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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Amistad y cambalache</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/amistad-y-cambalache/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Feb 2025 09:26:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[Tras su aplaudida incursión en las miserias provincianas realizada en "Arauco" (Comba, 2022), Zurita se encomienda ahora al espíritu tanguero para proponer al lector un baile a dos tiempos, entre Santiago de Chile y Barcelona, un baile que rezuma por igual amor a la literatura y a la música, y en el cual se gesta una afrenta. ]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Ante la avalancha que nos viene cercando e ignoramos de qué atropellos será capaz, Juan Manuel Zurita (Chile, 1978) osa hablarnos en su nueva novela de una infamia particular. Y casi atemporal. Una infamia con aroma a tango viejo y tonadilla no por trillada menos certera. «Soy alumno de Enrique Santos Discépolo —dice, fiel admirador del compositor de tangos—, vengo de esta escuela emocional.»</p>



<p>Tras su aplaudida incursión en las miserias provincianas realizada en <em>Arauco</em> (Comba, 2022), se encomienda ahora al espíritu tanguero para proponer al lector un baile a dos tiempos, entre Santiago de Chile y Barcelona, un baile que rezuma por igual amor a la literatura y a la música, y en cuyo entrevero se gesta una afrenta. Lo intuimos a cada paso, adelante o atrás, agarre de cintura o prudente distanciamiento corporal, en la trabada amistad que mantienen los dos protagonistas, estudiantes chilenos de letras en Barcelona.</p>



<p>La primera frase del libro da buena cuenta del compás que ha de llevar el baile: «Sostengo con absoluta seguridad que, a pesar de todo el esfuerzo por parecer lo contrario, Juan José Gatica fue un tipo feliz.» Lo dice Andrés, con un barroquismo desenfadado que es epítome de su complejo carácter y de su amistad con Gatica, también llamado Juanjo.</p>



<p><em>This is Music o Historia particular de un infame</em> es ante todo una novela sobre la amistad, tal cual destacó el autor en la presentación. Fue un sábado a la hora del vermut en la librería Documenta, una presentación que lo mismo podríamos haber celebrado en la puerta de embarque de un vuelo Barcelona–Santiago de Chile. La cuestión era presentarlo antes de su partida, porque Juan Manuel, como integrante casi del baile que lleva a cabo en la novela, cierra este febrero una larga, larguísima etapa barcelonesa. Más de diez años en la capital catalana, más autóctono ya que otros de apellido local que sacan pecho al pronunciar su nombre. Esto se aprecia en la naturalidad con que sus personajes callejean por el Ensanche o por el Raval, con que nombran la ciudad y la frecuentan, dejan que haga su voluntad con ellos y los pierda y los ordene y los vuelva a encontrar, bien sea en una terraza, bien en una canción o en una cita de Borges. Algo similar sucede con Santiago, pero esta crónica está escrita del lado de acá, desde la propia librería Documenta, en un sábado invernal afectado de primavera.</p>



<p>Una cuarentena de personas acogía en semicírculo a los ponentes, es decir, al propio autor y a la presentadora, la profesora y también escritora Constanza Ternicier. A un lado quedaba el editor, quien suscribe estas líneas, sombra orgullosa de la obra y partícipe en su discreta medida. No es un papel simple el del editor en estos casos, ya que es artífice de la publicación y tomar la voz resultaría por ello redundante, un redoble de tambores neutralizado en sí mismo. Claro que, después del autor, es quien más sabe de la obra. Y por eso, como aquél, el editor siente curiosidad y quiere saber a través de la percepción de los lectores.</p>



<p>En un momento dado Constanza dijo: «Eso habría que preguntárselo al editor, que está ahí… parece que despistado.» Nada más lejos de la realidad. El editor estaba lápiz en mano, tomando nota de las valiosas aportaciones de la presentadora y de las no menos oportunas respuestas del autor. «¿Escribe uno para pertenecer a algo?», preguntó ella, a lo que Juan Manuel nos brindó una respuesta olímpica, de las que quedan en la memoria de la gente: «Escribí <em>Arauco</em> en recuerdo de mi padre, un homenaje que le dediqué, y esta novela es un homenaje a mí mismo.» Borges, en su pose afrancesada, habría definido esta salida como una <em>boutade</em>. Necesaria, por lo demás; uno no puede ser sincero cuando le preguntan en público si a lo que viene dedicando los últimos años de su vida no es sino un esfuerzo, una voluntad de pertenencia. Lo es y no lo es. La escritura, que suele nacer de un desencanto íntimo, personal, contiene a su vez una paradoja difícil de calibrar: requiere de una distancia social que a su conclusión no tiene por qué verse superada, sino todo lo contrario. Y así uno sigue escribiendo. ¿Es por voluntad de pertenencia? Es por oficio, en el mejor de los casos, por ese deseo de ser sujeto y verbo a la vez, de sentirse colmado en la palabra y en los actos de cada personaje.&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>«No siempre somos buenos», dijo Juan Manuel. Y de la asunción de esta contrariedad, acaso flaqueza, nace o puede nacer el impulso literario. La infamia que tiene lugar en <em>This is Music</em> da buena cuenta de ello, en un juego —baile— que como bien dijo Constanza alude asimismo a la idea del doble, a las dos caras de la misma moneda que, pese a su oposición, deben convivir la una con la otra. Es también un conflicto de clases, con sus envidias y sus resquemores, un conflicto que tiene su eco tanto en el lado de allá como en el de acá, si bien los términos son distintos y puede quedar disimulado en las canciones. Que Juanjo y Andrés tarareen los mismos temas no significa que compartan los mismo motivos y quebraderos de cabeza. Juanjo es un pijo diletante; Andrés, un romántico resentido y con aspiraciones literarias. Los une sin embargo la pasión por bandas como The Verve, Sumo o The Cure, cuyos temas resuenan entre líneas y apoyan el intenso ritmo de la novela. </p>



<p>Toda frase de Juan Manuel es intencionada y se hilvana con fuerza con la siguiente, en una viva concatenación que ya se apreciaba en <em>Arauco</em> y a la que ahora añade, en palabras de Constanza, una mayor variedad de registros. Lo mismo que en algunos pasajes se acerca al género policial, en otros toma un aire de novela de campus, se entrega a profundas conversaciones o acude a un tono periodístico…, una variedad fruto de la larga cocción de la novela y que hace bueno el verso de Discépolo en ‘Cambalache’: «Todo es igual, nada es mejor.» Así Juan Manuel, que tiene justificadas aspiraciones de gran profesor, ha volcado en <em>This is Music o Historia particular de un infame</em> unos conocimientos musicales, literarios y sobre todo humanos, sociológicos, que van de la calle a las aulas y a la inversa, y en los cuales se distinguen las trazas de los cambalaches en que la vida se ha mezclado.</p>



<p></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Malditas imágenes</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/malditas-imagenes/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Nov 2017 21:59:31 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Tras los atentados de agosto en Barcelona, cuyo drama no merece nuevos adjetivos, nos enredamos los españoles en cuestiones de política menor para tapar fallos en el funcionamiento interno de las fuerzas de seguridad y eludir de pasada la magnitud de la tragedia; es decir, que el origen y la causa de esa barbarie escapa a las medidas y costumbres de nuestra sociedad. Y a por ella van, nada menos. A los terroristas islámicos poco les importa el perfil político de quien gobierne el país, sino nuestro orden social, el modus vivendi que en Occidente se estila y cuyo fin, aunque parezca mentira, es el respeto y la erradicación de las ideas extremas.
Y tenemos miedo, claro, tenemos miedo porque detrás de nuestra sociedad hay una filosofía (un dogma, si se quiere) que rechaza esos actos y además no los comprende. Nosotros, los infieles, no sabemos dónde saltará la próxima chispa, a dónde habrá que mandar a los servicios de urgencia y por tanto poner el foco. Quizá ni los próximos terroristas los sepan. Quizá el próximo mártir todavía no recibió la bendición de su líder. Entonces le darán otra fecha, un silogismo similar al de Barcelona, a las 17h del día 17 del mes 8 (1+7) del año 2017, para que, más allá de la barbarie que logre perpetuar, alcance a poner su voluntad en la retina del mundo occidental. Habrá imágenes por doquier, una atención global que una vez más hará de la guerra el centro del universo. Lo dijo Homero, si bien con mejores palabras: el hombre se cansa de amar, de comer, de construir, pero nunca de hacer la guerra. Y en tiempos modernos, desde otro punto de vista, el ensayista francés Jean-Yves Jounnais razonó que la evolución del hombre está en la medida en que logra sobrevivir a la guerra. Pero la guerra permanece. Es un negocio; y una fe también, por la que ningún dios aboga pero todos la disculpan.
Uno puede renunciar a Satanás y al mismo tiempo ordenar la muerte de su mayor enemigo, como se ha visto numerosas veces a lo largo de la historia. Lo que es inaudito, en cambio, es la necesidad actual de fotografiar, grabar y dar viva constancia de las atrocidades. Parecían retrasados mentales los soldados estadounidenses que grababan sus vejaciones a los presos durante la guerra de Irak, lo parecen los neonazis que cuelgan en Internet vídeos de sus actos vandálicos, y de igual modo lo parece la gente que el 17 de agosto se dedicó a sacar fotos y grabaciones del caos generado por la furgoneta a su paso por Las Ramblas, víctimas incluidas. ¿Qué necesidad tenían? ¿No les bastaba con presenciar ese horror? Sorprende que tuvieran la suficiente sangre fría como para apostarse a un lado y sacar fotos con el móvil, cuando no vídeos, acercándose a las víctimas. Uno diría que esa gente estaba aliada con los terroristas y que su función era la de dar mayor cobertura al atentado, ya que lo natural en esos casos es ayudar o huir despavorido.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Tras los atentados de agosto en Barcelona, cuyo drama no merece nuevos adjetivos, nos enredamos los españoles en cuestiones de política menor para tapar fallos en el funcionamiento interno de las fuerzas de seguridad y eludir de pasada la magnitud de la tragedia; es decir, que el origen y la causa de esa barbarie escapa a las medidas y costumbres de nuestra sociedad. Y a por ella van, nada menos. A los terroristas islámicos poco les importa el perfil político de quien gobierne el país, sino nuestro orden social, el <em>modus vivendi</em> que en Occidente se estila y cuyo fin, aunque parezca mentira, es el respeto y la erradicación de las ideas extremas.</p>
<p>Y tenemos miedo, claro, tenemos miedo porque detrás de nuestra sociedad hay una filosofía (un dogma, si se quiere) que rechaza esos actos y además no los comprende. Nosotros, los infieles, no sabemos dónde saltará la próxima chispa, a dónde habrá que mandar a los servicios de urgencia y por tanto poner el foco. Quizá ni los próximos terroristas los sepan. Quizá el próximo mártir todavía no recibió la bendición de su líder. Entonces le darán otra fecha, un silogismo similar al de Barcelona, a las 17h del día 17 del mes 8 (1+7) del año 2017, para que, más allá de la barbarie que logre perpetuar, alcance a poner su voluntad en la retina del mundo occidental. Habrá imágenes por doquier, una atención global que una vez más hará de la guerra el centro del universo. Lo dijo Homero, si bien con mejores palabras: el hombre se cansa de amar, de comer, de construir, pero nunca de hacer la guerra. Y en tiempos modernos, desde otro punto de vista, el ensayista francés Jean-Yves Jounnais razonó que la evolución del hombre está en la medida en que logra sobrevivir a la guerra. Pero la guerra permanece. Es un negocio; y una fe también, por la que ningún dios aboga pero todos la disculpan.</p>
<p>Uno puede renunciar a Satanás y al mismo tiempo ordenar la muerte de su mayor enemigo, como se ha visto numerosas veces a lo largo de la historia. Lo que es inaudito, en cambio, es la necesidad actual de fotografiar, grabar y dar viva constancia de las atrocidades. Parecían retrasados mentales los soldados estadounidenses que grababan sus vejaciones a los presos durante la guerra de Irak, lo parecen los neonazis que cuelgan en Internet vídeos de sus actos vandálicos, y de igual modo lo parece la gente que el 17 de agosto se dedicó a sacar fotos y grabaciones del caos generado por la furgoneta a su paso por Las Ramblas, víctimas incluidas. ¿Qué necesidad tenían? ¿No les bastaba con presenciar ese horror? Sorprende que tuvieran la suficiente sangre fría como para apostarse a un lado y sacar fotos con el móvil, cuando no vídeos, acercándose a las víctimas. Uno diría que esa gente estaba aliada con los terroristas y que su función era la de dar mayor cobertura al atentado, ya que lo natural en esos casos es ayudar o huir despavorido.</p>
<p>Lo de la fotografía es casi una ampliación de la barbarie. Imágenes e imágenes, vídeos y vídeos que circulaban a millones por la red y al fin sólo conseguían quitarles protagonismo a las víctimas en favor de los terroristas. A lo mejor alguien confiaba en tener material en exclusiva y vendérselo a un medio de comunicación; difícil empresa, sin embargo, puesto que los periodistas acudieron con prontitud al lugar de los hechos. Unos medios fueron más respetuosos que otros, está claro, pero en general la tónica fue la misma porque todos competían por el mismo material (hubo incluso algún periodista que se saltó las medidas de seguridad, es decir, el cerco de la policía, lo que en seguida fue censurado). El periodismo es esto, dijeron algunos en las jornadas posteriores, y a quien no le guste que ponga el Canal Disney. ¿En serio? Éste será el periodismo que más beneficia al enemigo, en tal caso, un periodismo al alcance de muchos puesto que más importan los hechos que las fuentes de información. Con la foto se acaba la noticia, en fin, fieles devotos de aquella simplonería según la cual más vale una imagen que mil palabras. Toda facultad de ciencias de la comunicación que se precie debería censurar este principio, más acorde para una educación artística, o bien, ahora que cada especialidad tiene su vía curricular, para estudiantes de imagen. Y aun así.</p>
<p>Las portadas de los periódicos mostraron todo tipo de ángulos del atentado, ya fuera con dibujos esquemáticos de los hechos o bien con fotos de Las Ramblas minutos después. En una de ellas se veía un quiosco medio chafado, una víctima siendo atendida, otra sin remedio y un reguero de palos extensibles <em>selfie</em>. Hay una decena larga en un tramo, el que abarca la fotografía, relativamente corto. Se entiende que la gente se sacaba fotos según andaba apelotonada por Las Ramblas. Y diez días más tarde, en la manifestación que hubo contra los atentados, lo que más sobresalía, entre banderas que no tenían lugar y proclamas circunstanciales, eran teléfonos móviles con o sin palos <em>selfie</em>. Esas fotos inundaron una vez más, aunque por otro motivo, las redes sociales, y una vez más demostraron lo débil que es el ser humano ante su propia evolución.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Tinta en la piel</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Nov 2016 16:59:10 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[El tatuaje en España está cada vez más a la orden del día, alejado ya de los entornos conflictivos. Este estigma envolvía todo rastro de tinta en el cuerpo desde que los tatuajes dejaron de ser una marca propia de los marineros, quienes se fijaban en la piel los puertos alcanzados y el amor de cuantas dejaban en tierra. El clásico amor de madre, presente en todo momento por brumoso que sea el horizonte. O el amor a secas, fruto del deseo. Los pechos redondos y turgentes de una mujer están detrás de toda ancla de Popeye y son al mismo tiempo el reclamo de una estética que gana adeptos día a día.
La fotógrafa Mai Oltra (Alcoi, 1987) quiso mostrar este paso adelante en el mundo del tatuaje con su trabajo Written In Ink, es decir, «escrito con tinta», expuesto hasta el próximo 15 de octubre en el Pati Llimona de Barcelona. El tatuaje toma la calle en este proyecto a través de una treintena de personas que posaron para Oltra. El pie de cada foto trae el nombre de pila del modelo junto con su oficio, pues éste fue el motivo original de Oltra. ¿A qué se dedica la gente que anda muy tatuada? La pregunta la llevó a reunirse con personas de todo tipo, desde los propios tatuadores a escritores, médicos, periodistas, cocineros, fotógrafos, diseñadores, deportistas o bailarines, gente joven y de profesiones liberales, por lo general, que se reconoce parte de una estética.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El tatuaje en España está cada vez más a la orden del día, alejado ya de los entornos conflictivos. Este estigma envolvía todo rastro de tinta en el cuerpo desde que los tatuajes dejaron de ser una marca propia de los marineros, quienes se fijaban en la piel los puertos alcanzados y el amor de cuantas dejaban en tierra. El clásico amor de madre, presente en todo momento por brumoso que sea el horizonte. O el amor a secas, fruto del deseo. Los pechos redondos y turgentes de una mujer están detrás de toda ancla de Popeye y son al mismo tiempo el reclamo de una estética que gana adeptos día a día.</p>
<p>La fotógrafa Mai Oltra (Alcoi, 1987) quiso mostrar este paso adelante en el mundo del tatuaje con su trabajo Written In Ink, es decir, «escrito con tinta», expuesto hasta el próximo 15 de octubre en el Pati Llimona de Barcelona. El tatuaje toma la calle en este proyecto a través de una treintena de personas que posaron para Oltra. El pie de cada foto trae el nombre de pila del modelo junto con su oficio, pues éste fue el motivo original de Oltra. ¿A qué se dedica la gente que anda muy tatuada? La pregunta la llevó a reunirse con personas de todo tipo, desde los propios tatuadores a escritores, médicos, periodistas, cocineros, fotógrafos, diseñadores, deportistas o bailarines, gente joven y de profesiones liberales, por lo general, que se reconoce parte de una estética.</p>
<p>En la inauguración se palpaba esta diversidad. Los distintos corrillos que se formaron daban lugar a conversaciones que prometían tatuajes de lo más dispares. Lo mismo dialogaba una mariposa con un aserto aristotélico que un tigre amenazaba con llevarse un rosal. Todo dependía del ángulo desde el que se participara en la conversación. ¿Lamentáis haberos hecho alguno de los tatuajes? ¿Qué os animó? Nadie dijo arrepentirse de ello —«para nada, no, en absoluto»—, ni siquiera de uno en particular, y en cambio las motivaciones que les llevaron a hacerse el primero fueron más variadas: la vinculación emocional a un momento o espacio, la amistad, un giro en la vida, un cambio de actitud, una apuesta personal, la estética propia que representa la tinta en la piel; propósitos distintos que se reproducen en flores, animales, rostros más o menos conocidos, lemas, iniciales, dragones o barquitos, esto es, de vuelta a la soledad del marinero.</p>
<p>¿Fantaseaban los antiguos conquistadores de las Indias con los parajes y las mujeres que dejaban atrás, en las Américas o en la Polinesia, marcadas con tinta en su piel? Ambas regiones parecen ser las primeras donde esta cultura se extendió, ya fuera como ornamentación o bien como rito social. Para ello solían emplear pigmentos creados con flores y grasas, tanto vegetales como animales, inyectados en la piel mediante un peine con dientes de hueso, instrumento primigenio de la actual aguja cargada con tinta, capaz de entrar en la piel —a un milímetro de profundidad, para ser exactos— entre cincuenta y tres mil veces en un minuto.</p>
<p>Después del primer tatuaje, comentaba uno en la inauguración, le pierdes el respeto y puede convertirse en una especie de adicción. Pero es caro, se quejaba otro; si lo quieres bien hecho, es caro. A mí, dijo un tercero, no me motivó nada en particular; lo tenía muy claro desde niño, me fascinaba la posibilidad de llevar inscrito cualquier dibujo o palabra en la piel, y si tuviera que decirte algo, una imagen que me marcara, ésta es Popeye. ¿Y el ancla? Está más adentro, no se deja ver, insinuó; del mismo modo que en el trabajo de Oltra tampoco se dejan ver los tatuajes enteros, sólo la parte más visible, en brazos y piernas, manos, hombros o tobillos.</p>
<p>Las fotos son en blanco y negro, en un plano americano, sin demasiados cambios artísticos entre una y otra, cediendo el protagonismo a la persona fotografiada y a su manera de exponer los tatuajes. Se ubican todas en las calles del casco antiguo de Barcelona, un detalle también importante dado su propósito de normalidad, de mostrar el tatuaje como una práctica socialmente cada vez más extendida y aceptada. Prueba de ello lo son también los deportistas. Los jugadores de baloncesto fueron quizá los más habituales, tanto los americanos como los europeos, en especial los procedentes de la antigua Yugoslavia; pero hoy día no es tarea fácil distinguir en qué deporte abundan más. Basta con ver los brazos de Messi, la espalda de Alonso, el torso de Beckham o el del nadador francés Bousquet. Su fuerza mediática, además, contribuye a que le gente se familiarice con esta estética y a que cada vez más personas se animen a tintarse en la piel un sueño de marinero. Sea cual sea su oficio, claro está.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong><br />
Fotografía: <strong>Albert Torras</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en <a href="http://revistaparaleer.com/actualidad/tinta-en-la-piel-por-juan-bautista-duran-2/">Revista Eñe</a></p>
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		<title>Bolaño en las catacumbas</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/bolano-en-las-catacumbas/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Magnet]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 10 Oct 2016 18:40:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Alberto Magnet]]></category>
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		<category><![CDATA[Roberto Bolaño]]></category>
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					<description><![CDATA[A raíz del décimo aniversario de su muerte, en 2013, se presentó en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona una exposición sobre la obra de Roberto Bolaño. Una sala de dos alas de grandes dimensiones fue el lugar escogido, en una primera planta donde habría cabido holgadamente una exposición sobre el arte de una de las grandes dinastías egipcias. Menciono el detalle de la primera planta porque, curiosamente, la impresión al entrar es la de haber bajado a una sala subterránea. Al pasar de la luz del día a un espacio interior, hace falta un buen rato para que los conos y bastoncillos se acostumbren a la penumbra. El ambiente de aquella sala, debido a la escasa iluminación y a un constante sonido envolvente que hace pensar en agoreros (y desagradables) desgarros provenientes de las entrañas de la tierra, o que a ratos parece reproducir en sordina las oraciones de unos aterrorizados fieles en las profundidades de una catacumba, predispone al visitante a sumirse en un curioso estado, mezcla de tensión y alerta, que no contribuye en nada a una experiencia grata.
De esta manera, abstrayéndose de aquel decorado diseñado por alguien que jamás leyó a Bolaño, que habrá frecuentado discotecas con asiduidad y sufrido horribles pesadillas lisérgicas, al dar los primeros pasos los ojos del visitante se posan sobre una placa de metacrilato en que se reproduce una frase ya conocida que figura en el Manifiesto Infrarealista de 1976, probablemente acuñada por el propio Bolaño: «No sólo en los museos hay mierda.» Pareciera que el espíritu de Bolaño se ha apostado en las puertas mismas de la exposición para prevenirnos de lo que podemos encontrar durante nuestro recorrido.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/09/bolano.png"> </a></p>
<p>A raíz del décimo aniversario de su muerte, en 2013, se presentó en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona una exposición sobre la obra de Roberto Bolaño. Una sala de dos alas de grandes dimensiones fue el lugar escogido, en una primera planta donde habría cabido holgadamente una exposición sobre el arte de una de las grandes dinastías egipcias. Menciono el detalle de la primera planta porque, curiosamente, la impresión al entrar es la de haber bajado a una sala subterránea. Al pasar de la luz del día a un espacio interior, hace falta un buen rato para que los conos y bastoncillos se acostumbren a la penumbra. El ambiente de aquella sala, debido a la escasa iluminación y a un constante sonido envolvente que hace pensar en agoreros (y desagradables) desgarros provenientes de las entrañas de la tierra, o que a ratos parece reproducir en sordina las oraciones de unos aterrorizados fieles en las profundidades de una catacumba, predispone al visitante a sumirse en un curioso estado, mezcla de tensión y alerta, que no contribuye en nada a una experiencia grata.</p>
<p>De esta manera, abstrayéndose de aquel decorado diseñado por alguien que jamás leyó a Bolaño, que habrá frecuentado discotecas con asiduidad y sufrido horribles pesadillas lisérgicas, al dar los primeros pasos los ojos del visitante se posan sobre una placa de metacrilato en que se reproduce una frase ya conocida que figura en el Manifiesto Infrarealista de 1976, probablemente acuñada por el propio Bolaño: «No sólo en los museos hay mierda.» Pareciera que el espíritu de Bolaño se ha apostado en las puertas mismas de la exposición para prevenirnos de lo que podemos encontrar durante nuestro recorrido.</p>
<p>Tampoco es fortuita la alusión a la dinastía egipcia, porque, incluso quienes nunca hayan visitado una muestra de ese tipo, tendrán al poco andar la sensación de encontrarse en un ambiente que invita a adentrarse en un pasado remoto, y que en los anaqueles distribuidos a lo largo de las paredes de la sala se exhiben objetos que bien podrían ser colecciones de antiquísimas joyas, objetos litúrgicos, artefactos encontrados en alguna tumba real sepultada bajo siglos de arena, expuestos con una luz mezquina que nos dice, en este caso: «Se mira pero no se lee.»</p>
<p>En rigor, estos detalles no son verdaderamente propios de un comentario sobre una exposición, pero para quienes sufren de algún mal vertebral o escapular (alrededor del 60% de la humanidad) la altura de dichos anaqueles constituye un severo desafío. Dicha altura es fruto de la idea genuina —e ingenua— que concibe los manuscritos de Bolaño como objetos fetiche expuestos para ser mirados o «admirados», pero en ningún caso para ser leídos. La caligrafía de Bolaño, una letra menuda y apretada, no se presta precisamente a ser leída a una distancia que supere los cuarenta centímetros, distancia que obliga al visitante a permanecer inclinado en una humilde y dolorosa venia de noventa grados.</p>
<p>Hay también una buena cantidad de fotografías, cuya peculiaridad es la de retratar, en su mayor parte, una franja de la vida de Bolaño que empieza en Cataluña —en 1977— y termina con su muerte. Hay fotos de los episodios mexicanos, pero son relativamente escasas. Algo similar ocurre con la presencia de la familia chilena, o con manuscritos y diarios, en su mayoría escogidos de la misma época. Se dirá que aquello corresponde al periodo de mayor producción literaria, pero lo expuesto es una visión sesgada de una vida que tiene muchas más facetas que las del Bolaño de Barcelona, Gerona y Blanes. Como si una mano oscura hubiera impuesto límites a la posibilidad de mostrar un Bolaño más completo, de dar rienda suelta a una perspectiva más poética y menos comercial de su obra, con su tierna, entrañable y diversa mirada sobre el mundo. Algo ha quedado trunco. Esa perspectiva abierta de las distintas épocas de su vida debería incluir necesariamente la muy importante etapa final, que transcurre junto a Carmen Pérez de Vega, la mujer que se convirtió en la gran amiga de Bolaño y lo acompañó hasta el final. Ahí también, en lo que parece una censura que planea sobre la parte final de su vida, la exposición del CCCB vuelve a quedar trunca. En lugar de una muestra sobre la vida y obra de Roberto Bolaño, desde su infancia infrarealista hasta la madurez del narrador de <em>Los detectives</em> y <em>2666</em>, con el enorme caudal de vitalidad que la recorre, el visitante encuentra una muestra sobre la vida y obra de San Roberto Bolaño.</p>
<p>La miserable iluminación de aquella sala bien podría ser reemplazada por cirios de cinco vatios y no habría diferencia. El horripilante sonido envolvente evoca la melodía de un órgano agónico y pregregoriano que transmite subliminalmente la idea de que nos encontramos frente a objetos sagrados, ocultos al resto de los mortales, fijados, embalsamados a perpetuidad en sus penumbrosos nichos, como esa insólita colección de gafas, tristes y despersonalizadas, en la pequeña urna.</p>
<p>Nada de esto queda más lejos del auténtico universo de Bolaño, cuya principal virtud fue y sigue siendo arrojar luz a raudales sobre la vida misma y sobre un panorama de las letras españolas —y universales— que a ratos parece «un desierto de aburrimiento». La vida de Bolaño está marcada por la voluntad de salir al mundo abriéndose a él, rompiendo compartimentos estancos, hermanando la poesía con una experiencia vital cuyas raíces empiezan y acaban en el exilio, lo cual, en su caso, significó echar —y dejar— fugaces raíces ahí por donde pasara. La precariedad en que se desenvolvieron esas experiencias nunca fueron un pretexto para huir del mundo y refugiarse en la pretendida oscuridad que quiere connotar el decorado en que han acabado sus manuscritos. El optimismo que late en el tesón con que Bolaño encaró los momentos más apremiantes de su vida y cruzó los desiertos de aburrimiento es un optimismo alegre y mundano, nutrido por su permanente intercambio con la luminosidad de toda cosa, de toda amistad, de toda experiencia. Esto es algo que cualquiera ve en esos escritos expuestos que, ellos sí, están ahí con su valor intrínseco, queriendo desautorizar con cada una de sus líneas la mezquindad oscura que los aloja.</p>
<p>Al salir, el visitante vuelve a ver la misma cita que vio al entrar, sobre la basura y los museos, y la contradicción salta a la vista por sí sola. Sospecho que, en primer lugar, a Bolaño le habría costado mucho autorizar una exposición sobre aquello que se negaba a llamar su «obra»; en segundo lugar, si finalmente hubiese llegado a producirse y le hubiesen mostrado el resultado final, Bolaño les habría dicho que era imperativo quitar el techo, encender las luces y abrir las puertas para que penetrara el sol de mediodía, la luz y el aire, elementos que conspiran contra el oscurantismo del culto.</p>
<p>Escrito por <strong>Alberto Magnet Ferrero</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en Piensachile.com y Archivio Bolaño</p>
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		<title>Vidas ajenas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 16 Jan 2015 17:57:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[Basta con salir a la calle para desentumecerse, escampar cavilaciones y entretener la mirada en algún rostro bonito o en cualquier cerdo de la piara. No están las cosas para desperdiciar anécdotas ni motivos literarios, aunque a la postre sirva para esto, para alimentar un blog de letras más dado al juego que al excremento. Salir a la calle, en este sentido, tiene que ver con la necesidad, con un estilo que es a las letras lo que el patadón al fútbol y que tanto cuesta meter en vereda: que después del patadón la pelota siga en juego, sin interrupción, y que todas las personas que andan por la calle y por tanto la forman quepan en el relato, sin uso de calzador.
Lo intentó Juan Carlos Onetti en Avenida de Mayo – Diagonal – Avenida de Mayo, un relato que da cuenta del lado más bonaerense de Onetti y sólo pueden entender los ciudadanos de la capital argentina. Quien no la haya vivido, no podrá apreciar al cien por cien la voluntad de Onetti en esta narración. La calle es una manera de acercarse al movimiento y de ver en los pasos de los demás la propia quietud, la condición de espectadores que nos separa siempre, ficción mediante, de las vidas ajenas. Un señor que fuma un pitillo junto a la puerta de un establecimiento, una muchacha con mallas negras y zapatillas deportivas que anda deprisa, dos señoras que charlan agarradas a sus bolsos de algo que parece preocuparles, un hombre de mediana edad que habla a grito pelado. Podría estar este hombre en la Avenida de Mayo de Onetti, pero no, esto es Barcelona, la calle de Rosellón, y no sería lo mismo aunque los síntomas fueran iguales.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Basta con salir a la calle para desentumecerse, escampar cavilaciones y entretener la mirada en algún rostro bonito o en cualquier cerdo de la piara. No están las cosas para desperdiciar anécdotas ni motivos literarios, aunque a la postre sirva para esto, para alimentar un blog de letras más dado al juego que al excremento. Salir a la calle, en este sentido, tiene que ver con la necesidad, con un estilo que es a las letras lo que el patadón al fútbol y que tanto cuesta meter en vereda: que después del patadón la pelota siga en juego, sin interrupción, y que todas las personas que andan por la calle y por tanto la forman quepan en el relato, sin uso de calzador.</p>
<p>Lo intentó Juan Carlos Onetti en <em>Avenida de Mayo – Diagonal – Avenida de Mayo</em>, un relato que da cuenta del lado más bonaerense de Onetti y sólo pueden entender los ciudadanos de la capital argentina. Quien no la haya vivido, no podrá apreciar al cien por cien la voluntad de Onetti en esta narración. La calle es una manera de acercarse al movimiento y de ver en los pasos de los demás la propia quietud, la condición de espectadores que nos separa siempre, ficción mediante, de las vidas ajenas. Un señor que fuma un pitillo junto a la puerta de un establecimiento, una muchacha con mallas negras y zapatillas deportivas que anda deprisa, dos señoras que charlan agarradas a sus bolsos de algo que parece preocuparles, un hombre de mediana edad que habla a grito pelado. Podría estar este hombre en la Avenida de Mayo de Onetti, pero no, esto es Barcelona, la calle de Rosellón, y no sería lo mismo aunque los síntomas fueran iguales.</p>
<p>‹‹Tengan cuidado —dice—, en la tienda hay una polla suelta, no se la metan en el culo.›› De un lado a otro de la acera, el hombre repite y repite su advertencia según se lía un canuto con una mano y articula gestos obscenos con la otra. A la muchacha de las mallas negras le dedica los gestos, pero no a las dos señoras, quienes tienen que sortearlo y continúan a lo suyo, hasta que al fin se dan la vuelta, miran al hombre y se preguntan de qué tienda estará hablando. De ninguna, señoras…, pudo decirles el señor que fuma el pitillo, cuyos ojos también se fueron tras las mallas negras de la muchacha que anda deprisa y quizá pretenda correr pero ya no puede más. A saber de dónde viene. Sigue por la calle de Rosellón, tuerce en Balmes y tras su estela aparecen nuevas personas que se topan igual con el hombre del canuto. ‹‹Tengan cuidado… polla suelta… culo.››</p>
<p>Lo importante es la cara, y sin embargo nadie se fija en ella, atento todo el mundo al meneo de sus manos, ahora con el canuto ya liado. Bocanada de humo va… Apenas escampa el humo, surge ahí un rostro de mirada encendida e inquieta, barba hasta los carrillos, manchas negras en la frente y pelo rizado, más bien largo. En la cara está la razón de sus gestos, de su incontenible actividad y de sus palabras, de esa ilógica advertencia. ¿Una polla suelta en la tienda? ‹‹Tengan cuidado, no se la vayan a meter en el culo.›› ¿Acaso será la suya? Qué ideas, por favor, las de este pobre espectador.</p>
<p>Cuesta mucho distinguir a qué tienda se refiere y por tanto dónde está el peligro para los transeúntes, que lo miran a él, las manos, los pies, las ropas…, y aunque quieran alejarse, como el hombre está en constante movimiento, casi siempre se topan con él. Entonces se ríe, increpa, se lleva el canuto a la boca y se sacude la mano de manera provocativa, lo que causa gestos de asco en la gente.</p>
<p>Hay más muchachas que andan deprisa, señoras que conversan de temas importantes, señores con maletín y corbata, sin maletín pero con corbata, y a la inversa, otro que fuma un pitillo junto a la puerta de un establecimiento y uno que se acerca al hombre y lo llama por su nombre, o por un nombre que podría ser el suyo, al menos, y lo mira a la cara. Se miran a la cara. Se reconocen. Se quedan embelesados al margen del estupor general, ahora que ya son dos y comparten el canuto y sueltan a la par la monserga, yendo de un lado a otro de la acera como si aquello fuera la Avenida de Mayo y estuvieran actuando a las órdenes de un fabulador, de un hipotético Onetti parado ahí, buscando en la calle un motivo que al fin es pura reacción, la de ese hombre barbudo que ya son dos y se les está poniendo cara de lo que dicen y sienten.</p>
<p>En fin, que ya están hasta la…</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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