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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Rompecabezas narrativo</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/rompecabezas-narrativo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 03 Mar 2021 17:49:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Fotografía]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[Libro]]></category>
		<category><![CDATA[Stanley Kubrick]]></category>
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					<description><![CDATA[En 1948, en la Universidad de Columbia, Stanley Kubrick fotografió a una muchacha bajando las escaleras con un puñado de libros en los brazos. Pienso ahora en esa foto, y es de noche, la luna enmarcada a la perfección en la mitad alta de la ventana. Presagia aullidos e ilumina la noche, es luna llena. Pero no se puede fotografiar, no sabría retratarla con mínima fidelidad tal como la estoy viendo. ]]></description>
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<p>Por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>



<p>En 1948, en la Universidad de Columbia, Stanley Kubrick fotografió a una muchacha bajando las escaleras con un puñado de libros en los brazos. Pienso ahora en esa foto, y es de noche, la luna enmarcada a la perfección en la mitad alta de la ventana. Presagia aullidos e ilumina la noche, es luna llena. Pero no se puede fotografiar, no sabría retratarla con mínima fidelidad tal como la estoy viendo. La ausencia del revelado es una rémora importante, el hecho de no dominar ese proceso último de la imagen, a lo que debemos añadir nuestra incapacidad total a la hora de resolver las tomas nocturnas —esta luna— o en las que la luz no es estándar. Por muchos botones y funciones que tengan las cámaras modernas, móviles incluidos, no llegamos ni de broma a un pleno dominio. Nos quedamos en el encuadre y la correcta elección de la escena o perspectiva fotografiadas.</p>



<p>El joven Kubrick captó el momento justo en que los libros se escurrían de los brazos de la muchacha y se iban, aún no al suelo, sino al vuelo que podía acabar al pie de las escaleras, donde debía de encontrarse el futuro cineasta con su Leica. La instantánea es maravillosa, pero ¿qué parte tuvo Kubrick en que los libros fueran a caerse? A lo mejor sólo quería captar el movimiento de la muchacha al bajar las escaleras, aprovechando un ángulo que habría ensayado sin apretar todavía el botón de la cámara. No era cuestión de malgastar material. Kubrick habría escuchado movimiento en la zona, alguien que cerraba una puerta y se dirigía ahí, motivo suficiente para apresurarse al pie de las escaleras con su cara de loco y enfocar con el enorme flash a quien estuviera bajando.</p>



<p>Resultó una chica cargada de libros —no sé cuántos, hablo de memoria—, más atenta al equilibrio que éstos requerían que al ruido ocasionado en sus andares, bien fuera al abrir y cerrar las puertas o al dar un paso más fuerte que otro. Si se exclamó o no al ver al joven fotógrafo abajo, eso no lo podemos saber, sólo imaginarlo, del mismo modo que estamos imaginando la distancia adonde pudieron llegar los libros y la misma pose de Kubrick con la cámara en las manos. Medio agachado, esto es lo más probable, y muy sigiloso, él sí, porque el ejercicio de fotógrafo lo entendía cercano al de cazador y no era cuestión de hacerse notar hasta el momento de disparar.</p>



<p></p>



<p><strong>2</strong></p>



<p>El susto de la muchacha al verlo, ésta tuvo que ser la clave. La personalidad humana, decía Kubrick, se resiste a las cosas claras, y en cambio siente atracción hacia los rompecabezas, enigmas o alegorías. Entonces ella apoyó un pie medio tambaleante, el otro ya del todo mal y en cuanto un libro se escurrió ya no pudo evitar que el resto se descontrolara también. Lo primero fue un simple ¡ay!, cohibida ante la presencia del fotógrafo, al que no esperaba y habría de deslumbrarla, un ¡ay! que se sostuvo varias milésimas de segundo, hasta que el primer volumen dio contra las escaleras. Entonces se convirtió en una palabra malsonante aunque no blasfema —no eran tiempos para la blasfemia—. Luego increpó igual al fotógrafo, que apenas la ayudó a recoger los libros. Tenía prisa por llevar la instantánea a su estudio de revelado. La foto quedó de maravilla, lo vio en seguida, estaba bien encuadrada y había logrado captar el instante justo en que los libros se escurrían. Logró detener aquello que el ojo humano no alcanza a apreciar. El ojo humano pasa del momento en que ella se tambalea al de los libros ya volados, casi en el suelo. El resto lo completa con el oído, en esa mezcla sensorial que Kubrick pudo echar en falta ahí mismo, ante la perfección de su foto. ¿Y el ruido de los libros al deslizarse, seguido de la exclamación de la muchacha? Era importante también el momento en que ella ponía el pie en falso, por no decir el portazo previo.</p>



<p>Esa carencia, que a buen seguro ya habría sentido en otras circunstancias, ese punto de quedarse sólo con una parte de la realidad, fuera casual o provocada —¿es posible que él mismo hubiese calculado el momento en que la muchacha bajaría para darle un susto y hacer que los libros se cayeran?—, con probabilidad hizo de Kubrick al meticuloso cineasta que fue, con su obsesión por controlar cada detalle y hacer que los elementos encajasen todos en su relación causa-efecto y sus consecuencias.</p>



<p></p>



<p><strong>3</strong></p>



<p>Los libros eran once o doce, no se aprecia bien en la foto. Al final tuve que buscarla. Y no está tan claro que fueran a caérsele, esto es lo más asombroso, que en mi mente la escena hubiese corrido. Yo creo que sí, estoy casi seguro de que se le cayeron; pero en la foto no se evidencia, no hay ningún libro que de veras se esté yendo y ni siquiera la muchacha dirige la mirada al fotógrafo, atenta nada más que al escalón donde pone el pie. Ese instante que yo proyecté demuestra no obstante la fuerza de la fotografía, la mirada fina de Kubrick, no tanto por haber captado un instante mágico cuanto por adelantarlo, por darnos un fotograma narrativo. En esa imagen va una escena sin necesidad de rodarla, gracias al fuerte elemento dramático. Y si fue improvisada, como decía, o por el contrario preparada, a la manera de Robert Capa, eso no tiene ninguna importancia. No debe siquiera tenerse en cuenta, del mismo modo que no importa si la muerte de aquel miliciano fue real o simulada. ¿Acaso no hubo otros tantos que cayeron alrededor en las mismas circunstancias? ¿No se trataba de mostrar lo mejor posible lo que estaba sucediendo? El problema está en el uso posterior que se la da a la imagen, esa búsqueda —impostada— de la pureza moral que no tiene por qué estar en el arte. Eso Kubrick lo asumió en seguida. Los vericuetos y puntos oscuros a partir de los cuales fueron posibles sus grandes obras, esos enigmas a los que se refería, ponen en evidencia que ninguna manifestación artística, si está hecha con rigor y coherencia, es casual ni gratuita. Es como ignorar los estadios narrativos, esto es, que ahora es siempre todavía y la luna sigue brillando en mi ventana.</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: Stanley Kubrick, 1948</p>
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			</item>
		<item>
		<title>Cercana metáfora</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/cercana-metafora/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 25 Feb 2021 10:40:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Dalmau & Górriz]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
		<category><![CDATA[Libro]]></category>
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					<description><![CDATA[¿Si yo fuera un libro, me preguntan, qué sería? Es tan vaga la idea como amplia su respuesta, y es curioso que me lo pregunten ahora, en esta situación de completa incertidumbre en que tan poca cosa somos, ahora que el virus nos tiene en jaque y convertirse en un libro puede leerse como una escapatoria. ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p>Por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>



<p>¿Si yo fuera un libro, me preguntan, qué sería? Es tan vaga la idea como amplia su respuesta, y es curioso que me lo pregunten ahora, en esta situación de completa incertidumbre en que tan poca cosa somos, ahora que el virus nos tiene en jaque y convertirse en un libro puede leerse como una escapatoria. No me preguntan qué libro sería, cuidado, no un título o un género, sino un cuerpo. Quieren que me abra en dos y muestre mis tripas y a través de ellas mi funcionalidad, que luego las meta otra vez para dentro, las ponga en su sitio y luzca para los demás mi rostro bravo o espléndido; es decir, que sea en las cubiertas una fiel imagen de mí mismo. Pero sin título, sin dar mi nombre. ¿Se imaginan que esto sea posible?</p>



<p>Si yo fuera un libro sería una fracción relajada pero intensa de tiempo, sería casi como un reloj pero sin cronómetro, porque como parte del tiempo quisiera integrar esa que se sale del propio tiempo. No vengan con prisas a revolverme las tripas; vengan a perderse en ellas como a un palacio vacío, vengan a errar en ellas como en las estancias de ese palacio donde todo está por descubrir pues la vacuidad es sólo aparente. Siempre lo es, pero más aún en el libro que yo quisiera ser. Por supuesto que sería cosido, todo mi interior cogido con hilo, para tener donde agarrarme y en un momento dado coserme de nuevo. No son ínfulas palaciegas, sino meros principios de calidad. El papel, ahuesado y de ochenta gramos —salvo que me quisieran breve, acaso de poesía, entonces mejor darme algo más de volumen con uno de noventa gramos—; las cubiertas, blandas y con solapas, manejables, para facilitar la lectura y el traslado, si es que a quien me tome le gusta llevarme en autobús o leerme en el parque, en la terraza de un bar o en la sala de espera del médico.</p>



<p>No me molesta que me saquen a tomar el café, al contrario. Es bueno airearse y de pronto, si usted está hablando con la señora sentada a la mesa de al lado y sopla un poco de viento, dejar que las páginas se alboroten y me quede espachurrado como al sol de una playa caribeña. Las palabras se doran, parpadean entre sí antes de reordenarse en la sombra. Tienen miedo de que otras más modernas y a la moda, es decir, muy fijadas al tiempo, las vuelvan obsoletas y fuera de lugar, las acaben sustituyendo. Por eso no quiero ser un libro demasiado anclado en el tiempo ni a una determinada expresión, sino más bien al margen de ello, un libro que sea como un río y sepa nadar y guardar la ropa al mismo tiempo. El agua es el peor enemigo de los libros, de sobra lo sabemos, por más que la historia bruta de la humanidad esté repleta de hogueras en cuyo centro arden papiros y manuscritos y libros en la forma que hoy día conocemos y en la que me destacaría si yo fuera uno.</p>



<p>Dalmau &amp; Górriz dicen al respecto que, en tal caso, ellos serían una biblioteca y a su vez el camino hacia ésta, fieles a la idea borgeana de que el libro debe encerrar en sí mismo la posibilidad de una biblioteca y de que no se concibe ninguno sin la presencia de los libros que lo precedieron y, en mayor o menor medida, propiciaron. Quieren decir con eso que el ideal —¿y que busca sino el ideal la pregunta en cuestión?— es un libro que contenga todos los libros, uno que se pueda leer en distintas direcciones y en cada una dé una respuesta a las demás posibilidades de lectura. Por eso ellos crearon al lanzador de libros, y por eso yo, si fuera uno, quisiera que el lanzador me arrojara desde el monte o desde la plaza del pueblo a las manos de nuevos lectores, de tantos lectores como sentidos tiene mi historia. Si fuera un libro, sería cercana metáfora. Y sería silencio también, un diálogo callado entre quien me sostuviera y los personajes, argumentos o narraciones que tiran de una página a otra.</p>



<p>Si fuera un libro sería muchas cosas a la vez, eso también lo digo, porque toda escritura se dirige de algún modo a la parte desconocida que hay en nosotros y que más difícil es de alcanzar. No basta con un solo libro. Nunca se sacia nuestro lado desconocido, acaso ignoto —ésta sería la palabra justa—, más lejos cuanto más creemos acercarnos a él, por muchos avances que realicemos. Lo alimentamos, esto es, le damos forma. Así crecen los catálogos editoriales, buscando primero un motivo, unas voces que rodean un mundo, y enseguida, lejos de cercarlo, lo amplían, traen el eco de otras voces que son ése y otro mundo y nos demuestran que no hay historia sino su multiplicidad. </p>



<p>Si fuera un libro, en fin, lo sería en rústica, papel ahuesado de ochenta gramos, cosido, tapa blanca y con solapas, de un tamaño aproximado de veinte centímetros de alto y trece de ancho. Aunque eso ya lo soy, eso es en cierta medida lo que cargo en las alforjas y quiero que ustedes saquen a pasear, que lo multipliquen, imagen cristiana que pervive no por cristiana sino por necesaria, también en lo que a los libros se refiere. Ninguno tiene sentido sin el lector.</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: Marisa Ortún</p>
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