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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Ver por uno mismo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Nov 2016 17:52:30 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Si Juan Villoro llama a la crónica un ornitorrinco, salvaje y complejo, donde se mezclan diversos géneros como el reportaje, el relato, el teatro y la entrevista; para nosotros se tratará más bien de un animal de frontera, de ésos que se pasean a uno y otro lado del cerco sin quedarse en ningún sitio.
Lo que viene a hacer Andrea Jeftanovic en sus Destinos errantes (Editorial Comba, 2016) es deambular por distintos espacios en conflicto sin permanecer de modo definitivo en ninguno de ellos. El cronista se mueve en los bordes, en los intermezzo. Como el mismo Villoro señalara, aquellos personajes al que el cronista intentará llegar en un diálogo profundo, tal vez insólito, no son «ni los testigos ni los muertos ni los supervivientes, ni los hundidos ni los salvados, sino lo que queda entre ellos». Y Jeftanovic, como para empatizar con esa condición, sitúa su discurso en una zona límite, errante y migrante:
Entre Perú y Chile en el caso de la crónica sobre el poeta peruano-japonés José Watanabe, para quien todo inmigrante tiene derecho a inventarse un pasado; entre California y Chile cuando nos narra su experiencia como estudiante en Berkeley; entre la contemporaneidad que le tocó vivir y los años del movimiento beat o del posterior hipismo que le habría gustado vivir, aprovechando que por allá siempre la confundían con Janis Joplin; entre las geografías de Sarajevo y Santiago, la ciudad con forma de cuenca, y ese río y esa montaña que la dividen en dos; entre el subterráneo y la ciudad que está encima, donde el infierno y el cielo parecen darse vuelta, invertirse por completo, como cuestionando ese borde que los separa –«en la ciudad, el infierno; en el subterráneo de un patio, el cielo», (pág. 17) dice según recorre los siete círculos junto a su guía Edis, el Virgilio de Sarajevo, sin dejar de pensar nunca en cuál sería la dialéctica entre el cielo y el infierno que podría darse en Chile, allí donde migró su familia luego de que su abuelo fuese fusilado en Zagreb, escenarios de guerra que se cruzan en el viaje de la autora—; entre la imaginación y la crónica que anima la escritura de Clarice Lispector, quien además sella su identidad entre Rusia y Brasil, la escritora desencajada para quien escribir es una maldición que salva; entre la puerta de Madrid y la puerta de Alcalá, en aquella pensión o cuarto propio donde no entran las miradas de los demás y se prepara para la entrega del Premio Cervantes; entre la literatura española y la latinoamericana, y ese segundo descubrimiento que está aún pendiente, en el cual «nosotros habríamos de conquistarlos a ellos», dice la autora; entre Palestina e Israel y su intento por mezclar ambas identidades confundiendo a los autores de uno y otro lado en los anaqueles de una biblioteca pública; entre los de derecha y los de izquierda en ese país tan dividido por las circunstancias políticas, luego de que un helicóptero se volviera «un pájaro negro emitiendo zumbidos en el paisaje» (pág. 183) de la ciudad; entre los hijos y los padres —desde la voz de una niña Andrea que le permite inscribir su resistencia, porque la infancia, según el propio texto de Jeftanovic en Hablan los hijos (2011), se ha vuelto una estrategia narrativa para hablar por los otros, por los subalternos, para re-crear la memoria reconociendo que se trata finalmente de un artificio, porque los niños recorren las zonas límites sin pudor, y los padres son simplemente los guardianes de aquellos umbrales, los abridores o cerradores de puertas.					]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[		<div data-elementor-type="wp-post" data-elementor-id="1633" class="elementor elementor-1633">
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									<p style="text-align: justify;"><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/ver-por-uno-mismo/bag-1209918_1920/" rel="attachment wp-att-1637"><img decoding="async" class="aligncenter size-medium wp-image-1637" src="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/11/bag-1209918_1920.jpg" alt="bag-1209918_1920" width="1" height="1" /></a><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://editorialcomba.com/autor/constanza-ternicier/" rel="attachment wp-att-1465">Por <strong>Constanza Ternicer</strong></a></p><p style="text-align: justify;">Si Juan Villoro llama a la crónica un ornitorrinco, salvaje y complejo, donde se mezclan diversos géneros como el reportaje, el relato, el teatro y la entrevista; para nosotros se tratará más bien de un animal de frontera, de ésos que se pasean a uno y otro lado del cerco sin quedarse en ningún sitio.<br />Lo que viene a hacer Andrea Jeftanovic en sus <em>Destinos errantes</em> (Editorial Comba, 2016) es deambular por distintos espacios en conflicto sin permanecer de modo definitivo en ninguno de ellos. El cronista se mueve en los bordes, en los intermezzo. Como el mismo Villoro señalara, aquellos personajes al que el cronista intentará llegar en un diálogo profundo, tal vez insólito, no son «ni los testigos ni los muertos ni los supervivientes, ni los hundidos ni los salvados, sino lo que queda entre ellos». Y Jeftanovic, como para empatizar con esa condición, sitúa su discurso en una zona límite, errante y migrante:<br />Entre Perú y Chile en el caso de la crónica sobre el poeta peruano-japonés José Watanabe, para quien todo inmigrante tiene derecho a inventarse un pasado; entre California y Chile cuando nos narra su experiencia como estudiante en Berkeley; entre la contemporaneidad que le tocó vivir y los años del movimiento beat o del posterior hipismo que le habría gustado vivir, aprovechando que por allá siempre la confundían con Janis Joplin; entre las geografías de Sarajevo y Santiago, la ciudad con forma de cuenca, y ese río y esa montaña que la dividen en dos; entre el subterráneo y la ciudad que está encima, donde el infierno y el cielo parecen darse vuelta, invertirse por completo, como cuestionando ese borde que los separa —«en la ciudad, el infierno; en el subterráneo de un patio, el cielo», (pág. 17) dice según recorre los siete círculos junto a su guía Edis, el Virgilio de Sarajevo, sin dejar de pensar nunca en cuál sería la dialéctica entre el cielo y el infierno que podría darse en Chile, allí donde migró su familia luego de que su abuelo fuese fusilado en Zagreb, escenarios de guerra que se cruzan en el viaje de la autora—; entre la imaginación y la crónica que anima la escritura de Clarice Lispector, quien además sella su identidad entre Rusia y Brasil, la escritora desencajada para quien escribir es una maldición que salva; entre la puerta de Madrid y la puerta de Alcalá, en aquella pensión o cuarto propio donde no entran las miradas de los demás y se prepara para la entrega del Premio Cervantes; entre la literatura española y la latinoamericana, y ese segundo descubrimiento que está aún pendiente, en el cual «nosotros habríamos de conquistarlos a ellos», dice la autora; entre Palestina e Israel y su intento por mezclar ambas identidades confundiendo a los autores de uno y otro lado en los anaqueles de una biblioteca pública; entre los de derecha y los de izquierda en ese país tan dividido por las circunstancias políticas, luego de que un helicóptero se volviera «un pájaro negro emitiendo zumbidos en el paisaje» (pág. 183) de la ciudad; entre los hijos y los padres —desde la voz de una niña Andrea que le permite inscribir su resistencia, porque la infancia, según el propio texto de Jeftanovic en <em>Hablan los hijos</em> (2011), se ha vuelto una estrategia narrativa para hablar por los otros, por los subalternos, para re-crear la memoria reconociendo que se trata finalmente de un artificio, porque los niños recorren las zonas límites sin pudor, y los padres son simplemente los guardianes de aquellos umbrales, los abridores o cerradores de puertas.<br />Es también el límite entre la memoria y el olvido de esos archivos que guarda Casa América en Cuba y que, según Derrida, suponen un ejercicio complementario de presencia y ausencia —el archivo que lleva implícito lo que abriga y también lo que olvida—. Conviven en él una pulsión de conservar, pero también de muerte, destructiva, que trabaja contra sí mismo. Mal de archivo (1995).</p><p style="text-align: justify;">ENTRE LO PROPIO Y LO AJENO</p><p style="text-align: justify;">Sus crónicas dejan entrar lo ajeno en el terreno de lo propio. Tal como sucede en la autobiografía —donde siempre está latente la presencia del otro, y el yo, como plantea Paul de Man, tiende a desfigurarse cada vez que intenta afirmar su identidad—, el yo queda desfigurado en múltiples identidades y se vuelve también fronterizo. Escribir es una forma en que la intimidad se vuelve otra: «Escribir es una puesta en escena donde las cosas ocurren una, dos, tres veces. Escribir para el lector que llevo dentro, para que mi intimidad entre en contacto con otra, que no conoce ni conocerá, para que, en un punto mínimo, mi biografía se cruce con la historia. Escribir para modificar nuestros originales» (pág. 117). Escribir es re-escribir, re-crear la memoria y ser capaz de darle un sentido diferente a todo lo que pudo haber ocurrido.<br />Con todo, en ese movimiento que merodea lo propio y lo ajeno, nuestra autora parece querer estar volviendo siempre al terreno de lo propio. Para poder sentirse a gusto, tiende a buscar semejanzas con su entorno más directo allí donde viaja. Siempre está estableciendo analogías: en la comida, en la geografía, en las calles, en los gestos, en los hechos de la historia. Es su truco, dice, para luchar contra la sensación de ajenidad.</p><p style="text-align: justify;"><img decoding="async" class=" wp-image-3061 alignright" src="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2020/09/Portada-pequena-Destinos-errantes.jpg" alt="" width="156" height="243" srcset="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2020/09/Portada-pequena-Destinos-errantes.jpg 386w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2020/09/Portada-pequena-Destinos-errantes-300x466.jpg 300w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2020/09/Portada-pequena-Destinos-errantes-193x300.jpg 193w" sizes="(max-width: 156px) 100vw, 156px" />En mi experiencia viajera, en cambio, ando siempre tras lo ajeno, lo otro, lo que me permita pasar desapercibida y perderme en un tumulto que nunca soy yo. ¿Será que somos de dos generaciones distintas? Andrea es hija de una dictadura que los dejó a ella y a todos los suyos como huérfanos, con las raíces al aire, como dijera Rodrigo Cánovas. Y nosotros somos hijos de no sé qué, de ese proceso raro y amorfo que algunos llaman transición. Andrea y los suyos impugnan a esos padres soberanos de guerra por haber participado de tal catástrofe, por haberse convertido incluso en cómplices. Los llevan a tribunales privados y les piden una declaración. Nosotros ya ni siquiera sentimos que nuestros padres nos deban algo. Hace algunos meses Pablo Azócar, de una generación mayor que la de Andrea —la de Bolaño, los que nacieron en los 50s—, me pidió escribir sobre viajar, esa actividad incansable que parece ser la única prioridad de mi vida. Y entonces comencé a pensar por qué será que me gusta tanto andar tomando aviones. Recordé que una amiga esbozó un día una respuesta mientras caminábamos por la Quinta Avenida en Nueva York, cuando yo estaba ya medio extasiada de tanta locación peliculera junta. Es por lo relativo que se hace el tiempo, dijo. Es como matarlo, remató. Una «necronía», decidimos ponerle en un arranque neologista. No hay nada más placentero que esa relatividad. Permanecer allí sin saber a ciencia cierta cuánto tiempo pudo haber pasado. Como dormir, como derrochar, como perderse. Como ser inducido a un coma.</p><p style="text-align: justify;">Viajar es instalarse en ese espacio en el que nadie te conoce ni te prejuicia, donde lo inútil es valioso. Ser extranjero allí donde vayas y sin existencialismos. Donde se hablan lenguas desconocidas benditamente indescifrables. Donde el tumulto indiferencia la sangre y los colores. Viajar es olvidarnos de que somos de un país apretujado entre la cordillera y un mar tremendo. Es el placer de no reconocer las fronteras, de traspasar lo indómito. Es la trashumancia que recorre veranos e inviernos sin saber a qué parte del año corresponde cada cual. Es salirse del pasillo que es Chile para, sin embargo, volver allí. Porque ellos y nosotros, los de la otra generación y los de la nuestra, estamos siempre volviendo. Porque los hijos de esto y de lo otro finalmente queremos perdernos para encontrar. Por muy desarraigados que nos creamos, la necesidad de volver es inevitable. Y la escritura de Jeftanovic eso lo ha tenido siempre en claro. Residir en esta tierra donde el tiempo sí existe y es real. Para terminar concluyendo que las «necronías», esa palabra que un día nos inventamos, definitivamente, están siempre en otra parte. Y es que el trabajo del cronista, nos dice Monsiváis, nos dice Caparrós, nos dice en realidad su etimología, es querer captar el tiempo, el instante, el tiempo narrativo, al huidizo Cronos. Pero ese espacio indeterminado y fronterizo en que ella se ubica parece tratarse de una tarea imposible. Como la escritura misma, nace de su propio fracaso. Y cito a Caparrós: «La crónica —muy en particular— es un intento siempre fracasado de atrapar el tiempo en que uno vive. Su fracaso es una garantía: permite intentarlo una y otra vez, y fracasar e intentarlo de nuevo, y otra vez.» Jeftanovic funde tiempos como en una transtemporalidad y tranespacialidad donde el mundo y la literatura se disuelven para dar paso a pequeños e íntimos momentos que son casi imposibles de aprehender. En su habitación de Casa América, donde cruza los tiempos de la Revolución Cubana con otros tiempos, nos confiesa: «Me siento en la orilla de la cama a esperar que algo se manifieste. Sentarse a esperar una revolución íntima, esperar incluso el fin del mundo o, por qué no, el fin de la poesía.» (Pág. 215) Se juega un papel heroico en esta empresa. Como dice el poeta colombiano Darío Jaramillo, quien preparara antología de crónica hispanoamericana actual, se requiere una gran presencia de ánimo y no tener noción del peligro. Hay que tener entereza moral. Para Jeftanovic, que le sobra la entereza, la escritura es una una forma de denuncia: «La escritura siempre tiene algo de ‘funa’; la escritura tacha, señala, subraya.» (Pág. 188) Al darle voz a los excluidos o a los que nunca hablaron, aquellos que nunca fueron reporteados en los medios oficiales, se ubica el foco en otro lugar. Entonces, la crónica se vuelve prácticamente una ucronía. ¿Qué habría pasado si los protagonistas hubiesen sido otros? Como dijera Monsiváis, es el arte de recrear literariamente la actualidad. Y es aquí donde la crónica se acerca a la ficción, a la literatura, porque narra lo que no ocurrió, lo posible, lo que pudo haber sido. Conjeturas, sueños y fantasías: terrenos en los que Andrea se mueve libremente para que, como el túnel suberráneo construido en Sarajevo con el fin de protegerse durante la Guerra de los Balcanes, podamos «urdir pasadizos secretos a la intemperie» (pág. 36). Esa intemperie que para el escritor argentino Walter Cassara implica el salto de la horizontalidad a la verticalidad —la verticalidad de las múltiples memorias, de lo que ocurre una, dos, tres veces—, es el «olor sagrado del sotobosque en el hocico de algún animal salvaje, siempre en el hocico de algún animal salvaje. O es una palabra que pide que nos frotemos, que nos cobijemos en ella, nos desnudemos en lo misterioso, lo casi monstruoso de su sonido (…) Es la distancia tónica que irrumpe en la cueva de la propia subjetividad, el espacio abierto que ventila la mente, deshollina el yo, lo apacigua y ensancha en la conciencia de su infinita pequeñez» (pág. 216). La intemperie que libera, por la que se pasea el alma y allí donde el yo se topa con todos aquellos que lo devuelven a sí mismo. Lo íntimo se cruza con la historia, como pretendiera Andrea.</p><p style="text-align: justify;"><img decoding="async" class=" wp-image-2978 alignleft" src="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2020/09/jeftanovic-autor.png" alt="" width="164" height="166" srcset="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2020/09/jeftanovic-autor.png 260w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2020/09/jeftanovic-autor-100x100.png 100w" sizes="(max-width: 164px) 100vw, 164px" />Su generación de autoras que trabajaron con la urdimbre de la familia y la intimidad —Lina Meruane, Andrea Maturana, Nona Fernández, Alejandra Costamagna— ha comprendido mejor que nadie que esos universos aparentemente cerrados tienen un alcance social, explotan en el exterior más allá de los espacios cerrados de las casas. Tal como Clarice Lispector, no hay nada que les parezca más participativo que los sentimientos humanos. La intemperie es el espacio recorrido por el viajero, es la errancia por donde se mueve la mirada: «El derecho a la mirada es una forma efectiva de rellenar el espacio vacío de la memoria. He mirado esas imágenes con las prótesis ópticas de las cámaras, los escáner para registrar y volver a observarlas en las pantallas del computador. Entonces viajo por el habitual deseo de ver ‘por uno mismo’ las pruebas de la victoria y de la catástrofe. La dialéctica de ver-por-uno-mismo» (pág. 211). La mirada devela un aura, nos dice Benjamin. Allí donde el pasado se convierte en destino y en futuro. Es el deseo de unir los tiempos. Desaparece entonces eso que llaman generaciones. Parecemos un aullido común. Y precisamente ahí asoman estos <em>Destinos errantes</em>.</p><p><strong> </strong></p>								</div>
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		<title>Ventanas abiertas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 26 Sep 2016 10:36:56 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[En el desordenado encanto de las calles portuguesas asombra la cantidad de ventanas rotas que aparecen en uno y otro lado, siquiera los pequeños recuadros que las forman, dejando abierta la posibilidad de que tanto lo bueno como lo malo entre y salga con total libertad. «Pese a toda predicción —dice Andrea Jeftanovic en sus crónicas—, se puede entrar a un país por una ventana.» Algunas de ellas pertenecen a casas en venta, otras no. No son pocas las casas en venta, a decir verdad, lo mismo que en Toledo, aunque en la antigua capital del Reino ninguna ventana se cae. Si algo se viene abajo, más bien, es el espíritu, medio taciturno entre tanto monumento, historia y religiones entre muros. Será difícil la vida allí, con su majestuosidad e innegable belleza. Hace falta que se abran más ventanas y corra el aire, los aromas que no sean propiamente toledanos, de las distintas cortes y su legado. ¿Aires artísticos? Por lo visto, no destacan. Toledo carece de una relación artística fuerte con otras ciudades de su entorno, Madrid en particular, de cuyo movimiento y vitalidad cultural podría beneficiarse. Están conectados por el AVE y en coche a menos de una hora.
Los paisajes y los muros toledanos tendrían que volver a ser desde luego espacio de creación, sea en el arte que sea y no a la fuerza imbuido por la oscuridad castellana que El Greco encumbró. Eso ya fue, y es triste sentirla todavía por sus calles, sentir que su cuidada armadura se mantiene espléndida porque toca, pero sin interés alguno en espolearla. Junto a la sinagoga judía bien podría haber una tetería —o dos—, representando el cruce del culturas que allí tuvo lugar, la cerámica de Talavera de la Reina merece un escaparate más destacado y en la plaza del Zocodover abruma toparse de frente con un McDonald’s y un Burguer King, los dos juntitos, representando acaso la última religión. A cualquiera se le ocurren mejores negocios para la que antaño hizo las veces de plaza mayor. Una librería no, claro, que en España los libros no interesan, como ya le dijo Manuel Fraga en su época de ministro al Señor Lara, antes de que éste fundara la editorial Planeta. Semejante locura… ¡cómo se le ocurría! Detrás de la catedral hay una generalista bien surtida, “Hoja blanca”, si bien quienes la regentan insisten en que faltan lectores. Habrá que buscarlos más allá del Tajo, tal vez, acaso en el Colegio Howarts de Magia y Hechicería.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/10/Ventana-normal.jpg"> </a></p>
<p>En el desordenado encanto de las calles portuguesas asombra la cantidad de ventanas rotas que aparecen en uno y otro lado, siquiera los pequeños recuadros que las forman, dejando abierta la posibilidad de que tanto lo bueno como lo malo entre y salga con total libertad. «Pese a toda predicción —dice Andrea Jeftanovic en sus crónicas—, se puede entrar a un país por una ventana.» Algunas de ellas pertenecen a casas en venta, otras no. No son pocas las casas en venta, a decir verdad, lo mismo que en Toledo, aunque en la antigua capital del Reino ninguna ventana se cae. Si algo se viene abajo, más bien, es el espíritu, medio taciturno entre tanto monumento, historia y religiones entre muros. Será difícil la vida allí, con su majestuosidad e innegable belleza. Hace falta que se abran más ventanas y corra el aire, los aromas que no sean propiamente toledanos, de las distintas cortes y su legado. ¿Aires artísticos? Por lo visto, no destacan. Toledo carece de una relación artística fuerte con otras ciudades de su entorno, Madrid en particular, de cuyo movimiento y vitalidad cultural podría beneficiarse. Están conectados por el AVE y en coche a menos de una hora.</p>
<p>Los paisajes y los muros toledanos tendrían que volver a ser desde luego espacio de creación, sea en el arte que sea y no a la fuerza imbuido por la oscuridad castellana que El Greco encumbró. Eso ya fue, y es triste sentirla todavía por sus calles, sentir que su cuidada armadura se mantiene espléndida porque toca, pero sin interés alguno en espolearla. Junto a la sinagoga judía bien podría haber una tetería —o dos—, representando el cruce del culturas que allí tuvo lugar, la cerámica de Talavera de la Reina merece un escaparate más destacado y en la plaza del Zocodover abruma toparse de frente con un McDonald’s y un Burguer King, los dos juntitos, representando acaso la última religión. A cualquiera se le ocurren mejores negocios para la que antaño hizo las veces de plaza mayor. Una librería no, claro, que en España los libros no interesan, como ya le dijo Manuel Fraga en su época de ministro al Señor Lara, antes de que éste fundara la editorial Planeta. Semejante locura… ¡cómo se le ocurría! Detrás de la catedral hay una generalista bien surtida, “Hoja blanca”, si bien quienes la regentan insisten en que faltan lectores. Habrá que buscarlos más allá del Tajo, tal vez, acaso en el Colegio Howarts de Magia y Hechicería.</p>
<p>A la librería Lello de Oporto se le acumulan los visitantes en cada truco de los alumnos del Colegio Howarts. Las colas que se forman junto a su puerta son de decenas de personas, menos interesadas en comprar libros que en ver el espacio, con sus maderas y la bella escalera central, al punto de que los dueños decidieron cobrar entrada. Y si el cliente compra un libro, se le devuelve el coste de la entrada. La medida es de toda lógica, mal que afecte al lector común. No tanto ya por la cuestión de la entrada, cuanto por las terribles colas. Es como acceder a un santuario en cuyo interior cuesta moverse lo mismo que en un concierto, por no hablar de encontrar y hojear un libro. Este auge debería impulsar en Oporto la apertura de una nueva librería con voluntad literaria, quizá no tan espectacular pero bonita igual, en cualquiera de los locales medio abandonados que se aprecian en el centro de la ciudad, las ventanas abiertas para acoger a los lectores. La magia literaria, en fin, no requiere de otro colegio de hechicería.</p>
<p>A Toledo, por su parte, le corresponde sacar provecho del impresionante valor cultural y escultórico de la ciudad para abrir nuevos espacios, hacer que de nuevo haya librerías de viejo —¿qué lugar más apropiado, si no?—, galerías, salas de exposiciones, restaurantes de prestigio, anticuarios, y atraer con ello a gente de distintas procedencias. Ciudad más privilegiada en cuanto a patrimonio artístico no la hay. Y no fue mirando para dentro como se levantaron tantos monumentos. El actual turismo fácil no conduce a nada, y no sólo en Toledo, sino en general, nada más que a convertir a los residentes en sombrías víctimas del propio lugar. Y el turista… ¿qué busca el turista más allá de espacios pintorescos, sino la fraternidad y aprecio de los locales?</p>
<p>En el libro <em>Destinos errantes</em>, crónicas reunidas, Andrea Jeftanovic destaca que cuando se viaja uno toma consciencia de que eligió una vida entre muchas otras. ¿Y cuántas se pueden tener? La pregunta tiene que ver con el plural del título, con la idea de que en cada nuevo destino pueda uno reconvertirse y experimentar una nueva existencia, modificar, en palabras de la autora, nuestros originales. La metáfora funciona mejor a la inversa, sin embargo: es una misma errancia la que hace al viajero, una sola mirada que se nutre y se transforma tras cada experiencia, y de este modo, al fin, emerge una vida. La viajera Jeftanovic recorre la ciudad de Sarajevo, la zona convulsa del conflicto palestino-israelí, Alcalá de Henares, La Habana, la California de los sesenta salvo que en pleno siglo XXI o el Río de Janeiro de Clarice Lispector, entre otros destinos, en cada uno de los cuales entra por una ventana y sale por otra, punto de partida para el nuevo objetivo. «Los viajes —dice— son una ruta personal que nadie más puede repetir.»</p>
<p>Escrito por<strong> Juan Bautista Durán</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en <a href="http://revistaparaleer.com/actualidad/ventanas-abiertas-por-juan-bautista-duran/" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Revista Eñe</a></p>
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