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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Un árbol, un país (I)</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/un-arbol-un-pais-i/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Mar 2016 07:54:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
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					<description><![CDATA[Que versa sobre un árbol que
da forma y medida a España.
MAGIA E IDEALES

Los árboles no sólo saben de magia, provocan éxtasis y visiones, cosas que se ven como si fueran reales sin serlo. Lo cierto es que no les son imposibles los prodigios.
Cada árbol es una prolongación de la tierra que brota como un idea. A través de un árbol se alcanza cierta aptitud para ver. Viene a darse como una operación mágica destinada a transmutar la realidad. No es exagerado decir que los árboles contienen en su interior sabiduría, intuición, clarividencia. Se vislumbra algo más que futuro. ¿Acaso no tienen una esperanza de vida que sobrepasa la de la mayoría de seres vivos? Están tan llenos de signos propicios que empezamos a creer en lo inverosímil. Admiramos su movimiento, su poder de crecimiento y de creación. No se puede sino ensalzar su capacidad de regenerarse, de comunicarse con su entorno, de resistir situaciones adversas. En la sombra se siente su aura palpable, la realidad de la fascinación.
Los árboles de España son legendarios. Antiguamente los pueblos hispánicos confiaban en ellos. Los antiguos creían a ojos cerrados en los poderes de su clarividencia, comprendían sus virtudes, sus bondades. Por la magia que emanaba, el árbol era visto como pacificador, intermediario, juez de paz. Cambiaba estructuras mentales, fabricaba destinos. Todo esto se remonta a tiempos muy lejanos. Pues bien, la organización territorial española despierta en nosotros analogías estrictamente relacionadas con esos árboles; en nuestra visión de España hay una obsesión por encontrar el equilibrio en su ecuanimidad. O la unión soñada. Lo único que puedo afirmar es que la analogía toma cartas en el asunto. Aquí el pensar lo impensable se convierte en un acto moral, por así decirlo. Los árboles son seres vivos cuyos movimientos, fríos, sinuosos, siguen un ideal. Vienen a ser comparables a los pueblos. No temo ser exagerado, éste es un trabajo de la imaginación. Los árboles logran lo más difícil: unir sin esfuerzo lo real y lo alegórico.
Viene muy a cuento decir que existe correspondencia entre naturaleza e historia y política. Hoy España se halla en una encrucijada, vive en un infierno de inquietud: la conjunción entre democracia y re-centralización ha sido fatal. Existe una tradición hispánica de lucha por convicciones que han sido ignoradas. Imposible disimular la turbación que ello produce. En la situación en la que vivimos, hay complejidad, no se ve solución: España es una realidad que está perdiendo forma. Aquí cabe una confesión. Estamos en contra del nacionalismo. Defendiendo ideas, no territorios, algo acude a perfilarse entre la niebla.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="aligncenter size-full wp-image-3267" src="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/03/arboles-Rosa-Torres.jpg" alt="" width="283" height="240" /></p>
<p><em>Que versa sobre un árbol que</em><br />
<em>da forma y medida a España.</em></p>
<h3>Magia e ideales</h3>
<p>Los árboles no sólo saben de magia, provocan éxtasis y visiones, cosas que se ven como si fueran reales sin serlo. Lo cierto es que no les son imposibles los prodigios.</p>
<p>Cada árbol es una prolongación de la tierra que brota como un idea. A través de un árbol se alcanza cierta aptitud para ver. Viene a darse como una operación mágica destinada a transmutar la realidad. No es exagerado decir que los árboles contienen en su interior sabiduría, intuición, clarividencia. Se vislumbra algo más que futuro. ¿Acaso no tienen una esperanza de vida que sobrepasa la de la mayoría de seres vivos? Están tan llenos de signos propicios que empezamos a creer en lo inverosímil. Admiramos su movimiento, su poder de crecimiento y de creación. No se puede sino ensalzar su capacidad de regenerarse, de comunicarse con su entorno, de resistir situaciones adversas. En la sombra se siente su aura palpable, la realidad de la fascinación.</p>
<p>Los árboles de España son legendarios. Antiguamente los pueblos hispánicos confiaban en ellos. Los antiguos creían a ojos cerrados en los poderes de su clarividencia, comprendían sus virtudes, sus bondades. Por la magia que emanaba, el árbol era visto como pacificador, intermediario, juez de paz. Cambiaba estructuras mentales, fabricaba destinos. Todo esto se remonta a tiempos muy lejanos. Pues bien, la organización territorial española despierta en nosotros analogías estrictamente relacionadas con esos árboles; en nuestra visión de España hay una obsesión por encontrar el equilibrio en su ecuanimidad. O la unión soñada. Lo único que puedo afirmar es que la analogía toma cartas en el asunto. Aquí el pensar lo impensable se convierte en un acto moral, por así decirlo. Los árboles son seres vivos cuyos movimientos, fríos, sinuosos, siguen un ideal. Vienen a ser comparables a los pueblos. No temo ser exagerado, éste es un trabajo de la imaginación. Los árboles logran lo más difícil: unir sin esfuerzo lo real y lo alegórico.</p>
<p>Viene muy a cuento decir que existe correspondencia entre naturaleza e historia y política. Hoy España se halla en una encrucijada, vive en un infierno de inquietud: la conjunción entre democracia y re-centralización ha sido fatal. Existe una tradición hispánica de lucha por convicciones que han sido ignoradas. Imposible disimular la turbación que ello produce. En la situación en la que vivimos, hay complejidad, no se ve solución: España es una realidad que está perdiendo forma. Aquí cabe una confesión. Estamos en contra del nacionalismo. Defendiendo ideas, no territorios, algo acude a perfilarse entre la niebla.</p>
<h3>Lógica histórica</h3>
<p>Podemos comenzar. Las raíces son una de las partes principales de un árbol. En la encina, árbol ibérico por excelencia, las raíces adquieren especial interés ya que tras incendios y sequías pueden rebrotar vigorosamente. Es difícil no compartir admiración por ese árbol. La raíz pivotante es un fuerte vástago que se hunde en el suelo, de donde nacen las raíces secundarias. ¿Dónde situar las raíces de España, que se extienden a gran distancia del tronco? Por la analogía, por semejanza de contrarios, cierta cosa nos remite al mapa de la antigua Iberia. Los mares circundantes: el Cantábrico, el Mediterráneo y el océano Atlántico, y cerrando el paso por tierra, la cordillera pirenaica. Entre estos límites perfectamente diferenciados se sitúa la península Ibérica. O sea, España. Se ha dicho que es como si el corte del medio natural se ofreciera «al destino particular de un grupo humano». Un territorio apartado, con límites bien trazados y con un centro solitario. Una tierra armoniosa y acogedora. Como si el territorio «se ofreciera a la elaboración de una unidad histórica». Así sucede y así ha sucedido siempre.</p>
<p>Y ahora volvamos a las cosas fantásticas, volvamos a hablar de árboles. Creemos que pueden favorecer el encaje territorial. La analogía nos permite entreverlo. El producto de una serie de observaciones sobre campos distintos y comparables sirve más como medio de invención que como argumento probatorio.</p>
<p>La primera vez que oí la palabra «España» fue en la letra de una canción de Cecilia. «Mi querida España», decía. Yo era aún adolescente. El nombre, la palabra «España», sólo se escuchaba en la asignatura de Formación del Espíritu Nacional. En aquella Barcelona se vivía a despecho de la lógica histórica. No es temerario suponer que España fuera para mí inspiración, diálogo con la ausencia: oración y poesía. España aislaba y unía. Era el compendio de todo lo que ansiaba y temía. Invitaba al conocimiento de su paisaje. Azorín y Machado me enseñaron a mirar los árboles. Mientras leía, la mente viajaba hacia otro lugar. La poesía española fue crucial en mi formación. La manera de enlazar las ideas me viene de sus metáforas y de sus comparaciones. Aprendí a relacionar a este país con un árbol fabuloso, de grandes y dispares ramas. Solía concordar una cosa con la otra. Hubo ocasiones en que España se me antojó despiadada y fatal. Me suscitaba el conocido «Duelo a Garrotazos», la pintura negra más difundida de Goya, obra que expresa la violencia congénita de la vida española. Que en todo tiempo España hubiese estado en lucha fratricida era cierto en parte. La verdad es que el enfrentamiento se ha repetido una y otra vez, ha sido una nota constante de la vida política hasta nuestros días.</p>
<p>Aquí vale la pena una pequeña digresión. Catalanes y españoles compartimos el azul del cielo, la claridad de las nubes que pasan. Cuando hay imaginación y diálogo se desvelan retazos de cielo azul, la faz del cielo. Desde la muralla de los Pirineos hasta las vegas de Andalucía se extiende, aislado, inaccesible, el paisaje de Iberia. Se dice que la periferia, al no ser un mundo cerrado, parece volver la espalda a la meseta central. Desde el plano analógico, las regiones marítimas parecen destinadas a tener destinos autónomos, como si tendieran a desertar de la comunidad interior. La geografía es también hado, sino. Tampoco se puede vivir a despecho de la lógica geográfica.</p>
<p>Por medio de los trucos de la analogía se puede topar con lo incomprensible. Transfiriendo el asunto al plano imaginativo, el tronco, ah, el tronco, parte principal del árbol que nos hace participar de la energía de la tierra, equivale al idioma común. El latín que origina las lenguas románicas es otro dato que une. Hay una raíz y un tronco comunes de los cuales surgen las diversas lenguas peninsulares. Las regiones litorales fueron rápidamente romanizadas, y sojuzgadas durante siglos. Provenimos de una tierra donde no es posible sustraerse de la historia de Roma. El idioma que se fragua en Cataluña entronca concluyentemente con el latín.</p>
<p>Podemos ir pensando que el emblema del tronco ibérico es Faetón, y su afán, un deseo de subir alto y emprender grandes empresas. Todo está estrechamente relacionado.</p>
<p>No dejemos de mirar hacia el pasado. Visigodos y musulmanes cambian la suerte de ese tronco. Los visigodos, como es sabido, llegan de las Galias romanizadas, y tres siglos más tarde los musulmanes traen nuevas formas de vida.</p>
<p>Pero el sortilegio se desvanece. El tronco del árbol empieza a dividirse en ramas secundarias, bifurcándose en un mismo punto. Abordemos de nuevo lo real. La Edad Media discurre como un tren que avanza por la noche. Del mismo modo que en el siglo XII Castilla había paralizado la expansión de las clases medias, a diferencia de Cataluña, el tronco del árbol ibérico, que viene ahora a encarnarlo el pino piñonero, ha dejado de crecer hacia lo alto. Cuando ese tronco se ramifica, y las ramas forman una capa corimbosa, surge la complicación. Así como el parasol se consigue por la poda anual de los verticilos de ramas, hasta dejarle poco más que un plumero de ramaje en lo alto y parecer un candelabro que resalta contra la claridad del cielo, la historia implica apuro, dificultad, conflicto. Constituidos por conjuntos de ramas secundarias, los árboles ofrecen una silueta característica: piramidal, cónica, globosa, aparasolada, péndula, asimétrica&#8230; Las ramas pueden ser erectas, patentes, péndulas o colgantes. Siempre diversas.</p>
<p>El árbol de España viene a ser un compendio de varias especies. Tiene genes de encina y de pino piñonero, pero también lleva la carga genética del naranjo.</p>
<p>La historia continua. En el siglo XIII se viven los momentos de mayor armonía conocidos por España. No es difícil adivinar el porqué: los soberanos de la corona de Aragón son catalanes. Cuando Aragón se une por matrimonio con el condado de Barcelona, la aclamación linda con la reverencia. Aquello debió ser como soñar un sueño despierto.</p>
<p>Escrito por <strong><a href="https://www.editorialcomba.com/ignacio-viladevall/">Ignacio Viladevall</a></strong></p>
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		<title>Entre Chacel y Caballero Bonald</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/entre-chacel-y-caballero-bonald/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 13 Jan 2016 12:25:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
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					<description><![CDATA[Nos gusta la presencia de la naturaleza en la literatura. Celebramos la aparición de árboles y mariposas. El amor de la naturaleza es raro en la poesía española. En Leyendo a los poetas Azorín decía que se sienten poco los árboles, el campo, las flores; y que entre nuestros clásicos sólo hubo tres poetas que amaron la naturaleza: Gonzalo de Berceo, Fray Luis de León y Garcilaso. El amor al paisaje viene de lejos. El hechizo de la poesía del árbol tiene una fuerza enorme. No es posible detenerse a explicar por qué. Entre los árboles y la luz existe un parentesco: el árbol es un ser de luz, ¡que vive con la luz! Desprende energía y participamos de su aura. Y es más: de ello depende nuestro futuro. Su influencia en la calidad del aire y en la mitigación del cambio climático está sobradamente demostrada. Les prestamos atención porque proporcionan numerosos efectos beneficiosos. En ocasiones, la contemplación se transforma en visión, adivinamiento de lo fatal. La estampa del destino a menudo nos enerva. Muchas veces tememos que el planeta ha entrado en contacto con la extinción del prodigio.
Sin cambiar de tema, ahora vamos a guiñar el ojo a dos escritores españoles: Rosa Chacel y José Manuel Caballero Bonald. Ambos sienten la presencia de la naturaleza, sus textos arrojan inesperadas luces sobre la magia del árbol. ¡En sus frondas ven luz en el tiempo! En La sinrazón (1960) y en La noche no tiene paredes (2009) hallamos la brevedad de la naturaleza, la concisión del momento poético. No voy a hacer un estudio crítico, me limitaré a apuntar algunas ideas. Sigo el camino de la intuición.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/01/Chacel-árboles-Bonald.jpg">&nbsp;</a></p>
<p>Nos gusta la presencia de la naturaleza en la literatura. Celebramos la aparición de árboles y mariposas. El amor de la naturaleza es raro en la poesía española. En <em>Leyendo a los poetas</em> Azorín decía que se sienten poco los árboles, el campo, las flores; y que entre nuestros clásicos sólo hubo tres poetas que amaron la naturaleza: Gonzalo de Berceo, Fray Luis de León y Garcilaso. El amor al paisaje viene de lejos. El hechizo de la poesía del árbol tiene una fuerza enorme. No es posible detenerse a explicar por qué. Entre los árboles y la luz existe un parentesco: el árbol es un ser de luz, ¡que vive con la luz! Desprende energía y participamos de su aura. Y es más: de ello depende nuestro futuro. Su influencia en la calidad del aire y en la mitigación del cambio climático está sobradamente demostrada. Les prestamos atención porque proporcionan numerosos efectos beneficiosos. En ocasiones, la contemplación se transforma en visión, adivinamiento de lo fatal. La estampa del destino a menudo nos enerva. Muchas veces tememos que el planeta ha entrado en contacto con la extinción del prodigio.</p>
<p>Sin cambiar de tema, ahora vamos a guiñar el ojo a dos escritores españoles: Rosa Chacel y José Manuel Caballero Bonald. Ambos sienten la presencia de la naturaleza, sus textos arrojan inesperadas luces sobre la magia del árbol. ¡En sus frondas ven luz en el tiempo! En <em>La sinrazón</em> (1960) y en <em>La noche no tiene paredes</em> (2009) hallamos la brevedad de la naturaleza, la concisión del momento poético. No voy a hacer un estudio crítico, me limitaré a apuntar algunas ideas. Sigo el camino de la intuición.</p>
<p>A Rosa Chacel le preocupa el tiempo, su fugacidad; pero también los matices de la luz, las sensaciones de la vista. La luz es obsesión, algo que no puede apartar de su mente. Repasando las primeras páginas de <em>La sinrazón</em>, leemos que en una tarde con una luz que camina sobre el césped, el crepúsculo es tan breve que casi se le ve pasar. Se pierde en la contemplación del momento. Precisa: “Pasa un aire tibio, el cielo es limpísimo, nacarado, despide una luz desnuda, que pasa y se esconde entre los árboles copudos y en la sombra de los árboles brilla algún foco recién encendido”. Y concluye, audazmente: “es que ya ha pasado”. Pasa el tiempo y el árbol entra en otra luz; y los verdes se deslustran, se restauran. Sus efluvios crean un juego de sensaciones y fantasía, forman un mundo detenido en el tiempo, donde lo real alcanza una nueva dimensión. Es eso. En la culminante autobiografía de Chacel, no solo hallamos pensamientos sentidos, sentimientos pensados, encontramos árboles maravillosos; sauces, castaños, casuarinas, ombúes. Conviene saber que el ombú es árbol copudo, de copa grande, que acumula luces mágicas, solidarias, efectos de apariencia maravillosa. Ante una mariposa disecada, la escritora se aventura a observar: “Dios puede mover las alas de una mariposa muerta o trasladar una montaña, o hacer que no haya sido lo que fue.” Reflexión importante que raya lo inefable. Existen cosas que nunca se podrán explicar.</p>
<p>Pero hay más. Es preciso mencionar <em>Ofrenda a una virgen loca</em> (1961), porque en uno de sus relatos, “Lazo indisoluble”, percibimos como la luz, cuando la niebla se despega del río, “empieza a despertar el verde de los castaños”. Prodigioso apunte. A propósito de castaños; bajo el espeso follaje de ese árbol robusto descubrimos la mirada de la serpiente del Paraíso. ¿Ha tentado el progreso a la humanidad? Hay materia para hacer un estudio de la evolución del sentimiento de la naturaleza en la literatura.</p>
<p>Vayamos ahora al reino de los vivos. Hablemos de Caballero Bonald, uno de los grandes escritores españoles de los últimos años. ¡Cuánto nos encanta la plasticidad de su palabra poética! Releamos su décimo libro de poesía. En el poema “Nadie”, el poeta conversa con alguien que lo llama. Pese al mutismo del entorno, se abre un espacio donde el árbol parece suspirar por rebelarse.</p>
<p style="padding-left: 210px;"><em>Desoye el árbol las invocaciones</em><br />
<em> erráticas del viento, mientras</em><br />
<em> sus vacilantes cuencas enmudecen</em><br />
<em> frente a las desbandadas de la luz.</em></p>
<p>Cuando viene el viento, sentimos hondamente la responsabilidad del árbol. Los colores de la tierra cambian por instantes, según la transparencia del follaje. En tanto que las ramas enmudecen, los claroscuros recobran brío. Los retoques de luz verde tienen otro movimiento, otra cadencia; quizá es el impulso tumultuoso del progreso.</p>
<p style="padding-left: 210px;"><em>Como en un vaho gravita el anhelante</em><br />
<em> oficio de estar vivo y en lo hondo</em><br />
<em> de los drenajes de la soledad</em><br />
<em> los pájaros silencian sus generaciones.</em></p>
<p>“Vaho” es sinónimo de soplo; de tiempo brevísimo. Así pasa la vida como un soplo. Nadie al final responde al poeta. “Nadie, como Ulises”. Los días se malgastan entre atropellos y “remisas decepciones.” En el último verso sale “una pared vacía, una página en blanco”. A medida que avanzamos por el poema tomamos conciencia del medio. Vivir consiste en “ir dejando atrás la vida”, los árboles, el aire nuestro. Todo eso prodigioso que suspira por favorecer la vida, ahora parece quejarse. ¿Podrá España abordar en buena posición el desafío del cambio climático? Por un instante es posible creerlo. No hay un solo árbol que no se sienta responsable, solidario de su destino. Es por esto que nos interesa la pervivencia de la naturaleza en la literatura española.</p>
<p>Escrito por <strong>Ignacio Viladevall</strong></p>
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