota —viento revirado a las 00:30, posición incorrecta, agua en proa— en que el navegante anunciaba su deriva. ‹‹No sé si la música de las esferas tiene la culpa del odio(…)/ pero por cierto la locura sembró el amor y les damos perdón [a los dioses]/ para cantarlos con el sonido en nosotros.››</p>
<p>Las nuevas tecnologías, más escuetas que los cuadernos de bitácora, pero no menos sofisticadas que el papel derivado de la piedra, empiezan a ganarse un lugar en la literatura contemporánea, con una presencia indirecta, en primer lugar, y como eje de la narración en los casos más excepcionales. Una novela a base de tuits, por ejemplo, tiene que ser una revolución, el no-va-más literario, pero ya no tanto un relato. La inclusión de estos lenguajes, aparte de reflejar la realidad, apela también a la constante renovación del habla y al punto sexy que toda literatura requiere, al que se refería la editora Silvia Querini en una reciente entrevista. ‹‹No es tanto una cuestión de que el libro valga un euro más o un euro menos —decía—, sino de que lo que está allí sea sexy, que la gente lo quiera comprar. Cuando alguien quiere algo, en Occidente, lo compra. No se trata tanto de abaratar el precio del libro, para entendernos, cuanto de que sea deseable el objeto.›› En el caso de las nuevas tecnologías, sin embargo, ¿lo suyo sería llevar su lenguaje a la literatura o que ésta llegara al lector a través de ellas? Que se encuentren a mitad de camino, claro, ya que en estas dicotomías, en estos debates de dos, escritor y lector, barco y puerto, emisor y receptor, el peligro siempre está en que uno de los dos (si no los dos) sea montaña y adquiera la posición inmóvil.</p>
<p>‹‹Creer en el acto de Dios no sería creer en su semen —escribe Tomás Browne—/ que es los astros que fueron, que son y serán/ porque existe la distancia infinita entre Dios y el cielo/ porque el infinito es redundante.››</p>
<p>Muchos achacan a la industria editorial cierta inmovilidad en este aspecto, una situación que, de ser así, no lo sería tanto por negación de mercado como por dificultad de respuesta ante la naturaleza cambiante de las nuevas tecnologías. Al fin y al cabo, los libros suelen estar disponibles en digital o bien pueden adquirirse a través de Internet —viento racheado a las 00:40, cada vez más fuerte, de estribor a babor—. Los vientos en la red son a menudo tan cambiantes, tan difíciles de prever, que el elemento sexy, ese papel derivado de la piedra, por ejemplo, tiene mayor notoriedad en el libro impreso, aunque su difusión se apoye en la red. Una buena libreta, buena prosa, buen papel y buena imagen para la portada. ‹‹La portada es fundamental —decía Querini—. Sobre todo, si el autor no es conocido. Hay que prestarle mucho más cuidado a la portada de un primer libro que a la de un autor conocido.››</p>
<p>El elemento sexy se encuentra a veces en el propio autor, por ser atractivo, buen navegante o un iluminado. ‹‹Creer en la completa y verdadera oscuridad/ sería creer en la potencia de una germinación/ que se consume en un instante.›› Algunos autores gozan de este perfil, y su figura mantiene el lado sexy aun al paso de los años, después de su muerte. Otros nunca lo alcanzan, y otros tantos, paradójicamente, lo adquieren a su muerte. Julio Cortázar, Clarice Lispector o Georges Perec son autores que gozan del aura positiva, más importante que tal o cual material; son la piedra en sí, se diría, al igual que Andrea Jeftanovic o Tomás Browne. Pero la lectura, como decía Querini, tiene que reivindicar el lado sexy por sí misma, por lo que aporta y genera y descoloca, como un vendaval. ¿Y la mejor hora para leer? ‹‹La mejor hora no la sé —dijo Querini—. El mejor momento es después de haber hecho bien el amor.›› Después de la tormenta, por tanto, cuando ya pasó el vendaval y este navegante, cuaderno de bitácora en mano, recupera el rumbo noreste —estabilidad recuperada a las 01:45, drena el agua de la embarcación, requiero cambio de turno—. Este navegante, sin embargo, prefiere dormir después de la tormenta y leer en el desayuno.</p>
<p>Escrito por&nbsp;<strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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