<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Editorial Comba | </title>
	<atom:link href="https://editorialcomba.com/tag/esmeralda-berbel/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://editorialcomba.com</link>
	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
	<lastBuildDate>Wed, 04 Feb 2026 10:49:25 +0000</lastBuildDate>
	<language>es</language>
	<sy:updatePeriod>
	hourly	</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>
	1	</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=6.9.4</generator>

<image>
	<url>https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2014/02/cropped-logo_c_comba-32x32.png</url>
	<title>Editorial Comba | </title>
	<link>https://editorialcomba.com</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
	<item>
		<title>Servicio postal</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/servicio-postal/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 30 Jan 2026 09:12:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Ana Mª Moix]]></category>
		<category><![CDATA[Cartas]]></category>
		<category><![CDATA[Conde de Velhoco]]></category>
		<category><![CDATA[Correos]]></category>
		<category><![CDATA[Esmeralda Berbel]]></category>
		<category><![CDATA[HAL 9000]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[Rainer Mª Rilke]]></category>
		<category><![CDATA[Rosa Chacel]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://editorialcomba.com/?p=4465</guid>

					<description><![CDATA[Alguien tal vez debería escribirle una carta a la inteligencia artificial, una carta que pueda leerse asimismo como una despedida a la llamada inteligencia general, que ya no humana, sino general, dicen, como para que nos duela menos cuando nos demos cuenta de que nos la arrebataron.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Arrancó el año con una agitación que no por alarmante debemos considerar sorprendente o inaudita. La lógica de los tiempos manda, siempre ha sido así. El 2 de enero llegó desde Dinamarca la noticia del cierre de su servicio postal público —Correos—, un servicio que empezó a funcionar en el país nórdico hace cuatro siglos y cuyo uso se desplomó en los últimos años. Para ello fue determinante la decisión del Estado danés en 2014 de que toda comunicación de las autoridades se hiciera de forma digital, un hecho que se viene imponiendo igual por estos pagos y que obliga a quienes tengan algún interés en el servicio postal a poner sus barbas a remojar. ¿Cómo le va a convenir a la administración la demora y el riesgo de extravío de aquél frente a la inmediatez de los medios digitales?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Están también las cartas personales, en las que cualquiera con una mínima idea romántica de la cuestión piensa al mentarle la corneta de Correos o un matasellos: las cartas con que antaño se felicitaban las fiestas, las que cada tanto se enviaban parientes y amigos que vivían lejos para ponerse al día o las cartas de amor, las únicas que acaso se mantengan medio vivas porque al amor no se le cambian los patrones con tanta facilidad. Le sienta bien la espera y la parte tangible, además, el hecho de tocar un papel y no una pantalla, de contar con algo que es de uno y hay que poner a buen recaudo porque no existe otro igual ni copia posible.</p>



<p>         Cuenta Esmeralda Berbel que en un viaje a las Canarias encontró, en una calle de Santa Cruz de la Palma, bien situado, un buzón en el que ponía «sólo cartas de amor», perteneciente al Señor Conde de Velhoco. Obsesionada con el asunto, se enteró de que la hija del conde estaba preparando un libro con las cartas de amor recibidas. Le escribió, dice, y la historia «sigue de una forma preciosa y entonces entiendo ese impulso, ese azar, esa intuición, esa obsesión mía por volver a la primera escritura, la que va directa y hay que retomar con urgencia». No desvela de qué manera sigue la historia, pero sabemos que lanzó un taller de cartas, cartas que luego se envían y de las cuales ya ha recibido alguna, en un buzón que mandó hacer <em>ex profeso</em>. Entonces concluye: «Escribir cartas es un acto revolucionario.» Lo es, puede serlo, en la medida en que detenemos el tiempo y ponemos coto a la cambiante y acelerada vorágine de las cosas.</p>



<p>         Lo decía Rosa Chacel hace medio siglo a propósito de su magnífica <a href="https://editorialcomba.com/libros/ensayo/de-mar-a-mar/">correspondencia con Ana Mª Moix</a>, al señalar que «por mucho que adoremos nuestro tiempo, por mucho que nos consagremos a él, sentimos la opresión que no nos deja —por ejemplo— escribir cartas largas. ¿Es una manía, es una identificación con la literatura la superestimación del epistolario? ¿Es el epistolario una relación de contacto personal o es un conocimiento de obra? No sé qué decir, pero en nuestro presente se nos aparece como un lujo demasiado caro». Sería inútil, absurdo, analizar aquí la distancia entre el presente de Chacel y el actual, en unas palabras, las suyas, no mucho más allá de la llegada del hombre a la luna, cuando lo más cercano a la inteligencia artificial era HAL 9000, la supercomputadora de <em>2001: una odisea en el espacio</em>. El potente desarrollo de esta artificialidad tecnológica ha servido para desprestigiar las humanidades, lo que es una tónica constante de este siglo XXI, en pos de una mayor productividad (¿?) y control social. En este sentido estamos con Berbel en que la carta puede representar un acto revolucionario, mal que sea con letra pequeña y alas de cisne. Un discreto acto revolucionario. Quizá nos enteremos andado el tiempo de que al presidente del Gobierno u otros mandamases les gustaba escribirse cartas en la intimidad, esas cosas pasan, pero para entonces ya nos habremos acostumbrado a vivir sin ellas, del mismo modo que nos estamos acostumbrando a informarnos sin leer la prensa en papel y acceder por tanto a una realidad más fragmentada, «al gusto».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En sus cartas a un joven poeta, Rainer Mª Rilke decía que para escribirlas necesitaba, en general, «algo más que el imprescindible recado: algo de silencio y soledad, y una hora no demasiado propicia». Eso explica su parte mística e introspectiva, la que en verdad atraviesa toda su obra poética y reconocemos como elemento común en el género epistolar, Rilke al margen. Suele suceder que quien escribe una carta personal desnude parte de su interior y sus sentimientos, con la correspondiente afectación verbal y lo que en términos religiosos llamaríamos elevación del espíritu. Esas experiencias suelen darse, claro, en una «hora no demasiado propicia».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En las cartas descubrimos el poderío del lenguaje y la capacidad de las palabras para influir en la realidad, que lo mismo puede ser ajena si arrastramos este ejercicio hacia el terreno de la ficción. No pocos autores se han servido de este género para penetrar mejor en la esencia y peripecia de los personajes, movidos por el deseo, la necesidad de comunicación o de desvelar algo que los atormenta. En ellas la primera y la segunda persona del verbo conviven con una naturalidad y fluidez que pocas veces se da en otros géneros, al tiempo que la experiencia contada se entrevera con apuntes e impresiones propios de la imaginación, y ahí la carta empieza a acceder al terreno literario, a convertirse, bien sea por sí misma o en su conjunto, en novela o cuento. Dependerá entonces de otros aspectos de índole formal, pero una carta al fin y al cabo, sujeta a ese impulso y esa escritura primera a la que se refiere Berbel.</p>



<p> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Alguien tal vez debería escribirle una carta a la inteligencia artificial, una carta que pueda leerse asimismo como una despedida a la llamada inteligencia general, que ya no humana, sino general, dicen, como para que nos duela menos cuando nos demos cuenta de que nos la arrebataron. «Querida inteligencia: has cambiado tanto, tantos son los vaivenes que hemos sufrido. Ya no te reconozco.» De esta guisa podría empezar, una carta sincera, sentida, en la que el desencanto se vista de ironía y pueda llevar a engaño al engendro ese artificial. No lo conseguiremos, de más está decirlo, porque esta nueva tecnología lo ha leído todo, así lo dicen, y por tanto se las sabe todas. Nos va a responder con una ajustada medición entre todas las cartas que alberga en su sistema, incluidas las de Rilke, quien en su segunda respuesta al joven poeta decía que siempre con sus cartas le daría una alegría, y eso nos dirá, que es una alegría recibir una carta nuestra, aunque no entienda nada, que no lo va a entender, porque ignora si su advenimiento es equilibrio o entropía; si el hecho de concentrar en ella tantas tareas y recursos es un bien o una lacra; si en los infinitos códigos y estadísticas que alberga hay algo que no responda a un interés económico. No lo sabe, como tampoco sabrá cuál es su dirección postal, apenas una aproximación —Palo Alto, California, la nube—, la mayor evidencia de estar asistiendo al fin de una era. Y aunque es triste, desazonador, no es algo que nos vaya a sorprender.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Diez años en el horizonte</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/diez-anios-en-el-horizonte/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 18 Apr 2024 08:54:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Ernesto Escobar Ulloa]]></category>
		<category><![CDATA[Esmeralda Berbel]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[novela]]></category>
		<category><![CDATA[primavera]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://editorialcomba.com/blog/desglose-apatrida-copy/</guid>

					<description><![CDATA[Esta primavera Comba cumple diez años desde su irrupción en el panorama editorial español, con las que fueron sus dos primeras novedades, publicadas: Las semillas de Urano, del poeta chileno Tomás Browne, y La raya oscura, del controvertido narrador y ensayista español Segundo Serrano Poncela.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Esta primavera Comba cumple diez años desde su irrupción en el panorama editorial español, con las que fueron sus dos primeras novedades: <em>Las semillas de Urano</em>, del poeta chileno Tomás Browne, y <em>La raya oscura</em>, del narrador y ensayista español Segundo Serrano Poncela.</p>



<p>Fueron años de inquietud y sostenida agitación cultural ante la deriva que los tiempos llevaban, en los que surgieron otros ellos independientes y algunas librerías también independientes, o como haya que llamarlas, siendo éste un término tan trillado y cuando menos sospechoso para amparar cualquier buena causa. Eran proyectos, y lo son algunos todavía, que coincidían en la voluntad de aportar aire nuevo a la actualidad literaria lo mismo que a las librerías y sus expositores, muy marcadas por las férreas normas de los grandes grupos. Alguna tesis universitaria habrá en años próximos que analice y estudie este fenómeno: cómo en la segunda década del siglo XXI —ensanchando más o menos los límites— tuvo lugar en España una renovación y ampliación del marco editorial y literario como no se había visto desde el tardofranquismo, es decir, desde los años sesenta. Estamos hablando por tanto de medio siglo de diferencia, con los cambios sociales que entre un momento y otro acontecieron.</p>



<p>Si las editoriales nacidas en esos años son bastantes, no lo son menos, por suerte, las librerías. Llaman la atención los nombres dizque contestatarios que algunas tienen, y no por inapropiados, sino por el sentimiento de ocaso bajo el que surgieron y su voluntad de hundirse con la era Gutenberg si no había otro remedio; pero luchando, dando la cara por el libro. En esta línea están, por citar sólo cuatro, la librería Tipos Infames en Madrid; Letras Corsarias en Salamanca; Nollegiu y Fahrenheit 451 en Barcelona. En los cuatro casos evitaron los nombres solemnes o neutrales, incluso fácticos, a los que se suelen acoger las librerías, para mostrar un punto rebelde y aun provocador. Por un lado parecen advertir de los riesgos de no leer —infamia, incendios, batallas— y por el otro hacen un llamado juguetón, como diciendo «leer mola». La madrileña Tipos Infames tiene un apéndice además donde se lee «Libros y vinos», excelente combinación, un maridaje no oficial que sin embargo es por todos conocido, tanto para disfrutar de la lectura como para incitar a ella.</p>



<p>A esta primavera Comba llega con un catálogo próximo a los sesenta títulos y dos novedades muy representativas de la casa: <em>Horizonte tardío</em>, novela del escritor peruano Ernesto Escobar Ulloa, su segundo título en Comba tras <em>Salvo el poder</em> (2015); y <em>Así es el juego</em>, los cuentos reunidos de Esmeralda Berbel, cuarto título de la autora barcelonesa en el catálogo, los cuatro en un género distinto (<em>Detrás y delante de los puentes</em>, novela, 2016; <em>Irse</em>, diario novelado, 2018; <em>Habitarlo todo</em>, poesía, 2021; <em>Así es el juego</em>, cuentos, 2024) y sin embargo urdiendo entre ellos un proyecto unitario. A esta característica se refería Itziar González en la primavera de 2021, cuando presentó el poemario de Berbel en la Documenta y fue a fijarse en las manos cóncavas y convexas de la autora, en su gesto idéntico al escribir que al abrir una puerta. «Este libro es como una bitácora y dentro hay una brújula que es su corazón», dijo González, para concluir que «su escritura es el corazón», un latido que persiste en los cuentos y llega igual al lector.</p>



<p>Muy distinto latido es el que mueve <em>Horizonte tardío</em>, primera y magistral novela de Ernesto Escobar Ulloa, un autor del que Santiago Roncagliolo dijo que gustaba de hundir las manos en el fango, y esto es lo que hace aquí, enfangarse, rebuscar en el Perú de su juventud las formas de comunicarse y salir adelante que había, tras una década de terrorismo y crisis políticas. Muestra una realidad dura y al mismo tiempo permeable, donde caben los sentimientos positivos y negativos, la locura y la sensatez, y de fondo, sobre todo, la amistad. «Lo maravilloso de escribir es escribir —dijo en la presentación—. Me gusta descubrir lo que va a suceder, entrar en el trance de la escritura.»</p>



<p>El acto tuvo lugar en la Fahrenheit 451, en su nueva ubicación frente al mercado del Born, espacio límpido y llamativo que en breve lucirá también el apéndice de «Libros y vinos», con una propuesta literaria siempre original y propia, fiel a los patrones que motivaron su apertura. En ella encontramos los libros que sobreviven al incendio de la superproducción editorial. Y <em>Horizonte tardío </em>encaja a la perfección con la propuesta de la librería. Acompañando al autor estaba un viejo compañero en el periodismo cultural, el también escritor Robert Juan Cantavella, quien hizo hincapié en el carácter oral de la novela. No es sino pasadas unas páginas cuando el lector cae en la cuenta de ello, de que toda la novela es la historia que el protagonista le cuenta a una amiga; y los distintos niveles de voces, junto con los distintos niveles diegéticos, son un prodigio que obra Escobar Ulloa para dotar a la historia de la fuerza necesaria. Es una novela generacional, de carretera, añadió Cantavella, en la que el uso del tiempo reproduce la paradoja de Aquiles y la tortuga. Apela a la fantasía, a la subjetividad temporal inherente a toda remembranza —esto es lo que hace el protagonista— y a la serie de distancias que hay que recorrer para alcanzar lo que no era sino el punto de partida. </p>



<p>La novela contiene un juego literario no menos importante, en referencia al plagio y al sentimiento de autoría, el cual no cae lejos del mundo literario de Esmeralda Berbel. Es un mismo juego. Y como reza el título de la barcelonesa, así es el juego. Para la puesta de largo de sus cuentos nos citamos de nuevo en la Documenta con sus fieles y generosos lectores, acompañada Berbel por Eduard Fernández. Puso de relieve éste la manera que tiene Berbel de llegar con la palabra al lector, lo que, si no constituye en sí mismo una genial paradoja, es algo tanto o más difícil de explicar que la de Aquiles y la tortuga o, por qué no, la travesía editorial de Comba para cumplir estos diez años saltando a las letras hispánicas.</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: obra de Joaquín Torres García</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Alto grito amarillo</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/alto-grito-amarillo/</link>
					<comments>https://editorialcomba.com/blog/alto-grito-amarillo/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 Dec 2015 20:58:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Ana Nuño]]></category>
		<category><![CDATA[Andreu Jaume]]></category>
		<category><![CDATA[Barcelona Pipa Club]]></category>
		<category><![CDATA[Carson McCullers]]></category>
		<category><![CDATA[Chantal Maillard]]></category>
		<category><![CDATA[Colin Barrett]]></category>
		<category><![CDATA[Cristina Fernández Cubas]]></category>
		<category><![CDATA[Cristina Morales]]></category>
		<category><![CDATA[Edgardo Dobry]]></category>
		<category><![CDATA[Édouard Louis]]></category>
		<category><![CDATA[Encuentro Albor]]></category>
		<category><![CDATA[Esmeralda Berbel]]></category>
		<category><![CDATA[Fiston Mwanza]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía de lo inútil]]></category>
		<category><![CDATA[Glaciar]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo Torné]]></category>
		<category><![CDATA[Ignacio Vidal-Folch]]></category>
		<category><![CDATA[Javier Pérez Andújar]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Gómez Bárcena]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Pablo Villalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Marcos Giralt Torrente]]></category>
		<category><![CDATA[Marina Perezagua]]></category>
		<category><![CDATA[Matías Correa]]></category>
		<category><![CDATA[Octavio Paz]]></category>
		<category><![CDATA[Yannick García]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.editorialcomba.com/?p=1177</guid>

					<description><![CDATA[Ya van diecinueve Encuentros Albor, y parecía que nadie se había dado cuenta, sólo los que de manera directa o indirecta habían participado en los Encuentros. Al decimonoveno, sin embargo, acudió una cantidad de gente capaz de sorprender al más pintado, en la nueva ubicación del Barcelona Pipa Club (c/ Santa Eulalia, 29), espacio adecuado para este tipo de actos y para juergas de toda índole, después del ritual pipero de los socios. Ellos se reúnen en una sala privada, al fondo del fondo del local, para que nadie les pueda molestar, ni siquiera la aparición de un espontáneo con la cabeza caliente apelando a la patria y a la vulgaridad como otros apelan a la autenticidad. La diferencia es mínima, de más está decirlo, en unos gramos de equis o en una copa de más. El espontáneo tomó el escenario tras la lectura de Marina Perezagua para reclamar la atención que merecía su hermano, presente en el acto y autor del texto que el susodicho echó a leer.
Pasada la broma inicial, la astracanada tomó unos tintes violentos, al punto de que varios presentes tuvieron que intervenir con tal de que el acto pudiera desarrollarse conforme estaba previsto. En primer lugar, leyó el autor de origen congoleño Fiston Mwanza, seguido de Marina Perezagua, cuya novela Yoro tiene bastante que ver con el Congo, y finalmente Juan Pablo Villalobos, autor mexicano que supo tomar con humor la intervención del espontáneo. ¿Cómo hacer frente a la lectura en público de los escritores?, dijo al subirse al escenario, con una clara voluntad de quitarle hierro a la astracanada previa, a la locura del espontáneo, reducido al final contra una pared a manos de otros escritores salvajes. ¿Algún policía en la sala? No, la lectura no está llegando tan lejos, sólo en parte, en la medida en que un joven de no más de veinticinco años puede interrumpir un acto literario para reclamar la atención que su hermano merece, escondido éste en un rincón del Pipa Club, incapaz de decir esta opereta es mía. Gran lección para él, ante un público a todas luces neutral, el ridículo de su hermano en pos de un texto trufado de banalidades y lugares comunes, que se multiplicaban e incendiaban a cada momento, cuando la gente estaba pidiendo orden, que se retirara, que permitiera el correcto desarrollo del Albor. ¿Algún policía en la sala? A falta de las fuerzas armadas, buenos son los hombres de letras.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Ya van diecinueve Encuentros Albor, y parecía que nadie se había dado cuenta, sólo los que de manera directa o indirecta habían participado en los Encuentros. Al decimonoveno, sin embargo, acudió una cantidad de gente capaz de sorprender al más pintado, en la nueva ubicación del Barcelona Pipa Club (c/ Santa Eulalia, 29), espacio adecuado para este tipo de actos y para juergas de toda índole, después del ritual pipero de los socios. Ellos se reúnen en una sala privada, al fondo del fondo del local, para que nadie les pueda molestar, ni siquiera la aparición de un espontáneo con la cabeza caliente apelando a la patria y a la vulgaridad como otros apelan a la autenticidad. La diferencia es mínima, de más está decirlo, en unos gramos de equis o en una copa de más. El espontáneo tomó el escenario tras la lectura de Marina Perezagua para reclamar la atención que merecía su hermano, presente en el acto y autor del texto que el susodicho echó a leer.</p>
<p>Pasada la broma inicial, la astracanada tomó unos tintes violentos, al punto de que varios presentes tuvieron que intervenir con tal de que el acto pudiera desarrollarse conforme estaba previsto. En primer lugar, leyó el autor de origen congoleño Fiston Mwanza, seguido de Marina Perezagua, cuya novela <em>Yoro</em> tiene bastante que ver con el Congo, y finalmente Juan Pablo Villalobos, autor mexicano que supo tomar con humor la intervención del espontáneo. ¿Cómo hacer frente a la lectura en público de los escritores?, dijo al subirse al escenario, con una clara voluntad de quitarle hierro a la astracanada previa, a la locura del espontáneo, reducido al final contra una pared a manos de otros escritores salvajes. ¿Algún policía en la sala? No, la lectura no está llegando tan lejos, sólo en parte, en la medida en que un joven de no más de veinticinco años puede interrumpir un acto literario para reclamar la atención que su hermano merece, escondido éste en un rincón del Pipa Club, incapaz de decir esta opereta es mía. Gran lección para él, ante un público a todas luces neutral, el ridículo de su hermano en pos de un texto trufado de banalidades y lugares comunes, que se multiplicaban e incendiaban a cada momento, cuando la gente estaba pidiendo orden, que se retirara, que permitiera el correcto desarrollo del Albor. ¿Algún policía en la sala? A falta de las fuerzas armadas, buenos son los hombres de letras.</p>
<p>Nada tenía que ver el espontáneo con los Albor, encuentros organizados por la agente literaria Sandra Pareja donde se intenta dar voz tanto a autores reconocidos como a autores minoritarios, de modo que sus textos convivan y puedan nutrirse unos de otros. Impresionante fue en este decimonoveno Albor la lectura de Fiston Mwanza, puro vigor y pasión, interesante la de Perezagua y divertida la de Villalobos.</p>
<p>‹‹Y como no había manera de desmentirlos, los rumores crecieron en esplendor y realidad: cada hombre transformó el mundo en aquello que deseaba que fuese.›› La cita, de la escritora estadounidense Carson McCullers, es el lema que Pareja usó para este Albor. Sirve para el proyecto en sí, en verdad, cuya voluntad radica en dar relevancia a voces tanto poéticas como narrativas, con tal de crear un imaginario lo más ajustado posible a su idea del mundo. Los primeros Encuentros tuvieron lugar en el Glaciar, antiguo bar de la Plaza Real donde antaño se dieron los primeros premios Nadal de novela, y a partir del cuarto en el Barcelona Pipa Club, entonces sito también en la Plaza Real, lugar entrañable pero demasiado clandestino para seguir organizando cualquier tipo de actividad social. Por ahí pasaron autores de la talla de Javier Pérez Andújar, Gonzalo Torné, Chantal Maillard, Ana Nuño o Ignacio Vidal-Folch, entre otros, a quienes Pareja convenció para alumbrar ese rincón umbrío de la literatura, donde se lee por leer, por el mero placer de escuchar el sonido de las letras y de saberse escuchado, de tener un público y ver en su rostro el efecto de la lectura. Para eso hace falta alguien que tome las letras por amor al arte y sepa ver un diálogo en la diversidad creativa.</p>
<p>En el decimoséptimo Albor, por ejemplo, Matías Correa leyó un fragmento de <em>Geografía de lo inútil</em>, acompañado por el autor irlandés Colin Barrett y por Cristina Fernández Cubas, dama del cuento español, tan receptiva y astuta que habría sido capaz de convencer al espontáneo de turno para que leyera hasta extenuarse, hasta que nadie lo aguantara y se quedara afónico, consumido el físico por la voz, más raquítico a cada párrafo, a cada línea y a cada palabra, pero convencido de que leer en los Encuentros Albor es un privilegio al que sólo unos pocos tienen acceso. Entre ellos se cuentan, además de los ya citados, Marcos Giralt Torrente, Cristina Morales, Juan Gómez Bárcena, Andreu Jaume, Edgardo Dobry, Édouard Louis, Yannick García, Esmeralda Berbel…, nombres a los que el espontáneo quería añadir el de su hermano, con un texto rabioso y subversivo, de palabrotas ensangrentadas, poco inteligente para un marco que promueve la afinidad y devoción hacia la lectura. Los Encuentros Albor irradian un alto y sano grito amarillo, como diría Octavio Paz, una historia que trepa las páginas y se extiende.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://editorialcomba.com/blog/alto-grito-amarillo/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
			</item>
	</channel>
</rss>
