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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Resaca veraniega</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/resaca-veraniega/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 03 Oct 2022 09:57:44 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[En otros tiempos vivíamos adánicamente y ahora las cosas no son sino su descripción, el recuerdo o la idea que cada cual tiene del verano y del invierno, de lo que debe ser una tormenta y nuestro cuerpo expuesto a ella.]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Nos preocupa e incordia a partes iguales, atentos como estamos a todo vaivén meteorológico: ¿cuánto durará el verano? Hasta que llegue el invierno y muestre sus garras. En otros tiempos vivíamos adánicamente y ahora las cosas no son sino su descripción, el recuerdo o la idea que cada cual tiene del verano y del invierno —¿qué hay de la primavera y el otoño?—, de lo que debe ser una tormenta y nuestro cuerpo expuesto a ella. Hay que ponerse a cubierto, eso no varía, dudo mucho que lo vaya a hacer, y evitar los árboles cuando la tormenta es eléctrica. Que la alegría de su llegada no sea nuestra condena, que la felicidad lumínica y estruendosa de una tormenta de verano no acabe con nuestra luz y capacidad de ver. Una imagen muy similar usaba el poeta simbolista Julián del Casal, precursor desde Cuba del modernismo de Rubén Darío y víctima, en su paupérrima salud, de la profecía de su padre: «de tu propia alegría serás verdugo».</p>



<p>El tiempo se fija de manera distinta en las partes de nuestro cuerpo, o lo que es lo mismo, citando ahora a Ana Mª Moix, éstas «tienen un nombre distinto para cada persona». A Casal los pulmones le dieron mala vida, además de corta, muy corta, y su nombre quedó inscrito en la vanguardia previa a la vanguardia, resorte necesario que sin embargo se difumina tras el brillo de las plumas inmediatamente posteriores. Ni siquiera lo incluyó Darío en su libro <em>Los raros</em>, cosa que cuesta de entender, en beneficio del héroe cubano José Martí. A éste la gloria le tenía reservado un hueco, mientras que a Casal el consenso no le acompañó ni siquiera a la hora de organizar un homenaje en su recuerdo a los cien años de su muerte. No le acompañó el clima, se podría decir, inmersa Cuba en el Periodo Especial, del mismo modo que el clima no acompaña hoy a la prensa escrita ni a los editores pequeños ni al juego de las canicas.</p>



<p>Si las bicis son hogaño mucho más que para el verano, las canicas en cambio apenas se dejan ver. No sé qué tal en Cuba, claro. Aquí quedaron olvidadas en una caja donde los abuelos o de decoración en un cuenco transparente, demasiado peligrosas para los pequeños e insignificantes para los que ya se asoman al uso de la razón. Unos se las pueden tragar y los otros viven expuestos a una oferta tan grande que no les alcanza un verano entero para reparar en el brillo tornasolado de esas bolitas. Por estas latitudes se las conoce como «canicas», pero son otras muchas las maneras de llamarlas: cayucos, bochas, boliches. Habrá todavía quienes se habrán embobado frente a su redondez y al aspecto unas veces astrológico y en otras ocular, cuando no submarino, presas de la contrariedad de no saber qué hacer con ellas, de tan reales y misteriosas. Que choquen unas con otras, esto es, cual intrépidos aerolitos abriéndose paso entre formas que habrán de esfumarse al instante, sin opción de retenerlas nada más que unas milésimas de segundo, el tiempo apenas para percibirlas, poco menos que el tiempo en que nos sacude la emoción de un verso.</p>



<p>Las hay más grandes también, las que suelen llamarse «canicones» y que usábamos para sacar del círculo —u ojo— las pequeñas. Con el canicón es menos probable quedarse atrapado en el centro, ser presa del rival, o que cualquier iluminado te sorprenda con un dardo envenenado. El canicón es como una tormenta de finales de agosto, la altiva costumbre que acompaña el gesto de pisar al desconocido antes de ser pisado por éste. Y los hay de muchos y variados tonos, pero rara vez menos vistosos, relucientes, que las escurridizas canicas. Es difícil hacerse a la idea de la fuerza con la que puede golpear a una canica, es decir, a nosotros mismos. </p>



<p>Basta con ver la conmoción y congoja que la muerte de Javier Marías causó en los círculos literarios y entre los lectores, tan joven todavía, por inesperado; tan impropio, por realista; tan irreversible, por contundente. Al parecer, su muerte se debió a una afección pulmonar, mismo órgano que hubo de acabar con Julián del Casal, pese al siglo largo de distancia y a sus muy distintas circunstancias. Nunca habría escrito Marías algo parecido a este verso de Casal: «ansias de aniquilarme sólo tengo», aunque las sintiera, aunque pudieran volverse contra sí esas glosas dominicales suyas. No, eso nunca, otro era su temple: Marías tenía siempre un enemigo externo, cuando no una pasión, que le obligaba a ser mejor. Los pulmones, sin embargo, lo atacaron por la retaguardia, en un verano tan caluroso y asfixiante como este último. Vino con la fuerza de un canicón, que rima con ciclón, haciéndonos sentir a todos más pequeños que una canica, más indefensos aun, expuestos en nuestra innombrable circunstancia a su bravura. A más de uno se lo llevó por delante, bien sabido es, incluido este prohombre que nos parecía inquebrantable y además era el monarca del tiempo. ¿Cuánto durará el verano?</p>
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		<title>Geografía futbolística</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/1959-2/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 19 Dec 2017 14:04:26 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Para muchos la geografía española se organiza a través de los estadios, desde los más conocidos como el Bernabéu (Madrid) a los que rara vez fallan, como Balaídos (Vigo) o el Sánchez Pizjuán (Sevilla). Los hay también de presencia intermitente, como el caso de El Molinón (Gijón) o el Heliodoro Rodríguez López (Santa Cruz de Tenerife). Los locutores de radio hacen de esos nombres puro deleite eufónico, los elevan con su pronunciación a la categoría de esculturas nacionales, el coso donde actúan las grandes figuras de los tiempos modernos. Y de más está soltar nombres, para todos conocidos.
La importancia de un estadio está en la envergadura de los futbolistas que recibe. No sólo el estado del terreno de juego, sino también el aforo y las equipaciones del estadio, tanto interiores como exteriores, son determinantes para albergar un partido de primer nivel. Desde la tragedia de Hillsborough, en Sheffield, en que falleció casi un centenar de personas por avalancha, ni el fútbol ni la manera de ir al fútbol es la misma. Corría entonces el año 1989, año clave en la historia contemporánea y que, al decir de no pocos historiadores, significó un cambio de época y el fin en la práctica del convulso siglo XX. Los acontecimientos se fueron desencadenando en una nueva dimensión que afectó por igual al mundo del fútbol, uno de cuyos momentos decisivos fue la entrada en vigor de la llamada ley Bosman (1995), con la consiguiente alteración del mercado y de las competiciones hasta la vorágine actual.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/zaragoza-osasuna-2005/"> </a></p>
<p>Para muchos la geografía española se organiza a través de los estadios, desde los más conocidos como el Bernabéu (Madrid) a los que rara vez fallan, como Balaídos (Vigo) o el Sánchez Pizjuán (Sevilla). Los hay también de presencia intermitente, como el caso de El Molinón (Gijón) o el Heliodoro Rodríguez López (Santa Cruz de Tenerife). Los locutores de radio hacen de esos nombres puro deleite eufónico, los elevan con su pronunciación a la categoría de esculturas nacionales, el coso donde actúan las grandes figuras de los tiempos modernos. Y de más está soltar nombres, para todos conocidos.</p>
<p>La importancia de un estadio está en la envergadura de los futbolistas que recibe. No sólo el estado del terreno de juego, sino también el aforo y las equipaciones del estadio, tanto interiores como exteriores, son determinantes para albergar un partido de primer nivel. Desde la tragedia de Hillsborough, en Sheffield, en que falleció casi un centenar de personas por avalancha, ni el fútbol ni la manera de ir al fútbol es la misma. Corría entonces el año 1989, año clave en la historia contemporánea y que, al decir de no pocos historiadores, significó un cambio de época y el fin en la práctica del convulso siglo XX. Los acontecimientos se fueron desencadenando en una nueva dimensión que afectó por igual al mundo del fútbol, uno de cuyos momentos decisivos fue la entrada en vigor de la llamada ley Bosman (1995), con la consiguiente alteración del mercado y de las competiciones hasta la vorágine actual.<br />
Jeques árabes, sociedades norteamericanas, empresarios chinos, magnates rusos…, gentes de altos vuelos económicos que ponen el fútbol cada vez más lejos del sentimiento romántico que cada escudo representa. Esto excede el tufillo del dinero descrito por Juan Villoro en<em> Dios es redondo</em>, libro fundamental para los amantes del fútbol: «El dinero aceita los clubes y en buena medida decide los resultados.» ¿A quién le importa un equipo cuyo propietario es un mero inversor en busca de resultados económicos? Sólo los estadios ponen orden al fin en ese mapa que habrá de prevalecer, sean cuales los designios de la macroeconomía aplicada al deporte. Y que una ciudad tenga un equipo en Primera División significa también aupar su nombre en la cartografía nacional.</p>
<p>El ascenso del Girona, esta temporada, hace que el pequeño pero carismático Montilivi amplíe el diámetro futbolístico de la península, así como el C.D. Tenerife o la U.D. Las Palmas nos acercan las Islas Canarias cuando están en Primera. Cada estadio es símbolo de la orografía donde está enclavado, y no es baladí, por tanto, que los locutores entonen su nombre con energía según se disponen a cantar las alineaciones. «Son capaces —escribe Villoro— de transformar un juego sin gloria en la caída de Cartago.» Con ellos lo mismo impone un Bernabéu al pie de la Castellana, con todo su lustre de personalidades engominadas, que Mendizorroza junto al Paseo de Cervantes vitoriano o El Sardinero tras la marea cántabra. Hacen que los estadios ganen una impronta propia. Y su victoria allí tiene entonces un valor añadido.</p>
<p>En El Sardinero presenció Rafael Alberti la final de Copa de 1928 que enfrentó al F.C. Barcelona y la Real Sociedad, con el resultado final de la famosa oda a Platko, portero húngaro que defendía la camiseta azulgrana y que aquella noche brilló con luz propia. En una acción del partido, cuando el delantero de la Real avanzaba con el balón en una situación manifiesta de gol, Platko se arrojó a sus pies para contener la jugada, recibiendo a cambio una patada en la cara que le obligó a retirarse del terreno de juego. Le aplicaron seis puntos de sutura. Y volvió a saltar al campo, para jolgorio de los espectadores, entre ellos, Alberti. «Rubio Platko de sangre —escribió el poeta—,/ guardameta en polvo,/ pararrayos. […]/ tigre ardiente en la hierba de otro país./ ¡Tú, llave, Platko, tú, llave rota,/ llave áurea caída ante el pórtico áureo!»</p>
<p>Alberti había acudido al partido invitado por José Mª de Cossío, cántabro de postín, distinguido literato también, y la oda completa se publicó una semana después en la primera página de<em> La Voz de Cantabria</em>. La presencia de intelectuales en los estadios, sean de la rama que sean, les confiere una pátina especial ante la posibilidad de poner la rúbrica en palabras o imágenes a una acción futbolística. Ahí están Juan Villoro, Javier Marías o Ignacio Martínez de Pisón, entre otros, atentos al juego de sus equipos y dispuestos a añadir gloria a sus triunfos. «El fútbol abole la lógica que rige en otros ámbitos para instalarnos en el territorio del pensamiento mágico, y en ese territorio no vemos lo que vemos sino lo que necesitamos ver», escribe Martínez de Pisón en <em>El siglo del pensamiento mágico</em>.</p>
<p>Otro campo al que hay que llegarse con mucho cuidado es El Sadar, pese a que ahora el Osasuna esté en Segunda, y lo mismo sucede en Zaragoza, con su añeja Romareda. Sesenta años ya, desde que el balón echara a rodar por primera vez en septiembre de 1957. Albergó nada menos que un Real Zaragoza – C.A. Osasuna, con remontada final de los locales (4-3), dos equipos entonces hermanados que han dejado grandes tardes de fútbol. Al Real Zaragoza le cabe el honor de ser uno de los últimos ganadores de la Recopa de Europa, aquélla de 1995 en que Naym batió desde el centro del campo al portero inglés David Seaman. «El balón subió y subió hasta rozar el cielo, y luego descendió en busca del único hueco posible entre el desesperado bracear de Seaman y el larguero de su portería. Aquello no fue un gol: aquello fue un milagro», escribe Martínez de Pisón. Para llegar a esa final el Real Zaragoza eliminó a equipos de la talla del Feyenoord o el Chelsea, en semifinales, al que derrotaron con toda solvencia en la Romareda. A aquel equipo se lo bautizó como «los héroes de París», ciudad donde tuvo lugar la final contra el Arsenal.</p>
<p>A la Romareda se le exige hoy una remodelación, proyecto que sin duda estará en la mesa de la directiva zaragocista, en la misma línea en que se remodeló Balaídos, el Espanyol se trasladó a Cornellà o el Osasuna ha ido remodelando su Sadar, estadio que este año está también de celebración. Son cincuenta años los que cumple, desde su inauguración en septiembre de 1967 con un triangular entre el Osasuna, el Vitória de Setúbal portugués y de nuevo el Real Zaragoza. Durante ocho años, de 2005 a 2013, el estadio se denominó Reyno de Navarra, a raíz del acuerdo que la entidad rojilla alcanzó con el gobierno de Navarra para promocionar la región. En ese periodo, por tanto, los locutores dieron a través del estadio mayor notoriedad a la Comunidad Foral, a ese Reyno adonde debía adentrarse el equipo rival.</p>
<p>El estadio es uno más a la hora de empezar el partido, por trillada que suene la frase; y así como se curte recibiendo a grandes equipos, es tanto más importante en la medida en que les hace frente y marca el ritmo del juego según sus características. Los hay más anchos, más estrechos, con la pista de atletismo entre la grada y el campo, sin ella, con un ambiente más frío o más cálido, con mayor o menor aforo. Y con literatos o sin ellos en las gradas. Los detalles son claves para el equipo, en la medida en que suponen una manera de ver y entender el fútbol, al margen de la coyuntura que atraviese el club .</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Roberto Bolaño en El Masnou</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Magnet]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 17 Oct 2016 15:43:26 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Hacia finales de febrero de 2003, cinco meses antes de su muerte, una librera de mi pueblo consiguió traer tras muchos empeños a Roberto Bolaño, para que hablara de lo que una lectora llamó, ante los treinta que éramos, «su obra». El Masnou pertenece a la comarca del Maresme, la misma donde vivía Bolaño, quien llegó puntual a la cita y esperó pacientemente a que la apasionada lectora, volcada en detalles de su biografía, terminara la presentación del autor.
Para empezar, Bolaño dijo que no podía hablarse de «su obra». Muchos críticos tendían a hacerlo, a hablar de su obra, pero cuando se dice obra, aclaró, sólo podemos hablar de escritores como Joyce, Kafka, Proust, Cervantes o Borges; no se puede hablar de «la obra de Bolaño».
La literatura es un oficio muy peligroso, dijo recordando a Pavese, porque rara vez el autor se siente satisfecho. Los verdaderos escritores están más cerca del suicidio, como muchos escritores lo estuvieron a lo largo de la historia. Era heroico quitarse la vida, dijo Bolaño, como aquellos romanos que en el siglo II consumaban su harakiri latino cuando llegaba el momento de poner a prueba su honor; pero esos heroísmos, como muchos otros, ya han pasado a la historia. Estamos hablando de cosas ideales, dijo, y el mundo en que vivimos no es un mundo ideal. Es un mundo distorsionado, perdido; es el comienzo de algo que ni alcanzamos a vislumbrar, sentenció como si ya hubiera estado de visita en ese mundo del futuro y hubiera regresado para contárnoslo. El mundo del futuro es un mundo dominado por el germen del kitsch que lleva en sí el sistema económico dominante, la globalización, eufemismo que oculta un gran abismo entre ricos y pobres.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[		<div data-elementor-type="wp-post" data-elementor-id="1578" class="elementor elementor-1578">
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									<p>Hacia finales de febrero de 2003, cinco meses antes de su muerte, una librera de mi pueblo consiguió traer tras muchos empeños a Roberto Bolaño, para que hablara de lo que una lectora llamó, ante los treinta que éramos, «su obra». El Masnou pertenece a la comarca del Maresme, la misma donde vivía Bolaño, quien llegó puntual a la cita y esperó pacientemente a que la apasionada lectora, volcada en detalles de su biografía, terminara la presentación del autor.</p><p>Para empezar, Bolaño dijo que no podía hablarse de «su obra». Muchos críticos tendían a hacerlo, a hablar de su obra, pero cuando se dice obra, aclaró, sólo podemos hablar de escritores como Joyce, Kafka, Proust, Cervantes o Borges; no se puede hablar de «la obra de Bolaño».</p><p>La literatura es un oficio muy peligroso, dijo recordando a Pavese, porque rara vez el autor se siente satisfecho. Los verdaderos escritores están más cerca del suicidio, como muchos escritores lo estuvieron a lo largo de la historia. Era heroico quitarse la vida, dijo Bolaño, como aquellos romanos que en el siglo II consumaban su harakiri latino cuando llegaba el momento de poner a prueba su honor; pero esos heroísmos, como muchos otros, ya han pasado a la historia. Estamos hablando de cosas ideales, dijo, y el mundo en que vivimos no es un mundo ideal. Es un mundo distorsionado, perdido; es el comienzo de algo que ni alcanzamos a vislumbrar, sentenció como si ya hubiera estado de visita en ese mundo del futuro y hubiera regresado para contárnoslo. El mundo del futuro es un mundo dominado por el germen del kitsch que lleva en sí el sistema económico dominante, la globalización, eufemismo que oculta un gran abismo entre ricos y pobres.</p><p>De repente, en sus comentarios iniciales, Bolaño parecía un marxista, aunque a poco andar su visión del mundo era sobre todo la perspectiva de alguien que no estaba dispuesto a discutir demasiado, un hombre con un patente cansancio después de haber vivido mucho en sólo cincuenta años. Aún así, se adivinaba en él al fondista que corre contra el tiempo.</p><p>Cuando habló de sus raíces españolas, se animó. Habló de los Bolaño como un clan mundial, desde Galicia hasta el fútbol costarricense, y preguntó a quiénes de los presentes nos gustaba el fútbol. Dijo que un tal Bolaño de la liga ecuatoriana se parecía a su tío. O a alguien de su familia. <a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/bolano-en-el-masnou/dibujo-roberto-bolan%cc%83o/" rel="attachment wp-att-1580"><br /></a></p><p>Habló de Bryce, de Vargas Llosa y de aquel acierto literario de García Márquez. Habló muy bien de Javier Marías, aunque también reconoció que Marías había alcanzando un punto de desquiciamiento literario. Y habló de su patria, porque yo le pregunté: ¿Qué entiendes por patria? ¿Dónde están tus raíces? Dijo que nunca se había sentido extranjero en ningún lugar, algo que no era muy habitual entre sus compatriotas. Luego citó a un escritor contemporáneo y dijo que su patria eran sus amigos y los vínculos que había establecido con los suyos allá donde iba, que el mundo no era un lugar muy habitable pero siempre habría amigos y habría literatura, aunque esta forma de expresión estaba sin duda destinada a extinguirse. Eso dijo de la literatura. Y todos nos quedamos mirando hacia el vacío del futuro, hacia ese tiempo de extinción total de la literatura.</p><p>Bolaño estaba cómodamente arrellanado en la silla que nuestra librera había dispuesto para él. Yo estaba en primera fila y vi que tenía los cordones de las botas sueltos, que no había lavado sus tejanos en varios meses. Llevaba un delgado anorak azul (se lo quitó cuando todos empezamos a fumar), bajo el cual vestía una camisa azul arrugada. Al lado del sillón había dejado un bolso deportivo que hacía pensar en alguien que viene de la piscina municipal. Tenía el pelo revuelto; y cada vez que se lo mesaba, lo dejaba aún más revuelto. </p><p><img decoding="async" class="wp-image-4223 alignright" src="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1.jpg" alt="" width="247" height="170" srcset="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1.jpg 640w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1-300x207.jpg 300w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1-600x414.jpg 600w" sizes="(max-width: 247px) 100vw, 247px" /></p><p>Bolaño ya traía esa pinta en las fotos que habíamos visto de él, esa pinta de escritor libre y despreocupado de las convenciones del <em>look</em>. Y ahora lo teníamos delante, un maestro consumado del cuento, un maestro del «seco», en su prosa, como el «Martini seco», un hombre que había desarrollado un universo estilístico cuyo rasgo sobresaliente era la libertad, pero donde tampoco estaba ausente un clima de fin de mundo, un clima agorero y hostil, poblado por personajes que en una sola vida caminan varias veces por la cuerda floja. Era el Bolaño que había inyectado una dosis de inventiva sin igual en la novela hispanoamericana, que dormitaba desde los años de <em>Rayuela</em>, <em>Adán Buenosayres</em> o <em>La vida breve</em>.</p><p><em>Los detectives salvajes </em>no es sólo una odisea moderna —la de su generación—, con su compleja iconoclasia, sino también una introspección personal en busca de un demiurgo, o en busca de una condición que excluía, desinteresadamente, a la «nación», fuera física o literaria. Esa libertad se reflejaba en él a la perfección, y entonces vimos, como otros habrán visto, esa entrañable paradoja que era Bolaño, la grandeza revestida de sencillez, la fuerza revestida de fragilidad, la erudición transmitida con naturalidad, la ternura con cara de boxeador cansado.</p><p>Finalmente, quiso adentrarse en la espesa e inasible dicotomía entre ficción y realidad. Nos contó la historia de una amiga de Barcelona que había descubierto que en su edificio vivía un escritor sudamericano que tenía relaciones con la caniche de una vecina. El escritor sudamericano —no quiso dar el nombre— no sólo fornicaba con la perra, sino que, además, se había enamorado hasta las patas. Le compraba collares y calzones de <em>todo a 100</em> y le prendía flores en las orejas. Los treinta que éramos reímos; Bolaño estaba serio. Aquello era un cuento magnífico, pero también era realidad. Y él nos preguntó:</p><p>—¿Ahora ven ustedes cómo la realidad puede superar a la ficción? —Todos asentimos. Y añadió—: Pero la realidad también puede superar a la realidad, porque después descubrí que el escritor no era sudamericano sino español.</p><p>No, tampoco podía decir su nombre. Bolaño estaba visiblemente cansado y se echó hacia atrás. Se ajustó esas gafas que lo hermanaban a Brecht y nos miró.</p><p>—Creo que se nos ha acabado la conversación —dijo—. Tengo que irme y agradezco que os hayáis dado la molestia de venir a escucharme, aunque no tenga nada importante que decir.</p><p>Éramos nosotros los agradecidos. No habían pasado ni dos horas, pero Bolaño ya tenía un puñado de amigos entre los que éramos, todos los que, en esa fría noche de febrero, habíamos compartido la brillante mirada que proyectaba sobre el mundo.</p><p>Escrito por <strong>Alberto Magnet Ferrero</strong></p><p></p><p></p>								</div>
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		<title>Felices miedos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Jul 2015 08:35:15 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[De vuelta de la 74ª Feria del libro de Madrid, aparece en un cajón de la editorial una crónica correspondiente a una edición anterior, firmada por un mancebo escritor. Lo que sigue es nuestro, por tanto, pero de otro. ‹‹Atrás ha quedado la última caseta, según me desvío henchido por una calle aledaña. El motivo de tal henchidura quizá se deba al buen almuerzo, a la emoción que subyuga mis movimientos o al aire plúmbeo que invade Madrid. Cruzo por el paso de peatones como único testigo del desértico atardecer, testigo distraído. La fuerza de la literatura —inocente enunciado— hace inaudibles los ostentosos tubos de escape de los vehículos.›› Corolarios sin corola, habría añadido Osvaldo Lamborghini, de rabiosa actualidad hoy día: el mundo se evapora hacia la permanente condensación de la literatura. ‹‹Llevo en las manos Alrededores, de Álvaro Pombo, compilación de artículos en los que retrata a autores de su generación, más jóvenes unos y veteranos los otros, así como algunos textos etéreos. Pequeños retales, dice el autor cántabro, que denuncian mi paso por el periodismo.››
Osvaldo Lamborghini murió en Barcelona en la misma época en que los autores a los que Pombo se refiere —Vicente Molina Foix, Javier Marías, Adelaida García Morales, etcétera— consolidaban sus voces en el panorama literario español. Perteneciente a esa misma generación, la vida de Lamborghini (1940–1985) fue breve y desenfrenada, un completo desconocido, sin embargo, salvo para algunos intelectuales argentinos y otros colegas de desenfreno. Vivió la literatura como si en verdad la quisiera condensar, acabar con ella, más bien, cual glotón que al fin se come el hambre. ¿Acaso no es esto El fiord, primer opúsculo que le dio remota notoriedad?						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>De vuelta de la 74ª Feria del libro de Madrid, aparece en un cajón de la editorial una crónica correspondiente a una edición anterior, firmada por un mancebo escritor. Lo que sigue es nuestro, por tanto, pero de otro. ‹‹Atrás ha quedado la última caseta, según me desvío henchido por una calle aledaña. El motivo de tal henchidura quizá se deba al buen almuerzo, a la emoción que subyuga mis movimientos o al aire plúmbeo que invade Madrid. Cruzo por el paso de peatones como único testigo del desértico atardecer, testigo distraído. La fuerza de la literatura —inocente enunciado— hace inaudibles los ostentosos tubos de escape de los vehículos.›› Corolarios sin corola, habría añadido Osvaldo Lamborghini, de rabiosa actualidad hoy día: el mundo se evapora hacia la permanente condensación de la literatura. ‹‹Llevo en las manos <em>Alrededores</em>, de Álvaro Pombo, compilación de artículos en los que retrata a autores de su generación, más jóvenes unos y veteranos los otros, así como algunos textos etéreos. Pequeños retales, dice el autor cántabro, que denuncian mi paso por el periodismo.››</p>
<p>Osvaldo Lamborghini murió en Barcelona en la misma época en que los autores a los que Pombo se refiere —Vicente Molina Foix, Javier Marías, Adelaida García Morales, etcétera— consolidaban sus voces en el panorama literario español. Perteneciente a esa misma generación, la vida de Lamborghini (1940–1985) fue breve y desenfrenada, un completo desconocido, sin embargo, salvo para algunos intelectuales argentinos y otros colegas de desenfreno. Vivió la literatura como si en verdad la quisiera condensar, acabar con ella, más bien, cual glotón que al fin se come el hambre. ¿Acaso no es esto <em>El fiord</em>, primer opúsculo que le dio remota notoriedad?</p>
<p>‹‹Las incertidumbres y los miedos son iguales para todos —está escrito en la crónica—, y es que embarcarse en las letras, barco del cual Pombo podría ser capitán pirata, es un reto del que sólo las mentes más privilegiadas salen airosas. El miedo, dice Pombo, no es más que el padre de una infancia feliz. ¿Cuáles serán los suyos? Echa de menos el mar, esto seguro, y este calor madrileño tampoco parece de su agrado. Insiste en ello sentado a la sombra de la última caseta, transitada por los editores de Anagrama, otros autores del sello y alguna señora catalana que se hace notar en el bucólico parque del Retiro. En esta caseta somos todos catalanes, dice el autor de <em>Contra natura</em>: yo soy un catalán adoptivo. Una de las señoras cuenta cómo transcurrió un reciente discurso en el que hubo de hablar en catalán, cosa inaudita. Su mayor escollo, dice la señora, estuvo en la pronunciación de “diners”. Pronunciaba la erre que parecía Macià, asegura él con retranca.››</p>
<p>En la edición de este año, la presencia de Lamborghini en la Feria es similar a la del novelista cántabro, gracias a la publicación en España de sus obras completas, con motivo de la exposición que tuvo lugar en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, <em>Teatro proletario de cámara</em>, especie de testamento estético del autor, donde pornografía y poesía se dan la mano. Cuando no hay nada que hacer, dijo Lamborghini, lo que rigurosamente no se hace es literatura. Lo que no se hace, esto es. La destrucción es una constante en sus papeles, por lo que el miedo, su miedo, es también el del lector, con la añadida incertidumbre de si lo estará interpretando correctamente. En <em>Sebregondi retrocede</em> dice: cualquier dibujo de chico, si se lo mira bien, revela la influencia del padre, o la calidad del padre adulto que ha fluido hacia la mano del chico; el dibujo horroriza en el sector donde el padre ha fluido.</p>
<p>Por la Feria se pudo ver también a un joven novelista chileno contrario a la negatividad de Lamborghini —no creo en el fin de la literatura, dijo, ni en los apóstoles malditos—, un novelista de inútiles geografías, amigo de Comba, donde tampoco congregamos con la idea del autor argentino. Nuestra propuesta corre siempre contra los malos augurios que acechan la literatura y contra la banalización del término. A menudo —demasiado— se aleja de aquel espacio al que se refería el mancebo escritor, reservado a las mentes más privilegiadas. ‹‹Esquivo una farola —dice— y leo la dedicatoria que Pombo ha estampado en <em>Alrededores</em>: “Para Juan, en recuerdo de esta visita a Madrid, con el reservado afecto de Álvaro Pombo.” La leo otra vez y una nueva farola se interpone entre “Madrid” y el “reservado afecto”. Qué susto, es como si me hubiese caído de un sueño. La farola, de pronto, es mi recuerdo de una infancia feliz.››</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Posturas e imposturas fotográficas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 08 May 2015 09:02:32 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Hay una tendencia fotográfica en la prensa escrita que va más allá de la información para centrarse en el informante. Desde que los periódicos incluyeron el color en las páginas interiores, los propios periodistas, tanto los columnistas estrella como los simples redactores, empezaron a asomar el rostro, cuando no el cuerpo entero, junto a las primeras líneas del texto. Suelen ser fotos positivas, más o menos bellas, que faltan sin variar a la verdad: cuando el articulista de turno clama contra la política interior del país igual que cuando celebra la enésima patochada emitida en televisión, o cuando el corresponsal destinado a Oriente Medio da cuenta de las atrocidades que allí se cometen. Lo mismo da, la foto es falsa, también la del enviado especial a equis ceremonia, que debe aguantar las ínfulas de unos y otros, o la del reportero deportivo que carga contra los jugadores de su equipo con una supuesta sonrisa en la cara. O los alaba, en el caso contrario, con la misma sonrisa contrita.
‹‹La fotografía —escribe Enrique Lynch en Nubarrones— puede mostrar que el tiempo fluye, como el río de Heráclito, porque ella misma se presenta como un corte de ese fuir, el secuestro de algo que una vez fue real, o bien puede mostrar que el tiempo ha quedado suspendido en el momento de la toma.›› Esto último, sobre todo, es lo que sucede en el caso de los periodistas cuya efigie aparece junto a las primeras líneas de sus artículos, el tiempo suspendido, congelado en la media sonrisa que esbozan con una pose a veces coqueta, a veces regia, pero siempre impostada, impropia de un profesional que se dice veraz. ¿Acaso alguien creyó que el periodista, por poner el rostro ahí, sería más fiel a la verdad? Al contrario, el texto hace al periodista mucho más que la cara, que no es sino expresión, y por tanto imposible de retener, por buenos fingidores que algunos sean.						]]></description>
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<p>Hay una tendencia fotográfica en la prensa escrita que va más allá de la información para centrarse en el informante. Desde que los periódicos incluyeron el color en las páginas interiores, los propios periodistas, tanto los columnistas estrella como los simples redactores, empezaron a asomar el rostro, cuando no el cuerpo entero, junto a las primeras líneas del texto. Suelen ser fotos positivas, más o menos bellas, que faltan sin variar a la verdad: cuando el articulista de turno clama contra la política interior del país igual que cuando celebra la enésima patochada emitida en televisión, o cuando el corresponsal destinado a Oriente Medio da cuenta de las atrocidades que allí se cometen. Lo mismo da, la foto es falsa, también la del enviado especial a equis ceremonia, que debe aguantar las ínfulas de unos y otros, o la del reportero deportivo que carga contra los jugadores de su equipo con una supuesta sonrisa en la cara. O los alaba, en el caso contrario, con la misma sonrisa contrita.</p>
<p>‹‹La fotografía —escribe Enrique Lynch en <em>Nubarrones</em>— puede mostrar que el tiempo fluye, como el río de Heráclito, porque ella misma se presenta como un corte de ese fuir, el secuestro de algo que una vez fue real, o bien puede mostrar que el tiempo ha quedado suspendido en el momento de la toma.›› Esto último, sobre todo, es lo que sucede en el caso de los periodistas cuya efigie aparece junto a las primeras líneas de sus artículos, el tiempo suspendido, congelado en la media sonrisa que esbozan con una pose a veces coqueta, a veces regia, pero siempre impostada, impropia de un profesional que se dice veraz. ¿Acaso alguien creyó que el periodista, por poner el rostro ahí, sería más fiel a la verdad? Al contrario, el texto hace al periodista mucho más que la cara, que no es sino expresión, y por tanto imposible de retener, por buenos fingidores que algunos sean.</p>
<p>La cara no debería ser la firma que precediera los artículos, aun cuando se tratase de columnas muy personales, de un ex-entrenador de fútbol, por ejemplo, o de un viejo escritor ocupado en reseñar a las nuevas generaciones. Estas nuevas generaciones serán las protagonistas del artículo, y por tanto de la foto, si es que alguna cabe. La inclusión del rostro de los periodistas en sus artículos va más con la infantil necesidad de encontrar imágenes en el texto que con el propio periodismo, suspendido hoy día, al menos el escrito, en un incómodo momento de su existencia.</p>
<p>Francisco Umbral en la última página de <em>El Mundo</em>, de septiembre a julio, figuraba con su inamovible jersey de lana, avistando la sociedad a través de sus días y sus placeres. Juan Manuel de Prada hace lo propio desde su ángulo oscuro, tres días a la semana en <em>ABC</em>, con rectitud cristiana, y también Javier Marías, todos los domingos en <em>El País Semanal</em>, gárgola de su propia zona fantasma. En estos casos, al menos, sus respectivos rictus malhumorado y severo se han impuesto de tal manera sobre su imagen que los tres hace tiempo que devinieron una caricatura de su foto. Qué difícil ponerse guasón cuando uno antepone a su artículo la mirada desafiante con que posó para la foto. Otros sonríen, y eso les quita seriedad; algunos parece que se apoyen en el primer renglón, como si quisieran saltar al texto; algunos se ponen condescendientes, como en una antigua foto de bodas; otros ponen cara de susto, como si los hubiese fichado la policía, dando a entender que ellos eso no. De los artículos firmados por estos últimos es difícil esperar más que una nota de prensa, y sin embargo sólo es la foto, una mala impresión, quizá, el momento suspendido que los traiciona.</p>
<p>Una de las principales reglas del periodismo debería ser no fiarse de las apariencias, pero los mismos periódicos, al imponer la foto, la cara del informante antes que la información, rompen este principio y obligan al lector a desconfiar del propio periodista. Del que nos mira con soberbia, del que se pone simpático para hablar de algo tan serio o del que adquiere un gesto trascendente para referirse a frivolidades. No se puede uno fiar de nadie, se dice el lector, y menos de sus retratos. ‹‹La foto —escribe también Lynch— es el espejo de nuestra humana incapacidad para comprender el tiempo.›› He ahí una razón de la actual cultura de la imagen, a la que nuestra sociedad está sometida con un fervor de posturas, poses e imposturas, que poco tienen que ver con el tiempo, sino con una manera de ser que ya no es lo que decimos, sino lo que aparentamos.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>]]></content:encoded>
					
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