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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>El paladar de Saturno</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/el-paladar-de-saturno/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[myedi124]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 28 Apr 2022 09:41:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Antropofagia]]></category>
		<category><![CDATA[Arte]]></category>
		<category><![CDATA[Dalmau & Górriz]]></category>
		<category><![CDATA[Giacometti]]></category>
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					<description><![CDATA[El arte, y sobre todo el volumen, eran para ella un fenómeno o la conclusión de su vida, y atribuía a sus esculturas el carácter de fetiches dimensionados. No era tan importante la obra, cuanto la falsa realidad que aportaba o lo que le sugería mentalmente. Jugaba, entre unas obras y otras, a identificarlas, resultado agónico de su iconografía.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p>Por Jordi Dalmau y Lídia Górriz</p>



<p></p>



<p>1</p>



<p>En un rincón del taller quedaban los restos de piezas y caballetes abandonados. Mashi había dejado la pintura para llegar más sensualmente a los volúmenes, las palpables carnes frondosas, las sinuosas líneas corpóreas. Algo tangible, soportable, humano. Pero necesitaba más. El color sólo le sugería el irreal tono de la carne y ya no lo soportaba. Quería palpar el cuerpo, su cuerpo y el de los demás. </p>



<p>Sus conocidos le indicaban lo que no debía hacer. Las apetencias deben controlarse y no fomentarlas, le explicaban sus padres ahora que, decían, aún era posible. Pero ella insistía en leer textos complejos para su temprana edad. Y de aquellas figuras voluptuosamente quietas que observaba, algunas parecían hablarle, no todas, sólo algunas que le decían cosas y prendían en ella un presagio.</p>



<p></p>



<p>2</p>



<p>El barro ocre la llegó a proteger y le devolvió más tarde la sorpresa que había observado de niña, pese a no comprenderla todavía. La nada blanca con sus ojos pequeños la miraba y ella sonreía tranquila.</p>



<p>Tenía un ansia devoradora y, como A.G.<a href="#_ftn1">[1]</a>, poseía un pequeño taller atestado de cosas. Todas útiles, todas importantes, esenciales y únicas. Diarios de varios años, recortes de prensa y revistas; la última comida del perro, lápices de diferentes tamaños, carboncillos tiznados, ropa variada en bolsas, cajas vacías y medio llenas; plásticos para tapar las formas, trapos blancos y sucios para dejarlas humedecidas; algún corcho de vino que se reproducía por los rincones, un jabón inexistente, cosas encontradas en la calle, recuerdos de la infancia, la adolescencia y la adultez; esperanzas dejadas en el suelo, facturas del año mil novecientos noventa y nueve.</p>



<p>Había también unos cuantos libros o catálogos, donde se leía su nombre, Mashi, y su estelar aparición en un dominical de gran tirada donde se la presentaba como la gran revelación de los «artistas evolucionados». Éstos debían su calificativo a la distinción que hizo Walter Fegh entre la última generación de artistas en constante deriva especulativa.</p>



<p>El arte, y sobre todo el volumen, eran para ella un fenómeno o la conclusión de su vida, y atribuía a sus esculturas el carácter de fetiches dimensionados. No era tan importante la obra, cuanto la falsa realidad que aportaba o lo que le sugería mentalmente. Jugaba, entre unas obras y otras, a identificarlas, resultado agónico de su iconografía.</p>



<p></p>



<p>3</p>



<p>Los modelos libres fueron sustituidos, y cambió por tanto su sistema, no por la falta de recursos sino por los encargos que estaba recibiendo. Cada vez más y más. Optó por hacer una copia del modelo original y crear un doble que podía transformar a voluntad. Estos dobles los guardó durante años, dedicándoles no pocos cuidados: los regaba y les tapaba las extremidades, narices u orejas, así como la extensión de las manos, siempre tan frágiles.</p>



<p>Ya en esos tiempos deseaba experimentar con los dedos húmedos, que extraía con precisión quirúrgica e intercambiaba en otras posiciones para reforzar su expresión. Guardaba esos dedos en unos recipientes envueltos y mojados en una solución hidroalcohólica que habría de mantenerlos en perfecto estado.</p>



<p>Su trabajo era pródigo de alicientes, propio de quien vive sin excesivas preocupaciones. Vio justificadas tales pretensiones en la medida en que su creatividad cambiaba día a día las diferentes partes que reproducía, permaneciendo éstas en su punto de humedad. Esto facilitaba los implantes. Había resultados casi definitivos, sobre todo aquellos que poseían una gracia especial: sus dimensiones, su naturaleza callada pero atenta, su comunicación directa o su cariño y atracción intrínsecas. El género no importaba, ni la edad, tan sólo su empaque externo, que ella denominaba «el chasis espiritual verdadero».</p>



<p>Hizo que los encargos remitieran, cansada de que interrumpieran su búsqueda. Poseía ya un notable fondo de material para trabajar a voluntad y, además, sus recursos económicos venían siendo los suficientes para vivir. Más o menos, como lo que había leído del primer A.G. De él vislumbró o le pareció intuir el porqué del tamaño reducido de su estudio, la delgadez de su estilo, así como sus hábitos nocturnos y sus frugales comidas. Fue un anuncio fugaz en su instintivo cerebro.</p>



<p>Mashi entiende que su arte será para ella, tan sólo para ella, pura satisfacción y una dura batalla para que aquellos cuerpos cobren vida.</p>



<p></p>



<p>4</p>



<p>La noche anterior, acostumbrada a los horarios nocturnos, trabajó hasta altas horas de la madrugada y cayó dormida en el suelo. Despertó pasadas las cuatro de la tarde y, con los ojos todavía entrecerrados, le asaltaron serias dudas. Creyó ver un modelo posando. Y medio enloquecida, le habló. No era un ser real. Llegó a pensar que algún modelo conocido había entrado para darle una sorpresa. En otras épocas ocurrió algo parecido y, vencida por el sueño, no había oído nada.</p>



<p>Las condiciones del barro, la calidez de las formas, el color y el espíritu le hicieron pensar que, por primera vez en su vida, había conseguido algo grande, inmenso, supremo. Pasada la primera impresión, y en homenaje a A.G., se preparó dos huevos duros, que comió seguidos de jamón y pan. Recordó el vino tinto, el café, del que se sirvió cuatro tazas, y salió a comprar una cajetilla de cigarrillos. Fumó de manera compulsiva, pensando en él, en el estudio y en lo que acababa de realizar.</p>



<p>De vuelta tuvo que mirar si aquello era cierto. Y no sólo lo era, sino que comenzó a hablar con la figura, asombrada y excitada. Le explicó que por primera vez estaban juntos. Y haciendo lo posible para que volviera la calma, sentada ella, empezó a actuar como si estuviera poseída. Repetía gestos, movimientos, combinaciones con aquel barro y su mano, su cuerpo. Estuvo en ésas hasta la madrugada, cuando, agotada, se tumbó en el polvo y cayó dormida.</p>



<p>A las dos del mediodía, agitada, comprobó lo realizado la noche anterior. No había sucedido nada, era un buen intento, pero no era aquello. Algo no concordaba con lo esperado y frustró su alegría inicial. Sabía que era imposible, en realidad. Ya lo soñó y la premonición era fundada. No, no… no era eso.</p>



<p></p>



<p>5</p>



<p>Aquella tarde no paseó, no comió, no durmió. Tan sólo bebió, para acabar durmiéndose de nuevo. ¿A eso se referían sus padres cuando le decían que las apetencias deben controlarse y no fomentarlas? Ya era tarde, en cualquier caso, sentía el cuerpo a años luz de su alma, y al despertar, casi soñando, comprobó que había realizado un esbozo de la mano tan real como la primera noche. La tomó por los dedos y se la introdujo en la boca, chupando la masa, deshaciéndola y tragándosela, hasta disolver los dedos.</p>



<p>Luego escupió la masa que le quedaba, perpleja, y volvió al café. Tomó la suficiente cantidad como para quedarse despierta y repasar lo que había hecho. Repitió mil veces la secuencia, rememorando con claridad algunos instantes. Su antropofagia, que no le disgustaba, era idéntica a lo que hacía al desmembrar las piezas y guardar los dedos en el recipiente, para intercambiarlos más tarde. Aquello era natural y tenía cierto parentesco con el suceso anterior. No era igual, pero le había gustado. Estaba bien, era lícito y ya no tenía hambre. Tan sólo sed y ganas de volver a fumar.</p>



<p></p>



<p>6</p>



<p>Compró más pan y jamón, vino y huevos. Al principio fue el vino, no obstante, hasta perder el estudio de vista. Las imágenes se agolpaban en su imaginario, bailando entre maderas y figuras. Escuchaba música en su interior y un ardor simiesco incontrolable. Bailó y bailó creyéndose un dios, una heroína, una adelantada, topando al fin con la realidad y la dureza del suelo, un golpe que al día siguiente se reprodujo en un fuerte dolor de cabeza. Había dejado un rastro de sangre en el suelo. Tenía una herida no muy profunda en la frente.</p>



<p>Vio cómo había mordisqueado su primera obra, aquella que tan real le pareció. Había toqueteado también algunas imágenes de otros meses, a las que faltaban pequeñas fracciones. Seguía sin tener hambre, pero se obligó. Masticó lentamente y, lentamente, notó que estaba mareada. Cayó y vomitó. Había a su alrededor un charco de barro rojo y canela mezclado con los últimos alimentos. Su mono de trabajo estaba impregnado de algo parecido a la solución hidroalcohólica que utilizaba para conservar los dedos.</p>



<p>Tuvo que darse un paseo, uno largo, le vendría bien, salir y buscar quién era esa Mashi que ella misma había fomentado y que ya tan irreal le parecía. Pasó cerca de varios automóviles, coches y autobuses, motos, hasta alcanzar la estación de tren. Compró allí un billete a un lugar que conocía, un lugar de infancia. El tren la dejaba cerca.</p>



<p></p>



<p>7</p>



<p>La pequeña cabaña era todo lo que necesitaba para reencontrarse y pensar. Veía el agua de un riachuelo cercano y estaba rebosante de felicidad, los días pasaban tranquilos. No entendía cómo podía ser tan feliz. Se alimentaba de forma regular. La bebida, el café y los cigarrillos pasaron a un segundo plano. Solía darse un paseo hasta el pueblo más cercano, donde conoció a un hombre de carácter plácido, de buena conversación, ajeno a las costumbres del lugar. Mashi se sentía contenta, pese a no estar muy segura de lo que le ocurría. Pensó incluso en invitar al hombre a su casa taller, una vez se hubiera recuperado del todo. Pero ¿era la idea de volver a pensar en su trabajo lo que la ponía contenta o más bien la de invitar al hombre? La cabaña le recordaba también a sus padres, al primer momento de todo, esa falsa seguridad que nos obnubila y hace que mordamos, inconscientes, la primera tentativa que la vida nos ofrece. ¿Por qué había mordido aquella extraña manzana? Notaba su sabor a barro y el incipiente conocimiento de que ingería vida, aunque fuera amarga. La del arte, dijo el hombre, debe de ser la manzana donde están todos los sabores.</p>



<p>No era sólo eso, claro. Las ideas iban y venían, más cercanas cada vez a su nuevo paisaje. El riachuelo llenaba las sombras de la cabaña, así como la felicidad tomaba distintos tonos Pantone o brotaba en el silencio la voz del hombre. Su entusiasmo, el de Mashi, experimentaba pulsiones diversas, todas en un bucle extraño e irracional.</p>



<p>Poco a poco le molestó comer, sin embargo, no lo necesitaba, y a la vez le irritaba pensar en el barro. Era un pensamiento infecto, estaba allí. Lo rechazaba tajantemente. Quería volver y verificar. Y convenció al hombre para que fuera con ella. Habría de acondicionar un espacio para él, esperando que la visión del taller, la casa llena de trastos que ya ni recordaba cómo habían llegado, no lo abrumaran ni lo echaran para atrás.&nbsp; &nbsp;</p>



<p></p>



<p>8</p>



<p>Algunas creaciones tenían un aspecto magnífico, parecían embeberse del optimismo de su viaje. El taller volvió a resplandecer con su llegada. Al hombre le pareció Mashi una gran artista, así se lo dijo, para timidez y estremecimiento suyo. Ella trabajó mucho en las primeras semanas, sentía una energía maravillosa, la fuerza para llevar a cabo cuanto tenía en mente. La tomaba él de la mano: compartían la creación de la misma manera que los paseos.</p>



<p>En esos días Mashi descubrió un volumen medio tapado en su taller. Le causaba una extraña atracción, propia de aquellas figuras voluptuosamente quietas que años atrás observaba. Algo estaba sucediendo, no tardó mucho en entenderlo. Notó en su boca el sabor de la arcilla, el líquido que bajaba por el exterior de su cuello y más tarde por su garganta, regando el interior de su organismo. Tendría que limpiar su camisa mojada, porque ya no estaba sola. Debía secarla, no había sido nada…</p>



<p></p>



<p>9</p>



<p>De vuelta de uno de sus paseos encontraron el estudio revuelto, como si alguien hubiera entrado. Había caído un viejo recipiente con dedos envueltos en formol, mientras que otro estaba roto en el suelo y el líquido empezaba a evaporarse. El hombre se excusó, dijo que quizá había sido él, que salió el último y lo hizo con prisas. Quizá había rozado el pequeño mueble sin darse cuenta, dio a entender, un accidente, eso lo explicaría todo, aunque lo cierto es que tampoco oyó el ruido de nada cayéndose. No te preocupes, dijo Mashi. La preocupación, ya hacía días que había anidado en ella, era suya.</p>



<p>Esa noche se levantó inquieta y fue al taller, donde estaba el resto de las figuras. Al ver los dedos esparcidos se quedó ahí, paralizada, confundida tal vez, y con el pulso titubeante empezó a engullirlos uno a uno. Los encontró bien de sabor y notó cómo el improvisado festín le sentaba bien. Había vuelto a comer aquello que vetó, pero no se sentía mal con el resultado del banquete. Tampoco tuvo complicaciones, ningún vómito, nada, de verdad, nada extraño. Se preguntó entonces por qué no, ¿cómo no iba a probar unos bocados tan exquisitos, con un olor a arcilla tierna tan destacable?</p>



<p>Olió al hombre en la cama, antes de que se despertara. Le había rociado un brazo y la mano con su dilución favorita. El formol es otra historia. Notó que lo quería. Y así dormido le resultaba más apetecible aún. Pero la dilución hizo que el hombre despertara, presa de unos ardores que le abarcaban la mano y parte del brazo, un dolor que la abrasaba la piel y que fue sangre también. Pegó un grito al verlo, horrorizado el hombre, sacudiéndose el sueño con la misma prontitud que tuvo para largarse. Nunca más regresó.&nbsp;&nbsp; </p>



<p>10</p>



<p>Mashi siguió trabajando. No quería pensar en otra cosa que en el acto de crear y engullir, especificando qué fragmentos eran más propicios y aptos para su organismo. Creaba cada día maravillas y masticaba hasta el agotamiento. En momentos rememoraba los tiempos de la cabaña, el pueblo, el riachuelo, su amigo… Y no entendía cómo no echaba en falta aquel limo creador, aquellos fragmentos, aquellos cadáveres exquisitos, aquel producto único. Su propio cuerpo ofrecido a esta epifanía y al hambre de Saturno.</p>



<p>Otra idea tomó fuerza en su cabeza e intentó extraer su propia costilla para crear un nuevo ser. Lo intentó atrozmente y, en su debilidad creciente, entre delirios de dolor e inconsciencia, desistió. La oscuridad iba en aumento. Y desde el suelo, revisando con esmero su laboratorio, creyendo comprender a A.G., pudo decirse con certeza por qué su estudio era tan pequeño y sus hábitos alimenticios tan austeros, por qué su necesidad de horarios nocturnos, tan prestos a ensoñaciones, así como la esbeltez de su estética. Pensó en su humanidad. Se esforzó y comió lo que comió. El éxtasis le había revelado la proximidad a lo divino. </p>



<p>En la autopsia el diagnóstico describía una hemorragia interna, aunque se resaltaba una cirrosis creciente que habría acabado también con su vida. Nunca pudieron saber, debido al desorden y las mutilaciones realizadas, que aquel intento anduvo tan cercano a las ideas Alfa y Omega.</p>



<p></p>



<hr class="wp-block-separator has-css-opacity"/>



<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> Alberto Giacometti</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>El hombre al que le faltaba un riñón</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/el-hombre-al-que-le-faltaba-un-rinon/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[myedi124]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 07 Apr 2022 09:29:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Dalmau & Górriz]]></category>
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		<category><![CDATA[naturaleza]]></category>
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					<description><![CDATA[Juan M. va de isla en isla y en la última hay unos funerales donde corre la sangre de los animales sacrificados. Los familiares vestidos de negro desfilan delante del difunto. Fluye la cerveza y el vino de palma. A las diez de la noche, Jean conoce a Juan M. y de trago en trago hablan de las excelencias de la vida y de la naturaleza.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p>Por Jordi Dalmau y Lídia Górriz</p>



<p>1</p>



<p>Jean vivía al final de unas islas llenas de bruma en invierno y de nubes en verano, en la zona más austral de un archipiélago remoto.</p>



<p>Sus rasgos eran asiáticos. En el poblado le llamaban Jen o Gen, aunque su madre siempre le llamó Jean. Era bajito, chaparro, todavía muy ágil. De escasos conocimientos, gozaba no obstante de una destacable inteligencia natural y una no menos destacable ingenuidad. De padre francés, quedó huérfano a los tres años. Su madre, originaria del lugar, le cuidó con diligencia. Creció entre bosques de bambú y explanadas secas por los incendios. Su casa, hecha de troncos en un árbol, era el ejemplo perfecto de sus condiciones de vida.</p>



<p>El cuerpo, sano y fuerte, le respondía. Cuando hubo penurias económicas, tuvo que responsabilizarse de su corta familia emigrando un año a la capital, donde el dólar era el único aliciente de la vida. En esos meses ejerció de lo que pudo y, cansado de no tener nada, empezó a venderse al mejor postor. En un restaurante oscuro escuchó que algunos vendían sus órganos a otras personas, recibiendo a cambio un buen dinero.</p>



<p>De vuelta en su isla sólo tenía un riñón y una suma considerable en el bolsillo para los tiempos que corrían.</p>



<p>2</p>



<p>Juan M. vivía en una Europa económicamente convulsa. No pasaba penurias, muy al contrario: poseía algunas propiedades y era dueño de unos establecimientos comerciales. Instruido, pero no demasiado, le gustaba viajar. En los viajes captaba instantáneas de lugares auténticos y vírgenes. Sólo entonces realizaba fotografías. Su mirada se correspondía a la de la cámara y brotaban ahí sus verdaderos momentos de vida, únicas ocasiones en las que interrumpía la obsesiva actividad financiera.</p>



<p>Su familia le dejó bien posicionado y sólo debía preocuparse de no tener pérdidas sobre aquello que había heredado. Más bien fofo, su físico no tenía nada que pudiera destacarse. Era desidioso, dejado y algo tiránico, aunque no tenía mal fondo. Sabía lo que hacía, no quién era. Una de esas personas que nunca averiguan nada de sí mismas.</p>



<p>La bebida, en parte, le estaba ocasionando problemas de salud. No es que fuera un borracho, pero nunca bebió agua en las comidas. Tuvo problemas con un riñón. Hubo de someterse a una operación a la que su cuerpo se adaptó correctamente, casi de forma instantánea. Parecía fabricado para él.</p>



<p>3</p>



<p>En un oscuro restaurante también Juan M. escuchó que eso iba a acabar mal. Y en boca de un abogado que hablaba de sus pleitos, rescató las siguientes palabras: «Uno con el tiempo ve que este proceso no va a durar y que acabará fatal.» Su amigo le respondía: «¿Cómo tú, siendo tan buen empresario, puedes hablar así de esto? Lo tienes medio solucionado, siempre has sido un pesimista.» A lo que el primero le contestó: «No me refería al pleito, sino a la vida. Esto no acabará bien. Seguramente será en una tumba mirando al mar, que por otra parte ya estoy pagando.»</p>



<p>Juan M. ha repetido esta anécdota en varias ocasiones y no se cansa de hacerlo. Las sociedades no cambian excesivamente, pero sí la vida de cada uno. Lo que hoy es verde, más tarde madura, y aquello que era maduro empieza a deteriorarse y por lo tanto a marchitar. Salvo raras excepciones, el espíritu de las personas no suele cambiar y en la mayoría de los casos va a peor. Al cuerpo le pasa igual, aunque de forma más visible. El proceso de finitud siempre está presente, aunque a veces lo obviemos. Vemos el cadáver que nunca pensamos ser. Pero ¿para qué preocuparse? Ya no nos queda paraíso y para la mayoría el razonamiento no existe. Sólo vivir.</p>



<p>Juan M. empieza a entender. Su alma enfermó a los cuarenta, aunque él no se diera cuenta. Intentará alargar su vida tanto como pueda.</p>



<p>4</p>



<p>Jean vive su ineludible fin como otro proceso de la vida. En él se dan cita los paraísos, sus ancestros y sus rituales de recuerdo, las hogueras nocturnas. De hecho, no es un recuerdo, es una presencia cotidiana. No va a morir sin una razón porque no vive sin una razón, o eso cree. Nunca alargará su vida de forma artificial.</p>



<p>5</p>



<p>Juan M. empieza a vender algunas inversiones y se obsesiona con el viaje. Es una fuga, una huida hacia delante. Hay que ser hedonista y empezar a tocar otras cosas. Prepara todas sus cámaras y objetos de reproducción instantánea, incluida la pluma y el lápiz, por si no hay corriente. Aunque pocas veces las ha utilizado. No sabe si reconocerá su uso en el libro de instrucciones. El lápiz parece más fácil. Todavía recapacita con cierto sarcasmo y lo reconoce. Roza la estupidez.</p>



<p>La pretensión es viajar más con los sentidos y perder la capacidad de enmarcar la mirada. Algo ha aprendido con el tiempo, y más en estos momentos de duda. Es toda una experiencia y un reto. Puede que sea una mala experiencia y un auto-soborno.</p>



<p>Su viaje empezará en el norte de la India, de allí pasará a Nepal, para llegar a Katmandú, y de allí a China o la parte del antiguo Tíbet. Entrará por Zagmu y seguirá, pasado el antiguo reino, tras la ruta de la seda. La dejará y girará más al sur, Tailandia, y de allí a Papúa. Más tarde entrará en un archipiélago inmenso.</p>



<p>El viaje se oscurece. Nota mucho cansancio. Una nueva dolencia aparece, acompañada por una malaria incipiente. Ha de vivir obsesivamente al día.</p>



<p>6</p>



<p>Jean sigue su vida y sus recursos han menguado. Sólo la pesca algunas veces y el cuidado de sus escasos búfalos, no da para mucho más. La vejez de su madre le está dejando seco. Los animales empiezan a escasear. Las exequias serán lentas y costosas, aunque inevitables y necesarias. Jean se enamoró hace poco y también mantiene a su pareja.</p>



<p>Sostiene su eterna sonrisa y le da por hablar de los buenos tiempos.</p>



<p>7</p>



<p>Juan M. va de isla en isla y en la última hay unos funerales donde corre la sangre de los animales sacrificados. Los familiares vestidos de negro desfilan delante del difunto. Fluye la cerveza y el vino de palma. A las diez de la noche, Jean conoce a Juan M. y de trago en trago hablan de las excelencias de la vida y de la naturaleza.</p>



<p>La sangre excita aquello que toca y la conversación encharcada tiene otro barniz más material. Se explican que tienen, respectivamente, un riñón extirpado y uno trasplantado. Coinciden en el nombre de la empresa que los ha vendido y comprado, así como en el carácter casi confidencial de la transacción. El lugar de extracción y de trasplante son diferentes, pero la sociedad es la misma. Coinciden también en la prontitud y seguridad de la compañía.</p>



<p>Jean explica la celeridad en el pago del comprador, sumamente eficaz.</p>



<p>Juan M. intuye que deberá hacerse otra intervención en un futuro próximo. No corre prisa, pero no puede demorarse excesivamente. Debe seguir viviendo.</p>



<p>Hablando con cierta ansiedad, Jean le conmina que él podría ser el donante, y que, como la empresa extractora está cerca de la capital, podrían firmar la documentación pertinente. Un órgano es un órgano, y si se tienen más no ve excesivo problema en ello. Piensa en un futuro de año y medio de bonanza económica y está bebido, pero eso da igual. Harán donación y compra en un día y medio.</p>



<p>8</p>



<p>Jean es descuidado e ingenuo, desconoce muchas cosas y nunca ha sido consciente de su naturaleza. Sólo piensa en salir de apuros. Y Juan M. en posibilitar cualquier operación. La cita es en un lugar distinto al que fue Jean para la anterior donación. Es más apartado, pero él sabe con certeza que el dinero irá a parar a su aldea, a su casa, y se presta al trato que se está llevando a cabo. Lo que sí prima, por razones de seguridad, es la inmediatez de la extracción y la rapidez de su envío, que casi coincide con la marcha de Juan M. Ha oído el nombre del órgano que le será extirpado en su totalidad y quizás todavía no comprende las características de un hígado.</p>



<p>9</p>



<p>La aldea recibirá a su pareja con el cariño que supone una fiesta para el próximo difunto. Las celebraciones casi juntarán a madre e hijo y tendrán lugar dentro un tiempo, como es costumbre.</p>



<p>Los animales por sacrificar duplicarán su número en la ceremonia. Seguramente alguna televisión europea grabará un especial de los ritos funerarios de estas islas. El evento es bastante extraordinario y casi coincidirá con la festividad del rey, que conlleva unos fastos inigualables, propios de un reino del siglo XVIII. La grabación más exótica y emotiva será la de Jean.</p>



<p>10 </p>



<p>Sentado en su sofá, alguien verá casualmente el documental anunciado desde días atrás, y pensará, si su mejoría se confirma, en el próximo lugar a visitar. Podría asociarse incluso con la empresa que facilita los trasplantes, sería una buena inversión, eso barrunta, aunque en el fondo sólo piensa en vivir, vivir y vivir, que es lo único que importa.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Cercana metáfora</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/cercana-metafora/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 25 Feb 2021 10:40:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Dalmau & Górriz]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
		<category><![CDATA[Libro]]></category>
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					<description><![CDATA[¿Si yo fuera un libro, me preguntan, qué sería? Es tan vaga la idea como amplia su respuesta, y es curioso que me lo pregunten ahora, en esta situación de completa incertidumbre en que tan poca cosa somos, ahora que el virus nos tiene en jaque y convertirse en un libro puede leerse como una escapatoria. ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p>Por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>



<p>¿Si yo fuera un libro, me preguntan, qué sería? Es tan vaga la idea como amplia su respuesta, y es curioso que me lo pregunten ahora, en esta situación de completa incertidumbre en que tan poca cosa somos, ahora que el virus nos tiene en jaque y convertirse en un libro puede leerse como una escapatoria. No me preguntan qué libro sería, cuidado, no un título o un género, sino un cuerpo. Quieren que me abra en dos y muestre mis tripas y a través de ellas mi funcionalidad, que luego las meta otra vez para dentro, las ponga en su sitio y luzca para los demás mi rostro bravo o espléndido; es decir, que sea en las cubiertas una fiel imagen de mí mismo. Pero sin título, sin dar mi nombre. ¿Se imaginan que esto sea posible?</p>



<p>Si yo fuera un libro sería una fracción relajada pero intensa de tiempo, sería casi como un reloj pero sin cronómetro, porque como parte del tiempo quisiera integrar esa que se sale del propio tiempo. No vengan con prisas a revolverme las tripas; vengan a perderse en ellas como a un palacio vacío, vengan a errar en ellas como en las estancias de ese palacio donde todo está por descubrir pues la vacuidad es sólo aparente. Siempre lo es, pero más aún en el libro que yo quisiera ser. Por supuesto que sería cosido, todo mi interior cogido con hilo, para tener donde agarrarme y en un momento dado coserme de nuevo. No son ínfulas palaciegas, sino meros principios de calidad. El papel, ahuesado y de ochenta gramos —salvo que me quisieran breve, acaso de poesía, entonces mejor darme algo más de volumen con uno de noventa gramos—; las cubiertas, blandas y con solapas, manejables, para facilitar la lectura y el traslado, si es que a quien me tome le gusta llevarme en autobús o leerme en el parque, en la terraza de un bar o en la sala de espera del médico.</p>



<p>No me molesta que me saquen a tomar el café, al contrario. Es bueno airearse y de pronto, si usted está hablando con la señora sentada a la mesa de al lado y sopla un poco de viento, dejar que las páginas se alboroten y me quede espachurrado como al sol de una playa caribeña. Las palabras se doran, parpadean entre sí antes de reordenarse en la sombra. Tienen miedo de que otras más modernas y a la moda, es decir, muy fijadas al tiempo, las vuelvan obsoletas y fuera de lugar, las acaben sustituyendo. Por eso no quiero ser un libro demasiado anclado en el tiempo ni a una determinada expresión, sino más bien al margen de ello, un libro que sea como un río y sepa nadar y guardar la ropa al mismo tiempo. El agua es el peor enemigo de los libros, de sobra lo sabemos, por más que la historia bruta de la humanidad esté repleta de hogueras en cuyo centro arden papiros y manuscritos y libros en la forma que hoy día conocemos y en la que me destacaría si yo fuera uno.</p>



<p>Dalmau &amp; Górriz dicen al respecto que, en tal caso, ellos serían una biblioteca y a su vez el camino hacia ésta, fieles a la idea borgeana de que el libro debe encerrar en sí mismo la posibilidad de una biblioteca y de que no se concibe ninguno sin la presencia de los libros que lo precedieron y, en mayor o menor medida, propiciaron. Quieren decir con eso que el ideal —¿y que busca sino el ideal la pregunta en cuestión?— es un libro que contenga todos los libros, uno que se pueda leer en distintas direcciones y en cada una dé una respuesta a las demás posibilidades de lectura. Por eso ellos crearon al lanzador de libros, y por eso yo, si fuera uno, quisiera que el lanzador me arrojara desde el monte o desde la plaza del pueblo a las manos de nuevos lectores, de tantos lectores como sentidos tiene mi historia. Si fuera un libro, sería cercana metáfora. Y sería silencio también, un diálogo callado entre quien me sostuviera y los personajes, argumentos o narraciones que tiran de una página a otra.</p>



<p>Si fuera un libro sería muchas cosas a la vez, eso también lo digo, porque toda escritura se dirige de algún modo a la parte desconocida que hay en nosotros y que más difícil es de alcanzar. No basta con un solo libro. Nunca se sacia nuestro lado desconocido, acaso ignoto —ésta sería la palabra justa—, más lejos cuanto más creemos acercarnos a él, por muchos avances que realicemos. Lo alimentamos, esto es, le damos forma. Así crecen los catálogos editoriales, buscando primero un motivo, unas voces que rodean un mundo, y enseguida, lejos de cercarlo, lo amplían, traen el eco de otras voces que son ése y otro mundo y nos demuestran que no hay historia sino su multiplicidad. </p>



<p>Si fuera un libro, en fin, lo sería en rústica, papel ahuesado de ochenta gramos, cosido, tapa blanca y con solapas, de un tamaño aproximado de veinte centímetros de alto y trece de ancho. Aunque eso ya lo soy, eso es en cierta medida lo que cargo en las alforjas y quiero que ustedes saquen a pasear, que lo multipliquen, imagen cristiana que pervive no por cristiana sino por necesaria, también en lo que a los libros se refiere. Ninguno tiene sentido sin el lector.</p>



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<p>© de la imagen: Marisa Ortún</p>
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