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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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		<title>Mercè Rodoreda y la necesidad de suspender el pensamiento</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/merce-rodoreda-y-la-necesidad-de-suspender-el-pensamientio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 17 Apr 2023 14:42:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[Llama la atención en sus cuentos la cantidad de veces que los personajes son llamados a la suspensión del pensamiento, unas veces por voluntad propia y en otras por imposición de otro personaje.]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Surgidos como de las entrañas, los cuentos de Mercè Rodoreda (Barcelona, 1908 – Girona, 1983) tienen una fuerza singular, no muy común en la narrativa española de la época, con un aliento medio confesional que coincide con lo que Rosa Chacel escribió sobre la confesión en la literatura: «consiste en manifestar lo que nunca se deshizo en el pasado, lo que nunca dejó de vivir por ser consustancial con la vida que confiesa» (<em>La confesión</em>, 1971; Comba, 2020). Y así Rodoreda pone a narrar —casi a perorar— a personajes que de algún modo habrán de lidiar con las cuestiones que a ella más la inquietaban y aun torturaban. Era su manera de alcanzar el sueño, según lo que escribe en el prólogo a <em>Espejo roto </em>y que sin duda es una excelente alegoría del ejercicio literario: «Todos quisiéramos alcanzar el sueño, que es nuestra más profunda realidad, sin romper el espejo.»</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En los cuentos que conforman <em>Mi Cristina y otros cuentos</em>, su volumen más celebrado, con piezas de absoluta exquisitez literaria, los personajes se debaten contra su condición y viven en su mayoría al margen de la realidad, para darse al fin contra ésta, ya sea apelando a la fantasía o bien de vuelta de ella. En dos de ellos se da una metamorfosis más bien ovidiana, tanto en la conversión en pez del protagonista de ‘El río y la barca’<a href="#_ftn1">[1]</a> como en la del protagonista de ‘La salamandra’ en anfibio. En otros la ambigüedad al respecto es mayor, lo que abunda en ese punto confesional al que nos referíamos y que nos devuelve reflejos propios de la autora. La complejidad de las relaciones íntimas, la sexualidad, las habladurías y malas lenguas, el aislamiento. (De sobra sabrán los lectores de Rodoreda que donde este paralelismo es más acusado y a más interpretaciones se presta es en la novela <em>La muerte y la primavera</em>, de publicación póstuma.)</p>



<p>         Llama la atención en sus cuentos la cantidad de veces que los personajes son llamados a la suspensión del pensamiento, unas veces por voluntad propia y en otras por imposición de otro personaje. Desde el hilarante, y espléndido, pasaje en que el narrador de ‘Mi Cristina’ recuerda el momento en que su madre, en el lecho de muerte, se incorporó y le dijo «¡no pienses!», a la señora que teme la potencia de su pensamiento y escribe al médico contándole que no se atreve a pensar, que ése es su «gran martirio», pasando por el narrador de ‘La gallina”, que dice marearse cuando piensa demasiado; la recomendación implícita a no pensar que recibe el narrador de ‘Recuerdo de Caux’; o cuando el narrador de ‘El señor y la luna’ reconoce que «en los momentos de gran sorpresa siempre se deja de pensar», y que por tanto no puede explicar lo que le pasaba, para culminar con estas desoladoras palabras: «Dentro de mí no hay nada. Sólo las cosas tristes que están dentro de todos. Sí. Sólo las cosas tristes que se quedan adentro tumbadas y lisas como los muertos bajo tierra…»</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; ¿Eso somos si no pensamos, una cosa triste incrustada en nuestro interior como un muerto bajo tierra? El narrador de este cuento podría acudir hoy día al Chat GPT 4 para que le activara el pensamiento o para que, ya de plano, pensara por él. Esto es lo que, en última instancia, propone la inteligencia artificial, amparada en una mayor productividad (¿hace falta?) y abaratamiento de costes. Y disculpen que pase de los cuentos de Rodoreda, tan vivos, casi carnales, a esta cosa fría e invasiva que es la inteligencia artificial y en particular el Chat GPT 4 (hay otros muchos en vías de desarrollo). Su impacto inicial podría suponer la pérdida de empleo de trescientos millones de personas (¿quién va a beneficiarse entonces del aumento de la productividad?), a la espera de que en un par de décadas empiece a generar empleos especializados.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En el mundo literario y editorial su presencia puede poner en jaque no sólo muchos puestos de trabajo sino la misma creación, puesto que «GPT 4 ya es capaz de escribir con estilo literario, resumir libros extensos o describir imágenes», tal como escribe el escritor y crítico literario Jorge Carrión, quien pronostica que en el futuro habrá más edición que creación. «Más que creador de prosa original —dice—, el escritor será un arquitecto y un DJ que dibuja planos, calcula estructuras y produce una nueva música a partir de melodías y ritmos parcialmente ajenos.»</p>



<p>         ¿Eso queremos, en eso consiste la evolución humana? A uno se le va quedando adentro esa cosa triste a la que se refería el personaje de Rodoreda, aunque me niego, no lo voy a consentir, no toleraré que la sorpresa me anule el pensamiento. Si la escritura es la forma más elevada para poner las ideas en orden y armar el pensamiento, entendiendo así lo que en ocasiones no es sino un batiburrillo interno, lo que esta tecnología propone es una forma muy sutil de decirle al ciudadano «no pienses»; o más bien, de impedírselo. A la larga será eso, del mismo modo que hoy día ya nadie se imagina frotando dos piedras para generar una llama o, más cercano en el tiempo, pocos serán los que sepan lavar la ropa a mano. El hombre se ocupó primero de reducir la necesidad de la fuerza física, para rebajar a posteriori determinados esfuerzos y, por último, si nos atenemos a los pronósticos de los gurús tecnológicos, anular el ejercicio mental.</p>



<p>         En una entrevista para <em>Cuadernos para el diálogo</em>, Rodoreda aseguraba a Carmen Alcalde sentirse cansada, «cansada hasta el alma, de atentados, de revoluciones, de guerra civil […], de hornos crematorios, de bomba atómica, de guerra fría, de guerra de Vietnam, de guerra coreana, de torturas, de secuestros, de actos terroristas, de bombardeos con napalm, de campos de concentración, de ejecuciones, de asesinatos, de árabes y de judíos, de delirio de poder de tantos aspirantes a brujos de esta gran locura», una enumeración de podría extenderse hasta nuestros días, siendo tantos los cansancios bélicos o cercanos de los que la muerte la salvó. No es de extrañar, por tanto, que reconociera en sus personajes la necesidad de suspender el pensamiento. ¿Cómo es posible asimilar en una sola mente tanta barbarie, tanto delirio por no se sabe qué cosa, reproduciéndose de una y mil maneras distintas? «Lo más curioso —añadió, y lo más curioso es siempre lo más humano— es que este descendimiento a los infiernos ejerce en mí, por momentos, una especie de fascinación.» ¿Podría entender eso la inteligencia artificial?  </p>



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<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> La traducción del catalán de los fragmentos y título de los cuentos es del propio autor.</p>
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		<title>Mutua admiración</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/mutua-admiracion/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 11 Apr 2023 08:25:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Ana María Moix]]></category>
		<category><![CDATA[Correspondencia]]></category>
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		<category><![CDATA[Rosa Chacel]]></category>
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					<description><![CDATA[Dos tiempos distintos, los de Chacel y Rodoreda, que sin embargo tienen muchos puntos de encuentro, y por eso hay que celebrar este contacto y mutuo aprecio.]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Entre mayo de 1976 y enero de 1979 Rosa Chacel y Mercè Rodoreda intercambiaron cuatro cartas, publicadas en el número 87 de la <em>Revista Turia</em> (noviembre 2008) por Carme Arnau, filóloga e historiadora de la literatura catalana, a quien Rodoreda había manifestado el gran valor en que tenía <em>La sinrazón</em> (1960, Comba 2015), novela total de la autora vallisoletana.</p>



<p>«Mi admiración por usted —escribe Rodoreda a Chacel— empezó con su libro de relatos. Este decir lo indecible, este ahondar en la vida más secreta, estos mundos de misterio y de gran poesía que usted da no hay palabras para agradecerlos. Es usted extraordinaria», afirmaba la autora catalana en una muestra de aprecio literario que no era menor a la inversa. «Empezaré por decirle que el encanto que tiene para mí su libro es el de una cosa dificilísima —le había escrito Chacel a propósito de <em>La plaza del Diamante</em>—. Me sume en una especie de contemplación interrogante: ¿cómo se puede hacer una cosa tan sencilla? Claro que hay que añadir y tan perfecta, pero si no lo añado, de entrada, es porque a lo que no es así de perfecto yo no lo llamaría sencillo, sino simple o elemental o superficial o cualquier otro improperio. Digo una cosa tan sencilla porque se hace difícil ver en qué consiste su eficiencia poética, la fuerza de su veracidad.»</p>



<p>En esos años ambas habían vuelto de sus respectivos exilios, brasileño el de Chacel, suizo el de Rodoreda —previo paso por Francia—, años en los que ya habían escrito la parte más destacada de su obra; sobre todo la autora catalana, que habría de fallecer en 1983 y para quien el exilio, dijo, tomó pasados los años «calidad de espectáculo; pero si alguna vez me lo recuerdan lo veo como una gran lección de vida». Esas palabras se podrían aplicar a las dos autoras, en la medida en que supieron nutrirse del exilio, por doloroso que fuere, y convertirlo en literatura sin necesidad de llevarlo al primer plano narrativo. Su densidad, lirismo y complejidad formal —Chacel—, cuando no fantástica —Rodoreda—, lo atestiguan de primera mano, aun en los casos en que puedan darse alusiones más directas a las penurias y el extravío en que el exilio las sumió. «Lo sustancial de la propia historia rezuma siempre en el buen escritor», sostiene Chacel en <em>La confesión</em> (1971, Comba 2021).</p>



<p>En <em>La sinrazón</em>, la autora vallisoletana saca partido de su experiencia directa en Brasil, trazando una serie de alegorías —sentimentales, laborales, psicológicas— fáciles de reconocer en su propia biografía pero que ella vuelca en otros personajes para que tomen un vuelo mayor. En su variedad de registros y extensa narración vemos lo que, en la primera carta a Rodoreda, describe como la imposibilidad de escribir «más que largamente, interminablemente cuando quiero decir algo ‘de verdad’». Esta característica chaceliana se aprecia en toda su obra, aunque llama la atención de forma especial en la correspondencia: el tiempo y la dedicación que le presta, su entrega. Le habla a Rodoreda de la que mantuvo con la joven Ana María Moix —hoy reunida en <em>De mar a mar</em> (1998, Comba 2015)— gracias a la intercepción de Pere Gimferrer. Lo curioso es que en su recuerdo Gimferrer trató de disuadir a Moix, cuando, según cuenta ésta en sus cartas, fue él quien la animó a hacerlo. Claro que no sabemos lo que pudo decirle Gimferrer en las suyas, no públicas. «Yo la contesté a vuelta de correo [a Moix] y le rogué que me pusiera en comunicación con Gimferrer. Y así fue: me escribieron, les escribí durante años. Tengo cajas de cartas suyas.»</p>



<p>Rodoreda le responde que en esos años Gimferrer está terminando la traducción al español de <em>Mirall trencat</em>, que publicaría Seix Barral como <em>Espejo roto</em>, pero «es poeta, vive de cara a la eternidad, traduce mi libro como si ejecutara un trabajo de orfebrería y pierde el sentido del tiempo». Que se va, dice también la autora catalana; y así es, el tiempo se va y el modo en que lidiamos con él y nos hacemos a sus leyes determina, ya no sólo la capacidad de éxito o no de una obra, sino su naturaleza. «Tengo que vencer épocas de grandes perezas en las cuales lo que me atrae es ‘mirar’ —reconoce respecto a su trabajo—. Pero de pronto, en pleno estado vegetativo, me da un arranque de responsabilidad; entonces me encierro y me siento delante de la máquina, llena de entusiasmo, como si se acabara el mundo […] hasta que un buen día lo dejo todo porque pienso que nada de lo que escribo vale la pena… ¡Y a mirar!» Esta manera de escribir, como arrebatada, coincide con lo que la crítica llamó la «imperiosidad» de su escritura, «surgida a sacudidas, balbuciente, tierna y cruel de manera alterna, obsesivamente atenta a los detalles y convulsionada por unos fogonazos de lucidez desesperada» (Àlex Susanna, <em>Revista Turia</em> nº87).</p>



<p>En Chacel se impone en cambio una lentitud que, como bien aprecia Rodoreda, transforma en una sugerente mezcla de misterio y poesía. Se lo contaba a Ana María Moix en su primera carta: «Son muchas las novelas que tengo proyectadas, pero el tiempo vuela y voy a paso de tortuga.» Dos tiempos distintos, los de Chacel y Rodoreda, que sin embargo tienen muchos puntos de encuentro, y por eso hay que celebrar este contacto y mutuo aprecio. No sólo los tiempos personales las distanciaron, sino también los avatares bélicos del medio siglo pasado y la mala costumbre española de separar sus distintas literaturas, alejando entre sí a quienes forman parte de una tradición común. Tanto la autora catalana como la vallisoletana manejaban muy bien la ocultación en la narrativa, una ocultación que empezaba por sí mismas y seguía en los elementos clave del relato, en pos del matiz —Rodoreda— y de lo indecible —Chacel—; así como de un misterio que, en cierto modo, vinieron a resolver también en esas pocas cartas.</p>
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