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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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		<title>Bolaño en las catacumbas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Magnet]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 10 Oct 2016 18:40:21 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[A raíz del décimo aniversario de su muerte, en 2013, se presentó en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona una exposición sobre la obra de Roberto Bolaño. Una sala de dos alas de grandes dimensiones fue el lugar escogido, en una primera planta donde habría cabido holgadamente una exposición sobre el arte de una de las grandes dinastías egipcias. Menciono el detalle de la primera planta porque, curiosamente, la impresión al entrar es la de haber bajado a una sala subterránea. Al pasar de la luz del día a un espacio interior, hace falta un buen rato para que los conos y bastoncillos se acostumbren a la penumbra. El ambiente de aquella sala, debido a la escasa iluminación y a un constante sonido envolvente que hace pensar en agoreros (y desagradables) desgarros provenientes de las entrañas de la tierra, o que a ratos parece reproducir en sordina las oraciones de unos aterrorizados fieles en las profundidades de una catacumba, predispone al visitante a sumirse en un curioso estado, mezcla de tensión y alerta, que no contribuye en nada a una experiencia grata.
De esta manera, abstrayéndose de aquel decorado diseñado por alguien que jamás leyó a Bolaño, que habrá frecuentado discotecas con asiduidad y sufrido horribles pesadillas lisérgicas, al dar los primeros pasos los ojos del visitante se posan sobre una placa de metacrilato en que se reproduce una frase ya conocida que figura en el Manifiesto Infrarealista de 1976, probablemente acuñada por el propio Bolaño: «No sólo en los museos hay mierda.» Pareciera que el espíritu de Bolaño se ha apostado en las puertas mismas de la exposición para prevenirnos de lo que podemos encontrar durante nuestro recorrido.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/09/bolano.png"> </a></p>
<p>A raíz del décimo aniversario de su muerte, en 2013, se presentó en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona una exposición sobre la obra de Roberto Bolaño. Una sala de dos alas de grandes dimensiones fue el lugar escogido, en una primera planta donde habría cabido holgadamente una exposición sobre el arte de una de las grandes dinastías egipcias. Menciono el detalle de la primera planta porque, curiosamente, la impresión al entrar es la de haber bajado a una sala subterránea. Al pasar de la luz del día a un espacio interior, hace falta un buen rato para que los conos y bastoncillos se acostumbren a la penumbra. El ambiente de aquella sala, debido a la escasa iluminación y a un constante sonido envolvente que hace pensar en agoreros (y desagradables) desgarros provenientes de las entrañas de la tierra, o que a ratos parece reproducir en sordina las oraciones de unos aterrorizados fieles en las profundidades de una catacumba, predispone al visitante a sumirse en un curioso estado, mezcla de tensión y alerta, que no contribuye en nada a una experiencia grata.</p>
<p>De esta manera, abstrayéndose de aquel decorado diseñado por alguien que jamás leyó a Bolaño, que habrá frecuentado discotecas con asiduidad y sufrido horribles pesadillas lisérgicas, al dar los primeros pasos los ojos del visitante se posan sobre una placa de metacrilato en que se reproduce una frase ya conocida que figura en el Manifiesto Infrarealista de 1976, probablemente acuñada por el propio Bolaño: «No sólo en los museos hay mierda.» Pareciera que el espíritu de Bolaño se ha apostado en las puertas mismas de la exposición para prevenirnos de lo que podemos encontrar durante nuestro recorrido.</p>
<p>Tampoco es fortuita la alusión a la dinastía egipcia, porque, incluso quienes nunca hayan visitado una muestra de ese tipo, tendrán al poco andar la sensación de encontrarse en un ambiente que invita a adentrarse en un pasado remoto, y que en los anaqueles distribuidos a lo largo de las paredes de la sala se exhiben objetos que bien podrían ser colecciones de antiquísimas joyas, objetos litúrgicos, artefactos encontrados en alguna tumba real sepultada bajo siglos de arena, expuestos con una luz mezquina que nos dice, en este caso: «Se mira pero no se lee.»</p>
<p>En rigor, estos detalles no son verdaderamente propios de un comentario sobre una exposición, pero para quienes sufren de algún mal vertebral o escapular (alrededor del 60% de la humanidad) la altura de dichos anaqueles constituye un severo desafío. Dicha altura es fruto de la idea genuina —e ingenua— que concibe los manuscritos de Bolaño como objetos fetiche expuestos para ser mirados o «admirados», pero en ningún caso para ser leídos. La caligrafía de Bolaño, una letra menuda y apretada, no se presta precisamente a ser leída a una distancia que supere los cuarenta centímetros, distancia que obliga al visitante a permanecer inclinado en una humilde y dolorosa venia de noventa grados.</p>
<p>Hay también una buena cantidad de fotografías, cuya peculiaridad es la de retratar, en su mayor parte, una franja de la vida de Bolaño que empieza en Cataluña —en 1977— y termina con su muerte. Hay fotos de los episodios mexicanos, pero son relativamente escasas. Algo similar ocurre con la presencia de la familia chilena, o con manuscritos y diarios, en su mayoría escogidos de la misma época. Se dirá que aquello corresponde al periodo de mayor producción literaria, pero lo expuesto es una visión sesgada de una vida que tiene muchas más facetas que las del Bolaño de Barcelona, Gerona y Blanes. Como si una mano oscura hubiera impuesto límites a la posibilidad de mostrar un Bolaño más completo, de dar rienda suelta a una perspectiva más poética y menos comercial de su obra, con su tierna, entrañable y diversa mirada sobre el mundo. Algo ha quedado trunco. Esa perspectiva abierta de las distintas épocas de su vida debería incluir necesariamente la muy importante etapa final, que transcurre junto a Carmen Pérez de Vega, la mujer que se convirtió en la gran amiga de Bolaño y lo acompañó hasta el final. Ahí también, en lo que parece una censura que planea sobre la parte final de su vida, la exposición del CCCB vuelve a quedar trunca. En lugar de una muestra sobre la vida y obra de Roberto Bolaño, desde su infancia infrarealista hasta la madurez del narrador de <em>Los detectives</em> y <em>2666</em>, con el enorme caudal de vitalidad que la recorre, el visitante encuentra una muestra sobre la vida y obra de San Roberto Bolaño.</p>
<p>La miserable iluminación de aquella sala bien podría ser reemplazada por cirios de cinco vatios y no habría diferencia. El horripilante sonido envolvente evoca la melodía de un órgano agónico y pregregoriano que transmite subliminalmente la idea de que nos encontramos frente a objetos sagrados, ocultos al resto de los mortales, fijados, embalsamados a perpetuidad en sus penumbrosos nichos, como esa insólita colección de gafas, tristes y despersonalizadas, en la pequeña urna.</p>
<p>Nada de esto queda más lejos del auténtico universo de Bolaño, cuya principal virtud fue y sigue siendo arrojar luz a raudales sobre la vida misma y sobre un panorama de las letras españolas —y universales— que a ratos parece «un desierto de aburrimiento». La vida de Bolaño está marcada por la voluntad de salir al mundo abriéndose a él, rompiendo compartimentos estancos, hermanando la poesía con una experiencia vital cuyas raíces empiezan y acaban en el exilio, lo cual, en su caso, significó echar —y dejar— fugaces raíces ahí por donde pasara. La precariedad en que se desenvolvieron esas experiencias nunca fueron un pretexto para huir del mundo y refugiarse en la pretendida oscuridad que quiere connotar el decorado en que han acabado sus manuscritos. El optimismo que late en el tesón con que Bolaño encaró los momentos más apremiantes de su vida y cruzó los desiertos de aburrimiento es un optimismo alegre y mundano, nutrido por su permanente intercambio con la luminosidad de toda cosa, de toda amistad, de toda experiencia. Esto es algo que cualquiera ve en esos escritos expuestos que, ellos sí, están ahí con su valor intrínseco, queriendo desautorizar con cada una de sus líneas la mezquindad oscura que los aloja.</p>
<p>Al salir, el visitante vuelve a ver la misma cita que vio al entrar, sobre la basura y los museos, y la contradicción salta a la vista por sí sola. Sospecho que, en primer lugar, a Bolaño le habría costado mucho autorizar una exposición sobre aquello que se negaba a llamar su «obra»; en segundo lugar, si finalmente hubiese llegado a producirse y le hubiesen mostrado el resultado final, Bolaño les habría dicho que era imperativo quitar el techo, encender las luces y abrir las puertas para que penetrara el sol de mediodía, la luz y el aire, elementos que conspiran contra el oscurantismo del culto.</p>
<p>Escrito por <strong>Alberto Magnet Ferrero</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en Piensachile.com y Archivio Bolaño</p>
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		<title>Las patrias de Bolaño</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Magnet]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 26 Sep 2016 10:08:26 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[A Bolaño siempre le interesó, si es que no le obsesionó, la figura del guerrero. ¿Qué guerrero? El guerrero de la Grecia antigua, o el guerrero de una Roma donde los códigos del honor y la gloria literaria compartían rango de importancia con la guerra. A Bolaño le interesaban, en realidad, todo tipo de guerreros. Le interesaban los guerreros de la literatura, probablemente más que los de la Historia. Le interesaba más un guerrero como Erdosain que uno como Lavalle, prefería a Huckleberry Finn antes que a Patton. En realidad, los guerreros de Bolaño no pertenecían a la galería de los héroes militares. Bolaño habla de Arquíloco, poeta y mercenario griego del siglo vii a.c., pero este soldado le interesa no por sus hazañas bélicas sino porque, en un momento de la contienda, arroja lanza y escudo y huye de la batalla, un gesto heroico, hay que reconocerlo, en un mundo donde los cobardes eran ejecutados sin contemplaciones. Para Bolaño, el escritor era guerrero cuando arriesgaba, cuando daba todo lo que tenía, cuando arrojaba la lanza y el escudo del escritor-mercenario “moderno” y partía solo al encuentro de lo que la vida le depara.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>“Hay exilios que duran toda una vida y otros que duran un fin de semana.” </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>“Era un gran escritor. Un gran hombre. Así hay que empezar, según un socorrista de la Cruz Roja”. </em><br />
Roberto Bolaño</p>
<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/las-patrias-de-bolano/captura-de-pantalla-2016-09-26-a-las-12-01-27/" rel="attachment wp-att-1537"><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignleft size-full wp-image-1537" src="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/09/Captura-de-pantalla-2016-09-26-a-las-12.01.27.png" alt="captura-de-pantalla-2016-09-26-a-las-12-01-27" width="186" height="443"></a>A Bolaño siempre le interesó, si es que no le obsesionó, la figura del guerrero. ¿Qué guerrero? El guerrero de la Grecia antigua, o el guerrero de una Roma donde los códigos del honor y la gloria literaria compartían rango de importancia con la guerra. A Bolaño le interesaban, en realidad, todo tipo de guerreros. Le interesaban los guerreros de la literatura, probablemente más que los de la Historia. Le interesaba más un guerrero como Erdosain que uno como Lavalle, prefería a Huckleberry Finn antes que a Patton. En realidad, los guerreros de Bolaño no pertenecían a la galería de los héroes militares. Bolaño habla de Arquíloco, poeta y mercenario griego del siglo vii a.c., pero este soldado le interesa no por sus hazañas bélicas sino porque, en un momento de la contienda, arroja lanza y escudo y huye de la batalla, un gesto heroico, hay que reconocerlo, en un mundo donde los cobardes eran ejecutados sin contemplaciones. Para Bolaño, el escritor era guerrero cuando arriesgaba, cuando daba todo lo que tenía, cuando arrojaba la lanza y el escudo del escritor-mercenario “moderno” y partía solo al encuentro de lo que la vida le depara.</p>
<p>Las páginas recopiladas en <em>Entre paréntesis</em> (Anagrama, 2004) por Ignacio Echeverría (el Iñaki Echevarne de <em>Los detectives salvajes</em>), uno de sus grandes amigos, corresponden a una cara del universo de Bolaño, o a una cara del escritor y su quehacer que aún quedaba por descubrir. Son páginas donde Bolaño se desenvuelve con soltura y desparpajo, sobre todo; se mueve con asombrosa libertad en el mundo de la reflexión intelectual y de la crítica, hoy en día convertido en gueto, cuando no en execrable feudo de la corrección política. Bolaño no intenta ocultarse detrás de sus juicios y opiniones críticas sobre escritores del pasado y del presente, de aquí y de allá, sin esconder la mano después de tirar la piedra, una piedra que ha dejado cristales rotos a ambos lados del Atlántico.</p>
<p>A través de estos discursos (insufribles, dice él) de los artículos periodísticos y las crónicas de este volumen, se reformula una pregunta ya antigua pero sin cuya actualización la literatura no podría seguir viva: ¿Qué es un escritor? ¿De qué materia(l) está hecho? ¿De qué materia(l) están hechos sus devaneos? ¿A qué impulsos responde su necesidad de internarse por caminos desconocidos, como si el escritor perteneciera a la estirpe de los últimos aventureros? En realidad, en un mundo explorado y vuelto a explorar hasta convertir la aventura de antaño en un safari de vacaciones de verano con Coca-Cola, no es una idea descabellada. Las palabras tienen esa naturaleza casi vegetal, gracias a la cual germinan continuamente nuevas e impenetrables espesuras, que corresponden a otros tantos universos posibles.</p>
<p>El machete con que el escritor se abre camino en esa espesura es el estilo, el estilo como «hilo único y solitario del pensamiento», como decía Barthes. No es de extrañar que todo lo demás quede atrás y pierda relieve y relevancia, la patria y el inventario de sus valores, que quede atrás ese «sello común de la chilenidad, es decir, el sello común de una infancia sumida en la niebla», ni es de extrañar que pierda relieve la idea de que el escritor —el hombre— ha de someterse al concepto de patria, puesto que la llamada patria, además de ser un dato puramente casual, no es más que un territorio y una lengua, la de los padres. Lo que pervive es la lengua, porque es ella la que nos permite asomarnos al mundo, y ya en esa primera mirada darnos cuenta de que el mundo es ancho y ajeno, y que se puede recorrer, habitar, que las fronteras se pueden y se deben franquear.</p>
<p>El escritor trabaja «esté donde esté», y por eso no tiene patria. «La literatura, al contrario que la muerte, vive en la intemperie, en la desprotección, lejos de los gobiernos y las leyes, salvo la ley de la literatura, que sólo los mejores son capaces de romper. Y entonces ya no existe la literatura, sino el ejemplo.»</p>
<p>De alguna manera, la suerte de Roberto Bolaño viene a encarnar la realización de lo que se perfila como uno de los derechos humanos más elementales e irrenunciables de los tiempos modernos: el derecho de poder escoger el lugar donde se ha de morir, ya que no se puede escoger el lugar donde se nace. En muchas ocasiones, Bolaño aludió a la patria. «Mi patria es mi infancia»…«Mi patria son mis hijos»…«Mi patria son mis libros», esto decía. Cuando aludía a su nacionalidad, decía ser chileno, pero «lo mismo me da que digan que soy chileno (…) o que digan que soy mexicano (…) e incluso lo mismo me da que me consideren español». El discurso pronunciado con ocasión de la entrega del premio Rómulo Gallegos es una entrañable —tan entrañable como laberíntica— declaración de principios sobre su adhesión al ideal bolivariano, no sólo en un plano literario, sino también como metadiscurso político sobre el pasado y el futuro común de los pueblos americanos.</p>
<p>Tras el estallido de la barbarie que marcó a su generación, la generación que en 1973 tenía veinte años, la aventura chilena de Bolaño acabó en el exilio, ese exilio en que Bolaño no cree, porque el exilio, dice, es casi una condición del escritor por defecto, porque «todos los escritores son exiliados por el solo hecho de asomarse a la literatura». Con el tiempo y los años, su singladura lo llevó a tierras españolas, donde siempre se sintió a sus anchas, virtud no desdeñable, porque a menudo los chilenos se parecen a ese compatriota arquetípico que Bolaño recuerda y que soñaba con volver a Chile a «besar suelo chileno».</p>
<p>El oficio de escritor, en efecto, no se parece a ningún otro. Ni al de policía, ni al de banquero ni al de deportista. Bolaño no tiene una patria, tiene múltiples patrias, casi tantas como libros ha leído. Tiene una patria en Conrad, y tiene una patria en Kafka, en Mark Twain y en Stendhal… A diferencia del banquero, que sólo es banquero durante el horario de trabajo, el escritor es y trabaja, siempre y en todo lugar. El escritor sabe que la literatura es un oficio peligroso que lo ha alejado para siempre jamás de la patria del común de los mortales, cuyo suelo nunca llegará a besar. Quizá por eso, como broche final de una reflexión sobre la identidad del escritor, dice: «Las putas, tal vez, sean las que más se acercan al oficio de la literatura.»</p>
<p>Escrito por&nbsp;<strong>Alberto Magnet Ferrero, </strong>escritor y traductor chileno radicado en Barcelona</p>
<p>Este artículo se publicó en <a href="http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2005/01/21/las-patrias-de-roberto-bolano/">El Mostrador</a></p>
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