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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Diez años en el horizonte</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/diez-anios-en-el-horizonte/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 18 Apr 2024 08:54:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Ernesto Escobar Ulloa]]></category>
		<category><![CDATA[Esmeralda Berbel]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
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		<category><![CDATA[primavera]]></category>
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					<description><![CDATA[Esta primavera Comba cumple diez años desde su irrupción en el panorama editorial español, con las que fueron sus dos primeras novedades, publicadas: Las semillas de Urano, del poeta chileno Tomás Browne, y La raya oscura, del controvertido narrador y ensayista español Segundo Serrano Poncela.]]></description>
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<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Esta primavera Comba cumple diez años desde su irrupción en el panorama editorial español, con las que fueron sus dos primeras novedades: <em>Las semillas de Urano</em>, del poeta chileno Tomás Browne, y <em>La raya oscura</em>, del narrador y ensayista español Segundo Serrano Poncela.</p>



<p>Fueron años de inquietud y sostenida agitación cultural ante la deriva que los tiempos llevaban, en los que surgieron otros ellos independientes y algunas librerías también independientes, o como haya que llamarlas, siendo éste un término tan trillado y cuando menos sospechoso para amparar cualquier buena causa. Eran proyectos, y lo son algunos todavía, que coincidían en la voluntad de aportar aire nuevo a la actualidad literaria lo mismo que a las librerías y sus expositores, muy marcadas por las férreas normas de los grandes grupos. Alguna tesis universitaria habrá en años próximos que analice y estudie este fenómeno: cómo en la segunda década del siglo XXI —ensanchando más o menos los límites— tuvo lugar en España una renovación y ampliación del marco editorial y literario como no se había visto desde el tardofranquismo, es decir, desde los años sesenta. Estamos hablando por tanto de medio siglo de diferencia, con los cambios sociales que entre un momento y otro acontecieron.</p>



<p>Si las editoriales nacidas en esos años son bastantes, no lo son menos, por suerte, las librerías. Llaman la atención los nombres dizque contestatarios que algunas tienen, y no por inapropiados, sino por el sentimiento de ocaso bajo el que surgieron y su voluntad de hundirse con la era Gutenberg si no había otro remedio; pero luchando, dando la cara por el libro. En esta línea están, por citar sólo cuatro, la librería Tipos Infames en Madrid; Letras Corsarias en Salamanca; Nollegiu y Fahrenheit 451 en Barcelona. En los cuatro casos evitaron los nombres solemnes o neutrales, incluso fácticos, a los que se suelen acoger las librerías, para mostrar un punto rebelde y aun provocador. Por un lado parecen advertir de los riesgos de no leer —infamia, incendios, batallas— y por el otro hacen un llamado juguetón, como diciendo «leer mola». La madrileña Tipos Infames tiene un apéndice además donde se lee «Libros y vinos», excelente combinación, un maridaje no oficial que sin embargo es por todos conocido, tanto para disfrutar de la lectura como para incitar a ella.</p>



<p>A esta primavera Comba llega con un catálogo próximo a los sesenta títulos y dos novedades muy representativas de la casa: <em>Horizonte tardío</em>, novela del escritor peruano Ernesto Escobar Ulloa, su segundo título en Comba tras <em>Salvo el poder</em> (2015); y <em>Así es el juego</em>, los cuentos reunidos de Esmeralda Berbel, cuarto título de la autora barcelonesa en el catálogo, los cuatro en un género distinto (<em>Detrás y delante de los puentes</em>, novela, 2016; <em>Irse</em>, diario novelado, 2018; <em>Habitarlo todo</em>, poesía, 2021; <em>Así es el juego</em>, cuentos, 2024) y sin embargo urdiendo entre ellos un proyecto unitario. A esta característica se refería Itziar González en la primavera de 2021, cuando presentó el poemario de Berbel en la Documenta y fue a fijarse en las manos cóncavas y convexas de la autora, en su gesto idéntico al escribir que al abrir una puerta. «Este libro es como una bitácora y dentro hay una brújula que es su corazón», dijo González, para concluir que «su escritura es el corazón», un latido que persiste en los cuentos y llega igual al lector.</p>



<p>Muy distinto latido es el que mueve <em>Horizonte tardío</em>, primera y magistral novela de Ernesto Escobar Ulloa, un autor del que Santiago Roncagliolo dijo que gustaba de hundir las manos en el fango, y esto es lo que hace aquí, enfangarse, rebuscar en el Perú de su juventud las formas de comunicarse y salir adelante que había, tras una década de terrorismo y crisis políticas. Muestra una realidad dura y al mismo tiempo permeable, donde caben los sentimientos positivos y negativos, la locura y la sensatez, y de fondo, sobre todo, la amistad. «Lo maravilloso de escribir es escribir —dijo en la presentación—. Me gusta descubrir lo que va a suceder, entrar en el trance de la escritura.»</p>



<p>El acto tuvo lugar en la Fahrenheit 451, en su nueva ubicación frente al mercado del Born, espacio límpido y llamativo que en breve lucirá también el apéndice de «Libros y vinos», con una propuesta literaria siempre original y propia, fiel a los patrones que motivaron su apertura. En ella encontramos los libros que sobreviven al incendio de la superproducción editorial. Y <em>Horizonte tardío </em>encaja a la perfección con la propuesta de la librería. Acompañando al autor estaba un viejo compañero en el periodismo cultural, el también escritor Robert Juan Cantavella, quien hizo hincapié en el carácter oral de la novela. No es sino pasadas unas páginas cuando el lector cae en la cuenta de ello, de que toda la novela es la historia que el protagonista le cuenta a una amiga; y los distintos niveles de voces, junto con los distintos niveles diegéticos, son un prodigio que obra Escobar Ulloa para dotar a la historia de la fuerza necesaria. Es una novela generacional, de carretera, añadió Cantavella, en la que el uso del tiempo reproduce la paradoja de Aquiles y la tortuga. Apela a la fantasía, a la subjetividad temporal inherente a toda remembranza —esto es lo que hace el protagonista— y a la serie de distancias que hay que recorrer para alcanzar lo que no era sino el punto de partida. </p>



<p>La novela contiene un juego literario no menos importante, en referencia al plagio y al sentimiento de autoría, el cual no cae lejos del mundo literario de Esmeralda Berbel. Es un mismo juego. Y como reza el título de la barcelonesa, así es el juego. Para la puesta de largo de sus cuentos nos citamos de nuevo en la Documenta con sus fieles y generosos lectores, acompañada Berbel por Eduard Fernández. Puso de relieve éste la manera que tiene Berbel de llegar con la palabra al lector, lo que, si no constituye en sí mismo una genial paradoja, es algo tanto o más difícil de explicar que la de Aquiles y la tortuga o, por qué no, la travesía editorial de Comba para cumplir estos diez años saltando a las letras hispánicas.</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: obra de Joaquín Torres García</p>
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		<title>La copla como medida retentiva</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/la-copla-como-medida-retentiva/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 04 Jul 2021 17:08:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[Librería Crazy Mary]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Miguel Ángel González]]></category>
		<category><![CDATA[novela]]></category>
		<category><![CDATA[Un nublao de tiniebla y pedernal]]></category>
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					<description><![CDATA[No es sino una copla en prosa lo que Miguel Ángel González propone al lector, una copla de lectura fluida, dividida en breves fragmentos para que se pueda entrar en ella desde cualquier punto. ]]></description>
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<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>Presentamos la novela de Miguel Ángel González (Madrid, 1982) <em>Un nublao de tiniebla y pedernal </em>en la naciente y acogedora librería Crazy Mary, situada en la calle de Echegaray, detrás de la plaza madrileña de Santa Ana. Y como siempre queda algo que decir o que poner en orden, conviene dejarlo por escrito antes de que la turbiedad azarosa de los recuerdos emborrone el feliz encuentro.</p>



<p>Miguel Ángel tenía muy presente el punto azaroso de los recuerdos al escribir la novela, con la «teoría de la curva del olvido» (1885) del psicólogo alemán Herman Ebbinghaus en el punto de mira. La velocidad con la que olvidamos, aseguraba Ebbinghaus, depende de varios factores, siendo la carga emocional de cada recuerdo uno de los principales. Si almacenamos datos sin sentido, como una cadena aleatoria de sílabas, la información almacenada será eliminada por el cerebro en cuestión de días. En cambio, cuanto más intenso sea un recuerdo, mayor será la cantidad de tiempo que podamos retenerlo. Hay incluso una fórmula matemática para calcular la retentiva, una ecuación que queda para los más legos en la materia y que Miguel Ángel me mostró al hablarme por primera vez del libro, no sé si para prevenirme o para convencerme de su valía.</p>



<p>«A mí abuelo se le empezaron a caer los recuerdos sin previo aviso —me contó—. Perdía el conocimiento de repente. Se daba de bruces contra el suelo y, cuando le ayudábamos a levantarse, una pequeña parte de su pasado ya había desaparecido para siempre. Primero olvidó cosas pequeñas, como las tardes de domingo que dedicábamos a ver un programa en el que un mago manco encontraba los cuatro ases de una baraja utilizando tan sólo la mano izquierda, o como aquellas partidas de póquer que se alargaban durante horas en el taller de costura de mi abuela. Después fue olvidando todo lo demás. ¿Dónde van los recuerdos que se olvidan?, me preguntó cuando ya no era capaz de reconstruir su propia historia. Y la mejor forma que encontré de responder a su pregunta fue escribiendo esta novela.»</p>



<p>El mago manco era el argentino René Lavand (1928–2015), que aparece igual en la anterior novela de Miguel Ángel, <em>Cariño</em> (Alianza, 2018), y al que su abuelo tanto se parecía. Lo indica nada más empezar la narración, que su abuelo se parecía a aquél más de lo que cualquier otra persona pudiera parecérsele, al margen de las extremidades superiores. Su abuelo las conservaba íntegras. Se parecen también en el hecho de que ninguno de los dos figura en el glosario de personajes que precede la narración, una treintena de nombres que dan cuenta de la singularidad de la familia y del proyecto narrativo. «Es mi libro más especial —dijo en la presentación—. Los escritores estamos escribiendo siempre el mismo libro, dándole una u otra forma, y luego está ése en que uno se desnuda de veras y consigue expresar su parte más auténtica.» Esta revelación gustó mucho a los asistentes en la Crazy Mary, con caras de interés, miradas que de pronto incorporaban un cuerpo y acaso le exigían al autor que desnudase esa «parte auténtica». Pero no, señores, está en el libro.</p>



<p>¿Qué puede aportar un escritor al hablar de su obra, sobre todo si es de ficción? Claves de lectura, esto es, sin confundir no obstante la historia narrada con los elementos que la propiciaron, por más que en ocasiones su coincidencia sea evidente. Tío Sebastián, tío Camilo, Fausto —el no primo—, Margarita, la abuela o el propio abuelo son personajes espléndidos, de una enorme potencia novelesca y que con probabilidad tendrán su vis real; pero no conviene tirar líneas demasiado claras en este sentido porque están dotados de su correspondiente carga ficcional. Basta con prestar atención a las palabras del abuelo. Creedme. Y tío Sebastián, por su parte, con sus carencias y extravagancias, especie de «potro desbocao que no sabe dónde va», es el que da pie para que ese otro verso de la copla <em>Ay pena, penita, pena</em> dé título a la novela, tan sugerente como acertada decisión.</p>



<p>No es sino una copla en prosa lo que Miguel Ángel propone al lector, una copla de lectura fluida, dividida en breves fragmentos para que se pueda entrar en ella desde cualquier punto. Para segundas lecturas es muy gratificante esto, con el apoyo añadido del glosario de personajes.</p>



<p>Comparten todos una misma característica: su estrecha relación con la suerte, una dependencia que en cierta medida se asocia también con el quehacer de los magos y determina su propio vaivén vital. «La suerte siempre se termina», leemos en la página 28. Y añade el autor: «Si analizamos la vida de una persona cualquiera veremos cómo la suerte es cíclica, con buenas y malas rachas.» Esto queda reflejado aquí mediante el tremendismo de la copla, composición de fondo más bien trágico que sin embargo es habitual en todo tipo de fiestas populares. O al menos lo era. Puede que ahora la copla sienta cernirse sobre sí «esta noche negra/ lo mismo que un pozo» y que «con un cuchillo/ de luna lunera» deba cortar «los hierros/ de su calabozo». El suyo propio, no el del amado al que se refiere la letra de <em>Ay pena, penita, pena</em> y que los personajes de este <em>nublao</em> tratan de romper igual cuando la fortuna les da la espalda. Lo hacen de la manera más variopinta, tirándose incluso por la ventana, sorprendente y efectivo remedio en ese caso que desata la risa del lector y abraza la dualidad de la copla: cierta alegría desde un fondo trágico.</p>



<p>Otra de las virtudes de esta novela es su anclaje temporal, con una voz narrativa muy lograda en la que es fácil reconocer la juventud del narrador. Pese a tener un pie en el presente, los hechos narrados transcurren en mayor medida en los años ochenta y noventa, época que se percibe a la perfección gracias a las referencias culturales empleadas, evitando caer en citas eruditas. Las fijaciones del narrador son Rocky Balboa, el conocido videojuego <em>Street Fighter II</em>, los jamaicanos que participaron en unos Juegos Olímpicos de Invierno…, mientras que sus familiares usan coches de esos años. También los magos son los de entonces, por cierto. Y encontrará el lector la aparición de uno que a posteriori será mundialmente famoso.</p>



<p>«En mi familia —leemos en la página 45— siempre parece que vayamos a morirnos en un determinado momento, pero al final no lo hacemos y luego nos morimos cuando nadie lo espera.» Este tono, entre tierno y sentencioso, de escritura limpia, nos trae de vuelta asimismo a los noventa, a la literatura que practicaban autores como Ray Loriga y que tan buenas sensaciones causaron. ¿Eran conscientes ellos de andar tan cerca de la copla? «Manu tenía un hermano que no era muy listo y se pasaba el día protegiéndolo porque, aunque era grande y fuerte como un rinoceronte, sabía que ser grande y fuerte como un rinoceronte no puede evitar que te hagan daño cuando no eres muy listo», leemos más adelante.</p>



<p>La forma circular de la novela, tanto en su totalidad como en la manera de avanzar, es también una característica muy notable que pone de relieve no sólo su cercanía con la copla, una vez más, sino la naturaleza de cuentista del autor. Así se define a sí mismo, pese a haber escrito obras de teatro, poemarios y otras novelas, con premios tan destacados como el Max Aub de teatro o el Café Gijón de novela. Claro que son muchos los premios que han obtenido sus cuentos, y muchos más, por tanto, los que habrá escrito. No estará de más traer aquí estas palabras de Luis Landero: «La literatura de Miguel Ángel González tiene la intensidad del cuento y la complejidad de la novela.»</p>



<p>En la Crazy Mary estuvo arropado por numerosos lectores, puntuales todos porque la crisis del coronavirus obliga a tomar precauciones y no reunir a demasiada gente en un mismo espacio, de modo que hubo que organizar dos pases: uno a las 19:00 y otro a las 19:45h. Los muebles y cuadros que decoran la librería debieron de asistir extrañados a las mismas palabras y elogios dedicados al <em>nublao </em>y a su autor, no así los lectores, contentos de estar celebrando de nuevo la literatura de forma presencial. Miguel Ángel leyó en alto las páginas que dan inicio a la novela y en su voz, su entonación y pausa, quedó patente que nadie lee mejor una obra que su propio autor. «Mi abuelo se parecía a René Lavand»… <a rel="noreferrer noopener" href="https://editorialcomba.com/libros/narrativa/un-nublao-de-tiniebla-y-pedernal/" target="_blank">¿Siguen ustedes?</a></p>



<p></p>



<p>© de la imagen: Librería Crazy Mary</p>



<p></p>
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			</item>
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		<title>Fade Out</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/fade-out/</link>
					<comments>https://editorialcomba.com/blog/fade-out/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 12 Sep 2017 20:58:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Andrés Calamaro]]></category>
		<category><![CDATA[banda sonora]]></category>
		<category><![CDATA[Diego Gándara]]></category>
		<category><![CDATA[Fade Out]]></category>
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		<category><![CDATA[Silencio]]></category>
		<category><![CDATA[Tatiana Goransky]]></category>
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					<description><![CDATA[UNO. Lo primero que me llamó la atención al leer la novela de Tatiana (a pesar de que ella, Tatiana, me lo advirtió en su momento) fue que en su playlist no apareciera ninguna canción de Andrés Calamaro. Ni siquiera una mención, al menos una referencia, lo cual me hizo pensar dos cosas: una) que Tatiana, como las mujeres de su novela, es incapaz de emitir, o de cantar, canciones de Calamaro; dos) que a Tatiana, directamente, no le gusta Calamaro.
Cosa rara, pensé, tratándose de Tatiana, dado que las tres o cuatro veces que nos vimos tuvimos varios de esos momentos que, al unísono, bautizamos como «momentos Calamaro»: momentos en los que uno, en medio de una conversación, es capaz de recurrir a alguna de las muchas canciones de Calamaro y, en lugar de decir, por ejemplo, que está atravesando un momento de desamor, agarrarse de una frase de Calamaro y decir, en cambio, que está «vencido porque el mundo lo hizo así» o que es «todo corazón y eso le hace mal».						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/fade-out/img_3496/" rel="attachment wp-att-1877"> </a></p>
<p><strong>UNO.</strong> Lo primero que me llamó la atención al leer la novela de Tatiana (a pesar de que ella, Tatiana, me lo advirtió en su momento) fue que en su <em>playlist</em> no apareciera ninguna canción de Andrés Calamaro. Ni siquiera una mención, al menos una referencia, lo cual me hizo pensar dos cosas: una) que Tatiana, como las mujeres de su novela, es incapaz de emitir, o de cantar, canciones de Calamaro; dos) que a Tatiana, directamente, no le gusta Calamaro.</p>
<p>Cosa rara, pensé, tratándose de Tatiana, dado que las tres o cuatro veces que nos vimos tuvimos varios de esos momentos que, al unísono, bautizamos como «momentos Calamaro»: momentos en los que uno, en medio de una conversación, es capaz de recurrir a alguna de las muchas canciones de Calamaro y, en lugar de decir, por ejemplo, que está atravesando un momento de desamor, agarrarse de una frase de Calamaro y decir, en cambio, que está «vencido porque el mundo lo hizo así» o que es «todo corazón y eso le hace mal».</p>
<p>Una práctica, ésta de citar a Calamaro a cada rato, de calamarear, como decimos con Tatiana (como si hubiera un Calamaro escondido para cada ocasión) que no se restringe, no obstante, a nuestra conversación, una conversación que a veces mantenemos vía Messenger a altas horas de nuestras madrugadas, sino que se va haciendo, lo noto, cada vez más habitual entre los argentinos, tal vez porque Calamaro compone y no deja de componer canciones que son «para no olvidar». En cualquier caso, y para no desperdiciar otro momento Calamaro, es mejor que, como canta Calamaro, «pasemos a otro tema» y me centre mejor en <em>Fade out</em>, esta novela de Tatiana que incluye muchas canciones y que no incluye, obviamente, ninguna canción de Calamaro.</p>
<p><strong>DOS. </strong>Que <em>Fade Out</em> no incluya canciones de Calamaro no significa que <em>Fade Out</em> no incluya muchas otras cosas. Cosas que en una novela de tan pocas páginas (Tatiana me dijo que podía leerla, y no fue así, en una tarde) son díficiles de contener y, sobre todo, de sostener: historias breves, historias mínimas, que se entrecruzan y se mueven dentro de una biografía sonora y familiar, pero unidas gracias al pulso contante de una narradora que puede cambiar de voz y de nombre pero que nunca, jamás, cambia su manera de latir, como si hablara desde un lugar inefable y cercano (el único lugar, quizás, desde donde puede escribir), un lugar donde nacen las palabras y brotan los sonidos porque allí habita, precisamente, el silencio, esa condición que nos da, como dice alguien en la novela, «la capacidad de quedarnos donde estamos».</p>
<p>Desde ese lugar (un lugar inamovible que se vuelve simbólico y, gracias a ser un símbolo, puede atravesar las distancias y el tiempo) hablan las narradoras de esta novela de pocas páginas (sí, de pocas páginas) pero que en pocas páginas es capaz de sumergir al lector en una experiencia sonora, en un movimiento perpetuo, y hacerlo escuchar una historia de afectos y de vínculos, de lazos invisibles que van más allá de las palabras y se encaminan, en una prosa continua, a un <em>finalle</em> que es como volver al principio: a la producción del silencio, la búsqueda de un silencio que, como se afirma en <em>Fade Out</em>, no es un simple dejar de hablar, sino una emisión de ondas que se cancelan por sí mismas antes de poder ser registradas por aparato científico o humano. Un silencio que esta novela, si se la presta atención, si la lee y se la escucha en silencio, es capaz de emitir.</p>
<p><strong>TRES.</strong> Novela breve, sí, novela de pocas páginas (la leí en tres tardes) pero que, sin embargo, no debe ser confundida con una novela corta, un género que alguien se atrevió a definir también como un cuento largo, pues <em>Fade out</em> no pertenece, por suerte, a ninguna de ambas categorías y es difícil de encasillar, incluso, como una novela al uso. Aquí no hay ningún jeroglífico que descifrar, no hay un enigma que resolver, no hay un argumento al cual aferrarse ni un héroe con el que un lector pueda identificarse. <em>Fade out,</em> en cualquier caso, es una obra en sí misma, que tiene una sonoridad propia y en la cual cada uno de los instrumentos están perfectamente afinados, vibran en una misma sintonía y suenan, en conjunto, como una caja musical o como un ventilador pop.</p>
<p>El argumento de <em>Fade out</em> es, en ese sentido, mínimo (tres generaciones de mujeres, ninguna palabra y mucho silencio), pero la novela (y éste es uno de sus muchos atractivos) no se asienta exclusivamente sobre él porque no se trata, como se afirma al final del libro, de narrar historias, sino de otra cosa: de construir, en este caso, una narración perfectamente afinada, repleta de voces que se hacen canciones y pensamientos pero rodeada de un silencio en cuyo centro está, siempre, el sonido.</p>
<p>Todo, en <em>Fade Out</em>, suena a algo. Todo, en la novela, se siente, se escucha, se percibe. No sólo a través de los sentidos y, especialmente, a través del sentido auditivo. Todo, en Fade Out, suena a algo porque las palabras, el peso de las palabras, tienen un sentido, despiertan un sonido, más allá de que sus afinidades electivas implican, también, cierta desprotección. Como se afirma al final de la novela: «Quiero que los que lean este libro sepan que todos decimos más de lo que creemos y queremos pero no por eso tenemos que sentirnos desprotegidos».</p>
<p>Así, más allá de las palabras, parece decir Tatiana con esta novela, hay una apuesta y hay también un riesgo, pero también hay un sonido que viene de muy lejos y es más eterno que el silencio, un silencio que se revela como una una ausencia presente y un sonido que, cuando se terminen todas las palabras del mundo, aún pueda hacernos llorar y reír con la misma facilidad.   Sólo hara falta, como dice Calamaro, pedir «atención al silencio y al silencio, atención».</p>
<p>Escrito por <strong>Diego Gándara</strong></p>
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