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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Tinta en vena</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Dec 2022 11:54:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[La escritura, antes que una toma de decisiones —idea muy recurrente—, es la toma de conciencia: estoy aquí y no quepo y voy a decir esto, voy a distinguirme. Unos escriben una novela y otros acuden al trasunto de Pound a que les marque un proverbio hindú en el antebrazo o un pez en la ingle.]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Los tatuajes son cada vez más visibles en la calle, por no decir en los campos de fútbol o las canchas de baloncesto, sin esa aura carcelaria o de marineros errantes que se estampaban en la piel los sellos que hoy día acumulamos en los pasaportes. Es a tal punto un hecho común el de hacerse un tatuaje que uno piensa en la tiendecita de tabaco que pedía Pound en un poema —«con sus brillantes cajitas/ primorosamente apiladas en los estantes/ y el fragante anduyo suelto/ y la picadura»…—, en vez de «esta maldita profesión de escribir/ donde uno necesita su cerebro todo el tiempo»<a href="#_ftn1">[1]</a>. Eso decía.</p>



<p>La cuestión es que hoy día le saldría mucho más a cuenta poner un taller de tatuajes que el añejo estanco. Mantendría cierto punto artístico, al que habría que añadir el elemento sorpresivo de los gustos y caprichos de la clientela, con una base no obstante más mecánica. No se trata ya de partir de cero, de crear desde algo próximo a la nada. Eso ya fue. Sólo la ciencia y los nacionalismos se permiten hoy coquetear con ese punto adánico de la creación, puesto que las distancias son tan distintas, por pequeñas, tan apretujada se nos va quedando la realidad, que el hecho creativo sale como las setas, por una especie de presión subterránea, casi sanguínea. Brota, estalla, nos sobreviene para evitar que hagamos algo peor.</p>



<p>La escritura, en este sentido, antes que una toma de decisiones —idea muy recurrente—, es la toma de conciencia: estoy aquí y no quepo y voy a decir esto, voy a distinguirme. Unos escriben una novela y otros acuden al trasunto de Pound a que les marque un proverbio hindú en el antebrazo o un pez en la ingle. «Este pez es mi conciencia, el proverbio hindú define mi forma de estar en el mundo»; «la parábola descrita en mi novela representa la parábola de mi vida». Somos esas creaciones, más o menos ambiciosas, con el lado venenoso que toda seta puede encerrar, a sabiendas de que cuando plasmamos en tinta una idea o unos pensamientos les estamos dando la posibilidad de que cobren vida y por tanto nos transformen. «Esa novela que representaba ‘mi parábola’ ahora va a propiciar otra»; «este pez o el proverbio van a tener que alimentarse ahora de otros peces y de otros proverbios». Y en cada uno habrá un nuevo aliento.</p>



<p>En esta trama se están metiendo las grandes empresas tecnológicas, propiciando un nuevo y siniestro avance de la era Gutenberg. Quienes la daban por enterrada no podían figurarse este giro macabro que, al parecer, pretenden dar a la humanidad y al que está claro que no habrá gobierno que se oponga. Ninguno se resiste a la idea de controlar más al ciudadano y estrechar así su campo de visión.</p>



<p>Tatuajes eléctricos, esto es, los cuales no sólo podrán analizar y recoger información del cuerpo de cada cual, sino también enviar mensajes y realizar llamadas. Es decir, estos tatuajes harán al ser humano localizable y controlable las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año, sin excepción ni escapatoria, sin margen aparente para lo que podríamos llamar una regresión humanística. ¿Las novelas nos las pasarán también por la tinta del tatuaje, es decir, nos las meterán en vena? ¿O las volverán a prohibir? Claro que en algún momento, desde la última parcela de libertad que nos quede, aparecerá quien escriba una novela mordaz e inteligente que ponga en tela de juicio la implantación de esos chips —otra cosa no es— en nuestros cuerpos. Primero se los pusieron a los perros, no está muy claro con qué finalidad, acaso como meros conejillos de indias, y en breve nos tocará a nosotros. Es paradójico que vaya a ser a través de un tatuaje, sinónimo para muchos de libertad y rebeldía, justo lo que va a quedar seriamente comprometido a partir del momento en que introduzcan el primero.</p>



<p>Dice Bill Gates que a través de estos tatuajes podremos realizar muchas de las cosas que hacemos a través de los teléfonos móviles de última generación, como si necesitáramos esas tantas cosas que hacen estos aparatos y que más bien nos encierran como en una nueva caverna platónica. Vemos luces, representaciones, símbolos…, meras ilusiones que nos ciegan y embelesan. Hubo un tiempo no tan lejano en que, lejos de la rebeldía y la libertad, el tatuaje conllevaba el estigma de «estar marcado», un tiempo que muchos intentan traer de vuelta de forma irresponsable y que las nuevas tecnologías parecen favorecer al fomentar la segmentación y el control social. </p>



<p>Este escribidor se siente cada vez más próximo a la tiendecita de tabaco de Pound, aunque no fume, aunque no entienda nada. Ni siquiera Pound lo entendería, me temo, él que cargó al final de sus días con la mala conciencia de aquellos tiempos.</p>



<hr class="wp-block-separator"/>



<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> ‘La isla en el lago’, traducción de José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal.</p>
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		<title>Resaca veraniega</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/resaca-veraniega/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 03 Oct 2022 09:57:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[canicas]]></category>
		<category><![CDATA[Cuba]]></category>
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		<category><![CDATA[Julián del Casal]]></category>
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		<category><![CDATA[Rubén Darío]]></category>
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					<description><![CDATA[En otros tiempos vivíamos adánicamente y ahora las cosas no son sino su descripción, el recuerdo o la idea que cada cual tiene del verano y del invierno, de lo que debe ser una tormenta y nuestro cuerpo expuesto a ella.]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Nos preocupa e incordia a partes iguales, atentos como estamos a todo vaivén meteorológico: ¿cuánto durará el verano? Hasta que llegue el invierno y muestre sus garras. En otros tiempos vivíamos adánicamente y ahora las cosas no son sino su descripción, el recuerdo o la idea que cada cual tiene del verano y del invierno —¿qué hay de la primavera y el otoño?—, de lo que debe ser una tormenta y nuestro cuerpo expuesto a ella. Hay que ponerse a cubierto, eso no varía, dudo mucho que lo vaya a hacer, y evitar los árboles cuando la tormenta es eléctrica. Que la alegría de su llegada no sea nuestra condena, que la felicidad lumínica y estruendosa de una tormenta de verano no acabe con nuestra luz y capacidad de ver. Una imagen muy similar usaba el poeta simbolista Julián del Casal, precursor desde Cuba del modernismo de Rubén Darío y víctima, en su paupérrima salud, de la profecía de su padre: «de tu propia alegría serás verdugo».</p>



<p>El tiempo se fija de manera distinta en las partes de nuestro cuerpo, o lo que es lo mismo, citando ahora a Ana Mª Moix, éstas «tienen un nombre distinto para cada persona». A Casal los pulmones le dieron mala vida, además de corta, muy corta, y su nombre quedó inscrito en la vanguardia previa a la vanguardia, resorte necesario que sin embargo se difumina tras el brillo de las plumas inmediatamente posteriores. Ni siquiera lo incluyó Darío en su libro <em>Los raros</em>, cosa que cuesta de entender, en beneficio del héroe cubano José Martí. A éste la gloria le tenía reservado un hueco, mientras que a Casal el consenso no le acompañó ni siquiera a la hora de organizar un homenaje en su recuerdo a los cien años de su muerte. No le acompañó el clima, se podría decir, inmersa Cuba en el Periodo Especial, del mismo modo que el clima no acompaña hoy a la prensa escrita ni a los editores pequeños ni al juego de las canicas.</p>



<p>Si las bicis son hogaño mucho más que para el verano, las canicas en cambio apenas se dejan ver. No sé qué tal en Cuba, claro. Aquí quedaron olvidadas en una caja donde los abuelos o de decoración en un cuenco transparente, demasiado peligrosas para los pequeños e insignificantes para los que ya se asoman al uso de la razón. Unos se las pueden tragar y los otros viven expuestos a una oferta tan grande que no les alcanza un verano entero para reparar en el brillo tornasolado de esas bolitas. Por estas latitudes se las conoce como «canicas», pero son otras muchas las maneras de llamarlas: cayucos, bochas, boliches. Habrá todavía quienes se habrán embobado frente a su redondez y al aspecto unas veces astrológico y en otras ocular, cuando no submarino, presas de la contrariedad de no saber qué hacer con ellas, de tan reales y misteriosas. Que choquen unas con otras, esto es, cual intrépidos aerolitos abriéndose paso entre formas que habrán de esfumarse al instante, sin opción de retenerlas nada más que unas milésimas de segundo, el tiempo apenas para percibirlas, poco menos que el tiempo en que nos sacude la emoción de un verso.</p>



<p>Las hay más grandes también, las que suelen llamarse «canicones» y que usábamos para sacar del círculo —u ojo— las pequeñas. Con el canicón es menos probable quedarse atrapado en el centro, ser presa del rival, o que cualquier iluminado te sorprenda con un dardo envenenado. El canicón es como una tormenta de finales de agosto, la altiva costumbre que acompaña el gesto de pisar al desconocido antes de ser pisado por éste. Y los hay de muchos y variados tonos, pero rara vez menos vistosos, relucientes, que las escurridizas canicas. Es difícil hacerse a la idea de la fuerza con la que puede golpear a una canica, es decir, a nosotros mismos. </p>



<p>Basta con ver la conmoción y congoja que la muerte de Javier Marías causó en los círculos literarios y entre los lectores, tan joven todavía, por inesperado; tan impropio, por realista; tan irreversible, por contundente. Al parecer, su muerte se debió a una afección pulmonar, mismo órgano que hubo de acabar con Julián del Casal, pese al siglo largo de distancia y a sus muy distintas circunstancias. Nunca habría escrito Marías algo parecido a este verso de Casal: «ansias de aniquilarme sólo tengo», aunque las sintiera, aunque pudieran volverse contra sí esas glosas dominicales suyas. No, eso nunca, otro era su temple: Marías tenía siempre un enemigo externo, cuando no una pasión, que le obligaba a ser mejor. Los pulmones, sin embargo, lo atacaron por la retaguardia, en un verano tan caluroso y asfixiante como este último. Vino con la fuerza de un canicón, que rima con ciclón, haciéndonos sentir a todos más pequeños que una canica, más indefensos aun, expuestos en nuestra innombrable circunstancia a su bravura. A más de uno se lo llevó por delante, bien sabido es, incluido este prohombre que nos parecía inquebrantable y además era el monarca del tiempo. ¿Cuánto durará el verano?</p>
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