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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Pequeños acontecimientos</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/pequenos-acontecimientos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 11 Jul 2024 09:42:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[Augusto Monterroso]]></category>
		<category><![CDATA[Feria del libro de Madrid]]></category>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Se proponía el editor hablar en estas líneas de cómo estar en una feria del libro y no comprar ninguno, no caer en la tentación de ser comprador antes que vendedor; o dicho de otro modo, de invertir su papel de comerciante en el de cliente. Siendo un propósito en sí difícil —casi imposible—, en la feria del libro de Madrid se multiplica por miles de razones, y también de metros, de encuentros, de conversaciones y de jornadas. Lo más simple dado el caso es no asistir, delegar la parte comercial en un empleado y librarse de las siete u ocho horas diarias en la caseta, rodeada a su vez de otras casetas, cientos de casetas, que a su vez forman esa gran caseta que es la feria. Que no es para los editores, no se confundan, es para los lectores, para que descubran, conozcan, encuentren y llenen su futuro de lecturas. Pero ah, amigos, ¿qué es un editor en primer lugar sino un lector? Y ahí tenemos el conflicto: la feria se convierte para él en un diario ejercicio de pesar y contención, no exento de cierta automisericordia, obligado a acceder a su caseta por caminos secundarios o bien a llegar antes que los demás, evitando el lujurioso espectáculo de ver el resto de casetas con las persianas levantadas.</p>



<p>         Decíamos que una opción era no asistir, lo que sólo sería posible en el caso de un editor pudiente. Y no todos lo son, ni mucho menos. De hecho, en ese ejercicio de misericordia personal, lo que debe repetirse a cada rato el editor es el esfuerzo que está haciendo para estar allí, para contar con un rinconcito donde exponer sus ediciones, y prepararse, en paralelo, el discurso más convincente y relajado posible ante los lectores interesados. El primer libro cuesta un mundo venderlo, en cada feria uno tiene que desvirgarse, y dar las gracias, agradecer que siga habiendo lectores curiosos y que con su presencia no se convierta el hecho de editar y leer en una prohibición. Es decir, en pecado.</p>



<p>         Bastante arduo resulta ya a lo largo del año, en las obligadas visitas a las librerías, no dejarse tentar, no perderse en anaqueles diversos cuando uno a lo que va es a mostrar sus novedades o programa de novedades para que el librero las tenga presentes y les dé una oportunidad, ya no en el expositor central —tampoco hay que pasarse—; bastará con que les reserve un hueco en la mesa de novedades correspondiente. Y que las aguante un poco, por favor, que éste es un trabajo lento y las riadas de gente que se ven en las horas punta de la feria muy rara vez tienen lugar en las librerías. Hay que cuidar de esos «pequeños acontecimientos», empleando la expresión monterrosiana. «Para bien o para mal, lo que en mayor medida me acontece son libros —escribe el autor guatemalteco en <em>La letra e</em>, para añadir—: el problema consiste en pasar una y otra vez frente a ellos y hojearlos y decidir si comprarlos en ese momento o no.»</p>



<p>         Eso es lo que debe evitar el editor, además de tener mucho cuidado con la conjunción adverbial «en ese momento». ¿Significa eso que en otro momento sí? Todo acontecimiento en la feria, por pequeño que sea, deberá estar relacionado con su catálogo. Y a los compañeros de caseta, en caso de haberlos —lo más probable—, hay que tratarlos con la máxima cordialidad y no menor camaradería, tratando de emparentar los acontecimientos, bien sea por la similitud de los catálogos o por su diferenciación.</p>



<p>         Dicho esto, el editor puede llegar mermado físicamente a la feria, lo que impedirá o al menos dificultará que vaya a solazarse en las demás casetas con aires de conquistador. La merma física contribuye desde luego a la contención. Así se las vio este editor en la reciente feria de Madrid, con una hernia que, bastón en ristre, me daba cierto donaire pero ningún poderío. A duras penas alcanzaba a dar con la posición que me permitiera pasar la jornada con las menores molestias posibles y poner al mal tiempo buena cara, condición indispensable si uno pretende vender algo. Aunque sea un granizado fresco en plena ola de calor. Pero con más razón todavía si ese algo que pretende vender son libros, literatura, historias bien trabajadas y bellamente encuadernadas que le van a abrir a usted los ojos, créame, va a descubrir una voz muy potente en <a href="https://editorialcomba.com/autor/karla-suarez/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">esta autora</a>; a un poeta culto y al mismo tiempo guasón en <a href="https://editorialcomba.com/autor/osias-stutman/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">este autor</a>; a <a href="https://editorialcomba.com/autor/matias-correa/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">uno de muy fina prosa</a> en esta novela donde le habla, de forma alegórica, de una etapa muy importante en la historia chilena de comienzos del siglo XX. </p>



<p>         Ésta es la tarea del editor, pese a que no esté en ningún manual del gremio: defender y vender los títulos publicados, esos pequeños acontecimientos. Y para no confundirse, para no dejarse llevar por la tentación, como decíamos al principio, se recomienda incluir en las cajas de libros que van a ir para la feria algunos de lectura pendiente, se proponga uno leerlos o no, sólo para tenerlos presentes, como quien lleva la estampa de su santo patrón debajo de la camisa, colgando de una cadenita de oro falso, y le da un beso cada vez que se propone dar un paso de cierto riesgo. Así leía yo <em>La letra e</em> de Augusto Monterroso en los ratos de poca afluencia, además de unos poetas espléndidos que descubrí gracias a un colega de la caseta, <a href="https://animalsospechosoeditor.com/editorial-poesia-barcelona/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">animal sospechoso</a>. Y me vino muy bien el arte y la gracia de Monterroso en ocasión de una incómoda pregunta, que en realidad tardó en llegar, acerca de la inteligencia artificial y la literatura. Me apoyé en el bastón, con la debida pausa del editor herniado —pausa necesaria a su vez para traer a la mente las palabras del autor guatemalteco, fechadas en 1984, año muy propicio—, antes de explicar a mi manera lo que aquí copio tal cual está en <em>La letra e</em>: «Con poco que se piense, es inevitable darse cuenta de que la literatura no se hace con inteligencia sino con talento; aparte de que, bien visto, la literatura se ha ocupado siempre más de la tontería humana que de la inteligencia; es más, parece que la tontería es su materia prima.» Y por eso, en fin, nosotros los editores seguimos confiando en la literatura y en quienes la hacen posible, los escritores, porque alguien tiene que separar el grano de la paja. </p>



<p></p>



<p>Ps. Este editor se hizo con siete libros en la feria, dos de ellos para regalar.  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: sello de Correos de la serie «Ferias del Libro» dedicado a la Feria del Libro de Madrid 2024. </p>
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		<title>Felices miedos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Jul 2015 08:35:15 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[De vuelta de la 74ª Feria del libro de Madrid, aparece en un cajón de la editorial una crónica correspondiente a una edición anterior, firmada por un mancebo escritor. Lo que sigue es nuestro, por tanto, pero de otro. ‹‹Atrás ha quedado la última caseta, según me desvío henchido por una calle aledaña. El motivo de tal henchidura quizá se deba al buen almuerzo, a la emoción que subyuga mis movimientos o al aire plúmbeo que invade Madrid. Cruzo por el paso de peatones como único testigo del desértico atardecer, testigo distraído. La fuerza de la literatura —inocente enunciado— hace inaudibles los ostentosos tubos de escape de los vehículos.›› Corolarios sin corola, habría añadido Osvaldo Lamborghini, de rabiosa actualidad hoy día: el mundo se evapora hacia la permanente condensación de la literatura. ‹‹Llevo en las manos Alrededores, de Álvaro Pombo, compilación de artículos en los que retrata a autores de su generación, más jóvenes unos y veteranos los otros, así como algunos textos etéreos. Pequeños retales, dice el autor cántabro, que denuncian mi paso por el periodismo.››
Osvaldo Lamborghini murió en Barcelona en la misma época en que los autores a los que Pombo se refiere —Vicente Molina Foix, Javier Marías, Adelaida García Morales, etcétera— consolidaban sus voces en el panorama literario español. Perteneciente a esa misma generación, la vida de Lamborghini (1940–1985) fue breve y desenfrenada, un completo desconocido, sin embargo, salvo para algunos intelectuales argentinos y otros colegas de desenfreno. Vivió la literatura como si en verdad la quisiera condensar, acabar con ella, más bien, cual glotón que al fin se come el hambre. ¿Acaso no es esto El fiord, primer opúsculo que le dio remota notoriedad?						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>De vuelta de la 74ª Feria del libro de Madrid, aparece en un cajón de la editorial una crónica correspondiente a una edición anterior, firmada por un mancebo escritor. Lo que sigue es nuestro, por tanto, pero de otro. ‹‹Atrás ha quedado la última caseta, según me desvío henchido por una calle aledaña. El motivo de tal henchidura quizá se deba al buen almuerzo, a la emoción que subyuga mis movimientos o al aire plúmbeo que invade Madrid. Cruzo por el paso de peatones como único testigo del desértico atardecer, testigo distraído. La fuerza de la literatura —inocente enunciado— hace inaudibles los ostentosos tubos de escape de los vehículos.›› Corolarios sin corola, habría añadido Osvaldo Lamborghini, de rabiosa actualidad hoy día: el mundo se evapora hacia la permanente condensación de la literatura. ‹‹Llevo en las manos <em>Alrededores</em>, de Álvaro Pombo, compilación de artículos en los que retrata a autores de su generación, más jóvenes unos y veteranos los otros, así como algunos textos etéreos. Pequeños retales, dice el autor cántabro, que denuncian mi paso por el periodismo.››</p>
<p>Osvaldo Lamborghini murió en Barcelona en la misma época en que los autores a los que Pombo se refiere —Vicente Molina Foix, Javier Marías, Adelaida García Morales, etcétera— consolidaban sus voces en el panorama literario español. Perteneciente a esa misma generación, la vida de Lamborghini (1940–1985) fue breve y desenfrenada, un completo desconocido, sin embargo, salvo para algunos intelectuales argentinos y otros colegas de desenfreno. Vivió la literatura como si en verdad la quisiera condensar, acabar con ella, más bien, cual glotón que al fin se come el hambre. ¿Acaso no es esto <em>El fiord</em>, primer opúsculo que le dio remota notoriedad?</p>
<p>‹‹Las incertidumbres y los miedos son iguales para todos —está escrito en la crónica—, y es que embarcarse en las letras, barco del cual Pombo podría ser capitán pirata, es un reto del que sólo las mentes más privilegiadas salen airosas. El miedo, dice Pombo, no es más que el padre de una infancia feliz. ¿Cuáles serán los suyos? Echa de menos el mar, esto seguro, y este calor madrileño tampoco parece de su agrado. Insiste en ello sentado a la sombra de la última caseta, transitada por los editores de Anagrama, otros autores del sello y alguna señora catalana que se hace notar en el bucólico parque del Retiro. En esta caseta somos todos catalanes, dice el autor de <em>Contra natura</em>: yo soy un catalán adoptivo. Una de las señoras cuenta cómo transcurrió un reciente discurso en el que hubo de hablar en catalán, cosa inaudita. Su mayor escollo, dice la señora, estuvo en la pronunciación de “diners”. Pronunciaba la erre que parecía Macià, asegura él con retranca.››</p>
<p>En la edición de este año, la presencia de Lamborghini en la Feria es similar a la del novelista cántabro, gracias a la publicación en España de sus obras completas, con motivo de la exposición que tuvo lugar en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, <em>Teatro proletario de cámara</em>, especie de testamento estético del autor, donde pornografía y poesía se dan la mano. Cuando no hay nada que hacer, dijo Lamborghini, lo que rigurosamente no se hace es literatura. Lo que no se hace, esto es. La destrucción es una constante en sus papeles, por lo que el miedo, su miedo, es también el del lector, con la añadida incertidumbre de si lo estará interpretando correctamente. En <em>Sebregondi retrocede</em> dice: cualquier dibujo de chico, si se lo mira bien, revela la influencia del padre, o la calidad del padre adulto que ha fluido hacia la mano del chico; el dibujo horroriza en el sector donde el padre ha fluido.</p>
<p>Por la Feria se pudo ver también a un joven novelista chileno contrario a la negatividad de Lamborghini —no creo en el fin de la literatura, dijo, ni en los apóstoles malditos—, un novelista de inútiles geografías, amigo de Comba, donde tampoco congregamos con la idea del autor argentino. Nuestra propuesta corre siempre contra los malos augurios que acechan la literatura y contra la banalización del término. A menudo —demasiado— se aleja de aquel espacio al que se refería el mancebo escritor, reservado a las mentes más privilegiadas. ‹‹Esquivo una farola —dice— y leo la dedicatoria que Pombo ha estampado en <em>Alrededores</em>: “Para Juan, en recuerdo de esta visita a Madrid, con el reservado afecto de Álvaro Pombo.” La leo otra vez y una nueva farola se interpone entre “Madrid” y el “reservado afecto”. Qué susto, es como si me hubiese caído de un sueño. La farola, de pronto, es mi recuerdo de una infancia feliz.››</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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