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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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		<title>Roberto Bolaño en El Masnou</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Magnet]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 17 Oct 2016 15:43:26 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Hacia finales de febrero de 2003, cinco meses antes de su muerte, una librera de mi pueblo consiguió traer tras muchos empeños a Roberto Bolaño, para que hablara de lo que una lectora llamó, ante los treinta que éramos, «su obra». El Masnou pertenece a la comarca del Maresme, la misma donde vivía Bolaño, quien llegó puntual a la cita y esperó pacientemente a que la apasionada lectora, volcada en detalles de su biografía, terminara la presentación del autor.
Para empezar, Bolaño dijo que no podía hablarse de «su obra». Muchos críticos tendían a hacerlo, a hablar de su obra, pero cuando se dice obra, aclaró, sólo podemos hablar de escritores como Joyce, Kafka, Proust, Cervantes o Borges; no se puede hablar de «la obra de Bolaño».
La literatura es un oficio muy peligroso, dijo recordando a Pavese, porque rara vez el autor se siente satisfecho. Los verdaderos escritores están más cerca del suicidio, como muchos escritores lo estuvieron a lo largo de la historia. Era heroico quitarse la vida, dijo Bolaño, como aquellos romanos que en el siglo II consumaban su harakiri latino cuando llegaba el momento de poner a prueba su honor; pero esos heroísmos, como muchos otros, ya han pasado a la historia. Estamos hablando de cosas ideales, dijo, y el mundo en que vivimos no es un mundo ideal. Es un mundo distorsionado, perdido; es el comienzo de algo que ni alcanzamos a vislumbrar, sentenció como si ya hubiera estado de visita en ese mundo del futuro y hubiera regresado para contárnoslo. El mundo del futuro es un mundo dominado por el germen del kitsch que lleva en sí el sistema económico dominante, la globalización, eufemismo que oculta un gran abismo entre ricos y pobres.						]]></description>
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									<p>Hacia finales de febrero de 2003, cinco meses antes de su muerte, una librera de mi pueblo consiguió traer tras muchos empeños a Roberto Bolaño, para que hablara de lo que una lectora llamó, ante los treinta que éramos, «su obra». El Masnou pertenece a la comarca del Maresme, la misma donde vivía Bolaño, quien llegó puntual a la cita y esperó pacientemente a que la apasionada lectora, volcada en detalles de su biografía, terminara la presentación del autor.</p><p>Para empezar, Bolaño dijo que no podía hablarse de «su obra». Muchos críticos tendían a hacerlo, a hablar de su obra, pero cuando se dice obra, aclaró, sólo podemos hablar de escritores como Joyce, Kafka, Proust, Cervantes o Borges; no se puede hablar de «la obra de Bolaño».</p><p>La literatura es un oficio muy peligroso, dijo recordando a Pavese, porque rara vez el autor se siente satisfecho. Los verdaderos escritores están más cerca del suicidio, como muchos escritores lo estuvieron a lo largo de la historia. Era heroico quitarse la vida, dijo Bolaño, como aquellos romanos que en el siglo II consumaban su harakiri latino cuando llegaba el momento de poner a prueba su honor; pero esos heroísmos, como muchos otros, ya han pasado a la historia. Estamos hablando de cosas ideales, dijo, y el mundo en que vivimos no es un mundo ideal. Es un mundo distorsionado, perdido; es el comienzo de algo que ni alcanzamos a vislumbrar, sentenció como si ya hubiera estado de visita en ese mundo del futuro y hubiera regresado para contárnoslo. El mundo del futuro es un mundo dominado por el germen del kitsch que lleva en sí el sistema económico dominante, la globalización, eufemismo que oculta un gran abismo entre ricos y pobres.</p><p>De repente, en sus comentarios iniciales, Bolaño parecía un marxista, aunque a poco andar su visión del mundo era sobre todo la perspectiva de alguien que no estaba dispuesto a discutir demasiado, un hombre con un patente cansancio después de haber vivido mucho en sólo cincuenta años. Aún así, se adivinaba en él al fondista que corre contra el tiempo.</p><p>Cuando habló de sus raíces españolas, se animó. Habló de los Bolaño como un clan mundial, desde Galicia hasta el fútbol costarricense, y preguntó a quiénes de los presentes nos gustaba el fútbol. Dijo que un tal Bolaño de la liga ecuatoriana se parecía a su tío. O a alguien de su familia. <a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/bolano-en-el-masnou/dibujo-roberto-bolan%cc%83o/" rel="attachment wp-att-1580"><br /></a></p><p>Habló de Bryce, de Vargas Llosa y de aquel acierto literario de García Márquez. Habló muy bien de Javier Marías, aunque también reconoció que Marías había alcanzando un punto de desquiciamiento literario. Y habló de su patria, porque yo le pregunté: ¿Qué entiendes por patria? ¿Dónde están tus raíces? Dijo que nunca se había sentido extranjero en ningún lugar, algo que no era muy habitual entre sus compatriotas. Luego citó a un escritor contemporáneo y dijo que su patria eran sus amigos y los vínculos que había establecido con los suyos allá donde iba, que el mundo no era un lugar muy habitable pero siempre habría amigos y habría literatura, aunque esta forma de expresión estaba sin duda destinada a extinguirse. Eso dijo de la literatura. Y todos nos quedamos mirando hacia el vacío del futuro, hacia ese tiempo de extinción total de la literatura.</p><p>Bolaño estaba cómodamente arrellanado en la silla que nuestra librera había dispuesto para él. Yo estaba en primera fila y vi que tenía los cordones de las botas sueltos, que no había lavado sus tejanos en varios meses. Llevaba un delgado anorak azul (se lo quitó cuando todos empezamos a fumar), bajo el cual vestía una camisa azul arrugada. Al lado del sillón había dejado un bolso deportivo que hacía pensar en alguien que viene de la piscina municipal. Tenía el pelo revuelto; y cada vez que se lo mesaba, lo dejaba aún más revuelto. </p><p><img decoding="async" class="wp-image-4223 alignright" src="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1.jpg" alt="" width="247" height="170" srcset="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1.jpg 640w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1-300x207.jpg 300w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1-600x414.jpg 600w" sizes="(max-width: 247px) 100vw, 247px" /></p><p>Bolaño ya traía esa pinta en las fotos que habíamos visto de él, esa pinta de escritor libre y despreocupado de las convenciones del <em>look</em>. Y ahora lo teníamos delante, un maestro consumado del cuento, un maestro del «seco», en su prosa, como el «Martini seco», un hombre que había desarrollado un universo estilístico cuyo rasgo sobresaliente era la libertad, pero donde tampoco estaba ausente un clima de fin de mundo, un clima agorero y hostil, poblado por personajes que en una sola vida caminan varias veces por la cuerda floja. Era el Bolaño que había inyectado una dosis de inventiva sin igual en la novela hispanoamericana, que dormitaba desde los años de <em>Rayuela</em>, <em>Adán Buenosayres</em> o <em>La vida breve</em>.</p><p><em>Los detectives salvajes </em>no es sólo una odisea moderna —la de su generación—, con su compleja iconoclasia, sino también una introspección personal en busca de un demiurgo, o en busca de una condición que excluía, desinteresadamente, a la «nación», fuera física o literaria. Esa libertad se reflejaba en él a la perfección, y entonces vimos, como otros habrán visto, esa entrañable paradoja que era Bolaño, la grandeza revestida de sencillez, la fuerza revestida de fragilidad, la erudición transmitida con naturalidad, la ternura con cara de boxeador cansado.</p><p>Finalmente, quiso adentrarse en la espesa e inasible dicotomía entre ficción y realidad. Nos contó la historia de una amiga de Barcelona que había descubierto que en su edificio vivía un escritor sudamericano que tenía relaciones con la caniche de una vecina. El escritor sudamericano —no quiso dar el nombre— no sólo fornicaba con la perra, sino que, además, se había enamorado hasta las patas. Le compraba collares y calzones de <em>todo a 100</em> y le prendía flores en las orejas. Los treinta que éramos reímos; Bolaño estaba serio. Aquello era un cuento magnífico, pero también era realidad. Y él nos preguntó:</p><p>—¿Ahora ven ustedes cómo la realidad puede superar a la ficción? —Todos asentimos. Y añadió—: Pero la realidad también puede superar a la realidad, porque después descubrí que el escritor no era sudamericano sino español.</p><p>No, tampoco podía decir su nombre. Bolaño estaba visiblemente cansado y se echó hacia atrás. Se ajustó esas gafas que lo hermanaban a Brecht y nos miró.</p><p>—Creo que se nos ha acabado la conversación —dijo—. Tengo que irme y agradezco que os hayáis dado la molestia de venir a escucharme, aunque no tenga nada importante que decir.</p><p>Éramos nosotros los agradecidos. No habían pasado ni dos horas, pero Bolaño ya tenía un puñado de amigos entre los que éramos, todos los que, en esa fría noche de febrero, habíamos compartido la brillante mirada que proyectaba sobre el mundo.</p><p>Escrito por <strong>Alberto Magnet Ferrero</strong></p><p></p><p></p>								</div>
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		<title>Bolaño en las catacumbas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Magnet]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 10 Oct 2016 18:40:21 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[A raíz del décimo aniversario de su muerte, en 2013, se presentó en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona una exposición sobre la obra de Roberto Bolaño. Una sala de dos alas de grandes dimensiones fue el lugar escogido, en una primera planta donde habría cabido holgadamente una exposición sobre el arte de una de las grandes dinastías egipcias. Menciono el detalle de la primera planta porque, curiosamente, la impresión al entrar es la de haber bajado a una sala subterránea. Al pasar de la luz del día a un espacio interior, hace falta un buen rato para que los conos y bastoncillos se acostumbren a la penumbra. El ambiente de aquella sala, debido a la escasa iluminación y a un constante sonido envolvente que hace pensar en agoreros (y desagradables) desgarros provenientes de las entrañas de la tierra, o que a ratos parece reproducir en sordina las oraciones de unos aterrorizados fieles en las profundidades de una catacumba, predispone al visitante a sumirse en un curioso estado, mezcla de tensión y alerta, que no contribuye en nada a una experiencia grata.
De esta manera, abstrayéndose de aquel decorado diseñado por alguien que jamás leyó a Bolaño, que habrá frecuentado discotecas con asiduidad y sufrido horribles pesadillas lisérgicas, al dar los primeros pasos los ojos del visitante se posan sobre una placa de metacrilato en que se reproduce una frase ya conocida que figura en el Manifiesto Infrarealista de 1976, probablemente acuñada por el propio Bolaño: «No sólo en los museos hay mierda.» Pareciera que el espíritu de Bolaño se ha apostado en las puertas mismas de la exposición para prevenirnos de lo que podemos encontrar durante nuestro recorrido.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/09/bolano.png"> </a></p>
<p>A raíz del décimo aniversario de su muerte, en 2013, se presentó en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona una exposición sobre la obra de Roberto Bolaño. Una sala de dos alas de grandes dimensiones fue el lugar escogido, en una primera planta donde habría cabido holgadamente una exposición sobre el arte de una de las grandes dinastías egipcias. Menciono el detalle de la primera planta porque, curiosamente, la impresión al entrar es la de haber bajado a una sala subterránea. Al pasar de la luz del día a un espacio interior, hace falta un buen rato para que los conos y bastoncillos se acostumbren a la penumbra. El ambiente de aquella sala, debido a la escasa iluminación y a un constante sonido envolvente que hace pensar en agoreros (y desagradables) desgarros provenientes de las entrañas de la tierra, o que a ratos parece reproducir en sordina las oraciones de unos aterrorizados fieles en las profundidades de una catacumba, predispone al visitante a sumirse en un curioso estado, mezcla de tensión y alerta, que no contribuye en nada a una experiencia grata.</p>
<p>De esta manera, abstrayéndose de aquel decorado diseñado por alguien que jamás leyó a Bolaño, que habrá frecuentado discotecas con asiduidad y sufrido horribles pesadillas lisérgicas, al dar los primeros pasos los ojos del visitante se posan sobre una placa de metacrilato en que se reproduce una frase ya conocida que figura en el Manifiesto Infrarealista de 1976, probablemente acuñada por el propio Bolaño: «No sólo en los museos hay mierda.» Pareciera que el espíritu de Bolaño se ha apostado en las puertas mismas de la exposición para prevenirnos de lo que podemos encontrar durante nuestro recorrido.</p>
<p>Tampoco es fortuita la alusión a la dinastía egipcia, porque, incluso quienes nunca hayan visitado una muestra de ese tipo, tendrán al poco andar la sensación de encontrarse en un ambiente que invita a adentrarse en un pasado remoto, y que en los anaqueles distribuidos a lo largo de las paredes de la sala se exhiben objetos que bien podrían ser colecciones de antiquísimas joyas, objetos litúrgicos, artefactos encontrados en alguna tumba real sepultada bajo siglos de arena, expuestos con una luz mezquina que nos dice, en este caso: «Se mira pero no se lee.»</p>
<p>En rigor, estos detalles no son verdaderamente propios de un comentario sobre una exposición, pero para quienes sufren de algún mal vertebral o escapular (alrededor del 60% de la humanidad) la altura de dichos anaqueles constituye un severo desafío. Dicha altura es fruto de la idea genuina —e ingenua— que concibe los manuscritos de Bolaño como objetos fetiche expuestos para ser mirados o «admirados», pero en ningún caso para ser leídos. La caligrafía de Bolaño, una letra menuda y apretada, no se presta precisamente a ser leída a una distancia que supere los cuarenta centímetros, distancia que obliga al visitante a permanecer inclinado en una humilde y dolorosa venia de noventa grados.</p>
<p>Hay también una buena cantidad de fotografías, cuya peculiaridad es la de retratar, en su mayor parte, una franja de la vida de Bolaño que empieza en Cataluña —en 1977— y termina con su muerte. Hay fotos de los episodios mexicanos, pero son relativamente escasas. Algo similar ocurre con la presencia de la familia chilena, o con manuscritos y diarios, en su mayoría escogidos de la misma época. Se dirá que aquello corresponde al periodo de mayor producción literaria, pero lo expuesto es una visión sesgada de una vida que tiene muchas más facetas que las del Bolaño de Barcelona, Gerona y Blanes. Como si una mano oscura hubiera impuesto límites a la posibilidad de mostrar un Bolaño más completo, de dar rienda suelta a una perspectiva más poética y menos comercial de su obra, con su tierna, entrañable y diversa mirada sobre el mundo. Algo ha quedado trunco. Esa perspectiva abierta de las distintas épocas de su vida debería incluir necesariamente la muy importante etapa final, que transcurre junto a Carmen Pérez de Vega, la mujer que se convirtió en la gran amiga de Bolaño y lo acompañó hasta el final. Ahí también, en lo que parece una censura que planea sobre la parte final de su vida, la exposición del CCCB vuelve a quedar trunca. En lugar de una muestra sobre la vida y obra de Roberto Bolaño, desde su infancia infrarealista hasta la madurez del narrador de <em>Los detectives</em> y <em>2666</em>, con el enorme caudal de vitalidad que la recorre, el visitante encuentra una muestra sobre la vida y obra de San Roberto Bolaño.</p>
<p>La miserable iluminación de aquella sala bien podría ser reemplazada por cirios de cinco vatios y no habría diferencia. El horripilante sonido envolvente evoca la melodía de un órgano agónico y pregregoriano que transmite subliminalmente la idea de que nos encontramos frente a objetos sagrados, ocultos al resto de los mortales, fijados, embalsamados a perpetuidad en sus penumbrosos nichos, como esa insólita colección de gafas, tristes y despersonalizadas, en la pequeña urna.</p>
<p>Nada de esto queda más lejos del auténtico universo de Bolaño, cuya principal virtud fue y sigue siendo arrojar luz a raudales sobre la vida misma y sobre un panorama de las letras españolas —y universales— que a ratos parece «un desierto de aburrimiento». La vida de Bolaño está marcada por la voluntad de salir al mundo abriéndose a él, rompiendo compartimentos estancos, hermanando la poesía con una experiencia vital cuyas raíces empiezan y acaban en el exilio, lo cual, en su caso, significó echar —y dejar— fugaces raíces ahí por donde pasara. La precariedad en que se desenvolvieron esas experiencias nunca fueron un pretexto para huir del mundo y refugiarse en la pretendida oscuridad que quiere connotar el decorado en que han acabado sus manuscritos. El optimismo que late en el tesón con que Bolaño encaró los momentos más apremiantes de su vida y cruzó los desiertos de aburrimiento es un optimismo alegre y mundano, nutrido por su permanente intercambio con la luminosidad de toda cosa, de toda amistad, de toda experiencia. Esto es algo que cualquiera ve en esos escritos expuestos que, ellos sí, están ahí con su valor intrínseco, queriendo desautorizar con cada una de sus líneas la mezquindad oscura que los aloja.</p>
<p>Al salir, el visitante vuelve a ver la misma cita que vio al entrar, sobre la basura y los museos, y la contradicción salta a la vista por sí sola. Sospecho que, en primer lugar, a Bolaño le habría costado mucho autorizar una exposición sobre aquello que se negaba a llamar su «obra»; en segundo lugar, si finalmente hubiese llegado a producirse y le hubiesen mostrado el resultado final, Bolaño les habría dicho que era imperativo quitar el techo, encender las luces y abrir las puertas para que penetrara el sol de mediodía, la luz y el aire, elementos que conspiran contra el oscurantismo del culto.</p>
<p>Escrito por <strong>Alberto Magnet Ferrero</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en Piensachile.com y Archivio Bolaño</p>
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		<title>Las patrias de Bolaño</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Magnet]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 26 Sep 2016 10:08:26 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[A Bolaño siempre le interesó, si es que no le obsesionó, la figura del guerrero. ¿Qué guerrero? El guerrero de la Grecia antigua, o el guerrero de una Roma donde los códigos del honor y la gloria literaria compartían rango de importancia con la guerra. A Bolaño le interesaban, en realidad, todo tipo de guerreros. Le interesaban los guerreros de la literatura, probablemente más que los de la Historia. Le interesaba más un guerrero como Erdosain que uno como Lavalle, prefería a Huckleberry Finn antes que a Patton. En realidad, los guerreros de Bolaño no pertenecían a la galería de los héroes militares. Bolaño habla de Arquíloco, poeta y mercenario griego del siglo vii a.c., pero este soldado le interesa no por sus hazañas bélicas sino porque, en un momento de la contienda, arroja lanza y escudo y huye de la batalla, un gesto heroico, hay que reconocerlo, en un mundo donde los cobardes eran ejecutados sin contemplaciones. Para Bolaño, el escritor era guerrero cuando arriesgaba, cuando daba todo lo que tenía, cuando arrojaba la lanza y el escudo del escritor-mercenario “moderno” y partía solo al encuentro de lo que la vida le depara.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>“Hay exilios que duran toda una vida y otros que duran un fin de semana.” </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>“Era un gran escritor. Un gran hombre. Así hay que empezar, según un socorrista de la Cruz Roja”. </em><br />
Roberto Bolaño</p>
<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/las-patrias-de-bolano/captura-de-pantalla-2016-09-26-a-las-12-01-27/" rel="attachment wp-att-1537"><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignleft size-full wp-image-1537" src="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/09/Captura-de-pantalla-2016-09-26-a-las-12.01.27.png" alt="captura-de-pantalla-2016-09-26-a-las-12-01-27" width="186" height="443"></a>A Bolaño siempre le interesó, si es que no le obsesionó, la figura del guerrero. ¿Qué guerrero? El guerrero de la Grecia antigua, o el guerrero de una Roma donde los códigos del honor y la gloria literaria compartían rango de importancia con la guerra. A Bolaño le interesaban, en realidad, todo tipo de guerreros. Le interesaban los guerreros de la literatura, probablemente más que los de la Historia. Le interesaba más un guerrero como Erdosain que uno como Lavalle, prefería a Huckleberry Finn antes que a Patton. En realidad, los guerreros de Bolaño no pertenecían a la galería de los héroes militares. Bolaño habla de Arquíloco, poeta y mercenario griego del siglo vii a.c., pero este soldado le interesa no por sus hazañas bélicas sino porque, en un momento de la contienda, arroja lanza y escudo y huye de la batalla, un gesto heroico, hay que reconocerlo, en un mundo donde los cobardes eran ejecutados sin contemplaciones. Para Bolaño, el escritor era guerrero cuando arriesgaba, cuando daba todo lo que tenía, cuando arrojaba la lanza y el escudo del escritor-mercenario “moderno” y partía solo al encuentro de lo que la vida le depara.</p>
<p>Las páginas recopiladas en <em>Entre paréntesis</em> (Anagrama, 2004) por Ignacio Echeverría (el Iñaki Echevarne de <em>Los detectives salvajes</em>), uno de sus grandes amigos, corresponden a una cara del universo de Bolaño, o a una cara del escritor y su quehacer que aún quedaba por descubrir. Son páginas donde Bolaño se desenvuelve con soltura y desparpajo, sobre todo; se mueve con asombrosa libertad en el mundo de la reflexión intelectual y de la crítica, hoy en día convertido en gueto, cuando no en execrable feudo de la corrección política. Bolaño no intenta ocultarse detrás de sus juicios y opiniones críticas sobre escritores del pasado y del presente, de aquí y de allá, sin esconder la mano después de tirar la piedra, una piedra que ha dejado cristales rotos a ambos lados del Atlántico.</p>
<p>A través de estos discursos (insufribles, dice él) de los artículos periodísticos y las crónicas de este volumen, se reformula una pregunta ya antigua pero sin cuya actualización la literatura no podría seguir viva: ¿Qué es un escritor? ¿De qué materia(l) está hecho? ¿De qué materia(l) están hechos sus devaneos? ¿A qué impulsos responde su necesidad de internarse por caminos desconocidos, como si el escritor perteneciera a la estirpe de los últimos aventureros? En realidad, en un mundo explorado y vuelto a explorar hasta convertir la aventura de antaño en un safari de vacaciones de verano con Coca-Cola, no es una idea descabellada. Las palabras tienen esa naturaleza casi vegetal, gracias a la cual germinan continuamente nuevas e impenetrables espesuras, que corresponden a otros tantos universos posibles.</p>
<p>El machete con que el escritor se abre camino en esa espesura es el estilo, el estilo como «hilo único y solitario del pensamiento», como decía Barthes. No es de extrañar que todo lo demás quede atrás y pierda relieve y relevancia, la patria y el inventario de sus valores, que quede atrás ese «sello común de la chilenidad, es decir, el sello común de una infancia sumida en la niebla», ni es de extrañar que pierda relieve la idea de que el escritor —el hombre— ha de someterse al concepto de patria, puesto que la llamada patria, además de ser un dato puramente casual, no es más que un territorio y una lengua, la de los padres. Lo que pervive es la lengua, porque es ella la que nos permite asomarnos al mundo, y ya en esa primera mirada darnos cuenta de que el mundo es ancho y ajeno, y que se puede recorrer, habitar, que las fronteras se pueden y se deben franquear.</p>
<p>El escritor trabaja «esté donde esté», y por eso no tiene patria. «La literatura, al contrario que la muerte, vive en la intemperie, en la desprotección, lejos de los gobiernos y las leyes, salvo la ley de la literatura, que sólo los mejores son capaces de romper. Y entonces ya no existe la literatura, sino el ejemplo.»</p>
<p>De alguna manera, la suerte de Roberto Bolaño viene a encarnar la realización de lo que se perfila como uno de los derechos humanos más elementales e irrenunciables de los tiempos modernos: el derecho de poder escoger el lugar donde se ha de morir, ya que no se puede escoger el lugar donde se nace. En muchas ocasiones, Bolaño aludió a la patria. «Mi patria es mi infancia»…«Mi patria son mis hijos»…«Mi patria son mis libros», esto decía. Cuando aludía a su nacionalidad, decía ser chileno, pero «lo mismo me da que digan que soy chileno (…) o que digan que soy mexicano (…) e incluso lo mismo me da que me consideren español». El discurso pronunciado con ocasión de la entrega del premio Rómulo Gallegos es una entrañable —tan entrañable como laberíntica— declaración de principios sobre su adhesión al ideal bolivariano, no sólo en un plano literario, sino también como metadiscurso político sobre el pasado y el futuro común de los pueblos americanos.</p>
<p>Tras el estallido de la barbarie que marcó a su generación, la generación que en 1973 tenía veinte años, la aventura chilena de Bolaño acabó en el exilio, ese exilio en que Bolaño no cree, porque el exilio, dice, es casi una condición del escritor por defecto, porque «todos los escritores son exiliados por el solo hecho de asomarse a la literatura». Con el tiempo y los años, su singladura lo llevó a tierras españolas, donde siempre se sintió a sus anchas, virtud no desdeñable, porque a menudo los chilenos se parecen a ese compatriota arquetípico que Bolaño recuerda y que soñaba con volver a Chile a «besar suelo chileno».</p>
<p>El oficio de escritor, en efecto, no se parece a ningún otro. Ni al de policía, ni al de banquero ni al de deportista. Bolaño no tiene una patria, tiene múltiples patrias, casi tantas como libros ha leído. Tiene una patria en Conrad, y tiene una patria en Kafka, en Mark Twain y en Stendhal… A diferencia del banquero, que sólo es banquero durante el horario de trabajo, el escritor es y trabaja, siempre y en todo lugar. El escritor sabe que la literatura es un oficio peligroso que lo ha alejado para siempre jamás de la patria del común de los mortales, cuyo suelo nunca llegará a besar. Quizá por eso, como broche final de una reflexión sobre la identidad del escritor, dice: «Las putas, tal vez, sean las que más se acercan al oficio de la literatura.»</p>
<p>Escrito por&nbsp;<strong>Alberto Magnet Ferrero, </strong>escritor y traductor chileno radicado en Barcelona</p>
<p>Este artículo se publicó en <a href="http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2005/01/21/las-patrias-de-roberto-bolano/">El Mostrador</a></p>
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		<title>Apellidos</title>
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		<pubDate>Thu, 21 May 2015 08:47:44 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[¿Por qué habría de ser guapo? ¿O guapa? ¿Guapos? La lista es larga y trae en torno a cuarenta nombres, con unos pocos suplentes, por si las moscas, no fuera a llevarse el telón alguna alma cándida, hija de la duda, mejor preparada para el ejercicio literario que para el político.
En inmediatas fechas habrá elecciones municipales y regionales, y en fechas no tan inmediatas pero sí próximas, generales, con la retahíla de colores y promesas propia de todo periodo electoral, y también la de nombres. Nada más fascinante en estos períodos que asomarse a las papeletas de cada partido y leer el nombre y apellidos de sus candidatos. De cada apellido podría salir un personaje de ficción. Y lo que es peor, sale, salvo que en clave política. No importa si es guapo o no, si tiene mejor o peor dicción, si la mirada es directa o dispersa; lo que de veras hace al personaje es el apellido, o aun el nombre, en caso de ser muy particular, tipo Jeremías, Rita o Gumersindo; Feliciana, Gertrudis o Roberto.
En el último ejemplo, claro está, el nombre no sería tan determinante. Habría que asomarse al apellido para captar su razón de ser. Roberto es un nombre común en todas las Españas, si expresión tan machadiana se nos permite. Los hay de toda clase y condición: ciclistas, profesores, lingüistas, cabreros, senadores, doctores, etcétera, lejos ya de los dos Robertos canonizados por la Iglesia Católica, De Molesmes y Belarmino, dos hombres tercos y abnegados. Vistos hoy, sendos Robertos muestran un gran perfil para la ficción —sobre todo, Belarmino—, excelentes personajes ya no sólo para el ojo atormentado de Francis Bacon, el pintor, sino para el análisis de un autor literario.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>¿Por qué habría de ser guapo? ¿O guapa? ¿Guapos? La lista es larga y trae en torno a cuarenta nombres, con unos pocos suplentes, por si las moscas, no fuera a llevarse el telón alguna alma cándida, hija de la duda, mejor preparada para el ejercicio literario que para el político.</p>
<p>En inmediatas fechas habrá elecciones municipales y regionales, y en fechas no tan inmediatas pero sí próximas, generales, con la retahíla de colores y promesas propia de todo periodo electoral, y también la de nombres. Nada más fascinante en estos períodos que asomarse a las papeletas de cada partido y leer el nombre y apellidos de sus candidatos. De cada apellido podría salir un personaje de ficción. Y lo que es peor, sale, salvo que en clave política. No importa si es guapo o no, si tiene mejor o peor dicción, si la mirada es directa o dispersa; lo que de veras hace al personaje es el apellido, o aun el nombre, en caso de ser muy particular, tipo Jeremías, Rita o Gumersindo; Feliciana, Gertrudis o Roberto.</p>
<p>En el último ejemplo, claro está, el nombre no sería tan determinante. Habría que asomarse al apellido para captar su razón de ser. Roberto es un nombre común en todas las Españas, si expresión tan machadiana se nos permite. Los hay de toda clase y condición: ciclistas, profesores, lingüistas, cabreros, senadores, doctores, etcétera, lejos ya de los dos Robertos canonizados por la Iglesia Católica, De Molesmes y Belarmino, dos hombres tercos y abnegados. Vistos hoy, sendos Robertos muestran un gran perfil para la ficción —sobre todo, Belarmino—, excelentes personajes ya no sólo para el ojo atormentado de Francis Bacon, el pintor, sino para el análisis de un autor literario.</p>
<p>En esos andurriales podrían haberse metido, trasladada la cuestión a nuestro tiempo, los detectives de Roberto Bolaño, en una errancia poética más, esta vez con salmos, a través de pelafustanes y continentes, asesinatos y manicomios, en busca del hipotético segundo apellido de sendos Robertos y de su rancio valor poético. El de Bolaño siempre estuvo más bien en la sombra, oculto tras la eufonía de las seis sílabas que componen su nombre y primer apellido. Por eso llama la atención que el Ayuntamiento de Barcelona, al dedicarle una placa en la fachada del edificio de la calle Tallers donde residió —número 45—, optara por poner su nombre completo, Roberto Bolaño Ávalos, en vez de recordarlo simplemente con el nombre por el que es conocido en medio mundo. Es probable que en la decisión haya intervenido la familia y por lo tanto no sea un capricho del Ayuntamiento, pero aun así suena raro, como a cuestión oficial, a papeleta de partido político. Nombre, primer apellido, segundo apellido. Doy mi voto a la candidatura presentada por…</p>
<p>En su novela <em>Los detectives salvajes</em>, Bolaño da voz a una cuarentena de personajes, con un espacio muy marcado para cada uno, como en un parlamento. ‹‹Mi novela tiene casi tantas lecturas como voces hay en ella —dijo—. Se puede leer como una agonía. También se puede leer como un juego.›› Apenas diez de estos personajes, sin embargo, aparecen con el segundo apellido. Tampoco los detectives en cuestión, Arturo Belano y Ulises Lima, constan para el lector de segundo apellido, sólo el narrador inicial, el poeta Juan García Madero, un chico de diecisiete años a través de cuyo testimonio empiezan a hablar Belano y Lima. La voz de García Madero es tan sincera y candorosa que tiene un punto colegial, y es allí nada menos, en los colegios, donde cada cual toma conciencia de su nombre completo. Sólo algunos logran quitarse peso nominal antes de sacarse el expediente. Otros ni lo intentan, en cambio: ponen sus apellidos por delante y hacen del colegio un modelo para la vida, hasta dar con ellos en una lista electoral o en el comité ejecutivo de cualquier empresa de oscuro capital. Depende del apellido con el que cada cual se haya educado, un juego o una agonía, esto es, mucho más que del aspecto.</p>
<p>Bolaño dio con los suyos en esta placa de la calle Tallers, a los doce años de su muerte. Llama la atención también que se lo recuerde como ‹‹escritor y poeta››, lo que así dicho es redundante. Lo más correcto sería decir ‹‹narrador y poeta››, puestos a detallar, o nada más que ‹‹escritor››. ¿O acaso la poesía es un género al margen de la escritura? No es poco habitual esta redundancia, ‹‹escritor y poeta››, cuando lo uno incluye lo otro. Escritor es la persona que escribe, según la Real Académica de la Lengua, y poeta, el que lo hace en verso. A Mario Benedetti también se lo recuerda como ‹‹escritor y poeta››, por ejemplo, y a Octavio Paz, cuando en su caso, además de diplomático, habría que decir ‹‹ensayista y poeta››.</p>
<p>Los ejemplos son infinitos, y claro está que de menor orden, gentes de letras que se otorgan el adjetivo poeta después de escritor para darse brillo, como si lo primero fuera vago, aunque indispensable. No prescinden de ello. Poeta o dramaturgo o columnista acompañan al general ‹‹escritor›› como ciertos apellidos al nombre, para darse brillo, para demostrar de qué fuente beben y cuáles son sus antepasados.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2015/05/Una-placa-recuerda-que-en-la-c_54429732866_54028874188_960_639.jpg"><br />
</a></p>
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