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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Santas redes</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 Nov 2015 21:39:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[Lo más divertido de las redes sociales no es tanto el contenido cuanto el efecto que ejercen en las personas, y nadie se salva —o apenas nadie—, por más que algunos den en el perfil contrario al que se supone. Quien no tiene una cuenta en Facebook, la tiene en Twitter, en Google+, en Instagram o en Linkedin, si no en otras de menor relevancia, fáciles por tanto de combinar con éstas, que a su vez son combinables. Lo que está en Facebook, por ejemplo, se anuncia en Twitter y se muestra en Instagram. Pueden ser citas de los más grandes pensadores o literatos —‹‹Lo más profundo que posee el hombre es su piel››, André Gide—, pero al final su valor radicará en la presentación, el espacio, la manera en que dicha cita vaya envuelta. Una foto de Gide ya mayor, de la época en que le dieron el Nobel, quizá sea preferible para el caso a una de cuando era joven y realizaba viajes a las regiones más inhóspitas del ser humano. ¿A su piel? El aspecto bien parecido que tenía en aquel entonces daría a la sentencia un tono, más que a boutade, altisonante. Hay que acompasar palabra e imagen, ahí está el quid de las redes sociales, cada una con sus prioridades —palabra o imagen—, para que la gente dé cuenta de su garbo o de su torpeza, y luego, lo que es mejor, encuentre simpatías ajenas. ‹‹Pues yo me desvivo por tus carnes››, capaz de responder alguno.
Se pueden soltar también mensajes revolucionarios, tipo ‹‹a quemar las banderas››, para al cabo poner otras, claro está, inevitable repetición humana, y ese mensaje, según esté puesto, alcanzará un eco que ya quisiera para sí cualquier político o literato con ansias de poder. No se puede ignorar la fuerza de estos medios, y es que sus usuarios se cuentan en miles de millones. Tienen acceso en el trabajo, en casa, en el móvil… Es decir, en todas partes. Y andan por la calle con la atención fija en la pantallita del móvil, revisando las actualizaciones como antaño el misal.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Lo más divertido de las redes sociales no es tanto el contenido cuanto el efecto que ejercen en las personas, y nadie se salva —o apenas nadie—, por más que algunos den en el perfil contrario al que se supone. Quien no tiene una cuenta en Facebook, la tiene en Twitter, en Google+, en Instagram o en Linkedin, si no en otras de menor relevancia, fáciles por tanto de combinar con éstas, que a su vez son combinables. Lo que está en Facebook, por ejemplo, se anuncia en Twitter y se muestra en Instagram. Pueden ser citas de los más grandes pensadores o literatos —‹‹Lo más profundo que posee el hombre es su piel››, André Gide—, pero al final su valor radicará en la presentación, el espacio, la manera en que dicha cita vaya envuelta. Una foto de Gide ya mayor, de la época en que le dieron el Nobel, quizá sea preferible para el caso a una de cuando era joven y realizaba viajes a las regiones más inhóspitas del ser humano. ¿A su piel? El aspecto bien parecido que tenía en aquel entonces daría a la sentencia un tono, más que a <em>boutade</em>, altisonante. Hay que acompasar palabra e imagen, ahí está el quid de las redes sociales, cada una con sus prioridades —palabra o imagen—, para que la gente dé cuenta de su garbo o de su torpeza, y luego, lo que es mejor, encuentre simpatías ajenas. ‹‹Pues yo me desvivo por tus carnes››, capaz de responder alguno.</p>
<p>Se pueden soltar también mensajes revolucionarios, tipo ‹‹a quemar las banderas››, para al cabo poner otras, claro está, inevitable repetición humana, y ese mensaje, según esté puesto, alcanzará un eco que ya quisiera para sí cualquier político o literato con ansias de poder. No se puede ignorar la fuerza de estos medios, y es que sus usuarios se cuentan en miles de millones. Tienen acceso en el trabajo, en casa, en el móvil… Es decir, en todas partes. Y andan por la calle con la atención fija en la pantallita del móvil, revisando las actualizaciones como antaño el misal.</p>
<p>Cualquier nueva forma de conectarse a través del móvil recibe el nombre de aplicación, y cada una es como un nuevo testamento, según a quien apele: los restaurantes, las casas de apuestas, las editoriales, los burdeles o los bancos, por no seguir con la enumeración. Las redes sociales representan a menudo una forma de convivir con el desprestigiado pecado. Ya está tardando la Iglesia Católica, de hecho, en sacar una aplicación completa, con el viejo y el nuevo testamento y los cuatro evangelios, capaz también de dar misa y de recibir la confesión de sus feligreses, con el debido perdón o castigo, según se tercie. Ahí es donde la aplicación mostrará su valor, a la hora de dirimir la enjundia del pecado. ¿Perdonaría a la Editorial Comba por hablar en vano —supuestamente—de la Iglesia? Una buena aplicación sabría castigar esos pecados verbales y perdonar los fraudes, la lascivia y el juego, debilidades tan inherentes al ser humano y propias del poder. Para eso, la aplicación debería estar bien conectada a Linkedin, donde el valor de cada uno se mide en los cargos alcanzados.</p>
<p>El dominio global que las redes sociales alcanzaron es similar al que la Iglesia Católica viene persiguiendo secularmente en nombre del Santísimo. No, no lo nombraremos en vano, pero esta actual omnipresencia es lo más cercano a la idea que teníamos de Él. La Iglesia desearía que, en vez de citas literarias o comentarios zafios, lo que más peso tuviera fueran pasajes de la Biblia, esto es evidente, y su puesta en común, además —la visión del desierto en cada uno, etcétera, con sus múltiples lecturas y reacciones—, permitiría una rápida detección de herejes, con sólo medir las palabras de cada usuario. Las redes facilitan mucho la tarea del espía, sea éste un clérigo o un novelista. Dan cuenta de nuestra existencia, y cualquier persona que se proponga alcanzar cierta difusión o notoriedad, por tanto, habrá de estar en alguna de ellas. Lo ponía de manifiesto en su página semanal el escritor español Gonzalo Torné, al preguntarse de qué pueden servirle a un novelista las redes sociales, y en particular, Twitter. La novela, decía, suele ser una condensación subjetiva del mundo, y en Twitter, seguía más adelante, el autor podrá contrarrestar un sinfín de opiniones e impresiones que enriquezcan su texto. La gente saca ahí su vida a relucir; expone su lado más íntimo y visceral, esto es, como en un discurso interior donde todo cabe y se mezcla y se amplifica. Lo más profundo que posee el hombre ya no es, como decía Gide, su piel, sino su perfil en las Santas Redes.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Apellidos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 21 May 2015 08:47:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[¿Por qué habría de ser guapo? ¿O guapa? ¿Guapos? La lista es larga y trae en torno a cuarenta nombres, con unos pocos suplentes, por si las moscas, no fuera a llevarse el telón alguna alma cándida, hija de la duda, mejor preparada para el ejercicio literario que para el político.
En inmediatas fechas habrá elecciones municipales y regionales, y en fechas no tan inmediatas pero sí próximas, generales, con la retahíla de colores y promesas propia de todo periodo electoral, y también la de nombres. Nada más fascinante en estos períodos que asomarse a las papeletas de cada partido y leer el nombre y apellidos de sus candidatos. De cada apellido podría salir un personaje de ficción. Y lo que es peor, sale, salvo que en clave política. No importa si es guapo o no, si tiene mejor o peor dicción, si la mirada es directa o dispersa; lo que de veras hace al personaje es el apellido, o aun el nombre, en caso de ser muy particular, tipo Jeremías, Rita o Gumersindo; Feliciana, Gertrudis o Roberto.
En el último ejemplo, claro está, el nombre no sería tan determinante. Habría que asomarse al apellido para captar su razón de ser. Roberto es un nombre común en todas las Españas, si expresión tan machadiana se nos permite. Los hay de toda clase y condición: ciclistas, profesores, lingüistas, cabreros, senadores, doctores, etcétera, lejos ya de los dos Robertos canonizados por la Iglesia Católica, De Molesmes y Belarmino, dos hombres tercos y abnegados. Vistos hoy, sendos Robertos muestran un gran perfil para la ficción —sobre todo, Belarmino—, excelentes personajes ya no sólo para el ojo atormentado de Francis Bacon, el pintor, sino para el análisis de un autor literario.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>¿Por qué habría de ser guapo? ¿O guapa? ¿Guapos? La lista es larga y trae en torno a cuarenta nombres, con unos pocos suplentes, por si las moscas, no fuera a llevarse el telón alguna alma cándida, hija de la duda, mejor preparada para el ejercicio literario que para el político.</p>
<p>En inmediatas fechas habrá elecciones municipales y regionales, y en fechas no tan inmediatas pero sí próximas, generales, con la retahíla de colores y promesas propia de todo periodo electoral, y también la de nombres. Nada más fascinante en estos períodos que asomarse a las papeletas de cada partido y leer el nombre y apellidos de sus candidatos. De cada apellido podría salir un personaje de ficción. Y lo que es peor, sale, salvo que en clave política. No importa si es guapo o no, si tiene mejor o peor dicción, si la mirada es directa o dispersa; lo que de veras hace al personaje es el apellido, o aun el nombre, en caso de ser muy particular, tipo Jeremías, Rita o Gumersindo; Feliciana, Gertrudis o Roberto.</p>
<p>En el último ejemplo, claro está, el nombre no sería tan determinante. Habría que asomarse al apellido para captar su razón de ser. Roberto es un nombre común en todas las Españas, si expresión tan machadiana se nos permite. Los hay de toda clase y condición: ciclistas, profesores, lingüistas, cabreros, senadores, doctores, etcétera, lejos ya de los dos Robertos canonizados por la Iglesia Católica, De Molesmes y Belarmino, dos hombres tercos y abnegados. Vistos hoy, sendos Robertos muestran un gran perfil para la ficción —sobre todo, Belarmino—, excelentes personajes ya no sólo para el ojo atormentado de Francis Bacon, el pintor, sino para el análisis de un autor literario.</p>
<p>En esos andurriales podrían haberse metido, trasladada la cuestión a nuestro tiempo, los detectives de Roberto Bolaño, en una errancia poética más, esta vez con salmos, a través de pelafustanes y continentes, asesinatos y manicomios, en busca del hipotético segundo apellido de sendos Robertos y de su rancio valor poético. El de Bolaño siempre estuvo más bien en la sombra, oculto tras la eufonía de las seis sílabas que componen su nombre y primer apellido. Por eso llama la atención que el Ayuntamiento de Barcelona, al dedicarle una placa en la fachada del edificio de la calle Tallers donde residió —número 45—, optara por poner su nombre completo, Roberto Bolaño Ávalos, en vez de recordarlo simplemente con el nombre por el que es conocido en medio mundo. Es probable que en la decisión haya intervenido la familia y por lo tanto no sea un capricho del Ayuntamiento, pero aun así suena raro, como a cuestión oficial, a papeleta de partido político. Nombre, primer apellido, segundo apellido. Doy mi voto a la candidatura presentada por…</p>
<p>En su novela <em>Los detectives salvajes</em>, Bolaño da voz a una cuarentena de personajes, con un espacio muy marcado para cada uno, como en un parlamento. ‹‹Mi novela tiene casi tantas lecturas como voces hay en ella —dijo—. Se puede leer como una agonía. También se puede leer como un juego.›› Apenas diez de estos personajes, sin embargo, aparecen con el segundo apellido. Tampoco los detectives en cuestión, Arturo Belano y Ulises Lima, constan para el lector de segundo apellido, sólo el narrador inicial, el poeta Juan García Madero, un chico de diecisiete años a través de cuyo testimonio empiezan a hablar Belano y Lima. La voz de García Madero es tan sincera y candorosa que tiene un punto colegial, y es allí nada menos, en los colegios, donde cada cual toma conciencia de su nombre completo. Sólo algunos logran quitarse peso nominal antes de sacarse el expediente. Otros ni lo intentan, en cambio: ponen sus apellidos por delante y hacen del colegio un modelo para la vida, hasta dar con ellos en una lista electoral o en el comité ejecutivo de cualquier empresa de oscuro capital. Depende del apellido con el que cada cual se haya educado, un juego o una agonía, esto es, mucho más que del aspecto.</p>
<p>Bolaño dio con los suyos en esta placa de la calle Tallers, a los doce años de su muerte. Llama la atención también que se lo recuerde como ‹‹escritor y poeta››, lo que así dicho es redundante. Lo más correcto sería decir ‹‹narrador y poeta››, puestos a detallar, o nada más que ‹‹escritor››. ¿O acaso la poesía es un género al margen de la escritura? No es poco habitual esta redundancia, ‹‹escritor y poeta››, cuando lo uno incluye lo otro. Escritor es la persona que escribe, según la Real Académica de la Lengua, y poeta, el que lo hace en verso. A Mario Benedetti también se lo recuerda como ‹‹escritor y poeta››, por ejemplo, y a Octavio Paz, cuando en su caso, además de diplomático, habría que decir ‹‹ensayista y poeta››.</p>
<p>Los ejemplos son infinitos, y claro está que de menor orden, gentes de letras que se otorgan el adjetivo poeta después de escritor para darse brillo, como si lo primero fuera vago, aunque indispensable. No prescinden de ello. Poeta o dramaturgo o columnista acompañan al general ‹‹escritor›› como ciertos apellidos al nombre, para darse brillo, para demostrar de qué fuente beben y cuáles son sus antepasados.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2015/05/Una-placa-recuerda-que-en-la-c_54429732866_54028874188_960_639.jpg"><br />
</a></p>
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