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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Terapia de lectura</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/terapia-de-lectura/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 11 Jan 2022 11:19:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[La posición puede variar en función del peso del libro y de su temática, incorporando más o menos la espalda, con el consiguiente desplazamiento del centro de gravedad. El cuerpo debe ejercer a su vez de muesca para el texto, facilitando que la cresta de la ola resuene al llegar a la orilla, la sombra de un hombre cruja en el quicio de la puerta y el tiempo fluya sigiloso, imperceptible.]]></description>
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<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>No se suele hablar de la posición en que leemos y es algo sin duda básico para que la lectura fluya. Requiere de unas instrucciones, como quien dice, y a los profesores de lengua y literatura habría que pedirles también unas lecciones al respecto. Instrucciones para leer, tal cual, del mismo modo que Julio Cortázar daba instrucciones para bajar las escaleras, para darle cuerda al reloj o para llorar, incluido el tiempo recomendado. El llanto, decía, debe durar unos tres minutos. ¿Y la lectura de una obra de narrativa? Más que la de poesía y menos que la de un cómic. Aunque eso dependerá mucho, es cierto, del hábito y el humor de cada uno.</p>



<p>Hay que ser un llorón experimentado y tener una pena muy honda para que el llanto se extienda más allá de los tres, cinco o diez minutos, tiempo recomendado por un Cronopio que con probabilidad nunca midió en serio la pena de un Fama. Para el llanto, como para la lectura, lo mejor es no fijarse demasiado en el reloj. La posición sí es importante, y hablar de ella en clase podría ayudar a los alumnos en cuyas casas se lee poco a acceder mejor a ciertos textos. Se habla de posiciones y posturas para muchos menesteres, pero rara vez, y eso que es indispensable, para la lectura. No basta con decir «en una posición cómoda», lo cual es obvio, casi una bravuconada, puesto que la incomodidad es la antesala del fracaso.</p>



<p>Se puede leer en la cama, en un sofá, en un sillón de base profunda y ancha como en el que estoy pensando, de color negro, con las piernas estiradas o bien dobladas, sentados a una mesa, de pie… e incluso hay quienes lo asocian a una especie de terapia laxante. No parece lo más apropiado. Lo que está claro es que a algunos lectores, al proferir sus airadas opiniones literarias, la pregunta que deberíamos hacerles es ésta: ¿Cómo lee usted? Es decir, cuando se dispone a leer, ¿cómo sitúa el cuerpo respecto al suelo y al propio libro? Y aún es más, ¿dónde lo hace? Es bien sabido que para acceder a la intimidad de las personas, más que las fechas o las ilusiones, es preciso conocer su ubicación, en qué lugares gustan de relajarse y solazarse. No es raro sentir curiosidad por ver la casa, el despacho, el estudio o el refugio de tal o cual persona, puesto que es ahí, en ese espacio propio, donde descubrimos su parte más callada. Por eso al decir «y a ti…, ¿cómo te gusta leer?» incurrimos casi en una indiscreción.</p>



<p>«¿De dónde surge el espacio que hay en mí?», se cuestionaba Wislawa Szymborska, en un verso que, en parte, ha de encontrar su respuesta en la lectura. En ella estamos abriendo todo el rato puertas y compartimentos que, si bien pueden estar vacíos, carecer de un verdadero interés, fomentan con su mera presencia e interpelación la puesta en marcha de nuestro intelecto. Llamémosle imaginación o aun memoria, tal como sugería Octavio Paz. La memoria, daba a entender éste, es el auténtico detonante de la creación. A ella remitía su excelsa obra poética y ensayística, en la medida en que da lugar al «espacio» mencionado por la poeta polaca.</p>



<p>«La vida dura unos signos trazados a uña sobre la arena», escribe Szymborska en el mismo poema<a href="#_ftn1">[1]</a>. Y en esos signos cual muescas habremos de acomodar el cuerpo: primero el trasero, seguido de la espalda; la nuca, que no quede del todo caída, sino relajada; las piernas, en una extensión variante entre los ciento cincuenta y los ciento ochenta grados; y por último, con el libro ya en la mano, conviene que los codos estén bien apoyados y permitan, en un ángulo a poder ser obtuso, la cómoda sujeción del libro y una lectura adecuada. Esta posición puede variar en función del peso del libro y de su temática, incorporando más o menos la espalda, con el consiguiente desplazamiento del centro de gravedad. El cuerpo debe ejercer a su vez de muesca para el texto, facilitando que la cresta de la ola resuene al llegar a la orilla, la sombra de un hombre cruja en el quicio de la puerta y el tiempo fluya sigiloso, imperceptible.</p>



<p>Este largo exordio sirve para volver al sillón negro, de base profunda y ancha, que antes mencioné y fue durante unos años base de mi calma, cobijo de grandes lecturas. Sin embargo, tras una remodelación obligada del espacio, no hay manera de encontrarle acomodo. Y hace años también de eso. Cuando no es una cuestión espacial, lo es lumínica. El reposo que en él sentía se salía de lo normal, no era, digamos, comprensible, del mismo modo que un amor feliz escapa a la normalidad. Y cuesta verlo ahí, inútil, en su enésima ubicación, cuando fue con diferencia el mejor anfitrión de mis lecturas.</p>



<p>Quizá deba deshacerme de él. Pruebo entre tanto a sentarme en otros sitios, alternando aquí y allá, sin más, que uno sin leer no es nada, pero la presencia del sillón es también su recuerdo y complica los demás aposentos. Puede que, por ello, no haya apreciado algunas lecturas o bien las haya malinterpretado, ofuscada la mente entre la posición de la espalda y el temblor de un brazo; puede incluso que parte de mi imaginación —«el espacio que hay en mí»— surgiera de ese sillón y que su memoria no me deje leer tranquilo, incapaz de abstraerme por completo. Tengo que deshacerme de él, en serio, pero no es fácil. ¿Cómo se prescinde de un amor feliz?</p>



<p></p>



<p></p>



<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> Ambos versos corresponden al poema titulado ‘El gran número’ (1976), en traducción de Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski.</p>



<p>© de la imagen: pintura de Guillermo Martí Ceballos, 2008</p>
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		<title>Apogeo</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/apogeo/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 Aug 2014 09:02:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[En la playa todas las historias se confunden y repiten, y se repiten en cada piedra y en cada ola, de eso no cabe ninguna duda, así como tampoco la hay de que en alta mar no se puede leer, debido al vaivén del agua, que columpia la embarcación y con ella las letras del texto, al punto de leerlas con la barriga más que con la cabeza. Si el texto habla de una línea recta y dice que ésta nunca alcanza un auténtico apogeo, basta con ponerla en alta mar, compararla con la línea del horizonte y sentir el apogeo, entonces sí, de cabeza al agua.
La costa es distinta, claro, es pedregosa y en su dureza terrenal permite el apogeo de las letras. ‹‹Correr siempre de espaldas a desbañarse durante muchísimo tiempo azuléjico››. ¿Pero hay que correr en línea recta? Ambas citas son del mismo libro, El amhor, los orsinis y la muerte, del argentino Néstor Sánchez (1935-2003), prosa poética con visos de novela coral. Difícil distinguir quién es quién, sin embargo, casi tanto como al autor en la playa del boom latinoamericano, cuya pertenencia le otorgaron Julio Cortázar, al considerarlo uno de los narradores más notables del la época, y Carlos Barral, al publicar su obra en la colección Biblioteca Breve. Del boom se quitó él mismo, aseguraba el propio Néstor Sánchez, al carecer de un compromiso político, y en verdad se quitó de todo, salvo de su rareza y de su misterio con flores lilas coronadas que corren a desbañarse.
‹‹Todo reto debe ser impecable, reseteado del caos y la improvisación —escribió en una carta a su hijo—; la vida no tiene ningún sentido fuera de la búsqueda de la conciencia.›› En Lima colmó esa búsqueda, tras años de vagabundeo por ciudades americanas y europeas, desde Caracas y Nueva York a Berlín, Ámsterdam, París, Milán o Barcelona, ciudad por la que anduvo bastante tiempo a la sombra del boom, preparando sus propios libros y haciendo traducciones para Seix Barral. Su espacio, la línea de su apogeo, apareció en Lima, una línea trompicada más que curva, que habría de decantar su obra definitivamente hacia la transgresión. ‹‹Era un radical a ultranza —dijo el poeta Pablo Ingberg, amigo suyo—, un extremista que apuntaba a una escritura que comprometiera al lector hasta el fondo del alma.››						]]></description>
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<p></p>


<p style="text-align: left;" align="center">Por<strong> Juan Bautista Durán</strong></p>
<p style="text-align: left;" align="center">En la playa todas las historias se confunden y repiten, y se repiten en cada piedra y en cada ola, de eso no cabe ninguna duda, así como tampoco la hay de que en alta mar no se puede leer debido al vaivén del agua, que columpia la embarcación y con ella las letras del texto, al punto de leerlas con la barriga más que con la cabeza. Si el texto habla de una línea recta y dice que ésta nunca alcanza un auténtico apogeo, basta con ponerla en alta mar, compararla con la línea del horizonte y sentir el apogeo, entonces sí, de cabeza al agua.</p>
<p>La costa es distinta, claro, es pedregosa y en su dureza terrenal permite el apogeo de las letras. «Correr siempre de espaldas a desbañarse durante muchísimo tiempo azuléjico.» ¿Pero hay que correr en línea recta? Ambas citas son del mismo libro, <em><i>El amhor, los ors</i><i>inis y la muerte</i></em>, del argentino Néstor Sánchez (1935-2003), prosa poética con visos de novela coral. Difícil distinguir quién es quién, sin embargo, casi tanto como al autor en la playa del boom latinoamericano, cuya pertenencia le otorgaron Julio Cortázar, al considerarlo uno de los narradores más notables del la época, y Carlos Barral, al publicar su obra en la colección Biblioteca Breve. Del boom se quitó él mismo, aseguraba el propio Néstor Sánchez, al carecer de un compromiso político, y en verdad se quitó de todo, salvo de su rareza y de su misterio con flores lilas coronadas que corren a desbañarse.</p>
<p>«Todo reto debe ser impecable, reseteado del caos y la improvisación —escribió en una carta a su hijo—; la vida no tiene ningún sentido fuera de la búsqueda de la conciencia.» En Lima colmó esa búsqueda, tras años de vagabundeo por ciudades americanas y europeas, desde Caracas y Nueva York a Berlín, Ámsterdam, París, Milán o Barcelona, ciudad por la que anduvo bastante tiempo a la sombra del boom, preparando sus propios libros y haciendo traducciones para Seix Barral. Su espacio, la línea de su apogeo, apareció en Lima, una línea trompicada más que curva, que habría de decantar su obra definitivamente hacia la transgresión. «Era un radical a ultranza —dijo el poeta Pablo Ingberg, amigo suyo—, un extremista que apuntaba a una escritura que comprometiera al lector hasta el fondo del alma.»</p>
<p>En Lima conoció al místico ruso George Gurdjieff, cuyo trabajo entra poco a poco en su narrativa como una experiencia de base, en palabras del autor, pero ya sin una posible vuelta atrás. Su apogeo está en la hache de <i>amhor</i>, así como el apogeo del lector de verano, del lector que anda tras la imposible paz de la playa que sólo puede encontrar en la imposible lectura de la embarcación, está en el filo de la página escrita, en el momento en que levanta la vista, agobiado, y encuentra ahí el motivo de su lectura: una mujer como las de Vargas, con sugerente traje de baño completo; una gaviota gris cual epítome de la locura; un hombre con cuerpo de boxeador, cara afable y andares de intelectual extraviado, que se dispone a desbañarse durante un tiempo azuléjico.</p>
<p>A Néstor Sánchez lo dieron por perdido durante muchos años, y el primero de quienes lo daban por perdido, su hijo, lo buscó a través de embajadas, consulados, agencias literarias, etcétera, hasta que dio con una dirección en Los Ángeles, adonde le escribió. Llevaba cerca de diez años sin tener noticia de él. ¿Estaría, como los personajes de sus novelas, metido en un lugar húmedo y oscuro, en un viejo sótano?  En su respuesta, Néstor Sánchez le habló al hijo de la necesidad de que todo reto sea impecable, y de la vida, que carece de sentido ‹‹fuera de la búsqueda de la conciencia››. Hacía quince años de su encuentro con el místico ruso y su legado estaba tan vivo en él como la hache de <i>amhor</i>, consciente del «misterio intolerable de ser un cuerpo provisorio sobre un planeta atroz, [de] la ceguera estúpida de las viejas ilusiones de conejera leucémica», malas vibraciones que el místico ruso hubo de quitarle de la cabeza, para que, como decía la antigua aristocracia italiana, todo siguiera igual. «Yo escribí el amhor, con hache, porque sé que es imposible.»</p>
<p>La literatura de Néstor Sánchez tiene un peso autobiográfico muy grande, y se mueve siempre dentro de esa autobiografía, literatura del yo, como perdido en un gran amor donde se sentía solo o invadido o simplemente pequeño. «Yo tenía un conflicto entre mi idiosincrasia, mis libros publicados, mi inexperiencia del mundo y la aberración de la muerte, de la muerte como amenaza perpetua, como amenaza de cada día, como algo que se quedaba con todo, que respiraba mi aire, que tomaba mi sopa…» Hizo del lenguaje la realidad central de su obra, sin atisbo de fatiga, una obra donde el tiempo es sólo uno, como en una variación musical, abierta más que nunca a interpretaciones y al gusto del lector, pero una obra, por esto mismo, que requiere mucha atención por parte del lector, en una constante tocata y fuga.</p>
<p>Esto es el amhor, dijo,  tocata y fuga, erotismo con catarsis, la escritura en una misma dirección. El amhor, como la playa, tiene parte en el argumento de nuestros días, y se repite y se repele, como la playa, y del mismo modo es un recuerdo inconfundible que aumenta la intranquilidad, por reincidente, en el que todo el mundo extiende tarde o temprano su toalla.</p>


<p></p>
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