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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>El hombre al que le faltaba un riñón</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Apr 2022 09:29:03 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Dalmau & Górriz]]></category>
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					<description><![CDATA[Juan M. va de isla en isla y en la última hay unos funerales donde corre la sangre de los animales sacrificados. Los familiares vestidos de negro desfilan delante del difunto. Fluye la cerveza y el vino de palma. A las diez de la noche, Jean conoce a Juan M. y de trago en trago hablan de las excelencias de la vida y de la naturaleza.]]></description>
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<p></p>



<p>Por Jordi Dalmau y Lídia Górriz</p>



<p>1</p>



<p>Jean vivía al final de unas islas llenas de bruma en invierno y de nubes en verano, en la zona más austral de un archipiélago remoto.</p>



<p>Sus rasgos eran asiáticos. En el poblado le llamaban Jen o Gen, aunque su madre siempre le llamó Jean. Era bajito, chaparro, todavía muy ágil. De escasos conocimientos, gozaba no obstante de una destacable inteligencia natural y una no menos destacable ingenuidad. De padre francés, quedó huérfano a los tres años. Su madre, originaria del lugar, le cuidó con diligencia. Creció entre bosques de bambú y explanadas secas por los incendios. Su casa, hecha de troncos en un árbol, era el ejemplo perfecto de sus condiciones de vida.</p>



<p>El cuerpo, sano y fuerte, le respondía. Cuando hubo penurias económicas, tuvo que responsabilizarse de su corta familia emigrando un año a la capital, donde el dólar era el único aliciente de la vida. En esos meses ejerció de lo que pudo y, cansado de no tener nada, empezó a venderse al mejor postor. En un restaurante oscuro escuchó que algunos vendían sus órganos a otras personas, recibiendo a cambio un buen dinero.</p>



<p>De vuelta en su isla sólo tenía un riñón y una suma considerable en el bolsillo para los tiempos que corrían.</p>



<p>2</p>



<p>Juan M. vivía en una Europa económicamente convulsa. No pasaba penurias, muy al contrario: poseía algunas propiedades y era dueño de unos establecimientos comerciales. Instruido, pero no demasiado, le gustaba viajar. En los viajes captaba instantáneas de lugares auténticos y vírgenes. Sólo entonces realizaba fotografías. Su mirada se correspondía a la de la cámara y brotaban ahí sus verdaderos momentos de vida, únicas ocasiones en las que interrumpía la obsesiva actividad financiera.</p>



<p>Su familia le dejó bien posicionado y sólo debía preocuparse de no tener pérdidas sobre aquello que había heredado. Más bien fofo, su físico no tenía nada que pudiera destacarse. Era desidioso, dejado y algo tiránico, aunque no tenía mal fondo. Sabía lo que hacía, no quién era. Una de esas personas que nunca averiguan nada de sí mismas.</p>



<p>La bebida, en parte, le estaba ocasionando problemas de salud. No es que fuera un borracho, pero nunca bebió agua en las comidas. Tuvo problemas con un riñón. Hubo de someterse a una operación a la que su cuerpo se adaptó correctamente, casi de forma instantánea. Parecía fabricado para él.</p>



<p>3</p>



<p>En un oscuro restaurante también Juan M. escuchó que eso iba a acabar mal. Y en boca de un abogado que hablaba de sus pleitos, rescató las siguientes palabras: «Uno con el tiempo ve que este proceso no va a durar y que acabará fatal.» Su amigo le respondía: «¿Cómo tú, siendo tan buen empresario, puedes hablar así de esto? Lo tienes medio solucionado, siempre has sido un pesimista.» A lo que el primero le contestó: «No me refería al pleito, sino a la vida. Esto no acabará bien. Seguramente será en una tumba mirando al mar, que por otra parte ya estoy pagando.»</p>



<p>Juan M. ha repetido esta anécdota en varias ocasiones y no se cansa de hacerlo. Las sociedades no cambian excesivamente, pero sí la vida de cada uno. Lo que hoy es verde, más tarde madura, y aquello que era maduro empieza a deteriorarse y por lo tanto a marchitar. Salvo raras excepciones, el espíritu de las personas no suele cambiar y en la mayoría de los casos va a peor. Al cuerpo le pasa igual, aunque de forma más visible. El proceso de finitud siempre está presente, aunque a veces lo obviemos. Vemos el cadáver que nunca pensamos ser. Pero ¿para qué preocuparse? Ya no nos queda paraíso y para la mayoría el razonamiento no existe. Sólo vivir.</p>



<p>Juan M. empieza a entender. Su alma enfermó a los cuarenta, aunque él no se diera cuenta. Intentará alargar su vida tanto como pueda.</p>



<p>4</p>



<p>Jean vive su ineludible fin como otro proceso de la vida. En él se dan cita los paraísos, sus ancestros y sus rituales de recuerdo, las hogueras nocturnas. De hecho, no es un recuerdo, es una presencia cotidiana. No va a morir sin una razón porque no vive sin una razón, o eso cree. Nunca alargará su vida de forma artificial.</p>



<p>5</p>



<p>Juan M. empieza a vender algunas inversiones y se obsesiona con el viaje. Es una fuga, una huida hacia delante. Hay que ser hedonista y empezar a tocar otras cosas. Prepara todas sus cámaras y objetos de reproducción instantánea, incluida la pluma y el lápiz, por si no hay corriente. Aunque pocas veces las ha utilizado. No sabe si reconocerá su uso en el libro de instrucciones. El lápiz parece más fácil. Todavía recapacita con cierto sarcasmo y lo reconoce. Roza la estupidez.</p>



<p>La pretensión es viajar más con los sentidos y perder la capacidad de enmarcar la mirada. Algo ha aprendido con el tiempo, y más en estos momentos de duda. Es toda una experiencia y un reto. Puede que sea una mala experiencia y un auto-soborno.</p>



<p>Su viaje empezará en el norte de la India, de allí pasará a Nepal, para llegar a Katmandú, y de allí a China o la parte del antiguo Tíbet. Entrará por Zagmu y seguirá, pasado el antiguo reino, tras la ruta de la seda. La dejará y girará más al sur, Tailandia, y de allí a Papúa. Más tarde entrará en un archipiélago inmenso.</p>



<p>El viaje se oscurece. Nota mucho cansancio. Una nueva dolencia aparece, acompañada por una malaria incipiente. Ha de vivir obsesivamente al día.</p>



<p>6</p>



<p>Jean sigue su vida y sus recursos han menguado. Sólo la pesca algunas veces y el cuidado de sus escasos búfalos, no da para mucho más. La vejez de su madre le está dejando seco. Los animales empiezan a escasear. Las exequias serán lentas y costosas, aunque inevitables y necesarias. Jean se enamoró hace poco y también mantiene a su pareja.</p>



<p>Sostiene su eterna sonrisa y le da por hablar de los buenos tiempos.</p>



<p>7</p>



<p>Juan M. va de isla en isla y en la última hay unos funerales donde corre la sangre de los animales sacrificados. Los familiares vestidos de negro desfilan delante del difunto. Fluye la cerveza y el vino de palma. A las diez de la noche, Jean conoce a Juan M. y de trago en trago hablan de las excelencias de la vida y de la naturaleza.</p>



<p>La sangre excita aquello que toca y la conversación encharcada tiene otro barniz más material. Se explican que tienen, respectivamente, un riñón extirpado y uno trasplantado. Coinciden en el nombre de la empresa que los ha vendido y comprado, así como en el carácter casi confidencial de la transacción. El lugar de extracción y de trasplante son diferentes, pero la sociedad es la misma. Coinciden también en la prontitud y seguridad de la compañía.</p>



<p>Jean explica la celeridad en el pago del comprador, sumamente eficaz.</p>



<p>Juan M. intuye que deberá hacerse otra intervención en un futuro próximo. No corre prisa, pero no puede demorarse excesivamente. Debe seguir viviendo.</p>



<p>Hablando con cierta ansiedad, Jean le conmina que él podría ser el donante, y que, como la empresa extractora está cerca de la capital, podrían firmar la documentación pertinente. Un órgano es un órgano, y si se tienen más no ve excesivo problema en ello. Piensa en un futuro de año y medio de bonanza económica y está bebido, pero eso da igual. Harán donación y compra en un día y medio.</p>



<p>8</p>



<p>Jean es descuidado e ingenuo, desconoce muchas cosas y nunca ha sido consciente de su naturaleza. Sólo piensa en salir de apuros. Y Juan M. en posibilitar cualquier operación. La cita es en un lugar distinto al que fue Jean para la anterior donación. Es más apartado, pero él sabe con certeza que el dinero irá a parar a su aldea, a su casa, y se presta al trato que se está llevando a cabo. Lo que sí prima, por razones de seguridad, es la inmediatez de la extracción y la rapidez de su envío, que casi coincide con la marcha de Juan M. Ha oído el nombre del órgano que le será extirpado en su totalidad y quizás todavía no comprende las características de un hígado.</p>



<p>9</p>



<p>La aldea recibirá a su pareja con el cariño que supone una fiesta para el próximo difunto. Las celebraciones casi juntarán a madre e hijo y tendrán lugar dentro un tiempo, como es costumbre.</p>



<p>Los animales por sacrificar duplicarán su número en la ceremonia. Seguramente alguna televisión europea grabará un especial de los ritos funerarios de estas islas. El evento es bastante extraordinario y casi coincidirá con la festividad del rey, que conlleva unos fastos inigualables, propios de un reino del siglo XVIII. La grabación más exótica y emotiva será la de Jean.</p>



<p>10 </p>



<p>Sentado en su sofá, alguien verá casualmente el documental anunciado desde días atrás, y pensará, si su mejoría se confirma, en el próximo lugar a visitar. Podría asociarse incluso con la empresa que facilita los trasplantes, sería una buena inversión, eso barrunta, aunque en el fondo sólo piensa en vivir, vivir y vivir, que es lo único que importa.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Cueva de ladrones</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/cueva-de-ladrones/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[myedi124]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 28 Mar 2022 07:48:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[El viento y la semilla]]></category>
		<category><![CDATA[extinción]]></category>
		<category><![CDATA[héroes]]></category>
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		<category><![CDATA[naturaleza]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Martínez Llorca]]></category>
		<category><![CDATA[Solastalgia]]></category>
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					<description><![CDATA[Nadie es un héroe, o al menos un héroe al estilo de los que quisiéramos emular: Hércules, Astérix y Obélix, Philip Marlowe o Iron Man…, tipos que pertenecen a diferentes mitologías: no se les puede derrotar, como no se nos puede derrotar a ninguno en sueños, que es el lugar donde somos invencibles.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Por Ricardo Martínez Llorca*</p>



<p>Una de las formas más higiénicas de tortura y, en consecuencia, de las más humillantes, consiste en desvestir al preso en un sótano para interrogarlo bajo potentes focos. Cuando la privación del sueño quiera destruirle, se encontrará con un cuerpo sin autoestima a cuenta de la desnudez denigrante.</p>



<p>Nadie es un héroe, o al menos un héroe al estilo de los que quisiéramos emular: Hércules, Astérix y Obélix, Philip Marlowe o Iron Man…, tipos que pertenecen a diferentes mitologías: no se les puede derrotar, como no se nos puede derrotar a ninguno en sueños, que es el lugar donde somos invencibles.</p>



<p>Pero la tortura pertenece al lado del planeta que está siempre en vigilia; ahí no existe el derecho a soñar. Bajo las condiciones que se le imponen al reo desnudo en el sótano de la tortura, uno estaría dispuesto a firmar cualquier cosa a cambio de algo tan real como unos calzoncillos.</p>



<p>Ésta es la manera de actuar, en buena medida, de cualquier represor social, y más aún en tiempos de crisis. Y las crisis son congénitas y crónicas para demasiada gente. En ese lado oscuro de la Tierra habitaron demasiadas cosas que han desaparecido. Algunas eran muy antiguas, como el rinoceronte blanco, el delfín del Yangtsé, el pájaro Dodo o los helechos gigantes; otras son tan recientes como el paisaje de nuestra infancia, que contenía un pequeño bosque con árboles muy familiares, y muchos de esos seres a los que hubiéramos querido abrazar a la hora de despedirnos, desde los renacuajos de la charca, hasta las bellotas que ametrallaban la pradera después de la tormenta.</p>



<p>Que la humanidad sobreviva una vez que ha dejado de existir la pequeña hura donde vivía una familia de conejos a la que habíamos puesto apellidos habla más de nuestra capacidad de adaptarnos que de nuestra capacidad de aprender. Aprender pertenece a las acciones humanas voluntarias que suceden al mirar hacia los mitos, tal vez hacia Idéfix, el perrito de Obélix que llora cada vez que alguien derriba un árbol, y también hacia los mitos que hablan de un mundo muy vivo, como el de Ovidio, el de John Ford o el de Walt Whitman. Adaptarnos, por su parte, pertenece a las consecuencias de la resignación, que los antiguos griegos colocaban como el peor de los males.</p>



<p>¿Que hayan desaparecido esos árboles y esa familia de conejos es una pérdida o es un robo? Las soluciones científicas, a las que confiamos cualquier cosa porque creemos racionales, nos muestran que si algo desaparece lo ideal es sustituirlo: en lugar de pájaros, tenemos aviones; en lugar de amigos, tenemos emisiones en <em>streaming</em>. Gracias a la biotecnología hoy en lugar de tomates tenemos “tomates”, en lugar de algodón tenemos “algodón”, y en lugar de arroz, otro “arroz”.</p>



<p>Más complicadas resultan otras sustituciones, como las del rinoceronte blanco o los helechos, que han sido reemplazados por fenómenos a los que ya nos hemos acostumbrado, por casas de comida rápida o el comercio online. Cuando desaparece algo, nuestra existencia empeora. Pero nuestros minutos están llenos de demasiadas cosas como para notar el empeoramiento. De hecho, nuestros minutos están incluso llenos de ellos mismos, de tiempo, que, dicta el verso de Borges, es materia deleznable.</p>



<p>Hasta el tiempo es, digamos de una vez la palabra maldita, mercado. Los mercados aman las soluciones, como las que garantizan la ciencia y la tecnología. Provocan una farsa de revolución, pues consiguen que la sociedad siga prolongando la pantomima de ser ella misma. El mercado alimenta, así, algo que resulta ser destructivamente normal.</p>



<p>Asistir al mundo es asistir a un espectáculo normal en el que deseamos toparnos con lo extraño. Para dotar a la extrañeza de un sentido benéfico, cabría volver, si se pudiera, a crear los helechos gigantes y el pájaro Dodo, o volver a la filosofía y al arte, además de retornar al cariño, y a casi cualquier cosa que desliza un poco de cielo puro por alguna rendija de nuestro cuerpo, un cuerpo que está ahora en ese sótano, desnudo, bajo los focos, pensando en los calzoncillos por los que estamos dispuestos a firmar cualquier cosa, es decir, demasiado ocupado en los problemas que nos dan los mercados y los afanes de la tradición, es decir, muy tenso y angustiado a cuenta de la desigualdad de una sociedad demasiado estratificada, la de los mercados, y de la doctrina, que es lo que impone la tradición y que resulta ser todo lo contrario a la educación: la doctrina es instrucción para esclavos, la educación supone combate, sí, contra el hedonismo de masas, contra la trampa tecnológica y contra todo aquello que ha modelado la cabeza en función de un adoctrinamiento, de unos genes, de un ambiente, de una clase social.</p>



<p>Ese ambiente o esa clase social nos lleva a normalizar sucesos hasta el punto de que creemos que construyen la realidad. Creemos que son sucesos racionales y que, en consecuencia, trenzan lo real. ¿Lo real es lo normal? ¿Es normal la extinción por agotamiento de la Tierra? ¿Es normal el mal, por el mero hecho de parecer más racional? ¿Por qué parece más racional?</p>



<p>Posiblemente parece normal porque es cuantificable: podemos medir cuántas personas mueren en un bombardeo, pero desconocemos cuánta gente se salva gracias a las caricias. Podemos medir la normalidad, la realidad o como queramos llamarlo, que se trenza con costuras del mal: muertos, enfermos, miserias, represiones, estafas… pero más complicado, imposible, incluso, es medir el beneficio de los momentos extraños que nos salvan, porque no hay escala para valorar los instantes de belleza y de amor.</p>



<p>Hemos dicho momentos extraños y se nos ocurre recordar que extraño es antónimo de normal, de normalidad, de realidad, pues, y realidad, tal y como la estamos concibiendo, se parece demasiado a un sinónimo de precipicio.</p>



<p>Volvemos a hablar de ese precipicio en el que han desaparecido los árboles y los conejos, y dentro del cual acabará por sucumbir, si nos empeñamos en regirnos por lo normal, el dolor de los demás, el arco iris que aparece hasta en los charcos, lo que profesamos por nuestras parejas, el reflejo de las estrellas y hasta el humo de la buena memoria: todo lo que nos produce buenos sentimientos, asombro, extrañeza. Ese precipicio, esa realidad, esa normalidad, esa tecnología, esa ciencia, tiene mucho que ver con las soluciones que, recordamos, son las grandes aspiraciones de los mercados.</p>



<p>¿Significa esto que los grandes problemas no tienen solución? No cercenemos lo posible antes de tiempo. Los grandes problemas pueden pensarse. Es más, deben pensarse. El poder, por su parte, es amigo de soluciones sin pensamiento. Creo que a eso se le conoce como codicia.</p>



<p>Poder, codicia, mercado… Pero detrás de esos conceptos hay personas. Recurro ahora a mi ambiente, a mi educación, a mi clase social y pienso que si existen los mercados es porque existen los mercaderes y, en consecuencia, cabe gritar: «Quiten esto de aquí, no hagan de la casa de Mi Padre&nbsp;una casa de comercio»; o «¿No está escrito: “mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones”? Pero ustedes la han hecho&nbsp;cueva de ladrones».</p>



<p>Lo normal, entendiendo por normal lo real y por real lo que hemos estado describiendo, es que la casa de oración, la casa de mi padre, el arco iris de los charcos, los cuidados frente al dolor ajeno y casi todas las cosas que hay en el planeta desaparezcan algún día, como desaparecieron el rinoceronte blanco y el pájaro Dodo. A nosotros nos queda el consuelo, el pensamiento, de escribir algún pie de página en esta historia, recordando que literariamente no vale cualquier causa, sino que lo primero es elegir bien la causa y entonces sí, entonces todo puede valer. </p>



<p>En la causa que a mí me hubiera gustado defender, se vería reflejado mi sueño, ese lugar en el que, he debido comentar al principio, somos invencibles. En mi sueño todo el mundo tiene pan, sí, pero además todo el mundo tiene sol, incienso, zapatos nuevos y cerezos en flor.</p>



<p></p>



<p></p>



<p>* Ricardo Martínez Llorca leyó este texto en las presentaciones de su crónica <em><a href="https://editorialcomba.com/libros/ensayo/el-viento-y-la-semilla/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">El viento y la semilla</a></em>.</p>
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