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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Amistad y cambalache</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/amistad-y-cambalache/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Feb 2025 09:26:02 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Tras su aplaudida incursión en las miserias provincianas realizada en "Arauco" (Comba, 2022), Zurita se encomienda ahora al espíritu tanguero para proponer al lector un baile a dos tiempos, entre Santiago de Chile y Barcelona, un baile que rezuma por igual amor a la literatura y a la música, y en el cual se gesta una afrenta. ]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Ante la avalancha que nos viene cercando e ignoramos de qué atropellos será capaz, Juan Manuel Zurita (Chile, 1978) osa hablarnos en su nueva novela de una infamia particular. Y casi atemporal. Una infamia con aroma a tango viejo y tonadilla no por trillada menos certera. «Soy alumno de Enrique Santos Discépolo —dice, fiel admirador del compositor de tangos—, vengo de esta escuela emocional.»</p>



<p>Tras su aplaudida incursión en las miserias provincianas realizada en <em>Arauco</em> (Comba, 2022), se encomienda ahora al espíritu tanguero para proponer al lector un baile a dos tiempos, entre Santiago de Chile y Barcelona, un baile que rezuma por igual amor a la literatura y a la música, y en cuyo entrevero se gesta una afrenta. Lo intuimos a cada paso, adelante o atrás, agarre de cintura o prudente distanciamiento corporal, en la trabada amistad que mantienen los dos protagonistas, estudiantes chilenos de letras en Barcelona.</p>



<p>La primera frase del libro da buena cuenta del compás que ha de llevar el baile: «Sostengo con absoluta seguridad que, a pesar de todo el esfuerzo por parecer lo contrario, Juan José Gatica fue un tipo feliz.» Lo dice Andrés, con un barroquismo desenfadado que es epítome de su complejo carácter y de su amistad con Gatica, también llamado Juanjo.</p>



<p><em>This is Music o Historia particular de un infame</em> es ante todo una novela sobre la amistad, tal cual destacó el autor en la presentación. Fue un sábado a la hora del vermut en la librería Documenta, una presentación que lo mismo podríamos haber celebrado en la puerta de embarque de un vuelo Barcelona–Santiago de Chile. La cuestión era presentarlo antes de su partida, porque Juan Manuel, como integrante casi del baile que lleva a cabo en la novela, cierra este febrero una larga, larguísima etapa barcelonesa. Más de diez años en la capital catalana, más autóctono ya que otros de apellido local que sacan pecho al pronunciar su nombre. Esto se aprecia en la naturalidad con que sus personajes callejean por el Ensanche o por el Raval, con que nombran la ciudad y la frecuentan, dejan que haga su voluntad con ellos y los pierda y los ordene y los vuelva a encontrar, bien sea en una terraza, bien en una canción o en una cita de Borges. Algo similar sucede con Santiago, pero esta crónica está escrita del lado de acá, desde la propia librería Documenta, en un sábado invernal afectado de primavera.</p>



<p>Una cuarentena de personas acogía en semicírculo a los ponentes, es decir, al propio autor y a la presentadora, la profesora y también escritora Constanza Ternicier. A un lado quedaba el editor, quien suscribe estas líneas, sombra orgullosa de la obra y partícipe en su discreta medida. No es un papel simple el del editor en estos casos, ya que es artífice de la publicación y tomar la voz resultaría por ello redundante, un redoble de tambores neutralizado en sí mismo. Claro que, después del autor, es quien más sabe de la obra. Y por eso, como aquél, el editor siente curiosidad y quiere saber a través de la percepción de los lectores.</p>



<p>En un momento dado Constanza dijo: «Eso habría que preguntárselo al editor, que está ahí… parece que despistado.» Nada más lejos de la realidad. El editor estaba lápiz en mano, tomando nota de las valiosas aportaciones de la presentadora y de las no menos oportunas respuestas del autor. «¿Escribe uno para pertenecer a algo?», preguntó ella, a lo que Juan Manuel nos brindó una respuesta olímpica, de las que quedan en la memoria de la gente: «Escribí <em>Arauco</em> en recuerdo de mi padre, un homenaje que le dediqué, y esta novela es un homenaje a mí mismo.» Borges, en su pose afrancesada, habría definido esta salida como una <em>boutade</em>. Necesaria, por lo demás; uno no puede ser sincero cuando le preguntan en público si a lo que viene dedicando los últimos años de su vida no es sino un esfuerzo, una voluntad de pertenencia. Lo es y no lo es. La escritura, que suele nacer de un desencanto íntimo, personal, contiene a su vez una paradoja difícil de calibrar: requiere de una distancia social que a su conclusión no tiene por qué verse superada, sino todo lo contrario. Y así uno sigue escribiendo. ¿Es por voluntad de pertenencia? Es por oficio, en el mejor de los casos, por ese deseo de ser sujeto y verbo a la vez, de sentirse colmado en la palabra y en los actos de cada personaje.&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>«No siempre somos buenos», dijo Juan Manuel. Y de la asunción de esta contrariedad, acaso flaqueza, nace o puede nacer el impulso literario. La infamia que tiene lugar en <em>This is Music</em> da buena cuenta de ello, en un juego —baile— que como bien dijo Constanza alude asimismo a la idea del doble, a las dos caras de la misma moneda que, pese a su oposición, deben convivir la una con la otra. Es también un conflicto de clases, con sus envidias y sus resquemores, un conflicto que tiene su eco tanto en el lado de allá como en el de acá, si bien los términos son distintos y puede quedar disimulado en las canciones. Que Juanjo y Andrés tarareen los mismos temas no significa que compartan los mismo motivos y quebraderos de cabeza. Juanjo es un pijo diletante; Andrés, un romántico resentido y con aspiraciones literarias. Los une sin embargo la pasión por bandas como The Verve, Sumo o The Cure, cuyos temas resuenan entre líneas y apoyan el intenso ritmo de la novela. </p>



<p>Toda frase de Juan Manuel es intencionada y se hilvana con fuerza con la siguiente, en una viva concatenación que ya se apreciaba en <em>Arauco</em> y a la que ahora añade, en palabras de Constanza, una mayor variedad de registros. Lo mismo que en algunos pasajes se acerca al género policial, en otros toma un aire de novela de campus, se entrega a profundas conversaciones o acude a un tono periodístico…, una variedad fruto de la larga cocción de la novela y que hace bueno el verso de Discépolo en ‘Cambalache’: «Todo es igual, nada es mejor.» Así Juan Manuel, que tiene justificadas aspiraciones de gran profesor, ha volcado en <em>This is Music o Historia particular de un infame</em> unos conocimientos musicales, literarios y sobre todo humanos, sociológicos, que van de la calle a las aulas y a la inversa, y en los cuales se distinguen las trazas de los cambalaches en que la vida se ha mezclado.</p>



<p></p>



<p></p>
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		<title>Roberto Bolaño en El Masnou</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Magnet]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 17 Oct 2016 15:43:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Alberto Magnet]]></category>
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					<description><![CDATA[Hacia finales de febrero de 2003, cinco meses antes de su muerte, una librera de mi pueblo consiguió traer tras muchos empeños a Roberto Bolaño, para que hablara de lo que una lectora llamó, ante los treinta que éramos, «su obra». El Masnou pertenece a la comarca del Maresme, la misma donde vivía Bolaño, quien llegó puntual a la cita y esperó pacientemente a que la apasionada lectora, volcada en detalles de su biografía, terminara la presentación del autor.
Para empezar, Bolaño dijo que no podía hablarse de «su obra». Muchos críticos tendían a hacerlo, a hablar de su obra, pero cuando se dice obra, aclaró, sólo podemos hablar de escritores como Joyce, Kafka, Proust, Cervantes o Borges; no se puede hablar de «la obra de Bolaño».
La literatura es un oficio muy peligroso, dijo recordando a Pavese, porque rara vez el autor se siente satisfecho. Los verdaderos escritores están más cerca del suicidio, como muchos escritores lo estuvieron a lo largo de la historia. Era heroico quitarse la vida, dijo Bolaño, como aquellos romanos que en el siglo II consumaban su harakiri latino cuando llegaba el momento de poner a prueba su honor; pero esos heroísmos, como muchos otros, ya han pasado a la historia. Estamos hablando de cosas ideales, dijo, y el mundo en que vivimos no es un mundo ideal. Es un mundo distorsionado, perdido; es el comienzo de algo que ni alcanzamos a vislumbrar, sentenció como si ya hubiera estado de visita en ese mundo del futuro y hubiera regresado para contárnoslo. El mundo del futuro es un mundo dominado por el germen del kitsch que lleva en sí el sistema económico dominante, la globalización, eufemismo que oculta un gran abismo entre ricos y pobres.						]]></description>
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									<p>Hacia finales de febrero de 2003, cinco meses antes de su muerte, una librera de mi pueblo consiguió traer tras muchos empeños a Roberto Bolaño, para que hablara de lo que una lectora llamó, ante los treinta que éramos, «su obra». El Masnou pertenece a la comarca del Maresme, la misma donde vivía Bolaño, quien llegó puntual a la cita y esperó pacientemente a que la apasionada lectora, volcada en detalles de su biografía, terminara la presentación del autor.</p><p>Para empezar, Bolaño dijo que no podía hablarse de «su obra». Muchos críticos tendían a hacerlo, a hablar de su obra, pero cuando se dice obra, aclaró, sólo podemos hablar de escritores como Joyce, Kafka, Proust, Cervantes o Borges; no se puede hablar de «la obra de Bolaño».</p><p>La literatura es un oficio muy peligroso, dijo recordando a Pavese, porque rara vez el autor se siente satisfecho. Los verdaderos escritores están más cerca del suicidio, como muchos escritores lo estuvieron a lo largo de la historia. Era heroico quitarse la vida, dijo Bolaño, como aquellos romanos que en el siglo II consumaban su harakiri latino cuando llegaba el momento de poner a prueba su honor; pero esos heroísmos, como muchos otros, ya han pasado a la historia. Estamos hablando de cosas ideales, dijo, y el mundo en que vivimos no es un mundo ideal. Es un mundo distorsionado, perdido; es el comienzo de algo que ni alcanzamos a vislumbrar, sentenció como si ya hubiera estado de visita en ese mundo del futuro y hubiera regresado para contárnoslo. El mundo del futuro es un mundo dominado por el germen del kitsch que lleva en sí el sistema económico dominante, la globalización, eufemismo que oculta un gran abismo entre ricos y pobres.</p><p>De repente, en sus comentarios iniciales, Bolaño parecía un marxista, aunque a poco andar su visión del mundo era sobre todo la perspectiva de alguien que no estaba dispuesto a discutir demasiado, un hombre con un patente cansancio después de haber vivido mucho en sólo cincuenta años. Aún así, se adivinaba en él al fondista que corre contra el tiempo.</p><p>Cuando habló de sus raíces españolas, se animó. Habló de los Bolaño como un clan mundial, desde Galicia hasta el fútbol costarricense, y preguntó a quiénes de los presentes nos gustaba el fútbol. Dijo que un tal Bolaño de la liga ecuatoriana se parecía a su tío. O a alguien de su familia. <a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/bolano-en-el-masnou/dibujo-roberto-bolan%cc%83o/" rel="attachment wp-att-1580"><br /></a></p><p>Habló de Bryce, de Vargas Llosa y de aquel acierto literario de García Márquez. Habló muy bien de Javier Marías, aunque también reconoció que Marías había alcanzando un punto de desquiciamiento literario. Y habló de su patria, porque yo le pregunté: ¿Qué entiendes por patria? ¿Dónde están tus raíces? Dijo que nunca se había sentido extranjero en ningún lugar, algo que no era muy habitual entre sus compatriotas. Luego citó a un escritor contemporáneo y dijo que su patria eran sus amigos y los vínculos que había establecido con los suyos allá donde iba, que el mundo no era un lugar muy habitable pero siempre habría amigos y habría literatura, aunque esta forma de expresión estaba sin duda destinada a extinguirse. Eso dijo de la literatura. Y todos nos quedamos mirando hacia el vacío del futuro, hacia ese tiempo de extinción total de la literatura.</p><p>Bolaño estaba cómodamente arrellanado en la silla que nuestra librera había dispuesto para él. Yo estaba en primera fila y vi que tenía los cordones de las botas sueltos, que no había lavado sus tejanos en varios meses. Llevaba un delgado anorak azul (se lo quitó cuando todos empezamos a fumar), bajo el cual vestía una camisa azul arrugada. Al lado del sillón había dejado un bolso deportivo que hacía pensar en alguien que viene de la piscina municipal. Tenía el pelo revuelto; y cada vez que se lo mesaba, lo dejaba aún más revuelto. </p><p><img decoding="async" class="wp-image-4223 alignright" src="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1.jpg" alt="" width="247" height="170" srcset="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1.jpg 640w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1-300x207.jpg 300w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1-600x414.jpg 600w" sizes="(max-width: 247px) 100vw, 247px" /></p><p>Bolaño ya traía esa pinta en las fotos que habíamos visto de él, esa pinta de escritor libre y despreocupado de las convenciones del <em>look</em>. Y ahora lo teníamos delante, un maestro consumado del cuento, un maestro del «seco», en su prosa, como el «Martini seco», un hombre que había desarrollado un universo estilístico cuyo rasgo sobresaliente era la libertad, pero donde tampoco estaba ausente un clima de fin de mundo, un clima agorero y hostil, poblado por personajes que en una sola vida caminan varias veces por la cuerda floja. Era el Bolaño que había inyectado una dosis de inventiva sin igual en la novela hispanoamericana, que dormitaba desde los años de <em>Rayuela</em>, <em>Adán Buenosayres</em> o <em>La vida breve</em>.</p><p><em>Los detectives salvajes </em>no es sólo una odisea moderna —la de su generación—, con su compleja iconoclasia, sino también una introspección personal en busca de un demiurgo, o en busca de una condición que excluía, desinteresadamente, a la «nación», fuera física o literaria. Esa libertad se reflejaba en él a la perfección, y entonces vimos, como otros habrán visto, esa entrañable paradoja que era Bolaño, la grandeza revestida de sencillez, la fuerza revestida de fragilidad, la erudición transmitida con naturalidad, la ternura con cara de boxeador cansado.</p><p>Finalmente, quiso adentrarse en la espesa e inasible dicotomía entre ficción y realidad. Nos contó la historia de una amiga de Barcelona que había descubierto que en su edificio vivía un escritor sudamericano que tenía relaciones con la caniche de una vecina. El escritor sudamericano —no quiso dar el nombre— no sólo fornicaba con la perra, sino que, además, se había enamorado hasta las patas. Le compraba collares y calzones de <em>todo a 100</em> y le prendía flores en las orejas. Los treinta que éramos reímos; Bolaño estaba serio. Aquello era un cuento magnífico, pero también era realidad. Y él nos preguntó:</p><p>—¿Ahora ven ustedes cómo la realidad puede superar a la ficción? —Todos asentimos. Y añadió—: Pero la realidad también puede superar a la realidad, porque después descubrí que el escritor no era sudamericano sino español.</p><p>No, tampoco podía decir su nombre. Bolaño estaba visiblemente cansado y se echó hacia atrás. Se ajustó esas gafas que lo hermanaban a Brecht y nos miró.</p><p>—Creo que se nos ha acabado la conversación —dijo—. Tengo que irme y agradezco que os hayáis dado la molestia de venir a escucharme, aunque no tenga nada importante que decir.</p><p>Éramos nosotros los agradecidos. No habían pasado ni dos horas, pero Bolaño ya tenía un puñado de amigos entre los que éramos, todos los que, en esa fría noche de febrero, habíamos compartido la brillante mirada que proyectaba sobre el mundo.</p><p>Escrito por <strong>Alberto Magnet Ferrero</strong></p><p></p><p></p>								</div>
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		<title>Maneras de probarse</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 08 Sep 2014 18:42:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[Raphael Lellouche]]></category>
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					<description><![CDATA[De acuerdo con el filósofo Raphael Lellouche, Borges escribió Pierre Menard, autor del Quijote tras sufrir un accidente en una biblioteca de los suburbios de Buenos Aires. El propio Borges cuenta el accidente en El Sur, uno de sus cuentos más queridos, dijo alguna vez, a través de la peripecia de Juan Dahlmann, un criollo versado en letras. ‹‹Algo en la oscuridad le rozó la frente. ¿Un murciélago, un pájaro? —cuenta Borges en El Sur—. En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le había hecho esa herida.›› La suerte que habría de correr Juan Dahlmann después del accidente fue contraria a la del autor de Pierre Menard, pero similar en el concepto. Ambos tuvieron que hacer frente a un duelo, Dahlmann ante un peón del Sur, con una daga que, ‹‹en su mano torpe, no servía para defenderlo, sino para justificar que lo mataran››, y Borges frente a sus propias facultades mentales, lo que le llevó a escribir aquello de ‹‹la obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración››, es decir, el hallazgo de Pierre Menard, autor del Quijote, y no ‹‹otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote››.
La reflexión borgeana es de sobra conocida, y no habrá que detenerse ahí, sino en el motivo original de su escritura, según Raphael Lellouche: ‹‹Para poner a prueba sus facultades mentales comenzó a redactar Pierre Menard, autor del Quijote. Y entonces decidió probar un género literario nuevo para él, el relato fantástico. Al escribir este relato está únicamente preocupado por averiguar “de qué es capaz”, y no de los “resultados”.›› Ésta es la paradoja, el ejercicio mental al que se somete Borges, autor de Pierre Menard, autor al fin del Quijote, una paradoja que puebla el universo y a buen seguro tendrá otros ejemplos en el mundo literario. Pero ¿habría escrito Borges ese relato de no haberse dado con el batiente y haber sufrido a consecuencia una septicemia? Bah, qué tonterías. De no haber sufrido este accidente, el relato que muy rara vez habría tenido lugar es El Sur, y en tal caso no lo consideraría uno de los más queridos. Pero, del mismo modo, tampoco Borges habría sido Borges, ni Pierre Menard, Pierre Menard…, y quien esto escribe, de no haber sufrido sus accidentes, quizá no se las vería ahora con este artículo, que no es tal, sino una prueba de sus facultades mentales. ¿En qué medida la peripecia de Borges puede caber en el desorden de un autor de medio pelo, a la vuelta de unos días de asueto?						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>De acuerdo con el filósofo Raphael Lellouche, Borges escribió <em>Pierre Menard, autor del Quijote</em> tras sufrir un accidente en una biblioteca de los suburbios de Buenos Aires. El propio Borges cuenta el accidente en <em>El Sur</em>, uno de sus cuentos más queridos, dijo alguna vez, a través de la peripecia de Juan Dahlmann, un criollo versado en letras. ‹‹Algo en la oscuridad le rozó la frente. ¿Un murciélago, un pájaro? —cuenta Borges en <em>El Sur</em>—. En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le había hecho esa herida.›› La suerte que habría de correr Juan Dahlmann después del accidente fue contraria a la del autor de <em>Pierre Menard</em>, pero similar en el concepto. Ambos tuvieron que hacer frente a un duelo, Dahlmann ante un peón del Sur, con una daga que, ‹‹en su mano torpe, no servía para defenderlo, sino para justificar que lo mataran››, y Borges frente a sus propias facultades mentales, lo que le llevó a escribir aquello de ‹‹la obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración››, es decir, el hallazgo de <em>Pierre Menard, autor del Quijote</em>, y no ‹‹otro Quijote —lo cual es fácil— sino <em>el Quijote</em>››.</p>
<p>La reflexión borgeana es de sobra conocida, y no habrá que detenerse ahí, sino en el motivo original de su escritura, según Raphael Lellouche: ‹‹Para poner a prueba sus facultades mentales comenzó a redactar <em>Pierre Menard, autor del Quijote</em>. Y entonces decidió probar un género literario nuevo para él, el relato fantástico. Al escribir este relato está únicamente preocupado por averiguar “de qué es capaz”, y no de los “resultados”.›› Ésta es la paradoja, el ejercicio mental al que se somete Borges, autor de Pierre Menard, autor al fin del Quijote, una paradoja que puebla el universo y a buen seguro tendrá otros ejemplos en el mundo literario. Pero ¿habría escrito Borges ese relato de no haberse dado con el batiente y haber sufrido a consecuencia una septicemia? Bah, qué tonterías. De no haber sufrido este accidente, el relato que muy rara vez habría tenido lugar es <em>El Sur</em>, y en tal caso no lo consideraría uno de los más queridos. Pero, del mismo modo, tampoco Borges habría sido Borges, ni Pierre Menard, Pierre Menard…, y quien esto escribe, de no haber sufrido sus accidentes, quizá no se las vería ahora con este artículo, que no es tal, sino una prueba de sus facultades mentales. ¿En qué medida la peripecia de Borges puede caber en el desorden de un autor de medio pelo, a la vuelta de unos días de asueto?</p>
<p>Todo artículo es una manera de probarse, en el fondo, y en especial para quien los artículos no son su oficio, sino una manera de solazarse, de expresar una serie de ideas que no caben en un relato o que primero deben bregarse y mostrar de qué son capaces. Para eso la escritura es ideal: lo pone todo del derecho y del revés, y permite verle a la idea de turno los cuartos interiores, sin dejarla inútil y sobada. De hecho, no está clara la voluntad de Borges al empezar la escritura de <em>Pierre Menard, autor del Quijote</em>, ya que por entonces aún no se tenía por un cuentista, y encontró en Pierre Menard, de acuerdo con Lellouche, la inspiración para el género fantástico. Las primeras líneas del relato no tenían por qué llevarlo a una ficción, sino a una de sus inquisiciones, tal vez, o a cualquier nuevo género producto de un batiente mal cerrado contra la sien de un pobre literato. ¿Y qué más da? Juan Dahlmann se fue al Sur, donde su bisabuelo empezó la fortuna de la familia criolla, y ahí habría de ponerse a prueba, con menos suerte, se da a entender, porque el Sur es menos una propiedad que el espacio de sus fantasías.</p>
<p>Las maneras de poner a prueba las facultades mentales de uno no tienen por qué pasar a la fuerza por la letra escrita ni por una tarea relacionada con la creación; también se puede robar la cucharilla del café en un restaurante, proponer a cualquiera una cita (otra forma de duelo) o pintar una pared. Para todo hace falta cierto temple, pero de un modo especial para pintar la pared. Hay que coger el bote de pintura, la brocha, papel de periódico para el suelo, así como para los extremos de la pared en cuestión, y coger en todo momento la cantidad de pintura adecuada, con tal de que la brocha moje pero no deje goterones. Pintar una pared no es como escribir un cuento, pero sirve, en la medida en que la literatura no puede llenar por sí misma una existencia humana, y la pared, como el Quijote de Menard, una vez pintada, si bien sigue siendo la misma, ya no es la misma pared.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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