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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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		<title>Roberto Bolaño en El Masnou</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Magnet]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 17 Oct 2016 15:43:26 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Hacia finales de febrero de 2003, cinco meses antes de su muerte, una librera de mi pueblo consiguió traer tras muchos empeños a Roberto Bolaño, para que hablara de lo que una lectora llamó, ante los treinta que éramos, «su obra». El Masnou pertenece a la comarca del Maresme, la misma donde vivía Bolaño, quien llegó puntual a la cita y esperó pacientemente a que la apasionada lectora, volcada en detalles de su biografía, terminara la presentación del autor.
Para empezar, Bolaño dijo que no podía hablarse de «su obra». Muchos críticos tendían a hacerlo, a hablar de su obra, pero cuando se dice obra, aclaró, sólo podemos hablar de escritores como Joyce, Kafka, Proust, Cervantes o Borges; no se puede hablar de «la obra de Bolaño».
La literatura es un oficio muy peligroso, dijo recordando a Pavese, porque rara vez el autor se siente satisfecho. Los verdaderos escritores están más cerca del suicidio, como muchos escritores lo estuvieron a lo largo de la historia. Era heroico quitarse la vida, dijo Bolaño, como aquellos romanos que en el siglo II consumaban su harakiri latino cuando llegaba el momento de poner a prueba su honor; pero esos heroísmos, como muchos otros, ya han pasado a la historia. Estamos hablando de cosas ideales, dijo, y el mundo en que vivimos no es un mundo ideal. Es un mundo distorsionado, perdido; es el comienzo de algo que ni alcanzamos a vislumbrar, sentenció como si ya hubiera estado de visita en ese mundo del futuro y hubiera regresado para contárnoslo. El mundo del futuro es un mundo dominado por el germen del kitsch que lleva en sí el sistema económico dominante, la globalización, eufemismo que oculta un gran abismo entre ricos y pobres.						]]></description>
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									<p>Hacia finales de febrero de 2003, cinco meses antes de su muerte, una librera de mi pueblo consiguió traer tras muchos empeños a Roberto Bolaño, para que hablara de lo que una lectora llamó, ante los treinta que éramos, «su obra». El Masnou pertenece a la comarca del Maresme, la misma donde vivía Bolaño, quien llegó puntual a la cita y esperó pacientemente a que la apasionada lectora, volcada en detalles de su biografía, terminara la presentación del autor.</p><p>Para empezar, Bolaño dijo que no podía hablarse de «su obra». Muchos críticos tendían a hacerlo, a hablar de su obra, pero cuando se dice obra, aclaró, sólo podemos hablar de escritores como Joyce, Kafka, Proust, Cervantes o Borges; no se puede hablar de «la obra de Bolaño».</p><p>La literatura es un oficio muy peligroso, dijo recordando a Pavese, porque rara vez el autor se siente satisfecho. Los verdaderos escritores están más cerca del suicidio, como muchos escritores lo estuvieron a lo largo de la historia. Era heroico quitarse la vida, dijo Bolaño, como aquellos romanos que en el siglo II consumaban su harakiri latino cuando llegaba el momento de poner a prueba su honor; pero esos heroísmos, como muchos otros, ya han pasado a la historia. Estamos hablando de cosas ideales, dijo, y el mundo en que vivimos no es un mundo ideal. Es un mundo distorsionado, perdido; es el comienzo de algo que ni alcanzamos a vislumbrar, sentenció como si ya hubiera estado de visita en ese mundo del futuro y hubiera regresado para contárnoslo. El mundo del futuro es un mundo dominado por el germen del kitsch que lleva en sí el sistema económico dominante, la globalización, eufemismo que oculta un gran abismo entre ricos y pobres.</p><p>De repente, en sus comentarios iniciales, Bolaño parecía un marxista, aunque a poco andar su visión del mundo era sobre todo la perspectiva de alguien que no estaba dispuesto a discutir demasiado, un hombre con un patente cansancio después de haber vivido mucho en sólo cincuenta años. Aún así, se adivinaba en él al fondista que corre contra el tiempo.</p><p>Cuando habló de sus raíces españolas, se animó. Habló de los Bolaño como un clan mundial, desde Galicia hasta el fútbol costarricense, y preguntó a quiénes de los presentes nos gustaba el fútbol. Dijo que un tal Bolaño de la liga ecuatoriana se parecía a su tío. O a alguien de su familia. <a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/bolano-en-el-masnou/dibujo-roberto-bolan%cc%83o/" rel="attachment wp-att-1580"><br /></a></p><p>Habló de Bryce, de Vargas Llosa y de aquel acierto literario de García Márquez. Habló muy bien de Javier Marías, aunque también reconoció que Marías había alcanzando un punto de desquiciamiento literario. Y habló de su patria, porque yo le pregunté: ¿Qué entiendes por patria? ¿Dónde están tus raíces? Dijo que nunca se había sentido extranjero en ningún lugar, algo que no era muy habitual entre sus compatriotas. Luego citó a un escritor contemporáneo y dijo que su patria eran sus amigos y los vínculos que había establecido con los suyos allá donde iba, que el mundo no era un lugar muy habitable pero siempre habría amigos y habría literatura, aunque esta forma de expresión estaba sin duda destinada a extinguirse. Eso dijo de la literatura. Y todos nos quedamos mirando hacia el vacío del futuro, hacia ese tiempo de extinción total de la literatura.</p><p>Bolaño estaba cómodamente arrellanado en la silla que nuestra librera había dispuesto para él. Yo estaba en primera fila y vi que tenía los cordones de las botas sueltos, que no había lavado sus tejanos en varios meses. Llevaba un delgado anorak azul (se lo quitó cuando todos empezamos a fumar), bajo el cual vestía una camisa azul arrugada. Al lado del sillón había dejado un bolso deportivo que hacía pensar en alguien que viene de la piscina municipal. Tenía el pelo revuelto; y cada vez que se lo mesaba, lo dejaba aún más revuelto. </p><p><img decoding="async" class="wp-image-4223 alignright" src="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1.jpg" alt="" width="247" height="170" srcset="https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1.jpg 640w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1-300x207.jpg 300w, https://editorialcomba.com/wp-content/uploads/2026/01/Dibujo-Roberto-Bolano-1-600x414.jpg 600w" sizes="(max-width: 247px) 100vw, 247px" /></p><p>Bolaño ya traía esa pinta en las fotos que habíamos visto de él, esa pinta de escritor libre y despreocupado de las convenciones del <em>look</em>. Y ahora lo teníamos delante, un maestro consumado del cuento, un maestro del «seco», en su prosa, como el «Martini seco», un hombre que había desarrollado un universo estilístico cuyo rasgo sobresaliente era la libertad, pero donde tampoco estaba ausente un clima de fin de mundo, un clima agorero y hostil, poblado por personajes que en una sola vida caminan varias veces por la cuerda floja. Era el Bolaño que había inyectado una dosis de inventiva sin igual en la novela hispanoamericana, que dormitaba desde los años de <em>Rayuela</em>, <em>Adán Buenosayres</em> o <em>La vida breve</em>.</p><p><em>Los detectives salvajes </em>no es sólo una odisea moderna —la de su generación—, con su compleja iconoclasia, sino también una introspección personal en busca de un demiurgo, o en busca de una condición que excluía, desinteresadamente, a la «nación», fuera física o literaria. Esa libertad se reflejaba en él a la perfección, y entonces vimos, como otros habrán visto, esa entrañable paradoja que era Bolaño, la grandeza revestida de sencillez, la fuerza revestida de fragilidad, la erudición transmitida con naturalidad, la ternura con cara de boxeador cansado.</p><p>Finalmente, quiso adentrarse en la espesa e inasible dicotomía entre ficción y realidad. Nos contó la historia de una amiga de Barcelona que había descubierto que en su edificio vivía un escritor sudamericano que tenía relaciones con la caniche de una vecina. El escritor sudamericano —no quiso dar el nombre— no sólo fornicaba con la perra, sino que, además, se había enamorado hasta las patas. Le compraba collares y calzones de <em>todo a 100</em> y le prendía flores en las orejas. Los treinta que éramos reímos; Bolaño estaba serio. Aquello era un cuento magnífico, pero también era realidad. Y él nos preguntó:</p><p>—¿Ahora ven ustedes cómo la realidad puede superar a la ficción? —Todos asentimos. Y añadió—: Pero la realidad también puede superar a la realidad, porque después descubrí que el escritor no era sudamericano sino español.</p><p>No, tampoco podía decir su nombre. Bolaño estaba visiblemente cansado y se echó hacia atrás. Se ajustó esas gafas que lo hermanaban a Brecht y nos miró.</p><p>—Creo que se nos ha acabado la conversación —dijo—. Tengo que irme y agradezco que os hayáis dado la molestia de venir a escucharme, aunque no tenga nada importante que decir.</p><p>Éramos nosotros los agradecidos. No habían pasado ni dos horas, pero Bolaño ya tenía un puñado de amigos entre los que éramos, todos los que, en esa fría noche de febrero, habíamos compartido la brillante mirada que proyectaba sobre el mundo.</p><p>Escrito por <strong>Alberto Magnet Ferrero</strong></p><p></p><p></p>								</div>
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		<title>Bolaño en las catacumbas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Magnet]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 10 Oct 2016 18:40:21 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[A raíz del décimo aniversario de su muerte, en 2013, se presentó en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona una exposición sobre la obra de Roberto Bolaño. Una sala de dos alas de grandes dimensiones fue el lugar escogido, en una primera planta donde habría cabido holgadamente una exposición sobre el arte de una de las grandes dinastías egipcias. Menciono el detalle de la primera planta porque, curiosamente, la impresión al entrar es la de haber bajado a una sala subterránea. Al pasar de la luz del día a un espacio interior, hace falta un buen rato para que los conos y bastoncillos se acostumbren a la penumbra. El ambiente de aquella sala, debido a la escasa iluminación y a un constante sonido envolvente que hace pensar en agoreros (y desagradables) desgarros provenientes de las entrañas de la tierra, o que a ratos parece reproducir en sordina las oraciones de unos aterrorizados fieles en las profundidades de una catacumba, predispone al visitante a sumirse en un curioso estado, mezcla de tensión y alerta, que no contribuye en nada a una experiencia grata.
De esta manera, abstrayéndose de aquel decorado diseñado por alguien que jamás leyó a Bolaño, que habrá frecuentado discotecas con asiduidad y sufrido horribles pesadillas lisérgicas, al dar los primeros pasos los ojos del visitante se posan sobre una placa de metacrilato en que se reproduce una frase ya conocida que figura en el Manifiesto Infrarealista de 1976, probablemente acuñada por el propio Bolaño: «No sólo en los museos hay mierda.» Pareciera que el espíritu de Bolaño se ha apostado en las puertas mismas de la exposición para prevenirnos de lo que podemos encontrar durante nuestro recorrido.						]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><a class="no-eff img-link lightbox" href="https://www.editorialcomba.com/wp-content/uploads/2016/09/bolano.png"> </a></p>
<p>A raíz del décimo aniversario de su muerte, en 2013, se presentó en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona una exposición sobre la obra de Roberto Bolaño. Una sala de dos alas de grandes dimensiones fue el lugar escogido, en una primera planta donde habría cabido holgadamente una exposición sobre el arte de una de las grandes dinastías egipcias. Menciono el detalle de la primera planta porque, curiosamente, la impresión al entrar es la de haber bajado a una sala subterránea. Al pasar de la luz del día a un espacio interior, hace falta un buen rato para que los conos y bastoncillos se acostumbren a la penumbra. El ambiente de aquella sala, debido a la escasa iluminación y a un constante sonido envolvente que hace pensar en agoreros (y desagradables) desgarros provenientes de las entrañas de la tierra, o que a ratos parece reproducir en sordina las oraciones de unos aterrorizados fieles en las profundidades de una catacumba, predispone al visitante a sumirse en un curioso estado, mezcla de tensión y alerta, que no contribuye en nada a una experiencia grata.</p>
<p>De esta manera, abstrayéndose de aquel decorado diseñado por alguien que jamás leyó a Bolaño, que habrá frecuentado discotecas con asiduidad y sufrido horribles pesadillas lisérgicas, al dar los primeros pasos los ojos del visitante se posan sobre una placa de metacrilato en que se reproduce una frase ya conocida que figura en el Manifiesto Infrarealista de 1976, probablemente acuñada por el propio Bolaño: «No sólo en los museos hay mierda.» Pareciera que el espíritu de Bolaño se ha apostado en las puertas mismas de la exposición para prevenirnos de lo que podemos encontrar durante nuestro recorrido.</p>
<p>Tampoco es fortuita la alusión a la dinastía egipcia, porque, incluso quienes nunca hayan visitado una muestra de ese tipo, tendrán al poco andar la sensación de encontrarse en un ambiente que invita a adentrarse en un pasado remoto, y que en los anaqueles distribuidos a lo largo de las paredes de la sala se exhiben objetos que bien podrían ser colecciones de antiquísimas joyas, objetos litúrgicos, artefactos encontrados en alguna tumba real sepultada bajo siglos de arena, expuestos con una luz mezquina que nos dice, en este caso: «Se mira pero no se lee.»</p>
<p>En rigor, estos detalles no son verdaderamente propios de un comentario sobre una exposición, pero para quienes sufren de algún mal vertebral o escapular (alrededor del 60% de la humanidad) la altura de dichos anaqueles constituye un severo desafío. Dicha altura es fruto de la idea genuina —e ingenua— que concibe los manuscritos de Bolaño como objetos fetiche expuestos para ser mirados o «admirados», pero en ningún caso para ser leídos. La caligrafía de Bolaño, una letra menuda y apretada, no se presta precisamente a ser leída a una distancia que supere los cuarenta centímetros, distancia que obliga al visitante a permanecer inclinado en una humilde y dolorosa venia de noventa grados.</p>
<p>Hay también una buena cantidad de fotografías, cuya peculiaridad es la de retratar, en su mayor parte, una franja de la vida de Bolaño que empieza en Cataluña —en 1977— y termina con su muerte. Hay fotos de los episodios mexicanos, pero son relativamente escasas. Algo similar ocurre con la presencia de la familia chilena, o con manuscritos y diarios, en su mayoría escogidos de la misma época. Se dirá que aquello corresponde al periodo de mayor producción literaria, pero lo expuesto es una visión sesgada de una vida que tiene muchas más facetas que las del Bolaño de Barcelona, Gerona y Blanes. Como si una mano oscura hubiera impuesto límites a la posibilidad de mostrar un Bolaño más completo, de dar rienda suelta a una perspectiva más poética y menos comercial de su obra, con su tierna, entrañable y diversa mirada sobre el mundo. Algo ha quedado trunco. Esa perspectiva abierta de las distintas épocas de su vida debería incluir necesariamente la muy importante etapa final, que transcurre junto a Carmen Pérez de Vega, la mujer que se convirtió en la gran amiga de Bolaño y lo acompañó hasta el final. Ahí también, en lo que parece una censura que planea sobre la parte final de su vida, la exposición del CCCB vuelve a quedar trunca. En lugar de una muestra sobre la vida y obra de Roberto Bolaño, desde su infancia infrarealista hasta la madurez del narrador de <em>Los detectives</em> y <em>2666</em>, con el enorme caudal de vitalidad que la recorre, el visitante encuentra una muestra sobre la vida y obra de San Roberto Bolaño.</p>
<p>La miserable iluminación de aquella sala bien podría ser reemplazada por cirios de cinco vatios y no habría diferencia. El horripilante sonido envolvente evoca la melodía de un órgano agónico y pregregoriano que transmite subliminalmente la idea de que nos encontramos frente a objetos sagrados, ocultos al resto de los mortales, fijados, embalsamados a perpetuidad en sus penumbrosos nichos, como esa insólita colección de gafas, tristes y despersonalizadas, en la pequeña urna.</p>
<p>Nada de esto queda más lejos del auténtico universo de Bolaño, cuya principal virtud fue y sigue siendo arrojar luz a raudales sobre la vida misma y sobre un panorama de las letras españolas —y universales— que a ratos parece «un desierto de aburrimiento». La vida de Bolaño está marcada por la voluntad de salir al mundo abriéndose a él, rompiendo compartimentos estancos, hermanando la poesía con una experiencia vital cuyas raíces empiezan y acaban en el exilio, lo cual, en su caso, significó echar —y dejar— fugaces raíces ahí por donde pasara. La precariedad en que se desenvolvieron esas experiencias nunca fueron un pretexto para huir del mundo y refugiarse en la pretendida oscuridad que quiere connotar el decorado en que han acabado sus manuscritos. El optimismo que late en el tesón con que Bolaño encaró los momentos más apremiantes de su vida y cruzó los desiertos de aburrimiento es un optimismo alegre y mundano, nutrido por su permanente intercambio con la luminosidad de toda cosa, de toda amistad, de toda experiencia. Esto es algo que cualquiera ve en esos escritos expuestos que, ellos sí, están ahí con su valor intrínseco, queriendo desautorizar con cada una de sus líneas la mezquindad oscura que los aloja.</p>
<p>Al salir, el visitante vuelve a ver la misma cita que vio al entrar, sobre la basura y los museos, y la contradicción salta a la vista por sí sola. Sospecho que, en primer lugar, a Bolaño le habría costado mucho autorizar una exposición sobre aquello que se negaba a llamar su «obra»; en segundo lugar, si finalmente hubiese llegado a producirse y le hubiesen mostrado el resultado final, Bolaño les habría dicho que era imperativo quitar el techo, encender las luces y abrir las puertas para que penetrara el sol de mediodía, la luz y el aire, elementos que conspiran contra el oscurantismo del culto.</p>
<p>Escrito por <strong>Alberto Magnet Ferrero</strong></p>
<p>Este artículo se publicó en Piensachile.com y Archivio Bolaño</p>
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