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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>La importancia de la literatura</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/la-importancia-de-la-literatura/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Feb 2025 11:24:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[El próximo 23 de abril Álvaro Pombo va a recibir el Premio Cervantes, un merecido reconocimiento que celebramos cuantos conocemos su obra y que ojalá sirva para que llegue a quienes aún no han tenido ocasión de acercarse a ella. ]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>El próximo 23 de abril Álvaro Pombo (Santander, 1939) va a recibir el Premio Cervantes, un merecido reconocimiento que celebramos cuantos conocemos su obra y que ojalá sirva para que llegue a quienes aún no han tenido ocasión de acercarse a ella. En Comba recibimos la noticia con gran entusiasmo, casi como si fuera un autor de nuestro catálogo, tras un año duro en el que por momentos el peso de los libros parecía a punto de doblar la columna que sostiene este entramado de palabras.</p>



<p>Cuesta sobrellevar estos tiempos en que el valor de las obras literarias está sujeto a su exposición en las redes sociales y a la cantidad de fotos que reciben, cuando los libros, si acaso son fotogénicos, lo son en la medida en que prefiguran inteligencia y conocimiento; es decir, no lo son por aquello que vemos, sino por cuanto entrañan. Y que la suerte de un título dependa de la pericia de quien lo fotografía, graba o saca a pasear, habla mal, muy mal, de esta época en que la falta de lectores se compensa con costosos másteres de escritura creativa. Es fácil entonces que algunos vean en el libro un objeto sagrado, de culto, que en unos casos genera distancia y en otros una ambición protagónica, de estampar el nombre propio en las cubiertas, cuando la literatura debe incumbir por igual al lector y al escritor.&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Un libro no <em>se hace</em> tan sólo al ser escrito, sino también al ser leído, un hecho que por paradójico que parezca no es sino la esencia del lenguaje: emisor y receptor. ¿Qué tal si fomentáramos másteres de <em>lectura</em> creativa? Pombo es un autor que logra acortar la distancia entre ambas figuras, y esto es, en parte, gracias a que dicta sus narraciones. Es un hecho muy llamativo y característico de su obra, hecho en el que incidí en la semblanza que escribí sobre él en 2013 para <em>El Diario Montañés</em>. «Se nota en el trato personal lo mismo que en la literatura —decía—. Una vez le pregunté si también leía en alto, lo que evidentemente no es así, puesto que no le daría la garganta para tanta perorata. Me respondió con una risotada estruendosa y sincera, propia de un hombre elocuente como él, escritor en todas las acepciones de la palabra: poeta, filósofo y narrador.</p>



<p>»Pombo dicta sus historias por una cuestión de comodidad personal, para no perder comba, se diría, en el proceso que va de la idea al papel. Su estilo es muy característico, claramente oral, y merece la admiración de los lectores y de quienes escribimos, no sólo por los resultados que consigue, sino por la fuerza mental que el dictado requiere. Antaño se conocía el caso de Eugenio D’Ors, quien también dictaba, salvo que D’Ors dictaba ensayos y sus famosas glosas, no historias, con sus personajes, sus emociones y sus circunstancias. Por eso Álvaro Pombo es un narrador en toda regla, al que el largo recorrido de la novela, por su estilo, le viene como anillo al dedo. Desmonta a los personajes como en una mesa de operaciones; los pone del derecho y del revés, los prueba en tal o cual situación, siempre con nervio, a fin de analizar sus respectivas personalidades.</p>



<p>»Se cumplen ahora treinta años de la publicación de <em>El héroe de las mansardas de Mansard</em>, gran evocación de la infancia, de los años posteriores a la Guerra Civil y de un mundo señorial que conoce de primera mano. Con esta novela puso la base de un universo donde los niños buscan su lugar entre señoras que toman el té de las cinco. Ni tía Eugenia ni Kús-Kús, ni posteriormente el Ceporro y el Chino, protagonistas de <em>Aparición del eterno femenino contada por S. M. el Rey</em>, pasan sin más ni más por la mente del lector. Tampoco pasan desapercibidos los protagonistas de <em>Contra natura </em>o <em>El cielo raso</em>, dos de sus títulos más significativos en cuanto al tratamiento de la homosexualidad contemporánea, donde la frescura inocente de Kús-Kús y compañía se torna en una madurez perspicaz y necesitada de afecto. Pombo explora cuantas inquietudes siente en sí mismo y en quienes le rodean a través de sus personajes, a quienes da un nombre y un entorno para que ejerzan de punta de lanza.</p>



<p>»No menos importantes, por cierto, son los títulos que da a los libros, o a las narraciones breves, con casos tan sonados e irónicos como <em>Avatar con peripecia de la reaparecida pitillera de Su Alteza Imperial la Archiduquesa Olga Alejandrovna</em>. De sus novelas habría que destacar en este sentido <em>Telepena de Celia Cecilia Villalobo </em>o <em>El metro de platino iridiado</em>, además de otros títulos ya mencionados. En ellos se encuentran a un tiempo su vis poética y la filosófica, tan presentes en toda su obra.»</p>



<p>Más de una década después de esta semblanza y ya metido el autor cántabro en los ochenta y tantos, sorprende que no haya cejado en su impulso narrativo ni cedido tampoco a la tentación de obras fáciles o meros refritos. Desde entonces ha publicado un ensayo, un libro de cuentos y ocho novelas, lo que se dice pronto, entre las cuales hay un título notable como <em>Santander, 1936</em>. Solía poner el ejemplo de Miguel Delibes y su gran novela <em>El hereje</em>, que el autor vallisoletano dio a la imprenta con casi ochenta años, para demostrar que la edad y sus achaques no deben ser un impedimento para este oficio suyo de contar historias. «Como dice el refrán, el que hace un cesto, hace ciento, y esto es lo mismo. Lo que me alegra es la conciencia de que puedo escribir. Si me faltara esta rutina, me sentiría perdido», aseguraba en una entrevista que le hice en 2015 para <em>Revista</em> <em>Quimera</em>.</p>



<p>Me recibió ese día con un gorrito azul en la cabeza que por lo visto sigue usando —si no es el mismo, es uno muy parecido—, reflejo de su raíz cántabra, de su ventana al norte, al mar, un gorrito que dudo mucho que vaya a ponerse para la entrega del Cervantes. Lo que no va a faltar en cambio son su guasa y su clarividencia, su capacidad de jugar con el lenguaje para expresar en palabras lo que los demás apenas intuimos. «La literatura —me dijo al final de la entrevista—, en contraste con las infinitas ventajas que han traído las nuevas tecnologías, tiene hoy día una función muy importante, en la purificación del dialecto de la tribu.»</p>



<p></p>



<p>En la imagen: Álvaro Pombo visto por Sergio Enríquez-Nistal&nbsp;</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Felices miedos</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/felices-miedos/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Jul 2015 08:35:15 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[De vuelta de la 74ª Feria del libro de Madrid, aparece en un cajón de la editorial una crónica correspondiente a una edición anterior, firmada por un mancebo escritor. Lo que sigue es nuestro, por tanto, pero de otro. ‹‹Atrás ha quedado la última caseta, según me desvío henchido por una calle aledaña. El motivo de tal henchidura quizá se deba al buen almuerzo, a la emoción que subyuga mis movimientos o al aire plúmbeo que invade Madrid. Cruzo por el paso de peatones como único testigo del desértico atardecer, testigo distraído. La fuerza de la literatura —inocente enunciado— hace inaudibles los ostentosos tubos de escape de los vehículos.›› Corolarios sin corola, habría añadido Osvaldo Lamborghini, de rabiosa actualidad hoy día: el mundo se evapora hacia la permanente condensación de la literatura. ‹‹Llevo en las manos Alrededores, de Álvaro Pombo, compilación de artículos en los que retrata a autores de su generación, más jóvenes unos y veteranos los otros, así como algunos textos etéreos. Pequeños retales, dice el autor cántabro, que denuncian mi paso por el periodismo.››
Osvaldo Lamborghini murió en Barcelona en la misma época en que los autores a los que Pombo se refiere —Vicente Molina Foix, Javier Marías, Adelaida García Morales, etcétera— consolidaban sus voces en el panorama literario español. Perteneciente a esa misma generación, la vida de Lamborghini (1940–1985) fue breve y desenfrenada, un completo desconocido, sin embargo, salvo para algunos intelectuales argentinos y otros colegas de desenfreno. Vivió la literatura como si en verdad la quisiera condensar, acabar con ella, más bien, cual glotón que al fin se come el hambre. ¿Acaso no es esto El fiord, primer opúsculo que le dio remota notoriedad?						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>De vuelta de la 74ª Feria del libro de Madrid, aparece en un cajón de la editorial una crónica correspondiente a una edición anterior, firmada por un mancebo escritor. Lo que sigue es nuestro, por tanto, pero de otro. ‹‹Atrás ha quedado la última caseta, según me desvío henchido por una calle aledaña. El motivo de tal henchidura quizá se deba al buen almuerzo, a la emoción que subyuga mis movimientos o al aire plúmbeo que invade Madrid. Cruzo por el paso de peatones como único testigo del desértico atardecer, testigo distraído. La fuerza de la literatura —inocente enunciado— hace inaudibles los ostentosos tubos de escape de los vehículos.›› Corolarios sin corola, habría añadido Osvaldo Lamborghini, de rabiosa actualidad hoy día: el mundo se evapora hacia la permanente condensación de la literatura. ‹‹Llevo en las manos <em>Alrededores</em>, de Álvaro Pombo, compilación de artículos en los que retrata a autores de su generación, más jóvenes unos y veteranos los otros, así como algunos textos etéreos. Pequeños retales, dice el autor cántabro, que denuncian mi paso por el periodismo.››</p>
<p>Osvaldo Lamborghini murió en Barcelona en la misma época en que los autores a los que Pombo se refiere —Vicente Molina Foix, Javier Marías, Adelaida García Morales, etcétera— consolidaban sus voces en el panorama literario español. Perteneciente a esa misma generación, la vida de Lamborghini (1940–1985) fue breve y desenfrenada, un completo desconocido, sin embargo, salvo para algunos intelectuales argentinos y otros colegas de desenfreno. Vivió la literatura como si en verdad la quisiera condensar, acabar con ella, más bien, cual glotón que al fin se come el hambre. ¿Acaso no es esto <em>El fiord</em>, primer opúsculo que le dio remota notoriedad?</p>
<p>‹‹Las incertidumbres y los miedos son iguales para todos —está escrito en la crónica—, y es que embarcarse en las letras, barco del cual Pombo podría ser capitán pirata, es un reto del que sólo las mentes más privilegiadas salen airosas. El miedo, dice Pombo, no es más que el padre de una infancia feliz. ¿Cuáles serán los suyos? Echa de menos el mar, esto seguro, y este calor madrileño tampoco parece de su agrado. Insiste en ello sentado a la sombra de la última caseta, transitada por los editores de Anagrama, otros autores del sello y alguna señora catalana que se hace notar en el bucólico parque del Retiro. En esta caseta somos todos catalanes, dice el autor de <em>Contra natura</em>: yo soy un catalán adoptivo. Una de las señoras cuenta cómo transcurrió un reciente discurso en el que hubo de hablar en catalán, cosa inaudita. Su mayor escollo, dice la señora, estuvo en la pronunciación de “diners”. Pronunciaba la erre que parecía Macià, asegura él con retranca.››</p>
<p>En la edición de este año, la presencia de Lamborghini en la Feria es similar a la del novelista cántabro, gracias a la publicación en España de sus obras completas, con motivo de la exposición que tuvo lugar en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, <em>Teatro proletario de cámara</em>, especie de testamento estético del autor, donde pornografía y poesía se dan la mano. Cuando no hay nada que hacer, dijo Lamborghini, lo que rigurosamente no se hace es literatura. Lo que no se hace, esto es. La destrucción es una constante en sus papeles, por lo que el miedo, su miedo, es también el del lector, con la añadida incertidumbre de si lo estará interpretando correctamente. En <em>Sebregondi retrocede</em> dice: cualquier dibujo de chico, si se lo mira bien, revela la influencia del padre, o la calidad del padre adulto que ha fluido hacia la mano del chico; el dibujo horroriza en el sector donde el padre ha fluido.</p>
<p>Por la Feria se pudo ver también a un joven novelista chileno contrario a la negatividad de Lamborghini —no creo en el fin de la literatura, dijo, ni en los apóstoles malditos—, un novelista de inútiles geografías, amigo de Comba, donde tampoco congregamos con la idea del autor argentino. Nuestra propuesta corre siempre contra los malos augurios que acechan la literatura y contra la banalización del término. A menudo —demasiado— se aleja de aquel espacio al que se refería el mancebo escritor, reservado a las mentes más privilegiadas. ‹‹Esquivo una farola —dice— y leo la dedicatoria que Pombo ha estampado en <em>Alrededores</em>: “Para Juan, en recuerdo de esta visita a Madrid, con el reservado afecto de Álvaro Pombo.” La leo otra vez y una nueva farola se interpone entre “Madrid” y el “reservado afecto”. Qué susto, es como si me hubiese caído de un sueño. La farola, de pronto, es mi recuerdo de una infancia feliz.››</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Vagón de silencio</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 Mar 2015 08:46:06 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Si la gente cumpliera con su parte del trato, el vagón de silencio del AVE sería una gran idea. Sin embargo, algunos viajeros parece que cayeran en dicho vagón por un azar imposible de rastrear ni adivinar, con lo cual, si se les antoja hacer ruido, hablar o carraspear hasta la saciedad, no hay otra que disculparlos por estar encadenados al lugar equivocado. Otros no, claro. Hay quienes aprovechan para estudiar, leer, adelantar trabajo o bien permanecer en silencio según el paisaje se despide del tren. A todos ellos les faltan al respeto quienes hablan, tararean canciones o atienden al teléfono sin reparo alguno, como si se encontraran en el salón de su casa, tan ricamente, con la única salvedad del aperitivito. Oh, qué bien me sentarían unas aceitunas y una caña bien fresca. ¡Y a quién no!
Tanto la caña como las aceitunas suelen sentar de maravilla, y aun para leer, ya sea narrativa, la prensa o un ensayo. La chispa que produce la cerveza puede ayudar al lector a acceder a pensamientos de otro modo insondables. Es inevitable para un pensador acudir de vez en cuando a los elixires del alcohol (y otros) con tal de alcanzar los razonamientos más conspicuos, por lo que el lector también puede precisar de la misma medicina con tal de alcanzar al autor en su pensamiento. La música funciona igual como fuente de inspiración, y en este caso, para el lector, convendría saber qué escuchaba el autor en la escritura. Esto no quiere ser tanto una afirmación como una pregunta, sin embargo. ¿Hace falta? ¿Acaso haría falta beber lo mismo que Malcolm Lowry para acceder a las peripecias del cónsul en Bajo el volcán? ¿Escuchar a Bach en una novela de Álvaro Pombo? ¿Fumar los Gauloises de Cortázar en su etapa parisina? ¿Escuchar a Charlie Parker en la lectura de El perseguidor?						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Si la gente cumpliera con su parte del trato, el vagón de silencio del AVE sería una gran idea. Sin embargo, algunos viajeros parece que cayeran en dicho vagón por un azar imposible de rastrear ni adivinar, con lo cual, si se les antoja hacer ruido, hablar o carraspear hasta la saciedad, no hay otra que disculparlos por estar encadenados al lugar equivocado. Otros no, claro. Hay quienes aprovechan para estudiar, leer, adelantar trabajo o bien permanecer en silencio según el paisaje se despide del tren. A todos ellos les faltan al respeto quienes hablan, tararean canciones o atienden al teléfono sin reparo alguno, como si se encontraran en el salón de su casa, tan ricamente, con la única salvedad del aperitivito. Oh, qué bien me sentarían unas aceitunas y una caña bien fresca. ¡Y a quién no!</p>
<p>Tanto la caña como las aceitunas suelen sentar de maravilla, y aun para leer, ya sea narrativa, la prensa o un ensayo. La chispa que produce la cerveza puede ayudar al lector a acceder a pensamientos de otro modo insondables. Es inevitable para un pensador acudir de vez en cuando a los elixires del alcohol (y otros) con tal de alcanzar los razonamientos más conspicuos, por lo que el lector también puede precisar de la misma medicina con tal de alcanzar al autor en su pensamiento. La música funciona igual como fuente de inspiración, y en este caso, para el lector, convendría saber qué escuchaba el autor en la escritura. Esto no quiere ser tanto una afirmación como una pregunta, sin embargo. ¿Hace falta? ¿Acaso haría falta beber lo mismo que Malcolm Lowry para acceder a las peripecias del cónsul en <em>Bajo el volcán</em>? ¿Escuchar a Bach en una novela de Álvaro Pombo? ¿Fumar los Gauloises de Cortázar en su etapa parisina? ¿Escuchar a Charlie Parker en la lectura de <em>El perseguidor</em>?</p>
<p>Para la edición digital sería un buen negocio introducir la música que cada autor quisiera, aquella que, en su caso, inspiró la obra o bien su escritura. Alimentos o bebidas no, dada la imposibilidad física, aunque podrían aparecer en la pantalla a modo de publicidad, en la parte inferior, seguido de su pertinente recomendación: beba con moderación, no consuma más calorías de las debidas en una sola jornada, etcétera, coletillas que se están haciendo a la vida cotidiana y sin embargo nunca aluden a la literatura. Lea con moderación, esto es, la advertencia más obvia y necesaria en una sociedad que desconfía de la palabra escrita y también del silencio que conlleva. ‹‹Es la trampa del demonio —dice Kierkegaard a propósito del silencio—: cuanto más lo guarda, tanto más temible es también el demonio.››</p>
<p>Al igual que en la época de Gutenberg, cuando se temió de la lectura interior, por dañina, una práctica que iba a acabar con la tradición oral y con la bondad de las almas, así se teme ahora al esfuerzo que supone adentrarse en un libro. A esto no ayuda en absoluto que los gobiernos de turno y los paladines de la cultura insten a los ciudadanos a leer. ¿Qué interés perseguirán?, piensa el ciudadano de a pie. Así damos con un vagón de silencio en el AVE donde los viajeros rara vez leen. Una revista, a lo sumo, los mensajes del móvil. Ya ni prospectos tienen a mano. Prefieren escuchar música a través de los auriculares, ver la película que el tren pone a su disposición o quebrar el silencio con crecientes cuchicheos. ¡Ah, silencio, qué difícil es retenerte! ¿Qué peligros esconderás? ¿Eres de verdad la trampa del demonio?</p>
<p>‹‹El silencio —añade Kierkegaard— es también un estado en el cual el individuo toma conciencia de su unión con la divinidad.›› ¿Pero cambia esto mucho las cosas, en los actuales tiempos agnósticos?</p>
<p>De los cuarenta y tantos pasajeros que están en el vagón, apenas tres leen un libro, y los tres en papel. Serán conscientes de que, puestos a asumir riesgos, los que trae el papel son auténticos, por más elementos que incluya lo digital, entre ellos, claro está, la dispersión. Según datos oficiales, apenas el tres por cinto del mercado del libro es en digital (no se computa ahí la piratería, fuera de control) y es considerada una lectura de segundo orden. Los partidarios del ensayo creen que la narrativa se lee de fábula en formato digital pues no conlleva tanta reflexión (¡) y los partidarios de la narrativa creen que el ensayo se lee de fábula en digital pues no hace falta sumergirse en una historia. Pura contradicción, en definitiva, que viaja en tren y llega al fin a los distintos hogares sin la debida advertencia, es decir, que la lectura puede atentar contra su salud: invita a la reflexión, a beber, a fumar, a tener pensamientos impuros, al tormento y al silencio. Sobre todo, al silencio. Desconfíen del silencio, donde el demonio y la divinidad se dan la mano.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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