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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Relaciones de ida y vuelta</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/relaciones-de-ida-y-vuelta/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 Dec 2024 10:24:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[Las reglas brillan más en sus excepciones, en el contraste que plantean, y en este caso nos trasladan a una tercera cuestión, a la que voy a acudir dando un salto hiperbólico, cuando no deportivo, relacionando la escritura con el tenis. ¿Piensa el autor en el lector? ]]></description>
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<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>«Tantas formas hay de empezar una narración como de no empezarla.» Sentencias como ésta se repetirán a diario en los cientos de talleres de creación que pueblan el actual panorama literario. Y razón no les faltará, si es que eso dicen, puesto que el mismo embrollo de dar inicio a un texto puede surtir un efecto nulo; es decir, que al final nada arranque.</p>



<p>Hace años se hablaba de que lo ideal era emplear una frase subordinada, sin excesivas cláusulas, que incluyera el tono y el propósito de lo que uno va a contar sin desvelar nada, captando así la atención del lector. Un ejemplo paradigmático es el inicio de <em>Cien años de soledad</em>, tantos años después, cuya estructura ha sido reproducida con mínimas variantes no pocas veces. Sin embargo, Camus lo logra también en <em>El extranjero</em> al decir «Hoy ha muerto mamá», forma tan lacónica como directa de iniciar la narración, a la que añade la inmediata y humana disyuntiva: «O tal vez ayer, no lo sé.»</p>



<p>Las reglas brillan más en sus excepciones, en el contraste que plantean, y en este caso nos trasladan a una tercera cuestión, a la que voy a acudir dando un salto hiperbólico, cuando no deportivo, relacionando la escritura con el tenis. ¿Piensa el autor en el lector? Lo fácil es decir «no» a la manera onettiana —«escribo para mí: para mi placer, para mi vicio, para mi propia condenación»—, al igual que un tenista puede decir que juega para sí, para su disfrute y su reto personal. Suena idílico, no obstante, una cuadratura imposible para tan complejo círculo.</p>



<p>El autor construye una historia del mismo modo que un tenista ha de construir una jugada, un punto, el partido entero, con técnicas distintas, enfrentándose a las situaciones que su oponente le plantee y esperando el reconocimiento del público. Que éste entienda cómo quiere construir la jugada y por qué, qué tipo de juego quiere llevar a cabo. Claro que no va a salir a jugar con esa masa externa en la cabeza, sino todo lo contrario, abstrayéndose de ella, de la presión que pueda ejercer en sus golpes, para centrarse en la oposición y el juego que practique su rival. A dónde quiere llevarlo, cómo puede anular sus puntos fuertes.</p>



<p>El escritor debe conducir también a sus personajes, y sabe que no es algo simple, puesto que el personaje sólo será creíble en la medida en que presente algún tipo de oposición, que reclame su autonomía frente a lo que, si no, sería mera obediencia. Es evidente que cuando uno más brilla es en los retos difíciles, ante los jugadores que lo lleven al límite de sus posibilidades y los personajes que lo sitúen ante las situaciones más insólitas y profundas. En ambos casos hay que acogerse a unas normas, un patrón del cual el lector-espectador debe estar avisado para apreciar el juego en su plenitud. Esto forma parte también del diálogo a tres bandas, donde el lector-espectador es sólo receptor. Si participa es a posteriori, segundos después; primero va la concatenación de golpes, de palabras, las cuales no pueden depender de la recepción de nadie externo pues eso cortaría el juego, el ritmo de la narración.</p>



<p>El objetivo de un escritor, contaba Proust, es el esclarecimiento de una verdad interior entrevista, sin ocuparse de las demás. Su producción, pese a venir inspirada en la relación y convivencia con los demás, sea del modo que sea, sólo habrá sido posible a condición de no pensar en los otros mientras estaba pendiente de la obra. La paradoja esencial en la creación consiste en encerrarse para abrirse, en separarse para unirse a los demás. También los tenistas piden silencio antes de poner la pelota en juego, tienen que tomar distancia del escenario y estar sólo para su juego. Ahí tratan igual de ser creativos. Pero no para el público, sino en la medida en que esa creatividad sirve para propiciar nuevas situaciones de juego favorables a uno mismo, para gustarse, saberse en sintonía con lo que uno tenía en mente y se siente capaz de ofrecer. El lector-espectador se enganchará a poco que el juego fluya. Y si no se engancha, no pasa nada, otros lo harán.</p>



<p>El lector, si bien es el que da sentido último a la escritura, no es su agente inmediato, su voluntad inicial, ya que la escritura es la forma más elevada de pensamiento y si uno se entretiene en reverencias al lector se pierde y devalúa. Todo arte, y la literatura lo es en su lado creativo, se descompone cuando se lo quiere encauzar en exceso. Muchos autores de éxito perdieron peso en ese tener presente al lector, al querer contentarlo, cuando la búsqueda literaria del escritor es a un tiempo enriquecedora para la obra y para el lector.</p>



<p>Con esto no se quiere decir que uno escriba para sí mismo, teoría que ha dado pie a largos debates y con la que es difícil comulgar, diga Onetti lo que diga, y mal que lo diga bien. Es como si al tenis le quitaran el marcador, la posibilidad de una victoria o una derrota final. Pelotear está bien, puede ser divertido, lo mismo que saltar a la comba, pero nadie iría a verlo, sería una mera exhibición, y hay que elevar el juego a un nivel donde uno supere su propia condición individual. Tiene que haber una trascendencia posterior, esto es, para la que uno debe estar preparado, siendo consciente 1) de que tendrá que lidiar con ella, y 2) de que en muy contadas ocasiones ésta tendrá un peso mayor que el propio desarrollo literario o tenístico en sí. Estas situaciones se dan después de años de trabajo serio, libre y continuo, al que siempre hay que volver si uno no quiere convertirse en un títere expuesto a intereses ajenos.&nbsp;&nbsp;</p>



<p>¿Piensa entonces el autor en el lector? Lo hace en tanto que se tiene a sí mismo como lector, el lector ideal para la obra que se propone escribir, a la que tratará de aportar los modelos más apropiados según su naturaleza. La sensación final del autor, su mayor o menor satisfacción, dentro de esa paradoja proustiana, suele ser un buen indicativo a la hora de acercarse a la obra final. Y esto es porque se sabe un poco del otro lado, en los ojos del lector.&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p></p>



<p></p>



<p></p>



<p>En la imagen: Carlos Alcaraz en un partido de Indian Wells, 2022. </p>



<p></p>
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		<title>La refriega del jabalí</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/la-refriega-del-jabali/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 19 Apr 2021 10:34:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[escritura]]></category>
		<category><![CDATA[jabalí]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[Miguel Delibes]]></category>
		<category><![CDATA[naturaleza]]></category>
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					<description><![CDATA[Nadie es sordo al cien por cien, ni siquiera nosotros, los humanos, cuando nos resistimos a darle a ese reguero la importancia que tiene y con ello nos ponemos de espaldas a la naturaleza.]]></description>
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<p>Por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>



<p>A la verdad de un texto se accede poco a poco, como al fondo último de aquella zona boscosa y enmarañada de cuyo centro manaba un sigiloso reguero de agua. A ese punto vamos, aunque de más está decir que a tientas. También en este artículo. Son varias las notas que tomé al respecto, interesantes e insuficientes a la vez. Ninguna de ellas aporta demasiada luz a la cuestión. Es como si hubiera tratado de acceder a la zona boscosa por distintos puntos, sin éxito significativo en ninguno de ellos. De ahí la vaguedad del título, un mero hurgar en el hecho mismo de la escritura, tal como hacen los jabalís en las zanjas del monte y los zarzales más espinosos. Tienen la piel dura ellos, pueden meterse ahí sin demasiado problema. E incluso se conoce que les da cierto placer, no menos que al escritor cuando consigue afilar las palabras y hacer que entren en liza con otras que habrán de ampliar su significado y su recorrido. Pero, claro, pueden pasar horas antes de dar con ese filón…</p>



<p>«La convocatoria de la palabra es el desafío permanente del escritor, lograr que ésta acuda puntual a su objetivo —escribe Miguel Delibes—. Unas veces consigue lo que pretende y en otras no, se queda seco y ha de abandonar sus literaturas por un tiempo.» Hasta el día siguiente, diría yo, no más. No conviene dejar demasiado tiempo entre uno y otro acercamiento al tema, justo lo que aquí me está pasando, que hay una dilación demasiado grande, ya casi cerrada la apertura inicial (ay… esos autores que dejan sus novelas a medias, con la esperanza de retomarla al año o una vez haya pasado el diluvio, qué mérito el suyo). Aún se escucha el reguero, de todos modos, si uno pone atención se escucha al fondo el leve brotar del agua. Y esto hay que valorarlo. Otro día no se escuchará, otro día no habrá artículo. Leamos pues ese sonido y, ya que nosotros no podemos tirar de él —yo no puedo, al menos—, habrá que dejar que tire él de nosotros, en una clara alegoría a lo que poetas más lúcidos volvieron religión. También ellos tuvieron días malos, por cierto, se les quedó la palabra atravesada igual en el gaznate y al fin acudieron a la inversión de los sentidos como solución última. Y para muestra, un botón.</p>



<p>Nadie es sordo al cien por cien, ni siquiera nosotros, los humanos, cuando nos resistimos a darle a ese reguero la importancia que tiene y con ello nos ponemos de espaldas a la naturaleza. Conviene acercarse una vez más a los flancos espinosos que la rodean, y hacerlo con ánimo, las ideas claras y el sentimiento despejado, que yo no soy capaz de escribir sin cierta dosis de vitalidad y me fastidia malgastar esfuerzos en accesos inútiles. Necesito el contacto con la gente —mi gente, dicen los más gregarios—, por mucho que abunde en mi isla particular y no esté mal en ella. Vuelvo una y otra vez, aun en los días de luz mortecina, lluvia mediante, con la esperanza de apreciar el momento en que me encuentre en plenitud de facultades, centrados todos los sentidos en un único tema y motivo. Luego ya vendrá la sequía, el silencio entre los matorrales, tan difícil de acceder a ese punto donde todavía rezuma cierta humedad como de acertar el número ganador en la lotería.</p>



<p>Si escribo, estoy bien. Y sé que fuera me espera alguien querido, alguien con quien compartir esa refriega del jabalí, que «una espina es una espina es una espina/ y dura mucho más que la rosa precaria» (Ida Vitale). Entonces no tengo excusa para cerrar la libreta y dejar el lápiz a un lado, posponiendo para el día siguiente lo que podría escribir hoy. La inspiración es un esfuerzo también. La imagen que mejor ilustra la rutina necesaria en la creación es esta cita de Pablo Picasso, por paradójico que resulte acudir en este caso a un pintor: «que la inspiración me coja trabajando».</p>



<p>Hay que aceptar la convencionalidad de buena parte de lo que escribimos, palabras que rara vez alcanzan un significado mayor que el suyo propio, palabras que no son cristales sino en muy contadas ocasiones, cuando les damos la pátina prodigiosa que hay en nosotros pero sólo se deja ver en determinadas circunstancias. La conjunción de los elementos tiene que ser ahí clave, fruto de una constancia en el trabajo que se vuelca en el estilo. «Lo que se escribe fácil se lee difícil», decía el erudito, sentencia no muy alejada de la que profesaban los maestros de escritura: «Tú copia bien y no mires a quién.» No confundamos esto con la idea de plagio, cuidado, centrado más bien en la forma y estructura de los textos, en la manera en que uno va a exponer las ideas o los pasajes narrados. No es lo mismo dar la vuelta al matorral siguiendo el sonido del reguero que acceder desde donde se intuye que habrá de caer el agua en días de tormenta. </p>



<p>Yo trataría de hacerlo por donde vayan los jabalís. Pero yo no soy yo, sino el intento de contar lo que todavía desconozco, de entender el rodeo que aquí estoy dando y para el que me sirvo de un estilo, una forma, que bebe de muchas fuentes y por fortuna ya apenas se distinguen en mí. En el estilo depositamos las lagunas del pensamiento, a él nos acogemos cuando las ideas no fluyen pero sabemos que al fondo rezuma algo de humedad y que, si lo hacemos bien, si lo trabajamos, esta humedad puede volverse reguero y al fin emoción.</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: Catherine Ingleby</p>



<p></p>
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		<title>Trizaduras de algún tipo</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/trizaduras-de-algun-tipo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 19 Mar 2021 11:07:35 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Escuelas escritura]]></category>
		<category><![CDATA[José Donoso]]></category>
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<p>Por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>



<p>La escritura y sus técnicas son materia viva en los numerosos talleres que se imparten en centros reglados o salones privados, a menudo por escritores más o menos conocidos. La proliferación de este tipo de talleres, algunos de los cuales en forma de máster, es indiscutible en España a lo largo de los últimos veinticinco años. Se llaman también escuelas de escritura, denominación que procede en mayor medida del mundo anglosajón, donde es una práctica más extendida y no son pocos los autores consagrados que pasaron por ellos.</p>



<p>La idea de taller, más próxima a las herramientas de trabajo y los mecánicos, más proletaria también, llegó a España con la inmigración sudamericana de la segunda mitad del siglo XX, a través de los autores que escapaban de las dictaduras de allá y reproducían aquí un modelo de trabajo literario que conocían y les permitía completar un sueldo. El chileno José Donoso, que recibía a los alumnos en su casa de Sitges, fue uno de los más conocidos. Los talleres tienen además una función terapéutica para el alumno, como de espacio de desconexión e indagación personal, frente al requisito académico de los másteres. Y es ante el auge actual de estos últimos que nos planteamos una pregunta inevitable, es decir, si se puede o no enseñar a escribir ficción. La cuestión es de largo aliento, pues entraña ya no ciertos prejuicios sociales sino algunos matices de orden.</p>



<p>A escribir nos enseñan en el colegio y a la vista está que, pese al esfuerzo de los profesores, son muchos los ciudadanos que se expresan mal por escrito y con graves errores ortográficos y gramaticales. Lo consideran <em>peccata minuta</em>, cuando no debería ser así: la escritura nos ayuda a estructurar mejor las ideas, ayuda a crear un diálogo más rico con uno mismo y con la sociedad. También a engolarse, es cierto, a crecerse uno mismo ante la exposición de sus propias ideas, sensación que a la larga nos confirma quiénes somos: si no conseguimos atemperarla, hacer que de aquella ebullición nazca una seguridad personal y duda razonable respecto a cuanto nos rodea, significa 1) que en nosotros anida cierta ceguera e insensibilidad, y 2) que no servimos para la ficción —salvo geniales excepciones—. En palabras del poeta argentino Osías Stutman, escribir sacude y estimula, araña y refiere sin explicar.</p>



<p>Antes de los talleres, en España eran las tertulias literarias las que ejercían esta función, con un acceso más restringido y menos centradas en la creación literaria que en el debate intelectual. El problema del actual sistema según el modelo anglosajón está en el objetivo final de los cursos, en especial cuando son reglados. Muchos alumnos acuden a ellos con el propósito de convertirse en escritores profesionales, es decir, salir con un buen manuscrito bajo el brazo y numerosos contactos que faciliten su publicación, a poder ser en los sellos más conocidos del panorama editorial. Esto sucede muy raras veces, sin embargo. Si ni siquiera los MBA de finanzas y materias aledañas pueden garantizar a sus alumnos una salida laboral acorde con la inversión y sacrificio realizados, ¿cómo va a prometer el éxito a sus alumnos un director de máster en creación literaria? Los invitan a escribir su propio destino, esto es lo más bonito, con una alta probabilidad de que este destino sea mucho más llano y mundano de lo imaginado. Ellos mismos se darán cuenta: escribir es llorar.</p>



<p>«Todo escritor debe ser infeliz», dijo en un acto público el director de una escuela de escritura, quien añadió que a la suya quisiera que sólo acudieran infelices. El debate giraba en torno a la misma pregunta aquí planteada sobre la escritura de ficción, si es posible su enseñanza o no. Ninguno de los ponentes, profesores todos, lo tenía claro. Coincidieron en que el talento no se transmite, pero que la enseñanza de la escritura, su correcta articulación, es más que necesaria y a menudo no queda bien resuelta al término de la educación obligatoria. «Uno escribe a partir del momento en que empieza a llevar la contraria, cuando nace en él ese carácter contestatario y de rechazo que subyuga el acto creativo», dijo otro ponente. Esta afirmación sirvió al director de la escuela para lanzar su alegato a favor del escritor infeliz, no está claro sin con idea de curar la infelicidad a través de la escritura o bien de usarla como motivo literario.</p>



<p>No es la infelicidad, sin embargo, sino la insatisfacción o el desapego, el descontento, lo que mueve el acto creativo, que en sí mismo puede ser feliz. «Si un alumno no tiene en sí una veta marginal, si no tiene una trizadura de algún tipo, no puede llegar a ser escritor», aseguraba José Donoso a propósito de sus talleres. «Una persona que es demasiado íntegramente parte de una clase social, estructurada, no puede llegar a una grandeza literaria. La marginalización tiene que buscar una metáfora», y es a partir de ahí, del conflicto vuelto metáfora, cuando se activa el impulso narrativo.</p>



<p>Este ejemplo muestra bien la obra de Donoso, para quien la literatura era «aquel quehacer en el que está mi búsqueda existencial». No todos sus alumnos, decía, presentaban esos rasgos de marginalidad o trizadura interior —que no infelicidad, cuidado— y que tal vez habría que sonsacar a quienes se matriculan a un taller o una escuela de éstas. Uno de los ejercicios más comunes consiste en tomar un hecho histórico reciente y narrar lo que uno hacía en ese momento o en esas fechas, a fin de exponerse al transcurrir del tiempo y así aprehenderlo. Ahí empieza la búsqueda, el camino hacia esa herida interior que habrá de volverse metáfora para que cobre sentido y dé al escritor-alumno una imagen propia del mundo. El resto es lo que cada uno sea capaz de extraer de esa imagen. Y a lo mejor, sólo a lo mejor, la presencia y guía de un profesor puede servirle para construir un proyecto literario.</p>



<p></p>
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		<title>Desafortunados los libros</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 07 Mar 2016 21:16:15 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Trascendió en la prensa catalana el cierre de la biblioteca pública de un pequeño municipio del Ampurdán debido al escaso interés suscitado desde su apertura, ocho años atrás. En este tiempo, asegura el alcalde, si pasaron por las instalaciones «cinco personas ya es mucho». Ante tal circunstancia, el Ayuntamiento convino reformar la desafortunada biblioteca en un espacio coworking, de acuerdo con los nuevos tiempos, para beneficio de los jóvenes y de los emprendedores de la zona. Al parecer, la propuesta fue bien recibida y ya hay quienes acuden a diario a trabajar desde ahí.
Algunos vecinos se quejaron, si bien fueron los menos. Pocos podían quejarse, en verdad, sólo esos cinco que en su momento usaron los servicios de la biblioteca; y en tal caso, más que una queja, podían solicitar un arreglo. «Déjennos un mínimo espacio para nosotros», por ejemplo. Pero los libros volaron. Aparecieron amontonados junto al contendor azul, destinado al reciclaje de papel. Ciertas voces hablan de setecientos ejemplares y otras de dos mil, lo cual, tratándose de una biblioteca pública, es en cualquier caso una cantidad menor. ¿Cuántos miles de tomos puede albergar una biblioteca central y con años en sus estantes? Un montón… decenas y cientos de miles, y están ahí porque son cuidados, consultados, leídos y tenidos en cuenta. Según el alcalde, los que había en la biblioteca no eran demasiado relevantes, y los especialistas a quienes se lo consultó le aseguraron que no merecía la pena venderlos ni cederlos, ni intentar nada, debido a su «escaso valor».
No comparte esta opinión el ex-diputado en el Congreso Josep López de Lerma, quien donó parte de su biblioteca personal a la del pueblo y asegura que emprenderá acciones legales contra el Ayuntamiento. Los había de toda índole, dice, novelas de autores extranjeros, españoles y locales como Gironella o Espinàs, así como libros de historia o arte, y además no llegaron siquiera a exponerse. Habla incluso de «genocidio cultural», palabras a todas luces exageradas, propias de un mal lector, que el Sr. López de Lerma tendrá que matizar si de veras emprende las acciones legales. Una querella por el mal uso de su donación, desde luego, no estaría fuera de lugar. Ningún Ayuntamiento tiene derecho a tirar un fondo público a la basura, sin más ni más. Tampoco tiene demasiado sentido mantener abierta una biblioteca a la que apenas nadie acude, y por tanto, si el centro coworking atrae más a la población, bueno es el cambio.						]]></description>
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<p>Por&nbsp;<strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
<p>Trascendió en la prensa catalana el cierre de la biblioteca pública de un pequeño municipio del Ampurdán debido al escaso interés suscitado desde su apertura, ocho años atrás. En este tiempo, asegura el alcalde, si pasaron por las instalaciones «cinco personas ya es mucho». Ante tal circunstancia, el Ayuntamiento convino reformar la desafortunada biblioteca en un espacio <em>coworking</em>, de acuerdo con los nuevos tiempos, para beneficio de los jóvenes y de los emprendedores de la zona. Al parecer, la propuesta fue bien recibida y ya hay quienes acuden a diario a trabajar desde ahí.</p>
<p>Algunos vecinos se quejaron, si bien fueron los menos. Pocos podían quejarse, en verdad, sólo esos cinco que en su momento usaron los servicios de la biblioteca; y en tal caso, más que una queja, podían solicitar un arreglo. «Déjennos un mínimo espacio para nosotros», por ejemplo. Pero los libros volaron. Aparecieron amontonados junto al contendor azul, destinado al reciclaje de papel. Ciertas voces hablan de setecientos ejemplares y otras de dos mil, lo cual, tratándose de una biblioteca pública, es en cualquier caso una cantidad menor. ¿Cuántos miles de tomos puede albergar una biblioteca central y con años en sus estantes? Un montón… decenas y cientos de miles, y están ahí porque son cuidados, consultados, leídos y tenidos en cuenta. Según el alcalde, los que había en la biblioteca no eran demasiado relevantes, y los especialistas a quienes se lo consultó le aseguraron que no merecía la pena venderlos ni cederlos, ni intentar nada, debido a su «escaso valor».</p>
<p>No comparte esta opinión el ex-diputado en el Congreso Josep López de Lerma, quien donó parte de su biblioteca personal a la del pueblo y asegura que emprenderá acciones legales contra el Ayuntamiento. Los había de toda índole, dice, novelas de autores extranjeros, españoles y locales como Gironella o Espinàs, así como libros de historia o arte, y además no llegaron siquiera a exponerse. Habla incluso de «genocidio cultural», palabras a todas luces exageradas, propias de un mal lector, que el Sr. López de Lerma tendrá que matizar si de veras emprende las acciones legales. Una querella por el mal uso de su donación, desde luego, no estaría fuera de lugar. Ningún Ayuntamiento tiene derecho a tirar un fondo público a la basura, sin más ni más. Tampoco tiene demasiado sentido mantener abierta una biblioteca a la que apenas nadie acude, y por tanto, si el centro <em>coworking</em> atrae más a la población, bueno es el cambio.</p>
<p>Entre este tipo de nuevos espacios y una biblioteca, sin embargo, no parece que haya mucha diferencia, una cuestión de decibelios, nada más, que se solventa con los debidos tabiques. ¿Por qué no mantuvieron el fondo bibliotecario en el centro <em>coworking</em>? Esto es lo más sorprendente, por no decir grave, ya que acarrea el descrédito en que el libro ha caído como fuente de conocimiento. La idea tan repetida de Cicerón, según la cual uno lo tiene todo con una biblioteca y un jardín, se trueca hoy día en una buena pantalla y mejor conexión. Tengo internet, tengo acceso al mundo entero. Ésta viene siendo la premisa, también en el mundo laboral, una premisa equivocada, porque si bien internet es una herramienta muy útil, es al mismo tiempo un espacio confuso y viral donde el usuario puede verse más expuesto que en el centro de una gran metrópolis, perdido y solo. La inmediatez que conlleva, en efecto, es una maravilla para la comunicación y para tener primeros contactos con las materias deseadas y conocer las mejores fuentes, pero muy rara vez sirve para abundar en ellas. Es la principal distancia entre la pantalla y el libro. La escritura también se resiente de un formato a otro, y la capacidad de comprensión, y de esfuerzo.</p>
<p>Lo más preocupante en este caso ya no es que se tiraran los libros, sino que nadie mostrara el menor interés en mantenerlos. Disponer de un fondo de mil o dos mil libros siempre puede resultar útil para los usuarios de un espacio de estas características, y además, a poco que se acomode, la convivencia entre la clásica biblioteca y el nuevo ideal <em>coworking</em> parece más que factible. ¿No tienen acaso las nuevas generaciones necesidad de consultar libros, de buscar información e inspiración en obras literarias, humanísticas o científicas? ¿De verdad desprecian tanto el pensamiento y la labor de quienes nos preceden? Una biblioteca nunca hay que echarla a perder. Hay que cuidarla, como se cuida un jardín, y disponer para ello del esfuerzo de todos, porque ningún tiempo nuevo surge de la nada.</p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Maneras de probarse</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 08 Sep 2014 18:42:23 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[De acuerdo con el filósofo Raphael Lellouche, Borges escribió Pierre Menard, autor del Quijote tras sufrir un accidente en una biblioteca de los suburbios de Buenos Aires. El propio Borges cuenta el accidente en El Sur, uno de sus cuentos más queridos, dijo alguna vez, a través de la peripecia de Juan Dahlmann, un criollo versado en letras. ‹‹Algo en la oscuridad le rozó la frente. ¿Un murciélago, un pájaro? —cuenta Borges en El Sur—. En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le había hecho esa herida.›› La suerte que habría de correr Juan Dahlmann después del accidente fue contraria a la del autor de Pierre Menard, pero similar en el concepto. Ambos tuvieron que hacer frente a un duelo, Dahlmann ante un peón del Sur, con una daga que, ‹‹en su mano torpe, no servía para defenderlo, sino para justificar que lo mataran››, y Borges frente a sus propias facultades mentales, lo que le llevó a escribir aquello de ‹‹la obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración››, es decir, el hallazgo de Pierre Menard, autor del Quijote, y no ‹‹otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote››.
La reflexión borgeana es de sobra conocida, y no habrá que detenerse ahí, sino en el motivo original de su escritura, según Raphael Lellouche: ‹‹Para poner a prueba sus facultades mentales comenzó a redactar Pierre Menard, autor del Quijote. Y entonces decidió probar un género literario nuevo para él, el relato fantástico. Al escribir este relato está únicamente preocupado por averiguar “de qué es capaz”, y no de los “resultados”.›› Ésta es la paradoja, el ejercicio mental al que se somete Borges, autor de Pierre Menard, autor al fin del Quijote, una paradoja que puebla el universo y a buen seguro tendrá otros ejemplos en el mundo literario. Pero ¿habría escrito Borges ese relato de no haberse dado con el batiente y haber sufrido a consecuencia una septicemia? Bah, qué tonterías. De no haber sufrido este accidente, el relato que muy rara vez habría tenido lugar es El Sur, y en tal caso no lo consideraría uno de los más queridos. Pero, del mismo modo, tampoco Borges habría sido Borges, ni Pierre Menard, Pierre Menard…, y quien esto escribe, de no haber sufrido sus accidentes, quizá no se las vería ahora con este artículo, que no es tal, sino una prueba de sus facultades mentales. ¿En qué medida la peripecia de Borges puede caber en el desorden de un autor de medio pelo, a la vuelta de unos días de asueto?						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>De acuerdo con el filósofo Raphael Lellouche, Borges escribió <em>Pierre Menard, autor del Quijote</em> tras sufrir un accidente en una biblioteca de los suburbios de Buenos Aires. El propio Borges cuenta el accidente en <em>El Sur</em>, uno de sus cuentos más queridos, dijo alguna vez, a través de la peripecia de Juan Dahlmann, un criollo versado en letras. ‹‹Algo en la oscuridad le rozó la frente. ¿Un murciélago, un pájaro? —cuenta Borges en <em>El Sur</em>—. En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le había hecho esa herida.›› La suerte que habría de correr Juan Dahlmann después del accidente fue contraria a la del autor de <em>Pierre Menard</em>, pero similar en el concepto. Ambos tuvieron que hacer frente a un duelo, Dahlmann ante un peón del Sur, con una daga que, ‹‹en su mano torpe, no servía para defenderlo, sino para justificar que lo mataran››, y Borges frente a sus propias facultades mentales, lo que le llevó a escribir aquello de ‹‹la obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración››, es decir, el hallazgo de <em>Pierre Menard, autor del Quijote</em>, y no ‹‹otro Quijote —lo cual es fácil— sino <em>el Quijote</em>››.</p>
<p>La reflexión borgeana es de sobra conocida, y no habrá que detenerse ahí, sino en el motivo original de su escritura, según Raphael Lellouche: ‹‹Para poner a prueba sus facultades mentales comenzó a redactar <em>Pierre Menard, autor del Quijote</em>. Y entonces decidió probar un género literario nuevo para él, el relato fantástico. Al escribir este relato está únicamente preocupado por averiguar “de qué es capaz”, y no de los “resultados”.›› Ésta es la paradoja, el ejercicio mental al que se somete Borges, autor de Pierre Menard, autor al fin del Quijote, una paradoja que puebla el universo y a buen seguro tendrá otros ejemplos en el mundo literario. Pero ¿habría escrito Borges ese relato de no haberse dado con el batiente y haber sufrido a consecuencia una septicemia? Bah, qué tonterías. De no haber sufrido este accidente, el relato que muy rara vez habría tenido lugar es <em>El Sur</em>, y en tal caso no lo consideraría uno de los más queridos. Pero, del mismo modo, tampoco Borges habría sido Borges, ni Pierre Menard, Pierre Menard…, y quien esto escribe, de no haber sufrido sus accidentes, quizá no se las vería ahora con este artículo, que no es tal, sino una prueba de sus facultades mentales. ¿En qué medida la peripecia de Borges puede caber en el desorden de un autor de medio pelo, a la vuelta de unos días de asueto?</p>
<p>Todo artículo es una manera de probarse, en el fondo, y en especial para quien los artículos no son su oficio, sino una manera de solazarse, de expresar una serie de ideas que no caben en un relato o que primero deben bregarse y mostrar de qué son capaces. Para eso la escritura es ideal: lo pone todo del derecho y del revés, y permite verle a la idea de turno los cuartos interiores, sin dejarla inútil y sobada. De hecho, no está clara la voluntad de Borges al empezar la escritura de <em>Pierre Menard, autor del Quijote</em>, ya que por entonces aún no se tenía por un cuentista, y encontró en Pierre Menard, de acuerdo con Lellouche, la inspiración para el género fantástico. Las primeras líneas del relato no tenían por qué llevarlo a una ficción, sino a una de sus inquisiciones, tal vez, o a cualquier nuevo género producto de un batiente mal cerrado contra la sien de un pobre literato. ¿Y qué más da? Juan Dahlmann se fue al Sur, donde su bisabuelo empezó la fortuna de la familia criolla, y ahí habría de ponerse a prueba, con menos suerte, se da a entender, porque el Sur es menos una propiedad que el espacio de sus fantasías.</p>
<p>Las maneras de poner a prueba las facultades mentales de uno no tienen por qué pasar a la fuerza por la letra escrita ni por una tarea relacionada con la creación; también se puede robar la cucharilla del café en un restaurante, proponer a cualquiera una cita (otra forma de duelo) o pintar una pared. Para todo hace falta cierto temple, pero de un modo especial para pintar la pared. Hay que coger el bote de pintura, la brocha, papel de periódico para el suelo, así como para los extremos de la pared en cuestión, y coger en todo momento la cantidad de pintura adecuada, con tal de que la brocha moje pero no deje goterones. Pintar una pared no es como escribir un cuento, pero sirve, en la medida en que la literatura no puede llenar por sí misma una existencia humana, y la pared, como el Quijote de Menard, una vez pintada, si bien sigue siendo la misma, ya no es la misma pared.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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