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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Amistad y cambalache</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/amistad-y-cambalache/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Feb 2025 09:26:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[Tras su aplaudida incursión en las miserias provincianas realizada en "Arauco" (Comba, 2022), Zurita se encomienda ahora al espíritu tanguero para proponer al lector un baile a dos tiempos, entre Santiago de Chile y Barcelona, un baile que rezuma por igual amor a la literatura y a la música, y en el cual se gesta una afrenta. ]]></description>
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<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Ante la avalancha que nos viene cercando e ignoramos de qué atropellos será capaz, Juan Manuel Zurita (Chile, 1978) osa hablarnos en su nueva novela de una infamia particular. Y casi atemporal. Una infamia con aroma a tango viejo y tonadilla no por trillada menos certera. «Soy alumno de Enrique Santos Discépolo —dice, fiel admirador del compositor de tangos—, vengo de esta escuela emocional.»</p>



<p>Tras su aplaudida incursión en las miserias provincianas realizada en <em>Arauco</em> (Comba, 2022), se encomienda ahora al espíritu tanguero para proponer al lector un baile a dos tiempos, entre Santiago de Chile y Barcelona, un baile que rezuma por igual amor a la literatura y a la música, y en cuyo entrevero se gesta una afrenta. Lo intuimos a cada paso, adelante o atrás, agarre de cintura o prudente distanciamiento corporal, en la trabada amistad que mantienen los dos protagonistas, estudiantes chilenos de letras en Barcelona.</p>



<p>La primera frase del libro da buena cuenta del compás que ha de llevar el baile: «Sostengo con absoluta seguridad que, a pesar de todo el esfuerzo por parecer lo contrario, Juan José Gatica fue un tipo feliz.» Lo dice Andrés, con un barroquismo desenfadado que es epítome de su complejo carácter y de su amistad con Gatica, también llamado Juanjo.</p>



<p><em>This is Music o Historia particular de un infame</em> es ante todo una novela sobre la amistad, tal cual destacó el autor en la presentación. Fue un sábado a la hora del vermut en la librería Documenta, una presentación que lo mismo podríamos haber celebrado en la puerta de embarque de un vuelo Barcelona–Santiago de Chile. La cuestión era presentarlo antes de su partida, porque Juan Manuel, como integrante casi del baile que lleva a cabo en la novela, cierra este febrero una larga, larguísima etapa barcelonesa. Más de diez años en la capital catalana, más autóctono ya que otros de apellido local que sacan pecho al pronunciar su nombre. Esto se aprecia en la naturalidad con que sus personajes callejean por el Ensanche o por el Raval, con que nombran la ciudad y la frecuentan, dejan que haga su voluntad con ellos y los pierda y los ordene y los vuelva a encontrar, bien sea en una terraza, bien en una canción o en una cita de Borges. Algo similar sucede con Santiago, pero esta crónica está escrita del lado de acá, desde la propia librería Documenta, en un sábado invernal afectado de primavera.</p>



<p>Una cuarentena de personas acogía en semicírculo a los ponentes, es decir, al propio autor y a la presentadora, la profesora y también escritora Constanza Ternicier. A un lado quedaba el editor, quien suscribe estas líneas, sombra orgullosa de la obra y partícipe en su discreta medida. No es un papel simple el del editor en estos casos, ya que es artífice de la publicación y tomar la voz resultaría por ello redundante, un redoble de tambores neutralizado en sí mismo. Claro que, después del autor, es quien más sabe de la obra. Y por eso, como aquél, el editor siente curiosidad y quiere saber a través de la percepción de los lectores.</p>



<p>En un momento dado Constanza dijo: «Eso habría que preguntárselo al editor, que está ahí… parece que despistado.» Nada más lejos de la realidad. El editor estaba lápiz en mano, tomando nota de las valiosas aportaciones de la presentadora y de las no menos oportunas respuestas del autor. «¿Escribe uno para pertenecer a algo?», preguntó ella, a lo que Juan Manuel nos brindó una respuesta olímpica, de las que quedan en la memoria de la gente: «Escribí <em>Arauco</em> en recuerdo de mi padre, un homenaje que le dediqué, y esta novela es un homenaje a mí mismo.» Borges, en su pose afrancesada, habría definido esta salida como una <em>boutade</em>. Necesaria, por lo demás; uno no puede ser sincero cuando le preguntan en público si a lo que viene dedicando los últimos años de su vida no es sino un esfuerzo, una voluntad de pertenencia. Lo es y no lo es. La escritura, que suele nacer de un desencanto íntimo, personal, contiene a su vez una paradoja difícil de calibrar: requiere de una distancia social que a su conclusión no tiene por qué verse superada, sino todo lo contrario. Y así uno sigue escribiendo. ¿Es por voluntad de pertenencia? Es por oficio, en el mejor de los casos, por ese deseo de ser sujeto y verbo a la vez, de sentirse colmado en la palabra y en los actos de cada personaje.&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>«No siempre somos buenos», dijo Juan Manuel. Y de la asunción de esta contrariedad, acaso flaqueza, nace o puede nacer el impulso literario. La infamia que tiene lugar en <em>This is Music</em> da buena cuenta de ello, en un juego —baile— que como bien dijo Constanza alude asimismo a la idea del doble, a las dos caras de la misma moneda que, pese a su oposición, deben convivir la una con la otra. Es también un conflicto de clases, con sus envidias y sus resquemores, un conflicto que tiene su eco tanto en el lado de allá como en el de acá, si bien los términos son distintos y puede quedar disimulado en las canciones. Que Juanjo y Andrés tarareen los mismos temas no significa que compartan los mismo motivos y quebraderos de cabeza. Juanjo es un pijo diletante; Andrés, un romántico resentido y con aspiraciones literarias. Los une sin embargo la pasión por bandas como The Verve, Sumo o The Cure, cuyos temas resuenan entre líneas y apoyan el intenso ritmo de la novela. </p>



<p>Toda frase de Juan Manuel es intencionada y se hilvana con fuerza con la siguiente, en una viva concatenación que ya se apreciaba en <em>Arauco</em> y a la que ahora añade, en palabras de Constanza, una mayor variedad de registros. Lo mismo que en algunos pasajes se acerca al género policial, en otros toma un aire de novela de campus, se entrega a profundas conversaciones o acude a un tono periodístico…, una variedad fruto de la larga cocción de la novela y que hace bueno el verso de Discépolo en ‘Cambalache’: «Todo es igual, nada es mejor.» Así Juan Manuel, que tiene justificadas aspiraciones de gran profesor, ha volcado en <em>This is Music o Historia particular de un infame</em> unos conocimientos musicales, literarios y sobre todo humanos, sociológicos, que van de la calle a las aulas y a la inversa, y en los cuales se distinguen las trazas de los cambalaches en que la vida se ha mezclado.</p>



<p></p>



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		<item>
		<title>La importancia de la literatura</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/la-importancia-de-la-literatura/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Feb 2025 11:24:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Álvaro Pombo]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Miguel Delibes]]></category>
		<category><![CDATA[premio Cervantes]]></category>
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					<description><![CDATA[El próximo 23 de abril Álvaro Pombo va a recibir el Premio Cervantes, un merecido reconocimiento que celebramos cuantos conocemos su obra y que ojalá sirva para que llegue a quienes aún no han tenido ocasión de acercarse a ella. ]]></description>
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<p>Por Juan Bautista Durán</p>



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<p>El próximo 23 de abril Álvaro Pombo (Santander, 1939) va a recibir el Premio Cervantes, un merecido reconocimiento que celebramos cuantos conocemos su obra y que ojalá sirva para que llegue a quienes aún no han tenido ocasión de acercarse a ella. En Comba recibimos la noticia con gran entusiasmo, casi como si fuera un autor de nuestro catálogo, tras un año duro en el que por momentos el peso de los libros parecía a punto de doblar la columna que sostiene este entramado de palabras.</p>



<p>Cuesta sobrellevar estos tiempos en que el valor de las obras literarias está sujeto a su exposición en las redes sociales y a la cantidad de fotos que reciben, cuando los libros, si acaso son fotogénicos, lo son en la medida en que prefiguran inteligencia y conocimiento; es decir, no lo son por aquello que vemos, sino por cuanto entrañan. Y que la suerte de un título dependa de la pericia de quien lo fotografía, graba o saca a pasear, habla mal, muy mal, de esta época en que la falta de lectores se compensa con costosos másteres de escritura creativa. Es fácil entonces que algunos vean en el libro un objeto sagrado, de culto, que en unos casos genera distancia y en otros una ambición protagónica, de estampar el nombre propio en las cubiertas, cuando la literatura debe incumbir por igual al lector y al escritor.&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Un libro no <em>se hace</em> tan sólo al ser escrito, sino también al ser leído, un hecho que por paradójico que parezca no es sino la esencia del lenguaje: emisor y receptor. ¿Qué tal si fomentáramos másteres de <em>lectura</em> creativa? Pombo es un autor que logra acortar la distancia entre ambas figuras, y esto es, en parte, gracias a que dicta sus narraciones. Es un hecho muy llamativo y característico de su obra, hecho en el que incidí en la semblanza que escribí sobre él en 2013 para <em>El Diario Montañés</em>. «Se nota en el trato personal lo mismo que en la literatura —decía—. Una vez le pregunté si también leía en alto, lo que evidentemente no es así, puesto que no le daría la garganta para tanta perorata. Me respondió con una risotada estruendosa y sincera, propia de un hombre elocuente como él, escritor en todas las acepciones de la palabra: poeta, filósofo y narrador.</p>



<p>»Pombo dicta sus historias por una cuestión de comodidad personal, para no perder comba, se diría, en el proceso que va de la idea al papel. Su estilo es muy característico, claramente oral, y merece la admiración de los lectores y de quienes escribimos, no sólo por los resultados que consigue, sino por la fuerza mental que el dictado requiere. Antaño se conocía el caso de Eugenio D’Ors, quien también dictaba, salvo que D’Ors dictaba ensayos y sus famosas glosas, no historias, con sus personajes, sus emociones y sus circunstancias. Por eso Álvaro Pombo es un narrador en toda regla, al que el largo recorrido de la novela, por su estilo, le viene como anillo al dedo. Desmonta a los personajes como en una mesa de operaciones; los pone del derecho y del revés, los prueba en tal o cual situación, siempre con nervio, a fin de analizar sus respectivas personalidades.</p>



<p>»Se cumplen ahora treinta años de la publicación de <em>El héroe de las mansardas de Mansard</em>, gran evocación de la infancia, de los años posteriores a la Guerra Civil y de un mundo señorial que conoce de primera mano. Con esta novela puso la base de un universo donde los niños buscan su lugar entre señoras que toman el té de las cinco. Ni tía Eugenia ni Kús-Kús, ni posteriormente el Ceporro y el Chino, protagonistas de <em>Aparición del eterno femenino contada por S. M. el Rey</em>, pasan sin más ni más por la mente del lector. Tampoco pasan desapercibidos los protagonistas de <em>Contra natura </em>o <em>El cielo raso</em>, dos de sus títulos más significativos en cuanto al tratamiento de la homosexualidad contemporánea, donde la frescura inocente de Kús-Kús y compañía se torna en una madurez perspicaz y necesitada de afecto. Pombo explora cuantas inquietudes siente en sí mismo y en quienes le rodean a través de sus personajes, a quienes da un nombre y un entorno para que ejerzan de punta de lanza.</p>



<p>»No menos importantes, por cierto, son los títulos que da a los libros, o a las narraciones breves, con casos tan sonados e irónicos como <em>Avatar con peripecia de la reaparecida pitillera de Su Alteza Imperial la Archiduquesa Olga Alejandrovna</em>. De sus novelas habría que destacar en este sentido <em>Telepena de Celia Cecilia Villalobo </em>o <em>El metro de platino iridiado</em>, además de otros títulos ya mencionados. En ellos se encuentran a un tiempo su vis poética y la filosófica, tan presentes en toda su obra.»</p>



<p>Más de una década después de esta semblanza y ya metido el autor cántabro en los ochenta y tantos, sorprende que no haya cejado en su impulso narrativo ni cedido tampoco a la tentación de obras fáciles o meros refritos. Desde entonces ha publicado un ensayo, un libro de cuentos y ocho novelas, lo que se dice pronto, entre las cuales hay un título notable como <em>Santander, 1936</em>. Solía poner el ejemplo de Miguel Delibes y su gran novela <em>El hereje</em>, que el autor vallisoletano dio a la imprenta con casi ochenta años, para demostrar que la edad y sus achaques no deben ser un impedimento para este oficio suyo de contar historias. «Como dice el refrán, el que hace un cesto, hace ciento, y esto es lo mismo. Lo que me alegra es la conciencia de que puedo escribir. Si me faltara esta rutina, me sentiría perdido», aseguraba en una entrevista que le hice en 2015 para <em>Revista</em> <em>Quimera</em>.</p>



<p>Me recibió ese día con un gorrito azul en la cabeza que por lo visto sigue usando —si no es el mismo, es uno muy parecido—, reflejo de su raíz cántabra, de su ventana al norte, al mar, un gorrito que dudo mucho que vaya a ponerse para la entrega del Cervantes. Lo que no va a faltar en cambio son su guasa y su clarividencia, su capacidad de jugar con el lenguaje para expresar en palabras lo que los demás apenas intuimos. «La literatura —me dijo al final de la entrevista—, en contraste con las infinitas ventajas que han traído las nuevas tecnologías, tiene hoy día una función muy importante, en la purificación del dialecto de la tribu.»</p>



<p></p>



<p>En la imagen: Álvaro Pombo visto por Sergio Enríquez-Nistal&nbsp;</p>



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		<title>El maestro y la relectura</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/el-maestro-y-la-relectura/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 08 Feb 2024 16:56:14 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Vuelvo una vez más al capítulo trece de la novela de Mijaíl Bulgakov "El maestro y Margarita", titulado ‘La aparición del héroe’. […] El lector va a asistir nada menos que al encuentro entre dos enfermos de literatura, dos almas tan pronto aturdidas como evanescentes, pícaras, conscientes de la magia y la fuerza destructiva de la literatura.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
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<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>De «releer» dice el diccionario de la RAE que es la acción de leer de nuevo o volver a leer algo, y da como sinónimos «repasar» y «revisar». En este punto parece que los académicos se quedaron algo cortos, pese a la necesaria concisión de los diccionarios. Va más allá la acción de releer, y uno, a riesgo de sonar redicho o aun afectado, se atrevería a apuntar como sinónimos los verbos «recuperar», «recordar» y «revivir».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Vuelvo una vez más al capítulo trece de la novela de Mijaíl Bulgakov <em>El maestro y Margarita</em>, titulado ‘La aparición del héroe’, en el cual leemos que «por la ventana del balcón se asomaba con cautela un hombre de unos treinta y ocho años, afeitado, moreno, de nariz afilada, ojos inquietos y un mechón de pelo caído sobre la frente». La impresión que estas líneas producen en el lector, tras los extraños y alocados acontecimientos a los que viene asistiendo, es como toparse con la cruda realidad, el lugar del crimen. Uno puede pasar por delante de ello miles de veces que no dejará de impactarle. El lector va a asistir nada menos que al encuentro entre dos enfermos de literatura, dos almas tan pronto aturdidas como evanescentes, pícaras, conscientes de la magia y la fuerza destructiva de la literatura. «Salí con la novela en las manos y mi vida se terminó», dice el maestro, cuya aparición en el capítulo trece no pudo ser en vano.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Lo fácil es que estos detalles pasen desapercibidos en una primera lectura e incluso que este capítulo no cobre a ojos del lector la importancia vertebradora que tiene, impactado ante el diabólico vodevil al que viene asistiendo. En ese vodevil nada es gratuito, ninguna transfiguración ni decapitación, nada, tampoco el momento en que el poeta Desamparado asume que sus versos son de poca monta. Asistimos a un duelo soterrado entre narrativa y poesía, Pushkin mediante, en el que todo un orden social queda en tela de juicio. Son muchos los elementos que ahí entran en juego, y su relectura, la vuelta años después a su universo —lo mismo que a cualquier otra obra de relieve—, no sería justo llamarla revisión o repaso. La relectura conlleva también una capacidad de sorpresa, respecto al texto y respecto a uno mismo, lector, mientras que la revisión o el repaso tienen que ver con algo funcional y casi inmediato.&nbsp;&nbsp;</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Basta con recordar el aserto barojiano, según el cual a partir de cierta edad uno prefiere releer a leer. Esto significa volver atrás en el tiempo o, mejor aún, una medición de éste, en tanto que al volver sobre ciertas lecturas recuperamos sensaciones pasadas, cotejamos la mirada de quienes fuimos con la de quienes somos ahora. ¿Qué vemos hoy ante una misma palabra? Al leer, al avanzar en la relectura, no es raro que nos despojemos de una piel vieja a la manera de los reptiles, una piel hecha de impresiones que ya no van a ser las mismas y dan cuenta del camino realizado. Es más notoria esta sensación en novelas largas y de enjundia como <em>El maestro y Margarita</em>, para las que no siempre tenemos el tiempo ni el ánimo debidos, menos aún ante el alud de novedades y tentaciones en el que vivimos. Releer es, por tanto, una manera de hacer frente al frenesí contemporáneo, una redoblada abstracción, por la lectura en sí y por echar la vista atrás en el tiempo.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Uno es aquello que hace e hizo, y si bien no podemos volver a determinados lugares y ni mucho menos llevar a cabo ciertos actos, deshacerlos y llevarlos a cabo de nuevo, sí nos podemos asomar a las páginas de un libro leído y redescubrir, recobrar el eco de sentencias como ésta: «Me parecía que los autores de los artículos [sobre su novela] no decían lo que querían decir y que su indignación provenía de eso precisamente.» Después, cuenta el maestro, empezaba la etapa del miedo. «Me acosté sintiéndome ya mal y desperté enfermo del todo. De pronto me pareció que la oscuridad del otoño iba a romper los cristales, a entrar en la habitación y que yo me moriría como ahogado en tinta. Cuando me levanté era un hombre incapaz de dominarse. Di un grito y sentí el deseo de correr para estar con alguien, aunque fuera con el dueño mi casa.» ¡Morir ahogado en tinta!, dice, para requerir en seguida la compañía de alguien, quien fuere, y así salir de la propia ficción.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; «Odio la novela y tengo miedo. Estoy enfermo. Tengo miedo», concluye el maestro más adelante, trasladándole al lector un miedo que supone varios saltos diegéticos de golpe. Conviene revisar esos diálogos para apreciar su hondura, sus matices, pero mejor aún es darse a una relectura de la novela, dispuestos a entrar con viveza en su diabólico planteamiento.</p>



<p> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tantas veces sabemos que leímos tales libros y sin embargo no tenemos claro qué sacamos de ellos, con qué nos quedamos, si es que con algo nos quedamos. Y la relectura pone en evidencia tanto nuestras lagunas pasadas como aquello que aprendimos. El cuento y la poesía son los géneros que más se prestan a ella, dada su brevedad y concisión, por la manera en que pueden agarrar y sacudir al lector una y otra vez, mostrándole sus distintas caras. Las de la obra literaria y las del propio lector. Es ahí por lo tanto, en la relectura, como en un rearmarse o reenamorarse, donde la obra literaria cobra mayor peso y el lector se hace crítico, distingue de veras el valor —en esencia— de la literatura.</p>



<p></p>



<p></p>



<p>© de la imagen: Calmado, de Vasili Kandinsky, 1930</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Cara de fascinación</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/cara-de-fascinacion/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 Oct 2023 14:58:22 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Ricardo Piglia]]></category>
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					<description><![CDATA[En ‘Melalcor’ Flavia Company articula la narración a partir de la confusión de los géneros sexuales de sus protagonistas, debate de fondo que en los últimos tiempos ha llenado no pocas tertulias. De este modo lleva a cabo un desafío no a uno, sino a varios códigos binarios.]]></description>
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									<p>Por Juan Bautista Durán</p>
<p>Desde hace décadas se viene hablando de la muerte de la novela, y sin embargo ésta, en tanto que género literario, lejos de morir no hace sino crecer y fagocitar otros géneros que pudieran hacerle competencia. Hace algo más de medio siglo de este discurso, desde el crecimiento de los medios de comunicación y el posterior auge de la novela experimental. Algo por el estilo sucede con el libro, la lectura, puestos en la picota una y otra vez ante cualquier paso que el mundo dé hacia nuevas formas de acceder al conocimiento y al entretenimiento. Como el libro requiere de un esfuerzo, de una inmersión y aislamiento mental, por eso se le cuentan las horas y pone fecha de caducidad, sin caer en la cuenta de que ese mismo esfuerzo y esa elevación, esa distancia, es a su vez el mayor aliciente del libro, la fuerza con la que persiste y sigue ganando adeptos.</p>
<p>         La salud del libro queda reflejada en la cantidad y calidad de librerías y bibliotecas, así como en las ferias. En Barcelona, por las fiestas de la Mercè, tiene lugar todos los años la Feria del libro Antiguo y de Ocasión, la más antigua de Europa, dicen, instalada en el paseo de Gracia y que este año alcanzó la septuagésima segunda edición. Es cierto que hace unos años, además de la acera izquierda desde plaza Cataluña hasta Consell de Cent, la feria ocupaba un tramo de la acera derecha, hoy suprimido y concentrado todo en la acera izquierda, lo que es síntoma de la ausencia de algunos libreros pero no supone una rémora importante para el visitante. Al contrario: tenerlo todo en una misma acera facilita la visita. Fueron más de una treintena las librerías presentes en la última edición, algunas de ellas habituales también del mercado dominical de Sant Antoni, otras venidas para la ocasión de otros lugares de España.</p>
<p>         Un cronista de <em>El País</em> contaba que la librería Reus-París-Londres ofrecía «una fabulosa colección de libros de ciencias naturales de extraordinaria calidad, la mayoría de ellos en inglés, a un precio de escándalo». Uno quisiera llevárselos todos, decía. No en vano el librero le aseguró haber vendido un millar y pico de libros de esta colección. «Hay gente —decía— que vuelve y vuelve, y pone las mismas caras. Se los llevan a montones, abrumados por lo que dejan.»</p>
<p>         Cara de incredulidad, de sorpresa, de fascinación…, cara de pasmo, de enamorado ante la conjunción de todas las virtudes en un mismo ser. Los libros siguen produciéndonos estas sensaciones —cierto que no a todo el mundo, por desconocimiento—; y esto es así porque son reales, físicos, como el cuerpo de la persona amada, y al mismo tiempo, como la persona amada también, nos abren las puertas a nuevos estadios mentales. La lectura, por decirlo en palabras de Ricardo Piglia, alguien mucho más acreditado, «nos construye un espacio entre lo imaginario y lo real, desarma la clásica oposición binaria entre ilusión y realidad». Y además es infinita, porque las obras de verdad, las que nos producen un destello, andan siempre por delante del lector, sean actuales, de hace medio siglo, uno o cinco siglos. «La historia de la lectura es también la historia de la iluminación», de nuevo en palabras de Piglia<a href="#_ftn1" name="_ftnref1">[1]</a>, una cita que hay que recoger con todos sus matices.     </p>
<p>         Hablamos de la lectura y los libros en general, y de la literatura en particular. En ésta hay que tener fe, aunque no entendamos nada, parafraseando a otro gran autor de nuestras letras<a href="#_ftn2" name="_ftnref2">[2]</a>, aunque no comprendamos el rumbo que está tomando el mundo y sus vicisitudes. Cuanto más ajena nos resulta la realidad, cuanto más se aleja de aquello que reconocíamos como propio y común, más necesaria se vuelve la literatura. Nos sigue iluminando. Sus virtudes y recursos propios toman mayor relevancia ante la simplicidad de los discursos y la vida programada que se oculta tras las pantallas y la artificialidad. Darse un paseo por la feria, por lo tanto, o dárselo por el mercado dominical de Sant Antoni, es una forma de retar esta programación y control exhaustivo al que la artificialidad nos conduce. Ya no es sólo lo que uno pueda adquirir y su posterior lectura, sino el hecho mismo de no saber qué vamos a encontrar, entre qué dos títulos va a estar nuestra tesitura y ante cuál vamos a ceder, en cuál de ellos van a ser determinantes las palabras del librero —o de otro paseante, quién sabe— para que nos decidamos. Así llegó a Comba hace años un ejemplar de <em>Melalcor</em>, novela de Flavia Company publicada en el 2000 por Muchnik Editores y que ahora reeditamos, una novela, como no podía ser de otra manera, bastante adelantada a su tiempo. Flavia siempre nos está esperando en el futuro, en un lugar que la artificialidad no puede prever porque es mala lectora.</p>
<p>         En <em>Melalcor</em> articula la narración a partir de la confusión de los géneros sexuales de sus protagonistas —«Cor o Mel se descubrió en una mesa arrinconada del casino y decidió ser la misma persona. Mel es la voz de Cor y Cor es el corazón de Mel»—, debate de fondo que en los últimos tiempos ha llenado no pocas tertulias. De este modo lleva a cabo un desafío no a uno, sino a varios códigos binarios: al de los géneros sexuales, al de la literatura en sí y también, como destaca en el prólogo la filóloga y profesora Meri Torras, al que supuso la entrada en el siglo XXI. Se trata, dice ésta, de un «libro de culto que sacudió la literatura hispanófona precisamente desarticulando en desafío el código binario». Y además es una novela, tan viva como estimulante.</p>
<p> </p>
<p><a href="#_ftnref1" name="_ftn1">[1]</a> Sendas citas pertenecen al libro <em>El último lector</em> (Anagrama, 2005).</p>
<p><a href="#_ftnref2" name="_ftn2">[2]</a> Enrique Vila-Matas, en referencia al libro homónimo publicado en 2003 por J.C. Sáez Editor.</p>
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		<title>Sinestesias</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/sinestesias/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Jan 2023 20:49:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Carmen Martín Gaite]]></category>
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		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
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		<category><![CDATA[poesía]]></category>
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<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



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<p class="has-text-align-right">«Las fechas son los hitos de la rutina.» Carmen Martín Gaite, <em>El cuarto de atrás</em></p>



<p></p>



<p>Empieza el año con prisas renovadas, como todos los años, que traen más de lo mismo salvo que de distinto color. Algunos de Comba nos juntamos para darle la bienvenida en torno a una sinestesia, fiesta clásica, con música y comida y un puñado de figuras retóricas que a saber dónde quedaron. Hubo poesía, eso sí, y fútbol y alcohol, y algún disparate que ahora nos sonrojaría. Poco más, que tampoco es cuestión de abusar de una noche tan señalada. Algunos la temen, no sin razón. No se puede uno retirar y empezar a leer una novela, sin más, al margen del ruido y las celebraciones ajenas, pues corre el riesgo de ser víctima de ellas, del frenesí y la algarabía que suele traer consigo el paso de un año al otro, lo que por estos pagos se conoce, empleando otra figura retórica, como Nochevieja.</p>



<p>«Hey, poetas, ¿qué sinestesia se os ocurre con <em>Nochevieja</em>?» Uno dijo que le erizaba la piel, otro habló de una fiesta burbujeante y por último hubo una poeta, más animada ella, que reconoció «sentimientos de rosada juventud» en Nochevieja. Es difícil ser lúcido cuando uno está dentro de la sinestesia misma, cuando uno, estando sinestésico, pretende demostrarlo y se da la vuelta a sí mismo; entra entonces en la realidad más racional y se sale de la alteración que pretende poner en evidencia.</p>



<p>Para mí hay una situación sinestésica bastante común, en la que abundo sin intención, al desdoblarme en la primera y la tercera persona del singular y convocar sensaciones encontradas. Es la indecisión también, clave para confundir las voces y los sentidos y propiciar esa sinestesia en la cual lo que <em>yo</em> veo genera una reacción en <em>él</em>. Así se escriben muchas páginas. Así trata uno de probar la veracidad, por no decir la fuerza, de sus ideas y de las palabras que emplea.</p>



<p>«¿Qué porcentaje de libros de los que tenéis en vuestras bibliotecas habéis leído?», preguntaron en la cena. Y uno, imbuido del ambiente de Nochevieja, de esa especie de magia que suelen traer los años y que al fin dura lo que dura, unas horas, días como mucho, respondió por mediación de <em>él</em>. «Cerca de un sesenta por ciento», dijo. Luego en casa, ya descansado, habría de ver los muchos libros pendientes de leer, los que se quedaron ahí, a la espera, junto a los que dejó a medias y los que, como luces chillonas, figuran como leídos y releídos y da la impresión de que en su lectura incluyan todos los que no vamos a leer.</p>



<p>Un sesenta por ciento… ¡Más quisiera! La barriga me dio una punzada al decirlo, como increpándome «eso no cuela, bribón, vuelve a la realidad». Lo cierto es que fastidia no alcanzar a leer todo lo que uno quisiera —ni de lejos, imposible—, aunque peor es no recordar las lecturas, o no recordarlas bien, cuando menos, apenas una vaga y escurridiza idea. Se mezclan unas con otras y se agitan con esa misma punzada que me dio la barriga. En muchos casos, sólo al releer y añadir pausa a sus páginas, a su peripecia narrativa, tengo verdadera conciencia de haber leído tal o cual título. Carmen Martín Gaite decía que uno podía ponerse a leer de dos maneras, serena o impaciente, y que en casi todo sucedía lo mismo. En las relaciones personajes, en el trabajo, en las celebraciones, etcétera. Hacerlo de forma serena, decía, implica entrar en un libro «dispuestos a que nos cuente lo que buenamente quiera; no le forzamos a que él entre en nosotros y acierte en el resquicio exacto por donde puede inyectarnos consuelo».</p>



<p>A esa idea dedicó la autora salmantina buena parte de su obra, concentrada acaso, de forma intrigante y persuasiva, en la novela <em>El cuarto de atrás</em>, título cuya luminosidad literaria se trasluce a través de un cuarto oscuro y del cual vine a acordarme en esta entrada de año. «Las palabras son para la luz —escribe—, de noche se fugan.» Ay… Y si en Nochevieja una palabra se da a la fuga y no vuelve, ahí sí la podemos dar por perdida, perteneciente al pasado, al año que fue.</p>



<p>De vuelta a casa la noche es oscura pero ya no tan alta. Tras ella se adivina la aurora, que es también el año nuevo, y anda uno cansado y sinestésico, sin ganas siquiera de llenar esas cuartetas mentales en las que a veces entretenemos la mente, a falta —dígalo usted, Carmiña—: de mejor interlocutor, de un oído atento que sepa recibir y rebatir nuestras inquietudes. El año nuevo habrá de colorearlas, con su capacidad para generar algo parecido a la esperanza, nada más que eso, vana ilusión que nos permita acceder mejor a los cuentos y ser <em>él</em> y <em>yo</em> a la vez, y brindar, otro día, por una sinestesia sonora antes que por una fecha.</p>
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		<title>Tinta en vena</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/tinta-en-vena/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Dec 2022 11:54:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Bill Gates]]></category>
		<category><![CDATA[cuerpo]]></category>
		<category><![CDATA[Ezra Pound]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[tatuajes]]></category>
		<category><![CDATA[tecnología]]></category>
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					<description><![CDATA[La escritura, antes que una toma de decisiones —idea muy recurrente—, es la toma de conciencia: estoy aquí y no quepo y voy a decir esto, voy a distinguirme. Unos escriben una novela y otros acuden al trasunto de Pound a que les marque un proverbio hindú en el antebrazo o un pez en la ingle.]]></description>
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<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Los tatuajes son cada vez más visibles en la calle, por no decir en los campos de fútbol o las canchas de baloncesto, sin esa aura carcelaria o de marineros errantes que se estampaban en la piel los sellos que hoy día acumulamos en los pasaportes. Es a tal punto un hecho común el de hacerse un tatuaje que uno piensa en la tiendecita de tabaco que pedía Pound en un poema —«con sus brillantes cajitas/ primorosamente apiladas en los estantes/ y el fragante anduyo suelto/ y la picadura»…—, en vez de «esta maldita profesión de escribir/ donde uno necesita su cerebro todo el tiempo»<a href="#_ftn1">[1]</a>. Eso decía.</p>



<p>La cuestión es que hoy día le saldría mucho más a cuenta poner un taller de tatuajes que el añejo estanco. Mantendría cierto punto artístico, al que habría que añadir el elemento sorpresivo de los gustos y caprichos de la clientela, con una base no obstante más mecánica. No se trata ya de partir de cero, de crear desde algo próximo a la nada. Eso ya fue. Sólo la ciencia y los nacionalismos se permiten hoy coquetear con ese punto adánico de la creación, puesto que las distancias son tan distintas, por pequeñas, tan apretujada se nos va quedando la realidad, que el hecho creativo sale como las setas, por una especie de presión subterránea, casi sanguínea. Brota, estalla, nos sobreviene para evitar que hagamos algo peor.</p>



<p>La escritura, en este sentido, antes que una toma de decisiones —idea muy recurrente—, es la toma de conciencia: estoy aquí y no quepo y voy a decir esto, voy a distinguirme. Unos escriben una novela y otros acuden al trasunto de Pound a que les marque un proverbio hindú en el antebrazo o un pez en la ingle. «Este pez es mi conciencia, el proverbio hindú define mi forma de estar en el mundo»; «la parábola descrita en mi novela representa la parábola de mi vida». Somos esas creaciones, más o menos ambiciosas, con el lado venenoso que toda seta puede encerrar, a sabiendas de que cuando plasmamos en tinta una idea o unos pensamientos les estamos dando la posibilidad de que cobren vida y por tanto nos transformen. «Esa novela que representaba ‘mi parábola’ ahora va a propiciar otra»; «este pez o el proverbio van a tener que alimentarse ahora de otros peces y de otros proverbios». Y en cada uno habrá un nuevo aliento.</p>



<p>En esta trama se están metiendo las grandes empresas tecnológicas, propiciando un nuevo y siniestro avance de la era Gutenberg. Quienes la daban por enterrada no podían figurarse este giro macabro que, al parecer, pretenden dar a la humanidad y al que está claro que no habrá gobierno que se oponga. Ninguno se resiste a la idea de controlar más al ciudadano y estrechar así su campo de visión.</p>



<p>Tatuajes eléctricos, esto es, los cuales no sólo podrán analizar y recoger información del cuerpo de cada cual, sino también enviar mensajes y realizar llamadas. Es decir, estos tatuajes harán al ser humano localizable y controlable las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año, sin excepción ni escapatoria, sin margen aparente para lo que podríamos llamar una regresión humanística. ¿Las novelas nos las pasarán también por la tinta del tatuaje, es decir, nos las meterán en vena? ¿O las volverán a prohibir? Claro que en algún momento, desde la última parcela de libertad que nos quede, aparecerá quien escriba una novela mordaz e inteligente que ponga en tela de juicio la implantación de esos chips —otra cosa no es— en nuestros cuerpos. Primero se los pusieron a los perros, no está muy claro con qué finalidad, acaso como meros conejillos de indias, y en breve nos tocará a nosotros. Es paradójico que vaya a ser a través de un tatuaje, sinónimo para muchos de libertad y rebeldía, justo lo que va a quedar seriamente comprometido a partir del momento en que introduzcan el primero.</p>



<p>Dice Bill Gates que a través de estos tatuajes podremos realizar muchas de las cosas que hacemos a través de los teléfonos móviles de última generación, como si necesitáramos esas tantas cosas que hacen estos aparatos y que más bien nos encierran como en una nueva caverna platónica. Vemos luces, representaciones, símbolos…, meras ilusiones que nos ciegan y embelesan. Hubo un tiempo no tan lejano en que, lejos de la rebeldía y la libertad, el tatuaje conllevaba el estigma de «estar marcado», un tiempo que muchos intentan traer de vuelta de forma irresponsable y que las nuevas tecnologías parecen favorecer al fomentar la segmentación y el control social. </p>



<p>Este escribidor se siente cada vez más próximo a la tiendecita de tabaco de Pound, aunque no fume, aunque no entienda nada. Ni siquiera Pound lo entendería, me temo, él que cargó al final de sus días con la mala conciencia de aquellos tiempos.</p>



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<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> ‘La isla en el lago’, traducción de José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal.</p>
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		<title>Resaca veraniega</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/resaca-veraniega/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 03 Oct 2022 09:57:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[Rubén Darío]]></category>
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					<description><![CDATA[En otros tiempos vivíamos adánicamente y ahora las cosas no son sino su descripción, el recuerdo o la idea que cada cual tiene del verano y del invierno, de lo que debe ser una tormenta y nuestro cuerpo expuesto a ella.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Nos preocupa e incordia a partes iguales, atentos como estamos a todo vaivén meteorológico: ¿cuánto durará el verano? Hasta que llegue el invierno y muestre sus garras. En otros tiempos vivíamos adánicamente y ahora las cosas no son sino su descripción, el recuerdo o la idea que cada cual tiene del verano y del invierno —¿qué hay de la primavera y el otoño?—, de lo que debe ser una tormenta y nuestro cuerpo expuesto a ella. Hay que ponerse a cubierto, eso no varía, dudo mucho que lo vaya a hacer, y evitar los árboles cuando la tormenta es eléctrica. Que la alegría de su llegada no sea nuestra condena, que la felicidad lumínica y estruendosa de una tormenta de verano no acabe con nuestra luz y capacidad de ver. Una imagen muy similar usaba el poeta simbolista Julián del Casal, precursor desde Cuba del modernismo de Rubén Darío y víctima, en su paupérrima salud, de la profecía de su padre: «de tu propia alegría serás verdugo».</p>



<p>El tiempo se fija de manera distinta en las partes de nuestro cuerpo, o lo que es lo mismo, citando ahora a Ana Mª Moix, éstas «tienen un nombre distinto para cada persona». A Casal los pulmones le dieron mala vida, además de corta, muy corta, y su nombre quedó inscrito en la vanguardia previa a la vanguardia, resorte necesario que sin embargo se difumina tras el brillo de las plumas inmediatamente posteriores. Ni siquiera lo incluyó Darío en su libro <em>Los raros</em>, cosa que cuesta de entender, en beneficio del héroe cubano José Martí. A éste la gloria le tenía reservado un hueco, mientras que a Casal el consenso no le acompañó ni siquiera a la hora de organizar un homenaje en su recuerdo a los cien años de su muerte. No le acompañó el clima, se podría decir, inmersa Cuba en el Periodo Especial, del mismo modo que el clima no acompaña hoy a la prensa escrita ni a los editores pequeños ni al juego de las canicas.</p>



<p>Si las bicis son hogaño mucho más que para el verano, las canicas en cambio apenas se dejan ver. No sé qué tal en Cuba, claro. Aquí quedaron olvidadas en una caja donde los abuelos o de decoración en un cuenco transparente, demasiado peligrosas para los pequeños e insignificantes para los que ya se asoman al uso de la razón. Unos se las pueden tragar y los otros viven expuestos a una oferta tan grande que no les alcanza un verano entero para reparar en el brillo tornasolado de esas bolitas. Por estas latitudes se las conoce como «canicas», pero son otras muchas las maneras de llamarlas: cayucos, bochas, boliches. Habrá todavía quienes se habrán embobado frente a su redondez y al aspecto unas veces astrológico y en otras ocular, cuando no submarino, presas de la contrariedad de no saber qué hacer con ellas, de tan reales y misteriosas. Que choquen unas con otras, esto es, cual intrépidos aerolitos abriéndose paso entre formas que habrán de esfumarse al instante, sin opción de retenerlas nada más que unas milésimas de segundo, el tiempo apenas para percibirlas, poco menos que el tiempo en que nos sacude la emoción de un verso.</p>



<p>Las hay más grandes también, las que suelen llamarse «canicones» y que usábamos para sacar del círculo —u ojo— las pequeñas. Con el canicón es menos probable quedarse atrapado en el centro, ser presa del rival, o que cualquier iluminado te sorprenda con un dardo envenenado. El canicón es como una tormenta de finales de agosto, la altiva costumbre que acompaña el gesto de pisar al desconocido antes de ser pisado por éste. Y los hay de muchos y variados tonos, pero rara vez menos vistosos, relucientes, que las escurridizas canicas. Es difícil hacerse a la idea de la fuerza con la que puede golpear a una canica, es decir, a nosotros mismos. </p>



<p>Basta con ver la conmoción y congoja que la muerte de Javier Marías causó en los círculos literarios y entre los lectores, tan joven todavía, por inesperado; tan impropio, por realista; tan irreversible, por contundente. Al parecer, su muerte se debió a una afección pulmonar, mismo órgano que hubo de acabar con Julián del Casal, pese al siglo largo de distancia y a sus muy distintas circunstancias. Nunca habría escrito Marías algo parecido a este verso de Casal: «ansias de aniquilarme sólo tengo», aunque las sintiera, aunque pudieran volverse contra sí esas glosas dominicales suyas. No, eso nunca, otro era su temple: Marías tenía siempre un enemigo externo, cuando no una pasión, que le obligaba a ser mejor. Los pulmones, sin embargo, lo atacaron por la retaguardia, en un verano tan caluroso y asfixiante como este último. Vino con la fuerza de un canicón, que rima con ciclón, haciéndonos sentir a todos más pequeños que una canica, más indefensos aun, expuestos en nuestra innombrable circunstancia a su bravura. A más de uno se lo llevó por delante, bien sabido es, incluido este prohombre que nos parecía inquebrantable y además era el monarca del tiempo. ¿Cuánto durará el verano?</p>
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		<title>Entrar o salir del sueño</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/entrar-o-salir-del-sueno/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 09 Jul 2022 10:34:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Enrique Lynch]]></category>
		<category><![CDATA[Gregor Samsa]]></category>
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		<category><![CDATA[Mavis Gallant]]></category>
		<category><![CDATA[Sueños]]></category>
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					<description><![CDATA[Hoy día vivimos en una superposición de narraciones, no de sueños. Aunque tiempo al tiempo: los sueños, como defendían los románticos, representan la imaginación pura, y la pureza está en alza, es un valor que puede con otros más pragmáticos y que viene embebiéndose de mucha ficción.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>A los sueños en literatura no les tengo yo la manía que otros autores y lectores dicen tenerles, una manía que, con toda probabilidad, se deberá al abuso que en otros tiempos se hizo de este recurso. Es un salto diegético, al fin y al cabo, al igual que cuando dentro de una narración se introduce otra paralela, sea de la naturaleza que sea, dialectal o libresca. Lo cierto es que hoy día vivimos en una superposición de narraciones, no de sueños. Aunque tiempo al tiempo: los sueños, como defendían los románticos, representan la imaginación pura, y la pureza está en alza, es un valor que puede con otros más pragmáticos y que viene embebiéndose de mucha ficción.</p>



<p>El problema del sueño, ciñéndonos a la literatura, estriba en que resulta básico, demasiado intuitivo, inconsciente casi, como una flatulencia. Está muy presente la máxima jamesiana según la cual por cada sueño narrado perdemos un lector. Se rompe ahí el pacto de confianza y verosimilitud entre ambas partes, en la medida en que el sueño no deja de ser un descanso de hilo grueso, algo perezoso, el momento en que el autor decide echarse un rato y deja a los personajes andar por su cuenta. Y mientras ésos van, él larga un sueño. Pero… ¿y si resultara trascendente, si el sueño fuese determinante para atar los cabos de la historia? Woody Allen hace un uso ejemplar de este recurso en <em>Match Point</em>, del que se sirve para añadir suspense final y resolver a posteriori la trama. Lo hace, además, apelando a su parte más instintiva y espontánea.</p>



<p>Quien debió de darle muchas vueltas a ello es la escritora canadiense Mavis Gallant (1922–2014), en vista de las reflexiones que introduce en <em>Una vida aceptable</em>. Cuenta que al padre de la protagonista no le gustaban las revelaciones oníricas, y que, aún es más, lo ponían de mal humor. Por eso, cuando alguien se disponía a contarle un sueño, estiraba el brazo y decía: «Puedes contarme lo que has soñado si me das veinticinco centavos. Si la historia es interesante, aceptaré quince. Si tú no apareces en el sueño, me conformo con cinco.» Todo sueño tiene un coste, eso vino a decir, tanto más cuanto más egocéntrico sea, una idea en clara sintonía con la máxima apuntada en el párrafo anterior. Claro que hace un siglo ya desde que Gregor Samsa se convirtiera en escarabajo sin necesidad por parte de Kafka de aducir un sueño, antes al contrario, ya que Samsa se despertaba «de unos sueños agitados». Es un hito literario: la transformación se da al salir del sueño, no al entrar en él. «No era un sueño», recalca. Y además del atrevimiento que esto suponía, en la línea de Coleridge y la flor —¿a qué se debía si no la agitación de sus sueños?—, este paso afuera del marco onírico tiene una lógica aplastante.</p>



<p>A la extraordinaria intensidad con la que los sueños suelen tener lugar, se opone la gran dificultad para retenerlos en forma de recuerdo. Muy rara vez sobreviven a la vigilia, y es curioso porque los autores más proclives a ellos suelen ignorar, o acaso despreciar, este punto. ¿Recuerdan ustedes algún sueño reciente? Como mucho su intensidad, alguna emoción percibida en el transcurso de la noche, pero poco más, ni tan siquiera aquellos que sabemos recurrentes. Se desvanecen en la vigilia como agua que se escurre.</p>



<p>Lo destacaba Enrique Lynch en su vibrante breviario intermitente, <em><a href="https://editorialcomba.com/libros/ensayo/nubarrones/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Nubarrones</a></em>, junto con otros dos aspectos notables: 1) todo lo que sucede en el sueño, a diferencia de lo que acontece en la vigilia, se da en el mismo registro: sólo hay imágenes; 2) en ellos los hechos vienen asociados con un estado de consciencia en el que lo subjetivo y lo objetivo están fundidos, porque lo otro está siempre como yo lo siento, es decir, como el imaginario del yo. Dice también: «la vigilia nunca puede dar una clave para entender el sueño, puesto que éste está hecho exclusivamente de materiales de la memoria y en cambio la primera sólo es posible por lo contrario, porque ha habido olvido».</p>



<p>Literatura y sueño tienen por tanto una relación ambigua, al partir ambos del mismo lugar: la memoria. Luego el segundo se convierte en un estadio narrativo de la primera, pese a las suspicacias, a que hay que saberlo llevar muy bien, con la mayor brevedad posible, si no queremos resultar falsos. La validez de los sueños está en la medida en que los podemos controlar. Uno de los más comunes consiste en verse de nuevo ante un examen, el último, reválida de una vida estudiantil y cuyas preguntas apenas comprendemos. Tardamos un poco en reparar en su naturaleza onírica, y ahí empezamos a quitarle hierro al examen para dárselo al sueño, al hecho mismo de soñar, tal como Mavis Gallant introduce el tema en su novela. «Igual que sabía que el latido de su corazón acabaría con ella, sabía que estaba soñando», escribe.</p>



<p>Más adelante Gallant añade, en boca de su protagonista y con la concisión adecuada: «una vez soñé que me veía a mí misma mientras dormía»; imagen que se puede repetir hasta el infinito, como toda historia contiene otra historia que a su vez dará lugar a una tercera historia y ésta a una nueva, etcétera, en la fábula infinita que es la vida y que ya un dramaturgo del XVII se ocupó de llamar sueño. La redundancia quizá sea lo que hace desconfiar de su incursión en las obras literarias, en esta época nuestra amiga de las obviedades y los hechos fácticos, y en la que nadie daría un céntimo por una revelación onírica, sea en una novela o en una taberna.</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: fragmento de una obra de Marc Chagall.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Terapia de lectura</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/terapia-de-lectura/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 11 Jan 2022 11:19:48 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[La posición puede variar en función del peso del libro y de su temática, incorporando más o menos la espalda, con el consiguiente desplazamiento del centro de gravedad. El cuerpo debe ejercer a su vez de muesca para el texto, facilitando que la cresta de la ola resuene al llegar a la orilla, la sombra de un hombre cruja en el quicio de la puerta y el tiempo fluya sigiloso, imperceptible.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>No se suele hablar de la posición en que leemos y es algo sin duda básico para que la lectura fluya. Requiere de unas instrucciones, como quien dice, y a los profesores de lengua y literatura habría que pedirles también unas lecciones al respecto. Instrucciones para leer, tal cual, del mismo modo que Julio Cortázar daba instrucciones para bajar las escaleras, para darle cuerda al reloj o para llorar, incluido el tiempo recomendado. El llanto, decía, debe durar unos tres minutos. ¿Y la lectura de una obra de narrativa? Más que la de poesía y menos que la de un cómic. Aunque eso dependerá mucho, es cierto, del hábito y el humor de cada uno.</p>



<p>Hay que ser un llorón experimentado y tener una pena muy honda para que el llanto se extienda más allá de los tres, cinco o diez minutos, tiempo recomendado por un Cronopio que con probabilidad nunca midió en serio la pena de un Fama. Para el llanto, como para la lectura, lo mejor es no fijarse demasiado en el reloj. La posición sí es importante, y hablar de ella en clase podría ayudar a los alumnos en cuyas casas se lee poco a acceder mejor a ciertos textos. Se habla de posiciones y posturas para muchos menesteres, pero rara vez, y eso que es indispensable, para la lectura. No basta con decir «en una posición cómoda», lo cual es obvio, casi una bravuconada, puesto que la incomodidad es la antesala del fracaso.</p>



<p>Se puede leer en la cama, en un sofá, en un sillón de base profunda y ancha como en el que estoy pensando, de color negro, con las piernas estiradas o bien dobladas, sentados a una mesa, de pie… e incluso hay quienes lo asocian a una especie de terapia laxante. No parece lo más apropiado. Lo que está claro es que a algunos lectores, al proferir sus airadas opiniones literarias, la pregunta que deberíamos hacerles es ésta: ¿Cómo lee usted? Es decir, cuando se dispone a leer, ¿cómo sitúa el cuerpo respecto al suelo y al propio libro? Y aún es más, ¿dónde lo hace? Es bien sabido que para acceder a la intimidad de las personas, más que las fechas o las ilusiones, es preciso conocer su ubicación, en qué lugares gustan de relajarse y solazarse. No es raro sentir curiosidad por ver la casa, el despacho, el estudio o el refugio de tal o cual persona, puesto que es ahí, en ese espacio propio, donde descubrimos su parte más callada. Por eso al decir «y a ti…, ¿cómo te gusta leer?» incurrimos casi en una indiscreción.</p>



<p>«¿De dónde surge el espacio que hay en mí?», se cuestionaba Wislawa Szymborska, en un verso que, en parte, ha de encontrar su respuesta en la lectura. En ella estamos abriendo todo el rato puertas y compartimentos que, si bien pueden estar vacíos, carecer de un verdadero interés, fomentan con su mera presencia e interpelación la puesta en marcha de nuestro intelecto. Llamémosle imaginación o aun memoria, tal como sugería Octavio Paz. La memoria, daba a entender éste, es el auténtico detonante de la creación. A ella remitía su excelsa obra poética y ensayística, en la medida en que da lugar al «espacio» mencionado por la poeta polaca.</p>



<p>«La vida dura unos signos trazados a uña sobre la arena», escribe Szymborska en el mismo poema<a href="#_ftn1">[1]</a>. Y en esos signos cual muescas habremos de acomodar el cuerpo: primero el trasero, seguido de la espalda; la nuca, que no quede del todo caída, sino relajada; las piernas, en una extensión variante entre los ciento cincuenta y los ciento ochenta grados; y por último, con el libro ya en la mano, conviene que los codos estén bien apoyados y permitan, en un ángulo a poder ser obtuso, la cómoda sujeción del libro y una lectura adecuada. Esta posición puede variar en función del peso del libro y de su temática, incorporando más o menos la espalda, con el consiguiente desplazamiento del centro de gravedad. El cuerpo debe ejercer a su vez de muesca para el texto, facilitando que la cresta de la ola resuene al llegar a la orilla, la sombra de un hombre cruja en el quicio de la puerta y el tiempo fluya sigiloso, imperceptible.</p>



<p>Este largo exordio sirve para volver al sillón negro, de base profunda y ancha, que antes mencioné y fue durante unos años base de mi calma, cobijo de grandes lecturas. Sin embargo, tras una remodelación obligada del espacio, no hay manera de encontrarle acomodo. Y hace años también de eso. Cuando no es una cuestión espacial, lo es lumínica. El reposo que en él sentía se salía de lo normal, no era, digamos, comprensible, del mismo modo que un amor feliz escapa a la normalidad. Y cuesta verlo ahí, inútil, en su enésima ubicación, cuando fue con diferencia el mejor anfitrión de mis lecturas.</p>



<p>Quizá deba deshacerme de él. Pruebo entre tanto a sentarme en otros sitios, alternando aquí y allá, sin más, que uno sin leer no es nada, pero la presencia del sillón es también su recuerdo y complica los demás aposentos. Puede que, por ello, no haya apreciado algunas lecturas o bien las haya malinterpretado, ofuscada la mente entre la posición de la espalda y el temblor de un brazo; puede incluso que parte de mi imaginación —«el espacio que hay en mí»— surgiera de ese sillón y que su memoria no me deje leer tranquilo, incapaz de abstraerme por completo. Tengo que deshacerme de él, en serio, pero no es fácil. ¿Cómo se prescinde de un amor feliz?</p>



<p></p>



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<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> Ambos versos corresponden al poema titulado ‘El gran número’ (1976), en traducción de Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski.</p>



<p>© de la imagen: pintura de Guillermo Martí Ceballos, 2008</p>
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		<title>Entre la realidad y su imagen escrita</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/entre-la-realidad-y-su-imagen-escrita/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 22 Nov 2021 10:03:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[embeleso]]></category>
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		<category><![CDATA[Guillermo Carnero]]></category>
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		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[René Magritte]]></category>
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<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>Hay palabras que nos llegan a través de los sueños y otras que se imponen en el día a día, en el contacto y manejo de los objetos. Pienso en dos de ellas que nada tienen que ver entre sí pero que al fin se encuentran en ese mosaico maravilloso que es el lenguaje y el cual eleva nuestra experiencia vital. Hasta qué punto lo hace, eso no sabría decirlo, dependerá de la sensibilidad y el interés de cada cual. Lo que está claro es que nadie es ajeno a ello, pese a que algunos lo ignoren.</p>



<p>René Magritte (Bélgica, 1898–1967) fue un artista muy consciente de este juego. Supo llevarlo al extremo mediante imágenes provocativas y la conjunción de elementos contrarios. El paisaje que se cae en el reflejo del cristal roto o los simples enunciados sobre formas que no representan lo que dicen ser dan buena cuenta de su ingenio. «Las cosas están tan habitualmente ocultas por sus usos que, al verlas un instante, nos da la sensación de conocer el secreto del universo», dijo al respecto. Y ese secreto lo encontramos en las palabras que definen las cosas; lo vemos, por ejemplo, en los sustantivos «embeleso», «falleba» o «museo», en cómo representan aquello que definen aun si los desligamos del significante o si desconocemos cuál es ése.</p>



<p>«Me embelesa la falleba expuesta en el museo», por ejemplo. Y qué manera de dar forma y representar al objeto sólo con la efe inicial, «falleba», línea perfecta que abraza los agarres superior e inferior, al tiempo que tiene presente la manilla intermedia. Medio país la usa a diario y de esa mitad acaso sólo otra mitad sepa que así se llama la «varilla de hierro acodillada en sus extremos, sujeta en varias anillas y que sirve para asegurar puertas o ventanas», según la definición de la RAE. Me di cuenta de su singularidad este verano, al dedicar unos días a pintar las puertas y ventanas de mi casa. Tan integrada a la madera, a las hojas que constituyen la ventana, la falleba sin embargo va por libre, gira de forma independiente y tal cual responde al ser pintada. Requiere de paciencia, de un mimo que se vuelve en contra del pintor si es excesivo y que, en su justa medida, pasa desapercibido a ojos ajenos. Nada que no podamos imaginar, nada al fin y al cabo tan extraño. Quien más quien menos, todos conocemos a algún falleba.</p>



<p>Y Magritte, me pregunto, en su juego pictórico, en sus cuadros de corte casi analítico, qué habría representado con una falleba. <em>Ceci n’est pas une…</em> Es siempre la misma cuestión, una búsqueda que Guillermo Carnero sintetiza de maravilla en su poema ‘Ficción de la palabra’, al escribir que «entre la realidad y su imagen escrita/ hay un gran territorio inexplorado;/ sólo quien lo recorre significa». Eso es lo que propone Magritte, un recorrido de puertas y estadios conceptuales a través del cual —para el caso— quisiera alcanzar la falleba, quisiera significar con ella, cerrar la continuidad de los marcos que hay en toda obra. Imagínense un cuadro donde se ve a un señor subido a una escalera para pintar una ventana y en el cual la falleba es el único elemento pintado por completo. Pero no de color blanco o marrón o verde, no, nada de eso, sino de los colores que corresponden al pintor; y éste, por su parte, con el cuerpo aún medio descolorido. ¿Lo veríamos como la realización del pintor al desempeñar su trabajo o, más bien, en tanto que la falleba como cuerpo y metáfora masculina?</p>



<p>Es una pregunta casi de diván, espacio no muy alejado de Magritte, por otra parte, ni de la obra resultante ni de sus fuentes de inspiración. Como todos los surrealistas, movimiento en el que tuvo un pie, Magritte se dejó cautivar por los descubrimientos de Freud y por el desarrollo de la parte onírica, es decir, por la idea de imponer la razón a la película de los sueños. La figura del demente está presente en su obra y en ella se aprecia la duplicidad, el cuerpo que se evade y toma forma aparte, se ilumina de otro tono. Trata de interpretar sus sueños entre los objetos. Se podría decir, por tanto, que en este sentido es uno de los artistas que llega más lejos: no se limita a plasmar la textura onírica o las formas que la representan, sino que busca el salto de la conciencia entre uno y otro estado, el recorrido —de nuevo los versos de Carnero— entre la realidad y su imagen onírica. </p>



<p>En sueños se aparecen palabras también, y si permanecen, si uno alcanza a tomarlas de la mano ante el río que fluye, son un regalo. «Embeleso» es la otra a la que quería referirme, pero es tarde ya, la hora casi de acostarse, y en verdad son tantas que lo mejor sería referirnos a ellas como una fuente de deseo. En sueños se dejan armar y desarmar, para moldearlas luego en ese juego lingüístico que es la escritura, un juego de normas estrictas en el que uno prueba a atravesar, mediante las palabras, las mismas puertas que Magritte esboza en sus lienzos. De ellas estoy siempre hablando, aunque no lo parezca. Son el medio para la creación y, al fin, la comprensión.</p>
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		<title>Paraíso recobrado</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/paraiso-recobrado/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 13 Oct 2021 07:36:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[El hijo zurdo]]></category>
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		<category><![CDATA[Río Tinto]]></category>
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					<description><![CDATA[En sus novelas, Rosario Izquierdo alcanza una armonía que no es ni mucho menos paradisíaca pero se hace necesaria, por no decir placentera.]]></description>
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<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>Llegó Rosario Izquierdo vestida con los colores de la cuenca minera de Río Tinto, esos tonos rojizos, amarillos, parduzcos que tan bien captó su propia hermana, la pintora María Izquierdo, en el cuadro que ilustra la portada de <a rel="noreferrer noopener" href="https://editorialcomba.com/libros/narrativa/lejana-y-rosa/" target="_blank"><em>Lejana y rosa</em></a>. La librería Muga de Vallecas estaba en sus topes, dentro de la última normativa anti-covid, dentro de tantas circunstancias que nos obligaron a posponer casi un año la presentación de la novela en Madrid. Hubo un acto en Málaga y pudo haber otro en Barcelona, pero era tentar demasiado la suerte, dentro de ese gran tiento que es nuestro día a día desde que se declaró la pandemia. Y a Madrid queríamos ir con <em>Lejana y rosa</em>, acercársela a los madrileños con el caudal histórico y emocional que contiene.</p>



<p>Estuvimos para presentar <a rel="noreferrer noopener" href="https://editorialcomba.com/libros/narrativa/el-hijo-zurdo/" target="_blank"><em>El hijo zurdo</em></a> en la librería Burma a finales de febrero de 2020, días antes de que el país entero tuviera que confinarse. Los que se hicieron entonces con el libro seguro que tuvieron unos primeros días de confinamiento más llevaderos, aunque no hace falta, no se malinterpreten mis palabras, un confinamiento para disfrutar de la lectura. Y menos aún para disfrutar de una novela de Rosario Izquierdo. Lo dijo bien claro Noelia Adánez, maestra de ceremonias en Muga y, sin duda, una gran lectora: «Rosario tiene una forma de estar en lo literario que es muy emocionante; sus historias y su voz narrativa generan lectores.» Quiso decir «fans», y en verdad así lo expresó, con un desparpajo de vedette manchega capaz de mezclar agudas reflexiones con animadas arengas. Ella sería, como socia fundadora, la número 1 de club de fans, al que no pocos de los asistentes iban a unirse, incluida la librera.</p>



<p>«Rosario es una novelista de verdad —destacó Adánez—. Hay relevancia social en sus obras.» Y la solidez que viene mostrando en las tres novelas publicadas a la fecha da cuenta no sólo de una gran narradora, sino de una autora comprometida con un proyecto literario y con unas causas que van más allá de sus personajes. En ellos se da la medida de sus inquietudes, de indudable raigambre sociopolítica en sus dos primeras novelas, más históricas en ésta que nos ocupa, sin abandonar por ello lo que Adánez dio en llamar «relevancia social».</p>



<p>En <em>Lejana y rosa</em> recorre algo más de un siglo de la historia de España, desde la llegada de los británicos a finales del siglo XIX a las minas de Río Tinto hasta las postrimerías del XX, desde donde emprende Carmela, la protagonista, el viaje para atrás en el tiempo. Hay por tanto una serie de momentos históricos frente a uno personal, tal como quiso poner de relieve la autora en Muga, un momento que es el de la Transición y que coincide con la adolescencia y primera juventud de Carmela. «Las mujeres de mi generación vivimos el paso a la democracia en España al mismo tiempo que nuestro propio paso hacia las relaciones amorosas y el despertar sexual», dijo. La protagonista vive un romance con un escritor que le dobla la edad y le ayudará a tener una visión más amplia y crítica del momento histórico, a la vez que tiene lugar la seducción. De él heredará también esa traición que es la escritura y la literatura en general.</p>



<p>Entre ambos se establece una relación desigual en la que algún lector ha querido apreciar violación, punto que, a juicio de la autora, no se da. Tampoco Adánez lo ve así, al contrario, observando en Carmela los pasos propios de quien se inicia en el sexo y experimenta una mezcla de deseo y miedo. «Hay un erotismo maravilloso en la novela —dijo—, le da un vuelo poético. Nos gusta cómo escribe y trata Rosario el erotismo.» Destacó también el aroma de novela antigua que mana, evitando no obstante caer en lo folletinesco. «Todo fluye de forma natural, bien imbricado, tal es la amplitud de registros que maneja Rosario. Parece que las palabras se le caigan en orden.»</p>



<p>Además del chal, el vestido y el jersey a juego con los colores de la cuenca minera, Rosario Izquierdo llegó a Muga con una historia propia. A finales de los ochenta, primeros de los noventa, vivió unos años en Vallecas, y fue allí, cerca de la librería, donde empezó a escribir una primera versión de esta novela, treinta años antes de su publicación final. Habló también de una novela erótica que escribió en los mismos años y que quedó entre las finalistas de un reconocido premio de la época. <em>Días de ángeles caídos</em>, así se titulaba. La destruyó, sin embargo, ya no se puede rescatar, sólo el rastro de los ángeles caídos en su obra publicada. Lo vemos al final de <em>El hijo zurdo</em>, en la reflexión que su protagonista hace ante la escultura del ángel caído en el parque de El Retiro, así como en algunas alusiones que hace en <em>Lejana y rosa</em>: «Uno de ellos se posaba sobre los muslos tapados y el otro, suspendido entre el cielo y la tierra, se rendía a la gravedad de su peso, expulsado como un ángel caído.» Para ella, vino a decir, el Ángel Caído simboliza al rebelde que es castigado por serlo, y en paralelo, también, la pérdida de la inocencia. «Es en torno a esos significados que se me aparece en la escritura —dijo—. No sería el diablo en sí, sino un Ángel expulsado del paraíso, de la pureza.» </p>



<p>Lo que no permitió que se cayera fue esta novela, o si lo hacía, si la rebeldía que mueve su mundo le impulsaba a la caída, que se levantara. Por su tierra, por la memoria de una época hoy tan poco presente. Y no nos estamos refiriendo a la Transición, está claro, sino a la larga explotación minera por parte de los británicos en Río Tinto. Esta necesidad de calzar los tiempos, de equilibrar y contrastar los distintos niveles narrativos, puede tener que ver con el hecho de que su escritura se le alargara en el tiempo. La dejaba y la retomaba, y así repetidas veces, en periodos de tiempo que de ningún modo merman el libro. No ve el lector distintos momentos de escritura, es todo un mismo torrente narrativo que engancha pese a sus trescientas páginas. «Dudo que vuelva a escribir una novela tan larga —dijo—, eso es fruto de los años y de sus reescrituras.» Y si así fuera, ¿qué más da? En sus novelas, Rosario Izquierdo alcanza una armonía que no es ni mucho menos paradisíaca pero se hace necesaria, por no decir placentera.</p>



<p></p>



<p>© de la foto: Bárbara Arrante </p>
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		<title>Éstos somos</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/estos-somos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Sep 2021 08:29:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Constantino Bértolo]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Rosa Chacel]]></category>
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					<description><![CDATA[Habría sido bonito que alguna librería hubiera dedicado el escaparate al libro de Bértolo, es decir, al suyo rodeado por los cincuenta y cinco que cita en él. No son pocos los que cuentan con edición reciente, sea en rústica o de bolsillo, pero accesible. Más de un lector se habría llevado una grata sorpresa, por no decir los propios autores, donde quiera que algunos —su mayoría— estén.]]></description>
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<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>Que las bromas esconden cierta verdad lo saben hasta los más guasones, los que, por ejemplo, podrían soltar aquello de que el mayor enemigo de los libros son los libreros. ¿Y si así fuera? Que don Miguel nos asista. Ellos pueden hacer que un libro no exista, borrarlo del mapa, como se solía decir, del mismo modo que pueden convertirlo en el auténtico protagonista de una temporada.</p>



<p>El editor y filólogo Constantino Bértolo publicó este año <em>¿Quiénes somos? 55 libros de la literatura española del siglo XX</em> (Editorial Periférica, 2021), donde da cuenta de los títulos a su juicio más determinantes, los que habrían de servir para forjar una identidad social. Es algo a todas luces relativo, más aún inmersos como estamos en este tiempo líquido en el cual todo se pierde en las pantallas, libros incluidos. Es abrumador el peso que tienen las redes sociales para promover las obras literarias, siempre y cuando aparezcan junto a la persona adecuada y en la pose no menos adecuada. Los libros van quedando para la hora del té, es decir que ésta es nuestra identidad social, la que sobrevino al mentado siglo XX. De poco sirve que hayamos leído y apreciado <em>Campos de Castilla</em>, de Machado; <em>La reivindicación del Conde don Julián</em>, de Goytisolo; o <em>Herrumbrosas lanzas</em>, de Benet —tres de los títulos incluidos en <em>¿Quiénes somos?</em>—, si de eso sólo nos queda la pose, el blablablá de la hora del té, que gracias a las redes sociales puede darse en cualquier momento del día. Y de la noche. Y de los tiempos intermedios.</p>



<p>La virtud del libro de Bértolo es que propone un recorrido muy variado, además de personal, personalísimo, con títulos de autores a los que trató de cerca. Pero variado, insisto, en eso no hay que negarle el esmero, muy propio de la Transición y de la apertura española en la que el propio autor participó como crítico y editor.</p>



<p>Entre los títulos seleccionados figura <a href="https://editorialcomba.com/libros/narrativa/la-sinrazon/" target="_blank" rel="noreferrer noopener"><em>La sinrazón</em></a>, de <a href="https://editorialcomba.com/autor/rosa-chacel/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Rosa Chacel</a>, publicada por vez primera en 1960 y reeditada por Comba —tras otras pocas ediciones— en 2015. Se trata sin duda de la obra mayor de Chacel, tanto por extensión como por densidad, especie de autobiografía de pensamiento que la autora traslada a su protagonista, Santiago Hernández. «La historia de un personaje que atraviesa su época, su propia vida, con el propósito, soberbio, de hacerse destino, de ser el que es», escribe Bértolo, que en otro punto habrá de destacar el peso de las ideas en la trama novelesca: «El mundo como pensamiento, como voluntad. La realidad considerada semántica. Las preocupaciones del protagonista se corresponden con las de quien se mueve en la estela de Ortega y Gasset. Siempre con las manos limpias, encuentra en la duda su verdad; se alimenta de ella, y de ella hace negocio, confort y adulterio.»</p>



<p>Chacel fue una autora compleja, muy suya, poco afortunada y menos ducha a la hora de ganarse simpatías y afinidades literarias. Claro que ni el exilio ni la condición femenina, en esa época, la ayudaron. En su correspondencia con Ana María Moix (<a href="https://editorialcomba.com/libros/ensayo/de-mar-a-mar/" target="_blank" rel="noreferrer noopener"><em>De mar a mar</em></a>; Comba, 2015) expresaba su contrariedad al saberse leída tan sólo por marisabidillas universitarias en vez de lectores de verdad. ¿Y éstos quiénes son, dónde estarán hoy día? La pregunta nos pilla cada vez más desamparados, fuera de lugar, a menos que nos atengamos a las consignas de las grandes empresas y sus famosos datos. Ahí están los lectores, al parecer. Haberlos, haylos. Otros serán luego los que acudan a las bibliotecas y las librerías para hacerse con las obras que desean leer.</p>



<p>Habría sido bonito que alguna librería hubiera dedicado el escaparate al libro de Bértolo, es decir, al suyo rodeado por los cincuenta y cinco que cita en él. No son pocos los que cuentan con edición reciente, sea en rústica o de bolsillo, pero accesible. Más de un lector se habría llevado una grata sorpresa, por no decir los propios autores, donde quiera que algunos —su mayoría— estén. ¿Con qué cara habría mirado Chacel a Bértolo? «Novela ambiciosa y de ambición cumplida —añade éste—, tragedia de la voluntad donde el protagonista acaba siendo víctima de la sinrazón.» Una mezcla de satisfacción y sospecha habría sido la suya, no me cabe duda, disimulada bajo la risa pícara que en algunas fotos saca a relucir.</p>



<p>Obras como <em>¿Quiénes somos?</em> sirven para sacudir los mimbres de la actualidad y poner en valor no sólo una serie de títulos, que también, sino una tradición que se emborrona en la vorágine editorial y de mercado. Sólo gracias al empeño y criterio de algunos libreros, libros como <em>La sinrazón</em> y los citados más arriba siguen presentes y se siguen moviendo, por no decir catálogos como el de Editorial Comba. De lo contrario, estando los medios saturados y el mundo en severa confusión, queda todo en la innombrable distancia de un clic. De uno tras otro y al final nada, el verdadero enemigo. &nbsp;</p>
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