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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>La luz de Goya</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/la-luz-de-goya/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 02 May 2023 10:36:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[fusilamientos 2 de mayo]]></category>
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					<description><![CDATA[Es probable que cuanto me espera sea oscuro, el ocaso, pero ahora esta luz de Goya me deslumbra, se ensaña conmigo, reúne en su foco más encono que mis verdugos cegados por la labor.]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>La luz… es probable que cuanto me espera sea oscuro, el ocaso, pero ahora esta luz de Goya me deslumbra, se ensaña conmigo, reúne en su foco más encono que mis verdugos cegados por la labor. Qué duro debe de ser, no alcanzo a figurármelo, no podría empuñar un fusil y apuntar a un pobre hombre como yo, amparado a la suerte de un candil, los brazos en alto y la mirada borrosa, perdida en el infinito de estos siete u ocho fusiles. No pueden mirar hacia otra parte, sólo a mí, obligados por la luz de Goya. Apenas hay estrellas en el cielo y no llega a esta loma el ruido de las campanas al doblar. Largo ha sido el trayecto desde el pueblo, larga está siendo esta noche del 2 de mayo, y largos son los cañones de estos fusiles que no apartan de mí su profundo y sangriento ojo negro. Soy el único protagonista de la noche, el único que mañana no verá amanecer. La muerte, así lo llaman, ocho balas concentradas en un duro haz de luz. Puede que sea el final. Si por lo menos pudiera oír las campanas repicar por última vez. ¡Oh, Goya, aparta de mí esta luz! Dame piedad y deja al menos que mis verdugos puedan divertirse disparando a tientas. La luz es aquello que me mata. Y en un abrir y cerrar de ojos se convertirá en oscuridad, el ocaso, de donde dicen que nadie ha vuelto. Que vivir no es sino aplazar este instante. Y pensar en un segundo Mesías, imaginar la propia reencarnación, traer en uno la vida y la muerte y por ello al fin salvarse, ser más allá de esta luz, yo no alcanzo tampoco a comprenderlo, a figurármelo sin que un embarazo vomitivo se me agarre adentro. A lo mejor estos hombres sin rostro ni atributos, que me apuntan con su único ojo, sean enviados del más allá, de donde la muerte les habrá echado y deben reemplazar con otros su lugar. ¿Por qué yo, Goya, por qué yo? Vamos, dime. Ve por otro con este haz de luz, cualquiera que sea, a mí me basta con escuchar a diario las campanas al doblar. Que yo no molesto en este mundo, no merece la pena gastar tres, cuatro, cinco… u ocho balas, las que sean, para acabar conmigo. ¿Acaso tenéis que agotar existencias? ¿Acaso os aburrís? Ah, por favor, dejad de apuntarme de una vez por todas. Y si no tenéis otra, si vais a disparar, hacedlo ya. Esta luz me está torturando. Méteme al otro lado, Goya, te lo suplico, no me importa matar, tan sólo quiero escuchar las campanas al doblar. Soy un hombre cualquiera, en serio, un hombre al borde del precipicio, ante su último suspiro, ante la mirada ciega y profunda de sus semejantes. Estoy dispuesto a hacer lo que mandes. Son muchas balas, demasiadas para mí, menudo desperdicio, pero es tarde, muy tarde, y una vez perforan mi carne, mi corazón, mi hígado…, mi ser entero, entonces ya no hay vuelta atrás. Lo siento, Goya, con tu luz me mataste.</p>
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		<title>Un árbol, un país (II)</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/un-arbol-un-pais-ii/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 30 Mar 2016 10:00:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Árbol]]></category>
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		<category><![CDATA[Ignacio Viladevall]]></category>
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					<description><![CDATA[Dialéctica de la fronda Duró poco la alegría, el alborozo «Cuando soñamos que soñamos —dice Novalis— está próximo el despertar.» En el siglo XV empieza...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><img fetchpriority="high" decoding="async" class="aligncenter size-full wp-image-3260" src="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2019/01/Ninos-trepando-un-arbol-Goya-e1598723155496.jpg" alt="" width="465" height="422" srcset="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2019/01/Ninos-trepando-un-arbol-Goya-e1598723155496.jpg 465w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2019/01/Ninos-trepando-un-arbol-Goya-e1598723155496-300x272.jpg 300w" sizes="(max-width: 465px) 100vw, 465px" /></h3>
<h3>Dialéctica de la fronda</h3>
<p>Duró poco la alegría, el alborozo «Cuando soñamos que soñamos —dice Novalis— está próximo el despertar.» En el siglo XV empieza a hacerse patente la decadencia de Cataluña. Martín I el Humano no deja heredero, y un príncipe castellano, Fernando de Antequera, empuña el cetro de Aragón. Con aquel rey de Aragón se extinguió la dinastía de condes de Barcelona; hay vergeles con frutales que tampoco destacan por la abundancia de frutos. Luctuoso acontecimiento, de todos modos. Fue una ruptura histórica y un comienzo, el nacimiento de algo importante. Ésta es la realidad de los hechos. Nada debe llevar a deformar lo acontecido.</p>
<p>Entre 1469 y 1556, mientras España es la primera potencia de Europa, Cataluña desaparece como potencia. Los catalanes viven en un mundo desvanecido.</p>
<p>Desde los comienzos, la fronda española da frutos en abundancia. Su cosecha intelectual empieza a ser extraordinaria. No en vano, nos acercamos al Siglo de Oro. Otra curiosidad del plano real: en el año 1500, en el extranjero ya no se dice más que «el rey de España». El matrimonio castellano de Fernando el Católico con Isabel es la clave de la unidad española. Lástima que todo fue un ensueño momentáneo. Las nuevas ideas no se abrían paso. No creo, como muchos, que en la concepción de la España moderna predominase la ambición comercial y económica; más bien se imponía la concepción territorial y religiosa de la expansión. No se supo evitar que el tronco tomara una dirección errónea.</p>
<p>A todo ello hay que agregar la inadaptación de España al capitalismo. Qué empezaba a sucederle en esta época, no se sabe. El imperialismo español no acierta a lanzar una economía moderna. Ni se le ocurre pensar que en la sociedad española existe una tradición hispánica de luchas por la autonomía y la independencia: los comuneros, Cataluña, Aragón, los vascos&#8230; A la luz de la historia, todo esto constituye un error. Nada le hace pensar que hay una problemática. Pero su gran limitación fue sin duda la falta de imaginación.</p>
<p>Opongamos la fantasía a la falta de inventiva. Sea España una encina, la fronda de una magnífica encina. Tiene ese árbol magia, conoce el arte de realizar cosas extraordinarias. El «Quercus ilex» se extiende por todas las provincias españolas, y todo él —raíz, tronco, fronda— tiene un significado particular. Diré más: contemplarlo es una acción que tiene mucho significado. La analogía es la ciencia de las correspondencias. Por el recurso de la imaginación esto es aquello porque esto es como aquello, y no resulta imposible tender un punto entre esto y aquello. ¿Cómo mantener el árbol nacional de España? Para facilitar el desarrollo de la pradera, la encina exige tallar su copa para hacerla más fructífera y aumentar la producción. Se aclara más en el centro para aumentar su volumen, y de este modo, mediante la eliminación de ramillas finas, se favorece una vigorosa superficie periférica.</p>
<p>A la encina no vamos a escatimarle elogios. Al preferir terrenos secos y frescos, estos suelos que abundan en España, es la base para repoblar millones de hectáreas irrecuperables. Sus densas copas crean un microclima moderado que favorece la formación de un sotobosque muy beneficioso para la tierra.</p>
<h3>Las frondas fallidas</h3>
<p>Volvamos a la historia de España sin perder de vista los árboles. Sigamos abarcando lo real y lo imaginario, lo pensado y lo soñado. La analogía concibe el mundo como ejemplo e ilustración. Hubo tradiciones en que los dioses se manifestaban a través de árboles. No es imposible que así fuera: en presencia de la luz solar absorben anhídrido carbónico y desprenden oxígeno; realizan un papel de primera magnitud en el intercambio energético. No sólo necesitamos árboles para respirar; también para vivir en buena armonía. De manera que las diversas regiones de España podrían ser árboles que conforman una red de visiones que profieren palabras confusas.</p>
<p>En 1640 Cataluña, que no conoció la postración de Castilla pero sufría innumerables agravios, se había sublevado. En el siglo XVII España no se da cuenta de cuanto administra. No fue azar que su decadencia culminara con las rebeliones catalana y portuguesa, las sublevaciones de Nápoles y Sicilia y la independencia de los Países Bajos. ¿Cómo salir del aprieto? Quevedo se hizo cargo de la desesperación del momento: «Ahíto me tiene España,/ provincia si antes feliz,/ hoy tan trocada.» El tema sigue siendo el del vuelo y la osadía que traspasa los límites, la fascinación por la caída y la atracción por el abismo. Faetón. En Castilla ni los intelectuales ni la sociedad estaban preparadas para dar el salto a la modernidad. Ya se puede formular alguna conclusión. No atina el Estado en dar respuesta, el ocaso del Imperio se hace realidad. España pasa de los sueños a un sueño sin sueños: las visiones pasan de lo ideal a lo caótico.</p>
<p>Pero la gran discusión empezó hace trescientos años. El 11 de septiembre de 1714 es una fecha que juzgamos esencial. Barcelona desfallece y se derrumba. Abandonada a un auténtico memorial de agravios, Cataluña descubre su vulnerabilidad. Durante el reinado de Carlos III se fortalece uno de los mayores vicios del estado español: el centralismo.</p>
<p>En el siglo XVIII, mientras en España todo era gris, Cadalso recuerda una armonía roja y amarilla. Sus tesis sobre la sustancial diversidad de los pueblos de España «dividida durante tantos siglos en diferentes reinos» reclaman nuestra atención. La lectura del texto vale la pena. En opinión de José Manuel Caballero Bonald la idea contiene un germen en el ideario federalista.</p>
<p>En el siglo XIX el imperio español pierde en el mundo forma y medida. Ciertas regiones, que van adquiriendo espíritu de grupo, se afirman como naciones prósperas. El problema regionalista se acrecienta. En el año 1842 el general Espartero declara que Barcelona «para el bien de España ha de ser bombardeada cada cincuenta años». Infausta manifestación. Y ese mismo año, desde el castillo de Montjuich, tritura la Barceloneta. Más claro el agua. El poder político y militar es español; y el poder económico, catalán. Dice una historia de España que el país conoce «un doble complejo de inferioridad: político en el catalán, económico en el castellano». La tierra, la lengua, la industria que se va extendiendo, designan a Cataluña. Pero la presión que esta región ejerce es discontinua. No deja de ser extraordinario que en un momento dado recobre conciencia y resurja, como el Guadiana. La vitalidad catalana resulta a todas luces increíble, de igual modo que un saúco, que puede cortarse o quemarse y a los pocos años vuelve a desarrollarse. Ese árbol tiene un sistema radicular que le permite una pronta regeneración.</p>
<p>Numerosos son los pecados originales de España. El afán de vivir a costa del Estado constituye el obstáculo que le impide conocer la prosperidad. Mientras en Cataluña «existe una burguesía activa y toda suerte de capas medias acomodadas que cultivan el trabajo y el ahorro, en el centro dominan los viejos modos de vida». Aunque hay una especie de obsesión en decir que se trabaja mucho, el español de antaño busca refugio en el Estado, ignora la iniciativa privada. Cataluña reprocha a España esa necesidad de crearse un mundo de puestos ficticios que percibe un sueldo por la fuerza de la inercia. Miembros inútiles, desembolsos dispendiosos, instituciones ineficaces. Cataluña y España —Madrid y Barcelona— empiezan a verse como lo seco y lo húmedo, el frío y el calor.</p>
<p>En el siglo XX la política española se orienta hacia la intransigencia. Aunque una mente privilegiada apunta que el «problema catalán» debe de sobrellevarse —esto significa conllevar o aguantar como una desgracia—, la susodicha cuestión no sólo se soporta, en ocasiones se ignora. La convivencia es dolor infinito, inútil. Los historiadores no esquivan ese tema. «El castellano sólo ve en el catalán adustez, sed de ganancias y falta de grandeza, y el catalán sólo ve en el castellano pereza y orgullo.» Pero la cuestión de fondo es que no hay entendimiento. En la España moderna está presente el pasado imperial y en Castilla pervive el anticatalanismo. La literatura de Baroja confirma ese desleal sentimiento. El periodismo oficial dice pestes de Cataluña, pero no importa lo que digan, las calumnias no se entienden. Así transcurría la vida política española, siempre inmutable.</p>
<p>El gran tema sigue siendo la inexistencia de un proyecto nacional. Después del fracaso de la Segunda República, se toman medidas extremas. Durante el franquismo Cataluña, aun sobreviviendo a toda clase de purgas, continua en desgracia.</p>
<p>En 1975 la monarquía se saca un as de la manga: la España de las autonomías. Viene a ser un recurso discutible. Aunque la transición está llena de mensajes edificantes, después de los aplausos y las aclamaciones, ¿qué? Inútil decir que Cataluña juzga el presente con arreglo a una pauta económica, un pacto fiscal. La poda del árbol, la falta de acuerdo, causa heridas y debilitamiento, el equilibrio entre la raíz y la copa queda afectado. Esto es explicable: se ha podado una rama demasiado gruesa y la superficie de la herida ha favorecido la invasión de agentes patógenos. Consecuencia: bacterias, podredumbre y hediondez. Después de las últimas manifestaciones del 11 de septiembre, Cataluña quiere protegerse marchándose del presente. Parece suscribir el credo de Chateaubriand: «Muramos enteramente por miedo de sufrir después.» El lenguaje tiende naturalmente hacia su propia destrucción. En los catalanes se nota un sentimiento de división: mientras unos se consideran un pueblo completamente diferente al español y, es lástima, proponen separarse de España, en otros el alejamiento se torna melancolía y la nostalgia se resuelve en decepción. Nada enciende más dudas y controversias que el reto soberanista. Las instituciones revelan una cautela que colinda con la inacción. Todo es humo. No podemos hacernos una imagen clara del país en que vivimos. Se ha ido demasiado lejos. Cuidado: el querer vale más que el saber.</p>
<p>Ignorar la relación y los lazos entre Cataluña y España es un error tan grave como ignorar la relación entre mundo y naturaleza, entre medio geográfico y destino humano. España es un país, o sea, un territorio que constituye una unidad geográfica o política natural. Y Cataluña una nación, una comunidad que vive en un territorio y está unida por lazos históricos y lingüísticos pero que pertenece indiscutiblemente a un país: España, naturalmente. Esta tierra no es divisible.</p>
<p>El deseo de unidad se vuelve cada vez más exigente. No basta con que todo sea racional: ese deseo quiere la reconciliación de lo racional con lo irracional. No hay unidad que no suponga una mutilación ideológica, una pérdida, algún quebranto. Es de temer que se produzcan cambios difíciles de asumir, pero es de esperar que nada dependa del azar. España es un país de naciones, en serio, y en ese marco, Cataluña, como Stendhal, es diferente. Distinta, diversa y divergente. Dado que una nación es una manera especial de vivir, merece otro trato.</p>
<p>Escrito por <strong><a href="https://www.editorialcomba.com/ignacio-viladevall/">Ignacio Viladevall</a></strong></p>
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			</item>
		<item>
		<title>Un árbol, un país (I)</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/un-arbol-un-pais-i/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Mar 2016 07:54:18 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Que versa sobre un árbol que
da forma y medida a España.
MAGIA E IDEALES

Los árboles no sólo saben de magia, provocan éxtasis y visiones, cosas que se ven como si fueran reales sin serlo. Lo cierto es que no les son imposibles los prodigios.
Cada árbol es una prolongación de la tierra que brota como un idea. A través de un árbol se alcanza cierta aptitud para ver. Viene a darse como una operación mágica destinada a transmutar la realidad. No es exagerado decir que los árboles contienen en su interior sabiduría, intuición, clarividencia. Se vislumbra algo más que futuro. ¿Acaso no tienen una esperanza de vida que sobrepasa la de la mayoría de seres vivos? Están tan llenos de signos propicios que empezamos a creer en lo inverosímil. Admiramos su movimiento, su poder de crecimiento y de creación. No se puede sino ensalzar su capacidad de regenerarse, de comunicarse con su entorno, de resistir situaciones adversas. En la sombra se siente su aura palpable, la realidad de la fascinación.
Los árboles de España son legendarios. Antiguamente los pueblos hispánicos confiaban en ellos. Los antiguos creían a ojos cerrados en los poderes de su clarividencia, comprendían sus virtudes, sus bondades. Por la magia que emanaba, el árbol era visto como pacificador, intermediario, juez de paz. Cambiaba estructuras mentales, fabricaba destinos. Todo esto se remonta a tiempos muy lejanos. Pues bien, la organización territorial española despierta en nosotros analogías estrictamente relacionadas con esos árboles; en nuestra visión de España hay una obsesión por encontrar el equilibrio en su ecuanimidad. O la unión soñada. Lo único que puedo afirmar es que la analogía toma cartas en el asunto. Aquí el pensar lo impensable se convierte en un acto moral, por así decirlo. Los árboles son seres vivos cuyos movimientos, fríos, sinuosos, siguen un ideal. Vienen a ser comparables a los pueblos. No temo ser exagerado, éste es un trabajo de la imaginación. Los árboles logran lo más difícil: unir sin esfuerzo lo real y lo alegórico.
Viene muy a cuento decir que existe correspondencia entre naturaleza e historia y política. Hoy España se halla en una encrucijada, vive en un infierno de inquietud: la conjunción entre democracia y re-centralización ha sido fatal. Existe una tradición hispánica de lucha por convicciones que han sido ignoradas. Imposible disimular la turbación que ello produce. En la situación en la que vivimos, hay complejidad, no se ve solución: España es una realidad que está perdiendo forma. Aquí cabe una confesión. Estamos en contra del nacionalismo. Defendiendo ideas, no territorios, algo acude a perfilarse entre la niebla.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" class="aligncenter size-full wp-image-3267" src="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/03/arboles-Rosa-Torres.jpg" alt="" width="283" height="240" /></p>
<p><em>Que versa sobre un árbol que</em><br />
<em>da forma y medida a España.</em></p>
<h3>Magia e ideales</h3>
<p>Los árboles no sólo saben de magia, provocan éxtasis y visiones, cosas que se ven como si fueran reales sin serlo. Lo cierto es que no les son imposibles los prodigios.</p>
<p>Cada árbol es una prolongación de la tierra que brota como un idea. A través de un árbol se alcanza cierta aptitud para ver. Viene a darse como una operación mágica destinada a transmutar la realidad. No es exagerado decir que los árboles contienen en su interior sabiduría, intuición, clarividencia. Se vislumbra algo más que futuro. ¿Acaso no tienen una esperanza de vida que sobrepasa la de la mayoría de seres vivos? Están tan llenos de signos propicios que empezamos a creer en lo inverosímil. Admiramos su movimiento, su poder de crecimiento y de creación. No se puede sino ensalzar su capacidad de regenerarse, de comunicarse con su entorno, de resistir situaciones adversas. En la sombra se siente su aura palpable, la realidad de la fascinación.</p>
<p>Los árboles de España son legendarios. Antiguamente los pueblos hispánicos confiaban en ellos. Los antiguos creían a ojos cerrados en los poderes de su clarividencia, comprendían sus virtudes, sus bondades. Por la magia que emanaba, el árbol era visto como pacificador, intermediario, juez de paz. Cambiaba estructuras mentales, fabricaba destinos. Todo esto se remonta a tiempos muy lejanos. Pues bien, la organización territorial española despierta en nosotros analogías estrictamente relacionadas con esos árboles; en nuestra visión de España hay una obsesión por encontrar el equilibrio en su ecuanimidad. O la unión soñada. Lo único que puedo afirmar es que la analogía toma cartas en el asunto. Aquí el pensar lo impensable se convierte en un acto moral, por así decirlo. Los árboles son seres vivos cuyos movimientos, fríos, sinuosos, siguen un ideal. Vienen a ser comparables a los pueblos. No temo ser exagerado, éste es un trabajo de la imaginación. Los árboles logran lo más difícil: unir sin esfuerzo lo real y lo alegórico.</p>
<p>Viene muy a cuento decir que existe correspondencia entre naturaleza e historia y política. Hoy España se halla en una encrucijada, vive en un infierno de inquietud: la conjunción entre democracia y re-centralización ha sido fatal. Existe una tradición hispánica de lucha por convicciones que han sido ignoradas. Imposible disimular la turbación que ello produce. En la situación en la que vivimos, hay complejidad, no se ve solución: España es una realidad que está perdiendo forma. Aquí cabe una confesión. Estamos en contra del nacionalismo. Defendiendo ideas, no territorios, algo acude a perfilarse entre la niebla.</p>
<h3>Lógica histórica</h3>
<p>Podemos comenzar. Las raíces son una de las partes principales de un árbol. En la encina, árbol ibérico por excelencia, las raíces adquieren especial interés ya que tras incendios y sequías pueden rebrotar vigorosamente. Es difícil no compartir admiración por ese árbol. La raíz pivotante es un fuerte vástago que se hunde en el suelo, de donde nacen las raíces secundarias. ¿Dónde situar las raíces de España, que se extienden a gran distancia del tronco? Por la analogía, por semejanza de contrarios, cierta cosa nos remite al mapa de la antigua Iberia. Los mares circundantes: el Cantábrico, el Mediterráneo y el océano Atlántico, y cerrando el paso por tierra, la cordillera pirenaica. Entre estos límites perfectamente diferenciados se sitúa la península Ibérica. O sea, España. Se ha dicho que es como si el corte del medio natural se ofreciera «al destino particular de un grupo humano». Un territorio apartado, con límites bien trazados y con un centro solitario. Una tierra armoniosa y acogedora. Como si el territorio «se ofreciera a la elaboración de una unidad histórica». Así sucede y así ha sucedido siempre.</p>
<p>Y ahora volvamos a las cosas fantásticas, volvamos a hablar de árboles. Creemos que pueden favorecer el encaje territorial. La analogía nos permite entreverlo. El producto de una serie de observaciones sobre campos distintos y comparables sirve más como medio de invención que como argumento probatorio.</p>
<p>La primera vez que oí la palabra «España» fue en la letra de una canción de Cecilia. «Mi querida España», decía. Yo era aún adolescente. El nombre, la palabra «España», sólo se escuchaba en la asignatura de Formación del Espíritu Nacional. En aquella Barcelona se vivía a despecho de la lógica histórica. No es temerario suponer que España fuera para mí inspiración, diálogo con la ausencia: oración y poesía. España aislaba y unía. Era el compendio de todo lo que ansiaba y temía. Invitaba al conocimiento de su paisaje. Azorín y Machado me enseñaron a mirar los árboles. Mientras leía, la mente viajaba hacia otro lugar. La poesía española fue crucial en mi formación. La manera de enlazar las ideas me viene de sus metáforas y de sus comparaciones. Aprendí a relacionar a este país con un árbol fabuloso, de grandes y dispares ramas. Solía concordar una cosa con la otra. Hubo ocasiones en que España se me antojó despiadada y fatal. Me suscitaba el conocido «Duelo a Garrotazos», la pintura negra más difundida de Goya, obra que expresa la violencia congénita de la vida española. Que en todo tiempo España hubiese estado en lucha fratricida era cierto en parte. La verdad es que el enfrentamiento se ha repetido una y otra vez, ha sido una nota constante de la vida política hasta nuestros días.</p>
<p>Aquí vale la pena una pequeña digresión. Catalanes y españoles compartimos el azul del cielo, la claridad de las nubes que pasan. Cuando hay imaginación y diálogo se desvelan retazos de cielo azul, la faz del cielo. Desde la muralla de los Pirineos hasta las vegas de Andalucía se extiende, aislado, inaccesible, el paisaje de Iberia. Se dice que la periferia, al no ser un mundo cerrado, parece volver la espalda a la meseta central. Desde el plano analógico, las regiones marítimas parecen destinadas a tener destinos autónomos, como si tendieran a desertar de la comunidad interior. La geografía es también hado, sino. Tampoco se puede vivir a despecho de la lógica geográfica.</p>
<p>Por medio de los trucos de la analogía se puede topar con lo incomprensible. Transfiriendo el asunto al plano imaginativo, el tronco, ah, el tronco, parte principal del árbol que nos hace participar de la energía de la tierra, equivale al idioma común. El latín que origina las lenguas románicas es otro dato que une. Hay una raíz y un tronco comunes de los cuales surgen las diversas lenguas peninsulares. Las regiones litorales fueron rápidamente romanizadas, y sojuzgadas durante siglos. Provenimos de una tierra donde no es posible sustraerse de la historia de Roma. El idioma que se fragua en Cataluña entronca concluyentemente con el latín.</p>
<p>Podemos ir pensando que el emblema del tronco ibérico es Faetón, y su afán, un deseo de subir alto y emprender grandes empresas. Todo está estrechamente relacionado.</p>
<p>No dejemos de mirar hacia el pasado. Visigodos y musulmanes cambian la suerte de ese tronco. Los visigodos, como es sabido, llegan de las Galias romanizadas, y tres siglos más tarde los musulmanes traen nuevas formas de vida.</p>
<p>Pero el sortilegio se desvanece. El tronco del árbol empieza a dividirse en ramas secundarias, bifurcándose en un mismo punto. Abordemos de nuevo lo real. La Edad Media discurre como un tren que avanza por la noche. Del mismo modo que en el siglo XII Castilla había paralizado la expansión de las clases medias, a diferencia de Cataluña, el tronco del árbol ibérico, que viene ahora a encarnarlo el pino piñonero, ha dejado de crecer hacia lo alto. Cuando ese tronco se ramifica, y las ramas forman una capa corimbosa, surge la complicación. Así como el parasol se consigue por la poda anual de los verticilos de ramas, hasta dejarle poco más que un plumero de ramaje en lo alto y parecer un candelabro que resalta contra la claridad del cielo, la historia implica apuro, dificultad, conflicto. Constituidos por conjuntos de ramas secundarias, los árboles ofrecen una silueta característica: piramidal, cónica, globosa, aparasolada, péndula, asimétrica&#8230; Las ramas pueden ser erectas, patentes, péndulas o colgantes. Siempre diversas.</p>
<p>El árbol de España viene a ser un compendio de varias especies. Tiene genes de encina y de pino piñonero, pero también lleva la carga genética del naranjo.</p>
<p>La historia continua. En el siglo XIII se viven los momentos de mayor armonía conocidos por España. No es difícil adivinar el porqué: los soberanos de la corona de Aragón son catalanes. Cuando Aragón se une por matrimonio con el condado de Barcelona, la aclamación linda con la reverencia. Aquello debió ser como soñar un sueño despierto.</p>
<p>Escrito por <strong><a href="https://www.editorialcomba.com/ignacio-viladevall/">Ignacio Viladevall</a></strong></p>
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			</item>
		<item>
		<title>Planeta azul sobre fondo negro</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/planeta-azul-fondo-negro/</link>
					<comments>https://editorialcomba.com/blog/planeta-azul-fondo-negro/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 15 Dec 2015 22:22:13 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Mucho nos tememos que en los próximos años va a verse con una evidencia incontrastable como la Tierra se tiñe de azul. No habrá en toda su inmensidad más que ese color. Un color que será trasunto de la tristeza. Cuando se patentice el avance de los mares, el color celeste se extenderá de modo impensable. Las actividades humanas habrán roto el equilibrio existente entre tierra y agua, el cambio climático tiene una causalidad humana. Antes hubo superficies de color tierra, ocre amarillo, verde pastel, pardo claro. Espacios de la vida terrestre, islas y continentes. La pena del agua es infinita. La vida aparece envuelta en una total confusión. Conviene que nos preguntemos cuándo empezó a fraguarse esa imagen patética del planeta. Es indecible hasta qué punto el calentamiento global inició el deshielo de los glaciares. Hoy el litoral se hunde bajo el agua, y las costas desaparecen. Los campos inundados ofrecen un cuadro desolador. Nos obsesionan los efectos del calentamiento en la biodiversidad: desde el oso polar, cuya población disminuirá en casi un 30% en los próximos 40 años, hasta el pingüino, pasando por toda clase de mariposas; la regresión de los lepidópteros se ha constatado en más de ochenta especies. El calentamiento afecta al ecosistema y a las relaciones entre distintas especies. La humanidad se suicida porque la naturaleza, su hermosura, sucumbe. De la misma manera podríamos interpretar la inundación de las costas como la “ofeliaización” del planeta; nos ha atrapado la imagen shakesperiana. Como Ofelia, la criatura nacida para morir en el agua, la superficie terrestre parece decidida a suicidarse. La relación entre agua y tierra se vuelve imposible. Nos recuerda la obra de un artista que bajo el signo del caos y de la fantasía se expresaba con nuevas formas. Si hay un pintor que tenga intuición de la tragedia ecológica actual, es ciertamente Mark Rothko. Pintó óleos sobre lienzos marrones y azules que transportan mensajes proféticos y éticos. Sus célebres expansiones cromáticas no sólo traen un mensaje visionario, poseen una fuerza que afecta a siete millones de personas; ya decía que aspiraba a que la gente llorase al ver sus cuadros. El avance azul devora el orbe, la superficie terrestre. La pintura es pura fantasía, pero una fantasía exacta. Ubiquemos todo ese arte absurdo e irracional en la coyuntura política actual, tenemos la Conferencia del Clima a las puertas. Urge lograr un acuerdo mundial de reducción de gases de efecto invernadero, disminuir las emisiones, refrenar los pleamares del calentamiento. Un tratado que permita limitar el aumento de la temperatura global a 2º C parece ser totalmente posible.					]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Mucho nos tememos que en los próximos años va a verse con una evidencia incontrastable como la Tierra se tiñe de azul. No habrá en toda su inmensidad más que ese color. Un color que será trasunto de la tristeza. Cuando se patentice el avance de los mares, el color celeste se extenderá de modo impensable. Las actividades humanas habrán roto el equilibrio existente entre tierra y agua, el cambio climático tiene una causalidad humana. Antes hubo superficies de color tierra, ocre amarillo, verde pastel, pardo claro. Espacios de la vida terrestre, islas y continentes. La pena del agua es infinita. La vida aparece envuelta en una total confusión. Conviene que nos preguntemos cuándo empezó a fraguarse esa imagen patética del planeta. Es indecible hasta qué punto el calentamiento global inició el deshielo de los glaciares. Hoy el litoral se hunde bajo el agua, y las costas desaparecen. Los campos inundados ofrecen un cuadro desolador. Nos obsesionan los efectos del calentamiento en la biodiversidad: desde el oso polar, cuya población disminuirá en casi un 30% en los próximos 40 años, hasta el pingüino, pasando por toda clase de mariposas; la regresión de los lepidópteros se ha constatado en más de ochenta especies. El calentamiento afecta al ecosistema y a las relaciones entre distintas especies. La humanidad se suicida porque la naturaleza, su hermosura, sucumbe. De la misma manera podríamos interpretar la inundación de las costas como la “ofeliaización” del planeta; nos ha atrapado la imagen shakesperiana. Como Ofelia, la criatura nacida para morir en el agua, la superficie terrestre parece decidida a suicidarse. La relación entre agua y tierra se vuelve imposible. Nos recuerda la obra de un artista que bajo el signo del caos y de la fantasía se expresaba con nuevas formas. Si hay un pintor que tenga intuición de la tragedia ecológica actual, es ciertamente Mark Rothko. Pintó óleos sobre lienzos marrones y azules que transportan mensajes proféticos y éticos. Sus célebres expansiones cromáticas no sólo traen un mensaje visionario, poseen una fuerza que afecta a siete millones de personas; ya decía que aspiraba a que la gente llorase al ver sus cuadros. El avance azul devora el orbe, la superficie terrestre. La pintura es pura fantasía, pero una fantasía exacta. Ubiquemos todo ese arte absurdo e irracional en la coyuntura política actual, tenemos la Conferencia del Clima a las puertas. Urge lograr un acuerdo mundial de reducción de gases de efecto invernadero, disminuir las emisiones, refrenar los pleamares del calentamiento. Un tratado que permita limitar el aumento de la temperatura global a 2º C parece ser totalmente posible.</p>
<p>Pero vayamos a París, el mundo no es una obra abstracta, vive y respira. En los primeros días hubo en la Cumbre del Clima una alegría desbordada, cierta euforia. Un importante mandatario instó a llegar a un acuerdo jurídicamente vinculante. Era comprensible: de no tomar medidas, la temperatura global del planeta subirá en 2 grados en la década de 2030, lo cual supondría eventos climatológicos extremos y la extinción de entre un 20 y un 30% de animales y plantas; de continuar con el ritmo actual de emisiones, el año 2100 podría dispararse incluso hasta en 5 grados. El jueves 3 supimos que Honduras, Birmania y Tahití son los tres países que se han visto afectados los últimos veinte años por sucesos meteorológicos graves: hubo 525.000 muertos en huracanes, tormentas, inundaciones y enfermedades infecciosas. El viernes 4 ya se sabía que India no iba a ceder su dependencia al carbón. Las negociaciones eran complejísimas. El carbón parece ser la única forma realista de producir energía en el mundo pobre. Ese mismo día se denunciaron maniobras obstruccionistas de países ricos. Entre países desarrollados y países en vías de desarrollo hubo debate, pero también enfado y descontento. Mientras la Unión Europea se inclinaba por acabar con el uso de combustibles fósiles en el año 2050, China prefería ir dejándolo de modo paulatino, y presentaba oposición a acelerar el calendario de reducción de emisiones. ¿A qué potencia emergente le interesa que los beneficios vayan a percibirse en el futuro pero que el coste del compromiso tenga que soportarlo el presente? Lo que para una potencia mundial es bueno, es con frecuencia malo para otros países. “Nada es en sí bueno ni malo, todo es relativo.” Los intereses de las grandes potencias son tan dispares como despiadados: el 10% más rico del planeta emite el 50% de los gases contaminantes. Cada país se ocupa exageradamente de sí mismo; peca de egotismo. Cada potencia se recrea en su cuidado propio; peca de egolatría. Cada cual arrima el ascua a su sardina. A los países ricos no les interesa el prójimo. Sus buenas intenciones son, literalmente, poco más que nada. ¡Qué país emergente va a aceptar la reducción de sus emisiones! ¡Si esto es una opción imposible! Ya lo sabíamos. La cualidad fundamental del ser humano es el egoísmo. Conocemos el Leviatán de Thomas Hobbes. “El hombre es un lobo para el hombre.” ¡Cuántas dudas para los delegados! ¿Cómo se va a verificar que los compromisos de cada país se cumplen, y qué países financiarán el acuerdo? La especie humana es un error de la naturaleza, cada vez más miserable, no mejorará nunca. Parte del conflicto consiste en establecer qué países deben incluir medidas para ayudar a los países pobres. El sábado 5 hubo un bosquejo de acuerdo, reinó en el ambiente un moderado optimismo. La mayoría de participantes aprobaban un borrador de 48 páginas con las líneas maestras del acuerdo ideal. Un total de 186 de los 195 países presentaron planes de reducción de emisiones para aplicar entre 2020 y 2030. Se ultimó un texto, plagado de corchetes, en el cual se declaraban decididamente en contra del pesimismo. Entraba la cumbre en su semana clave y las decisiones más difíciles estaban aún por tomar. El lunes 7 París amaneció con carteles de “western”. Leímos que se buscaban siete personajes para los cuales, dado que representan grupos de presión financiados por la industria de los combustibles fósiles, la Cumbre suena a embuste torpe y apañado. El martes 8 un nuevo límite del calentamiento de 1’5º C entraba en juego, pero los países productores de petróleo se negaron en redondo a aceptarlo. Las políticas españolas no salían asimismo bien paradas. Debido a una pésima política en renovables, España se tachó como un país sin resultados en la lucha contra el cambio climático. Para que el acuerdo lo puedan firmar todos los países, se hacen piruetas verbales. Pero en la recta final no está claro aún si el pacto de París va a ser un acuerdo, un protocolo o un tratado. Sin consenso, todo sigue “al borde del abismo”. El miércoles 9 la presidencia francesa anunció compensaciones a países pobre, pero nada podía sostenerse. De pronto, cuando ya parecía imposible hasta un milagro, la solución pasaba por eliminar cierto número de opciones todavía enmarcadas entre corchetes. El jueves 10 la cumbre se encalló. Para que Estados Unidos firmara el acuerdo, el borrador suprimía la vinculación jurídica de la reducción de emisiones; esto significaba que no podía aceptar que los objetivos que debía acometer le vinieran impuestos desde un tratado internacional. De ese modo, nada puede sostenerse, la temperatura en 2100 aumentará alrededor de tres grados. La Cumbre del Clima parece haber sido una pobre entelequia. Hay que ser muy ingenuo para pensar que se puede crear un compromiso con el futuro y convertir la vida del mundo en un paraíso. Eso sí, “se trabajará para reducir emisiones.” De qué modo se devaluaba la ambición del pacto. Sin embargo, el viernes 11 la situación no era mala, se hablaba de un éxito no imposible. El sábado 12 de diciembre se respiran en la Cumbre aires de de euforia. Se anuncia que se ha alcanzado un principio de acuerdo “legalmente vinculante” para contener el cambio climático, y que el compromiso se alcanzará mediante una economía baja en carbono. Ya veremos si ello es eficaz. Porque el acuerdo no compromete a los países a reducir sus emisiones con la urgencia requerida. Ni incluye medidas para ayudar a los países pobres a afrontar la sequía, el aumento del nivel del mar y las inundaciones.</p>
<p>El mundo se vuelve distinto. Puesto que el acuerdo es una entelequia, una situación perfecta que no puede existir en la realidad, el planeta se irá tiñendo de azul. De un solo color. De ese color tan triste que nos acongoja. Aunque sea el mismo color del cielo al amanecer, la expansión cromática posee una fuerza dramática, como un impulso despiadado y fatal. Expresa la desgracia, el sino, la fatalidad del destino. Al no poder evitar la degradación de la Tierra, sentimos un estremecimiento glacial. Dado que mares y océanos están rebosando, no cabe sino atrincherarse contra el destino adverso. Vamos reconociendo la visión del planeta inundado, cubierto de agua. La tierra es materia de desesperación. Del mismo modo que Rotkko (el pintor que redujo la pintura a grandes superficies de color terminó cortándose las venas), o como Ofelia, que murió cubierta por las aguas, el planeta se suicida. Comprendemos aturdidos el acierto de la analogía: un mundo con un incremento de 5 grados constituiría otro drama, otra catástrofe, pues se producirían extinciones masivas, desaparecerían las costas actuales y estallaría el caos migratorio. Como en una pintura Negra de Goya, se atisba una atmósfera absurda y tenebrosa. El cuadro del planeta Tierra aparece pintado sobre el fondo negro del firmamento, como luz creando oscuridad a su alrededor. De la inmensa noche del universo viene lo inexplicable, lo irracional, el miedo y los monstruos que salen de la nada. Pero dicen que el caos es también un estadio inicial ciegamente impulsado hacia un nuevo orden de fenómenos y de significaciones desconocidas.</p>
<p>Escrito por <strong>Ignacio Viladevall</strong></p>
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