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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Los selfies son yo en forma vacía</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 10 May 2018 14:51:18 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Byung-Chul Han]]></category>
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					<description><![CDATA[El filósofo surcoreano Byung-chul Han se presentó este martes 6 de febrero en el CCCB de Barcelona.  La expectación era enorme. Su obra, traducida a una gran cantidad de lenguas, destaca por su capacidad de iluminar desde ángulos críticos la sociedad del hiperconsumo, el neoliberalismo y la era digital. Sin duda por ello se trata de uno los pensadores más influyentes del momento.
    “No sabría decir si estoy en España o en Cataluña”, empezó diciendo; y en medio de risas nerviosas y algo de barullo, añadió: “Ustedes tampoco lo saben.” Sensible a lo crispado de la coyuntura —la sala podía estar fragmentada—, matizó: “No conozco bien este país.” El país en cambio no podría decir lo mismo de él. Es uno de los filósofos contemporáneos más leídos. Como prueba: la misma sala estaba a rebosar, las entradas se habían agotado como si se tratara de un concierto de Metallica, que por cierto, tocó ese fin de semana. Igualmente fue como un concierto, pero de filosofía; una de las ventajas, supongo, de la llamada civilización del espectáculo. Ni la filosofía se salva. Son los tiempos los que la han puesto a pie de calle y llevado a dar un paso mas allá de la mera actividad intelectual, convirtiéndola en una rama más del activismo político. El filósofo de hoy defiende y a la vez encarna sus propias tesis; consciente del poder de los medios, los utiliza para llevar contenido a través del impacto. Slavoj Zizec, Judith Butler, Beatriz Preciado son algunos ejemplos. Acostumbrado a convocar multitudes, al igual que ellos, Han estaba animado. Pero como que empezaba mal. Lo que vino a continuación dolió. Se asombró de que uno de sus libros, La sociedad del cansancio, hubiera sido devorado por los españoles: “No lo hubiera soñado” dijo, “pensaba que a los españoles no les gustaba trabajar.”						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Ernesto Escobar Ulloa</strong></p>
<p><span style="font-weight: 400;">El filósofo surcoreano Byung-chul Han se presentó este martes 6 de febrero en el CCCB de Barcelona. &nbsp;La expectación era enorme. Su obra, traducida a una gran cantidad de lenguas, destaca por su capacidad de iluminar desde ángulos críticos la sociedad del hiperconsumo, el neoliberalismo y la era digital. Sin duda por ello se trata de uno los pensadores más influyentes del momento. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;“No sabría decir si estoy en España o en Cataluña”, empezó diciendo; y en medio de risas nerviosas y algo de barullo, añadió: “Ustedes tampoco lo saben.” Sensible a lo crispado de la coyuntura —la sala podía estar fragmentada—, matizó: “No conozco bien este país.” El país en cambio no podría decir lo mismo de él. Es uno de los filósofos contemporáneos más leídos. Como prueba: la misma sala estaba a rebosar, las entradas se habían agotado como si se tratara de un concierto de Metallica, que por cierto, tocó ese fin de semana. Igualmente fue como un concierto, pero de filosofía; una de las ventajas, supongo, de la llamada civilización del espectáculo. Ni la filosofía se salva. Son los tiempos los que la han puesto a pie de calle y llevado a dar un paso mas allá de la mera actividad intelectual, convirtiéndola en una rama más del activismo político. El filósofo de hoy defiende y a la vez encarna sus propias tesis; consciente del poder de los medios, los utiliza para llevar contenido a través del impacto. Slavoj Zizec, Judith Butler, Beatriz Preciado son algunos ejemplos. Acostumbrado a convocar multitudes, al igual que ellos, Han estaba animado. Pero como que empezaba mal. Lo que vino a continuación dolió. Se asombró de que uno de sus libros, </span><i><span style="font-weight: 400;">La sociedad del cansancio</span></i><span style="font-weight: 400;">,</span> <span style="font-weight: 400;">hubiera sido devorado por los españoles: “No lo hubiera soñado” dijo, “pensaba que a los españoles no les gustaba trabajar.” </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"> &nbsp;&nbsp;&nbsp;Que el autor de </span><i><span style="font-weight: 400;">Psicopolítica</span></i><span style="font-weight: 400;"> y </span><i><span style="font-weight: 400;">La expulsión de los distintos</span></i><span style="font-weight: 400;"> soltara tremendo topicazo era para hacer saltar las alarmas. Aquellos libros me habían impresionado, más allá de su lúcido análisis por la fluidez de su prosa, de frases cortas y la intensidad de la mejor literatura. Que ni la propia filosofía se librara de los estereotipos más cansinos era, por decir lo menos, decepcionante, en especial de uno que —no nos engañemos— esconde un viejo prejuicio noreuropeo hacia todo lo que huela a Mediterráneo (la catalogación de PIGS sintetiza muy bien lo que digo). Pero la charla acababa de empezar, quedaba mucho trecho. Quizá era sólo una broma. O quizá había una ironía que en la traducción se había erosionado. Contó luego que en el otro extremo del espectro estaba su país natal, Corea del Sur, que según la OCD es el país del mundo en el que más se trabaja. “A los surcoreanos”, dijo, “se les educa para ser ganado que rinde, de ahí que tengan la tasa de suicidios más elevada del mundo.” Recordó que Lafargue, yerno de Marx, en su libro </span><i><span style="font-weight: 400;">Derecho a la pereza</span></i><span style="font-weight: 400;">, había hecho un llamado en pos de la prosperidad mundial en favor de la abolición del trabajo. España parece estar más cerca que otros en la realización de dicha utopía: “Todavía puede estar orgullosa de tener menos fábricas que los surcoreanos.” Podrá sonar muy bien y generar aplausos, pero en una oficina del INEM como escenario hubieran aplaudido algunos menos. ¿No había un punto medio? </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Profundizando en el tema, Han empezaba a ser más convincente. “Hemos perdido la vivacidad original al dejar de ser un </span><i><span style="font-weight: 400;">animal</span></i> <i><span style="font-weight: 400;">original</span></i><span style="font-weight: 400;">, nos hemos ido debilitando y reducido a la condición de ganado consumista. El sistema neoliberal nos agota. Es una problemática sistémica que no podemos solucionar en el corto plazo. Yo no sería contrario a la independencia de Catalunya —sonrió— si Puigdemont reconstituyera al animal </span><i><span style="font-weight: 400;">original</span></i><span style="font-weight: 400;">.” El aplauso esta vez fue prácticamente general. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No sólo estamos lejos del </span><i><span style="font-weight: 400;">animal original</span></i><span style="font-weight: 400;">, Marx ha quedado obsoleto en la era neoliberal, ya no nos explota el patrón, el patrón somos nosotros. El proletariado organizado ha sido aniquilado. El ser proletario ha dado lugar al </span><i><span style="font-weight: 400;">yo consumista</span></i><span style="font-weight: 400;">. El </span><i><span style="font-weight: 400;">animal original </span></i><span style="font-weight: 400;">sólo puede hallarse en los márgenes, en aquello que niega el sistema. El mismo Han parece esforzarse por encarnar ese ideal. La coherencia resultante de llevar a la práctica la teoría perdona toda contradicción. Y los chistes sin gracia. Después de todo, no se puede afirmar nada sin caer en la contradicción. En su caso, Han rechaza el turismo. No sólo eso: en verdad no le gusta viajar, afirma. &nbsp;“¿A quién no le gusta viajar?” Suelo preguntar en mis clases. Nadie levanta la mano. Han lo hubiera hecho. ¿Cuántos entre el público también? Los aeropuertos son, a su modo de ver, lugares de rotación, donde los turistas circulan como mercancías. Por ello intenta sustraerse de los flujos turísticos. Las masas turísticas están destruyendo el planeta, asegura. Le apeteció sin embargo salir del crudo invierno berlinés y pasar unos días en Barcelona. Aprovechó antes de la charla para acudir al laberinto de Horta, que gracias a la lluvia encontró vacío. “Fue el único momento en el que no me sentí turista en esta ciudad.” En la gruta de Eco y Narciso se inclinó sobre el estanque y de pronto tuvo un momento epifánico: su rostro reflejado en el agua le devolvió la imagen paradigmática del hombre contemporáneo, la de un Narciso perdido en el laberinto digital. Es el tema de </span><i><span style="font-weight: 400;">La expulsión del otro. </span></i><span style="font-weight: 400;">La libido, debido al uso y abuso de las redes sociales, revierte en el propio yo. El problema de esta acumulación de libido es que reduce la llamada </span><i><span style="font-weight: 400;">libido objetiva.</span></i><span style="font-weight: 400;"> Al invertir la libido en el ego la extraemos del objeto, lo que origina una patología. El ser humano no puede estabilizarse solo, lo consigue por intermediación del otro. El </span><i><span style="font-weight: 400;">yo</span></i><span style="font-weight: 400;"> se rompe por sí mismo cuando le falta el otro. Lo necesita para reencontrarse. Hoy todos llevamos este cáncer dentro que se llama narcisismo. La cura es Eros. Eros revitaliza el organismo. Sólo Eros puede devolverle la vida a la sociedad. Necesitaríamos una quimioterapia radical para matar las células cancerígenas y regenerarnos nuevamente. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;“Platón decía que los políticos deben filosofar y los filósofos gobernar. Si me obligaran a gobernar sería más radical que Puigdemont. Cerraría los aeropuertos. Prohibiría que los cruceros atracaran en el puerto. Proclamaría el derecho a la vagancia. El hombre como animal que juega, que no se cansa, esto representaría una independencia real. Pueden ver, así, lo peligroso que es que un filósofo se haga político.” &nbsp;</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Dado que para Han no viajar es una misión política, hace tres años tomó la decisión de emprender un viaje inusual, “un viaje al jardín”. Con la pantalla táctil perdemos la noción de la realidad. La realidad tiene que ver con resistencia, con dolor, con miedo. Hace tres años tuvo la necesidad de tocar la tierra, las piedras, y durante tres años creó un jardín que ha llamado “Jardín secreto”. Trabajó muy duro: “Tengo flores que brotan en la nieve.” De la tierra sale el imperativo de protegerla, de cuidarla. La palabra “cuidar” en alemán está relacionada con la belleza. Lo que se contrapone con el turismo, los turistas pisotean la tierra. Y el neoliberalismo explota esa actividad. Es una misión política cuidar de la tierra. Y cuidarla exige alabanza. Así se creó </span><i><span style="font-weight: 400;">Elogio de la tierra.</span></i> <i><span style="font-weight: 400;">El jardín secreto</span></i><span style="font-weight: 400;">, su próximo libro. Hasta entonces la tierra era para Han una lejanía, pero su amor a lo desconocido lo aproximó a ella: “No me puedo enamorar de lo igual. Lo igual no me seduce.” Su extrañeza lo fascinó. Al cavar encontró raíces. Los árboles se comunican a través de las raíces. Las raíces surcan la tierra por debajo del cemento que pisamos transportando sustancias que salvarán a otro árbol de la muerte. Nosotros en cambio expresamos experiencias y opiniones y la comunicación decae. Hoy el canto del pueblo ha enmudecido, el ruido sin embargo aumenta. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;“La realidad se experimenta con la mano, si sólo la experimento con el dedo en la pantalla la pierdo.” Schimitt contrapone el cielo al mar. El mar no conoce fronteras. Schmitt vería en la red digital el mar, el mar de datos, sin confines. El mundo tecnológico es un mar de datos, no podemos habitarlo. Este temor se expande en un barullo de lo igual. Los límites entre privado y público se difuminan. La hipercomunicación actual destruye todas las instancias. Todo se nos acerca de forma amenazante. Estamos achicados por las redes de comunicación. &nbsp;En el idealismo kantiano el ser humano es dueño del conocimiento. El dataísmo pone fin a este idealismo de la Ilustración. El hombre es un lugar de paso para el flujo de datos. En la Ilustración la realidad sustituyó al mito, en el dataísmo los datos sustituyen a la realidad. La transparencia tiene una connotación positiva; sin embargo, la transparencia hace la información libre, pero no al hombre. La transparencia no es una continuación de la Ilustración sino su fin. La digitalización lleva a la destrucción del otro. La acumulación de amigos lleva a la destrucción del amigo. En la era de la red social lo social brilla por su ausencia. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Lo característico de la sociedad actual es la anulación del dolor. Al perder contacto, queremos amar sin caer en el amor. No queremos ser dañados por el otro, así que las heridas llegan en forma de autolesión. Los </span><i><span style="font-weight: 400;">borderline</span></i><span style="font-weight: 400;"> se autolesionan. La extracción del otro implica un proceso de autodestrucción. El amor propio no excluye el amor del otro. El narcisismo sí. Los </span><i><span style="font-weight: 400;">selfies</span></i><span style="font-weight: 400;"> son </span><i><span style="font-weight: 400;">yo</span></i><span style="font-weight: 400;"> en forma vacía. La adicción al </span><i><span style="font-weight: 400;">selfie</span></i><span style="font-weight: 400;"> refleja el vacío del </span><i><span style="font-weight: 400;">yo</span></i><span style="font-weight: 400;">. El atentado suicida es paradójico, la autodestrucción se puede comparar a la autolesión. El botón de la bomba del terrorista suicida se asemeja al botón de la cámara. La realidad hecha de desesperación ya no merece vivirse. El terrorista es un narcisista con un cinturón de explosivos. Su foto dará la vuelta al mundo. El terrorismo es el último grito de autenticidad. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Lo ajeno es constitutivo de lo propio. El otro como antídoto contra el desconocimiento de uno mismo. Han pone el caso del actual presidente francés, Macron, que dijo haber conocido a Baudelaire a través de Walter Benjamín. “Un francés que se deja inspirar por un alemán es mejor que un europeo igual en todas partes. Es más erótico que un francés se enamore de un alemán que de un francés. Es más erótico que un catalán se enamore de un español que un español de un español. Así pues hace falta más amor en Catalunya que odio y disputa.” </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Han se había redimido. Y abandonó la sala casi sin turno de preguntas ni firmas.</span></p>
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		<title>Bolaño en las catacumbas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Magnet]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 10 Oct 2016 18:40:21 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[A raíz del décimo aniversario de su muerte, en 2013, se presentó en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona una exposición sobre la obra de Roberto Bolaño. Una sala de dos alas de grandes dimensiones fue el lugar escogido, en una primera planta donde habría cabido holgadamente una exposición sobre el arte de una de las grandes dinastías egipcias. Menciono el detalle de la primera planta porque, curiosamente, la impresión al entrar es la de haber bajado a una sala subterránea. Al pasar de la luz del día a un espacio interior, hace falta un buen rato para que los conos y bastoncillos se acostumbren a la penumbra. El ambiente de aquella sala, debido a la escasa iluminación y a un constante sonido envolvente que hace pensar en agoreros (y desagradables) desgarros provenientes de las entrañas de la tierra, o que a ratos parece reproducir en sordina las oraciones de unos aterrorizados fieles en las profundidades de una catacumba, predispone al visitante a sumirse en un curioso estado, mezcla de tensión y alerta, que no contribuye en nada a una experiencia grata.
De esta manera, abstrayéndose de aquel decorado diseñado por alguien que jamás leyó a Bolaño, que habrá frecuentado discotecas con asiduidad y sufrido horribles pesadillas lisérgicas, al dar los primeros pasos los ojos del visitante se posan sobre una placa de metacrilato en que se reproduce una frase ya conocida que figura en el Manifiesto Infrarealista de 1976, probablemente acuñada por el propio Bolaño: «No sólo en los museos hay mierda.» Pareciera que el espíritu de Bolaño se ha apostado en las puertas mismas de la exposición para prevenirnos de lo que podemos encontrar durante nuestro recorrido.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/09/bolano.png"> </a></p>
<p>A raíz del décimo aniversario de su muerte, en 2013, se presentó en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona una exposición sobre la obra de Roberto Bolaño. Una sala de dos alas de grandes dimensiones fue el lugar escogido, en una primera planta donde habría cabido holgadamente una exposición sobre el arte de una de las grandes dinastías egipcias. Menciono el detalle de la primera planta porque, curiosamente, la impresión al entrar es la de haber bajado a una sala subterránea. Al pasar de la luz del día a un espacio interior, hace falta un buen rato para que los conos y bastoncillos se acostumbren a la penumbra. El ambiente de aquella sala, debido a la escasa iluminación y a un constante sonido envolvente que hace pensar en agoreros (y desagradables) desgarros provenientes de las entrañas de la tierra, o que a ratos parece reproducir en sordina las oraciones de unos aterrorizados fieles en las profundidades de una catacumba, predispone al visitante a sumirse en un curioso estado, mezcla de tensión y alerta, que no contribuye en nada a una experiencia grata.</p>
<p>De esta manera, abstrayéndose de aquel decorado diseñado por alguien que jamás leyó a Bolaño, que habrá frecuentado discotecas con asiduidad y sufrido horribles pesadillas lisérgicas, al dar los primeros pasos los ojos del visitante se posan sobre una placa de metacrilato en que se reproduce una frase ya conocida que figura en el Manifiesto Infrarealista de 1976, probablemente acuñada por el propio Bolaño: «No sólo en los museos hay mierda.» Pareciera que el espíritu de Bolaño se ha apostado en las puertas mismas de la exposición para prevenirnos de lo que podemos encontrar durante nuestro recorrido.</p>
<p>Tampoco es fortuita la alusión a la dinastía egipcia, porque, incluso quienes nunca hayan visitado una muestra de ese tipo, tendrán al poco andar la sensación de encontrarse en un ambiente que invita a adentrarse en un pasado remoto, y que en los anaqueles distribuidos a lo largo de las paredes de la sala se exhiben objetos que bien podrían ser colecciones de antiquísimas joyas, objetos litúrgicos, artefactos encontrados en alguna tumba real sepultada bajo siglos de arena, expuestos con una luz mezquina que nos dice, en este caso: «Se mira pero no se lee.»</p>
<p>En rigor, estos detalles no son verdaderamente propios de un comentario sobre una exposición, pero para quienes sufren de algún mal vertebral o escapular (alrededor del 60% de la humanidad) la altura de dichos anaqueles constituye un severo desafío. Dicha altura es fruto de la idea genuina —e ingenua— que concibe los manuscritos de Bolaño como objetos fetiche expuestos para ser mirados o «admirados», pero en ningún caso para ser leídos. La caligrafía de Bolaño, una letra menuda y apretada, no se presta precisamente a ser leída a una distancia que supere los cuarenta centímetros, distancia que obliga al visitante a permanecer inclinado en una humilde y dolorosa venia de noventa grados.</p>
<p>Hay también una buena cantidad de fotografías, cuya peculiaridad es la de retratar, en su mayor parte, una franja de la vida de Bolaño que empieza en Cataluña —en 1977— y termina con su muerte. Hay fotos de los episodios mexicanos, pero son relativamente escasas. Algo similar ocurre con la presencia de la familia chilena, o con manuscritos y diarios, en su mayoría escogidos de la misma época. Se dirá que aquello corresponde al periodo de mayor producción literaria, pero lo expuesto es una visión sesgada de una vida que tiene muchas más facetas que las del Bolaño de Barcelona, Gerona y Blanes. Como si una mano oscura hubiera impuesto límites a la posibilidad de mostrar un Bolaño más completo, de dar rienda suelta a una perspectiva más poética y menos comercial de su obra, con su tierna, entrañable y diversa mirada sobre el mundo. Algo ha quedado trunco. Esa perspectiva abierta de las distintas épocas de su vida debería incluir necesariamente la muy importante etapa final, que transcurre junto a Carmen Pérez de Vega, la mujer que se convirtió en la gran amiga de Bolaño y lo acompañó hasta el final. Ahí también, en lo que parece una censura que planea sobre la parte final de su vida, la exposición del CCCB vuelve a quedar trunca. En lugar de una muestra sobre la vida y obra de Roberto Bolaño, desde su infancia infrarealista hasta la madurez del narrador de <em>Los detectives</em> y <em>2666</em>, con el enorme caudal de vitalidad que la recorre, el visitante encuentra una muestra sobre la vida y obra de San Roberto Bolaño.</p>
<p>La miserable iluminación de aquella sala bien podría ser reemplazada por cirios de cinco vatios y no habría diferencia. El horripilante sonido envolvente evoca la melodía de un órgano agónico y pregregoriano que transmite subliminalmente la idea de que nos encontramos frente a objetos sagrados, ocultos al resto de los mortales, fijados, embalsamados a perpetuidad en sus penumbrosos nichos, como esa insólita colección de gafas, tristes y despersonalizadas, en la pequeña urna.</p>
<p>Nada de esto queda más lejos del auténtico universo de Bolaño, cuya principal virtud fue y sigue siendo arrojar luz a raudales sobre la vida misma y sobre un panorama de las letras españolas —y universales— que a ratos parece «un desierto de aburrimiento». La vida de Bolaño está marcada por la voluntad de salir al mundo abriéndose a él, rompiendo compartimentos estancos, hermanando la poesía con una experiencia vital cuyas raíces empiezan y acaban en el exilio, lo cual, en su caso, significó echar —y dejar— fugaces raíces ahí por donde pasara. La precariedad en que se desenvolvieron esas experiencias nunca fueron un pretexto para huir del mundo y refugiarse en la pretendida oscuridad que quiere connotar el decorado en que han acabado sus manuscritos. El optimismo que late en el tesón con que Bolaño encaró los momentos más apremiantes de su vida y cruzó los desiertos de aburrimiento es un optimismo alegre y mundano, nutrido por su permanente intercambio con la luminosidad de toda cosa, de toda amistad, de toda experiencia. Esto es algo que cualquiera ve en esos escritos expuestos que, ellos sí, están ahí con su valor intrínseco, queriendo desautorizar con cada una de sus líneas la mezquindad oscura que los aloja.</p>
<p>Al salir, el visitante vuelve a ver la misma cita que vio al entrar, sobre la basura y los museos, y la contradicción salta a la vista por sí sola. Sospecho que, en primer lugar, a Bolaño le habría costado mucho autorizar una exposición sobre aquello que se negaba a llamar su «obra»; en segundo lugar, si finalmente hubiese llegado a producirse y le hubiesen mostrado el resultado final, Bolaño les habría dicho que era imperativo quitar el techo, encender las luces y abrir las puertas para que penetrara el sol de mediodía, la luz y el aire, elementos que conspiran contra el oscurantismo del culto.</p>
<p>Escrito por <strong>Alberto Magnet Ferrero</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en Piensachile.com y Archivio Bolaño</p>
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