<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Editorial Comba | </title>
	<atom:link href="https://editorialcomba.com/tag/kafka/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://editorialcomba.com</link>
	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
	<lastBuildDate>Thu, 08 Jan 2026 16:10:23 +0000</lastBuildDate>
	<language>es</language>
	<sy:updatePeriod>
	hourly	</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>
	1	</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=6.9.4</generator>

<image>
	<url>https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2014/02/cropped-logo_c_comba-32x32.png</url>
	<title>Editorial Comba | </title>
	<link>https://editorialcomba.com</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
	<item>
		<title>Entrar o salir del sueño</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/entrar-o-salir-del-sueno/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 09 Jul 2022 10:34:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Enrique Lynch]]></category>
		<category><![CDATA[Gregor Samsa]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[Kafka]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Match Point]]></category>
		<category><![CDATA[Mavis Gallant]]></category>
		<category><![CDATA[Sueños]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://editorialcomba.com/blog/la-otra-fiesta-de-sant-jordi-copy/</guid>

					<description><![CDATA[Hoy día vivimos en una superposición de narraciones, no de sueños. Aunque tiempo al tiempo: los sueños, como defendían los románticos, representan la imaginación pura, y la pureza está en alza, es un valor que puede con otros más pragmáticos y que viene embebiéndose de mucha ficción.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>A los sueños en literatura no les tengo yo la manía que otros autores y lectores dicen tenerles, una manía que, con toda probabilidad, se deberá al abuso que en otros tiempos se hizo de este recurso. Es un salto diegético, al fin y al cabo, al igual que cuando dentro de una narración se introduce otra paralela, sea de la naturaleza que sea, dialectal o libresca. Lo cierto es que hoy día vivimos en una superposición de narraciones, no de sueños. Aunque tiempo al tiempo: los sueños, como defendían los románticos, representan la imaginación pura, y la pureza está en alza, es un valor que puede con otros más pragmáticos y que viene embebiéndose de mucha ficción.</p>



<p>El problema del sueño, ciñéndonos a la literatura, estriba en que resulta básico, demasiado intuitivo, inconsciente casi, como una flatulencia. Está muy presente la máxima jamesiana según la cual por cada sueño narrado perdemos un lector. Se rompe ahí el pacto de confianza y verosimilitud entre ambas partes, en la medida en que el sueño no deja de ser un descanso de hilo grueso, algo perezoso, el momento en que el autor decide echarse un rato y deja a los personajes andar por su cuenta. Y mientras ésos van, él larga un sueño. Pero… ¿y si resultara trascendente, si el sueño fuese determinante para atar los cabos de la historia? Woody Allen hace un uso ejemplar de este recurso en <em>Match Point</em>, del que se sirve para añadir suspense final y resolver a posteriori la trama. Lo hace, además, apelando a su parte más instintiva y espontánea.</p>



<p>Quien debió de darle muchas vueltas a ello es la escritora canadiense Mavis Gallant (1922–2014), en vista de las reflexiones que introduce en <em>Una vida aceptable</em>. Cuenta que al padre de la protagonista no le gustaban las revelaciones oníricas, y que, aún es más, lo ponían de mal humor. Por eso, cuando alguien se disponía a contarle un sueño, estiraba el brazo y decía: «Puedes contarme lo que has soñado si me das veinticinco centavos. Si la historia es interesante, aceptaré quince. Si tú no apareces en el sueño, me conformo con cinco.» Todo sueño tiene un coste, eso vino a decir, tanto más cuanto más egocéntrico sea, una idea en clara sintonía con la máxima apuntada en el párrafo anterior. Claro que hace un siglo ya desde que Gregor Samsa se convirtiera en escarabajo sin necesidad por parte de Kafka de aducir un sueño, antes al contrario, ya que Samsa se despertaba «de unos sueños agitados». Es un hito literario: la transformación se da al salir del sueño, no al entrar en él. «No era un sueño», recalca. Y además del atrevimiento que esto suponía, en la línea de Coleridge y la flor —¿a qué se debía si no la agitación de sus sueños?—, este paso afuera del marco onírico tiene una lógica aplastante.</p>



<p>A la extraordinaria intensidad con la que los sueños suelen tener lugar, se opone la gran dificultad para retenerlos en forma de recuerdo. Muy rara vez sobreviven a la vigilia, y es curioso porque los autores más proclives a ellos suelen ignorar, o acaso despreciar, este punto. ¿Recuerdan ustedes algún sueño reciente? Como mucho su intensidad, alguna emoción percibida en el transcurso de la noche, pero poco más, ni tan siquiera aquellos que sabemos recurrentes. Se desvanecen en la vigilia como agua que se escurre.</p>



<p>Lo destacaba Enrique Lynch en su vibrante breviario intermitente, <em><a href="https://editorialcomba.com/libros/ensayo/nubarrones/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Nubarrones</a></em>, junto con otros dos aspectos notables: 1) todo lo que sucede en el sueño, a diferencia de lo que acontece en la vigilia, se da en el mismo registro: sólo hay imágenes; 2) en ellos los hechos vienen asociados con un estado de consciencia en el que lo subjetivo y lo objetivo están fundidos, porque lo otro está siempre como yo lo siento, es decir, como el imaginario del yo. Dice también: «la vigilia nunca puede dar una clave para entender el sueño, puesto que éste está hecho exclusivamente de materiales de la memoria y en cambio la primera sólo es posible por lo contrario, porque ha habido olvido».</p>



<p>Literatura y sueño tienen por tanto una relación ambigua, al partir ambos del mismo lugar: la memoria. Luego el segundo se convierte en un estadio narrativo de la primera, pese a las suspicacias, a que hay que saberlo llevar muy bien, con la mayor brevedad posible, si no queremos resultar falsos. La validez de los sueños está en la medida en que los podemos controlar. Uno de los más comunes consiste en verse de nuevo ante un examen, el último, reválida de una vida estudiantil y cuyas preguntas apenas comprendemos. Tardamos un poco en reparar en su naturaleza onírica, y ahí empezamos a quitarle hierro al examen para dárselo al sueño, al hecho mismo de soñar, tal como Mavis Gallant introduce el tema en su novela. «Igual que sabía que el latido de su corazón acabaría con ella, sabía que estaba soñando», escribe.</p>



<p>Más adelante Gallant añade, en boca de su protagonista y con la concisión adecuada: «una vez soñé que me veía a mí misma mientras dormía»; imagen que se puede repetir hasta el infinito, como toda historia contiene otra historia que a su vez dará lugar a una tercera historia y ésta a una nueva, etcétera, en la fábula infinita que es la vida y que ya un dramaturgo del XVII se ocupó de llamar sueño. La redundancia quizá sea lo que hace desconfiar de su incursión en las obras literarias, en esta época nuestra amiga de las obviedades y los hechos fácticos, y en la que nadie daría un céntimo por una revelación onírica, sea en una novela o en una taberna.</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: fragmento de una obra de Marc Chagall.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Roberto Bolaño en El Masnou</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/bolano-en-el-masnou/</link>
					<comments>https://editorialcomba.com/blog/bolano-en-el-masnou/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Alberto Magnet]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 17 Oct 2016 15:43:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Alberto Magnet]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Adán Buenosayres]]></category>
		<category><![CDATA[Borges]]></category>
		<category><![CDATA[Bryce Echenique]]></category>
		<category><![CDATA[Cervantes]]></category>
		<category><![CDATA[El Masnou]]></category>
		<category><![CDATA[Fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[García Márquez]]></category>
		<category><![CDATA[Javier Marías]]></category>
		<category><![CDATA[Joyce]]></category>
		<category><![CDATA[Kafka]]></category>
		<category><![CDATA[La vida breve]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Los detectives salvajes]]></category>
		<category><![CDATA[Maresme]]></category>
		<category><![CDATA[Mario Vargas Llosa]]></category>
		<category><![CDATA[Patria]]></category>
		<category><![CDATA[Proust]]></category>
		<category><![CDATA[Rayuela]]></category>
		<category><![CDATA[Roberto Bolaño]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.editorialcomba.com/?p=1578</guid>

					<description><![CDATA[Hacia finales de febrero de 2003, cinco meses antes de su muerte, una librera de mi pueblo consiguió traer tras muchos empeños a Roberto Bolaño, para que hablara de lo que una lectora llamó, ante los treinta que éramos, «su obra». El Masnou pertenece a la comarca del Maresme, la misma donde vivía Bolaño, quien llegó puntual a la cita y esperó pacientemente a que la apasionada lectora, volcada en detalles de su biografía, terminara la presentación del autor.
Para empezar, Bolaño dijo que no podía hablarse de «su obra». Muchos críticos tendían a hacerlo, a hablar de su obra, pero cuando se dice obra, aclaró, sólo podemos hablar de escritores como Joyce, Kafka, Proust, Cervantes o Borges; no se puede hablar de «la obra de Bolaño».
La literatura es un oficio muy peligroso, dijo recordando a Pavese, porque rara vez el autor se siente satisfecho. Los verdaderos escritores están más cerca del suicidio, como muchos escritores lo estuvieron a lo largo de la historia. Era heroico quitarse la vida, dijo Bolaño, como aquellos romanos que en el siglo II consumaban su harakiri latino cuando llegaba el momento de poner a prueba su honor; pero esos heroísmos, como muchos otros, ya han pasado a la historia. Estamos hablando de cosas ideales, dijo, y el mundo en que vivimos no es un mundo ideal. Es un mundo distorsionado, perdido; es el comienzo de algo que ni alcanzamos a vislumbrar, sentenció como si ya hubiera estado de visita en ese mundo del futuro y hubiera regresado para contárnoslo. El mundo del futuro es un mundo dominado por el germen del kitsch que lleva en sí el sistema económico dominante, la globalización, eufemismo que oculta un gran abismo entre ricos y pobres.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[		<div data-elementor-type="wp-post" data-elementor-id="1578" class="elementor elementor-1578">
						<section class="elementor-section elementor-top-section elementor-element elementor-element-48210cd9 elementor-section-boxed elementor-section-height-default elementor-section-height-default parallax_section_no qode_elementor_container_no" data-id="48210cd9" data-element_type="section" data-e-type="section">
						<div class="elementor-container elementor-column-gap-default">
					<div class="elementor-column elementor-col-100 elementor-top-column elementor-element elementor-element-15dce539" data-id="15dce539" data-element_type="column" data-e-type="column">
			<div class="elementor-widget-wrap elementor-element-populated">
						<div class="elementor-element elementor-element-42723ba5 elementor-widget elementor-widget-text-editor" data-id="42723ba5" data-element_type="widget" data-e-type="widget" data-widget_type="text-editor.default">
				<div class="elementor-widget-container">
									<p>Hacia finales de febrero de 2003, cinco meses antes de su muerte, una librera de mi pueblo consiguió traer tras muchos empeños a Roberto Bolaño, para que hablara de lo que una lectora llamó, ante los treinta que éramos, «su obra». El Masnou pertenece a la comarca del Maresme, la misma donde vivía Bolaño, quien llegó puntual a la cita y esperó pacientemente a que la apasionada lectora, volcada en detalles de su biografía, terminara la presentación del autor.</p><p>Para empezar, Bolaño dijo que no podía hablarse de «su obra». Muchos críticos tendían a hacerlo, a hablar de su obra, pero cuando se dice obra, aclaró, sólo podemos hablar de escritores como Joyce, Kafka, Proust, Cervantes o Borges; no se puede hablar de «la obra de Bolaño».</p><p>La literatura es un oficio muy peligroso, dijo recordando a Pavese, porque rara vez el autor se siente satisfecho. Los verdaderos escritores están más cerca del suicidio, como muchos escritores lo estuvieron a lo largo de la historia. Era heroico quitarse la vida, dijo Bolaño, como aquellos romanos que en el siglo II consumaban su harakiri latino cuando llegaba el momento de poner a prueba su honor; pero esos heroísmos, como muchos otros, ya han pasado a la historia. Estamos hablando de cosas ideales, dijo, y el mundo en que vivimos no es un mundo ideal. Es un mundo distorsionado, perdido; es el comienzo de algo que ni alcanzamos a vislumbrar, sentenció como si ya hubiera estado de visita en ese mundo del futuro y hubiera regresado para contárnoslo. El mundo del futuro es un mundo dominado por el germen del kitsch que lleva en sí el sistema económico dominante, la globalización, eufemismo que oculta un gran abismo entre ricos y pobres.</p><p>De repente, en sus comentarios iniciales, Bolaño parecía un marxista, aunque a poco andar su visión del mundo era sobre todo la perspectiva de alguien que no estaba dispuesto a discutir demasiado, un hombre con un patente cansancio después de haber vivido mucho en sólo cincuenta años. Aún así, se adivinaba en él al fondista que corre contra el tiempo.</p><p>Cuando habló de sus raíces españolas, se animó. Habló de los Bolaño como un clan mundial, desde Galicia hasta el fútbol costarricense, y preguntó a quiénes de los presentes nos gustaba el fútbol. Dijo que un tal Bolaño de la liga ecuatoriana se parecía a su tío. O a alguien de su familia. <a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/bolano-en-el-masnou/dibujo-roberto-bolan%cc%83o/" rel="attachment wp-att-1580"><br /></a></p><p>Habló de Bryce, de Vargas Llosa y de aquel acierto literario de García Márquez. Habló muy bien de Javier Marías, aunque también reconoció que Marías había alcanzando un punto de desquiciamiento literario. Y habló de su patria, porque yo le pregunté: ¿Qué entiendes por patria? ¿Dónde están tus raíces? Dijo que nunca se había sentido extranjero en ningún lugar, algo que no era muy habitual entre sus compatriotas. Luego citó a un escritor contemporáneo y dijo que su patria eran sus amigos y los vínculos que había establecido con los suyos allá donde iba, que el mundo no era un lugar muy habitable pero siempre habría amigos y habría literatura, aunque esta forma de expresión estaba sin duda destinada a extinguirse. Eso dijo de la literatura. Y todos nos quedamos mirando hacia el vacío del futuro, hacia ese tiempo de extinción total de la literatura.</p><p>Bolaño estaba cómodamente arrellanado en la silla que nuestra librera había dispuesto para él. Yo estaba en primera fila y vi que tenía los cordones de las botas sueltos, que no había lavado sus tejanos en varios meses. Llevaba un delgado anorak azul (se lo quitó cuando todos empezamos a fumar), bajo el cual vestía una camisa azul arrugada. Al lado del sillón había dejado un bolso deportivo que hacía pensar en alguien que viene de la piscina municipal. Tenía el pelo revuelto; y cada vez que se lo mesaba, lo dejaba aún más revuelto. </p><p><img decoding="async" class="wp-image-4223 alignright" src="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1.jpg" alt="" width="247" height="170" srcset="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1.jpg 640w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1-300x207.jpg 300w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1-600x414.jpg 600w" sizes="(max-width: 247px) 100vw, 247px" /></p><p>Bolaño ya traía esa pinta en las fotos que habíamos visto de él, esa pinta de escritor libre y despreocupado de las convenciones del <em>look</em>. Y ahora lo teníamos delante, un maestro consumado del cuento, un maestro del «seco», en su prosa, como el «Martini seco», un hombre que había desarrollado un universo estilístico cuyo rasgo sobresaliente era la libertad, pero donde tampoco estaba ausente un clima de fin de mundo, un clima agorero y hostil, poblado por personajes que en una sola vida caminan varias veces por la cuerda floja. Era el Bolaño que había inyectado una dosis de inventiva sin igual en la novela hispanoamericana, que dormitaba desde los años de <em>Rayuela</em>, <em>Adán Buenosayres</em> o <em>La vida breve</em>.</p><p><em>Los detectives salvajes </em>no es sólo una odisea moderna —la de su generación—, con su compleja iconoclasia, sino también una introspección personal en busca de un demiurgo, o en busca de una condición que excluía, desinteresadamente, a la «nación», fuera física o literaria. Esa libertad se reflejaba en él a la perfección, y entonces vimos, como otros habrán visto, esa entrañable paradoja que era Bolaño, la grandeza revestida de sencillez, la fuerza revestida de fragilidad, la erudición transmitida con naturalidad, la ternura con cara de boxeador cansado.</p><p>Finalmente, quiso adentrarse en la espesa e inasible dicotomía entre ficción y realidad. Nos contó la historia de una amiga de Barcelona que había descubierto que en su edificio vivía un escritor sudamericano que tenía relaciones con la caniche de una vecina. El escritor sudamericano —no quiso dar el nombre— no sólo fornicaba con la perra, sino que, además, se había enamorado hasta las patas. Le compraba collares y calzones de <em>todo a 100</em> y le prendía flores en las orejas. Los treinta que éramos reímos; Bolaño estaba serio. Aquello era un cuento magnífico, pero también era realidad. Y él nos preguntó:</p><p>—¿Ahora ven ustedes cómo la realidad puede superar a la ficción? —Todos asentimos. Y añadió—: Pero la realidad también puede superar a la realidad, porque después descubrí que el escritor no era sudamericano sino español.</p><p>No, tampoco podía decir su nombre. Bolaño estaba visiblemente cansado y se echó hacia atrás. Se ajustó esas gafas que lo hermanaban a Brecht y nos miró.</p><p>—Creo que se nos ha acabado la conversación —dijo—. Tengo que irme y agradezco que os hayáis dado la molestia de venir a escucharme, aunque no tenga nada importante que decir.</p><p>Éramos nosotros los agradecidos. No habían pasado ni dos horas, pero Bolaño ya tenía un puñado de amigos entre los que éramos, todos los que, en esa fría noche de febrero, habíamos compartido la brillante mirada que proyectaba sobre el mundo.</p><p>Escrito por <strong>Alberto Magnet Ferrero</strong></p><p></p><p></p>								</div>
				</div>
					</div>
		</div>
					</div>
		</section>
				</div>
		]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://editorialcomba.com/blog/bolano-en-el-masnou/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
			</item>
	</channel>
</rss>
