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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Sentir los colores</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/sentir-los-colores/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 01 Jul 2021 14:28:41 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Y los lectores ¿aprecian la fidelidad de los autores a un sello o es algo en lo que ni se fijan, carente el mundo editorial del empaque de las entidades deportivas? Y sobre todo: ¿aprecian la línea editorial, lo que da sentido al catálogo?]]></description>
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<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán*</p>



<p>Recién fichado por el Paris Saint Germain con un contrato millonario, el portero italiano Gianluigi Donnarumma no deja de ser noticia desde su precoz debut con el AC Milan en 2016. Nacido en febrero de 1999 en la Campania, se lo considera desde entonces una de las máximas promesas del fútbol italiano. En las categorías inferiores, aun y jugando con los mayores, los equipos rivales pedían su ficha porque no creían posible que un chaval de esa edad fuera tan bueno. No sólo eso, sino que era dos años más pequeño. En 2013 lo fichó el AC Milan, a cuyo primer equipo llegó sin apenas pisar el filial, siendo el portero habitual desde los dieciséis años. La afición lo consideraba un baluarte, un jugador en torno al cual el club debía sentar las bases para una nueva época gloriosa. Pero Donnarumma nunca estuvo por la labor. Se dejaba querer. Hasta hoy.</p>



<p>Libre de ataduras contractuales y con montones de ofertas sobre la mesa, incluida la de renovación del AC Milan —la enésima—, se decantó este verano por el proyecto parisino. Este desafecto suyo tuvo a la afición encendida durante toda su etapa milanista, al punto de llamarlo <em>Dollarumma</em>, juego de palabras común en la prensa deportiva. Los ejemplos son numerosos y penosos por igual. La hinchada <em>rossonera</em> pedía que fuera su nuevo hombre de club, como Buffon para la Juventus, Totti para la Roma, Guerrero para el Athletic o Paolo Maldini para el mismo Milan, quien intervino en su momento advirtiendo del sinsentido de llamar traidor a un chaval de —por entonces— dieciocho años. También el presidente del Senado, muy a la italiana, puro drama, participó de la cuestión pidiendo no criminalizar al joven portero. ¿Y por qué alguien habría de hacerlo?</p>



<p>Conviene tener presente la famosa sentencia de Manolo Vázquez Montalbán según la cual uno puede cambiar de mujer, de orientación política, de religión… pero nunca de equipo de fútbol. Se refería a la hinchada, claro está, al sentimiento de calor y pertenencia que aportan los colores al aficionado. Donnarumma se convirtió en 2016 en el jugador más joven en debutar con la selección italiana, camiseta que está defendiendo en la presente Eurocopa y que, salvo sorpresa, lucirá bastantes años más, como lo hicieron Casillas para España, Buffon para Italia o Kahn para Alemania. Para ello cambiar de aires unas veces ayuda y en otras no, en función siempre del proyecto deportivo más que de la chequera del club elegido, y aun así… ¿quién sabe? El éxito es difícil de prever, son muchas sus variantes. ¿Conseguirá el PSG con Donnarumma su ansiada Champions League?</p>



<p>Tampoco los escritores saben cuál será su suerte al publicar en una editorial en vez de otra, al dejar, por ejemplo, un sello de los llamados independientes, donde uno ha labrado su carrera, para incorporarse a un gran grupo. Autores como Javier Cercas, Álvaro Pombo, Paul Auster o José Manuel Fajardo podrían responder a esto. También Elena Ferrante, por cierto. ¿Se habría extendido tanto Cercas en <em>El impostor</em> de haberlo publicado en la Tusquets de Beatriz Moura? Y Pombo… ¿habría empezado una novela diciendo «hablando no se entienden las personas» de no haber mudado su obra?</p>



<p>Ver la obra completa publicada en una misma editorial es bello y elegante, pero ya pasaron los tiempos de Miguel Delibes, el mundo dio unas cuantas vueltas de más y lo único que al final importa es el trabajo con ciertas personas de confianza, que de igual manera pueden estar cambiando de aires cada equis años. El propio Delibes se jactaba de haber sido fiel a un editor más que a un sello editorial. ¿Y los lectores, aprecian ellos esta fidelidad a un sello o es algo en lo que ni se fijan, carente el mundo editorial del empaque de las entidades deportivas? Y sobre todo: ¿aprecian la línea editorial, lo que da sentido al catálogo? Es un elemento clave en las editoriales pequeñas y medianas, las cuales suelen buscar la fidelización del lector en una línea cuidada, sin estridencias. Es su manera de remar contra la lógica del mercado y la tendencia de los grandes grupos a acumular poder —sellos y autores—, con un criterio que a menudo sólo las ventas alcanzan a justificar. Es la única forma de sobrevivir, tal vez, imponiendo la fuerza.&nbsp;</p>



<p>En el fútbol son las sociedades con capital extranjero las que mandan. El propio AC Milan forma parte hoy día de una sociedad en su mayor parte de capital chino, tal como les sucede a sus vecinos del Inter. «Siento tristeza —decía Maldini, actual director deportivo del club—. Aunque si una empresa como el Milan no se puede mantener, lo mejor es venderla.» En España se dan casos similares, con el RCD Espanyol y el Valencia CF en primer lugar —más bien descontenta su afición—, así como en el resto de Europa, donde el capital árabe y ruso entró con fuerza en Francia e Inglaterra. Querer a un club en estas circunstancias globalizadas es medio falso, por muy devoto que uno sea, y menos aún en el caso del propio futbolista, cuya carrera por lo general es corta y está supeditada a la suerte que corra con las lesiones. Sólo unos pocos equipos pueden presumir de este sentimiento de club, y el aficionado moderno debe ser consciente de ello, de que si uno cambia de mujer —pareja, esposa, marido—, abandona la religión y deja de creer en la política, tanto o más volátiles serán los colores de su equipo de fútbol. Le queda tan sólo confiar en el criterio de algún sello independiente, que para eso están —estamos—: para discutir hegemonías.&nbsp; &nbsp;</p>



<p></p>



<p>*Una versión anterior de este artículo se publicó en junio de 2017 en <em>Revista Eñe</em></p>
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		<title>Geografía futbolística</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/1959-2/</link>
					<comments>https://editorialcomba.com/blog/1959-2/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 19 Dec 2017 14:04:26 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Para muchos la geografía española se organiza a través de los estadios, desde los más conocidos como el Bernabéu (Madrid) a los que rara vez fallan, como Balaídos (Vigo) o el Sánchez Pizjuán (Sevilla). Los hay también de presencia intermitente, como el caso de El Molinón (Gijón) o el Heliodoro Rodríguez López (Santa Cruz de Tenerife). Los locutores de radio hacen de esos nombres puro deleite eufónico, los elevan con su pronunciación a la categoría de esculturas nacionales, el coso donde actúan las grandes figuras de los tiempos modernos. Y de más está soltar nombres, para todos conocidos.
La importancia de un estadio está en la envergadura de los futbolistas que recibe. No sólo el estado del terreno de juego, sino también el aforo y las equipaciones del estadio, tanto interiores como exteriores, son determinantes para albergar un partido de primer nivel. Desde la tragedia de Hillsborough, en Sheffield, en que falleció casi un centenar de personas por avalancha, ni el fútbol ni la manera de ir al fútbol es la misma. Corría entonces el año 1989, año clave en la historia contemporánea y que, al decir de no pocos historiadores, significó un cambio de época y el fin en la práctica del convulso siglo XX. Los acontecimientos se fueron desencadenando en una nueva dimensión que afectó por igual al mundo del fútbol, uno de cuyos momentos decisivos fue la entrada en vigor de la llamada ley Bosman (1995), con la consiguiente alteración del mercado y de las competiciones hasta la vorágine actual.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/zaragoza-osasuna-2005/"> </a></p>
<p>Para muchos la geografía española se organiza a través de los estadios, desde los más conocidos como el Bernabéu (Madrid) a los que rara vez fallan, como Balaídos (Vigo) o el Sánchez Pizjuán (Sevilla). Los hay también de presencia intermitente, como el caso de El Molinón (Gijón) o el Heliodoro Rodríguez López (Santa Cruz de Tenerife). Los locutores de radio hacen de esos nombres puro deleite eufónico, los elevan con su pronunciación a la categoría de esculturas nacionales, el coso donde actúan las grandes figuras de los tiempos modernos. Y de más está soltar nombres, para todos conocidos.</p>
<p>La importancia de un estadio está en la envergadura de los futbolistas que recibe. No sólo el estado del terreno de juego, sino también el aforo y las equipaciones del estadio, tanto interiores como exteriores, son determinantes para albergar un partido de primer nivel. Desde la tragedia de Hillsborough, en Sheffield, en que falleció casi un centenar de personas por avalancha, ni el fútbol ni la manera de ir al fútbol es la misma. Corría entonces el año 1989, año clave en la historia contemporánea y que, al decir de no pocos historiadores, significó un cambio de época y el fin en la práctica del convulso siglo XX. Los acontecimientos se fueron desencadenando en una nueva dimensión que afectó por igual al mundo del fútbol, uno de cuyos momentos decisivos fue la entrada en vigor de la llamada ley Bosman (1995), con la consiguiente alteración del mercado y de las competiciones hasta la vorágine actual.<br />
Jeques árabes, sociedades norteamericanas, empresarios chinos, magnates rusos…, gentes de altos vuelos económicos que ponen el fútbol cada vez más lejos del sentimiento romántico que cada escudo representa. Esto excede el tufillo del dinero descrito por Juan Villoro en<em> Dios es redondo</em>, libro fundamental para los amantes del fútbol: «El dinero aceita los clubes y en buena medida decide los resultados.» ¿A quién le importa un equipo cuyo propietario es un mero inversor en busca de resultados económicos? Sólo los estadios ponen orden al fin en ese mapa que habrá de prevalecer, sean cuales los designios de la macroeconomía aplicada al deporte. Y que una ciudad tenga un equipo en Primera División significa también aupar su nombre en la cartografía nacional.</p>
<p>El ascenso del Girona, esta temporada, hace que el pequeño pero carismático Montilivi amplíe el diámetro futbolístico de la península, así como el C.D. Tenerife o la U.D. Las Palmas nos acercan las Islas Canarias cuando están en Primera. Cada estadio es símbolo de la orografía donde está enclavado, y no es baladí, por tanto, que los locutores entonen su nombre con energía según se disponen a cantar las alineaciones. «Son capaces —escribe Villoro— de transformar un juego sin gloria en la caída de Cartago.» Con ellos lo mismo impone un Bernabéu al pie de la Castellana, con todo su lustre de personalidades engominadas, que Mendizorroza junto al Paseo de Cervantes vitoriano o El Sardinero tras la marea cántabra. Hacen que los estadios ganen una impronta propia. Y su victoria allí tiene entonces un valor añadido.</p>
<p>En El Sardinero presenció Rafael Alberti la final de Copa de 1928 que enfrentó al F.C. Barcelona y la Real Sociedad, con el resultado final de la famosa oda a Platko, portero húngaro que defendía la camiseta azulgrana y que aquella noche brilló con luz propia. En una acción del partido, cuando el delantero de la Real avanzaba con el balón en una situación manifiesta de gol, Platko se arrojó a sus pies para contener la jugada, recibiendo a cambio una patada en la cara que le obligó a retirarse del terreno de juego. Le aplicaron seis puntos de sutura. Y volvió a saltar al campo, para jolgorio de los espectadores, entre ellos, Alberti. «Rubio Platko de sangre —escribió el poeta—,/ guardameta en polvo,/ pararrayos. […]/ tigre ardiente en la hierba de otro país./ ¡Tú, llave, Platko, tú, llave rota,/ llave áurea caída ante el pórtico áureo!»</p>
<p>Alberti había acudido al partido invitado por José Mª de Cossío, cántabro de postín, distinguido literato también, y la oda completa se publicó una semana después en la primera página de<em> La Voz de Cantabria</em>. La presencia de intelectuales en los estadios, sean de la rama que sean, les confiere una pátina especial ante la posibilidad de poner la rúbrica en palabras o imágenes a una acción futbolística. Ahí están Juan Villoro, Javier Marías o Ignacio Martínez de Pisón, entre otros, atentos al juego de sus equipos y dispuestos a añadir gloria a sus triunfos. «El fútbol abole la lógica que rige en otros ámbitos para instalarnos en el territorio del pensamiento mágico, y en ese territorio no vemos lo que vemos sino lo que necesitamos ver», escribe Martínez de Pisón en <em>El siglo del pensamiento mágico</em>.</p>
<p>Otro campo al que hay que llegarse con mucho cuidado es El Sadar, pese a que ahora el Osasuna esté en Segunda, y lo mismo sucede en Zaragoza, con su añeja Romareda. Sesenta años ya, desde que el balón echara a rodar por primera vez en septiembre de 1957. Albergó nada menos que un Real Zaragoza – C.A. Osasuna, con remontada final de los locales (4-3), dos equipos entonces hermanados que han dejado grandes tardes de fútbol. Al Real Zaragoza le cabe el honor de ser uno de los últimos ganadores de la Recopa de Europa, aquélla de 1995 en que Naym batió desde el centro del campo al portero inglés David Seaman. «El balón subió y subió hasta rozar el cielo, y luego descendió en busca del único hueco posible entre el desesperado bracear de Seaman y el larguero de su portería. Aquello no fue un gol: aquello fue un milagro», escribe Martínez de Pisón. Para llegar a esa final el Real Zaragoza eliminó a equipos de la talla del Feyenoord o el Chelsea, en semifinales, al que derrotaron con toda solvencia en la Romareda. A aquel equipo se lo bautizó como «los héroes de París», ciudad donde tuvo lugar la final contra el Arsenal.</p>
<p>A la Romareda se le exige hoy una remodelación, proyecto que sin duda estará en la mesa de la directiva zaragocista, en la misma línea en que se remodeló Balaídos, el Espanyol se trasladó a Cornellà o el Osasuna ha ido remodelando su Sadar, estadio que este año está también de celebración. Son cincuenta años los que cumple, desde su inauguración en septiembre de 1967 con un triangular entre el Osasuna, el Vitória de Setúbal portugués y de nuevo el Real Zaragoza. Durante ocho años, de 2005 a 2013, el estadio se denominó Reyno de Navarra, a raíz del acuerdo que la entidad rojilla alcanzó con el gobierno de Navarra para promocionar la región. En ese periodo, por tanto, los locutores dieron a través del estadio mayor notoriedad a la Comunidad Foral, a ese Reyno adonde debía adentrarse el equipo rival.</p>
<p>El estadio es uno más a la hora de empezar el partido, por trillada que suene la frase; y así como se curte recibiendo a grandes equipos, es tanto más importante en la medida en que les hace frente y marca el ritmo del juego según sus características. Los hay más anchos, más estrechos, con la pista de atletismo entre la grada y el campo, sin ella, con un ambiente más frío o más cálido, con mayor o menor aforo. Y con literatos o sin ellos en las gradas. Los detalles son claves para el equipo, en la medida en que suponen una manera de ver y entender el fútbol, al margen de la coyuntura que atraviese el club .</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Roberto Bolaño en El Masnou</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Magnet]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 17 Oct 2016 15:43:26 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Hacia finales de febrero de 2003, cinco meses antes de su muerte, una librera de mi pueblo consiguió traer tras muchos empeños a Roberto Bolaño, para que hablara de lo que una lectora llamó, ante los treinta que éramos, «su obra». El Masnou pertenece a la comarca del Maresme, la misma donde vivía Bolaño, quien llegó puntual a la cita y esperó pacientemente a que la apasionada lectora, volcada en detalles de su biografía, terminara la presentación del autor.
Para empezar, Bolaño dijo que no podía hablarse de «su obra». Muchos críticos tendían a hacerlo, a hablar de su obra, pero cuando se dice obra, aclaró, sólo podemos hablar de escritores como Joyce, Kafka, Proust, Cervantes o Borges; no se puede hablar de «la obra de Bolaño».
La literatura es un oficio muy peligroso, dijo recordando a Pavese, porque rara vez el autor se siente satisfecho. Los verdaderos escritores están más cerca del suicidio, como muchos escritores lo estuvieron a lo largo de la historia. Era heroico quitarse la vida, dijo Bolaño, como aquellos romanos que en el siglo II consumaban su harakiri latino cuando llegaba el momento de poner a prueba su honor; pero esos heroísmos, como muchos otros, ya han pasado a la historia. Estamos hablando de cosas ideales, dijo, y el mundo en que vivimos no es un mundo ideal. Es un mundo distorsionado, perdido; es el comienzo de algo que ni alcanzamos a vislumbrar, sentenció como si ya hubiera estado de visita en ese mundo del futuro y hubiera regresado para contárnoslo. El mundo del futuro es un mundo dominado por el germen del kitsch que lleva en sí el sistema económico dominante, la globalización, eufemismo que oculta un gran abismo entre ricos y pobres.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[		<div data-elementor-type="wp-post" data-elementor-id="1578" class="elementor elementor-1578">
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									<p>Hacia finales de febrero de 2003, cinco meses antes de su muerte, una librera de mi pueblo consiguió traer tras muchos empeños a Roberto Bolaño, para que hablara de lo que una lectora llamó, ante los treinta que éramos, «su obra». El Masnou pertenece a la comarca del Maresme, la misma donde vivía Bolaño, quien llegó puntual a la cita y esperó pacientemente a que la apasionada lectora, volcada en detalles de su biografía, terminara la presentación del autor.</p><p>Para empezar, Bolaño dijo que no podía hablarse de «su obra». Muchos críticos tendían a hacerlo, a hablar de su obra, pero cuando se dice obra, aclaró, sólo podemos hablar de escritores como Joyce, Kafka, Proust, Cervantes o Borges; no se puede hablar de «la obra de Bolaño».</p><p>La literatura es un oficio muy peligroso, dijo recordando a Pavese, porque rara vez el autor se siente satisfecho. Los verdaderos escritores están más cerca del suicidio, como muchos escritores lo estuvieron a lo largo de la historia. Era heroico quitarse la vida, dijo Bolaño, como aquellos romanos que en el siglo II consumaban su harakiri latino cuando llegaba el momento de poner a prueba su honor; pero esos heroísmos, como muchos otros, ya han pasado a la historia. Estamos hablando de cosas ideales, dijo, y el mundo en que vivimos no es un mundo ideal. Es un mundo distorsionado, perdido; es el comienzo de algo que ni alcanzamos a vislumbrar, sentenció como si ya hubiera estado de visita en ese mundo del futuro y hubiera regresado para contárnoslo. El mundo del futuro es un mundo dominado por el germen del kitsch que lleva en sí el sistema económico dominante, la globalización, eufemismo que oculta un gran abismo entre ricos y pobres.</p><p>De repente, en sus comentarios iniciales, Bolaño parecía un marxista, aunque a poco andar su visión del mundo era sobre todo la perspectiva de alguien que no estaba dispuesto a discutir demasiado, un hombre con un patente cansancio después de haber vivido mucho en sólo cincuenta años. Aún así, se adivinaba en él al fondista que corre contra el tiempo.</p><p>Cuando habló de sus raíces españolas, se animó. Habló de los Bolaño como un clan mundial, desde Galicia hasta el fútbol costarricense, y preguntó a quiénes de los presentes nos gustaba el fútbol. Dijo que un tal Bolaño de la liga ecuatoriana se parecía a su tío. O a alguien de su familia. <a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/bolano-en-el-masnou/dibujo-roberto-bolan%cc%83o/" rel="attachment wp-att-1580"><br /></a></p><p>Habló de Bryce, de Vargas Llosa y de aquel acierto literario de García Márquez. Habló muy bien de Javier Marías, aunque también reconoció que Marías había alcanzando un punto de desquiciamiento literario. Y habló de su patria, porque yo le pregunté: ¿Qué entiendes por patria? ¿Dónde están tus raíces? Dijo que nunca se había sentido extranjero en ningún lugar, algo que no era muy habitual entre sus compatriotas. Luego citó a un escritor contemporáneo y dijo que su patria eran sus amigos y los vínculos que había establecido con los suyos allá donde iba, que el mundo no era un lugar muy habitable pero siempre habría amigos y habría literatura, aunque esta forma de expresión estaba sin duda destinada a extinguirse. Eso dijo de la literatura. Y todos nos quedamos mirando hacia el vacío del futuro, hacia ese tiempo de extinción total de la literatura.</p><p>Bolaño estaba cómodamente arrellanado en la silla que nuestra librera había dispuesto para él. Yo estaba en primera fila y vi que tenía los cordones de las botas sueltos, que no había lavado sus tejanos en varios meses. Llevaba un delgado anorak azul (se lo quitó cuando todos empezamos a fumar), bajo el cual vestía una camisa azul arrugada. Al lado del sillón había dejado un bolso deportivo que hacía pensar en alguien que viene de la piscina municipal. Tenía el pelo revuelto; y cada vez que se lo mesaba, lo dejaba aún más revuelto. </p><p><img decoding="async" class="wp-image-4223 alignright" src="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1.jpg" alt="" width="247" height="170" srcset="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1.jpg 640w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1-300x207.jpg 300w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1-600x414.jpg 600w" sizes="(max-width: 247px) 100vw, 247px" /></p><p>Bolaño ya traía esa pinta en las fotos que habíamos visto de él, esa pinta de escritor libre y despreocupado de las convenciones del <em>look</em>. Y ahora lo teníamos delante, un maestro consumado del cuento, un maestro del «seco», en su prosa, como el «Martini seco», un hombre que había desarrollado un universo estilístico cuyo rasgo sobresaliente era la libertad, pero donde tampoco estaba ausente un clima de fin de mundo, un clima agorero y hostil, poblado por personajes que en una sola vida caminan varias veces por la cuerda floja. Era el Bolaño que había inyectado una dosis de inventiva sin igual en la novela hispanoamericana, que dormitaba desde los años de <em>Rayuela</em>, <em>Adán Buenosayres</em> o <em>La vida breve</em>.</p><p><em>Los detectives salvajes </em>no es sólo una odisea moderna —la de su generación—, con su compleja iconoclasia, sino también una introspección personal en busca de un demiurgo, o en busca de una condición que excluía, desinteresadamente, a la «nación», fuera física o literaria. Esa libertad se reflejaba en él a la perfección, y entonces vimos, como otros habrán visto, esa entrañable paradoja que era Bolaño, la grandeza revestida de sencillez, la fuerza revestida de fragilidad, la erudición transmitida con naturalidad, la ternura con cara de boxeador cansado.</p><p>Finalmente, quiso adentrarse en la espesa e inasible dicotomía entre ficción y realidad. Nos contó la historia de una amiga de Barcelona que había descubierto que en su edificio vivía un escritor sudamericano que tenía relaciones con la caniche de una vecina. El escritor sudamericano —no quiso dar el nombre— no sólo fornicaba con la perra, sino que, además, se había enamorado hasta las patas. Le compraba collares y calzones de <em>todo a 100</em> y le prendía flores en las orejas. Los treinta que éramos reímos; Bolaño estaba serio. Aquello era un cuento magnífico, pero también era realidad. Y él nos preguntó:</p><p>—¿Ahora ven ustedes cómo la realidad puede superar a la ficción? —Todos asentimos. Y añadió—: Pero la realidad también puede superar a la realidad, porque después descubrí que el escritor no era sudamericano sino español.</p><p>No, tampoco podía decir su nombre. Bolaño estaba visiblemente cansado y se echó hacia atrás. Se ajustó esas gafas que lo hermanaban a Brecht y nos miró.</p><p>—Creo que se nos ha acabado la conversación —dijo—. Tengo que irme y agradezco que os hayáis dado la molestia de venir a escucharme, aunque no tenga nada importante que decir.</p><p>Éramos nosotros los agradecidos. No habían pasado ni dos horas, pero Bolaño ya tenía un puñado de amigos entre los que éramos, todos los que, en esa fría noche de febrero, habíamos compartido la brillante mirada que proyectaba sobre el mundo.</p><p>Escrito por <strong>Alberto Magnet Ferrero</strong></p><p></p><p></p>								</div>
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		<title>Individualidades</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 25 Sep 2014 18:01:27 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Desde el pasado dos de septiembre, junto al nuevo estadio de San Mamés hay una calle dedicada a Telmo Zarra, ídolo de los leones y de la afición española. Ya lo decía la canción de los hermanos bilbaínos, de la misma época en que Zarra jugaba en el equipo vizcaíno: ‹‹Athletic, Athletic Club de limpia tradición/ nadie más que tú luce mejor blasón/ del fútbol eres ley, te llaman el león/ y tu afición… ¡es reina del fútbol español!›› ¿Acaso no se podrían trasladar estas palabras al nueve de aquel equipo, al nueve más importante que ha dado el fútbol español?
Nacido en Erandio en 1921, Telmo Zarraonandia, Zarra, sigue siendo hoy día el máximo goleador de las competiciones españolas, con 252 goles en Liga y 81 en Copa, sumando un total de 333. Ha aguantado el envite de goleadores como Hugo Sánchez, Raúl o David Villa, y muy probablemente tendrá que abdicar en una o dos temporadas ante el empuje y constancia de Lionel Messi, que suma ya 245 en Liga y parece que será el primero, cincuenta años después de su retirada, en arrebatarle el trono de máximo goleador histórico. La calle a su nombre se la prometió en 1997 el alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna, cuyo sucesor en el cargo dio el paso definitivo aprovechando la construcción del nuevo estadio.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Desde el pasado dos de septiembre, junto al nuevo estadio de San Mamés hay una calle dedicada a Telmo Zarra, ídolo de los leones y de la afición española. Ya lo decía la canción de los hermanos bilbaínos, de la misma época en que Zarra jugaba en el equipo vizcaíno: ‹‹Athletic, Athletic Club de limpia tradición/ nadie más que tú luce mejor blasón/ del fútbol eres ley, te llaman el león/ y tu afición… ¡es reina del fútbol español!›› ¿Acaso no se podrían trasladar estas palabras al nueve de aquel equipo, al nueve más importante que ha dado el fútbol español?</p>
<p>Nacido en Erandio en 1921, Telmo Zarraonandia, Zarra, sigue siendo hoy día el máximo goleador de las competiciones españolas, con 252 goles en Liga y 81 en Copa, sumando un total de 333. Ha aguantado el envite de goleadores como Hugo Sánchez, Raúl o David Villa, y muy probablemente tendrá que abdicar en una o dos temporadas ante el empuje y constancia de Lionel Messi, que suma ya 245 en Liga y parece que será el primero, cincuenta años después de su retirada, en arrebatarle el trono de máximo goleador histórico. La calle a su nombre se la prometió en 1997 el alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna, cuyo sucesor en el cargo dio el paso definitivo aprovechando la construcción del nuevo estadio.</p>
<p>La calle de Telmo Zarra desemboca nada menos que en la calle dedicada a Pichichi, Rafael Moreno, otro grande del Athletic (1911–1921) cuyos goles dieron lugar al trofeo Pichichi al máximo goleador de la temporada. Zarra es quien más veces lo ganó, seis en total, en los años 45, 46, 47, 50, 51 y 53, con la añadida consecución de una Liga y cinco Copas. Su participación en la selección española fue notable igual, con veinte partidos disputados y veinte goles marcados, unas cifras difíciles de superar. Su gol más importante con el equipo nacional fue en el Mundial de Brasil 1950, en los cuartos de final contra Inglaterra, un gol que dio a España la clasificación para las semifinales por primera y última vez hasta el Mundial de Sudáfrica 2010.</p>
<p>El estilo de Zarra era el regate, pero en esa época, en sus propias palabras, un delantero centro no podía regatear en el área porque lo mataban. Hubo de perfeccionar el remate, por lo tanto, convirtiéndose en letal, gracias a los centros de sus compañeros Iriondo, Panizo y Gainza. Destacaba de forma especial en el remate de cabeza, al punto de que, en un partido de España contra Suecia en tierras nórdicas, los periódicos del país escandinavo anunciaron el partido de la siguiente manera: ‹‹¡Admiren la mejor cabeza de Europa después de Churchill!››</p>
<p>Así era Zarra, la segunda cabeza más importante de Europa, y la calle a su nombre llegó ocho años después de su muerte, acaecida en febrero de 2006, a los ochenta y cinco años. Podrían habérsela concedido antes, aunque en su caso el sitio es inmejorable, y además es propio de una gran cabeza no darle a estos tributos demasiada relevancia. Otros actúan de distinta manera, y no por ello son menos célebres. Tal es el caso de Xavier Cugat, músico español (Girona, 1900–Barcelona, 1990) criado en Cuba y gran difusor de las músicas afrocubana y latinoamericana. Sus discos <em>Mambo at the Waldorf</em>, <em>Merengue, by Cugat!</em> y <em>Cugat Favorite Rhumbas</em> fueron muy famosos, así como sus continuas apariciones en cine con su banda y también como actor. Puso música a las primeras películas sonoras y décadas después Woody Allen incluyó temas suyos en varias películas. Cugat era conocido por sujetar en brazos un perrito chihuahua mientras dirigía su orquesta, y de nuevo Woody Allen, en <em>Días de radio</em>, quiso rendirle un mínimo homenaje al poner un chihuahua en brazos de un director de orquesta. Su nombre es mencionado en <em>Un tranvía llamado deseo</em>, por otra parte, y en <em>A Goofy Movie</em>, de Disney, se refieren a él como ‹‹el rey del mambo››.</p>
<p>Xavier Cugat forma parte del grupo de genios que sin cesar da el carácter latino, y en particular España, un surtido grupo al que nunca le faltan socios. España es una cantera de grandes individualidades, un hecho que sólo los éxitos internacionales de los deportes en equipo logran contrarrestar. Un rematador como Zarra precisa de los centros que Iriondo, Panizo o Gainza le ponían, y por eso también, no sólo por su habilidad ante la portería rival, Zarra fue una gran cabeza. En el momento en que renunció al regate en favor del remate dio un paso hacia el grupo, que a la postre y a fuerza de marcar goles le trajo el reconocimiento personal.</p>
<p>La calle a su nombre es el último de una larga serie de reconocimientos, un premio a todas luces individual. En la placa no hay espacio para sus compañeros, como tampoco lo hay en la Rambla de Xavier Cugat, en Girona, para quienes formaron parte de su orquesta. Y es natural, no es cuestión de quitarles mérito a quienes destacaron sobre el resto. Lo curioso en el caso de Cugat es que, consciente de su fuerza individual, retirado ya en España, dijo que se dieran prisa en poner a su nombre una calle, una plaza o lo que fuera, porque si no iba a prohibirlo en el testamento. Su propósito era evidente.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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