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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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		<title>En caravana</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Aug 2015 13:55:22 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Todas las semanas sale en prensa la correspondiente lista de ventas, en las modalidades de narrativa, ensayo y poesía, aparte del formato de bolsillo. Parece mentira que esto sea tan real, pero lo es, claro, y además es la piedra de toque en que no pocos escritores y editores miden su éxito. Otros no pueden soñar siquiera con asomarse a los últimos renglones de tales listas; están en la caravana, y no de camino a un lugar de asueto, tal como en fechas recientes estarían no pocos ciudadanos, sino en la caravana que va de la imprenta al lector. Los tramos a recorrer son varios y la transparencia en que algunos libros caen la explica cualquier traspié en alguno de estos tramos. Junto con la distribución, la difusión es quizá el más importante, ya que facilita las cosas y evita pesadas justificaciones. ‹‹Denle una oportunidad a este autor, y a ése, y a ése…›› ¿Y quiénes son? ¿Dónde están?
‹‹Yo me encuentro felizmente exiliado en el escritorio de mi casa››, decía Matías Correa en una entrevista reciente. Ah, el exilio interior, bendito exilio, fuente de inspiración y en algunos casos de prestigio; hay quienes hicieron del exilio y el desarraigo su bandera, y no les fue mal, o al menos no tan mal como a otros autores, que sólo pudieron sacar de su aislamiento el olvido de los demás. Las redes sociales ayudan hoy día a que tales aislamientos sean menos un aislamiento, sino una reclusión, un espacio de silencio desde el que dar aire al pensamiento.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Todas las semanas sale en prensa la correspondiente lista de ventas, en las modalidades de narrativa, ensayo y poesía, aparte del formato de bolsillo. Parece mentira que esto sea tan real, pero lo es, claro, y además es la piedra de toque en que no pocos escritores y editores miden su éxito. Otros no pueden soñar siquiera con asomarse a los últimos renglones de tales listas; están en la caravana, y no de camino a un lugar de asueto, tal como en fechas recientes estarían no pocos ciudadanos, sino en la caravana que va de la imprenta al lector. Los tramos a recorrer son varios y la transparencia en que algunos libros caen la explica cualquier traspié en alguno de estos tramos. Junto con la distribución, la difusión es quizá el más importante, ya que facilita las cosas y evita pesadas justificaciones. ‹‹Denle una oportunidad a este autor, y a ése, y a ése…›› ¿Y quiénes son? ¿Dónde están?</p>
<p>‹‹Yo me encuentro felizmente exiliado en el escritorio de mi casa››, decía Matías Correa en una entrevista reciente. Ah, el exilio interior, bendito exilio, fuente de inspiración y en algunos casos de prestigio; hay quienes hicieron del exilio y el desarraigo su bandera, y no les fue mal, o al menos no tan mal como a otros autores, que sólo pudieron sacar de su aislamiento el olvido de los demás. Las redes sociales ayudan hoy día a que tales aislamientos sean menos un aislamiento, sino una reclusión, un espacio de silencio desde el que dar aire al pensamiento.</p>
<p>El narrador español Miguel Ángel Hernández tuiteaba este verano: ‹‹Por fin internet en casa. Ya somos personas››, un mensaje a todas luces irónico, que sin embargo da cuenta del sentimiento actual. La libertad nos hace personas, y hoy día la libertad se camufla en internet y las nuevas tecnologías, redes sociales incluidas, donde se anda igual en caravana. La facilidad para acceder a ellas es grande, igual que para salir a la carretera o para llevar un texto a la imprenta, pero una vez ahí, con el perfil creado o el libro en las manos, la dificultad para tener eco es similar a la de llegar a la playa un primero de agosto, una vez enfilada la autopista. En el mejor de los casos, uno se encuentra en la caravana con la muchacha del Dauphine, y hablando con ella, que si su coche es más bonito que el propio, que si en aquellos años los coches eran una maravilla, uno descubre que la muchacha está de vuelta, que no va, sino vuelve de la playa, y que todo es una confusión, acceder a las redes sociales como publicar un libro sin editor (con él también) o enfilar rumbo a la playa.</p>
<p>En la caravana, entre los cientos de coches parados, aparecen las monjas del 2HP, todavía ellas; el hombre pálido del Caravelle; el ingeniero del Peugeot 404, con un modelo tal vez renovado; el matrimonio de felicidad avícola del 306 con su hija, justo detrás del Dauphine de la muchacha. Éstos dan la impresión de ir, pero en alguna rotonda previa a la autopista habrán tomado la dirección equivocada, metiéndose en la caravana de vuelta en vez de la de ida. Parados todos, no obstante, la conversación se da igual en un sentido que en otro y podría decirse que sendas caravanas son al fin y al cabo la caravana. Sólo los que tienen una buena posición en las redes sociales pueden dar cuenta del suceso —el ingeniero del Peugeot 404, por ejemplo—, hablar con otros conductores atascados en lejanas caravanas, compartir lamentos y establecer algún tipo de criterio sobre la cuestión. ‹‹Saldrá el caballero del Porsche en busca de alimentos, lo que nos dará para las próximas veinte horas, y haremos de esta caravana un feliz encuentro.››</p>
<p>El matrimonio avícola no lo puede creer, verse en semejante atasco, cuando ellos… ¿Y la niña? Que el señor del Porsche no olvide traer buenos alimentos para ella. Las monjas del 2HP se hacen bien a la idea, en cambio, con serenidad, y también la muchacha del Dauphine, quien distrae la caravana con su alegría. Trae frutas en un capazo y tiene buena conversación. El ingeniero le saca una foto para compartirla en las redes sociales y demostrar el buen ambiente que hay en su caravana. ‹‹También traigo libros —dice ella—, si alguien quiere…›› Cualquier cosa es buena con tal de no llevar la cuenta del tiempo, puestos a esperar en el infatigable misterio de la caravana, y un libro, por raro que a algunos les parezca, es preferible a estar pendientes del reloj.</p>
<p>El matrimonio avícola muestra cierto interés, de puro aburrimiento, a diferencia del ingeniero, pendiente de las redes, e igual que las monjas, hartas quizá del credo. Entonces es cuando se acerca el hombre pálido del Caravelle, despreciando a unos y a otros, derecho hacia la muchacha del Dauphine y sus libros. ‹‹¿Me permite, señorita?›› Su corrección es pálida igual, aunque en seguida se aprecia el dominio de los libros. Es librero, dice, y con lo atascado que está el mundo, qué idiota fue…, cómo no previó esta caravana y se llevó algún libro.</p>
<p>‹‹Pero va todo tan rápido, señorita: éste de Matías Correa, por ejemplo, un libro excelente, recién editado y sin embargo ya tuve que devolverlo. Las novedades nos colapsan.›› La muchacha del Dauphine, que lo ha leído estos días en la playa, lee unas palabras de Correa que subrayó: ‹‹Resulta atractiva la posibilidad de habitar otro mundo, distinto al fáctico que nos toca vivir.›› El hombre pálido dice: ‹‹Atractiva no, necesaria.›› Cuenta también que los buenos lectores deben estar muy atentos, casi en el momento en que el libro llega, lo coge el librero, lo recoge para su muestra, como en un baile sureño, y ahí ya tomarlo, antes de que el siguiente libro pueda pisarlo. ‹‹Los libros van igual en caravana —dice—, esto se sabe. Sólo ciertos autores, como Julio Cortázar o Rosa Chacel, por su prestigio, y los que conforman las listas de ventas, tienen margen para permanecer en los estantes.›› A la muchacha le entretiene tanto la conversación del hombre pálido, que lo invita a sentarse en su bello Dauphine. Quiere saber más. Que le cuente, que le cuente. Para ella, después de todo, esta caravana es casi el ideal que el ingeniero se esfuerza en mostrar en las redes sociales.</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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		<title>Vidas ajenas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 16 Jan 2015 17:57:17 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Juan Carlos Onetti]]></category>
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					<description><![CDATA[Basta con salir a la calle para desentumecerse, escampar cavilaciones y entretener la mirada en algún rostro bonito o en cualquier cerdo de la piara. No están las cosas para desperdiciar anécdotas ni motivos literarios, aunque a la postre sirva para esto, para alimentar un blog de letras más dado al juego que al excremento. Salir a la calle, en este sentido, tiene que ver con la necesidad, con un estilo que es a las letras lo que el patadón al fútbol y que tanto cuesta meter en vereda: que después del patadón la pelota siga en juego, sin interrupción, y que todas las personas que andan por la calle y por tanto la forman quepan en el relato, sin uso de calzador.
Lo intentó Juan Carlos Onetti en Avenida de Mayo – Diagonal – Avenida de Mayo, un relato que da cuenta del lado más bonaerense de Onetti y sólo pueden entender los ciudadanos de la capital argentina. Quien no la haya vivido, no podrá apreciar al cien por cien la voluntad de Onetti en esta narración. La calle es una manera de acercarse al movimiento y de ver en los pasos de los demás la propia quietud, la condición de espectadores que nos separa siempre, ficción mediante, de las vidas ajenas. Un señor que fuma un pitillo junto a la puerta de un establecimiento, una muchacha con mallas negras y zapatillas deportivas que anda deprisa, dos señoras que charlan agarradas a sus bolsos de algo que parece preocuparles, un hombre de mediana edad que habla a grito pelado. Podría estar este hombre en la Avenida de Mayo de Onetti, pero no, esto es Barcelona, la calle de Rosellón, y no sería lo mismo aunque los síntomas fueran iguales.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Basta con salir a la calle para desentumecerse, escampar cavilaciones y entretener la mirada en algún rostro bonito o en cualquier cerdo de la piara. No están las cosas para desperdiciar anécdotas ni motivos literarios, aunque a la postre sirva para esto, para alimentar un blog de letras más dado al juego que al excremento. Salir a la calle, en este sentido, tiene que ver con la necesidad, con un estilo que es a las letras lo que el patadón al fútbol y que tanto cuesta meter en vereda: que después del patadón la pelota siga en juego, sin interrupción, y que todas las personas que andan por la calle y por tanto la forman quepan en el relato, sin uso de calzador.</p>
<p>Lo intentó Juan Carlos Onetti en <em>Avenida de Mayo – Diagonal – Avenida de Mayo</em>, un relato que da cuenta del lado más bonaerense de Onetti y sólo pueden entender los ciudadanos de la capital argentina. Quien no la haya vivido, no podrá apreciar al cien por cien la voluntad de Onetti en esta narración. La calle es una manera de acercarse al movimiento y de ver en los pasos de los demás la propia quietud, la condición de espectadores que nos separa siempre, ficción mediante, de las vidas ajenas. Un señor que fuma un pitillo junto a la puerta de un establecimiento, una muchacha con mallas negras y zapatillas deportivas que anda deprisa, dos señoras que charlan agarradas a sus bolsos de algo que parece preocuparles, un hombre de mediana edad que habla a grito pelado. Podría estar este hombre en la Avenida de Mayo de Onetti, pero no, esto es Barcelona, la calle de Rosellón, y no sería lo mismo aunque los síntomas fueran iguales.</p>
<p>‹‹Tengan cuidado —dice—, en la tienda hay una polla suelta, no se la metan en el culo.›› De un lado a otro de la acera, el hombre repite y repite su advertencia según se lía un canuto con una mano y articula gestos obscenos con la otra. A la muchacha de las mallas negras le dedica los gestos, pero no a las dos señoras, quienes tienen que sortearlo y continúan a lo suyo, hasta que al fin se dan la vuelta, miran al hombre y se preguntan de qué tienda estará hablando. De ninguna, señoras…, pudo decirles el señor que fuma el pitillo, cuyos ojos también se fueron tras las mallas negras de la muchacha que anda deprisa y quizá pretenda correr pero ya no puede más. A saber de dónde viene. Sigue por la calle de Rosellón, tuerce en Balmes y tras su estela aparecen nuevas personas que se topan igual con el hombre del canuto. ‹‹Tengan cuidado… polla suelta… culo.››</p>
<p>Lo importante es la cara, y sin embargo nadie se fija en ella, atento todo el mundo al meneo de sus manos, ahora con el canuto ya liado. Bocanada de humo va… Apenas escampa el humo, surge ahí un rostro de mirada encendida e inquieta, barba hasta los carrillos, manchas negras en la frente y pelo rizado, más bien largo. En la cara está la razón de sus gestos, de su incontenible actividad y de sus palabras, de esa ilógica advertencia. ¿Una polla suelta en la tienda? ‹‹Tengan cuidado, no se la vayan a meter en el culo.›› ¿Acaso será la suya? Qué ideas, por favor, las de este pobre espectador.</p>
<p>Cuesta mucho distinguir a qué tienda se refiere y por tanto dónde está el peligro para los transeúntes, que lo miran a él, las manos, los pies, las ropas…, y aunque quieran alejarse, como el hombre está en constante movimiento, casi siempre se topan con él. Entonces se ríe, increpa, se lleva el canuto a la boca y se sacude la mano de manera provocativa, lo que causa gestos de asco en la gente.</p>
<p>Hay más muchachas que andan deprisa, señoras que conversan de temas importantes, señores con maletín y corbata, sin maletín pero con corbata, y a la inversa, otro que fuma un pitillo junto a la puerta de un establecimiento y uno que se acerca al hombre y lo llama por su nombre, o por un nombre que podría ser el suyo, al menos, y lo mira a la cara. Se miran a la cara. Se reconocen. Se quedan embelesados al margen del estupor general, ahora que ya son dos y comparten el canuto y sueltan a la par la monserga, yendo de un lado a otro de la acera como si aquello fuera la Avenida de Mayo y estuvieran actuando a las órdenes de un fabulador, de un hipotético Onetti parado ahí, buscando en la calle un motivo que al fin es pura reacción, la de ese hombre barbudo que ya son dos y se les está poniendo cara de lo que dicen y sienten.</p>
<p>En fin, que ya están hasta la…</p>
<p>Escrito por <strong>Juan Bautista Durán</strong></p>
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