
Donde los libros vuelan sobre la vida
Juan Bautista Durán
El gran estuario del Río de la Plata mezcla sus aguas también en la orilla catalana, ya no sólo en el plano emotivo, esa mutua simpatía que nos une, cuanto en la presencia libresca. Este año Barcelona fue la ciudad invitada en la Feria del Libro de Buenos Aires, con gran algarabía institucional y agremiada, tres semanas de actos que tuvieron su pequeña réplica en una calleja coqueta y artística del barrio barcelonés del Raval: los argentinos Ezequiel Naya y Paula Vázquez, con Sofía Balbuena y Juan Sapia tras el mostrador, también argentinos ellos, abrieron las puertas de la librería Lata Peinada, especializada en literatura latinoamericana.
Sus estantes los forman tan sólo autores del otro lado del Atlántico, con gran presencia de argentinos y uruguayos, aunque también de otros países. «Nuestro propósito es abarcar toda Latinoamérica —comenta Naya—, a medida que vaya creciendo y conformándose el espacio.» Hay ediciones españolas pero, sobre todo, y ahí está la originalidad y valía de su propuesta, ediciones de allá que de otro modo no llegarían. Editoriales como las argentinas Argonauta, Entropía o Corregidor, así como la uruguaya HUM, tienen en Lata Peinada una representación destacada, su punta de lanza barcelonesa, tanto en poesía como narrativa o ensayo, además de teatro. Hay un rincón también para bibliófilos, unos estantes separados donde figuran libros antiguos bien conservados y enfundados. Las joyitas, las llaman. La mayor parte comprende los años entre 1950 y 1975, en ediciones por lo general argentinas.
La apertura de Lata Peinada se une a la excelente Librerío de la Plata, de Sabadell, inaugurada en 2013 y con un amplio fondo latinoamericano —si bien es generalista—, así como a La Central y Laie, siempre alerta a lo más destacado de allá. Debe el nombre a la novela homónima de Ricardo Zelarayán (1922–2010), poeta y narrador entrerriano más conocido por la novela La piel de caballo. «Una pequeña obra maestra», dijo Alan Pauls, novela de la que Adriana Hidalgo sacó en 2017 una nueva edición. En ella puede leerse el prólogo que Zelarayán escribió para la primera reedición del libro, en 1999, donde asegura haberse perdido por entonces en la escritura de Lata peinada, «una novela enorme y torrencial que ha comenzado a perderse a su vez. No sé qué hacer con ella».
Parte de Lata peinada se publicó primero por fragmentos en revistas varias, hasta que Argonauta dio a la imprenta la edición completa en 2008, disponible por supuesto en la nueva librería del Raval. De corte experimental, esta novela confirmó a Zelarayán como un autor al margen de los géneros, un autor cuya voz y exclamaciones, incluida la fijación por las moscas, atraviesa como un río las estructuras prefijadas. «Las uñas crecen como las moscas/ y las moscas vuelan sobre la vida.» Su escritura, tan caudalosa como entreverada, se asoma a una especie de desembocadura fluvial sin decidirse nunca a renunciar al agua dulce para convertirse en agua salada, un elemento definido y por tanto aprehensible. Se escabulle ahí como una mosca; genera una resaca que, en sus propias palabras, bien puede definirse como una fiesta del lenguaje.
«La palabra misterio hay que aplastarla
como se aplasta una pulga
entre los dos pulgares.
La palabra misterio ya no explica nada.»
Estos versos pertenecen a La gran salina, poema torrencial e iluminador, el más significativo de su obra poética. «Habría que reemplazar la palabra misterio —sigue—/ al menos por hoy, al menos por este poema.» Ezequiel Naya y Paula Vázquez llegaron a él a través de Fabián Casas y su taller de escritura, en Buenos Aires, muy cercano éste al autor entrerriano. «Su obra representa un símbolo que queremos poner de manifiesto en la librería —cuentan éstos—. Venimos a añadir un anaquel con libros y autores que acá se desconocen. Nosotros mismos, en nuestra escritura, nos leemos unos a otros y comentamos y corregimos nuestros trabajos. Así entendemos la literatura, compartida.» El proyecto se forjó en apenas seis meses, el tiempo en que desde el otro lado del Atlántico decidieron llevar a cabo esta empresa, seria locura para la que contaron con Sofía Balbuena y Juan Sapia, a quienes Naya había conocido en el Máster de Creación Literaria de la Pompeu Fabra, en Barcelona. Eligieron el Raval por su historia y por tratarse de un barrio cuya población está formada en gran medida por migrantes; y allá donde se halla la virgen, en la calle dedicada a ella, tan cerca de todo y aislada al mismo tiempo, encontraron un espacio diáfano que ojalá perdure y se asiente en el imaginario literario barcelonés.
Su apertura formal se dio en el día del libro, fiesta de Sant Jordi en Cataluña, con la presencia de autores de la talla de Patricio Pron, Rodrigo Díaz Cortez o Juan Pablo Villalobos. El autor que más revuelo generó, destacan, junto con Pron y su reciente premio Alfaguara de novela, fue la antropóloga y feminista argentina Rita Segato. «Apreciamos que la gente sabía a qué venía —dice Balbuena—; tenía interés en ver y rebuscar en el fondo de la librería, más allá de las novedades. Queremos crear algo parecido a una comunidad con la gente que comparte nuestros gustos e intereses.»
La novedad era la librería, y en cierto modo, también, Zelarayán. Nacido junto al río Paraná, en la ciudad que lleva su nombre, siguió de joven las aguas del río —el segundo más grande de Sudamérica— para llegarse a Buenos Aires, donde el Paraná se transformó ya en el inmenso caudal que es el Río de la Plata y en cuyo fragor de aguas Zelarayán pudo añadir su nombre a una tradición portentosa, desembocando de pasada en Barcelona. «Yo no soy un escritor», decía, una boutade propia del mismo signo y que ahora lo pone ante el reto de atraer al número 10 de la calle de la Verge a más lectores que moscas.