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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Miedo al cuento</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/miedo-al-cuento/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 17 Oct 2025 09:44:24 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Aunque ustedes no lo sepan, y es probable que así sea, echó a andar este octubre uno de los títulos más esperados del año: La puerta de la felicidad, de Luis Noriega (Cali, Colombia, 1972). ]]></description>
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<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Aunque ustedes no lo sepan, y es probable que así sea, echó a andar este octubre uno de los títulos más esperados del año: <em>La puerta de la felicidad</em>, de Luis Noriega (Cali, Colombia, 1972). Decíamos «esperado» porque Noriega tenía a sus lectores en ascuas desde la publicación de <em>Razones para desconfiar de sus vecinos</em>, que salió de imprenta hace diez años y alcanzó su mayor reconocimiento al año siguiente, en 2016, con la obtención del prestigioso Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez.</p>



<p>Son cosas que ya se han dicho y que en un país repleto de premios como éste quizá pasen desapercibidas, pero, para que se hagan una idea de su magnitud, se podría decir sin exagerar que muchos autores cambiarían un puñado de los premios cosechados por el reconocimiento del jurado en el García Márquez. Entre los premiados figuran también los argentinos Guillermo Martínez y Edgardo Cozarisnky, la boliviana Magela Baudoin y el español Alejandro Morellón, en el corto periodo en que se mantuvo en pie un premio tan exquisito como reputado. Uno de cuentos, de narrativa breve, esto es. ¿Qué se puede esperar luego?</p>



<p><em>La puerta de la felicidad</em>, ésta es la respuesta. En la mesa de edición debatimos con el autor si convenía añadir la coletilla «y otros cuentos», opción que a la postre desestimamos por ser propia de otros tiempos. En los libros de este género se tiende hoy día a esconder su naturaleza, como si la palabra «cuento» causara cierta distancia o incluso miedo. ¿Y no es el miedo un reclamo genial, un magnífico polo de atracción? Quienes aprenden a manejarlo son a posteriori quienes más cerca se sitúan de esa abstracción mayor, la felicidad, sentimiento que podríamos definir como «plenitud del alma» y con cuya ambivalencia juega Noriega en la excepcional pieza que da título al libro. ¿No es acaso su búsqueda la que da nombre a la felicidad?, parece insinuarnos. Y en esa búsqueda, dentro de los obstáculos a los que hay que hacer frente, el mayor de ellos, el que si bien no la llena, paraliza el alma, es sin duda el miedo.</p>



<p>En Comba temíamos que después <em>Razones para desconfiar de sus vecinos</em> el autor caleño se hubiera quedado más pendiente de las puertas ajenas que de la propia, lo cual, por fortuna, no fue así. De los cuentos que conforman el presente volumen habíamos podido leer dos en sendas antologías —los que de algún modo nos obligan a bailar más pegados al miedo: ‘Bogotá DZ’ e ‘Identikit’—, así como una versión primigenia de ‘La puerta de la felicidad’. Algo de miedo infunde éste también, salvo que en otro sentido: el que provoca el fetichismo y sus eventuales efectos, en un marco tan casual que es difícil no simpatizar con los personajes de la historia y la dichosa puerta. «Yo me había convertido en un creyente o, por lo menos, en un tipo que quería creer —dice el narrador—; no en los poderes mágicos de una fotografía pintoresca sino en la felicidad, en la felicidad real.»</p>



<p>Unos pocos críticos se han hecho eco ya de la publicación, con un elogio general. «Estamos frente a un cuentista que tiene bien asumidos los parámetros del género y que, además, tiene algo tan importante como es un mundo interior en el que navegan temas que nos afectan muy de cerca» (Ricardo Mtez. Llorca, <em>Culturamas</em>). «Historias que parecen encontrarse en la frontera: la realidad se rasga y accedemos a otras variaciones posibles donde las leyes lógicas pueden ser distintas» (Verónica Nieto, <em>Rumiar la Biblioteca</em>). Palabras como éstas vienen acompañadas de otras más entusiastas —«uno de los mejores libros de cuentos del año» (Mtez. Llorca)— y nos remiten a las que le dedicó la narradora colombiana Pilar Quintana, asegurando que «Noriega es un maestro de la narrativa breve y sus cuentos divierten, asombran, espeluznan, conmueven y se te quedan adentro». Ahí es nada. Dijo también que el libro se situaba en los márgenes de la ciencia ficción, comentario que encuentra su matiz en la reseña de Nieto, al hablar de «narrativa de anticipación y nuevas tecnologías».</p>



<p>Tan complicado se nos puso el mundo, en efecto, una nueva realidad a la que estas historias no son ajenas. Claro que no todas responden a la misma naturaleza y por lo tanto tratar de englobar el libro bajo un único término, como sí se podría hacer en una novela, es muy aventurado. Su herencia directa acaso esté en el cuento fantástico y las múltiples raíces que echó en Hispanoamérica, con la pieza titulada ‘Vamos con retraso’ como caso más paradigmático. Pero no caen tan lejos los otros, no pretende Noriega —no da esa impresión— mezclar la gimnasia con la magnesia, sino oscilar entre los límites de la realidad y la conciencia, como quien simplemente se pregunta qué pasaría si… Y a lo mejor lo que asoma ahí es la ciencia ficción, a lo mejor la propia puerta es ciencia ficción o, por qué no, pregúntenselo ustedes mismos, no hay mayor ejemplo de ciencia ficción que la felicidad.</p>



<p>Lo que es indudable es que estamos ante un excelente libro de cuentos, en el que Noriega quiso mantener una estructura similar a la del libro anterior, con nueve piezas, una de las cuales, la penúltima, se desglosa en un tríptico. ¿Será por fetichismo con los múltiplos de tres? La respuesta no está clara, menos aún si añadimos que este título es el número sesenta de la editorial. «Espeluznante», diría Pilar Quintana. Y así es, un libro espeluznante, divertido, asombroso y conmovedor. Asómense y abran esta puerta. Háganlo, en serio, no les vaya a temblar el pulso.</p>
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		<title>Desglose apátrida</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/desglose-apatrida/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 13 Apr 2024 17:38:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[literatura peruana]]></category>
		<category><![CDATA[Spleen de París]]></category>
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					<description><![CDATA[Libro subrayable como pocos, en Prosas apátridas dio Julio Ramón Ribeyro una humilde lección de lo que pudiera ser una obra ajena a todo género y a su vez accesible y pungente.]]></description>
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<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>Libro subrayable como pocos, en <em>Prosas apátridas</em> dio Julio Ramón Ribeyro una humilde lección de lo que pudiera ser una obra ajena a todo género y a su vez accesible y pungente. Claro que no se trata de sumar alabanzas en este blog a un título prologado y glosado por voces de mayor enjundia y autorización, las que, con toda razón, aluden al precedente baudeleriano de <em>El spleen de París</em>, a esa ciudad como capital de la literatura peruviana y a Ribeyro, nacido en 1929, como el mejor autor decimonónico del Perú. Se trata nada más que de traerlo al presente, de recordar a un excelente cuentista y diarista, capaz de crear una voz propia sin adherirse a los movimientos literarios de su tiempo —las vanguardias, en su caso, de las que se reía al considerar la vanguardia un término propio del arte de la guerra<a href="#_ftn1">[1]</a>— y de hacerlo además sin molestarse demasiado en hacerse notar. Por eso decíamos lo de «una humilde lección», con su permanente tentativa del fracaso, tal como dio en titular sus diarios.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En ellos hizo hincapié en la confusa frontera que separa los géneros literarios, lo que no pocas veces obliga a catalogar una obra por el mero hecho de clasificarla o etiquetarla —término moderno—, cuando «toda obra literaria es en realidad un contínuum». En ese punto se fijan sus <em>Prosas apátridas</em>, textos en busca de género y por eso apátridas. Juntos dan lugar, tal como él ansiaba en la entrada 149, a un libro «que sea (…) manual de sabiduría, una fuente de regocijo, una caja de sorpresas, un modelo de elegancia, (…) un regalo para los estetas, un enigma para los críticos, un consuelo para los desdichados y un arma para los impacientes. ¿Por qué no escribirlo?» Se pregunta también cómo y por qué, preguntas que quedan resueltas en el propio libro y que hoy día, en los actuales tiempos de hibridación y mezcla, poco secreto entrañan.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En sus páginas encontramos a un Ribeyro sutil, que se pretendiera aforístico pero va más allá, que rehúye la entrada diarística y sin embargo crea una atmósfera similar. Habla de los pequeños defectos que nos pierden, de la moda como disfraz colectivo o de la duda en tanto que signo de inteligencia; de la diferencia entre el amor y la amistad, de la fuerza de los instantes perfectos o del peligro de los ideales, sobre todo cuando tienen que ver con… ¡la escritura! No son pocas las entradas que dedica al arte de la narración, y en verdad, del mismo modo que se pueden tirar líneas entre estas prosas y sus diarios, las hay también que se comunican con sus cuentos. Y no sólo hablamos de una mirada común, de una forma de razonar que se diría pareja a la de algunos personajes —la miseria del fracaso como virtud—, sino a las herramientas propias del escritor. En este aspecto, dice admirar a los artistas que crean en el sentido de su vida y no contra ella, tal como hace él, asegura, cuyo «acto creativo está basado en la autodestrucción». Y añade: «el párrafo que uno escribe se convierte en el depositario de nuestro ser, en la medida en que implica el sacrificio de nuestro ser».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Más próxima al acto creativo, merece especial atención la entrada 83, que inicia con una suerte de definición del arte del relato. Esto es, «sensibilidad para percibir la significación de las cosas». Y procede con el siguiente ejemplo: «Si yo digo “el hombre del bar era un tipo calvo”, hago una observación pueril; pero puedo decir también: “Todas las calvicies son desgraciadas, pero hay calvicies que inspiran una profunda lástima. Son las calvicies obtenidas sin gloria, fruto de la rutina y no del placer, como la del hombre que bebía ayer en el Violín Gitano. Al verlo, yo me decía ¡en qué dependencia pública habrá perdido este cristiano sus cabellos!” Sin embargo, quizá en la primera fórmula resida el arte de relatar.» Es un ejemplo muy claro, patente, de la poética del autor, exagerada para el caso con una hipérbole de la que a buen seguro él mismo habría sacado algún complemento para superar la puerilidad de la primera sentencia. Percibir la significación de las cosas, tal como reza su definición, contiene también la idea de medida, es decir, quedarse con aquello que es de veras significativo, tanto para el hecho relatado como para quien lo está narrando. A lo mejor el segundo ejemplo no casaría mal en un narrador excesivo, medio etílico, capaz de acercarse a continuación al sujeto calvo y darle una colleja de bienvenida al Violín Gitano, diciéndole «alegre la expresión, compadre, vea usted el lado positivo: ya no puede perder más pelo».</p>



<p> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Esto encaja mal en un personaje riberyano, que si acaso sería el calvo, pero la sequedad de la primera sentencia tampoco es muy propia de él. Se queda corta, interrumpida y carente del punto sugestivo e irónico que lo caracterizaba. Y es que el arte de narrar no es sólo uno, como tampoco lo es el arte de la guerra —ay—, sino que varía y se basa en su desarrollo. Lo que es a todas luces riberyano, eso sí, es el origen de la calvicie. ¿En qué rutina habría perdido el pelo el hombre aquel? A partir de ahí, de ese cuestionamiento en apariencia insignificante, el relato nace y habrá de avanzar quién sabe si hacia un territorio con fronteras definidas o hacia uno mal delimitado, apátrida.</p>



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<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> En <em>Dichos de Luder</em>.</p>
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		<title>Reflejos de la épica</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/reflejos-de-la-epica/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 05 Jul 2023 17:36:47 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Para evitar la confusión de los círculos dantescos lo mejor es acogernos a la ironía y el humor, tal como sugiere Ana Santamaría.]]></description>
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<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>Que la primavera se fue en un suspiro, eso decíamos, y decimos todavía, ahora que empieza el verano y con suerte nos traerá un ritmo más pausado. El clima manda, es determinante. No hay épica en verano, o si la hay es de otra índole, no la de quienes cruzan medio mundo y remedan el viaje del héroe, sino más bien la de quienes inventan nuevas formas creativas o deben luchar contra las llamas, y en esa refriega, sin quererlo, alcanzan los nueve círculos del infierno descritos por Dante. Éstos, que iban para la eternidad, que estaban marcados con este sello, se están haciendo año tras año más patentes. Y no sólo por el calor. Claro que con él se agrandan, eso sí, pues en el fuego prenden nuestros instintos más básicos y lamentamos no habernos quedado en el limbo, medio suspiro antes de la primavera. Sabemos de algunos que no les fue nada mal ahí.</p>



<p>         Para evitar la confusión de los círculos dantescos lo mejor es acogernos a la ironía y el humor, tal como, de forma indirecta, sugiere Ana Santamaría en su intervención en la Semana Internacional de las Letras en Español, Benengeli 2023, organizada por el Instituto Cervantes y que congregó a una sesentena de destacados autores; entre ellos, tres con obra publicada en Comba: Karla Suárez, Ana Santamaría y Tomás Browne. </p>



<p>         La autora burgalesa, a propósito de los cuentos reunidos en <em>Libres</em> (Comba, 2023), dijo silenciar las grandes batallas de la épica, las pruebas de valor que tienen que ver con la muerte y el vértigo, para poner de relieve la necesidad de vivir de los personajes, de la gente común, que se debate en una realidad tiznada de ficción y ha de lanzarse en busca de una historia que le confirme quién es. Es fácil apreciar esto en el cuento que da título al libro o en ‘Se llamaba Hansel’, por citar dos de ellos, en los cuales, sin acudir a grandes hechos y sirviéndose de un humor sutil, Santamaría traslada al lector algo muy próximo a la épica. Al respecto, dice: «Valoro del género lo que significa contar; es el cauce adecuado para transmitir una cosmovisión».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Acudió también a hablar de la épica Tomás Browne, poeta y pintor, además de jardinero, que en sí mismo y sin necesidad del elemento trágico podría transmitirnos la idea de epopeya. Su poesía, dijo, está vinculada con la expresión gráfica de la naturaleza y con la ruina. La poesía, para él, es «un hallazgo interior que se presenta en forma de ruina» y el cual convive con las leyendas y mitos que se reescriben y reinterpretan, formando nuevas capas. En ellas está el reflejo del poeta, asegura, quien en su tarea dice algo que está descubriéndose.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Para referirse a estas ruinas Browne suele emplear el término palimpsesto —«manuscrito antiguo que conserva la huella de una escritura anterior borrada artificialmente», según consta en el DRAE—, hecho del cual podemos dar cuenta tanto en <em>El cuidador de inicios</em> como en <em>Silbar los viajes</em>, reunidos ambos en la trilogía del mismo título, <em>Silbar los viajes</em> (Comba, 2017). «¿No fue Dante, por amor a Beatriz, que alcoholizó al poeta y el poeta a su poema? […] El amor es puro como el infierno/ es placentero ver cómo sus llamas queman/ los mejores versos», escribe en <em>El cuidador</em>. «Vine viniendo con los fuegos del infierno», sigue en <em>Silbar</em>, para hacerse al fin la pregunta que acaso acomode la idea de palimpsesto —las ruinas que halla el poeta— con la de épica: «En cuál muerte debemos nacer?»</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Esta cuestión encaja de maravilla en los cuentos de Ana Santamaría, en algunos de forma más evidente que en otros, por supuesto —una golondrina no hace verano—, con la contundencia propia de nuestra sociedad y que es marca de la épica. Tal vez no responda a las claras a la pregunta que la organización de Benengeli 2023 trasladaba a sus participantes, es decir, si en la literatura actual se atisban reflejos de lo que fue la antigua épica, pero en ella vibra su esencia y como tal la sentimos: es en nuestro diario renacer, en las muertes que nos dan vida, donde convocamos aquellos tiempos con unos códigos modernos. No es ya la grandiosidad de las antiguas gestas, sino una interioridad que reduce a la abstracción el tamaño de los antiguos enemigos. Y no por ello los actuales son menos peligrosos. Ni menos literarios. </p>



<p>        En los personajes de Santamaría esta circunstancia se pone de manifiesto. En su peripecia, la autora burgalesa describe «las hazañas del día a día para hacer frente a los ruidos que nos usurpan la realidad». Y esto, qué duda cabe, puede tomar tintes de heroicidad.</p>
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		<title>Aguas mil</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/el-refranero-y-la-lluvia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 24 May 2023 10:07:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
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		<category><![CDATA[Juan Villa]]></category>
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		<category><![CDATA[Miguel Ángel González]]></category>
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					<description><![CDATA[Es probable que cuanto me espera sea oscuro, el ocaso, pero ahora esta luz de Goya me deslumbra, se ensaña conmigo, reúne en su foco más encono que mis verdugos cegados por la labor.]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>La lluvia, además de ser aquello que ya sucedió, que fue, amagaba este año en España con no volver a ser. Sobre todo, en la zona mediterránea y en Andalucía, donde la sequía es más severa que en el resto del país. La Confederación Hidrológica del Ebro anunciaba a mediados de mayo que, a pesar de las últimas precipitaciones, «la situación ha empeorado» y la cuenca del Ebro entrará en situación de emergencia a finales de mes. No es algo nuevo, no es un hecho que nos coja del todo desprevenidos, pues cada diez o doce años vivimos una sequía más o menos acusada, y entonces nos acordamos de los refranes, nos atenemos a ellos y los proyectamos con una devoción que trasciende el propio lenguaje.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; «En abril aguas mil»; éste es quizá el más popular al respecto, muy poco certero este año, casi falso, un desatino lingüístico para quienes veíamos pasar los treinta días de abril y sus treinta noches y en el cielo ninguna nube cargada de agua. Esto nos permitió llegar al día del libro con más calma y poner los puestos en la calle, sacar los libros y recibir a los lectores sin miedo a que, como sucedió el año pasado, una tromba de agua convirtiera la jornada literaria en algo más cercano a una expedición amazónica. En el recuerdo no parece tan grave, suele pasar esto, e incluso hubo quienes lograron sortear las acometidas del agua y tener una jornada pasable, digna, por exagerada que fuera. En el recuerdo, digo. Luego se trata de esas experiencias que, como dice un personaje de <em>Un nublao de tiniebla y pedernal</em>, «si os lo contase pensaríais que os estoy engañando».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Esta divertida y lúcida novela de Miguel Ángel González, merecedora del Premio Ciudad de Alcalá 2020, tuvo este año su deseado y necesario encuentro con el lector barcelonés, tras los accidentados días del libro anteriores, uno por el mencionado aguacero y el otro por la crisis del covid. Y si es importante el día del libro, Sant Jordi en Cataluña, es porque al salir a la calle el editor y el autor pueden acercar su trabajo a los lectores, tener un contacto directo y dárselo a conocer, entre tanta e inabarcable oferta. El librero, en cambio, suele andar agobiado en esas fechas, más pendiente de que no falte en su puesto lo que el lector anda buscando. Su labor de prescriptor la desempeña mucho mejor el resto del año.</p>



<p>         Otro título de Comba que coincidió con el covid y ha tenido una andadura cuando menos dificultosa es <em>De la solastalgia</em>, conjunto de ocho relatos de autores de la editorial a partir de este neologismo acuñado en 2005 por el filósofo Glenn Albrecht y que describe «la angustia por las consecuencias del cambio climático o los desastres medioambientales» (Fundéu RAE). Este sentimiento nos lo puede provocar la falta de agua o su contrario, es decir, las inundaciones causadas por las lluvias torrenciales. Y aunque en el libro no hay ningún cuento que tome la sequía o las inundaciones como eje, Juan Villa trae en el suyo una preciosa imagen de Doñana y la «marisma arriada», el agua llegando al pie de la casa del narrador. Su obra, centrada en gran medida en torno al Parque Nacional y sus gentes, toma una envergadura preciosa, una relevancia muy reconocida en sus alrededores pero que bien merece dar un salto, remontar el Guadalquivir e impregnar con su prosa y excelente arte narrativo el resto de la península. <em>Mal tiempo</em> es su último título. Y ahí llueve. Pero si hoy algo tenemos claro, y en Doñana de forma especial, es que el mal tiempo puede darse de muchas formas y no tiene por qué ser la lluvia sinónimo de ello.</p>



<p> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Abril fue malo porque no llovió lo suficiente, no cumplió con el refrán, y ahora le toca a mayo enmendar la plana, llegar a donde abril no llegó y ser fiel, no tanto al refranero castellano, cuanto al catalán. «Al maig cada dia un raig», dice éste, lo que se podría traducir como «en mayo un chaparrón diario», forzando para el caso una rima asonante. (En catalán, «raig», cuya traducción literal sería «rayo», tiene una doble acepción ideal para la rima, condición <em>sine qua non</em> para que un refrán exista y se transmita.) Algo mejor anda la cosa este mes, al menos en Barcelona, si bien todavía resulta insuficiente y no tengo —¿los hay?— más refranes lluviosos a los que atenerme.</p>
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		<title>La luz de Goya</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/la-luz-de-goya/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 02 May 2023 10:36:02 +0000</pubDate>
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<p></p>



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<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>La luz… es probable que cuanto me espera sea oscuro, el ocaso, pero ahora esta luz de Goya me deslumbra, se ensaña conmigo, reúne en su foco más encono que mis verdugos cegados por la labor. Qué duro debe de ser, no alcanzo a figurármelo, no podría empuñar un fusil y apuntar a un pobre hombre como yo, amparado a la suerte de un candil, los brazos en alto y la mirada borrosa, perdida en el infinito de estos siete u ocho fusiles. No pueden mirar hacia otra parte, sólo a mí, obligados por la luz de Goya. Apenas hay estrellas en el cielo y no llega a esta loma el ruido de las campanas al doblar. Largo ha sido el trayecto desde el pueblo, larga está siendo esta noche del 2 de mayo, y largos son los cañones de estos fusiles que no apartan de mí su profundo y sangriento ojo negro. Soy el único protagonista de la noche, el único que mañana no verá amanecer. La muerte, así lo llaman, ocho balas concentradas en un duro haz de luz. Puede que sea el final. Si por lo menos pudiera oír las campanas repicar por última vez. ¡Oh, Goya, aparta de mí esta luz! Dame piedad y deja al menos que mis verdugos puedan divertirse disparando a tientas. La luz es aquello que me mata. Y en un abrir y cerrar de ojos se convertirá en oscuridad, el ocaso, de donde dicen que nadie ha vuelto. Que vivir no es sino aplazar este instante. Y pensar en un segundo Mesías, imaginar la propia reencarnación, traer en uno la vida y la muerte y por ello al fin salvarse, ser más allá de esta luz, yo no alcanzo tampoco a comprenderlo, a figurármelo sin que un embarazo vomitivo se me agarre adentro. A lo mejor estos hombres sin rostro ni atributos, que me apuntan con su único ojo, sean enviados del más allá, de donde la muerte les habrá echado y deben reemplazar con otros su lugar. ¿Por qué yo, Goya, por qué yo? Vamos, dime. Ve por otro con este haz de luz, cualquiera que sea, a mí me basta con escuchar a diario las campanas al doblar. Que yo no molesto en este mundo, no merece la pena gastar tres, cuatro, cinco… u ocho balas, las que sean, para acabar conmigo. ¿Acaso tenéis que agotar existencias? ¿Acaso os aburrís? Ah, por favor, dejad de apuntarme de una vez por todas. Y si no tenéis otra, si vais a disparar, hacedlo ya. Esta luz me está torturando. Méteme al otro lado, Goya, te lo suplico, no me importa matar, tan sólo quiero escuchar las campanas al doblar. Soy un hombre cualquiera, en serio, un hombre al borde del precipicio, ante su último suspiro, ante la mirada ciega y profunda de sus semejantes. Estoy dispuesto a hacer lo que mandes. Son muchas balas, demasiadas para mí, menudo desperdicio, pero es tarde, muy tarde, y una vez perforan mi carne, mi corazón, mi hígado…, mi ser entero, entonces ya no hay vuelta atrás. Lo siento, Goya, con tu luz me mataste.</p>
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