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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Mutua admiración</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 11 Apr 2023 08:25:39 +0000</pubDate>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Entre mayo de 1976 y enero de 1979 Rosa Chacel y Mercè Rodoreda intercambiaron cuatro cartas, publicadas en el número 87 de la <em>Revista Turia</em> (noviembre 2008) por Carme Arnau, filóloga e historiadora de la literatura catalana, a quien Rodoreda había manifestado el gran valor en que tenía <em>La sinrazón</em> (1960, Comba 2015), novela total de la autora vallisoletana.</p>



<p>«Mi admiración por usted —escribe Rodoreda a Chacel— empezó con su libro de relatos. Este decir lo indecible, este ahondar en la vida más secreta, estos mundos de misterio y de gran poesía que usted da no hay palabras para agradecerlos. Es usted extraordinaria», afirmaba la autora catalana en una muestra de aprecio literario que no era menor a la inversa. «Empezaré por decirle que el encanto que tiene para mí su libro es el de una cosa dificilísima —le había escrito Chacel a propósito de <em>La plaza del Diamante</em>—. Me sume en una especie de contemplación interrogante: ¿cómo se puede hacer una cosa tan sencilla? Claro que hay que añadir y tan perfecta, pero si no lo añado, de entrada, es porque a lo que no es así de perfecto yo no lo llamaría sencillo, sino simple o elemental o superficial o cualquier otro improperio. Digo una cosa tan sencilla porque se hace difícil ver en qué consiste su eficiencia poética, la fuerza de su veracidad.»</p>



<p>En esos años ambas habían vuelto de sus respectivos exilios, brasileño el de Chacel, suizo el de Rodoreda —previo paso por Francia—, años en los que ya habían escrito la parte más destacada de su obra; sobre todo la autora catalana, que habría de fallecer en 1983 y para quien el exilio, dijo, tomó pasados los años «calidad de espectáculo; pero si alguna vez me lo recuerdan lo veo como una gran lección de vida». Esas palabras se podrían aplicar a las dos autoras, en la medida en que supieron nutrirse del exilio, por doloroso que fuere, y convertirlo en literatura sin necesidad de llevarlo al primer plano narrativo. Su densidad, lirismo y complejidad formal —Chacel—, cuando no fantástica —Rodoreda—, lo atestiguan de primera mano, aun en los casos en que puedan darse alusiones más directas a las penurias y el extravío en que el exilio las sumió. «Lo sustancial de la propia historia rezuma siempre en el buen escritor», sostiene Chacel en <em>La confesión</em> (1971, Comba 2021).</p>



<p>En <em>La sinrazón</em>, la autora vallisoletana saca partido de su experiencia directa en Brasil, trazando una serie de alegorías —sentimentales, laborales, psicológicas— fáciles de reconocer en su propia biografía pero que ella vuelca en otros personajes para que tomen un vuelo mayor. En su variedad de registros y extensa narración vemos lo que, en la primera carta a Rodoreda, describe como la imposibilidad de escribir «más que largamente, interminablemente cuando quiero decir algo ‘de verdad’». Esta característica chaceliana se aprecia en toda su obra, aunque llama la atención de forma especial en la correspondencia: el tiempo y la dedicación que le presta, su entrega. Le habla a Rodoreda de la que mantuvo con la joven Ana María Moix —hoy reunida en <em>De mar a mar</em> (1998, Comba 2015)— gracias a la intercepción de Pere Gimferrer. Lo curioso es que en su recuerdo Gimferrer trató de disuadir a Moix, cuando, según cuenta ésta en sus cartas, fue él quien la animó a hacerlo. Claro que no sabemos lo que pudo decirle Gimferrer en las suyas, no públicas. «Yo la contesté a vuelta de correo [a Moix] y le rogué que me pusiera en comunicación con Gimferrer. Y así fue: me escribieron, les escribí durante años. Tengo cajas de cartas suyas.»</p>



<p>Rodoreda le responde que en esos años Gimferrer está terminando la traducción al español de <em>Mirall trencat</em>, que publicaría Seix Barral como <em>Espejo roto</em>, pero «es poeta, vive de cara a la eternidad, traduce mi libro como si ejecutara un trabajo de orfebrería y pierde el sentido del tiempo». Que se va, dice también la autora catalana; y así es, el tiempo se va y el modo en que lidiamos con él y nos hacemos a sus leyes determina, ya no sólo la capacidad de éxito o no de una obra, sino su naturaleza. «Tengo que vencer épocas de grandes perezas en las cuales lo que me atrae es ‘mirar’ —reconoce respecto a su trabajo—. Pero de pronto, en pleno estado vegetativo, me da un arranque de responsabilidad; entonces me encierro y me siento delante de la máquina, llena de entusiasmo, como si se acabara el mundo […] hasta que un buen día lo dejo todo porque pienso que nada de lo que escribo vale la pena… ¡Y a mirar!» Esta manera de escribir, como arrebatada, coincide con lo que la crítica llamó la «imperiosidad» de su escritura, «surgida a sacudidas, balbuciente, tierna y cruel de manera alterna, obsesivamente atenta a los detalles y convulsionada por unos fogonazos de lucidez desesperada» (Àlex Susanna, <em>Revista Turia</em> nº87).</p>



<p>En Chacel se impone en cambio una lentitud que, como bien aprecia Rodoreda, transforma en una sugerente mezcla de misterio y poesía. Se lo contaba a Ana María Moix en su primera carta: «Son muchas las novelas que tengo proyectadas, pero el tiempo vuela y voy a paso de tortuga.» Dos tiempos distintos, los de Chacel y Rodoreda, que sin embargo tienen muchos puntos de encuentro, y por eso hay que celebrar este contacto y mutuo aprecio. No sólo los tiempos personales las distanciaron, sino también los avatares bélicos del medio siglo pasado y la mala costumbre española de separar sus distintas literaturas, alejando entre sí a quienes forman parte de una tradición común. Tanto la autora catalana como la vallisoletana manejaban muy bien la ocultación en la narrativa, una ocultación que empezaba por sí mismas y seguía en los elementos clave del relato, en pos del matiz —Rodoreda— y de lo indecible —Chacel—; así como de un misterio que, en cierto modo, vinieron a resolver también en esas pocas cartas.</p>
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		<title>Bajarse de una cruz</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 31 Aug 2016 08:09:58 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Aunque al hilo de la comunión de eventos en Brasil —del pasado Mundial de fútbol a los inmediatos Juegos Olímpicos—, hay que celebrar la publicación de la crónica literaria Varados en Río (Editorial Anagrama, 2016), del narrador madrileño Javier Montes (1976), un libro que nada tiene que ver con el turbo Brasil de hoy día pero que realza la fuerza, la fealdad urbana y el fulgor de Río de Janeiro y sus alrededores, un enclave que en ciertos momentos puede dar la impresión de paradisíaco. Las palabras se envenenan y chocan al hablar de Río, tal como escribió la poeta estadounidense Elisabeth Bishop: «Quienes visitan Río suelen exclamar: ¡Qué hermosa ciudad! Pero, antes o después, los más juiciosos acaban diciendo: No, no es una ciudad hermosa. Es sólo el emplazamiento más hermoso del mundo para una ciudad.»
Bishop fue a Río para una estancia de quince días y se quedó quince años, arropada por la élite brasileña, los parajes de ensueño y todos sus contrarios. «Hueles a bacalao y lluvia vieja», reza un verso sobre el mar que ve desde su lujoso apartamento, frente a la playa de Leblón. El desencanto ya había hecho mella en Bishop, así como hizo mella en Rosa Chacel, Manuel Puig y Stefan Zweig, los otros autores en quienes Montes pone su atención, varados los cuatro en el paraíso. Al que menos cancha le da quizá sea Zweig. El famoso escritor austríaco terminó sus días en Río, y de la manera más escabrosa posible, junto a su amante, tras el largo exilio al que el nazismo le obligó. Murió encorbatado y trajeado, en la cama, a causa de la dosis letal que se había preparado, la misma que tomó su amante una vez Zweig hubo sucumbido a sus efectos. Ingirió la misma dosis y se tumbó a su lado, medio abrazada al escritor, lo que dio lugar a una macabra estampa, ya bastante divulgada.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/08/89FILEminimizer.jpg"> </a></p>
<p>Aunque al hilo de la comunión de eventos en Brasil —del pasado Mundial de fútbol a los inmediatos Juegos Olímpicos—, hay que celebrar la publicación de la crónica literaria <em>Varados en Río</em> (Editorial Anagrama, 2016), del narrador madrileño Javier Montes (1976), un libro que nada tiene que ver con el turbo Brasil de hoy día pero que realza la fuerza, la fealdad urbana y el fulgor de Río de Janeiro y sus alrededores, un enclave que en ciertos momentos puede dar la impresión de paradisíaco. Las palabras se envenenan y chocan al hablar de Río, tal como escribió la poeta estadounidense Elisabeth Bishop: «Quienes visitan Río suelen exclamar: ¡Qué hermosa ciudad! Pero, antes o después, los más juiciosos acaban diciendo: No, no es una ciudad hermosa. Es sólo el emplazamiento más hermoso del mundo para una ciudad.»</p>
<p>Bishop fue a Río para una estancia de quince días y se quedó quince años, arropada por la élite brasileña, los parajes de ensueño y todos sus contrarios. «Hueles a bacalao y lluvia vieja», reza un verso sobre el mar que ve desde su lujoso apartamento, frente a la playa de Leblón. El desencanto ya había hecho mella en Bishop, así como hizo mella en Rosa Chacel, Manuel Puig y Stefan Zweig, los otros autores en quienes Montes pone su atención, varados los cuatro en el paraíso. Al que menos cancha le da quizá sea Zweig. El famoso escritor austríaco terminó sus días en Río, y de la manera más escabrosa posible, junto a su amante, tras el largo exilio al que el nazismo le obligó. Murió encorbatado y trajeado, en la cama, a causa de la dosis letal que se había preparado, la misma que tomó su amante una vez Zweig hubo sucumbido a sus efectos. Ingirió la misma dosis y se tumbó a su lado, medio abrazada al escritor, lo que dio lugar a una macabra estampa, ya bastante divulgada.</p>
<p>Zweig fue recibido en Brasil con todos los honores y escribió, servicial y agradecido, una especie de panfleto en forma de libro sobre las virtudes de su país de acogida. Montes se limita a mencionar ese texto, y hace bien, no fuera a perder el eje de la narración en palabras huecas. Y si Zweig es el autor del que menos habla, esto quizá se deba a que el austríaco no se prodigó demasiado en hablar de Brasil en sus papeles, más allá de dicho libro. Tanto Bishop como Chacel y Puig tuvieron una relación muy intensa y literaria con el país, y en particular con Río, reflejada en las obras literarias lo mismo que en su correspondencia. En el caso de Chacel, las cartas y los diarios toman un destacado protagonismo. En una dirigida a Ana María Moix se describe a sí misma entre la exhuberancia y alegría de Ipanema como una <em>camarrupa</em>, nombre que reciben ciertos espíritus que aparecen en las sesiones de ocultismo. Su exilio brasileño, dice, fue una «catástrofe a cámara lenta», hecho que se constata en los diarios, las cartas y también en <em>La sinrazón</em>, su novela total, que emerge del paisaje y los acontecimientos descritos por Montes como una auténtica <em>camarrupa</em>. Para el lector de <em>La sinrazón</em>, la novela y los personajes que la habitan cobran un peso, en el recorrido de Montes tras las huellas de Chacel, en ocasiones desconcertante y en otras revelador, tanto más en la medida en que Montes parece no haber leído la obra.</p>
<p>«Ciertas palabras —dice el narrador de <em>La sinrazón</em>—, que en el momento de ser pronunciadas sólo me parecieron una frase trivial, han llegado a señalar más tarde un punto culminante en mi vida.» Así Río de Janeiro, también, en la vida de estos autores que llegaron a la ciudad carioca, quizá no por una experiencia trivial, pero sí liviana, y se vieron atrapados en sus malignos contrastes. El propio Montes debió de ser víctima igual de Río, por lo que da a entender en el libro (acudió por amor y se quedó más tiempo del previsto, pasado ya el amor) y por su aparición en otras obras, como <em>Segunda parte</em> (2010). Montes es reincidente, y no en vano parece alertar al lector sobre el riesgo de aterrizar en Río y sufrir una transversalidad emocional, sensorial y aun estilística, de la que uno no se puede curar fácilmente. «¿Deberíamos habernos quedado en casa —se pregunta Bishop—/ dondequiera que esto sea?»</p>
<p>El único que quiso hacer de Río su casa fue Manuel Puig, autor ya de enorme éxito en ese momento, finales de los setenta, con miles de lectores y sus novelas llevadas a Hollywood. Puig siempre fue un autor muy cinematográfico, y lo que al fin le llevó a escribir novelas en vez de guiones fue, como él mismo dijo, la voz torrencial de sus tías: «Estaba planeando una escena de guión en que la voz de una tía mía introducía la acción en el lavadero de una casa. Esa voz tenía que abarcar no más de tres líneas, pero siguió sin parar unas treinta páginas. No hubo manera de hacerla callar. Sólo tenía banalidades que contar, pero me pareció que la acumulación de las banalidades daba un significado especial a la exposición.» Es la esencia que domina las novelas de Puig, en las que rara vez el narrador interviene, como en los guiones, junto con el imaginario cinematográfico. No sorprende, por tanto, descubrir que su biblioteca era más bien una videoteca, ni tener noticia del <em>cinito</em> que organizaba para sus allegados; sí llama la atención, en cambio, el fetichismo con que coleccionaba las cintas de vídeo, sobre las que grababa una y otra vez, dejando sólo las escenas que él consideraba. Aquélla en que tal actriz está más bella, aquélla en que tal otra pierde pie, aquélla en que se le descubre por vez primera la vejez.</p>
<p>Puig armaba sus propias películas sobre películas ya existentes, una afición que obliga a revisar el relato de Julio Cortázar “Queremos tanto a Glenda”. Es esto mismo lo que sucede, salvo que con los recursos de la ficción.</p>
<p>Los personajes de Cortázar no sólo son cinéfilos, sino verdaderos fans de Glenda Garson, quienes, insatisfechos con ciertas escenas en la carrera de la actriz, deciden cortar, modificar, alterar las bobinas hasta alcanzar la perfección que su fanatismo exige. «Llegamos al día en que tuvimos las pruebas de que la imagen de Glenda se proyectaba sin la más leve flaqueza; las pantallas del mundo la vertían tal como ella hubiera querido ser vertida.» El propósito de Puig distaba de esta perfección total que ansían los personajes de Cortázar, aunque la crueldad maniqueísta, al fin y al cabo, anda en ambos casos a la par. «Pero un poeta había dicho bajo los mismos cielos de Glenda que la eternidad está enamorada de las obras del tiempo. Usual y humano: Glenda anunciaba su retorno a la pantalla, las razones de siempre, la frustración del profesional con las manos vacías, un personaje a la medida.» ¿Qué hacer ante la posible profanación? Está claro que no se baja vivo de una cruz, y ellos iban a ofrecerle a Glenda la máxima perfección, última e inviolable, similar a la que Río ofrece a quienes la toman por el paraíso prometido.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en <a href="http://revistaparaleer.com/actualidad/bajarse-de-una-cruz-por-juan-bautista-duran/">Revista Eñe</a></p>
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		<title>Razones de Chacel</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/rosa-chacel-2/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 04 Apr 2016 08:39:25 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Discípula de Ortega y Gasset y única mujer del grupo junto con María Zambrano, más joven que ella, los tumbos de la vida fueron esquinando a Rosa Chacel. Como escribe Julián Marías en su prólogo a La sinrazón, la autora vallisoletana fue a todas luces un rara avis. De Ortega se quedó sobre todo con la idea de diluir el argumento en beneficio de las ideas y la reflexión, algo muy propio de la época, de modo que en sus novelas y relatos el lector no siempre sabe qué sucede. Ni en Estación. Ida y vuelta ni en Memorias de Leticia Valle, ni incluso en Teresa, los hechos narrados están muy claros, mucho menos que en La sinrazón, desde luego, novela tan abundante y extensa que se sirve de una inteligente trama —casi policiaca— para engarzar sus elevados motivos.
Su segunda novela, Teresa, nació de un encargo de Ortega para la colección “Vidas extraordinarias del siglo XIX”. Amante de Espronceda, Teresa Mancha es la protagonista de esta biografía novelada en que quedan patentes los confines de todo pensamiento progresista respecto a su tiempo. Texto oscuro, para algunos más accesible que otras novelas de Chacel, tampoco contó con demasiada suerte. La primera edición tuvo que ser en Buenos Aires (1941) tras constantes postergaciones en España, debido a las controversias políticas y al estallido de la Guerra Civil.						]]></description>
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<p>Discípula de Ortega y Gasset y única mujer del grupo junto con María Zambrano, más joven que ella, los tumbos de la vida fueron esquinando a Rosa Chacel. Como escribe Julián Marías en su prólogo a <em>La sinrazón</em>, la autora vallisoletana fue a todas luces un <em>rara avis</em>. De Ortega se quedó sobre todo con la idea de diluir el argumento en beneficio de las ideas y la reflexión, algo muy propio de la época, de modo que en sus novelas y relatos el lector no siempre sabe qué sucede. Ni en <em>Estación. Ida y vuelta</em> ni en <em>Memorias de Leticia Valle</em>, ni incluso en <em>Teresa</em>, los hechos narrados están muy claros, mucho menos que en <em>La sinrazón</em>, desde luego, novela tan abundante y extensa que se sirve de una inteligente trama —casi policiaca— para engarzar sus elevados motivos.</p>
<p>Su segunda novela, <em>Teresa</em>, nació de un encargo de Ortega para la colección “Vidas extraordinarias del siglo XIX”. Amante de Espronceda, Teresa Mancha es la protagonista de esta biografía novelada en que quedan patentes los confines de todo pensamiento progresista respecto a su tiempo. Texto oscuro, para algunos más accesible que otras novelas de Chacel, tampoco contó con demasiada suerte. La primera edición tuvo que ser en Buenos Aires (1941) tras constantes postergaciones en España, debido a las controversias políticas y al estallido de la Guerra Civil.</p>
<p>Su exilio fue largo, hasta los años setenta, cuando poco a poco toma en Madrid la residencia final. Vivió entre Buenos Aires y Río de Janeiro, y en ambas ciudades el término que mejor define su exilio es la soledad. Se aprecia sobre todo en sus diarios, los dos tomos que forman <em>Alcancía</em>, también «ida y vuelta», en los que abundan las reflexiones acerca de su estar y su hacer. «Y luego aquí otra vez —dice—. No sé lo qué he hecho, no sé en qué se han ido estos días.» Escribe cartas, muchas y largas cartas; y la recepción de la primera que Ana María Moix le envía (1965) es para ella un soplo de aire fresco. Moix le escribe impulsada por la reciente lectura de <em>Teresa</em> y por su amigo Pere Gimferrer, mayor que ella pero ambos compañeros de la universidad, así como Guillermo Carnero, quien también interviene en la correspondencia. Los tres forman lo que Chacel da en llamar «el trébol».</p>
<p>El contacto más intenso es sin duda el que establece con Ana María Moix, al punto de intercambiar textos y vivencias que le sirven para ponerse al día de lo que sucede en España. Siente que esa correspondencia puede ponerla de nuevo en la órbita peninsular. La necesidad es tan real que no vacila en terminar sus cartas diciendo «contéstame rápido» o aun de escribirle ella antes de recibir respuesta, a ver qué pasa. Y pronto le pregunta por <em>La sinrazón</em>. Leyó <em>Teresa</em>, de acuerdo, pero ¿y <em>La sinrazón</em>?</p>
<p>Chacel volcó en ella todo su conocimiento narrativo, filosófico y existencial. Está muy presente la influencia de Nietzsche, en el sentido de poner a Dios en la voluntad humana, en vez de ajeno a ella, cual ente superior. La actitud de Santiago, el protagonista, da cuenta de ello. Se aprecia en cómo el poder de su mente logra virar los acontecimientos a su favor. La empresa, por ejemplo, que adquiere gracias a circunstancias muy casuales, parece que va pero no va, y siempre, en el peor momento, logra salvarla. Santiago es un hombre proclive a la digresión, un hombre de ideas, pero al mismo tiempo de acción. En esta novela los hechos sí importan, toman una forma mucho más determinante que en textos suyos más conocidos, como <em>Memorias de Leticia Valle</em>. ¿Qué pasa en esa obra? No está muy claro. Por el contrario, en <em>La sinrazón</em> están clarísimas la historia de amor, el poder de la voluntad y la caída en desgracia por faltar a las propias convicciones. Esa sinrazón a la que alude el título apela a los vaivenes contradictorios de la inquietud humana; el primero de ellos, la Guerra Civil en España. Pese a que transcurre en mayor medida en Argentina, la historia tiene un ojo puesto en España, en el devenir de la contienda. Y uno de sus personajes, Herminia, no sólo es un personaje riquísimo, que da el contrapunto a la mujer de Santiago y al propio Santiago, sino que trae la actualidad española al primer plano y además es perfectamente reconocible en la figura de Chacel. También escribe, y mantiene con Santiago largas conversaciones que vienen a demostrar que ningún aserto es válido sin su opuesto. Éste es uno de los grandes logros de <em>La sinrazón</em>, poner del derecho y del revés todas las ideas, siendo válidas unas y otras, un ejercicio que en momentos puede resultar duro para el lector; sobre todo, inmersos ya en las cavilaciones bajas de Santiago, interrumpiendo lo que hoy día se daría en llamar clímax. ¿Y a Chacel qué más le daba el clímax?</p>
<p>Ana María Moix no supo muy bien qué contarle cuando al fin pudo leer la novela y del otro lado del Atlántico sabía a Chacel esperando respuesta. «Me contagió su vitalidad —escribió—, su apetito de todo. Incluso terminada la novela, el libro sigue y es imposible pararlo.» Su carta es a todas luces cordial y protocolaria, y tal debió de ser la cara de Chacel al leerla. Moix le había demostrado ser una muchacha brillante, pero tenía diecinueve años, se peleaba con los grises en la calle, seguía a su hermano a locales nocturnos… Y además las primeras ediciones de <em>La sinrazón</em> contaban casi tantas erratas como páginas había. Eso desesperaba a Chacel: que una novela en la que había invertido nueve años de su vida saliera tan pésimamente editada y contara con tan pocos lectores…, ella, que estaba siendo más revolucionaria y moderna que muchos autores de su época. «Cada libro de Rosa Chacel —destaca Julián Marías— ha significado una aportación a los temas, a la técnica, al estilo de la novela; nunca ha escrito “un libro más”, sino otro libro nuevo.» Lo que entonces empezaba a hacer el <em>nouveau roman </em>francés ella ya lo había plasmado en <em>La sinrazón</em>. Pero en la vida la suerte hay que buscarla. De sobra lo sabía una nietzscheana como ella, ya no sólo intelectualmente, sino de forma empírica.</p>
<p>Sobrina-nieta de Zorrilla, de pequeña apenas acudió a la escuela, hasta que a los once años la familia se traslada a Madrid y pasa por colegios dedicados a las labores. En 1915 entra en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, donde se codea con gente artística e intelectualmente despierta de su generación, y tiene contacto también con intelectuales de fuste, como Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez o el propio Ortega y Gasset. Allí conoció a Timoteo Pérez Rubio, pintor con quien se casaría en 1921. En los siguientes años se fueron a Roma gracias a una beca que él ganó, de 1922 a 1927, etapa muy enriquecedora para ambos que sin embargo pudo empezar a esquinar la carrera literaria de Chacel. Se diría que nunca estuvo en el lugar adecuado en el momento preciso. En los años veinte no pudo sacar provecho del movimiento que se estaba gestando en Madrid, y tampoco supo hacerlo en el exilio, a diferencia de tantos otros, que pasadas las penas iniciales supieron volver esa distancia a su favor. Sólo en los años setenta y ochenta, a su vuelta a España, se empezó a reconocer su figura y su obra, siendo ya pura memoria. «¿Por qué habré de interesar a tantas doctoras y doctorandas —se preguntaba en esos años— en vez de tener verdaderos lectores, como se supone a todo escritor?»</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Entre Chacel y Caballero Bonald</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 13 Jan 2016 12:25:12 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nos gusta la presencia de la naturaleza en la literatura. Celebramos la aparición de árboles y mariposas. El amor de la naturaleza es raro en la poesía española. En Leyendo a los poetas Azorín decía que se sienten poco los árboles, el campo, las flores; y que entre nuestros clásicos sólo hubo tres poetas que amaron la naturaleza: Gonzalo de Berceo, Fray Luis de León y Garcilaso. El amor al paisaje viene de lejos. El hechizo de la poesía del árbol tiene una fuerza enorme. No es posible detenerse a explicar por qué. Entre los árboles y la luz existe un parentesco: el árbol es un ser de luz, ¡que vive con la luz! Desprende energía y participamos de su aura. Y es más: de ello depende nuestro futuro. Su influencia en la calidad del aire y en la mitigación del cambio climático está sobradamente demostrada. Les prestamos atención porque proporcionan numerosos efectos beneficiosos. En ocasiones, la contemplación se transforma en visión, adivinamiento de lo fatal. La estampa del destino a menudo nos enerva. Muchas veces tememos que el planeta ha entrado en contacto con la extinción del prodigio.
Sin cambiar de tema, ahora vamos a guiñar el ojo a dos escritores españoles: Rosa Chacel y José Manuel Caballero Bonald. Ambos sienten la presencia de la naturaleza, sus textos arrojan inesperadas luces sobre la magia del árbol. ¡En sus frondas ven luz en el tiempo! En La sinrazón (1960) y en La noche no tiene paredes (2009) hallamos la brevedad de la naturaleza, la concisión del momento poético. No voy a hacer un estudio crítico, me limitaré a apuntar algunas ideas. Sigo el camino de la intuición.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/01/Chacel-árboles-Bonald.jpg">&nbsp;</a></p>
<p>Nos gusta la presencia de la naturaleza en la literatura. Celebramos la aparición de árboles y mariposas. El amor de la naturaleza es raro en la poesía española. En <em>Leyendo a los poetas</em> Azorín decía que se sienten poco los árboles, el campo, las flores; y que entre nuestros clásicos sólo hubo tres poetas que amaron la naturaleza: Gonzalo de Berceo, Fray Luis de León y Garcilaso. El amor al paisaje viene de lejos. El hechizo de la poesía del árbol tiene una fuerza enorme. No es posible detenerse a explicar por qué. Entre los árboles y la luz existe un parentesco: el árbol es un ser de luz, ¡que vive con la luz! Desprende energía y participamos de su aura. Y es más: de ello depende nuestro futuro. Su influencia en la calidad del aire y en la mitigación del cambio climático está sobradamente demostrada. Les prestamos atención porque proporcionan numerosos efectos beneficiosos. En ocasiones, la contemplación se transforma en visión, adivinamiento de lo fatal. La estampa del destino a menudo nos enerva. Muchas veces tememos que el planeta ha entrado en contacto con la extinción del prodigio.</p>
<p>Sin cambiar de tema, ahora vamos a guiñar el ojo a dos escritores españoles: Rosa Chacel y José Manuel Caballero Bonald. Ambos sienten la presencia de la naturaleza, sus textos arrojan inesperadas luces sobre la magia del árbol. ¡En sus frondas ven luz en el tiempo! En <em>La sinrazón</em> (1960) y en <em>La noche no tiene paredes</em> (2009) hallamos la brevedad de la naturaleza, la concisión del momento poético. No voy a hacer un estudio crítico, me limitaré a apuntar algunas ideas. Sigo el camino de la intuición.</p>
<p>A Rosa Chacel le preocupa el tiempo, su fugacidad; pero también los matices de la luz, las sensaciones de la vista. La luz es obsesión, algo que no puede apartar de su mente. Repasando las primeras páginas de <em>La sinrazón</em>, leemos que en una tarde con una luz que camina sobre el césped, el crepúsculo es tan breve que casi se le ve pasar. Se pierde en la contemplación del momento. Precisa: “Pasa un aire tibio, el cielo es limpísimo, nacarado, despide una luz desnuda, que pasa y se esconde entre los árboles copudos y en la sombra de los árboles brilla algún foco recién encendido”. Y concluye, audazmente: “es que ya ha pasado”. Pasa el tiempo y el árbol entra en otra luz; y los verdes se deslustran, se restauran. Sus efluvios crean un juego de sensaciones y fantasía, forman un mundo detenido en el tiempo, donde lo real alcanza una nueva dimensión. Es eso. En la culminante autobiografía de Chacel, no solo hallamos pensamientos sentidos, sentimientos pensados, encontramos árboles maravillosos; sauces, castaños, casuarinas, ombúes. Conviene saber que el ombú es árbol copudo, de copa grande, que acumula luces mágicas, solidarias, efectos de apariencia maravillosa. Ante una mariposa disecada, la escritora se aventura a observar: “Dios puede mover las alas de una mariposa muerta o trasladar una montaña, o hacer que no haya sido lo que fue.” Reflexión importante que raya lo inefable. Existen cosas que nunca se podrán explicar.</p>
<p>Pero hay más. Es preciso mencionar <em>Ofrenda a una virgen loca</em> (1961), porque en uno de sus relatos, “Lazo indisoluble”, percibimos como la luz, cuando la niebla se despega del río, “empieza a despertar el verde de los castaños”. Prodigioso apunte. A propósito de castaños; bajo el espeso follaje de ese árbol robusto descubrimos la mirada de la serpiente del Paraíso. ¿Ha tentado el progreso a la humanidad? Hay materia para hacer un estudio de la evolución del sentimiento de la naturaleza en la literatura.</p>
<p>Vayamos ahora al reino de los vivos. Hablemos de Caballero Bonald, uno de los grandes escritores españoles de los últimos años. ¡Cuánto nos encanta la plasticidad de su palabra poética! Releamos su décimo libro de poesía. En el poema “Nadie”, el poeta conversa con alguien que lo llama. Pese al mutismo del entorno, se abre un espacio donde el árbol parece suspirar por rebelarse.</p>
<p style="padding-left: 210px;"><em>Desoye el árbol las invocaciones</em><br />
<em> erráticas del viento, mientras</em><br />
<em> sus vacilantes cuencas enmudecen</em><br />
<em> frente a las desbandadas de la luz.</em></p>
<p>Cuando viene el viento, sentimos hondamente la responsabilidad del árbol. Los colores de la tierra cambian por instantes, según la transparencia del follaje. En tanto que las ramas enmudecen, los claroscuros recobran brío. Los retoques de luz verde tienen otro movimiento, otra cadencia; quizá es el impulso tumultuoso del progreso.</p>
<p style="padding-left: 210px;"><em>Como en un vaho gravita el anhelante</em><br />
<em> oficio de estar vivo y en lo hondo</em><br />
<em> de los drenajes de la soledad</em><br />
<em> los pájaros silencian sus generaciones.</em></p>
<p>“Vaho” es sinónimo de soplo; de tiempo brevísimo. Así pasa la vida como un soplo. Nadie al final responde al poeta. “Nadie, como Ulises”. Los días se malgastan entre atropellos y “remisas decepciones.” En el último verso sale “una pared vacía, una página en blanco”. A medida que avanzamos por el poema tomamos conciencia del medio. Vivir consiste en “ir dejando atrás la vida”, los árboles, el aire nuestro. Todo eso prodigioso que suspira por favorecer la vida, ahora parece quejarse. ¿Podrá España abordar en buena posición el desafío del cambio climático? Por un instante es posible creerlo. No hay un solo árbol que no se sienta responsable, solidario de su destino. Es por esto que nos interesa la pervivencia de la naturaleza en la literatura española.</p>
<p>Escrito por <strong>Ignacio Viladevall</strong></p>
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