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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>La otra fiesta de Sant Jordi</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 04 May 2022 14:03:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[Dirán algunos que fue un día casi apocalíptico, y razón no les faltará. Hubo de todo, la conjunción del cielo y del infierno, un baile de la naturaleza en el centro de la fiesta. Y ahí, como escribió Roberto Juarroz, está el vacío. ]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Dirán algunos que fue un día casi apocalíptico, y razón no les faltará. Hubo de todo, la conjunción del cielo y del infierno, un baile de la naturaleza en el centro de la fiesta. Y ahí, como escribió Roberto Juarroz, está el vacío. Fueron la lluvia, el viento, el granizo… y algunos ratos de sol, en un vaivén meteorológico no apto para aprensivos que puso a prueba los puestos armados en la calle. Los hubo que volaron, otros que vieron cómo el agua alcanzaba los libros, y otros, los más, que resistieron agarrándose sus integrantes a la carpa, tirando fuerte de un lado, izando por el otro el plástico protector como en una aventura naval. Esto fue Sant Jordi 2022, tercer intento de celebración normal en la tercera década del siglo XXI. También para Comba.</p>



<p>Tal inestabilidad no es impropia de estas fechas, que en abril aguas mil, lo sorprendente fue que la jornada quedase encajada entre dos días luminosos, de un sol pletórico y absoluto. Vino a recordarnos la amenaza que supone el agua para los libros, o para el papel, más bien, ahora que el libro busca igual su duplicidad de género y no debería extrañarnos dar en breve con uno anfibio. Para leer en seco y en remojo, para leer sin riesgos, lo mismo en la cama que en el centro de una celebración acuática. ¿No será eso, sin embargo, ese querer estar en el centro de todas las fiestas y hacerlo, además, con el menor riesgo, lo que a la postre compromete nuestro trabajado bienestar?</p>



<p>Bajo las carpas sacudidas por el viento y la lluvia la realidad editorial tomaba otra dimensión, tal vez la verdadera, mezcla de sacrificio y pasión, en una jornada cuyo origen está en la muerte del dragón a manos del caballero llamado Jorge, evitando que aquél se comiera a la hija del rey. De la sangre del dragón brotará una rosa, que el caballero habrá de entregar a la princesa y hoy los varones regalan a sus madres, esposas, hermanas, novias… Las chicas más jóvenes hacen acopio de rosas, es un día grande para ellas. Y presa de esa energía la gente salió igual a la calle este año, no bien la lluvia amainaba, no bien las inclemencias meteorológicas dejaban sus amenazas a un lado y amagaban incluso con una tregua solar e indefinida. Pero no hay rosa sin sacrificio. Ni libro, se diría. Y el cielo estaba actuando como un dragón herido, furioso, reacio a darse por vencido mientras quedara una nube con la que dar guerra.  </p>



<p>Las calles se vaciaban cuando arreciaba la lluvia y volvían a llenarse tras la última gota, con una entrega, una emoción ciudadana, que nada habría tenido que ver de no venir de dos años nulos, casi en blanco, de puertas para adentro y comiéndose más de uno la amargura. Se podría decir que Sant Jordi equivale en Cataluña a la fiesta de la primavera, además de ser su segunda Diada, coincidiendo con los días de la rosa y del libro, una coincidencia nada baladí en Barcelona, histórica capital editorial. Recuerden a dónde iba Don Quijote en busca de editor…</p>



<p>Claro que el libro puede ser muchas cosas, y de esa confusión hablaba Ignacio Echevarría en su artículo del día anterior en <em>El Cultural</em>. «Por mucho que el libro haya sido y siga siendo el cauce principal de lo que entendemos por literatura, ésta es sólo una de las muchas, infinitas materias que se sirven del libro para su plasmación, conservación y circulación», escribía, para añadir: «El Día del Libro no es el Día de la Literatura […]. Una confusión que alientan múltiples indicios, empezando por que el Día del Libro se celebre en la fecha en la que se supone que murieron Cervantes y Shakespeare. A los efectos, más idóneo hubiera sido hacerlo coincidir con el del nacimiento o la muerte de Johannes Gutenberg.» Pero saquen ustedes el calendario y verán que para devenir una efeméride festiva hay que saber nacer o morir en el día propicio. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </p>



<p>Por el puesto de Comba se pasaron varios autores de la editorial y no pocos lectores, reuniendo energías para hacer frente juntos a las acometidas más apocalípticas. Estuvieron Constanza Ternicier, Valentina Marchant y Ernesto Escobar Ulloa, además de quien esto escribe y de las visitas más fugaces de Dalmau &amp; Górriz y de Osías Stutman. Valentina Marchant pudo mostrarnos, poemario en mano, qué es el reverso del agua: «La visión doble/ del camino que se inunda/ y se quiebra.» Esa visión se repitió en varios momentos de la jornada, contraste absoluto entre aquello que está en primera instancia y lo que queda más allá de la cortina de agua, en una especie de vacío. Nosotros queríamos la lluvia para el día siguiente, o para cualquier otro, en realidad, sentados en casa con una novela o un poemario en las manos, en ese remedo del silencio que es la caída de la lluvia en el exterior, golpeando contra las ventanas. Hay que abrazar ese silencio para ser uno consigo mismo. Pero hay que abrazar también el vacío imprevisto de las celebraciones, puesto que en el centro del vacío, como concluye Juarroz, hay otra fiesta.</p>
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		<title>Regalarse</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 07 Feb 2017 17:32:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[edición]]></category>
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					<description><![CDATA[(Quizá me equivoqué, no sabría decir, tantas veces me gobierna la pereza que ya es imposible valorarlo como un acierto o un error. Habría estado mejor un lugar conocido para sacar adelante el maldito artículo. Tres versiones ya, y ninguna que alcance una mínima consistencia. Que me traigan un café. Y un whisky también. El año acaba de empezar y no hay que perder las buenas costumbres.)
En los fastos navideños, o en los previos, más bien, en los fastos que las editoriales suelen organizar en las semanas anteriores, una avispada editora interrumpió al autor que presentaba para decir que su propósito al editar era que sus libros fueran regalados. Y qué frescura al decirlo, cuánta razón la amparaba. Es lo que hace la gente, aseguró, obsequiar a sus allegados aquellos libros que disfrutaron. (Omito las comillas porque está claro quién habla, no por pereza. También en este bar está claro de dónde proceden las voces: unas bellas muchachas de pelo relamido y sonrisas internacionales y unos señores de porte serio y ceño fruncido, entre los cuales bailotean las típicas mosquitas que encuentran su veranillo de San Miguel en los locales climatizados. Y cómo se ríen las muchachas. ¿Se habrán enterado de lo que dijo la editora?) Un libro es casi siempre una breve locura, una invitación a desconectar del mundanal ruido, si es que la batalla por relajarse puede librarse al margen del ruido.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>(Quizá me equivoqué, no sabría decir, tantas veces me gobierna la pereza que ya es imposible valorarlo como un acierto o un error. Habría estado mejor un lugar conocido para sacar adelante el maldito artículo. Tres versiones ya, y ninguna que alcance una mínima consistencia. Que me traigan un café. Y un whisky también. El año acaba de empezar y no hay que perder las buenas costumbres.)</p>
<p>En los fastos navideños, o en los previos, más bien, en los fastos que las editoriales suelen organizar en las semanas anteriores, una avispada editora interrumpió al autor que presentaba para decir que su propósito al editar era que sus libros fueran regalados. Y qué frescura al decirlo, cuánta razón la amparaba. Es lo que hace la gente, aseguró, obsequiar a sus allegados aquellos libros que disfrutaron. (Omito las comillas porque está claro quién habla, no por pereza. También en este bar está claro de dónde proceden las voces: unas bellas muchachas de pelo relamido y sonrisas internacionales y unos señores de porte serio y ceño fruncido, entre los cuales bailotean las típicas mosquitas que encuentran su veranillo de San Miguel en los locales climatizados. Y cómo se ríen las muchachas. ¿Se habrán enterado de lo que dijo la editora?) Un libro es casi siempre una breve locura, una invitación a desconectar del mundanal ruido, si es que la batalla por relajarse puede librarse al margen del ruido.</p>
<p>La editora se agarró al micrófono con frenesí musical, a punto de cantar «regalémonos estas navidades hasta que nos duelan las manos»…, o algo por el estilo, mientras los asistentes, absortos, empezaban a preguntarse cuál fue el último libro que les regalaron y cuál regalaron ellos (yo podría responder a esto, tanto al libro regalado como al libro recibido, pero sería pretencioso. Me lo callo. Dejo que hablen las muchachas. Y de pronto es uno de los señores quien ensordece el local. ¡Un buen contacto —exclama— es la clave del éxito!). Regalémonos sin ambages, regalémonos, esto es, pero evitad regalar los libros que más os gustaron. El poder del regalo no es lo más significativo de la literatura, por más que las fechas recientes pongan esta afirmación en entredicho, un raro criterio, el punto de mira desviado; por más que sea una gozada ver un día sí y otro también las principales librerías de la ciudad llenas de gente.</p>
<p>Un concejal de estos pagos eligió como lema navideño que en estas fechas «la ciudad es cultura», un lema bienintencionado que acaso genere la pregunta contraria: ¿y el resto del año? (Menos mal que me trajeron el whisky y ya no escucho a las relamidas beldades ni las sentencias varoniles del otro lado, sólo las moscas, pesadas ellas como una canción machacona pegada al oído.) A la cultura habría que ponerle un impermeable para que no le echen salivazos de uno y otro lado. Una ciudad debe dedicarse a ella todo el año, no sólo en fiestas, y a poder ser calladamente, que esas tres sílabas no manen más tufillo electoral que interés por las letras, la música, los espectáculos y tantas otras profesiones que hoy caen en el mismo saco sin que nadie se lleve las manos a la cabeza (¿acaso las moscas? Una de ellas se posa en mi nariz y parece animarme a que corra la tinta. Y que lo haga en todas direcciones. Lo dice la mosca, cuidado, no yo. Que nadie piense que estoy mosqueado).</p>
<p>Ciertos libros están pensados para el regalo, no tanto los de la editora en cuestión cuanto los que centran la actual afición de poner imágenes tras las palabras, como si la palabra sola no pudiera trascender la mente del lector, no la pudiera abarcar y desbordar cual tormenta de medianoche, despiertos los dos bajo las sábanas, el lector y el personaje. ¿Hace falta un dibujo? ¿Hacen falta tropecientas ilustraciones para que uno se acomode y decida leer que «los conejos corrieron animosos a la madriguera con una zanahoria que en verdad era una peonza y todos iban a rodar con ella»? El lector debe acercarse a las historias con la mente abierta, dispuesto a que la lectura lo turbe, sacuda y emocione; y al final, relaje. ¿Qué es relajarse sino salirse de uno mismo, ver las cosas con la distancia que ponen los personajes? (Las dos muchachas se fueron, satisfechas de sus contactos, alguna mosca que las incomoda y se mete en su cabellera con el ímpetu de quien encontró un pozo de petróleo, y los señores que les ceden el paso, por favor, galantes ellos pese a que tendrán que seguir fantaseando junto a la barra. ¿Otro whisky?)</p>
<p>La editora volvió a dar el micrófono al autor, agradecido el hombre aunque con cara de circunstancias, la sensación misma de ser regalado, es decir, aplastado. «Regálenlo porque a mi me gustó», esto es, la manera perfecta de arruinar un libro. Los regalos deben servir para algo más, no para que quien los hace se autoafirme; más bien como muestra de comprensión hacia la persona obsequiada. «Sé lo que te gusta, esto te va a fascinar.» Un regalo tiene que ser sin reservas ni compromisos, sin obligación alguna, más allá de la que cada cual se genera consigo mismo. Así sucede también en la literatura. (Otro whisky, por favor.)</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en en <a href="http://revistaparaleer.com/tag/juan-bautista-duran/">Revista Eñe</a></p>
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		<title>Ventanas abiertas</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/ventanas-abiertas/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 26 Sep 2016 10:36:56 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[En el desordenado encanto de las calles portuguesas asombra la cantidad de ventanas rotas que aparecen en uno y otro lado, siquiera los pequeños recuadros que las forman, dejando abierta la posibilidad de que tanto lo bueno como lo malo entre y salga con total libertad. «Pese a toda predicción —dice Andrea Jeftanovic en sus crónicas—, se puede entrar a un país por una ventana.» Algunas de ellas pertenecen a casas en venta, otras no. No son pocas las casas en venta, a decir verdad, lo mismo que en Toledo, aunque en la antigua capital del Reino ninguna ventana se cae. Si algo se viene abajo, más bien, es el espíritu, medio taciturno entre tanto monumento, historia y religiones entre muros. Será difícil la vida allí, con su majestuosidad e innegable belleza. Hace falta que se abran más ventanas y corra el aire, los aromas que no sean propiamente toledanos, de las distintas cortes y su legado. ¿Aires artísticos? Por lo visto, no destacan. Toledo carece de una relación artística fuerte con otras ciudades de su entorno, Madrid en particular, de cuyo movimiento y vitalidad cultural podría beneficiarse. Están conectados por el AVE y en coche a menos de una hora.
Los paisajes y los muros toledanos tendrían que volver a ser desde luego espacio de creación, sea en el arte que sea y no a la fuerza imbuido por la oscuridad castellana que El Greco encumbró. Eso ya fue, y es triste sentirla todavía por sus calles, sentir que su cuidada armadura se mantiene espléndida porque toca, pero sin interés alguno en espolearla. Junto a la sinagoga judía bien podría haber una tetería —o dos—, representando el cruce del culturas que allí tuvo lugar, la cerámica de Talavera de la Reina merece un escaparate más destacado y en la plaza del Zocodover abruma toparse de frente con un McDonald’s y un Burguer King, los dos juntitos, representando acaso la última religión. A cualquiera se le ocurren mejores negocios para la que antaño hizo las veces de plaza mayor. Una librería no, claro, que en España los libros no interesan, como ya le dijo Manuel Fraga en su época de ministro al Señor Lara, antes de que éste fundara la editorial Planeta. Semejante locura… ¡cómo se le ocurría! Detrás de la catedral hay una generalista bien surtida, “Hoja blanca”, si bien quienes la regentan insisten en que faltan lectores. Habrá que buscarlos más allá del Tajo, tal vez, acaso en el Colegio Howarts de Magia y Hechicería.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/10/Ventana-normal.jpg"> </a></p>
<p>En el desordenado encanto de las calles portuguesas asombra la cantidad de ventanas rotas que aparecen en uno y otro lado, siquiera los pequeños recuadros que las forman, dejando abierta la posibilidad de que tanto lo bueno como lo malo entre y salga con total libertad. «Pese a toda predicción —dice Andrea Jeftanovic en sus crónicas—, se puede entrar a un país por una ventana.» Algunas de ellas pertenecen a casas en venta, otras no. No son pocas las casas en venta, a decir verdad, lo mismo que en Toledo, aunque en la antigua capital del Reino ninguna ventana se cae. Si algo se viene abajo, más bien, es el espíritu, medio taciturno entre tanto monumento, historia y religiones entre muros. Será difícil la vida allí, con su majestuosidad e innegable belleza. Hace falta que se abran más ventanas y corra el aire, los aromas que no sean propiamente toledanos, de las distintas cortes y su legado. ¿Aires artísticos? Por lo visto, no destacan. Toledo carece de una relación artística fuerte con otras ciudades de su entorno, Madrid en particular, de cuyo movimiento y vitalidad cultural podría beneficiarse. Están conectados por el AVE y en coche a menos de una hora.</p>
<p>Los paisajes y los muros toledanos tendrían que volver a ser desde luego espacio de creación, sea en el arte que sea y no a la fuerza imbuido por la oscuridad castellana que El Greco encumbró. Eso ya fue, y es triste sentirla todavía por sus calles, sentir que su cuidada armadura se mantiene espléndida porque toca, pero sin interés alguno en espolearla. Junto a la sinagoga judía bien podría haber una tetería —o dos—, representando el cruce del culturas que allí tuvo lugar, la cerámica de Talavera de la Reina merece un escaparate más destacado y en la plaza del Zocodover abruma toparse de frente con un McDonald’s y un Burguer King, los dos juntitos, representando acaso la última religión. A cualquiera se le ocurren mejores negocios para la que antaño hizo las veces de plaza mayor. Una librería no, claro, que en España los libros no interesan, como ya le dijo Manuel Fraga en su época de ministro al Señor Lara, antes de que éste fundara la editorial Planeta. Semejante locura… ¡cómo se le ocurría! Detrás de la catedral hay una generalista bien surtida, “Hoja blanca”, si bien quienes la regentan insisten en que faltan lectores. Habrá que buscarlos más allá del Tajo, tal vez, acaso en el Colegio Howarts de Magia y Hechicería.</p>
<p>A la librería Lello de Oporto se le acumulan los visitantes en cada truco de los alumnos del Colegio Howarts. Las colas que se forman junto a su puerta son de decenas de personas, menos interesadas en comprar libros que en ver el espacio, con sus maderas y la bella escalera central, al punto de que los dueños decidieron cobrar entrada. Y si el cliente compra un libro, se le devuelve el coste de la entrada. La medida es de toda lógica, mal que afecte al lector común. No tanto ya por la cuestión de la entrada, cuanto por las terribles colas. Es como acceder a un santuario en cuyo interior cuesta moverse lo mismo que en un concierto, por no hablar de encontrar y hojear un libro. Este auge debería impulsar en Oporto la apertura de una nueva librería con voluntad literaria, quizá no tan espectacular pero bonita igual, en cualquiera de los locales medio abandonados que se aprecian en el centro de la ciudad, las ventanas abiertas para acoger a los lectores. La magia literaria, en fin, no requiere de otro colegio de hechicería.</p>
<p>A Toledo, por su parte, le corresponde sacar provecho del impresionante valor cultural y escultórico de la ciudad para abrir nuevos espacios, hacer que de nuevo haya librerías de viejo —¿qué lugar más apropiado, si no?—, galerías, salas de exposiciones, restaurantes de prestigio, anticuarios, y atraer con ello a gente de distintas procedencias. Ciudad más privilegiada en cuanto a patrimonio artístico no la hay. Y no fue mirando para dentro como se levantaron tantos monumentos. El actual turismo fácil no conduce a nada, y no sólo en Toledo, sino en general, nada más que a convertir a los residentes en sombrías víctimas del propio lugar. Y el turista… ¿qué busca el turista más allá de espacios pintorescos, sino la fraternidad y aprecio de los locales?</p>
<p>En el libro <em>Destinos errantes</em>, crónicas reunidas, Andrea Jeftanovic destaca que cuando se viaja uno toma consciencia de que eligió una vida entre muchas otras. ¿Y cuántas se pueden tener? La pregunta tiene que ver con el plural del título, con la idea de que en cada nuevo destino pueda uno reconvertirse y experimentar una nueva existencia, modificar, en palabras de la autora, nuestros originales. La metáfora funciona mejor a la inversa, sin embargo: es una misma errancia la que hace al viajero, una sola mirada que se nutre y se transforma tras cada experiencia, y de este modo, al fin, emerge una vida. La viajera Jeftanovic recorre la ciudad de Sarajevo, la zona convulsa del conflicto palestino-israelí, Alcalá de Henares, La Habana, la California de los sesenta salvo que en pleno siglo XXI o el Río de Janeiro de Clarice Lispector, entre otros destinos, en cada uno de los cuales entra por una ventana y sale por otra, punto de partida para el nuevo objetivo. «Los viajes —dice— son una ruta personal que nadie más puede repetir.»</p>
<p>Escrito por<strong> Juan Bautista Durán</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en <a href="http://revistaparaleer.com/actualidad/ventanas-abiertas-por-juan-bautista-duran/" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Revista Eñe</a></p>
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		<title>Desafortunados los libros</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 07 Mar 2016 21:16:15 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Trascendió en la prensa catalana el cierre de la biblioteca pública de un pequeño municipio del Ampurdán debido al escaso interés suscitado desde su apertura, ocho años atrás. En este tiempo, asegura el alcalde, si pasaron por las instalaciones «cinco personas ya es mucho». Ante tal circunstancia, el Ayuntamiento convino reformar la desafortunada biblioteca en un espacio coworking, de acuerdo con los nuevos tiempos, para beneficio de los jóvenes y de los emprendedores de la zona. Al parecer, la propuesta fue bien recibida y ya hay quienes acuden a diario a trabajar desde ahí.
Algunos vecinos se quejaron, si bien fueron los menos. Pocos podían quejarse, en verdad, sólo esos cinco que en su momento usaron los servicios de la biblioteca; y en tal caso, más que una queja, podían solicitar un arreglo. «Déjennos un mínimo espacio para nosotros», por ejemplo. Pero los libros volaron. Aparecieron amontonados junto al contendor azul, destinado al reciclaje de papel. Ciertas voces hablan de setecientos ejemplares y otras de dos mil, lo cual, tratándose de una biblioteca pública, es en cualquier caso una cantidad menor. ¿Cuántos miles de tomos puede albergar una biblioteca central y con años en sus estantes? Un montón… decenas y cientos de miles, y están ahí porque son cuidados, consultados, leídos y tenidos en cuenta. Según el alcalde, los que había en la biblioteca no eran demasiado relevantes, y los especialistas a quienes se lo consultó le aseguraron que no merecía la pena venderlos ni cederlos, ni intentar nada, debido a su «escaso valor».
No comparte esta opinión el ex-diputado en el Congreso Josep López de Lerma, quien donó parte de su biblioteca personal a la del pueblo y asegura que emprenderá acciones legales contra el Ayuntamiento. Los había de toda índole, dice, novelas de autores extranjeros, españoles y locales como Gironella o Espinàs, así como libros de historia o arte, y además no llegaron siquiera a exponerse. Habla incluso de «genocidio cultural», palabras a todas luces exageradas, propias de un mal lector, que el Sr. López de Lerma tendrá que matizar si de veras emprende las acciones legales. Una querella por el mal uso de su donación, desde luego, no estaría fuera de lugar. Ningún Ayuntamiento tiene derecho a tirar un fondo público a la basura, sin más ni más. Tampoco tiene demasiado sentido mantener abierta una biblioteca a la que apenas nadie acude, y por tanto, si el centro coworking atrae más a la población, bueno es el cambio.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>


<p>Por&nbsp;<strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
<p>Trascendió en la prensa catalana el cierre de la biblioteca pública de un pequeño municipio del Ampurdán debido al escaso interés suscitado desde su apertura, ocho años atrás. En este tiempo, asegura el alcalde, si pasaron por las instalaciones «cinco personas ya es mucho». Ante tal circunstancia, el Ayuntamiento convino reformar la desafortunada biblioteca en un espacio <em>coworking</em>, de acuerdo con los nuevos tiempos, para beneficio de los jóvenes y de los emprendedores de la zona. Al parecer, la propuesta fue bien recibida y ya hay quienes acuden a diario a trabajar desde ahí.</p>
<p>Algunos vecinos se quejaron, si bien fueron los menos. Pocos podían quejarse, en verdad, sólo esos cinco que en su momento usaron los servicios de la biblioteca; y en tal caso, más que una queja, podían solicitar un arreglo. «Déjennos un mínimo espacio para nosotros», por ejemplo. Pero los libros volaron. Aparecieron amontonados junto al contendor azul, destinado al reciclaje de papel. Ciertas voces hablan de setecientos ejemplares y otras de dos mil, lo cual, tratándose de una biblioteca pública, es en cualquier caso una cantidad menor. ¿Cuántos miles de tomos puede albergar una biblioteca central y con años en sus estantes? Un montón… decenas y cientos de miles, y están ahí porque son cuidados, consultados, leídos y tenidos en cuenta. Según el alcalde, los que había en la biblioteca no eran demasiado relevantes, y los especialistas a quienes se lo consultó le aseguraron que no merecía la pena venderlos ni cederlos, ni intentar nada, debido a su «escaso valor».</p>
<p>No comparte esta opinión el ex-diputado en el Congreso Josep López de Lerma, quien donó parte de su biblioteca personal a la del pueblo y asegura que emprenderá acciones legales contra el Ayuntamiento. Los había de toda índole, dice, novelas de autores extranjeros, españoles y locales como Gironella o Espinàs, así como libros de historia o arte, y además no llegaron siquiera a exponerse. Habla incluso de «genocidio cultural», palabras a todas luces exageradas, propias de un mal lector, que el Sr. López de Lerma tendrá que matizar si de veras emprende las acciones legales. Una querella por el mal uso de su donación, desde luego, no estaría fuera de lugar. Ningún Ayuntamiento tiene derecho a tirar un fondo público a la basura, sin más ni más. Tampoco tiene demasiado sentido mantener abierta una biblioteca a la que apenas nadie acude, y por tanto, si el centro <em>coworking</em> atrae más a la población, bueno es el cambio.</p>
<p>Entre este tipo de nuevos espacios y una biblioteca, sin embargo, no parece que haya mucha diferencia, una cuestión de decibelios, nada más, que se solventa con los debidos tabiques. ¿Por qué no mantuvieron el fondo bibliotecario en el centro <em>coworking</em>? Esto es lo más sorprendente, por no decir grave, ya que acarrea el descrédito en que el libro ha caído como fuente de conocimiento. La idea tan repetida de Cicerón, según la cual uno lo tiene todo con una biblioteca y un jardín, se trueca hoy día en una buena pantalla y mejor conexión. Tengo internet, tengo acceso al mundo entero. Ésta viene siendo la premisa, también en el mundo laboral, una premisa equivocada, porque si bien internet es una herramienta muy útil, es al mismo tiempo un espacio confuso y viral donde el usuario puede verse más expuesto que en el centro de una gran metrópolis, perdido y solo. La inmediatez que conlleva, en efecto, es una maravilla para la comunicación y para tener primeros contactos con las materias deseadas y conocer las mejores fuentes, pero muy rara vez sirve para abundar en ellas. Es la principal distancia entre la pantalla y el libro. La escritura también se resiente de un formato a otro, y la capacidad de comprensión, y de esfuerzo.</p>
<p>Lo más preocupante en este caso ya no es que se tiraran los libros, sino que nadie mostrara el menor interés en mantenerlos. Disponer de un fondo de mil o dos mil libros siempre puede resultar útil para los usuarios de un espacio de estas características, y además, a poco que se acomode, la convivencia entre la clásica biblioteca y el nuevo ideal <em>coworking</em> parece más que factible. ¿No tienen acaso las nuevas generaciones necesidad de consultar libros, de buscar información e inspiración en obras literarias, humanísticas o científicas? ¿De verdad desprecian tanto el pensamiento y la labor de quienes nos preceden? Una biblioteca nunca hay que echarla a perder. Hay que cuidarla, como se cuida un jardín, y disponer para ello del esfuerzo de todos, porque ningún tiempo nuevo surge de la nada.</p>]]></content:encoded>
					
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