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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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		<title>La escritura y lo sombrío</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 24 Jan 2018 15:28:39 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Ser escritor, henos ahí la gran cuestión. En una entrevista al diario El País, Daniel Mella aseguraba que es estar siempre pensando en un próximo libro, la insatisfacción perpetua. Su respuesta entra en el infinito catálogo de opiniones acerca del oficio, ninguna certera y todas, sin embargo, fieles retratos del autor que las pronuncia. La insatisfacción a la que Mella aludía es la que percibimos tanto en sus novelas como en los relatos que conforman Lava, publicado en 2013 después de trece años de silencio. Tenía diecinueve cuando se dio a conocer con Pogo (1997), novela breve en la que fijó su estilo en los excesos y la muerte, sobre todo eso, la cifra del horror que es la muerte, tema bastante extendido en las letras uruguayas. Horacio Quiroga quizá sea el autor más conocido en este aspecto, herederos todos de Maldoror y su ser más elevado, el decadentista Conde de Lautréamont. «La bondad no es más que una unión de sílabas sonoras», rezaba aquél. Pero en un continente tan colorido, dice irónico Mella, alguien tiene que ocuparse de lo sombrío.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/daniel-mella/foto-mella-por-mauro-martella/" rel="attachment wp-att-1921"> </a></p>
<p>Por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
<p>Ser escritor, henos ahí la gran cuestión. En una entrevista al diario <em>El País</em>, Daniel Mella aseguraba que es estar siempre pensando en un próximo libro, la insatisfacción perpetua. Su respuesta entra en el infinito catálogo de opiniones acerca del oficio, ninguna certera y todas, sin embargo, fieles retratos del autor que las pronuncia. La insatisfacción a la que Mella aludía es la que percibimos tanto en sus novelas como en los relatos que conforman <em>Lava</em>, publicado en 2013 después de trece años de silencio. Tenía diecinueve cuando se dio a conocer con <em>Pogo</em> (1997), novela breve en la que fijó su estilo en los excesos y la muerte, sobre todo eso, la cifra del horror que es la muerte, tema bastante extendido en las letras uruguayas. Horacio Quiroga quizá sea el autor más conocido en este aspecto, herederos todos de Maldoror y su ser más elevado, el decadentista Conde de Lautréamont. «La bondad no es más que una unión de sílabas sonoras», rezaba aquél. Pero en un continente tan colorido, dice irónico Mella, alguien tiene que ocuparse de lo sombrío.</p>
<p>En los años siguientes dio a la imprenta <em>Derretimiento</em> (1998) y <em>Noviembre</em> (2000), publicaciones casi consecutivas con las que trascendió las fronteras de su país y que abundan en la línea iniciada con <em>Pogo</em>, reunidas en Comba bajo el título <em>Trilogía del dolor</em> (2020). El silencio posterior cabe achacarlo a los efectos de tan temprano éxito, pero también, asegura, al infructuoso intento de escribir teatro. Su vuelta con <em>Lava</em> lo consagró como autor de culto en la gran tradición del Río de la Plata. «La prosa de Mella —destacaba Andrés Ricciardulli para <em>El Observador</em>—, por lo general estupenda, alcanza aquí las cotas más altas de excelencia.» Es capaz de describir el carácter de los personajes a través solamente de sus gestos, añade Ricciardulli, y puede establecer diálogos, interrumpirlos y volver luego a ellos con una soltura apabullante. Estas palabras sirven igual para su siguiente libro, <em>El hermano mayor</em> (2017), novela donde la muerte toma presencia en la realidad misma y eso le obliga, de algún modo, a replantear su poética.</p>
<p>La muerte del hermano alcanzado por un rayo —ahí está la novela— hace que tome distancia de la crudeza presente en los primeros libros para encontrarse con una fraternidad de la que, sin darse cuenta, brota el amor. «Lo que terminó de impulsar el libro fue descubrir que el amor lo permea todo», dice. Y entre este amor y aquellas grimas se encuentra <em>Lava</em>, primer libro de relatos en recibir el prestigioso Premio Bartolomé Hidalgo, edición de 2013. Mella explora con sutileza la fragilidad de las relaciones humanas, del amor al odio, a través de planteamientos a todas luces comunes: una pareja de vacaciones en el sur de Chile, las cuitas de la descendencia, el malvivir de un inmigrante hispanoamericano en Bruselas, los anhelos amorosos de un adolescente mormón, la extraña cercanía entre la genialidad y el fracaso. En palabras del crítico uruguayo Quintín, Lava «mantiene la potencia de los libros anteriores pero desde cierto aplomo, desde una serenidad nueva». Los vaivenes de cada personaje son los mismos que el lector reconocerá en sus semejantes salvo que con la indiscutible mirada de Mella, atento a las aristas del volcán que cada cual lleva dentro. «Era todo negro —escribe—, como si en algún momento miles de años atrás se hubiese desbordado por completo.» Ese volcán entra en erupción como una luz que tintinea, imagen permanente del dolor, de su cercanía y de la tensión que conlleva, hasta el momento en que —de pronto— la luz se apaga. Es la oscuridad al fin lo que denota la erupción, esa pregunta sin respuesta que el autor uruguayo vuelve reveladora.</p>
<p>Editorial Comba publicó en otoño de 2017 <em>El hermano mayor</em>, merecedora asimismo del Premio Bartolomé Hidalgo en la categoría de narrativa de ese mismo año, y en febrero de 2018 trae a las librerías españolas <em>Lava</em>. «Desde que a los tres o cuatro meses empezó a usar las manos —escribe—, Mariano se tapa la cara para dormir. Esté boca arriba o de costado, agarra las mantas y se las sube hasta la nariz para que lo duerma el calor de su aliento. Respira tan despacio que me tengo que inclinar sobre él y quedarme quieta para distinguir si el pecho le sube y le baja.» La perpetua insatisfacción que mueve la escritura de Mella no resta una pizca de brillo a su eficaz y elaborada prosa, casi redonda. Los hay que escriben para no tener que madrugar, otros que lo hacen a modo de exorcismo y quienes consideran la escritura un mero ejercicio de vanidad. En Mella se da una especie de desnudez vital, en cambio. «Reconocer en mí lo que está en vos —razona—: esto significa que somos seres universales, que podemos estar verdaderamente en contacto.»</p>
<p> </p>


<p></p>
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		<title>Las patrias de Bolaño</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Magnet]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 26 Sep 2016 10:08:26 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[A Bolaño siempre le interesó, si es que no le obsesionó, la figura del guerrero. ¿Qué guerrero? El guerrero de la Grecia antigua, o el guerrero de una Roma donde los códigos del honor y la gloria literaria compartían rango de importancia con la guerra. A Bolaño le interesaban, en realidad, todo tipo de guerreros. Le interesaban los guerreros de la literatura, probablemente más que los de la Historia. Le interesaba más un guerrero como Erdosain que uno como Lavalle, prefería a Huckleberry Finn antes que a Patton. En realidad, los guerreros de Bolaño no pertenecían a la galería de los héroes militares. Bolaño habla de Arquíloco, poeta y mercenario griego del siglo vii a.c., pero este soldado le interesa no por sus hazañas bélicas sino porque, en un momento de la contienda, arroja lanza y escudo y huye de la batalla, un gesto heroico, hay que reconocerlo, en un mundo donde los cobardes eran ejecutados sin contemplaciones. Para Bolaño, el escritor era guerrero cuando arriesgaba, cuando daba todo lo que tenía, cuando arrojaba la lanza y el escudo del escritor-mercenario “moderno” y partía solo al encuentro de lo que la vida le depara.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>“Hay exilios que duran toda una vida y otros que duran un fin de semana.” </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>“Era un gran escritor. Un gran hombre. Así hay que empezar, según un socorrista de la Cruz Roja”. </em><br />
Roberto Bolaño</p>
<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/las-patrias-de-bolano/captura-de-pantalla-2016-09-26-a-las-12-01-27/" rel="attachment wp-att-1537"><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignleft size-full wp-image-1537" src="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/09/Captura-de-pantalla-2016-09-26-a-las-12.01.27.png" alt="captura-de-pantalla-2016-09-26-a-las-12-01-27" width="186" height="443"></a>A Bolaño siempre le interesó, si es que no le obsesionó, la figura del guerrero. ¿Qué guerrero? El guerrero de la Grecia antigua, o el guerrero de una Roma donde los códigos del honor y la gloria literaria compartían rango de importancia con la guerra. A Bolaño le interesaban, en realidad, todo tipo de guerreros. Le interesaban los guerreros de la literatura, probablemente más que los de la Historia. Le interesaba más un guerrero como Erdosain que uno como Lavalle, prefería a Huckleberry Finn antes que a Patton. En realidad, los guerreros de Bolaño no pertenecían a la galería de los héroes militares. Bolaño habla de Arquíloco, poeta y mercenario griego del siglo vii a.c., pero este soldado le interesa no por sus hazañas bélicas sino porque, en un momento de la contienda, arroja lanza y escudo y huye de la batalla, un gesto heroico, hay que reconocerlo, en un mundo donde los cobardes eran ejecutados sin contemplaciones. Para Bolaño, el escritor era guerrero cuando arriesgaba, cuando daba todo lo que tenía, cuando arrojaba la lanza y el escudo del escritor-mercenario “moderno” y partía solo al encuentro de lo que la vida le depara.</p>
<p>Las páginas recopiladas en <em>Entre paréntesis</em> (Anagrama, 2004) por Ignacio Echeverría (el Iñaki Echevarne de <em>Los detectives salvajes</em>), uno de sus grandes amigos, corresponden a una cara del universo de Bolaño, o a una cara del escritor y su quehacer que aún quedaba por descubrir. Son páginas donde Bolaño se desenvuelve con soltura y desparpajo, sobre todo; se mueve con asombrosa libertad en el mundo de la reflexión intelectual y de la crítica, hoy en día convertido en gueto, cuando no en execrable feudo de la corrección política. Bolaño no intenta ocultarse detrás de sus juicios y opiniones críticas sobre escritores del pasado y del presente, de aquí y de allá, sin esconder la mano después de tirar la piedra, una piedra que ha dejado cristales rotos a ambos lados del Atlántico.</p>
<p>A través de estos discursos (insufribles, dice él) de los artículos periodísticos y las crónicas de este volumen, se reformula una pregunta ya antigua pero sin cuya actualización la literatura no podría seguir viva: ¿Qué es un escritor? ¿De qué materia(l) está hecho? ¿De qué materia(l) están hechos sus devaneos? ¿A qué impulsos responde su necesidad de internarse por caminos desconocidos, como si el escritor perteneciera a la estirpe de los últimos aventureros? En realidad, en un mundo explorado y vuelto a explorar hasta convertir la aventura de antaño en un safari de vacaciones de verano con Coca-Cola, no es una idea descabellada. Las palabras tienen esa naturaleza casi vegetal, gracias a la cual germinan continuamente nuevas e impenetrables espesuras, que corresponden a otros tantos universos posibles.</p>
<p>El machete con que el escritor se abre camino en esa espesura es el estilo, el estilo como «hilo único y solitario del pensamiento», como decía Barthes. No es de extrañar que todo lo demás quede atrás y pierda relieve y relevancia, la patria y el inventario de sus valores, que quede atrás ese «sello común de la chilenidad, es decir, el sello común de una infancia sumida en la niebla», ni es de extrañar que pierda relieve la idea de que el escritor —el hombre— ha de someterse al concepto de patria, puesto que la llamada patria, además de ser un dato puramente casual, no es más que un territorio y una lengua, la de los padres. Lo que pervive es la lengua, porque es ella la que nos permite asomarnos al mundo, y ya en esa primera mirada darnos cuenta de que el mundo es ancho y ajeno, y que se puede recorrer, habitar, que las fronteras se pueden y se deben franquear.</p>
<p>El escritor trabaja «esté donde esté», y por eso no tiene patria. «La literatura, al contrario que la muerte, vive en la intemperie, en la desprotección, lejos de los gobiernos y las leyes, salvo la ley de la literatura, que sólo los mejores son capaces de romper. Y entonces ya no existe la literatura, sino el ejemplo.»</p>
<p>De alguna manera, la suerte de Roberto Bolaño viene a encarnar la realización de lo que se perfila como uno de los derechos humanos más elementales e irrenunciables de los tiempos modernos: el derecho de poder escoger el lugar donde se ha de morir, ya que no se puede escoger el lugar donde se nace. En muchas ocasiones, Bolaño aludió a la patria. «Mi patria es mi infancia»…«Mi patria son mis hijos»…«Mi patria son mis libros», esto decía. Cuando aludía a su nacionalidad, decía ser chileno, pero «lo mismo me da que digan que soy chileno (…) o que digan que soy mexicano (…) e incluso lo mismo me da que me consideren español». El discurso pronunciado con ocasión de la entrega del premio Rómulo Gallegos es una entrañable —tan entrañable como laberíntica— declaración de principios sobre su adhesión al ideal bolivariano, no sólo en un plano literario, sino también como metadiscurso político sobre el pasado y el futuro común de los pueblos americanos.</p>
<p>Tras el estallido de la barbarie que marcó a su generación, la generación que en 1973 tenía veinte años, la aventura chilena de Bolaño acabó en el exilio, ese exilio en que Bolaño no cree, porque el exilio, dice, es casi una condición del escritor por defecto, porque «todos los escritores son exiliados por el solo hecho de asomarse a la literatura». Con el tiempo y los años, su singladura lo llevó a tierras españolas, donde siempre se sintió a sus anchas, virtud no desdeñable, porque a menudo los chilenos se parecen a ese compatriota arquetípico que Bolaño recuerda y que soñaba con volver a Chile a «besar suelo chileno».</p>
<p>El oficio de escritor, en efecto, no se parece a ningún otro. Ni al de policía, ni al de banquero ni al de deportista. Bolaño no tiene una patria, tiene múltiples patrias, casi tantas como libros ha leído. Tiene una patria en Conrad, y tiene una patria en Kafka, en Mark Twain y en Stendhal… A diferencia del banquero, que sólo es banquero durante el horario de trabajo, el escritor es y trabaja, siempre y en todo lugar. El escritor sabe que la literatura es un oficio peligroso que lo ha alejado para siempre jamás de la patria del común de los mortales, cuyo suelo nunca llegará a besar. Quizá por eso, como broche final de una reflexión sobre la identidad del escritor, dice: «Las putas, tal vez, sean las que más se acercan al oficio de la literatura.»</p>
<p>Escrito por&nbsp;<strong>Alberto Magnet Ferrero, </strong>escritor y traductor chileno radicado en Barcelona</p>
<p>Este artículo se publicó en <a href="http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2005/01/21/las-patrias-de-roberto-bolano/">El Mostrador</a></p>
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