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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Metamorfosis</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 08:18:15 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[«Inmensa mariposa de brillos —escribió Vicente Aleixandre—/ respirar batiente que pasa sin recelos.» Ya es hora de hablar de ellas, recién instalados en la primavera, época de eclosión de este insecto científicamente llamado lepidóptero, como cuenta Ignacio Viladevall (Barcelona, 1958) en su poético y fascinante ensayo Luz de las mariposas. Para hacerlo debidamente, para soltar la palabra y alcanzar su luz, lo mejor es verlas volar, dejar que sean mariposas y que en su corta vida el acto las defina. Su manejo del tiempo y del espacio asombrarán al más pintado —en una sola noche pueden recorrer miles de kilómetros, en busca del calor, trepadas a una nube—, así como la cantidad de especies existentes, sólo algunas de las cuales moran en la península ibérica. Sus viajes son cada vez más extremos, del calor africano al severo frío del norte de Europa.
La actual no es una época fácil para las mariposas, a causa de las convulsiones climáticas, y Viladevall lo tiene muy presente a la hora de escribir este ensayo. El lema final viene a destacar la necesidad de protegerlas mediante la acción humana. Esto no sólo significa poner a buen recaudo la especie y su entorno, para que se siga desarrollando y la cadena natural no se vea afectada, sino también cuidar de la capacidad imaginativa y ficcional del ser humano. Si algo nos puede liberar de la mirada de un robot es apreciar el vuelo de una mariposa. Es aleatorio, nunca derecho, un baile de la naturaleza que pone en relieve las infinitas formas y luces de la realidad.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/05/Captura-de-pantalla-2016-05-09-a-las-10.09.13.png"> </a></p>
<p>«Inmensa mariposa de brillos —escribió Vicente Aleixandre—/ respirar batiente que pasa sin recelos.» Ya es hora de hablar de ellas, recién instalados en la primavera, época de eclosión de este insecto científicamente llamado lepidóptero, como cuenta Ignacio Viladevall (Barcelona, 1958) en su poético y fascinante ensayo <em>Luz de las mariposas</em>. Para hacerlo debidamente, para soltar la palabra y alcanzar su luz, lo mejor es verlas volar, dejar que sean mariposas y que en su corta vida el acto las defina. Su manejo del tiempo y del espacio asombrarán al más pintado —en una sola noche pueden recorrer miles de kilómetros, en busca del calor, trepadas a una nube—, así como la cantidad de especies existentes, sólo algunas de las cuales moran en la península ibérica. Sus viajes son cada vez más extremos, del calor africano al severo frío del norte de Europa.</p>
<p>La actual no es una época fácil para las mariposas, a causa de las convulsiones climáticas, y Viladevall lo tiene muy presente a la hora de escribir este ensayo. El lema final viene a destacar la necesidad de protegerlas mediante la acción humana. Esto no sólo significa poner a buen recaudo la especie y su entorno, para que se siga desarrollando y la cadena natural no se vea afectada, sino también cuidar de la capacidad imaginativa y ficcional del ser humano. Si algo nos puede liberar de la mirada de un robot es apreciar el vuelo de una mariposa. Es aleatorio, nunca derecho, un baile de la naturaleza que pone en relieve las infinitas formas y luces de la realidad.</p>
<p>A este baile asistirá el lector de Viladevall —el de este libro igual que el de su prolija colaboración en prensa—, un giro constante y poético donde las mariposas son lacitos del aire, en palabras de Ramón Gómez de la Serna, y en el que el propio autor interviene. Las distintas etapas de su vida quedan reflejadas en su relación con los lepidópteros, cuya presencia es determinante en el modo de hacer frente a los vaivenes vitales, y por tanto, en su evolución psicológica. Se busca en ellas desde el instante mismo en que rompen la crisálida y echan a volar, juntas y separadas y en armonía floral, como en un cuadro de Odilon Redon; momento en que Viladevall experimenta a su vez una especie de metamorfosis y se sale de plano.</p>
<p>«Confieso que desde hace algún tiempo oigo hablar a las mariposas», dice.</p>
<p>Como el peatón melancólico del escritor venezolano Salvador Garmendia (1928–2001), Viladevall se siente observado y es parte de lo que ve. Ninguno de los dos escribe tanto para una inmediata publicación, como para explicarse a sí mismos el entorno en el que viven y la capacidad que tienen de actuar en él. Salvar a las mariposas es sin duda el propósito de Viladevall, y también los árboles y los espacios en que la naturaleza puede crecer; mientras que para el peatón de Garmendia lo más importante es «tomar residencia propia en un texto», y no por exceso de…, dice, sino por simple y elemental comodidad. Feliz diletante, decidió iniciar la novela «una tarde en que regresaba de la frutería acunando una bolsa de melones», a sabiendas, claro está, de que en toda novela como la que se proponía «ha de haber un crimen, lo más perfecto posible, como elemento principal de la trama». Ese crimen está desde el principio en el relato ensayístico de Viladevall, a raíz de la acción del cambio climático contra las mariposas. No genera un crimen, por tanto, sino que parte de uno y se mueve por sus alrededores cual detective, por montes, marismas y parques, en los que bien podría haberse topado con el peatón melancólico. ¿O acaso no serán el mismo?</p>
<p>El personaje de Garmendia encuentra su víctima en un parque, una vecina a la que su mirada hace sitio para que la narración pueda desarrollarse, y la sigue; la sigue un día sí y otro también, por las sendas y las calles aledañas hasta la rectoría, hasta su propia casa, en un juego volátil donde la imaginación toma el protagonismo. Que si una muchacha desnuda en la barra de un bar, que si el ojo coagulado de una dama al chocar contra su paraguas, que si el vaho escénico de una estación de tren. Y puestos a imaginar, lo mismo podría haberse topado con unos chicos tropicales cantando a los vientos «qué le pasa a la mariposa/ que en la flor no se posa/ de la calabaza./ Será idiota la mariposa/ o qué cojones le pasa»; o mejor aún, con otro personaje del propio Garmendia, ese hombre chiquitín —«en varias oportunidades mi mujer ha estado a punto de echarme al suelo al ir a retirar las sábanas»— que adelgaza hasta alcanzar una especie de metamorfosis. No está muy claro cómo lo consigue, pero la transformación en sí tiene lugar al posarse en la mano de su mujer y desde ahí levantar el vuelo.</p>
<p>La tensión narrativa de Garmendia alcanza ahí una forma onírica, brumosa y efectiva —«mis rasgos se confunden en la mirada del contrario y llegan a desaparecer volatilizados en una dispersión estrábica»—, en un proceso que corresponde al de la mariposa cuando rompe la crisálida y echa a volar desde la hoja de un árbol, aupada por la naturaleza y por este peatón melancólico que es Viladevall. La estará esperando junto a la flor de la calabaza, o donde quiera que la mariposa vaya a posarse, y juntos, desde ese punto maternal, mano de la naturaleza, tomarán residencia en la levedad del aire.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Planeta azul sobre fondo negro</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 15 Dec 2015 22:22:13 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Mucho nos tememos que en los próximos años va a verse con una evidencia incontrastable como la Tierra se tiñe de azul. No habrá en toda su inmensidad más que ese color. Un color que será trasunto de la tristeza. Cuando se patentice el avance de los mares, el color celeste se extenderá de modo impensable. Las actividades humanas habrán roto el equilibrio existente entre tierra y agua, el cambio climático tiene una causalidad humana. Antes hubo superficies de color tierra, ocre amarillo, verde pastel, pardo claro. Espacios de la vida terrestre, islas y continentes. La pena del agua es infinita. La vida aparece envuelta en una total confusión. Conviene que nos preguntemos cuándo empezó a fraguarse esa imagen patética del planeta. Es indecible hasta qué punto el calentamiento global inició el deshielo de los glaciares. Hoy el litoral se hunde bajo el agua, y las costas desaparecen. Los campos inundados ofrecen un cuadro desolador. Nos obsesionan los efectos del calentamiento en la biodiversidad: desde el oso polar, cuya población disminuirá en casi un 30% en los próximos 40 años, hasta el pingüino, pasando por toda clase de mariposas; la regresión de los lepidópteros se ha constatado en más de ochenta especies. El calentamiento afecta al ecosistema y a las relaciones entre distintas especies. La humanidad se suicida porque la naturaleza, su hermosura, sucumbe. De la misma manera podríamos interpretar la inundación de las costas como la “ofeliaización” del planeta; nos ha atrapado la imagen shakesperiana. Como Ofelia, la criatura nacida para morir en el agua, la superficie terrestre parece decidida a suicidarse. La relación entre agua y tierra se vuelve imposible. Nos recuerda la obra de un artista que bajo el signo del caos y de la fantasía se expresaba con nuevas formas. Si hay un pintor que tenga intuición de la tragedia ecológica actual, es ciertamente Mark Rothko. Pintó óleos sobre lienzos marrones y azules que transportan mensajes proféticos y éticos. Sus célebres expansiones cromáticas no sólo traen un mensaje visionario, poseen una fuerza que afecta a siete millones de personas; ya decía que aspiraba a que la gente llorase al ver sus cuadros. El avance azul devora el orbe, la superficie terrestre. La pintura es pura fantasía, pero una fantasía exacta. Ubiquemos todo ese arte absurdo e irracional en la coyuntura política actual, tenemos la Conferencia del Clima a las puertas. Urge lograr un acuerdo mundial de reducción de gases de efecto invernadero, disminuir las emisiones, refrenar los pleamares del calentamiento. Un tratado que permita limitar el aumento de la temperatura global a 2º C parece ser totalmente posible.					]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Mucho nos tememos que en los próximos años va a verse con una evidencia incontrastable como la Tierra se tiñe de azul. No habrá en toda su inmensidad más que ese color. Un color que será trasunto de la tristeza. Cuando se patentice el avance de los mares, el color celeste se extenderá de modo impensable. Las actividades humanas habrán roto el equilibrio existente entre tierra y agua, el cambio climático tiene una causalidad humana. Antes hubo superficies de color tierra, ocre amarillo, verde pastel, pardo claro. Espacios de la vida terrestre, islas y continentes. La pena del agua es infinita. La vida aparece envuelta en una total confusión. Conviene que nos preguntemos cuándo empezó a fraguarse esa imagen patética del planeta. Es indecible hasta qué punto el calentamiento global inició el deshielo de los glaciares. Hoy el litoral se hunde bajo el agua, y las costas desaparecen. Los campos inundados ofrecen un cuadro desolador. Nos obsesionan los efectos del calentamiento en la biodiversidad: desde el oso polar, cuya población disminuirá en casi un 30% en los próximos 40 años, hasta el pingüino, pasando por toda clase de mariposas; la regresión de los lepidópteros se ha constatado en más de ochenta especies. El calentamiento afecta al ecosistema y a las relaciones entre distintas especies. La humanidad se suicida porque la naturaleza, su hermosura, sucumbe. De la misma manera podríamos interpretar la inundación de las costas como la “ofeliaización” del planeta; nos ha atrapado la imagen shakesperiana. Como Ofelia, la criatura nacida para morir en el agua, la superficie terrestre parece decidida a suicidarse. La relación entre agua y tierra se vuelve imposible. Nos recuerda la obra de un artista que bajo el signo del caos y de la fantasía se expresaba con nuevas formas. Si hay un pintor que tenga intuición de la tragedia ecológica actual, es ciertamente Mark Rothko. Pintó óleos sobre lienzos marrones y azules que transportan mensajes proféticos y éticos. Sus célebres expansiones cromáticas no sólo traen un mensaje visionario, poseen una fuerza que afecta a siete millones de personas; ya decía que aspiraba a que la gente llorase al ver sus cuadros. El avance azul devora el orbe, la superficie terrestre. La pintura es pura fantasía, pero una fantasía exacta. Ubiquemos todo ese arte absurdo e irracional en la coyuntura política actual, tenemos la Conferencia del Clima a las puertas. Urge lograr un acuerdo mundial de reducción de gases de efecto invernadero, disminuir las emisiones, refrenar los pleamares del calentamiento. Un tratado que permita limitar el aumento de la temperatura global a 2º C parece ser totalmente posible.</p>
<p>Pero vayamos a París, el mundo no es una obra abstracta, vive y respira. En los primeros días hubo en la Cumbre del Clima una alegría desbordada, cierta euforia. Un importante mandatario instó a llegar a un acuerdo jurídicamente vinculante. Era comprensible: de no tomar medidas, la temperatura global del planeta subirá en 2 grados en la década de 2030, lo cual supondría eventos climatológicos extremos y la extinción de entre un 20 y un 30% de animales y plantas; de continuar con el ritmo actual de emisiones, el año 2100 podría dispararse incluso hasta en 5 grados. El jueves 3 supimos que Honduras, Birmania y Tahití son los tres países que se han visto afectados los últimos veinte años por sucesos meteorológicos graves: hubo 525.000 muertos en huracanes, tormentas, inundaciones y enfermedades infecciosas. El viernes 4 ya se sabía que India no iba a ceder su dependencia al carbón. Las negociaciones eran complejísimas. El carbón parece ser la única forma realista de producir energía en el mundo pobre. Ese mismo día se denunciaron maniobras obstruccionistas de países ricos. Entre países desarrollados y países en vías de desarrollo hubo debate, pero también enfado y descontento. Mientras la Unión Europea se inclinaba por acabar con el uso de combustibles fósiles en el año 2050, China prefería ir dejándolo de modo paulatino, y presentaba oposición a acelerar el calendario de reducción de emisiones. ¿A qué potencia emergente le interesa que los beneficios vayan a percibirse en el futuro pero que el coste del compromiso tenga que soportarlo el presente? Lo que para una potencia mundial es bueno, es con frecuencia malo para otros países. “Nada es en sí bueno ni malo, todo es relativo.” Los intereses de las grandes potencias son tan dispares como despiadados: el 10% más rico del planeta emite el 50% de los gases contaminantes. Cada país se ocupa exageradamente de sí mismo; peca de egotismo. Cada potencia se recrea en su cuidado propio; peca de egolatría. Cada cual arrima el ascua a su sardina. A los países ricos no les interesa el prójimo. Sus buenas intenciones son, literalmente, poco más que nada. ¡Qué país emergente va a aceptar la reducción de sus emisiones! ¡Si esto es una opción imposible! Ya lo sabíamos. La cualidad fundamental del ser humano es el egoísmo. Conocemos el Leviatán de Thomas Hobbes. “El hombre es un lobo para el hombre.” ¡Cuántas dudas para los delegados! ¿Cómo se va a verificar que los compromisos de cada país se cumplen, y qué países financiarán el acuerdo? La especie humana es un error de la naturaleza, cada vez más miserable, no mejorará nunca. Parte del conflicto consiste en establecer qué países deben incluir medidas para ayudar a los países pobres. El sábado 5 hubo un bosquejo de acuerdo, reinó en el ambiente un moderado optimismo. La mayoría de participantes aprobaban un borrador de 48 páginas con las líneas maestras del acuerdo ideal. Un total de 186 de los 195 países presentaron planes de reducción de emisiones para aplicar entre 2020 y 2030. Se ultimó un texto, plagado de corchetes, en el cual se declaraban decididamente en contra del pesimismo. Entraba la cumbre en su semana clave y las decisiones más difíciles estaban aún por tomar. El lunes 7 París amaneció con carteles de “western”. Leímos que se buscaban siete personajes para los cuales, dado que representan grupos de presión financiados por la industria de los combustibles fósiles, la Cumbre suena a embuste torpe y apañado. El martes 8 un nuevo límite del calentamiento de 1’5º C entraba en juego, pero los países productores de petróleo se negaron en redondo a aceptarlo. Las políticas españolas no salían asimismo bien paradas. Debido a una pésima política en renovables, España se tachó como un país sin resultados en la lucha contra el cambio climático. Para que el acuerdo lo puedan firmar todos los países, se hacen piruetas verbales. Pero en la recta final no está claro aún si el pacto de París va a ser un acuerdo, un protocolo o un tratado. Sin consenso, todo sigue “al borde del abismo”. El miércoles 9 la presidencia francesa anunció compensaciones a países pobre, pero nada podía sostenerse. De pronto, cuando ya parecía imposible hasta un milagro, la solución pasaba por eliminar cierto número de opciones todavía enmarcadas entre corchetes. El jueves 10 la cumbre se encalló. Para que Estados Unidos firmara el acuerdo, el borrador suprimía la vinculación jurídica de la reducción de emisiones; esto significaba que no podía aceptar que los objetivos que debía acometer le vinieran impuestos desde un tratado internacional. De ese modo, nada puede sostenerse, la temperatura en 2100 aumentará alrededor de tres grados. La Cumbre del Clima parece haber sido una pobre entelequia. Hay que ser muy ingenuo para pensar que se puede crear un compromiso con el futuro y convertir la vida del mundo en un paraíso. Eso sí, “se trabajará para reducir emisiones.” De qué modo se devaluaba la ambición del pacto. Sin embargo, el viernes 11 la situación no era mala, se hablaba de un éxito no imposible. El sábado 12 de diciembre se respiran en la Cumbre aires de de euforia. Se anuncia que se ha alcanzado un principio de acuerdo “legalmente vinculante” para contener el cambio climático, y que el compromiso se alcanzará mediante una economía baja en carbono. Ya veremos si ello es eficaz. Porque el acuerdo no compromete a los países a reducir sus emisiones con la urgencia requerida. Ni incluye medidas para ayudar a los países pobres a afrontar la sequía, el aumento del nivel del mar y las inundaciones.</p>
<p>El mundo se vuelve distinto. Puesto que el acuerdo es una entelequia, una situación perfecta que no puede existir en la realidad, el planeta se irá tiñendo de azul. De un solo color. De ese color tan triste que nos acongoja. Aunque sea el mismo color del cielo al amanecer, la expansión cromática posee una fuerza dramática, como un impulso despiadado y fatal. Expresa la desgracia, el sino, la fatalidad del destino. Al no poder evitar la degradación de la Tierra, sentimos un estremecimiento glacial. Dado que mares y océanos están rebosando, no cabe sino atrincherarse contra el destino adverso. Vamos reconociendo la visión del planeta inundado, cubierto de agua. La tierra es materia de desesperación. Del mismo modo que Rotkko (el pintor que redujo la pintura a grandes superficies de color terminó cortándose las venas), o como Ofelia, que murió cubierta por las aguas, el planeta se suicida. Comprendemos aturdidos el acierto de la analogía: un mundo con un incremento de 5 grados constituiría otro drama, otra catástrofe, pues se producirían extinciones masivas, desaparecerían las costas actuales y estallaría el caos migratorio. Como en una pintura Negra de Goya, se atisba una atmósfera absurda y tenebrosa. El cuadro del planeta Tierra aparece pintado sobre el fondo negro del firmamento, como luz creando oscuridad a su alrededor. De la inmensa noche del universo viene lo inexplicable, lo irracional, el miedo y los monstruos que salen de la nada. Pero dicen que el caos es también un estadio inicial ciegamente impulsado hacia un nuevo orden de fenómenos y de significaciones desconocidas.</p>
<p>Escrito por <strong>Ignacio Viladevall</strong></p>
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