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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Rompecabezas narrativo</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/rompecabezas-narrativo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 03 Mar 2021 17:49:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Fotografía]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[Libro]]></category>
		<category><![CDATA[Stanley Kubrick]]></category>
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					<description><![CDATA[En 1948, en la Universidad de Columbia, Stanley Kubrick fotografió a una muchacha bajando las escaleras con un puñado de libros en los brazos. Pienso ahora en esa foto, y es de noche, la luna enmarcada a la perfección en la mitad alta de la ventana. Presagia aullidos e ilumina la noche, es luna llena. Pero no se puede fotografiar, no sabría retratarla con mínima fidelidad tal como la estoy viendo. ]]></description>
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<p></p>



<p>Por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>



<p>En 1948, en la Universidad de Columbia, Stanley Kubrick fotografió a una muchacha bajando las escaleras con un puñado de libros en los brazos. Pienso ahora en esa foto, y es de noche, la luna enmarcada a la perfección en la mitad alta de la ventana. Presagia aullidos e ilumina la noche, es luna llena. Pero no se puede fotografiar, no sabría retratarla con mínima fidelidad tal como la estoy viendo. La ausencia del revelado es una rémora importante, el hecho de no dominar ese proceso último de la imagen, a lo que debemos añadir nuestra incapacidad total a la hora de resolver las tomas nocturnas —esta luna— o en las que la luz no es estándar. Por muchos botones y funciones que tengan las cámaras modernas, móviles incluidos, no llegamos ni de broma a un pleno dominio. Nos quedamos en el encuadre y la correcta elección de la escena o perspectiva fotografiadas.</p>



<p>El joven Kubrick captó el momento justo en que los libros se escurrían de los brazos de la muchacha y se iban, aún no al suelo, sino al vuelo que podía acabar al pie de las escaleras, donde debía de encontrarse el futuro cineasta con su Leica. La instantánea es maravillosa, pero ¿qué parte tuvo Kubrick en que los libros fueran a caerse? A lo mejor sólo quería captar el movimiento de la muchacha al bajar las escaleras, aprovechando un ángulo que habría ensayado sin apretar todavía el botón de la cámara. No era cuestión de malgastar material. Kubrick habría escuchado movimiento en la zona, alguien que cerraba una puerta y se dirigía ahí, motivo suficiente para apresurarse al pie de las escaleras con su cara de loco y enfocar con el enorme flash a quien estuviera bajando.</p>



<p>Resultó una chica cargada de libros —no sé cuántos, hablo de memoria—, más atenta al equilibrio que éstos requerían que al ruido ocasionado en sus andares, bien fuera al abrir y cerrar las puertas o al dar un paso más fuerte que otro. Si se exclamó o no al ver al joven fotógrafo abajo, eso no lo podemos saber, sólo imaginarlo, del mismo modo que estamos imaginando la distancia adonde pudieron llegar los libros y la misma pose de Kubrick con la cámara en las manos. Medio agachado, esto es lo más probable, y muy sigiloso, él sí, porque el ejercicio de fotógrafo lo entendía cercano al de cazador y no era cuestión de hacerse notar hasta el momento de disparar.</p>



<p></p>



<p><strong>2</strong></p>



<p>El susto de la muchacha al verlo, ésta tuvo que ser la clave. La personalidad humana, decía Kubrick, se resiste a las cosas claras, y en cambio siente atracción hacia los rompecabezas, enigmas o alegorías. Entonces ella apoyó un pie medio tambaleante, el otro ya del todo mal y en cuanto un libro se escurrió ya no pudo evitar que el resto se descontrolara también. Lo primero fue un simple ¡ay!, cohibida ante la presencia del fotógrafo, al que no esperaba y habría de deslumbrarla, un ¡ay! que se sostuvo varias milésimas de segundo, hasta que el primer volumen dio contra las escaleras. Entonces se convirtió en una palabra malsonante aunque no blasfema —no eran tiempos para la blasfemia—. Luego increpó igual al fotógrafo, que apenas la ayudó a recoger los libros. Tenía prisa por llevar la instantánea a su estudio de revelado. La foto quedó de maravilla, lo vio en seguida, estaba bien encuadrada y había logrado captar el instante justo en que los libros se escurrían. Logró detener aquello que el ojo humano no alcanza a apreciar. El ojo humano pasa del momento en que ella se tambalea al de los libros ya volados, casi en el suelo. El resto lo completa con el oído, en esa mezcla sensorial que Kubrick pudo echar en falta ahí mismo, ante la perfección de su foto. ¿Y el ruido de los libros al deslizarse, seguido de la exclamación de la muchacha? Era importante también el momento en que ella ponía el pie en falso, por no decir el portazo previo.</p>



<p>Esa carencia, que a buen seguro ya habría sentido en otras circunstancias, ese punto de quedarse sólo con una parte de la realidad, fuera casual o provocada —¿es posible que él mismo hubiese calculado el momento en que la muchacha bajaría para darle un susto y hacer que los libros se cayeran?—, con probabilidad hizo de Kubrick al meticuloso cineasta que fue, con su obsesión por controlar cada detalle y hacer que los elementos encajasen todos en su relación causa-efecto y sus consecuencias.</p>



<p></p>



<p><strong>3</strong></p>



<p>Los libros eran once o doce, no se aprecia bien en la foto. Al final tuve que buscarla. Y no está tan claro que fueran a caérsele, esto es lo más asombroso, que en mi mente la escena hubiese corrido. Yo creo que sí, estoy casi seguro de que se le cayeron; pero en la foto no se evidencia, no hay ningún libro que de veras se esté yendo y ni siquiera la muchacha dirige la mirada al fotógrafo, atenta nada más que al escalón donde pone el pie. Ese instante que yo proyecté demuestra no obstante la fuerza de la fotografía, la mirada fina de Kubrick, no tanto por haber captado un instante mágico cuanto por adelantarlo, por darnos un fotograma narrativo. En esa imagen va una escena sin necesidad de rodarla, gracias al fuerte elemento dramático. Y si fue improvisada, como decía, o por el contrario preparada, a la manera de Robert Capa, eso no tiene ninguna importancia. No debe siquiera tenerse en cuenta, del mismo modo que no importa si la muerte de aquel miliciano fue real o simulada. ¿Acaso no hubo otros tantos que cayeron alrededor en las mismas circunstancias? ¿No se trataba de mostrar lo mejor posible lo que estaba sucediendo? El problema está en el uso posterior que se la da a la imagen, esa búsqueda —impostada— de la pureza moral que no tiene por qué estar en el arte. Eso Kubrick lo asumió en seguida. Los vericuetos y puntos oscuros a partir de los cuales fueron posibles sus grandes obras, esos enigmas a los que se refería, ponen en evidencia que ninguna manifestación artística, si está hecha con rigor y coherencia, es casual ni gratuita. Es como ignorar los estadios narrativos, esto es, que ahora es siempre todavía y la luna sigue brillando en mi ventana.</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: Stanley Kubrick, 1948</p>
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		<title>Tinta en la piel</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/tinta-en-la-piel/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Nov 2016 16:59:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[Albert Torras]]></category>
		<category><![CDATA[Barcelona]]></category>
		<category><![CDATA[Fotografía]]></category>
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					<description><![CDATA[El tatuaje en España está cada vez más a la orden del día, alejado ya de los entornos conflictivos. Este estigma envolvía todo rastro de tinta en el cuerpo desde que los tatuajes dejaron de ser una marca propia de los marineros, quienes se fijaban en la piel los puertos alcanzados y el amor de cuantas dejaban en tierra. El clásico amor de madre, presente en todo momento por brumoso que sea el horizonte. O el amor a secas, fruto del deseo. Los pechos redondos y turgentes de una mujer están detrás de toda ancla de Popeye y son al mismo tiempo el reclamo de una estética que gana adeptos día a día.
La fotógrafa Mai Oltra (Alcoi, 1987) quiso mostrar este paso adelante en el mundo del tatuaje con su trabajo Written In Ink, es decir, «escrito con tinta», expuesto hasta el próximo 15 de octubre en el Pati Llimona de Barcelona. El tatuaje toma la calle en este proyecto a través de una treintena de personas que posaron para Oltra. El pie de cada foto trae el nombre de pila del modelo junto con su oficio, pues éste fue el motivo original de Oltra. ¿A qué se dedica la gente que anda muy tatuada? La pregunta la llevó a reunirse con personas de todo tipo, desde los propios tatuadores a escritores, médicos, periodistas, cocineros, fotógrafos, diseñadores, deportistas o bailarines, gente joven y de profesiones liberales, por lo general, que se reconoce parte de una estética.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El tatuaje en España está cada vez más a la orden del día, alejado ya de los entornos conflictivos. Este estigma envolvía todo rastro de tinta en el cuerpo desde que los tatuajes dejaron de ser una marca propia de los marineros, quienes se fijaban en la piel los puertos alcanzados y el amor de cuantas dejaban en tierra. El clásico amor de madre, presente en todo momento por brumoso que sea el horizonte. O el amor a secas, fruto del deseo. Los pechos redondos y turgentes de una mujer están detrás de toda ancla de Popeye y son al mismo tiempo el reclamo de una estética que gana adeptos día a día.</p>
<p>La fotógrafa Mai Oltra (Alcoi, 1987) quiso mostrar este paso adelante en el mundo del tatuaje con su trabajo Written In Ink, es decir, «escrito con tinta», expuesto hasta el próximo 15 de octubre en el Pati Llimona de Barcelona. El tatuaje toma la calle en este proyecto a través de una treintena de personas que posaron para Oltra. El pie de cada foto trae el nombre de pila del modelo junto con su oficio, pues éste fue el motivo original de Oltra. ¿A qué se dedica la gente que anda muy tatuada? La pregunta la llevó a reunirse con personas de todo tipo, desde los propios tatuadores a escritores, médicos, periodistas, cocineros, fotógrafos, diseñadores, deportistas o bailarines, gente joven y de profesiones liberales, por lo general, que se reconoce parte de una estética.</p>
<p>En la inauguración se palpaba esta diversidad. Los distintos corrillos que se formaron daban lugar a conversaciones que prometían tatuajes de lo más dispares. Lo mismo dialogaba una mariposa con un aserto aristotélico que un tigre amenazaba con llevarse un rosal. Todo dependía del ángulo desde el que se participara en la conversación. ¿Lamentáis haberos hecho alguno de los tatuajes? ¿Qué os animó? Nadie dijo arrepentirse de ello —«para nada, no, en absoluto»—, ni siquiera de uno en particular, y en cambio las motivaciones que les llevaron a hacerse el primero fueron más variadas: la vinculación emocional a un momento o espacio, la amistad, un giro en la vida, un cambio de actitud, una apuesta personal, la estética propia que representa la tinta en la piel; propósitos distintos que se reproducen en flores, animales, rostros más o menos conocidos, lemas, iniciales, dragones o barquitos, esto es, de vuelta a la soledad del marinero.</p>
<p>¿Fantaseaban los antiguos conquistadores de las Indias con los parajes y las mujeres que dejaban atrás, en las Américas o en la Polinesia, marcadas con tinta en su piel? Ambas regiones parecen ser las primeras donde esta cultura se extendió, ya fuera como ornamentación o bien como rito social. Para ello solían emplear pigmentos creados con flores y grasas, tanto vegetales como animales, inyectados en la piel mediante un peine con dientes de hueso, instrumento primigenio de la actual aguja cargada con tinta, capaz de entrar en la piel —a un milímetro de profundidad, para ser exactos— entre cincuenta y tres mil veces en un minuto.</p>
<p>Después del primer tatuaje, comentaba uno en la inauguración, le pierdes el respeto y puede convertirse en una especie de adicción. Pero es caro, se quejaba otro; si lo quieres bien hecho, es caro. A mí, dijo un tercero, no me motivó nada en particular; lo tenía muy claro desde niño, me fascinaba la posibilidad de llevar inscrito cualquier dibujo o palabra en la piel, y si tuviera que decirte algo, una imagen que me marcara, ésta es Popeye. ¿Y el ancla? Está más adentro, no se deja ver, insinuó; del mismo modo que en el trabajo de Oltra tampoco se dejan ver los tatuajes enteros, sólo la parte más visible, en brazos y piernas, manos, hombros o tobillos.</p>
<p>Las fotos son en blanco y negro, en un plano americano, sin demasiados cambios artísticos entre una y otra, cediendo el protagonismo a la persona fotografiada y a su manera de exponer los tatuajes. Se ubican todas en las calles del casco antiguo de Barcelona, un detalle también importante dado su propósito de normalidad, de mostrar el tatuaje como una práctica socialmente cada vez más extendida y aceptada. Prueba de ello lo son también los deportistas. Los jugadores de baloncesto fueron quizá los más habituales, tanto los americanos como los europeos, en especial los procedentes de la antigua Yugoslavia; pero hoy día no es tarea fácil distinguir en qué deporte abundan más. Basta con ver los brazos de Messi, la espalda de Alonso, el torso de Beckham o el del nadador francés Bousquet. Su fuerza mediática, además, contribuye a que le gente se familiarice con esta estética y a que cada vez más personas se animen a tintarse en la piel un sueño de marinero. Sea cual sea su oficio, claro está.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong><br />
Fotografía: <strong>Albert Torras</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en <a href="http://revistaparaleer.com/actualidad/tinta-en-la-piel-por-juan-bautista-duran-2/">Revista Eñe</a></p>
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		<title>Una acuarela</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Sep 2015 11:20:06 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Frente a este artículo hay una ventana de grandes cristales, y al fondo, detrás de una serie de edificios, se levanta el monte, verde y frondoso de robles, hayas, helechos… Imposible poner el ojo desde el artículo en el interior del monte, nada más que sobrevolarlo, tal como hacen las nubes. Las hay grandes y pequeñas, esto se aprecia bien, y algunas seguro que traen lluvia, no inmediata, ni para este artículo, sino la lluvia que hace a la nube y genera un clima del que más se embeben las plantas que las personas. En España hablar del tiempo es ya una larga cuestión casi técnica, medio británica, gracias a los profusos análisis que hacen en los programas dedicados a la meteorología; sobre todo, en las distintas televisiones públicas. Es una manera de mantener a través del cielo las fronteras cada vez más diluidas del suelo.
‹‹Lo que se ve desde la casa —decía Antoine Artaud— pertenece a la casa.›› Las nubes ocupan el tercio alto de la ventana, quizá más, casi la mitad, sólo interceptadas por una antena de repetición que se levanta desde lo alto de una colina. La antena tiene bastantes tentáculos, como un pulpo, laterales y verticales, y el más alto alcanza varias nubes. No será tal el alcance, o sí, quién sabe, pero lo que se ve desde el artículo es el artículo. La antena toma altura y más altura, y al meterse entre las nubes es fácil adelantarse al momento en que las pincha y éstas descargan el aguacero que llevan dentro. Una tromba de agua, también esto llegará, seguro, una tromba que será cualquier tromba caída en este marco y le dará al fin los visos de cuadro. Una acuarela más que un óleo, o un acrílico, técnica muy en boga en la actualidad, de bello resultado y cómodo manejo.						]]></description>
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<p></p>


<p> </p>
<p>Por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
<p>Frente a este artículo hay una ventana de grandes cristales, y al fondo, detrás de una serie de edificios, se levanta el monte, verde y frondoso de robles, hayas, helechos… Imposible poner el ojo desde el artículo en el interior del monte, nada más que sobrevolarlo, tal como hacen las nubes. Las hay grandes y pequeñas, esto se aprecia bien, y algunas seguro que traen lluvia, no inmediata, ni para este artículo, sino la lluvia que hace a la nube y genera un clima del que más se embeben las plantas que las personas. En España hablar del tiempo es ya una larga cuestión casi técnica, medio británica, gracias a los profusos análisis que hacen en los programas dedicados a la meteorología; sobre todo, en las distintas televisiones públicas. Es una manera de mantener a través del cielo las fronteras cada vez más diluidas del suelo.</p>
<p>‹‹Lo que se ve desde la casa —decía Antoine Artaud— pertenece a la casa.›› Las nubes ocupan el tercio alto de la ventana, quizá más, casi la mitad, sólo interceptadas por una antena de repetición que se levanta desde lo alto de una colina. La antena tiene bastantes tentáculos, como un pulpo, laterales y verticales, y el más alto alcanza varias nubes. No será tal el alcance, o sí, quién sabe, pero lo que se ve desde el artículo es el artículo. La antena toma altura y más altura, y al meterse entre las nubes es fácil adelantarse al momento en que las pincha y éstas descargan el aguacero que llevan dentro. Una tromba de agua, también esto llegará, seguro, una tromba que será cualquier tromba caída en este marco y le dará al fin los visos de cuadro. Una acuarela más que un óleo, o un acrílico, técnica muy en boga en la actualidad, de bello resultado y cómodo manejo.</p>
<p>‹‹La acuarela apenas te permite error —dice Alberto Acerbi, pintor argentino radicado en Tossa de Mar, Girona—; hay que pensar mucho lo que uno va a pintar, dibujarlo levemente, lo menos posible, y ejecutarlo con brío.›› Así lo aconsejaba J. M. Martínez Lozano, maestro de la acuarela nacido en 1923 en Barcelona y fallecido en 2006 en Llançà, localidad del Alto Ampurdán donde existe el museo muy bien cuidado a su nombre. ‹‹Martínez Lozano es un referente, habría que conocerlo mejor››, dice Acerbi sentado en su taller de la calle San Telmo, un taller-tienda, apenas divididos los espacios por un biombo del que cuelgan acuarelas como el aguacero cuelga de una nube.</p>
<p>‹‹La gente se fija, dice ahí va… el taller de un pintor, y entra, sale, pregunta, algunos compran, que de eso se trata; pero también hay que escuchar comentarios desagradables››, cuenta Acerbi. ¿Para qué quieres un cuadro?, le dijo una muchacha a una amiga interesada: Olvídate, hay cosas mejores en que gastar el dinero. Se fueron las dos chicas con sendos maridos, que esperaban fuera, impacientes por tomarse algo en cualquiera de los bares de la calle San Telmo, zona bastante concurrida de noche y a última hora de la tarde, aunque no tanto como en tiempos pasados. Había más bares, más gente, otro aire, y el mismo local donde Acerbi está era un bar de copas. Se aprecia todavía en la estructura del espacio, Acerbi pintando donde antes estaba la barra, es decir, sirviendo el material, y la tienda donde estaban las mesas. Ahí está su mujer, quien vende no sólo la obra de su marido, sino también un amplio surtido de artesanía y antiguas fotos del pueblo, de Pandora y el holandés errante, de pescadores, del cantante y el torero, de elegantes turistas…, fotos originales, enmarcadas, muy anteriores a la antena de repetición que pinchó la nube.</p>
<p>Ya viene cayendo el aguacero, y las nubes, en el centro de la ventana, apenas permiten distinguir el monte. Se amplía el cuadro pero se reducen las vistas, nada claro más allá de las primeras casas, enfrente, con las luces encendidas pero encerradas en sí mismas, silenciosas, como si el mare nostrum se hubiera trepado al monte y quisiera inundar este artículo de sardinas, cangrejos, estrellas de mar, lenguados, salitre… y barcas, la mayoría de las cuales ya no navega porque pasó la temporada de ocio. Este tipo de barcas suele quedarse en un rincón del cuadro, con música del Sinatra más romántico —Come Fly With Me o How Deep Is The Ocean—, lejos del pugilístico que apareció en el pueblo años ha con la implacable determinación de cerrar la caja de Pandora. Vuelven a la orilla con la lluvia y se salen del cuadro, quebrada y rota su función, lejos del centro vibrante en que el aguacero se hace cuadro y éste realza la pared, y el artículo, que ya no sabe dónde mirarse sino en el reflejo acuso del cristal.</p>
<p> </p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Posturas e imposturas fotográficas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 08 May 2015 09:02:32 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Hay una tendencia fotográfica en la prensa escrita que va más allá de la información para centrarse en el informante. Desde que los periódicos incluyeron el color en las páginas interiores, los propios periodistas, tanto los columnistas estrella como los simples redactores, empezaron a asomar el rostro, cuando no el cuerpo entero, junto a las primeras líneas del texto. Suelen ser fotos positivas, más o menos bellas, que faltan sin variar a la verdad: cuando el articulista de turno clama contra la política interior del país igual que cuando celebra la enésima patochada emitida en televisión, o cuando el corresponsal destinado a Oriente Medio da cuenta de las atrocidades que allí se cometen. Lo mismo da, la foto es falsa, también la del enviado especial a equis ceremonia, que debe aguantar las ínfulas de unos y otros, o la del reportero deportivo que carga contra los jugadores de su equipo con una supuesta sonrisa en la cara. O los alaba, en el caso contrario, con la misma sonrisa contrita.
‹‹La fotografía —escribe Enrique Lynch en Nubarrones— puede mostrar que el tiempo fluye, como el río de Heráclito, porque ella misma se presenta como un corte de ese fuir, el secuestro de algo que una vez fue real, o bien puede mostrar que el tiempo ha quedado suspendido en el momento de la toma.›› Esto último, sobre todo, es lo que sucede en el caso de los periodistas cuya efigie aparece junto a las primeras líneas de sus artículos, el tiempo suspendido, congelado en la media sonrisa que esbozan con una pose a veces coqueta, a veces regia, pero siempre impostada, impropia de un profesional que se dice veraz. ¿Acaso alguien creyó que el periodista, por poner el rostro ahí, sería más fiel a la verdad? Al contrario, el texto hace al periodista mucho más que la cara, que no es sino expresión, y por tanto imposible de retener, por buenos fingidores que algunos sean.						]]></description>
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<p></p>


<p>Hay una tendencia fotográfica en la prensa escrita que va más allá de la información para centrarse en el informante. Desde que los periódicos incluyeron el color en las páginas interiores, los propios periodistas, tanto los columnistas estrella como los simples redactores, empezaron a asomar el rostro, cuando no el cuerpo entero, junto a las primeras líneas del texto. Suelen ser fotos positivas, más o menos bellas, que faltan sin variar a la verdad: cuando el articulista de turno clama contra la política interior del país igual que cuando celebra la enésima patochada emitida en televisión, o cuando el corresponsal destinado a Oriente Medio da cuenta de las atrocidades que allí se cometen. Lo mismo da, la foto es falsa, también la del enviado especial a equis ceremonia, que debe aguantar las ínfulas de unos y otros, o la del reportero deportivo que carga contra los jugadores de su equipo con una supuesta sonrisa en la cara. O los alaba, en el caso contrario, con la misma sonrisa contrita.</p>
<p>‹‹La fotografía —escribe Enrique Lynch en <em>Nubarrones</em>— puede mostrar que el tiempo fluye, como el río de Heráclito, porque ella misma se presenta como un corte de ese fuir, el secuestro de algo que una vez fue real, o bien puede mostrar que el tiempo ha quedado suspendido en el momento de la toma.›› Esto último, sobre todo, es lo que sucede en el caso de los periodistas cuya efigie aparece junto a las primeras líneas de sus artículos, el tiempo suspendido, congelado en la media sonrisa que esbozan con una pose a veces coqueta, a veces regia, pero siempre impostada, impropia de un profesional que se dice veraz. ¿Acaso alguien creyó que el periodista, por poner el rostro ahí, sería más fiel a la verdad? Al contrario, el texto hace al periodista mucho más que la cara, que no es sino expresión, y por tanto imposible de retener, por buenos fingidores que algunos sean.</p>
<p>La cara no debería ser la firma que precediera los artículos, aun cuando se tratase de columnas muy personales, de un ex-entrenador de fútbol, por ejemplo, o de un viejo escritor ocupado en reseñar a las nuevas generaciones. Estas nuevas generaciones serán las protagonistas del artículo, y por tanto de la foto, si es que alguna cabe. La inclusión del rostro de los periodistas en sus artículos va más con la infantil necesidad de encontrar imágenes en el texto que con el propio periodismo, suspendido hoy día, al menos el escrito, en un incómodo momento de su existencia.</p>
<p>Francisco Umbral en la última página de <em>El Mundo</em>, de septiembre a julio, figuraba con su inamovible jersey de lana, avistando la sociedad a través de sus días y sus placeres. Juan Manuel de Prada hace lo propio desde su ángulo oscuro, tres días a la semana en <em>ABC</em>, con rectitud cristiana, y también Javier Marías, todos los domingos en <em>El País Semanal</em>, gárgola de su propia zona fantasma. En estos casos, al menos, sus respectivos rictus malhumorado y severo se han impuesto de tal manera sobre su imagen que los tres hace tiempo que devinieron una caricatura de su foto. Qué difícil ponerse guasón cuando uno antepone a su artículo la mirada desafiante con que posó para la foto. Otros sonríen, y eso les quita seriedad; algunos parece que se apoyen en el primer renglón, como si quisieran saltar al texto; algunos se ponen condescendientes, como en una antigua foto de bodas; otros ponen cara de susto, como si los hubiese fichado la policía, dando a entender que ellos eso no. De los artículos firmados por estos últimos es difícil esperar más que una nota de prensa, y sin embargo sólo es la foto, una mala impresión, quizá, el momento suspendido que los traiciona.</p>
<p>Una de las principales reglas del periodismo debería ser no fiarse de las apariencias, pero los mismos periódicos, al imponer la foto, la cara del informante antes que la información, rompen este principio y obligan al lector a desconfiar del propio periodista. Del que nos mira con soberbia, del que se pone simpático para hablar de algo tan serio o del que adquiere un gesto trascendente para referirse a frivolidades. No se puede uno fiar de nadie, se dice el lector, y menos de sus retratos. ‹‹La foto —escribe también Lynch— es el espejo de nuestra humana incapacidad para comprender el tiempo.›› He ahí una razón de la actual cultura de la imagen, a la que nuestra sociedad está sometida con un fervor de posturas, poses e imposturas, que poco tienen que ver con el tiempo, sino con una manera de ser que ya no es lo que decimos, sino lo que aparentamos.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>]]></content:encoded>
					
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