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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Geniales hijos díscolos</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/geniales-hijos-discolos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 09 Dec 2020 19:22:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Enrique Lynch]]></category>
		<category><![CDATA[Miki Naranja]]></category>
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					<description><![CDATA[Acerca de la escritura todos los autores dieron su opinión, e incluso quienes no son sino ocasionales escribientes se aventuraron alguna vez a compartir la suya. Unos lo hacen en base a su experiencia, tanto de los momentos de placer creativo como de los de sufrimiento, y los otros más bien en base a un deseo, el de dominar esa voz que habrá de convertirse en letra y dar lugar a un discurso. ]]></description>
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<p>En memoria de Enrique Lynch y Miguel Ángel Herranz</p>



<p></p>



<p><strong>Juan Bautista Durán</strong></p>



<p>Acerca de la escritura todos los autores dieron su opinión, e incluso quienes no son sino ocasionales escribientes se aventuraron alguna vez a compartir la suya. Unos lo hacen en base a su experiencia, tanto de los momentos de placer creativo como de los de sufrimiento, y los otros más bien en base a un deseo, el de dominar esa voz que habrá de convertirse en letra y dar lugar a un discurso. «Un verdadero escritor —afirma <a href="https://editorialcomba.com/autor/enrique-lynch/">Enrique Lynch</a> en su breviario intermitente, <em>Nubarrones</em>— es quien acepta el desafío de la construcción y pone la escritura al servicio de algo que quiere decir.» Son varias sus reflexiones al respecto en este título. Ya en el prólogo incide en la disciplina que ésta exige, por encima de la inspiración o de la genialidad innata; y es conocida, por repetida, su comparación del estilo con el acto de montar a caballo, «porque el lenguaje es como un corcel brioso y arisco: dos seres vivos de especies diferentes e inteligentes [que] se encuentran, se rozan, se sienten el uno al otro y, de común acuerdo o a la fuerza, deciden moverse juntos». Otro asunto es quién lleva en verdad las riendas, si el jinete o el caballo, pese a que Lynch opina que es este último el que «reconoce al buen jinete y, finalmente, decide complacerlo».</p>



<p>No son pocos los que habrán experimentado frente al papel en blanco, o a medias, a la mitad de una frase, esa voluntad superior del caballo —la escritura—, que se resiste a andar o a hacerlo en la dirección señalada. Su voluntad predomina, pone en jaque ese «común acuerdo» del que hablaba Lynch, tan necesario para escribir una frase más, una palabra, una letra como ésta. Otros días el caballo corre, avanza por la llanura sin aparente esfuerzo e incluso sus improvisaciones parecen fruto de la buena comunicación con el jinete, adelantándose apenas una milésima de segundo a la voluntad de aquél. Y qué difícil es valorar esos momentos, presas incluso de cierto vértigo, de una liviandad que no podemos sino transmutar en alegría, del mismo modo que no solemos pararnos a pensar en lo bien que estamos cuando estamos bien. ¿Para qué? Sería una pérdida de tiempo, una manera de entorpecer ese bienestar, como si al caballo le mandáramos parar en seco en medio de una carrera genial. ¿Y qué, dejamos la frase a medias?</p>



<p>La propia existencia ya se ocupa de cortar esas rachas, a veces en seco, sin posibilidad de dar marcha atrás, esquivar el golpe o reformular la sentencia. Lo vemos a diario. Lo vimos el pasado diez de noviembre ante la triste noticia del fallecimiento de Enrique Lynch, batallando en los últimos años contra un cáncer que en veinticuatro horas se complicó de forma definitiva. (Iba a escribir «en ‘apenas’ veinticuatro horas», lo que habría sido una decisión del caballo, no mía, por esos clichés, diría Enrique, «que las mismas palabras generan y asoman en la torpe memoria del escritor», una especie de «efecto semántico incontrolado»; puesto que, por más que veinticuatro horas sean pocas con relación al tiempo que estuvo haciendo frente a la enfermedad, éstas pudieron ser muy largas y dolorosas, y es mejor no opinar.)</p>



<p>Esa primera quincena de noviembre fue de una crudeza particular en Comba. Cuatro días antes, el seis de noviembre, hubo que lamentar también la pérdida de <a href="https://editorialcomba.com/autor/miki-naranja/">Miki Naranja</a>, seudónimo de Miguel Ángel Herranz, joven poeta bregado en las redes sociales y cuyo primer poemario, <em>Palabras de perdiz</em>, vio la luz para alegría de tantos en este sello editorial. «Vivir —escribió— es ir de victoria/ en victoria/ hasta la derrota final.» Y la poesía, dice en otro poema, «es levadura/ para las masas». La suya fue igual una lucha infructuosa contra el cáncer, siendo aún tan joven, cuarenta y dos años, y un horizonte por delante que se apagó de golpe y hubo de teñirse de triste fatalidad para su familia. Fueron muchas las muestras de condolencia que aparecieron en las redes sociales, así como en memoria de Enrique Lynch, presente en los obituarios de la prensa más destacada del país. Su mordacidad y capacidad de análisis, su conversación inteligente y enfática, ocuparon las palabras más sentidas en su recuerdo.</p>



<p>Poco tenían en común Enrique y Miguel Ángel, más allá de una constante búsqueda de la belleza y de compartir catálogo en Comba de forma relevante. Con <em>Nubarrones</em> se inauguró la colección de ensayo, un título de indudable valía que permitió a la editorial situarse mejor en librerías y llegar a más medios, con lo que esto supone para los lectores; con <em>Palabras de perdiz</em> se apeló a un nuevo lector, el que frecuenta las redes sociales y se nutre casi en exclusiva de ellas, atento a unos códigos que representan la genuina realidad del siglo XXI, la digital, y que Miguel Ángel tan bien supo interpretar. Licenciado en derecho y funcionario público, decía que siempre sería novel en este oficio, consciente de su incursión por caminos poco ortodoxos; aunque, quizá por eso, fue a buscar —sin saberlo— unos poemas nuevos que calaron en los lectores. Los encontró, alcanzando esa excelencia del poeta que, en palabras de Enrique Lynch, «consiste en su capacidad para descubrir la forma adecuada, la más elocuente o la más espléndida» (<em>La lección de Sheherezade</em>, 1987). Lo hizo en sintonía con el tiempo presente, éste de la revolución tecnológica y las relaciones a distancia, un tiempo al que rara vez le da para fijarse en la prosa o en los pormenores de la construcción, pese a que Miguel Ángel no renunciaba a ello y pretendía afianzarse en éste, su otro oficio, mediante una construcción más cuidada. No iba a ser siempre novel, desde luego que no.</p>



<p>Enrique Lynch fue escritor desde sus inicios, ensayista, para mayor detalle, con una vida profesional centrada primero en la edición y después en la docencia, profesor de Filosofía y Estética en la Universidad de Barcelona. Sentía un respeto hacia la ficción parecido al de Ortega y Gasset, muy atentos ambos a ella, desde la estructura e imágenes de los clásicos a las novedades más relevantes, con ganas de discutir y revisar los giros y maneras que van imponiéndose —recordemos la fijación de Ortega y Gasset en la novelística de Baroja y su influencia posterior en la obra de autores como Jarnés o Chacel—, aunque reacios ambos a meterse en tales honduras, siquiera en un tono autobiográfico. Si Enrique dejó en borrador o no tentativa alguna, eso el tiempo lo dirá. Claro que en su caso es probable que sintiera la presión de ser hijo de una narradora tan leída y singular como Marta Lynch, temeroso de discutir con ella a través de los personajes, en la forma de construir una historia; o mejor aún, de dar con ella en un personaje. Se despidió con un último título —temía que fuera póstumo—, <em>Ensayo sobre lo que no se ve</em> (Abada, 2020), que le llevó años de trabajo y debe definir por igual su búsqueda filosófica y la voluntad de reivindicarse como escritor, hábil jinete en este campo de renglones donde uno se emancipa y se da a la voz que mejor representa su discurso o narración. «En el fondo —escribe en <em>Nubarrones</em>—, el escritor es un hijo díscolo y mal habido.»</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: Víctor Mateo, <em>Pintura 09/4</em></p>
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		<title>Entre la perdiz y su canto</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 21 Mar 2018 11:54:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[A Miguel Herranz se lo conoce mayormente como Miki Naranja, nombre con el que ganó eco en las redes gracias a su blog ‘Palabras de perdiz’ y la cuenta de Instagram asociada. La cantidad de seguidores que acumula, para un editor de la era Gutenberg, anclado todavía en las resmas de papel, es un fenómeno inaudito y casi de ciencia ficción. Podría ser el sueño de los androides. Pero es tan real como que la poesía, mejor que otros géneros literarios, se abre camino a través de los nuevos formatos en pos de una nueva llama literaria, bien sea en verso o en prosa, las más de las veces en sintonía con la imagen. «Amo la palabra porque/ será munición para mañana», escribe en el poema ‘Recámara’. En muchos de ellos el título no es sólo una orientación sino parte del mismo poema, el verso cero que pone al lector en materia sin tiempo para una posible vacilación. Otro, ‘En teoría’, sigue así: «Todo/ es práctica.» Pequeños aforismos que se entreveran con poemas de mayor alcance, tales como ‘Declaración de intenciones’, uno de los más destacados, ‘Sonrío’, ‘Cuestión de principios’ u ‘Orden alfabético’.]]></description>
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<p><strong>Juan Bautista Durán</strong></p>



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<p>A Miguel Herranz se lo conoce mayormente como Miki Naranja, nombre con el que ganó eco en las redes gracias a su blog ‘Palabras de perdiz’ y la cuenta de Instagram asociada. La cantidad de seguidores que acumula, para un editor de la era Gutenberg, anclado todavía en las resmas de papel, es un fenómeno inaudito y casi de ciencia ficción. Podría ser el sueño de los androides. Pero es tan real como que la poesía, mejor que otros géneros literarios, se abre camino a través de los nuevos formatos en pos de una nueva llama literaria, bien sea en verso o en prosa, las más de las veces en sintonía con la imagen. «Amo la palabra porque/ será munición para mañana», escribe en el poema ‘Recámara’. En muchos de ellos el título no es sólo una orientación sino parte del mismo poema, el verso cero que pone al lector en materia sin tiempo para una posible vacilación. Otro, ‘En teoría’, sigue así: «Todo/ es práctica.» Pequeños aforismos que se entreveran con poemas de mayor alcance, tales como ‘Declaración de intenciones’, uno de los más destacados, ‘Sonrío’, ‘Cuestión de principios’ u ‘Orden alfabético’.</p>
<p>Pero si en teoría, dice, todo es práctica, ¿en la práctica qué tal va el asunto? «Es como la teoría un par de tonos más abajo —responde Miguel—. Es, digamos, como el coche del anuncio pero el más mondo de la gama.» Para sus lectores el salto a la edición en papel fue una noticia casi esperada, la puesta en práctica de un proceso que sobrepasaba desde hacía tiempo la mera teoría. El libro, de hecho, recibe el mismo título que el blog, Palabras de perdiz. «Es un camino largo, publicar es difícil —asegura—; hacerlo al menos como yo quería. A pesar de llevar años escribiendo, acabo de llegar al oficio. Y creo que con cuidado, paciencia y algo de suerte, he tenido la fortuna de dar con una editorial que entendió el propósito de mi poesía y lo ha hecho suyo.» Al publicar durante tanto tiempo en las redes, ¿te sentiste vulnerable en algún momento ante lo que podría ser una falta de control sobre el material publicado? «Sí; a la hora de llegar a los lectores me sirvo de cal y de arena. Me explico: uso la arena como reclamo y trato de atraer la curiosidad del visitante hacia la cal. Quien me lea con asiduidad sabrá a lo que me refiero. Puede que se me acuse de no cuidar el poema como sin duda merece, lo que es muy relativo. Las plumas de faisán sólo coronan el sombrero.»</p>
<p>En la solapa del libro dice Miguel Herranz que es poeta y funcionario público, nacido en «la tierra de Delibes y Chacel». ¿Qué le debe tu poesía a esas dos grandes figuras de las letras españolas? ¿Y al paisaje vallisoletano? «Les debo mucho. Delibes me enseñó a leer, sus libros andaban en mi casa por cualquier esquina. Además del amor por la palabra, me inoculó la veneración al entorno natural, algo que está presente en toda mi poética. La meseta castellana no es precisamente un vergel y precisa de un ojo y oído atentos para ir descubriendo a sus estoicos pobladores. A Rosa llegué más tarde, en cambio, y de ella aprendí el preciosismo en el poema. Deduje con ella que la ocurrencia sin trabajo sirve para poco.» Miguel celebra la belleza, y sobre todo, más que su presencia en sí, la búsqueda que lleva a cabo el poeta hasta dar con ella. En cualquier parte se puede pronunciar, fiel al cambio continuo que en esencia es la vida. Lo reflejan estos versos de José Emilio Pacheco —«Y sin embargo amo este cambio perpetuo,/ este variar segundo tras segundo,/ porque sin él lo que llamamos vida/ sería de piedra»—, epígrafe al libro. De este cambio Miguel recoge las aristas, los arrabales; trata de «sobrevolar la realidad y dejar que el lector cave su propia fosa». ¿Y a qué cambio iniciático te remites, cuál sería tu magdalena proustiana? «Creo que al canto de la perdiz, si es que a eso se le puede llamar canto. Y la coincidencia es pura. Basta que escuche el parloteo de una perdiz para que una mano me arranque de la realidad y me arrastre a mi pasado.»</p>
<p>La familia está muy presente en el poemario, y con ella, el hogar, dos elementos que junto a las aves forman el corpus de una propuesta que se sale de las redes para transformarse en levadura y crecer en las manos de los lectores. Hijos, padres, madres, abuelos…, todos cobran presencia en unas páginas no exentas de un fino humor. «Pasarán los ojos de mis hijos/ de perlas a ríos», dicen los primeros versos de ‘Pingelab’, que concluye: «Pasarán los ojos de mis hijos/ por muchos ojos/ antes de poder mirar/ como hoy/ les miro». Y encontramos también, respecto al hogar, su necesaria relación con el imperio íntimo «donde mi voz/ se escucha pero/ no se oye». ¿Ayuda la poesía a ser un buen padre? «No, no lo creo —responde Miguel—. De hecho, no sé cuáles son las cualidades que ha de tener un buen padre. Podría perfectamente hacer calderas, muros o relojes, que el empeño y desempeño paternal sería el mismo.» En la familia, dice, está para él la última ratio del poema, empleando sus propias palabras, un sustento que no obstante podría hallar igual en la administración pues ambos ejes, poesía y administración o poesía y familia, asegura, son dos caras de la misma moneda. «La belleza es una cuestión de perspectiva.»</p>
<p>No cabe duda de que la belleza está presente en este poemario, tanto en la palabra como en las ilustraciones de Taquen, joven artista plástico e ilustrador que complementa el verso con una quincena de aves —la que ilustra este artículo, por ejemplo—, perfecto reflejo de la exploración propuesta por Miguel Herranz. «Sacude tus afectos/ periódicamente», escribe, porque entre la perdiz y su canto todo cabe y vuela. Pone de manifiesto, además, en su transformación por llevar la palabra al lector, la naturaleza última de la poesía. «Todos somos ‘poetas de transición’:/ la poesía jamás se queda inmóvil» (José Emilio Pacheco, ‘Manifiesto’).</p>]]></content:encoded>
					
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