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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Metamorfosis</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 08:18:15 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[«Inmensa mariposa de brillos —escribió Vicente Aleixandre—/ respirar batiente que pasa sin recelos.» Ya es hora de hablar de ellas, recién instalados en la primavera, época de eclosión de este insecto científicamente llamado lepidóptero, como cuenta Ignacio Viladevall (Barcelona, 1958) en su poético y fascinante ensayo Luz de las mariposas. Para hacerlo debidamente, para soltar la palabra y alcanzar su luz, lo mejor es verlas volar, dejar que sean mariposas y que en su corta vida el acto las defina. Su manejo del tiempo y del espacio asombrarán al más pintado —en una sola noche pueden recorrer miles de kilómetros, en busca del calor, trepadas a una nube—, así como la cantidad de especies existentes, sólo algunas de las cuales moran en la península ibérica. Sus viajes son cada vez más extremos, del calor africano al severo frío del norte de Europa.
La actual no es una época fácil para las mariposas, a causa de las convulsiones climáticas, y Viladevall lo tiene muy presente a la hora de escribir este ensayo. El lema final viene a destacar la necesidad de protegerlas mediante la acción humana. Esto no sólo significa poner a buen recaudo la especie y su entorno, para que se siga desarrollando y la cadena natural no se vea afectada, sino también cuidar de la capacidad imaginativa y ficcional del ser humano. Si algo nos puede liberar de la mirada de un robot es apreciar el vuelo de una mariposa. Es aleatorio, nunca derecho, un baile de la naturaleza que pone en relieve las infinitas formas y luces de la realidad.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/05/Captura-de-pantalla-2016-05-09-a-las-10.09.13.png"> </a></p>
<p>«Inmensa mariposa de brillos —escribió Vicente Aleixandre—/ respirar batiente que pasa sin recelos.» Ya es hora de hablar de ellas, recién instalados en la primavera, época de eclosión de este insecto científicamente llamado lepidóptero, como cuenta Ignacio Viladevall (Barcelona, 1958) en su poético y fascinante ensayo <em>Luz de las mariposas</em>. Para hacerlo debidamente, para soltar la palabra y alcanzar su luz, lo mejor es verlas volar, dejar que sean mariposas y que en su corta vida el acto las defina. Su manejo del tiempo y del espacio asombrarán al más pintado —en una sola noche pueden recorrer miles de kilómetros, en busca del calor, trepadas a una nube—, así como la cantidad de especies existentes, sólo algunas de las cuales moran en la península ibérica. Sus viajes son cada vez más extremos, del calor africano al severo frío del norte de Europa.</p>
<p>La actual no es una época fácil para las mariposas, a causa de las convulsiones climáticas, y Viladevall lo tiene muy presente a la hora de escribir este ensayo. El lema final viene a destacar la necesidad de protegerlas mediante la acción humana. Esto no sólo significa poner a buen recaudo la especie y su entorno, para que se siga desarrollando y la cadena natural no se vea afectada, sino también cuidar de la capacidad imaginativa y ficcional del ser humano. Si algo nos puede liberar de la mirada de un robot es apreciar el vuelo de una mariposa. Es aleatorio, nunca derecho, un baile de la naturaleza que pone en relieve las infinitas formas y luces de la realidad.</p>
<p>A este baile asistirá el lector de Viladevall —el de este libro igual que el de su prolija colaboración en prensa—, un giro constante y poético donde las mariposas son lacitos del aire, en palabras de Ramón Gómez de la Serna, y en el que el propio autor interviene. Las distintas etapas de su vida quedan reflejadas en su relación con los lepidópteros, cuya presencia es determinante en el modo de hacer frente a los vaivenes vitales, y por tanto, en su evolución psicológica. Se busca en ellas desde el instante mismo en que rompen la crisálida y echan a volar, juntas y separadas y en armonía floral, como en un cuadro de Odilon Redon; momento en que Viladevall experimenta a su vez una especie de metamorfosis y se sale de plano.</p>
<p>«Confieso que desde hace algún tiempo oigo hablar a las mariposas», dice.</p>
<p>Como el peatón melancólico del escritor venezolano Salvador Garmendia (1928–2001), Viladevall se siente observado y es parte de lo que ve. Ninguno de los dos escribe tanto para una inmediata publicación, como para explicarse a sí mismos el entorno en el que viven y la capacidad que tienen de actuar en él. Salvar a las mariposas es sin duda el propósito de Viladevall, y también los árboles y los espacios en que la naturaleza puede crecer; mientras que para el peatón de Garmendia lo más importante es «tomar residencia propia en un texto», y no por exceso de…, dice, sino por simple y elemental comodidad. Feliz diletante, decidió iniciar la novela «una tarde en que regresaba de la frutería acunando una bolsa de melones», a sabiendas, claro está, de que en toda novela como la que se proponía «ha de haber un crimen, lo más perfecto posible, como elemento principal de la trama». Ese crimen está desde el principio en el relato ensayístico de Viladevall, a raíz de la acción del cambio climático contra las mariposas. No genera un crimen, por tanto, sino que parte de uno y se mueve por sus alrededores cual detective, por montes, marismas y parques, en los que bien podría haberse topado con el peatón melancólico. ¿O acaso no serán el mismo?</p>
<p>El personaje de Garmendia encuentra su víctima en un parque, una vecina a la que su mirada hace sitio para que la narración pueda desarrollarse, y la sigue; la sigue un día sí y otro también, por las sendas y las calles aledañas hasta la rectoría, hasta su propia casa, en un juego volátil donde la imaginación toma el protagonismo. Que si una muchacha desnuda en la barra de un bar, que si el ojo coagulado de una dama al chocar contra su paraguas, que si el vaho escénico de una estación de tren. Y puestos a imaginar, lo mismo podría haberse topado con unos chicos tropicales cantando a los vientos «qué le pasa a la mariposa/ que en la flor no se posa/ de la calabaza./ Será idiota la mariposa/ o qué cojones le pasa»; o mejor aún, con otro personaje del propio Garmendia, ese hombre chiquitín —«en varias oportunidades mi mujer ha estado a punto de echarme al suelo al ir a retirar las sábanas»— que adelgaza hasta alcanzar una especie de metamorfosis. No está muy claro cómo lo consigue, pero la transformación en sí tiene lugar al posarse en la mano de su mujer y desde ahí levantar el vuelo.</p>
<p>La tensión narrativa de Garmendia alcanza ahí una forma onírica, brumosa y efectiva —«mis rasgos se confunden en la mirada del contrario y llegan a desaparecer volatilizados en una dispersión estrábica»—, en un proceso que corresponde al de la mariposa cuando rompe la crisálida y echa a volar desde la hoja de un árbol, aupada por la naturaleza y por este peatón melancólico que es Viladevall. La estará esperando junto a la flor de la calabaza, o donde quiera que la mariposa vaya a posarse, y juntos, desde ese punto maternal, mano de la naturaleza, tomarán residencia en la levedad del aire.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Un árbol, un país (y III)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 31 Mar 2016 10:00:25 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[EL ÁRBOL IDEAL

Nos acercamos a uno de esos finales difícilmente creíbles pero inmensamente satisfactorios. Puesto que la comprensión va más allá del entendimiento, volvamos a mirar los árboles. En una España en que la idea de aquel interminable sobrellevar el problema catalán se ha disuelto, los árboles cobran sentido de la realidad porque reaccionan sin abandonar la tierra a su triste suerte. Imposible que no ejerzan un influjo sobre su entorno. Hubo un tiempo en que las desgracias se atribuían a su tala: se hacían ritos de hermanamiento y, antes de derribarlos, se les ofrendaba.
Volvamos a establecer paralelismos; en la realidad no vemos sino una copia incompleta de las ideas. Haciendo un esfuerzo de imaginación, la configuración de España halla su equivalente en las distintas partes de un árbol. Las raíces son como un espacio cerrado, inexpugnable. Su fuerte tronco, una lengua invisible y poderosa. Sobre ese tronco, en la copa del árbol, hay una huída hacia adelante: las ramas más altas, que apuntan el cielo, proporcionan una visión del futuro. La fronda —hojas, flores y frutos— suscita envidias. Desde el comienzo, ese árbol exige poda de formación: indispensable formar las ramas maestras.						]]></description>
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									<h3> </h3><h3>El árbol ideal</h3><p>Nos acercamos a uno de esos finales difícilmente creíbles pero inmensamente satisfactorios. Puesto que la comprensión va más allá del entendimiento, volvamos a mirar los árboles. En una España en que la idea de aquel interminable sobrellevar el problema catalán se ha disuelto, los árboles cobran sentido de la realidad porque reaccionan sin abandonar la tierra a su triste suerte. Imposible que no ejerzan un influjo sobre su entorno. Hubo un tiempo en que las desgracias se atribuían a su tala: se hacían ritos de hermanamiento y, antes de derribarlos, se les ofrendaba.</p><p>Volvamos a establecer paralelismos; en la realidad no vemos sino una copia incompleta de las ideas. Haciendo un esfuerzo de imaginación, la configuración de España halla su equivalente en las distintas partes de un árbol. Las raíces son como un espacio cerrado, inexpugnable. Su fuerte tronco, una lengua invisible y poderosa. Sobre ese tronco, en la copa del árbol, hay una huída hacia adelante: las ramas más altas, que apuntan el cielo, proporcionan una visión del futuro. La fronda —hojas, flores y frutos— suscita envidias. Desde el comienzo, ese árbol exige poda de formación: indispensable formar las ramas maestras.</p><p>Intervengamos sobre la realidad. La poda de las plantas leñosas estimula la producción de vegetación nueva, flores y frutos, y sirve para eliminar brotes o ramas enfermas o muertas. Otra particularidad: mantiene nuestro árbol dentro del espacio disponible si crece más de los esperado. ¿A qué equivale la poda en el plano real? A la búsqueda de equilibrio. Un corte vigoroso, necesario, estimula el crecimiento pero uno ligero ocasiona el resultado opuesto. Aceptemos la realidad de la analogía. Por la relación que se establece entre dos elementos, la poda se torna acción, imposición de una praxis, reglamentación de las cosas.</p><p>Ahora bien, no toda la clave del asunto está en la poda, contamos con el injerto. Cuando se trata de árboles frutales es posible mejorar la fruta a través del injerto. Esto es el equivalente a una inversión extranjera. Los territorios españoles se parecen a los árboles: unos son oriundos del suelo en que crecen y otros son el resultado de trasplantes e injertos. Extraordinaria sutileza de la afinidad. El injerto es un procedimiento de multiplicación que consiste en unir la púa de cierta variedad con un patrón de injerto más activo y eficaz. Para obtener la mejor cosecha, los árboles pueden reproducirse por trozos vivos provistos de yemas: cepas, acodos, estacas. Esa unión es lo mismo que el desplazamiento, por una conjunción de circunstancias adversas, de una región a otra: la migración.</p><p>Desde el momento del injerto, el crecimiento del frutal es un arte reservado a la poda. Una buena cosecha depende de la aireación y de la nivelación. Ello contribuye al cuidado del árbol. Ninguna rama debe descuidarse ni recibir un exceso de atenciones. Para no estropear las ramas destinadas a crecer, se usan herramientas convenientes, se dictan leyes adecuadas.</p><p>Una advertencia: nunca obtendremos el fruto del árbol si antes no nutrimos sus raíces. De igual modo, nos comprometemos a proteger el paisaje del mundo hispánico.</p><p>En España esto es lo que hay. La encina brilla con luz propia. Y el pino mediterráneo representa a la luminosa periferia. En el naranjo, que está lleno de encantamientos, encontramos soluciones para la articulación territorial de España. Nada rompe su embrujo. Cada árbol frutal necesita una técnica de poda determinada. La poda de fructificación del naranjo, que tiene que ser suave, mantiene ligeramente aireado el <em>centro</em> de la corona. En la poda del manzano se aclara el <em>interior</em> de la copa para que las ramas no se entrecrucen ni enreden. En el peral se cortan todas las ramas jóvenes mal colocadas que puedan comprometer la simetría de la copa u ocupar indebidamente el centro, que ha de quedar libre para que el sol penetre en la <em>corona</em>. En cuanto al membrillo, se podan los brotes laterales demasiado largos, puesto que como tienden a inclinarse hacia abajo pueden acabar desequilibrando la corona. Cada tipo de poda se traduce en ley, en actuación, en reglamentaciones.</p><p>Cuando un territorio exige inversión, se aplica una poda de producción, que favorece el aumento de yemas, de puntos de desarrollo de brotes, flores u hojas, y de ese modo el árbol fructifica en abundancia. Una poda verde, que sirve para eliminar el exceso de yemas o de brotes que comienzan a crecer, viene a poner en marcha toda una estética del asombro. Una poda de renovación, que son cortes efectuados en ramas de dos o tres años para provocar la formación de brotes a partir de yemas precoces, se encarga de velar por el equilibrio de las ramas, entre las regiones. La poda de prolongamiento, que se efectúa por encima de una yema para prolongar un tallo que se desea que fructifique, es una emergencia propia en regiones poco favorecidas. La poda de limpieza, que consiste en retirar las ramitas enfermas, muertas o que estén mal orientadas, se realiza en frondas que sufren las angustias del presente&#8230; Pero ya he dicho bastante. La poda, por regla general, garantiza el derecho de existencia de las regiones. Cada árbol, del mismo modo que cada región, es un depósito de fuerzas y de frutos salidos del sol y de la tierra, y nosotros podemos extraer esas fuerzas y producir esos frutos. Ya tenemos el árbol ideal. La armonía con el entorno procura la creación de mundos fascinantes. La arboricultura y la organización territorial se nutren y se complementan mutuamente.</p><p>Termino sin dejar de soñar. A través de la analogía, la política se reconcilia con el territorio. En nuestra imaginación se realiza el deseado arreglo del «problema». La magia es la creación, y ésta, el todo, la poesía, la verdad, la inspiración. No sé que más decir para convertir en idea mi visión. Lo importante es que tenemos que seguir juntos.</p><p>Escrito por <strong><a href="https://www.editorialcomba.com/autor/ignacio-villadevall/">Ignacio Viladevall</a></strong></p>								</div>
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		<title>Un árbol, un país (II)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 30 Mar 2016 10:00:28 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><img fetchpriority="high" decoding="async" class="aligncenter size-full wp-image-3260" src="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2019/01/Ninos-trepando-un-arbol-Goya-e1598723155496.jpg" alt="" width="465" height="422" srcset="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2019/01/Ninos-trepando-un-arbol-Goya-e1598723155496.jpg 465w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2019/01/Ninos-trepando-un-arbol-Goya-e1598723155496-300x272.jpg 300w" sizes="(max-width: 465px) 100vw, 465px" /></h3>
<h3>Dialéctica de la fronda</h3>
<p>Duró poco la alegría, el alborozo «Cuando soñamos que soñamos —dice Novalis— está próximo el despertar.» En el siglo XV empieza a hacerse patente la decadencia de Cataluña. Martín I el Humano no deja heredero, y un príncipe castellano, Fernando de Antequera, empuña el cetro de Aragón. Con aquel rey de Aragón se extinguió la dinastía de condes de Barcelona; hay vergeles con frutales que tampoco destacan por la abundancia de frutos. Luctuoso acontecimiento, de todos modos. Fue una ruptura histórica y un comienzo, el nacimiento de algo importante. Ésta es la realidad de los hechos. Nada debe llevar a deformar lo acontecido.</p>
<p>Entre 1469 y 1556, mientras España es la primera potencia de Europa, Cataluña desaparece como potencia. Los catalanes viven en un mundo desvanecido.</p>
<p>Desde los comienzos, la fronda española da frutos en abundancia. Su cosecha intelectual empieza a ser extraordinaria. No en vano, nos acercamos al Siglo de Oro. Otra curiosidad del plano real: en el año 1500, en el extranjero ya no se dice más que «el rey de España». El matrimonio castellano de Fernando el Católico con Isabel es la clave de la unidad española. Lástima que todo fue un ensueño momentáneo. Las nuevas ideas no se abrían paso. No creo, como muchos, que en la concepción de la España moderna predominase la ambición comercial y económica; más bien se imponía la concepción territorial y religiosa de la expansión. No se supo evitar que el tronco tomara una dirección errónea.</p>
<p>A todo ello hay que agregar la inadaptación de España al capitalismo. Qué empezaba a sucederle en esta época, no se sabe. El imperialismo español no acierta a lanzar una economía moderna. Ni se le ocurre pensar que en la sociedad española existe una tradición hispánica de luchas por la autonomía y la independencia: los comuneros, Cataluña, Aragón, los vascos&#8230; A la luz de la historia, todo esto constituye un error. Nada le hace pensar que hay una problemática. Pero su gran limitación fue sin duda la falta de imaginación.</p>
<p>Opongamos la fantasía a la falta de inventiva. Sea España una encina, la fronda de una magnífica encina. Tiene ese árbol magia, conoce el arte de realizar cosas extraordinarias. El «Quercus ilex» se extiende por todas las provincias españolas, y todo él —raíz, tronco, fronda— tiene un significado particular. Diré más: contemplarlo es una acción que tiene mucho significado. La analogía es la ciencia de las correspondencias. Por el recurso de la imaginación esto es aquello porque esto es como aquello, y no resulta imposible tender un punto entre esto y aquello. ¿Cómo mantener el árbol nacional de España? Para facilitar el desarrollo de la pradera, la encina exige tallar su copa para hacerla más fructífera y aumentar la producción. Se aclara más en el centro para aumentar su volumen, y de este modo, mediante la eliminación de ramillas finas, se favorece una vigorosa superficie periférica.</p>
<p>A la encina no vamos a escatimarle elogios. Al preferir terrenos secos y frescos, estos suelos que abundan en España, es la base para repoblar millones de hectáreas irrecuperables. Sus densas copas crean un microclima moderado que favorece la formación de un sotobosque muy beneficioso para la tierra.</p>
<h3>Las frondas fallidas</h3>
<p>Volvamos a la historia de España sin perder de vista los árboles. Sigamos abarcando lo real y lo imaginario, lo pensado y lo soñado. La analogía concibe el mundo como ejemplo e ilustración. Hubo tradiciones en que los dioses se manifestaban a través de árboles. No es imposible que así fuera: en presencia de la luz solar absorben anhídrido carbónico y desprenden oxígeno; realizan un papel de primera magnitud en el intercambio energético. No sólo necesitamos árboles para respirar; también para vivir en buena armonía. De manera que las diversas regiones de España podrían ser árboles que conforman una red de visiones que profieren palabras confusas.</p>
<p>En 1640 Cataluña, que no conoció la postración de Castilla pero sufría innumerables agravios, se había sublevado. En el siglo XVII España no se da cuenta de cuanto administra. No fue azar que su decadencia culminara con las rebeliones catalana y portuguesa, las sublevaciones de Nápoles y Sicilia y la independencia de los Países Bajos. ¿Cómo salir del aprieto? Quevedo se hizo cargo de la desesperación del momento: «Ahíto me tiene España,/ provincia si antes feliz,/ hoy tan trocada.» El tema sigue siendo el del vuelo y la osadía que traspasa los límites, la fascinación por la caída y la atracción por el abismo. Faetón. En Castilla ni los intelectuales ni la sociedad estaban preparadas para dar el salto a la modernidad. Ya se puede formular alguna conclusión. No atina el Estado en dar respuesta, el ocaso del Imperio se hace realidad. España pasa de los sueños a un sueño sin sueños: las visiones pasan de lo ideal a lo caótico.</p>
<p>Pero la gran discusión empezó hace trescientos años. El 11 de septiembre de 1714 es una fecha que juzgamos esencial. Barcelona desfallece y se derrumba. Abandonada a un auténtico memorial de agravios, Cataluña descubre su vulnerabilidad. Durante el reinado de Carlos III se fortalece uno de los mayores vicios del estado español: el centralismo.</p>
<p>En el siglo XVIII, mientras en España todo era gris, Cadalso recuerda una armonía roja y amarilla. Sus tesis sobre la sustancial diversidad de los pueblos de España «dividida durante tantos siglos en diferentes reinos» reclaman nuestra atención. La lectura del texto vale la pena. En opinión de José Manuel Caballero Bonald la idea contiene un germen en el ideario federalista.</p>
<p>En el siglo XIX el imperio español pierde en el mundo forma y medida. Ciertas regiones, que van adquiriendo espíritu de grupo, se afirman como naciones prósperas. El problema regionalista se acrecienta. En el año 1842 el general Espartero declara que Barcelona «para el bien de España ha de ser bombardeada cada cincuenta años». Infausta manifestación. Y ese mismo año, desde el castillo de Montjuich, tritura la Barceloneta. Más claro el agua. El poder político y militar es español; y el poder económico, catalán. Dice una historia de España que el país conoce «un doble complejo de inferioridad: político en el catalán, económico en el castellano». La tierra, la lengua, la industria que se va extendiendo, designan a Cataluña. Pero la presión que esta región ejerce es discontinua. No deja de ser extraordinario que en un momento dado recobre conciencia y resurja, como el Guadiana. La vitalidad catalana resulta a todas luces increíble, de igual modo que un saúco, que puede cortarse o quemarse y a los pocos años vuelve a desarrollarse. Ese árbol tiene un sistema radicular que le permite una pronta regeneración.</p>
<p>Numerosos son los pecados originales de España. El afán de vivir a costa del Estado constituye el obstáculo que le impide conocer la prosperidad. Mientras en Cataluña «existe una burguesía activa y toda suerte de capas medias acomodadas que cultivan el trabajo y el ahorro, en el centro dominan los viejos modos de vida». Aunque hay una especie de obsesión en decir que se trabaja mucho, el español de antaño busca refugio en el Estado, ignora la iniciativa privada. Cataluña reprocha a España esa necesidad de crearse un mundo de puestos ficticios que percibe un sueldo por la fuerza de la inercia. Miembros inútiles, desembolsos dispendiosos, instituciones ineficaces. Cataluña y España —Madrid y Barcelona— empiezan a verse como lo seco y lo húmedo, el frío y el calor.</p>
<p>En el siglo XX la política española se orienta hacia la intransigencia. Aunque una mente privilegiada apunta que el «problema catalán» debe de sobrellevarse —esto significa conllevar o aguantar como una desgracia—, la susodicha cuestión no sólo se soporta, en ocasiones se ignora. La convivencia es dolor infinito, inútil. Los historiadores no esquivan ese tema. «El castellano sólo ve en el catalán adustez, sed de ganancias y falta de grandeza, y el catalán sólo ve en el castellano pereza y orgullo.» Pero la cuestión de fondo es que no hay entendimiento. En la España moderna está presente el pasado imperial y en Castilla pervive el anticatalanismo. La literatura de Baroja confirma ese desleal sentimiento. El periodismo oficial dice pestes de Cataluña, pero no importa lo que digan, las calumnias no se entienden. Así transcurría la vida política española, siempre inmutable.</p>
<p>El gran tema sigue siendo la inexistencia de un proyecto nacional. Después del fracaso de la Segunda República, se toman medidas extremas. Durante el franquismo Cataluña, aun sobreviviendo a toda clase de purgas, continua en desgracia.</p>
<p>En 1975 la monarquía se saca un as de la manga: la España de las autonomías. Viene a ser un recurso discutible. Aunque la transición está llena de mensajes edificantes, después de los aplausos y las aclamaciones, ¿qué? Inútil decir que Cataluña juzga el presente con arreglo a una pauta económica, un pacto fiscal. La poda del árbol, la falta de acuerdo, causa heridas y debilitamiento, el equilibrio entre la raíz y la copa queda afectado. Esto es explicable: se ha podado una rama demasiado gruesa y la superficie de la herida ha favorecido la invasión de agentes patógenos. Consecuencia: bacterias, podredumbre y hediondez. Después de las últimas manifestaciones del 11 de septiembre, Cataluña quiere protegerse marchándose del presente. Parece suscribir el credo de Chateaubriand: «Muramos enteramente por miedo de sufrir después.» El lenguaje tiende naturalmente hacia su propia destrucción. En los catalanes se nota un sentimiento de división: mientras unos se consideran un pueblo completamente diferente al español y, es lástima, proponen separarse de España, en otros el alejamiento se torna melancolía y la nostalgia se resuelve en decepción. Nada enciende más dudas y controversias que el reto soberanista. Las instituciones revelan una cautela que colinda con la inacción. Todo es humo. No podemos hacernos una imagen clara del país en que vivimos. Se ha ido demasiado lejos. Cuidado: el querer vale más que el saber.</p>
<p>Ignorar la relación y los lazos entre Cataluña y España es un error tan grave como ignorar la relación entre mundo y naturaleza, entre medio geográfico y destino humano. España es un país, o sea, un territorio que constituye una unidad geográfica o política natural. Y Cataluña una nación, una comunidad que vive en un territorio y está unida por lazos históricos y lingüísticos pero que pertenece indiscutiblemente a un país: España, naturalmente. Esta tierra no es divisible.</p>
<p>El deseo de unidad se vuelve cada vez más exigente. No basta con que todo sea racional: ese deseo quiere la reconciliación de lo racional con lo irracional. No hay unidad que no suponga una mutilación ideológica, una pérdida, algún quebranto. Es de temer que se produzcan cambios difíciles de asumir, pero es de esperar que nada dependa del azar. España es un país de naciones, en serio, y en ese marco, Cataluña, como Stendhal, es diferente. Distinta, diversa y divergente. Dado que una nación es una manera especial de vivir, merece otro trato.</p>
<p>Escrito por <strong><a href="https://www.editorialcomba.com/ignacio-viladevall/">Ignacio Viladevall</a></strong></p>
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		<title>Un árbol, un país (I)</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/un-arbol-un-pais-i/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Mar 2016 07:54:18 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Que versa sobre un árbol que
da forma y medida a España.
MAGIA E IDEALES

Los árboles no sólo saben de magia, provocan éxtasis y visiones, cosas que se ven como si fueran reales sin serlo. Lo cierto es que no les son imposibles los prodigios.
Cada árbol es una prolongación de la tierra que brota como un idea. A través de un árbol se alcanza cierta aptitud para ver. Viene a darse como una operación mágica destinada a transmutar la realidad. No es exagerado decir que los árboles contienen en su interior sabiduría, intuición, clarividencia. Se vislumbra algo más que futuro. ¿Acaso no tienen una esperanza de vida que sobrepasa la de la mayoría de seres vivos? Están tan llenos de signos propicios que empezamos a creer en lo inverosímil. Admiramos su movimiento, su poder de crecimiento y de creación. No se puede sino ensalzar su capacidad de regenerarse, de comunicarse con su entorno, de resistir situaciones adversas. En la sombra se siente su aura palpable, la realidad de la fascinación.
Los árboles de España son legendarios. Antiguamente los pueblos hispánicos confiaban en ellos. Los antiguos creían a ojos cerrados en los poderes de su clarividencia, comprendían sus virtudes, sus bondades. Por la magia que emanaba, el árbol era visto como pacificador, intermediario, juez de paz. Cambiaba estructuras mentales, fabricaba destinos. Todo esto se remonta a tiempos muy lejanos. Pues bien, la organización territorial española despierta en nosotros analogías estrictamente relacionadas con esos árboles; en nuestra visión de España hay una obsesión por encontrar el equilibrio en su ecuanimidad. O la unión soñada. Lo único que puedo afirmar es que la analogía toma cartas en el asunto. Aquí el pensar lo impensable se convierte en un acto moral, por así decirlo. Los árboles son seres vivos cuyos movimientos, fríos, sinuosos, siguen un ideal. Vienen a ser comparables a los pueblos. No temo ser exagerado, éste es un trabajo de la imaginación. Los árboles logran lo más difícil: unir sin esfuerzo lo real y lo alegórico.
Viene muy a cuento decir que existe correspondencia entre naturaleza e historia y política. Hoy España se halla en una encrucijada, vive en un infierno de inquietud: la conjunción entre democracia y re-centralización ha sido fatal. Existe una tradición hispánica de lucha por convicciones que han sido ignoradas. Imposible disimular la turbación que ello produce. En la situación en la que vivimos, hay complejidad, no se ve solución: España es una realidad que está perdiendo forma. Aquí cabe una confesión. Estamos en contra del nacionalismo. Defendiendo ideas, no territorios, algo acude a perfilarse entre la niebla.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" class="aligncenter size-full wp-image-3267" src="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/03/arboles-Rosa-Torres.jpg" alt="" width="283" height="240" /></p>
<p><em>Que versa sobre un árbol que</em><br />
<em>da forma y medida a España.</em></p>
<h3>Magia e ideales</h3>
<p>Los árboles no sólo saben de magia, provocan éxtasis y visiones, cosas que se ven como si fueran reales sin serlo. Lo cierto es que no les son imposibles los prodigios.</p>
<p>Cada árbol es una prolongación de la tierra que brota como un idea. A través de un árbol se alcanza cierta aptitud para ver. Viene a darse como una operación mágica destinada a transmutar la realidad. No es exagerado decir que los árboles contienen en su interior sabiduría, intuición, clarividencia. Se vislumbra algo más que futuro. ¿Acaso no tienen una esperanza de vida que sobrepasa la de la mayoría de seres vivos? Están tan llenos de signos propicios que empezamos a creer en lo inverosímil. Admiramos su movimiento, su poder de crecimiento y de creación. No se puede sino ensalzar su capacidad de regenerarse, de comunicarse con su entorno, de resistir situaciones adversas. En la sombra se siente su aura palpable, la realidad de la fascinación.</p>
<p>Los árboles de España son legendarios. Antiguamente los pueblos hispánicos confiaban en ellos. Los antiguos creían a ojos cerrados en los poderes de su clarividencia, comprendían sus virtudes, sus bondades. Por la magia que emanaba, el árbol era visto como pacificador, intermediario, juez de paz. Cambiaba estructuras mentales, fabricaba destinos. Todo esto se remonta a tiempos muy lejanos. Pues bien, la organización territorial española despierta en nosotros analogías estrictamente relacionadas con esos árboles; en nuestra visión de España hay una obsesión por encontrar el equilibrio en su ecuanimidad. O la unión soñada. Lo único que puedo afirmar es que la analogía toma cartas en el asunto. Aquí el pensar lo impensable se convierte en un acto moral, por así decirlo. Los árboles son seres vivos cuyos movimientos, fríos, sinuosos, siguen un ideal. Vienen a ser comparables a los pueblos. No temo ser exagerado, éste es un trabajo de la imaginación. Los árboles logran lo más difícil: unir sin esfuerzo lo real y lo alegórico.</p>
<p>Viene muy a cuento decir que existe correspondencia entre naturaleza e historia y política. Hoy España se halla en una encrucijada, vive en un infierno de inquietud: la conjunción entre democracia y re-centralización ha sido fatal. Existe una tradición hispánica de lucha por convicciones que han sido ignoradas. Imposible disimular la turbación que ello produce. En la situación en la que vivimos, hay complejidad, no se ve solución: España es una realidad que está perdiendo forma. Aquí cabe una confesión. Estamos en contra del nacionalismo. Defendiendo ideas, no territorios, algo acude a perfilarse entre la niebla.</p>
<h3>Lógica histórica</h3>
<p>Podemos comenzar. Las raíces son una de las partes principales de un árbol. En la encina, árbol ibérico por excelencia, las raíces adquieren especial interés ya que tras incendios y sequías pueden rebrotar vigorosamente. Es difícil no compartir admiración por ese árbol. La raíz pivotante es un fuerte vástago que se hunde en el suelo, de donde nacen las raíces secundarias. ¿Dónde situar las raíces de España, que se extienden a gran distancia del tronco? Por la analogía, por semejanza de contrarios, cierta cosa nos remite al mapa de la antigua Iberia. Los mares circundantes: el Cantábrico, el Mediterráneo y el océano Atlántico, y cerrando el paso por tierra, la cordillera pirenaica. Entre estos límites perfectamente diferenciados se sitúa la península Ibérica. O sea, España. Se ha dicho que es como si el corte del medio natural se ofreciera «al destino particular de un grupo humano». Un territorio apartado, con límites bien trazados y con un centro solitario. Una tierra armoniosa y acogedora. Como si el territorio «se ofreciera a la elaboración de una unidad histórica». Así sucede y así ha sucedido siempre.</p>
<p>Y ahora volvamos a las cosas fantásticas, volvamos a hablar de árboles. Creemos que pueden favorecer el encaje territorial. La analogía nos permite entreverlo. El producto de una serie de observaciones sobre campos distintos y comparables sirve más como medio de invención que como argumento probatorio.</p>
<p>La primera vez que oí la palabra «España» fue en la letra de una canción de Cecilia. «Mi querida España», decía. Yo era aún adolescente. El nombre, la palabra «España», sólo se escuchaba en la asignatura de Formación del Espíritu Nacional. En aquella Barcelona se vivía a despecho de la lógica histórica. No es temerario suponer que España fuera para mí inspiración, diálogo con la ausencia: oración y poesía. España aislaba y unía. Era el compendio de todo lo que ansiaba y temía. Invitaba al conocimiento de su paisaje. Azorín y Machado me enseñaron a mirar los árboles. Mientras leía, la mente viajaba hacia otro lugar. La poesía española fue crucial en mi formación. La manera de enlazar las ideas me viene de sus metáforas y de sus comparaciones. Aprendí a relacionar a este país con un árbol fabuloso, de grandes y dispares ramas. Solía concordar una cosa con la otra. Hubo ocasiones en que España se me antojó despiadada y fatal. Me suscitaba el conocido «Duelo a Garrotazos», la pintura negra más difundida de Goya, obra que expresa la violencia congénita de la vida española. Que en todo tiempo España hubiese estado en lucha fratricida era cierto en parte. La verdad es que el enfrentamiento se ha repetido una y otra vez, ha sido una nota constante de la vida política hasta nuestros días.</p>
<p>Aquí vale la pena una pequeña digresión. Catalanes y españoles compartimos el azul del cielo, la claridad de las nubes que pasan. Cuando hay imaginación y diálogo se desvelan retazos de cielo azul, la faz del cielo. Desde la muralla de los Pirineos hasta las vegas de Andalucía se extiende, aislado, inaccesible, el paisaje de Iberia. Se dice que la periferia, al no ser un mundo cerrado, parece volver la espalda a la meseta central. Desde el plano analógico, las regiones marítimas parecen destinadas a tener destinos autónomos, como si tendieran a desertar de la comunidad interior. La geografía es también hado, sino. Tampoco se puede vivir a despecho de la lógica geográfica.</p>
<p>Por medio de los trucos de la analogía se puede topar con lo incomprensible. Transfiriendo el asunto al plano imaginativo, el tronco, ah, el tronco, parte principal del árbol que nos hace participar de la energía de la tierra, equivale al idioma común. El latín que origina las lenguas románicas es otro dato que une. Hay una raíz y un tronco comunes de los cuales surgen las diversas lenguas peninsulares. Las regiones litorales fueron rápidamente romanizadas, y sojuzgadas durante siglos. Provenimos de una tierra donde no es posible sustraerse de la historia de Roma. El idioma que se fragua en Cataluña entronca concluyentemente con el latín.</p>
<p>Podemos ir pensando que el emblema del tronco ibérico es Faetón, y su afán, un deseo de subir alto y emprender grandes empresas. Todo está estrechamente relacionado.</p>
<p>No dejemos de mirar hacia el pasado. Visigodos y musulmanes cambian la suerte de ese tronco. Los visigodos, como es sabido, llegan de las Galias romanizadas, y tres siglos más tarde los musulmanes traen nuevas formas de vida.</p>
<p>Pero el sortilegio se desvanece. El tronco del árbol empieza a dividirse en ramas secundarias, bifurcándose en un mismo punto. Abordemos de nuevo lo real. La Edad Media discurre como un tren que avanza por la noche. Del mismo modo que en el siglo XII Castilla había paralizado la expansión de las clases medias, a diferencia de Cataluña, el tronco del árbol ibérico, que viene ahora a encarnarlo el pino piñonero, ha dejado de crecer hacia lo alto. Cuando ese tronco se ramifica, y las ramas forman una capa corimbosa, surge la complicación. Así como el parasol se consigue por la poda anual de los verticilos de ramas, hasta dejarle poco más que un plumero de ramaje en lo alto y parecer un candelabro que resalta contra la claridad del cielo, la historia implica apuro, dificultad, conflicto. Constituidos por conjuntos de ramas secundarias, los árboles ofrecen una silueta característica: piramidal, cónica, globosa, aparasolada, péndula, asimétrica&#8230; Las ramas pueden ser erectas, patentes, péndulas o colgantes. Siempre diversas.</p>
<p>El árbol de España viene a ser un compendio de varias especies. Tiene genes de encina y de pino piñonero, pero también lleva la carga genética del naranjo.</p>
<p>La historia continua. En el siglo XIII se viven los momentos de mayor armonía conocidos por España. No es difícil adivinar el porqué: los soberanos de la corona de Aragón son catalanes. Cuando Aragón se une por matrimonio con el condado de Barcelona, la aclamación linda con la reverencia. Aquello debió ser como soñar un sueño despierto.</p>
<p>Escrito por <strong><a href="https://www.editorialcomba.com/ignacio-viladevall/">Ignacio Viladevall</a></strong></p>
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		<title>Entre Chacel y Caballero Bonald</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/entre-chacel-y-caballero-bonald/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 13 Jan 2016 12:25:12 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nos gusta la presencia de la naturaleza en la literatura. Celebramos la aparición de árboles y mariposas. El amor de la naturaleza es raro en la poesía española. En Leyendo a los poetas Azorín decía que se sienten poco los árboles, el campo, las flores; y que entre nuestros clásicos sólo hubo tres poetas que amaron la naturaleza: Gonzalo de Berceo, Fray Luis de León y Garcilaso. El amor al paisaje viene de lejos. El hechizo de la poesía del árbol tiene una fuerza enorme. No es posible detenerse a explicar por qué. Entre los árboles y la luz existe un parentesco: el árbol es un ser de luz, ¡que vive con la luz! Desprende energía y participamos de su aura. Y es más: de ello depende nuestro futuro. Su influencia en la calidad del aire y en la mitigación del cambio climático está sobradamente demostrada. Les prestamos atención porque proporcionan numerosos efectos beneficiosos. En ocasiones, la contemplación se transforma en visión, adivinamiento de lo fatal. La estampa del destino a menudo nos enerva. Muchas veces tememos que el planeta ha entrado en contacto con la extinción del prodigio.
Sin cambiar de tema, ahora vamos a guiñar el ojo a dos escritores españoles: Rosa Chacel y José Manuel Caballero Bonald. Ambos sienten la presencia de la naturaleza, sus textos arrojan inesperadas luces sobre la magia del árbol. ¡En sus frondas ven luz en el tiempo! En La sinrazón (1960) y en La noche no tiene paredes (2009) hallamos la brevedad de la naturaleza, la concisión del momento poético. No voy a hacer un estudio crítico, me limitaré a apuntar algunas ideas. Sigo el camino de la intuición.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/01/Chacel-árboles-Bonald.jpg">&nbsp;</a></p>
<p>Nos gusta la presencia de la naturaleza en la literatura. Celebramos la aparición de árboles y mariposas. El amor de la naturaleza es raro en la poesía española. En <em>Leyendo a los poetas</em> Azorín decía que se sienten poco los árboles, el campo, las flores; y que entre nuestros clásicos sólo hubo tres poetas que amaron la naturaleza: Gonzalo de Berceo, Fray Luis de León y Garcilaso. El amor al paisaje viene de lejos. El hechizo de la poesía del árbol tiene una fuerza enorme. No es posible detenerse a explicar por qué. Entre los árboles y la luz existe un parentesco: el árbol es un ser de luz, ¡que vive con la luz! Desprende energía y participamos de su aura. Y es más: de ello depende nuestro futuro. Su influencia en la calidad del aire y en la mitigación del cambio climático está sobradamente demostrada. Les prestamos atención porque proporcionan numerosos efectos beneficiosos. En ocasiones, la contemplación se transforma en visión, adivinamiento de lo fatal. La estampa del destino a menudo nos enerva. Muchas veces tememos que el planeta ha entrado en contacto con la extinción del prodigio.</p>
<p>Sin cambiar de tema, ahora vamos a guiñar el ojo a dos escritores españoles: Rosa Chacel y José Manuel Caballero Bonald. Ambos sienten la presencia de la naturaleza, sus textos arrojan inesperadas luces sobre la magia del árbol. ¡En sus frondas ven luz en el tiempo! En <em>La sinrazón</em> (1960) y en <em>La noche no tiene paredes</em> (2009) hallamos la brevedad de la naturaleza, la concisión del momento poético. No voy a hacer un estudio crítico, me limitaré a apuntar algunas ideas. Sigo el camino de la intuición.</p>
<p>A Rosa Chacel le preocupa el tiempo, su fugacidad; pero también los matices de la luz, las sensaciones de la vista. La luz es obsesión, algo que no puede apartar de su mente. Repasando las primeras páginas de <em>La sinrazón</em>, leemos que en una tarde con una luz que camina sobre el césped, el crepúsculo es tan breve que casi se le ve pasar. Se pierde en la contemplación del momento. Precisa: “Pasa un aire tibio, el cielo es limpísimo, nacarado, despide una luz desnuda, que pasa y se esconde entre los árboles copudos y en la sombra de los árboles brilla algún foco recién encendido”. Y concluye, audazmente: “es que ya ha pasado”. Pasa el tiempo y el árbol entra en otra luz; y los verdes se deslustran, se restauran. Sus efluvios crean un juego de sensaciones y fantasía, forman un mundo detenido en el tiempo, donde lo real alcanza una nueva dimensión. Es eso. En la culminante autobiografía de Chacel, no solo hallamos pensamientos sentidos, sentimientos pensados, encontramos árboles maravillosos; sauces, castaños, casuarinas, ombúes. Conviene saber que el ombú es árbol copudo, de copa grande, que acumula luces mágicas, solidarias, efectos de apariencia maravillosa. Ante una mariposa disecada, la escritora se aventura a observar: “Dios puede mover las alas de una mariposa muerta o trasladar una montaña, o hacer que no haya sido lo que fue.” Reflexión importante que raya lo inefable. Existen cosas que nunca se podrán explicar.</p>
<p>Pero hay más. Es preciso mencionar <em>Ofrenda a una virgen loca</em> (1961), porque en uno de sus relatos, “Lazo indisoluble”, percibimos como la luz, cuando la niebla se despega del río, “empieza a despertar el verde de los castaños”. Prodigioso apunte. A propósito de castaños; bajo el espeso follaje de ese árbol robusto descubrimos la mirada de la serpiente del Paraíso. ¿Ha tentado el progreso a la humanidad? Hay materia para hacer un estudio de la evolución del sentimiento de la naturaleza en la literatura.</p>
<p>Vayamos ahora al reino de los vivos. Hablemos de Caballero Bonald, uno de los grandes escritores españoles de los últimos años. ¡Cuánto nos encanta la plasticidad de su palabra poética! Releamos su décimo libro de poesía. En el poema “Nadie”, el poeta conversa con alguien que lo llama. Pese al mutismo del entorno, se abre un espacio donde el árbol parece suspirar por rebelarse.</p>
<p style="padding-left: 210px;"><em>Desoye el árbol las invocaciones</em><br />
<em> erráticas del viento, mientras</em><br />
<em> sus vacilantes cuencas enmudecen</em><br />
<em> frente a las desbandadas de la luz.</em></p>
<p>Cuando viene el viento, sentimos hondamente la responsabilidad del árbol. Los colores de la tierra cambian por instantes, según la transparencia del follaje. En tanto que las ramas enmudecen, los claroscuros recobran brío. Los retoques de luz verde tienen otro movimiento, otra cadencia; quizá es el impulso tumultuoso del progreso.</p>
<p style="padding-left: 210px;"><em>Como en un vaho gravita el anhelante</em><br />
<em> oficio de estar vivo y en lo hondo</em><br />
<em> de los drenajes de la soledad</em><br />
<em> los pájaros silencian sus generaciones.</em></p>
<p>“Vaho” es sinónimo de soplo; de tiempo brevísimo. Así pasa la vida como un soplo. Nadie al final responde al poeta. “Nadie, como Ulises”. Los días se malgastan entre atropellos y “remisas decepciones.” En el último verso sale “una pared vacía, una página en blanco”. A medida que avanzamos por el poema tomamos conciencia del medio. Vivir consiste en “ir dejando atrás la vida”, los árboles, el aire nuestro. Todo eso prodigioso que suspira por favorecer la vida, ahora parece quejarse. ¿Podrá España abordar en buena posición el desafío del cambio climático? Por un instante es posible creerlo. No hay un solo árbol que no se sienta responsable, solidario de su destino. Es por esto que nos interesa la pervivencia de la naturaleza en la literatura española.</p>
<p>Escrito por <strong>Ignacio Viladevall</strong></p>
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