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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Clase media</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 10 Dec 2015 16:02:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[Santiago Roncagliolo]]></category>
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					<description><![CDATA[La escritora chilena Claudia Apablaza, editora también de Los Libros De La Mujer Rota, escribió en 2007 un revelador e inquietante relato titulado Mi nombre en el Google. ‹‹Cada noche busco mi nombre en el Google —dice al principio el narrador—. Hace exactamente tres semanas que no aparece nada nuevo. Esto me irrita, me molesta, me produce mucha rabia.›› Esta circunstancia llegará a no pocas personas, quienes cada noche, pues la noche es débil, teclearán su nombre en el ordenador o el teléfono móvil con la ilusión de encontrarse a sí mismos o de encontrar una nueva idea de sí mismos que otros habrán vertido. ‹‹A estas alturas —continúa el relato de Apablaza—, si no apareces en el Google, no eres nadie.›› Da igual a lo que uno se dedique, ya sea a las artes, a las leyes, a las finanzas, a la gastronomía o al deporte; en todos los campos Google sirve de expansión y de gratuito reconocimiento, ya que nada o casi nada cuesta, y nada, desde luego que nada, retribuye; pero hay que estar ahí.
Tantos personajes que quisieran saberse en Google, ya no tanto para tener noticias de su inmediato futuro, como le sucede al personaje de Apablaza, cuanto para tener conciencia de sí mismos en otro mundo que no es el suyo pero es el que desean, como muestra fehaciente de que dejaron atrás la realidad oscura en que les tocó crecer. Así andan los personajes de Salvo el poder, el esperado debut narrativo del periodista peruano Ernesto Escobar Ulloa, once relatos unidos por el sentimiento de desarraigo, de ser víctimas de hechos con los que nada tuvieron que ver, y cuyo peso, sin embargo, llevan a cuestas. Como resalta Santiago Roncagliolo en el prólogo, Escobar Ulloa se ocupa al igual que Ribeyro de la clase media, y cuando acude al poder es para sentirlo desde la maltrecha clase media. Su galería de personajes, en palabras de Roncagliolo, ‹‹está al borde del abismo. Y cada día da un paso adelante. Come en pollerías baratas. Esquiva furgonetas de transporte público como leones en un safari. Compra estampitas en puestos de la calle. Roba en centros comerciales emergentes››. La enumeración podría alargarse, con referencias directas o indirectas a dichos personajes, algunos de los cuales, si bien no se buscan en Google, sí lo usan para sacar información de su interés. ¿Y qué encontrarían en caso de escribir sus propios nombres? Nada bueno, probablemente, peor aún que el personaje de Apablaza, al que encima le falla la conexión. Quiere saber qué hay de nuevo sobre sí mismo, qué trae la prensa, si es que algo trae, e incluso los propios internautas. Pero internet da error una y otra vez, un hecho para nada aislado, frecuente igual en las casas humildes que en las de clase media, y quizá también, es un suponer, en las de la clase más elevada. Pero éstos… ¿qué buscarán, acaso también sus nombres?						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>La escritora chilena Claudia Apablaza, editora también de Los Libros De La Mujer Rota, escribió en 2007 un revelador e inquietante relato titulado <em>Mi nombre en el Google</em>. ‹‹Cada noche busco mi nombre en el Google —dice al principio el narrador—. Hace exactamente tres semanas que no aparece nada nuevo. Esto me irrita, me molesta, me produce mucha rabia.›› Esta circunstancia llegará a no pocas personas, quienes cada noche, pues la noche es débil, teclearán su nombre en el ordenador o el teléfono móvil con la ilusión de encontrarse a sí mismos o de encontrar una nueva idea de sí mismos que otros habrán vertido. ‹‹A estas alturas —continúa el relato de Apablaza—, si no apareces en el Google, no eres nadie.›› Da igual a lo que uno se dedique, ya sea a las artes, a las leyes, a las finanzas, a la gastronomía o al deporte; en todos los campos Google sirve de expansión y de gratuito reconocimiento, ya que nada o casi nada cuesta, y nada, desde luego que nada, retribuye; pero hay que estar ahí.</p>
<p>Tantos personajes que quisieran saberse en Google, ya no tanto para tener noticias de su inmediato futuro, como le sucede al personaje de Apablaza, cuanto para tener conciencia de sí mismos en otro mundo que no es el suyo pero es el que desean, como muestra fehaciente de que dejaron atrás la realidad oscura en que les tocó crecer. Así andan los personajes de <em>Salvo el poder</em>, el esperado debut narrativo del periodista peruano Ernesto Escobar Ulloa, once relatos unidos por el sentimiento de desarraigo, de ser víctimas de hechos con los que nada tuvieron que ver, y cuyo peso, sin embargo, llevan a cuestas. Como resalta Santiago Roncagliolo en el prólogo, Escobar Ulloa se ocupa al igual que Ribeyro de la clase media, y cuando acude al poder es para sentirlo desde la maltrecha clase media. Su galería de personajes, en palabras de Roncagliolo, ‹‹está al borde del abismo. Y cada día da un paso adelante. Come en pollerías baratas. Esquiva furgonetas de transporte público como leones en un safari. Compra estampitas en puestos de la calle. Roba en centros comerciales emergentes››. La enumeración podría alargarse, con referencias directas o indirectas a dichos personajes, algunos de los cuales, si bien no se buscan en Google, sí lo usan para sacar información de su interés. ¿Y qué encontrarían en caso de escribir sus propios nombres? Nada bueno, probablemente, peor aún que el personaje de Apablaza, al que encima le falla la conexión. Quiere saber qué hay de nuevo sobre sí mismo, qué trae la prensa, si es que algo trae, e incluso los propios internautas. Pero internet da error una y otra vez, un hecho para nada aislado, frecuente igual en las casas humildes que en las de clase media, y quizá también, es un suponer, en las de la clase más elevada. Pero éstos… ¿qué buscarán, acaso también sus nombres?</p>
<p>Lo interesante de buscarse a uno mismo está en las asociaciones que Google hace, en función del nombre y de aquello que viene relacionado con el nombre, es decir, lugares, aficiones, amistades y vicios de la persona en cuestión. Google tira del hilo son compasión, listo para dar muerte al Minotauro y a la malsana curiosidad, para luego volver atrás libre de culpas. De los personajes de Escobar Ulloa revelaría no pocas tropelías, desde robos a colmados a integración en el Partido Comunista, pasando por el asalto a un burdel. Pero estar en Google, verse en Google, y más aún si es en la primera página, significa formar parte de las historia, desde ya, desde el momento en que el cursor se ubica junto al nombre y su leve tintineo acusa la historia viva. Todo así, tan rápido, antes incluso de que el periódico de la mañana traiga las noticias.</p>
<p>El personaje de Apablaza pretende saber a través de Google cuándo saldrá su próximo libro, un método para él mucho más eficaz que el clásico telefonazo al editor, si no fuera porque la conexión a internet le falla. Y esto es lo más certero. Internet falla, en los cuentos de Apablaza, en los de niños, en los de nunca acabar… y siempre por supuesto cuando uno menos se lo espera. Los magnates y hombres de negocios hechos a sí mismos que lo gestionan no son más que espabilados ladronzuelos que nunca perdieron el tiempo buscando su nombre en Google, si acaso en burdeles cinco estrellas, en los mayores saraos, donde la conexión nada tiene que ver con la que ofrecen y cobran a la sufrida clase media de Ribeyro y Escobar Ulloa, esa clase, a fin de cuentas, tan necesaria para la estabilidad social y económica y mental.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Santas redes</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 Nov 2015 21:39:01 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Lo más divertido de las redes sociales no es tanto el contenido cuanto el efecto que ejercen en las personas, y nadie se salva —o apenas nadie—, por más que algunos den en el perfil contrario al que se supone. Quien no tiene una cuenta en Facebook, la tiene en Twitter, en Google+, en Instagram o en Linkedin, si no en otras de menor relevancia, fáciles por tanto de combinar con éstas, que a su vez son combinables. Lo que está en Facebook, por ejemplo, se anuncia en Twitter y se muestra en Instagram. Pueden ser citas de los más grandes pensadores o literatos —‹‹Lo más profundo que posee el hombre es su piel››, André Gide—, pero al final su valor radicará en la presentación, el espacio, la manera en que dicha cita vaya envuelta. Una foto de Gide ya mayor, de la época en que le dieron el Nobel, quizá sea preferible para el caso a una de cuando era joven y realizaba viajes a las regiones más inhóspitas del ser humano. ¿A su piel? El aspecto bien parecido que tenía en aquel entonces daría a la sentencia un tono, más que a boutade, altisonante. Hay que acompasar palabra e imagen, ahí está el quid de las redes sociales, cada una con sus prioridades —palabra o imagen—, para que la gente dé cuenta de su garbo o de su torpeza, y luego, lo que es mejor, encuentre simpatías ajenas. ‹‹Pues yo me desvivo por tus carnes››, capaz de responder alguno.
Se pueden soltar también mensajes revolucionarios, tipo ‹‹a quemar las banderas››, para al cabo poner otras, claro está, inevitable repetición humana, y ese mensaje, según esté puesto, alcanzará un eco que ya quisiera para sí cualquier político o literato con ansias de poder. No se puede ignorar la fuerza de estos medios, y es que sus usuarios se cuentan en miles de millones. Tienen acceso en el trabajo, en casa, en el móvil… Es decir, en todas partes. Y andan por la calle con la atención fija en la pantallita del móvil, revisando las actualizaciones como antaño el misal.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Lo más divertido de las redes sociales no es tanto el contenido cuanto el efecto que ejercen en las personas, y nadie se salva —o apenas nadie—, por más que algunos den en el perfil contrario al que se supone. Quien no tiene una cuenta en Facebook, la tiene en Twitter, en Google+, en Instagram o en Linkedin, si no en otras de menor relevancia, fáciles por tanto de combinar con éstas, que a su vez son combinables. Lo que está en Facebook, por ejemplo, se anuncia en Twitter y se muestra en Instagram. Pueden ser citas de los más grandes pensadores o literatos —‹‹Lo más profundo que posee el hombre es su piel››, André Gide—, pero al final su valor radicará en la presentación, el espacio, la manera en que dicha cita vaya envuelta. Una foto de Gide ya mayor, de la época en que le dieron el Nobel, quizá sea preferible para el caso a una de cuando era joven y realizaba viajes a las regiones más inhóspitas del ser humano. ¿A su piel? El aspecto bien parecido que tenía en aquel entonces daría a la sentencia un tono, más que a <em>boutade</em>, altisonante. Hay que acompasar palabra e imagen, ahí está el quid de las redes sociales, cada una con sus prioridades —palabra o imagen—, para que la gente dé cuenta de su garbo o de su torpeza, y luego, lo que es mejor, encuentre simpatías ajenas. ‹‹Pues yo me desvivo por tus carnes››, capaz de responder alguno.</p>
<p>Se pueden soltar también mensajes revolucionarios, tipo ‹‹a quemar las banderas››, para al cabo poner otras, claro está, inevitable repetición humana, y ese mensaje, según esté puesto, alcanzará un eco que ya quisiera para sí cualquier político o literato con ansias de poder. No se puede ignorar la fuerza de estos medios, y es que sus usuarios se cuentan en miles de millones. Tienen acceso en el trabajo, en casa, en el móvil… Es decir, en todas partes. Y andan por la calle con la atención fija en la pantallita del móvil, revisando las actualizaciones como antaño el misal.</p>
<p>Cualquier nueva forma de conectarse a través del móvil recibe el nombre de aplicación, y cada una es como un nuevo testamento, según a quien apele: los restaurantes, las casas de apuestas, las editoriales, los burdeles o los bancos, por no seguir con la enumeración. Las redes sociales representan a menudo una forma de convivir con el desprestigiado pecado. Ya está tardando la Iglesia Católica, de hecho, en sacar una aplicación completa, con el viejo y el nuevo testamento y los cuatro evangelios, capaz también de dar misa y de recibir la confesión de sus feligreses, con el debido perdón o castigo, según se tercie. Ahí es donde la aplicación mostrará su valor, a la hora de dirimir la enjundia del pecado. ¿Perdonaría a la Editorial Comba por hablar en vano —supuestamente—de la Iglesia? Una buena aplicación sabría castigar esos pecados verbales y perdonar los fraudes, la lascivia y el juego, debilidades tan inherentes al ser humano y propias del poder. Para eso, la aplicación debería estar bien conectada a Linkedin, donde el valor de cada uno se mide en los cargos alcanzados.</p>
<p>El dominio global que las redes sociales alcanzaron es similar al que la Iglesia Católica viene persiguiendo secularmente en nombre del Santísimo. No, no lo nombraremos en vano, pero esta actual omnipresencia es lo más cercano a la idea que teníamos de Él. La Iglesia desearía que, en vez de citas literarias o comentarios zafios, lo que más peso tuviera fueran pasajes de la Biblia, esto es evidente, y su puesta en común, además —la visión del desierto en cada uno, etcétera, con sus múltiples lecturas y reacciones—, permitiría una rápida detección de herejes, con sólo medir las palabras de cada usuario. Las redes facilitan mucho la tarea del espía, sea éste un clérigo o un novelista. Dan cuenta de nuestra existencia, y cualquier persona que se proponga alcanzar cierta difusión o notoriedad, por tanto, habrá de estar en alguna de ellas. Lo ponía de manifiesto en su página semanal el escritor español Gonzalo Torné, al preguntarse de qué pueden servirle a un novelista las redes sociales, y en particular, Twitter. La novela, decía, suele ser una condensación subjetiva del mundo, y en Twitter, seguía más adelante, el autor podrá contrarrestar un sinfín de opiniones e impresiones que enriquezcan su texto. La gente saca ahí su vida a relucir; expone su lado más íntimo y visceral, esto es, como en un discurso interior donde todo cabe y se mezcla y se amplifica. Lo más profundo que posee el hombre ya no es, como decía Gide, su piel, sino su perfil en las Santas Redes.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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