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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Servicio postal</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/servicio-postal/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 30 Jan 2026 09:12:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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					<description><![CDATA[Alguien tal vez debería escribirle una carta a la inteligencia artificial, una carta que pueda leerse asimismo como una despedida a la llamada inteligencia general, que ya no humana, sino general, dicen, como para que nos duela menos cuando nos demos cuenta de que nos la arrebataron.]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Arrancó el año con una agitación que no por alarmante debemos considerar sorprendente o inaudita. La lógica de los tiempos manda, siempre ha sido así. El 2 de enero llegó desde Dinamarca la noticia del cierre de su servicio postal público —Correos—, un servicio que empezó a funcionar en el país nórdico hace cuatro siglos y cuyo uso se desplomó en los últimos años. Para ello fue determinante la decisión del Estado danés en 2014 de que toda comunicación de las autoridades se hiciera de forma digital, un hecho que se viene imponiendo igual por estos pagos y que obliga a quienes tengan algún interés en el servicio postal a poner sus barbas a remojar. ¿Cómo le va a convenir a la administración la demora y el riesgo de extravío de aquél frente a la inmediatez de los medios digitales?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Están también las cartas personales, en las que cualquiera con una mínima idea romántica de la cuestión piensa al mentarle la corneta de Correos o un matasellos: las cartas con que antaño se felicitaban las fiestas, las que cada tanto se enviaban parientes y amigos que vivían lejos para ponerse al día o las cartas de amor, las únicas que acaso se mantengan medio vivas porque al amor no se le cambian los patrones con tanta facilidad. Le sienta bien la espera y la parte tangible, además, el hecho de tocar un papel y no una pantalla, de contar con algo que es de uno y hay que poner a buen recaudo porque no existe otro igual ni copia posible.</p>



<p>         Cuenta Esmeralda Berbel que en un viaje a las Canarias encontró, en una calle de Santa Cruz de la Palma, bien situado, un buzón en el que ponía «sólo cartas de amor», perteneciente al Señor Conde de Velhoco. Obsesionada con el asunto, se enteró de que la hija del conde estaba preparando un libro con las cartas de amor recibidas. Le escribió, dice, y la historia «sigue de una forma preciosa y entonces entiendo ese impulso, ese azar, esa intuición, esa obsesión mía por volver a la primera escritura, la que va directa y hay que retomar con urgencia». No desvela de qué manera sigue la historia, pero sabemos que lanzó un taller de cartas, cartas que luego se envían y de las cuales ya ha recibido alguna, en un buzón que mandó hacer <em>ex profeso</em>. Entonces concluye: «Escribir cartas es un acto revolucionario.» Lo es, puede serlo, en la medida en que detenemos el tiempo y ponemos coto a la cambiante y acelerada vorágine de las cosas.</p>



<p>         Lo decía Rosa Chacel hace medio siglo a propósito de su magnífica <a href="https://editorialcomba.com/libros/ensayo/de-mar-a-mar/">correspondencia con Ana Mª Moix</a>, al señalar que «por mucho que adoremos nuestro tiempo, por mucho que nos consagremos a él, sentimos la opresión que no nos deja —por ejemplo— escribir cartas largas. ¿Es una manía, es una identificación con la literatura la superestimación del epistolario? ¿Es el epistolario una relación de contacto personal o es un conocimiento de obra? No sé qué decir, pero en nuestro presente se nos aparece como un lujo demasiado caro». Sería inútil, absurdo, analizar aquí la distancia entre el presente de Chacel y el actual, en unas palabras, las suyas, no mucho más allá de la llegada del hombre a la luna, cuando lo más cercano a la inteligencia artificial era HAL 9000, la supercomputadora de <em>2001: una odisea en el espacio</em>. El potente desarrollo de esta artificialidad tecnológica ha servido para desprestigiar las humanidades, lo que es una tónica constante de este siglo XXI, en pos de una mayor productividad (¿?) y control social. En este sentido estamos con Berbel en que la carta puede representar un acto revolucionario, mal que sea con letra pequeña y alas de cisne. Un discreto acto revolucionario. Quizá nos enteremos andado el tiempo de que al presidente del Gobierno u otros mandamases les gustaba escribirse cartas en la intimidad, esas cosas pasan, pero para entonces ya nos habremos acostumbrado a vivir sin ellas, del mismo modo que nos estamos acostumbrando a informarnos sin leer la prensa en papel y acceder por tanto a una realidad más fragmentada, «al gusto».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En sus cartas a un joven poeta, Rainer Mª Rilke decía que para escribirlas necesitaba, en general, «algo más que el imprescindible recado: algo de silencio y soledad, y una hora no demasiado propicia». Eso explica su parte mística e introspectiva, la que en verdad atraviesa toda su obra poética y reconocemos como elemento común en el género epistolar, Rilke al margen. Suele suceder que quien escribe una carta personal desnude parte de su interior y sus sentimientos, con la correspondiente afectación verbal y lo que en términos religiosos llamaríamos elevación del espíritu. Esas experiencias suelen darse, claro, en una «hora no demasiado propicia».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En las cartas descubrimos el poderío del lenguaje y la capacidad de las palabras para influir en la realidad, que lo mismo puede ser ajena si arrastramos este ejercicio hacia el terreno de la ficción. No pocos autores se han servido de este género para penetrar mejor en la esencia y peripecia de los personajes, movidos por el deseo, la necesidad de comunicación o de desvelar algo que los atormenta. En ellas la primera y la segunda persona del verbo conviven con una naturalidad y fluidez que pocas veces se da en otros géneros, al tiempo que la experiencia contada se entrevera con apuntes e impresiones propios de la imaginación, y ahí la carta empieza a acceder al terreno literario, a convertirse, bien sea por sí misma o en su conjunto, en novela o cuento. Dependerá entonces de otros aspectos de índole formal, pero una carta al fin y al cabo, sujeta a ese impulso y esa escritura primera a la que se refiere Berbel.</p>



<p> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Alguien tal vez debería escribirle una carta a la inteligencia artificial, una carta que pueda leerse asimismo como una despedida a la llamada inteligencia general, que ya no humana, sino general, dicen, como para que nos duela menos cuando nos demos cuenta de que nos la arrebataron. «Querida inteligencia: has cambiado tanto, tantos son los vaivenes que hemos sufrido. Ya no te reconozco.» De esta guisa podría empezar, una carta sincera, sentida, en la que el desencanto se vista de ironía y pueda llevar a engaño al engendro ese artificial. No lo conseguiremos, de más está decirlo, porque esta nueva tecnología lo ha leído todo, así lo dicen, y por tanto se las sabe todas. Nos va a responder con una ajustada medición entre todas las cartas que alberga en su sistema, incluidas las de Rilke, quien en su segunda respuesta al joven poeta decía que siempre con sus cartas le daría una alegría, y eso nos dirá, que es una alegría recibir una carta nuestra, aunque no entienda nada, que no lo va a entender, porque ignora si su advenimiento es equilibrio o entropía; si el hecho de concentrar en ella tantas tareas y recursos es un bien o una lacra; si en los infinitos códigos y estadísticas que alberga hay algo que no responda a un interés económico. No lo sabe, como tampoco sabrá cuál es su dirección postal, apenas una aproximación —Palo Alto, California, la nube—, la mayor evidencia de estar asistiendo al fin de una era. Y aunque es triste, desazonador, no es algo que nos vaya a sorprender.</p>



<p></p>
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		<title>Miedo al cuento</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/miedo-al-cuento/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 17 Oct 2025 09:44:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
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		<category><![CDATA[La puerta de la felicidad]]></category>
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		<category><![CDATA[Pilar Quintana]]></category>
		<category><![CDATA[Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Martínez Llorca]]></category>
		<category><![CDATA[Verónica Nieto]]></category>
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					<description><![CDATA[Aunque ustedes no lo sepan, y es probable que así sea, echó a andar este octubre uno de los títulos más esperados del año: La puerta de la felicidad, de Luis Noriega (Cali, Colombia, 1972). ]]></description>
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<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Aunque ustedes no lo sepan, y es probable que así sea, echó a andar este octubre uno de los títulos más esperados del año: <em>La puerta de la felicidad</em>, de Luis Noriega (Cali, Colombia, 1972). Decíamos «esperado» porque Noriega tenía a sus lectores en ascuas desde la publicación de <em>Razones para desconfiar de sus vecinos</em>, que salió de imprenta hace diez años y alcanzó su mayor reconocimiento al año siguiente, en 2016, con la obtención del prestigioso Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez.</p>



<p>Son cosas que ya se han dicho y que en un país repleto de premios como éste quizá pasen desapercibidas, pero, para que se hagan una idea de su magnitud, se podría decir sin exagerar que muchos autores cambiarían un puñado de los premios cosechados por el reconocimiento del jurado en el García Márquez. Entre los premiados figuran también los argentinos Guillermo Martínez y Edgardo Cozarisnky, la boliviana Magela Baudoin y el español Alejandro Morellón, en el corto periodo en que se mantuvo en pie un premio tan exquisito como reputado. Uno de cuentos, de narrativa breve, esto es. ¿Qué se puede esperar luego?</p>



<p><em>La puerta de la felicidad</em>, ésta es la respuesta. En la mesa de edición debatimos con el autor si convenía añadir la coletilla «y otros cuentos», opción que a la postre desestimamos por ser propia de otros tiempos. En los libros de este género se tiende hoy día a esconder su naturaleza, como si la palabra «cuento» causara cierta distancia o incluso miedo. ¿Y no es el miedo un reclamo genial, un magnífico polo de atracción? Quienes aprenden a manejarlo son a posteriori quienes más cerca se sitúan de esa abstracción mayor, la felicidad, sentimiento que podríamos definir como «plenitud del alma» y con cuya ambivalencia juega Noriega en la excepcional pieza que da título al libro. ¿No es acaso su búsqueda la que da nombre a la felicidad?, parece insinuarnos. Y en esa búsqueda, dentro de los obstáculos a los que hay que hacer frente, el mayor de ellos, el que si bien no la llena, paraliza el alma, es sin duda el miedo.</p>



<p>En Comba temíamos que después <em>Razones para desconfiar de sus vecinos</em> el autor caleño se hubiera quedado más pendiente de las puertas ajenas que de la propia, lo cual, por fortuna, no fue así. De los cuentos que conforman el presente volumen habíamos podido leer dos en sendas antologías —los que de algún modo nos obligan a bailar más pegados al miedo: ‘Bogotá DZ’ e ‘Identikit’—, así como una versión primigenia de ‘La puerta de la felicidad’. Algo de miedo infunde éste también, salvo que en otro sentido: el que provoca el fetichismo y sus eventuales efectos, en un marco tan casual que es difícil no simpatizar con los personajes de la historia y la dichosa puerta. «Yo me había convertido en un creyente o, por lo menos, en un tipo que quería creer —dice el narrador—; no en los poderes mágicos de una fotografía pintoresca sino en la felicidad, en la felicidad real.»</p>



<p>Unos pocos críticos se han hecho eco ya de la publicación, con un elogio general. «Estamos frente a un cuentista que tiene bien asumidos los parámetros del género y que, además, tiene algo tan importante como es un mundo interior en el que navegan temas que nos afectan muy de cerca» (Ricardo Mtez. Llorca, <em>Culturamas</em>). «Historias que parecen encontrarse en la frontera: la realidad se rasga y accedemos a otras variaciones posibles donde las leyes lógicas pueden ser distintas» (Verónica Nieto, <em>Rumiar la Biblioteca</em>). Palabras como éstas vienen acompañadas de otras más entusiastas —«uno de los mejores libros de cuentos del año» (Mtez. Llorca)— y nos remiten a las que le dedicó la narradora colombiana Pilar Quintana, asegurando que «Noriega es un maestro de la narrativa breve y sus cuentos divierten, asombran, espeluznan, conmueven y se te quedan adentro». Ahí es nada. Dijo también que el libro se situaba en los márgenes de la ciencia ficción, comentario que encuentra su matiz en la reseña de Nieto, al hablar de «narrativa de anticipación y nuevas tecnologías».</p>



<p>Tan complicado se nos puso el mundo, en efecto, una nueva realidad a la que estas historias no son ajenas. Claro que no todas responden a la misma naturaleza y por lo tanto tratar de englobar el libro bajo un único término, como sí se podría hacer en una novela, es muy aventurado. Su herencia directa acaso esté en el cuento fantástico y las múltiples raíces que echó en Hispanoamérica, con la pieza titulada ‘Vamos con retraso’ como caso más paradigmático. Pero no caen tan lejos los otros, no pretende Noriega —no da esa impresión— mezclar la gimnasia con la magnesia, sino oscilar entre los límites de la realidad y la conciencia, como quien simplemente se pregunta qué pasaría si… Y a lo mejor lo que asoma ahí es la ciencia ficción, a lo mejor la propia puerta es ciencia ficción o, por qué no, pregúntenselo ustedes mismos, no hay mayor ejemplo de ciencia ficción que la felicidad.</p>



<p>Lo que es indudable es que estamos ante un excelente libro de cuentos, en el que Noriega quiso mantener una estructura similar a la del libro anterior, con nueve piezas, una de las cuales, la penúltima, se desglosa en un tríptico. ¿Será por fetichismo con los múltiplos de tres? La respuesta no está clara, menos aún si añadimos que este título es el número sesenta de la editorial. «Espeluznante», diría Pilar Quintana. Y así es, un libro espeluznante, divertido, asombroso y conmovedor. Asómense y abran esta puerta. Háganlo, en serio, no les vaya a temblar el pulso.</p>
								</div>
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		<title>Agenda</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/agenda/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 31 Aug 2025 08:50:45 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Como una de las cosas que más cansancio genera es la dispersión, no estar centrados en una única y certera tarea —a poder ser real—, vayamos a lo nuestro, es decir, a la agenda de Comba para otoño.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Por Juan Bautista Durán</p>
<p>Pasa el verano y con él sus alegrías y sus horrores, que no fueron pocos este año, con el asfixiante calor y la fuerza de las llamas en la España centro y noroccidental. Desde estas líneas, mal que sean simples palabras, mandamos todo nuestro apoyo a la población afectada. Debe abrirse ahora una agenda que imaginamos ingente y de muy largo alcance para la recuperación de los territorios arrasados, una agenda que sea eficaz y sirva —además— como mínima reparación al bochorno político que la ciudadanía hubo de presenciar mientras las llamas devoraban campos, bosques e incluso pueblos. Lo peor acaso sea que tal bochorno lo estamos normalizando con nuestra clase dirigente.</p>
<p>No suele tener este blog un tono político, y de ser así es por cuestiones afines a esa entelequia llamada cultura, la cual, por otra parte, carga con su propio fuego. Demasiado a menudo vemos cómo se emplea cual escudo o mero eufemismo para ocultar intereses arteros. «Es lo que queda después de haber olvidado lo que se aprendió», dijo André Maurois de la cultura, en una definición tan acertada como ambigua. También la agenda es un eufemismo, mucho más que ese objeto con el que nos enseñaron a organizar nuestras tareas en el colegio. Es tiempo, los días que pasan y los que están por venir; es obligación y voluntad de hacer algo, y por lo tanto es igual preocupación e ilusión; es recuerdo, la memoria de cuanto hicimos en los meses anteriores e incluso la imagen de los pupitres del colegio; pero, sobre todo, al hablar de agenda hablamos de un futuro marcado.</p>
<p>En esta web tuvimos en los primeros años una pestaña así llamada, «agenda», pestaña que hubo que eliminar pues no se correspondía con el signo de los tiempos a los que estábamos accediendo. La instauración de las redes sociales y de las aplicaciones en los móviles habría de cambiar, entre otras tantas cosas, el modo de manejarnos con la agenda. Y lo que nos espera. Si bien es fácil pensar en las grandes libretas en las que todo quisque anotaba antaño sus obligaciones, cuesta más figurarse la manera en que dentro de unos años vamos a visualizar nuestros quehaceres. Ya son muchos los que hoy fían su orden diario a los aparatos electrónicos, tan versátil y veloz la tecnología que no deja de sorprendernos con sus avances.</p>
<p>Desde su boletín semanal, Jorge Carrión nos informa de que este verano la agenda de «la ciencia y la tecnología proseguía con su avance apisonador». Destaca que «el 25 de junio DeepMind dio a conocer AlphaGenome, la inteligencia artificial que se propone interpretar lo que hacen el 98% de los genes, conocidos como materia oscura genética o ADN basura, que en realidad tienen la clave de todo», y que en agosto llegó «el GPT-5, que redacta todavía mejor que el 4 y casi escribe literatura». Habla de nuevas fronteras del conocimiento, de las cuales viene convirtiéndose desde la escritura en su vocero mejor informado.</p>
<p>Con la inteligencia artificial, según recoge del ensayo de Daniel Innerarity <em>Una teoría crítica de la inteligencia artificial</em>, la información fluye desde el futuro al presente y no desde el pasado al presente, como hasta ahora. Si el concepto ya es llamativo en sí, lo es más todavía si tenemos en cuenta que desde la crisis financiera del 2008 y hasta anteayer se hablaba de la ausencia de futuro como uno de los problemas de las nuevas generaciones. ¿Vamos a recibir información pues de algo que se nos está vetando? Hay que profundizar más en esta idea, en caso de tener sustento, porque así dicha no sólo suena críptica, sino fea, muy fea.</p>
<p>Y como una de las cosas que más cansancio genera es la dispersión, no estar centrados en una única y certera tarea —a poder ser real—, vayamos a lo nuestro, es decir, a la agenda de Comba para otoño. En septiembre va a salir una de las novedades más esperadas del año, <em>La puerta de la felicidad</em>, el nuevo libro de cuentos del narrador colombiano Luis Noriega tras <em>Razones para desconfiar de sus vecinos</em>, obra merecedora en 2016 del prestigioso Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. En octubre y en coedición con la editorial vallisoletana Lastarria &amp; De Mora, llega el ensayo <em>José María Arguedas: un escritor de culto</em>, del ensayista y antropólogo peruano Gabriel Arriarán, quien nos visitará a finales del mismo mes para la promoción del libro. En esas fechas recibiremos también desde Perú a Ximena López Bustamante para la promoción de <em>Sombra celeste</em>, poemario que desde su publicación en abril viene recibiendo numerosos elogios.</p>
<p>La visita de los autores peruanos, junto con la promoción de <em>La puerta de la felicidad</em> y de otros títulos recientes como <em>El chico que ganaba todos los premios</em>, de Miguel Á. González, nos llevará a Sabadell, Madrid o Valladolid, pasando incluso por Ginebra, nuevo horizonte para Ernesto Escobar Ulloa y su novela. Vayamos con un desglose de los actos confirmados a día de hoy, de los cuales daremos debida cuenta a través de nuestras redes sociales según se acerquen las fechas:</p>
<ul>
<li>Martes 30 de septiembre en Librería Albatros, Ginebra: presentación de <em>Horizonte tardío</em>, de Ernesto Escobar Ulloa, acompañado por Belinda Palacios.</li>
<li>Sábado 18 de octubre en Librerío de la Plata, Sabadell: «Nuevos horizontes de la literatura peruana», con Ximena López Bustamante y Ernesto Escobar Ulloa.</li>
<li>Miércoles 22 de octubre en Casa Amèrica Catalunya, Barcelona: «Cuento y poesía: influencias y confluencias», con Luis Noriega y Ximena López Bustamante.</li>
<li>Sábado 25 de octubre en Animal Sospechoso, Barcelona: recital de poesía, con Ximena López Bustamante y otros poetas.</li>
<li>Martes 28 de octubre en Casa América, Madrid: dentro del IV Encuentro LAT, comprendido entre los días 27 y 29, participación en las mesas respectivas de Ximena López Bustamante, Gabriel Arriarán y Luis Noriega, por este orden.</li>
<li>Jueves 30 de octubre en Terán Libros, Madrid: presentación de <em>El chico que ganaba todos los premios</em>, de Miguel Á. González.</li>
<li>Miércoles 5 de noviembre en Universidad de Valladolid: ponencia de Gabriel Arriarán sobre literatura y antropología a partir de su ensayo <em>José María Arguedas: un escritor de culto</em>.</li>
</ul>
<p>Éste es, desde nuestra humilde inteligencia cerebral, todo el futuro que hoy somos capaces de adelantar, pendientes de otros posibles actos. Confiamos en que se cumpla sin complicaciones ni incidentes que puedan sacudir eso que damos en llamar «agenda».</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Amistad y cambalache</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/amistad-y-cambalache/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Feb 2025 09:26:02 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Tras su aplaudida incursión en las miserias provincianas realizada en "Arauco" (Comba, 2022), Zurita se encomienda ahora al espíritu tanguero para proponer al lector un baile a dos tiempos, entre Santiago de Chile y Barcelona, un baile que rezuma por igual amor a la literatura y a la música, y en el cual se gesta una afrenta. ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p></p>



<p>Ante la avalancha que nos viene cercando e ignoramos de qué atropellos será capaz, Juan Manuel Zurita (Chile, 1978) osa hablarnos en su nueva novela de una infamia particular. Y casi atemporal. Una infamia con aroma a tango viejo y tonadilla no por trillada menos certera. «Soy alumno de Enrique Santos Discépolo —dice, fiel admirador del compositor de tangos—, vengo de esta escuela emocional.»</p>



<p>Tras su aplaudida incursión en las miserias provincianas realizada en <em>Arauco</em> (Comba, 2022), se encomienda ahora al espíritu tanguero para proponer al lector un baile a dos tiempos, entre Santiago de Chile y Barcelona, un baile que rezuma por igual amor a la literatura y a la música, y en cuyo entrevero se gesta una afrenta. Lo intuimos a cada paso, adelante o atrás, agarre de cintura o prudente distanciamiento corporal, en la trabada amistad que mantienen los dos protagonistas, estudiantes chilenos de letras en Barcelona.</p>



<p>La primera frase del libro da buena cuenta del compás que ha de llevar el baile: «Sostengo con absoluta seguridad que, a pesar de todo el esfuerzo por parecer lo contrario, Juan José Gatica fue un tipo feliz.» Lo dice Andrés, con un barroquismo desenfadado que es epítome de su complejo carácter y de su amistad con Gatica, también llamado Juanjo.</p>



<p><em>This is Music o Historia particular de un infame</em> es ante todo una novela sobre la amistad, tal cual destacó el autor en la presentación. Fue un sábado a la hora del vermut en la librería Documenta, una presentación que lo mismo podríamos haber celebrado en la puerta de embarque de un vuelo Barcelona–Santiago de Chile. La cuestión era presentarlo antes de su partida, porque Juan Manuel, como integrante casi del baile que lleva a cabo en la novela, cierra este febrero una larga, larguísima etapa barcelonesa. Más de diez años en la capital catalana, más autóctono ya que otros de apellido local que sacan pecho al pronunciar su nombre. Esto se aprecia en la naturalidad con que sus personajes callejean por el Ensanche o por el Raval, con que nombran la ciudad y la frecuentan, dejan que haga su voluntad con ellos y los pierda y los ordene y los vuelva a encontrar, bien sea en una terraza, bien en una canción o en una cita de Borges. Algo similar sucede con Santiago, pero esta crónica está escrita del lado de acá, desde la propia librería Documenta, en un sábado invernal afectado de primavera.</p>



<p>Una cuarentena de personas acogía en semicírculo a los ponentes, es decir, al propio autor y a la presentadora, la profesora y también escritora Constanza Ternicier. A un lado quedaba el editor, quien suscribe estas líneas, sombra orgullosa de la obra y partícipe en su discreta medida. No es un papel simple el del editor en estos casos, ya que es artífice de la publicación y tomar la voz resultaría por ello redundante, un redoble de tambores neutralizado en sí mismo. Claro que, después del autor, es quien más sabe de la obra. Y por eso, como aquél, el editor siente curiosidad y quiere saber a través de la percepción de los lectores.</p>



<p>En un momento dado Constanza dijo: «Eso habría que preguntárselo al editor, que está ahí… parece que despistado.» Nada más lejos de la realidad. El editor estaba lápiz en mano, tomando nota de las valiosas aportaciones de la presentadora y de las no menos oportunas respuestas del autor. «¿Escribe uno para pertenecer a algo?», preguntó ella, a lo que Juan Manuel nos brindó una respuesta olímpica, de las que quedan en la memoria de la gente: «Escribí <em>Arauco</em> en recuerdo de mi padre, un homenaje que le dediqué, y esta novela es un homenaje a mí mismo.» Borges, en su pose afrancesada, habría definido esta salida como una <em>boutade</em>. Necesaria, por lo demás; uno no puede ser sincero cuando le preguntan en público si a lo que viene dedicando los últimos años de su vida no es sino un esfuerzo, una voluntad de pertenencia. Lo es y no lo es. La escritura, que suele nacer de un desencanto íntimo, personal, contiene a su vez una paradoja difícil de calibrar: requiere de una distancia social que a su conclusión no tiene por qué verse superada, sino todo lo contrario. Y así uno sigue escribiendo. ¿Es por voluntad de pertenencia? Es por oficio, en el mejor de los casos, por ese deseo de ser sujeto y verbo a la vez, de sentirse colmado en la palabra y en los actos de cada personaje.&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>«No siempre somos buenos», dijo Juan Manuel. Y de la asunción de esta contrariedad, acaso flaqueza, nace o puede nacer el impulso literario. La infamia que tiene lugar en <em>This is Music</em> da buena cuenta de ello, en un juego —baile— que como bien dijo Constanza alude asimismo a la idea del doble, a las dos caras de la misma moneda que, pese a su oposición, deben convivir la una con la otra. Es también un conflicto de clases, con sus envidias y sus resquemores, un conflicto que tiene su eco tanto en el lado de allá como en el de acá, si bien los términos son distintos y puede quedar disimulado en las canciones. Que Juanjo y Andrés tarareen los mismos temas no significa que compartan los mismo motivos y quebraderos de cabeza. Juanjo es un pijo diletante; Andrés, un romántico resentido y con aspiraciones literarias. Los une sin embargo la pasión por bandas como The Verve, Sumo o The Cure, cuyos temas resuenan entre líneas y apoyan el intenso ritmo de la novela. </p>



<p>Toda frase de Juan Manuel es intencionada y se hilvana con fuerza con la siguiente, en una viva concatenación que ya se apreciaba en <em>Arauco</em> y a la que ahora añade, en palabras de Constanza, una mayor variedad de registros. Lo mismo que en algunos pasajes se acerca al género policial, en otros toma un aire de novela de campus, se entrega a profundas conversaciones o acude a un tono periodístico…, una variedad fruto de la larga cocción de la novela y que hace bueno el verso de Discépolo en ‘Cambalache’: «Todo es igual, nada es mejor.» Así Juan Manuel, que tiene justificadas aspiraciones de gran profesor, ha volcado en <em>This is Music o Historia particular de un infame</em> unos conocimientos musicales, literarios y sobre todo humanos, sociológicos, que van de la calle a las aulas y a la inversa, y en los cuales se distinguen las trazas de los cambalaches en que la vida se ha mezclado.</p>



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		<title>La importancia de la literatura</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/la-importancia-de-la-literatura/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Feb 2025 11:24:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Álvaro Pombo]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Miguel Delibes]]></category>
		<category><![CDATA[premio Cervantes]]></category>
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					<description><![CDATA[El próximo 23 de abril Álvaro Pombo va a recibir el Premio Cervantes, un merecido reconocimiento que celebramos cuantos conocemos su obra y que ojalá sirva para que llegue a quienes aún no han tenido ocasión de acercarse a ella. ]]></description>
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<p>Por Juan Bautista Durán</p>



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<p>El próximo 23 de abril Álvaro Pombo (Santander, 1939) va a recibir el Premio Cervantes, un merecido reconocimiento que celebramos cuantos conocemos su obra y que ojalá sirva para que llegue a quienes aún no han tenido ocasión de acercarse a ella. En Comba recibimos la noticia con gran entusiasmo, casi como si fuera un autor de nuestro catálogo, tras un año duro en el que por momentos el peso de los libros parecía a punto de doblar la columna que sostiene este entramado de palabras.</p>



<p>Cuesta sobrellevar estos tiempos en que el valor de las obras literarias está sujeto a su exposición en las redes sociales y a la cantidad de fotos que reciben, cuando los libros, si acaso son fotogénicos, lo son en la medida en que prefiguran inteligencia y conocimiento; es decir, no lo son por aquello que vemos, sino por cuanto entrañan. Y que la suerte de un título dependa de la pericia de quien lo fotografía, graba o saca a pasear, habla mal, muy mal, de esta época en que la falta de lectores se compensa con costosos másteres de escritura creativa. Es fácil entonces que algunos vean en el libro un objeto sagrado, de culto, que en unos casos genera distancia y en otros una ambición protagónica, de estampar el nombre propio en las cubiertas, cuando la literatura debe incumbir por igual al lector y al escritor.&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Un libro no <em>se hace</em> tan sólo al ser escrito, sino también al ser leído, un hecho que por paradójico que parezca no es sino la esencia del lenguaje: emisor y receptor. ¿Qué tal si fomentáramos másteres de <em>lectura</em> creativa? Pombo es un autor que logra acortar la distancia entre ambas figuras, y esto es, en parte, gracias a que dicta sus narraciones. Es un hecho muy llamativo y característico de su obra, hecho en el que incidí en la semblanza que escribí sobre él en 2013 para <em>El Diario Montañés</em>. «Se nota en el trato personal lo mismo que en la literatura —decía—. Una vez le pregunté si también leía en alto, lo que evidentemente no es así, puesto que no le daría la garganta para tanta perorata. Me respondió con una risotada estruendosa y sincera, propia de un hombre elocuente como él, escritor en todas las acepciones de la palabra: poeta, filósofo y narrador.</p>



<p>»Pombo dicta sus historias por una cuestión de comodidad personal, para no perder comba, se diría, en el proceso que va de la idea al papel. Su estilo es muy característico, claramente oral, y merece la admiración de los lectores y de quienes escribimos, no sólo por los resultados que consigue, sino por la fuerza mental que el dictado requiere. Antaño se conocía el caso de Eugenio D’Ors, quien también dictaba, salvo que D’Ors dictaba ensayos y sus famosas glosas, no historias, con sus personajes, sus emociones y sus circunstancias. Por eso Álvaro Pombo es un narrador en toda regla, al que el largo recorrido de la novela, por su estilo, le viene como anillo al dedo. Desmonta a los personajes como en una mesa de operaciones; los pone del derecho y del revés, los prueba en tal o cual situación, siempre con nervio, a fin de analizar sus respectivas personalidades.</p>



<p>»Se cumplen ahora treinta años de la publicación de <em>El héroe de las mansardas de Mansard</em>, gran evocación de la infancia, de los años posteriores a la Guerra Civil y de un mundo señorial que conoce de primera mano. Con esta novela puso la base de un universo donde los niños buscan su lugar entre señoras que toman el té de las cinco. Ni tía Eugenia ni Kús-Kús, ni posteriormente el Ceporro y el Chino, protagonistas de <em>Aparición del eterno femenino contada por S. M. el Rey</em>, pasan sin más ni más por la mente del lector. Tampoco pasan desapercibidos los protagonistas de <em>Contra natura </em>o <em>El cielo raso</em>, dos de sus títulos más significativos en cuanto al tratamiento de la homosexualidad contemporánea, donde la frescura inocente de Kús-Kús y compañía se torna en una madurez perspicaz y necesitada de afecto. Pombo explora cuantas inquietudes siente en sí mismo y en quienes le rodean a través de sus personajes, a quienes da un nombre y un entorno para que ejerzan de punta de lanza.</p>



<p>»No menos importantes, por cierto, son los títulos que da a los libros, o a las narraciones breves, con casos tan sonados e irónicos como <em>Avatar con peripecia de la reaparecida pitillera de Su Alteza Imperial la Archiduquesa Olga Alejandrovna</em>. De sus novelas habría que destacar en este sentido <em>Telepena de Celia Cecilia Villalobo </em>o <em>El metro de platino iridiado</em>, además de otros títulos ya mencionados. En ellos se encuentran a un tiempo su vis poética y la filosófica, tan presentes en toda su obra.»</p>



<p>Más de una década después de esta semblanza y ya metido el autor cántabro en los ochenta y tantos, sorprende que no haya cejado en su impulso narrativo ni cedido tampoco a la tentación de obras fáciles o meros refritos. Desde entonces ha publicado un ensayo, un libro de cuentos y ocho novelas, lo que se dice pronto, entre las cuales hay un título notable como <em>Santander, 1936</em>. Solía poner el ejemplo de Miguel Delibes y su gran novela <em>El hereje</em>, que el autor vallisoletano dio a la imprenta con casi ochenta años, para demostrar que la edad y sus achaques no deben ser un impedimento para este oficio suyo de contar historias. «Como dice el refrán, el que hace un cesto, hace ciento, y esto es lo mismo. Lo que me alegra es la conciencia de que puedo escribir. Si me faltara esta rutina, me sentiría perdido», aseguraba en una entrevista que le hice en 2015 para <em>Revista</em> <em>Quimera</em>.</p>



<p>Me recibió ese día con un gorrito azul en la cabeza que por lo visto sigue usando —si no es el mismo, es uno muy parecido—, reflejo de su raíz cántabra, de su ventana al norte, al mar, un gorrito que dudo mucho que vaya a ponerse para la entrega del Cervantes. Lo que no va a faltar en cambio son su guasa y su clarividencia, su capacidad de jugar con el lenguaje para expresar en palabras lo que los demás apenas intuimos. «La literatura —me dijo al final de la entrevista—, en contraste con las infinitas ventajas que han traído las nuevas tecnologías, tiene hoy día una función muy importante, en la purificación del dialecto de la tribu.»</p>



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<p>En la imagen: Álvaro Pombo visto por Sergio Enríquez-Nistal&nbsp;</p>



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		<title>Relaciones de ida y vuelta</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/relaciones-de-ida-y-vuelta/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 Dec 2024 10:24:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[Camus]]></category>
		<category><![CDATA[escritura]]></category>
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					<description><![CDATA[Las reglas brillan más en sus excepciones, en el contraste que plantean, y en este caso nos trasladan a una tercera cuestión, a la que voy a acudir dando un salto hiperbólico, cuando no deportivo, relacionando la escritura con el tenis. ¿Piensa el autor en el lector? ]]></description>
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<p>Por Juan Bautista Durán</p>



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<p>«Tantas formas hay de empezar una narración como de no empezarla.» Sentencias como ésta se repetirán a diario en los cientos de talleres de creación que pueblan el actual panorama literario. Y razón no les faltará, si es que eso dicen, puesto que el mismo embrollo de dar inicio a un texto puede surtir un efecto nulo; es decir, que al final nada arranque.</p>



<p>Hace años se hablaba de que lo ideal era emplear una frase subordinada, sin excesivas cláusulas, que incluyera el tono y el propósito de lo que uno va a contar sin desvelar nada, captando así la atención del lector. Un ejemplo paradigmático es el inicio de <em>Cien años de soledad</em>, tantos años después, cuya estructura ha sido reproducida con mínimas variantes no pocas veces. Sin embargo, Camus lo logra también en <em>El extranjero</em> al decir «Hoy ha muerto mamá», forma tan lacónica como directa de iniciar la narración, a la que añade la inmediata y humana disyuntiva: «O tal vez ayer, no lo sé.»</p>



<p>Las reglas brillan más en sus excepciones, en el contraste que plantean, y en este caso nos trasladan a una tercera cuestión, a la que voy a acudir dando un salto hiperbólico, cuando no deportivo, relacionando la escritura con el tenis. ¿Piensa el autor en el lector? Lo fácil es decir «no» a la manera onettiana —«escribo para mí: para mi placer, para mi vicio, para mi propia condenación»—, al igual que un tenista puede decir que juega para sí, para su disfrute y su reto personal. Suena idílico, no obstante, una cuadratura imposible para tan complejo círculo.</p>



<p>El autor construye una historia del mismo modo que un tenista ha de construir una jugada, un punto, el partido entero, con técnicas distintas, enfrentándose a las situaciones que su oponente le plantee y esperando el reconocimiento del público. Que éste entienda cómo quiere construir la jugada y por qué, qué tipo de juego quiere llevar a cabo. Claro que no va a salir a jugar con esa masa externa en la cabeza, sino todo lo contrario, abstrayéndose de ella, de la presión que pueda ejercer en sus golpes, para centrarse en la oposición y el juego que practique su rival. A dónde quiere llevarlo, cómo puede anular sus puntos fuertes.</p>



<p>El escritor debe conducir también a sus personajes, y sabe que no es algo simple, puesto que el personaje sólo será creíble en la medida en que presente algún tipo de oposición, que reclame su autonomía frente a lo que, si no, sería mera obediencia. Es evidente que cuando uno más brilla es en los retos difíciles, ante los jugadores que lo lleven al límite de sus posibilidades y los personajes que lo sitúen ante las situaciones más insólitas y profundas. En ambos casos hay que acogerse a unas normas, un patrón del cual el lector-espectador debe estar avisado para apreciar el juego en su plenitud. Esto forma parte también del diálogo a tres bandas, donde el lector-espectador es sólo receptor. Si participa es a posteriori, segundos después; primero va la concatenación de golpes, de palabras, las cuales no pueden depender de la recepción de nadie externo pues eso cortaría el juego, el ritmo de la narración.</p>



<p>El objetivo de un escritor, contaba Proust, es el esclarecimiento de una verdad interior entrevista, sin ocuparse de las demás. Su producción, pese a venir inspirada en la relación y convivencia con los demás, sea del modo que sea, sólo habrá sido posible a condición de no pensar en los otros mientras estaba pendiente de la obra. La paradoja esencial en la creación consiste en encerrarse para abrirse, en separarse para unirse a los demás. También los tenistas piden silencio antes de poner la pelota en juego, tienen que tomar distancia del escenario y estar sólo para su juego. Ahí tratan igual de ser creativos. Pero no para el público, sino en la medida en que esa creatividad sirve para propiciar nuevas situaciones de juego favorables a uno mismo, para gustarse, saberse en sintonía con lo que uno tenía en mente y se siente capaz de ofrecer. El lector-espectador se enganchará a poco que el juego fluya. Y si no se engancha, no pasa nada, otros lo harán.</p>



<p>El lector, si bien es el que da sentido último a la escritura, no es su agente inmediato, su voluntad inicial, ya que la escritura es la forma más elevada de pensamiento y si uno se entretiene en reverencias al lector se pierde y devalúa. Todo arte, y la literatura lo es en su lado creativo, se descompone cuando se lo quiere encauzar en exceso. Muchos autores de éxito perdieron peso en ese tener presente al lector, al querer contentarlo, cuando la búsqueda literaria del escritor es a un tiempo enriquecedora para la obra y para el lector.</p>



<p>Con esto no se quiere decir que uno escriba para sí mismo, teoría que ha dado pie a largos debates y con la que es difícil comulgar, diga Onetti lo que diga, y mal que lo diga bien. Es como si al tenis le quitaran el marcador, la posibilidad de una victoria o una derrota final. Pelotear está bien, puede ser divertido, lo mismo que saltar a la comba, pero nadie iría a verlo, sería una mera exhibición, y hay que elevar el juego a un nivel donde uno supere su propia condición individual. Tiene que haber una trascendencia posterior, esto es, para la que uno debe estar preparado, siendo consciente 1) de que tendrá que lidiar con ella, y 2) de que en muy contadas ocasiones ésta tendrá un peso mayor que el propio desarrollo literario o tenístico en sí. Estas situaciones se dan después de años de trabajo serio, libre y continuo, al que siempre hay que volver si uno no quiere convertirse en un títere expuesto a intereses ajenos.&nbsp;&nbsp;</p>



<p>¿Piensa entonces el autor en el lector? Lo hace en tanto que se tiene a sí mismo como lector, el lector ideal para la obra que se propone escribir, a la que tratará de aportar los modelos más apropiados según su naturaleza. La sensación final del autor, su mayor o menor satisfacción, dentro de esa paradoja proustiana, suele ser un buen indicativo a la hora de acercarse a la obra final. Y esto es porque se sabe un poco del otro lado, en los ojos del lector.&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



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<p>En la imagen: Carlos Alcaraz en un partido de Indian Wells, 2022. </p>



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		<title>Pequeños acontecimientos</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/pequenos-acontecimientos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 11 Jul 2024 09:42:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Augusto Monterroso]]></category>
		<category><![CDATA[Feria del libro de Madrid]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
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<p>Por Juan Bautista Durán</p>



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<p>Se proponía el editor hablar en estas líneas de cómo estar en una feria del libro y no comprar ninguno, no caer en la tentación de ser comprador antes que vendedor; o dicho de otro modo, de invertir su papel de comerciante en el de cliente. Siendo un propósito en sí difícil —casi imposible—, en la feria del libro de Madrid se multiplica por miles de razones, y también de metros, de encuentros, de conversaciones y de jornadas. Lo más simple dado el caso es no asistir, delegar la parte comercial en un empleado y librarse de las siete u ocho horas diarias en la caseta, rodeada a su vez de otras casetas, cientos de casetas, que a su vez forman esa gran caseta que es la feria. Que no es para los editores, no se confundan, es para los lectores, para que descubran, conozcan, encuentren y llenen su futuro de lecturas. Pero ah, amigos, ¿qué es un editor en primer lugar sino un lector? Y ahí tenemos el conflicto: la feria se convierte para él en un diario ejercicio de pesar y contención, no exento de cierta automisericordia, obligado a acceder a su caseta por caminos secundarios o bien a llegar antes que los demás, evitando el lujurioso espectáculo de ver el resto de casetas con las persianas levantadas.</p>



<p>         Decíamos que una opción era no asistir, lo que sólo sería posible en el caso de un editor pudiente. Y no todos lo son, ni mucho menos. De hecho, en ese ejercicio de misericordia personal, lo que debe repetirse a cada rato el editor es el esfuerzo que está haciendo para estar allí, para contar con un rinconcito donde exponer sus ediciones, y prepararse, en paralelo, el discurso más convincente y relajado posible ante los lectores interesados. El primer libro cuesta un mundo venderlo, en cada feria uno tiene que desvirgarse, y dar las gracias, agradecer que siga habiendo lectores curiosos y que con su presencia no se convierta el hecho de editar y leer en una prohibición. Es decir, en pecado.</p>



<p>         Bastante arduo resulta ya a lo largo del año, en las obligadas visitas a las librerías, no dejarse tentar, no perderse en anaqueles diversos cuando uno a lo que va es a mostrar sus novedades o programa de novedades para que el librero las tenga presentes y les dé una oportunidad, ya no en el expositor central —tampoco hay que pasarse—; bastará con que les reserve un hueco en la mesa de novedades correspondiente. Y que las aguante un poco, por favor, que éste es un trabajo lento y las riadas de gente que se ven en las horas punta de la feria muy rara vez tienen lugar en las librerías. Hay que cuidar de esos «pequeños acontecimientos», empleando la expresión monterrosiana. «Para bien o para mal, lo que en mayor medida me acontece son libros —escribe el autor guatemalteco en <em>La letra e</em>, para añadir—: el problema consiste en pasar una y otra vez frente a ellos y hojearlos y decidir si comprarlos en ese momento o no.»</p>



<p>         Eso es lo que debe evitar el editor, además de tener mucho cuidado con la conjunción adverbial «en ese momento». ¿Significa eso que en otro momento sí? Todo acontecimiento en la feria, por pequeño que sea, deberá estar relacionado con su catálogo. Y a los compañeros de caseta, en caso de haberlos —lo más probable—, hay que tratarlos con la máxima cordialidad y no menor camaradería, tratando de emparentar los acontecimientos, bien sea por la similitud de los catálogos o por su diferenciación.</p>



<p>         Dicho esto, el editor puede llegar mermado físicamente a la feria, lo que impedirá o al menos dificultará que vaya a solazarse en las demás casetas con aires de conquistador. La merma física contribuye desde luego a la contención. Así se las vio este editor en la reciente feria de Madrid, con una hernia que, bastón en ristre, me daba cierto donaire pero ningún poderío. A duras penas alcanzaba a dar con la posición que me permitiera pasar la jornada con las menores molestias posibles y poner al mal tiempo buena cara, condición indispensable si uno pretende vender algo. Aunque sea un granizado fresco en plena ola de calor. Pero con más razón todavía si ese algo que pretende vender son libros, literatura, historias bien trabajadas y bellamente encuadernadas que le van a abrir a usted los ojos, créame, va a descubrir una voz muy potente en <a href="https://editorialcomba.com/autor/karla-suarez/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">esta autora</a>; a un poeta culto y al mismo tiempo guasón en <a href="https://editorialcomba.com/autor/osias-stutman/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">este autor</a>; a <a href="https://editorialcomba.com/autor/matias-correa/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">uno de muy fina prosa</a> en esta novela donde le habla, de forma alegórica, de una etapa muy importante en la historia chilena de comienzos del siglo XX. </p>



<p>         Ésta es la tarea del editor, pese a que no esté en ningún manual del gremio: defender y vender los títulos publicados, esos pequeños acontecimientos. Y para no confundirse, para no dejarse llevar por la tentación, como decíamos al principio, se recomienda incluir en las cajas de libros que van a ir para la feria algunos de lectura pendiente, se proponga uno leerlos o no, sólo para tenerlos presentes, como quien lleva la estampa de su santo patrón debajo de la camisa, colgando de una cadenita de oro falso, y le da un beso cada vez que se propone dar un paso de cierto riesgo. Así leía yo <em>La letra e</em> de Augusto Monterroso en los ratos de poca afluencia, además de unos poetas espléndidos que descubrí gracias a un colega de la caseta, <a href="https://animalsospechosoeditor.com/editorial-poesia-barcelona/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">animal sospechoso</a>. Y me vino muy bien el arte y la gracia de Monterroso en ocasión de una incómoda pregunta, que en realidad tardó en llegar, acerca de la inteligencia artificial y la literatura. Me apoyé en el bastón, con la debida pausa del editor herniado —pausa necesaria a su vez para traer a la mente las palabras del autor guatemalteco, fechadas en 1984, año muy propicio—, antes de explicar a mi manera lo que aquí copio tal cual está en <em>La letra e</em>: «Con poco que se piense, es inevitable darse cuenta de que la literatura no se hace con inteligencia sino con talento; aparte de que, bien visto, la literatura se ha ocupado siempre más de la tontería humana que de la inteligencia; es más, parece que la tontería es su materia prima.» Y por eso, en fin, nosotros los editores seguimos confiando en la literatura y en quienes la hacen posible, los escritores, porque alguien tiene que separar el grano de la paja. </p>



<p></p>



<p>Ps. Este editor se hizo con siete libros en la feria, dos de ellos para regalar.  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p></p>



<p>© de la imagen: sello de Correos de la serie «Ferias del Libro» dedicado a la Feria del Libro de Madrid 2024. </p>
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		<title>Diez años en el horizonte</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/diez-anios-en-el-horizonte/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 18 Apr 2024 08:54:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Ernesto Escobar Ulloa]]></category>
		<category><![CDATA[Esmeralda Berbel]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
		<category><![CDATA[novela]]></category>
		<category><![CDATA[primavera]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://editorialcomba.com/blog/desglose-apatrida-copy/</guid>

					<description><![CDATA[Esta primavera Comba cumple diez años desde su irrupción en el panorama editorial español, con las que fueron sus dos primeras novedades, publicadas: Las semillas de Urano, del poeta chileno Tomás Browne, y La raya oscura, del controvertido narrador y ensayista español Segundo Serrano Poncela.]]></description>
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<p>Por Juan Bautista Durán</p>



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<p>Esta primavera Comba cumple diez años desde su irrupción en el panorama editorial español, con las que fueron sus dos primeras novedades: <em>Las semillas de Urano</em>, del poeta chileno Tomás Browne, y <em>La raya oscura</em>, del narrador y ensayista español Segundo Serrano Poncela.</p>



<p>Fueron años de inquietud y sostenida agitación cultural ante la deriva que los tiempos llevaban, en los que surgieron otros ellos independientes y algunas librerías también independientes, o como haya que llamarlas, siendo éste un término tan trillado y cuando menos sospechoso para amparar cualquier buena causa. Eran proyectos, y lo son algunos todavía, que coincidían en la voluntad de aportar aire nuevo a la actualidad literaria lo mismo que a las librerías y sus expositores, muy marcadas por las férreas normas de los grandes grupos. Alguna tesis universitaria habrá en años próximos que analice y estudie este fenómeno: cómo en la segunda década del siglo XXI —ensanchando más o menos los límites— tuvo lugar en España una renovación y ampliación del marco editorial y literario como no se había visto desde el tardofranquismo, es decir, desde los años sesenta. Estamos hablando por tanto de medio siglo de diferencia, con los cambios sociales que entre un momento y otro acontecieron.</p>



<p>Si las editoriales nacidas en esos años son bastantes, no lo son menos, por suerte, las librerías. Llaman la atención los nombres dizque contestatarios que algunas tienen, y no por inapropiados, sino por el sentimiento de ocaso bajo el que surgieron y su voluntad de hundirse con la era Gutenberg si no había otro remedio; pero luchando, dando la cara por el libro. En esta línea están, por citar sólo cuatro, la librería Tipos Infames en Madrid; Letras Corsarias en Salamanca; Nollegiu y Fahrenheit 451 en Barcelona. En los cuatro casos evitaron los nombres solemnes o neutrales, incluso fácticos, a los que se suelen acoger las librerías, para mostrar un punto rebelde y aun provocador. Por un lado parecen advertir de los riesgos de no leer —infamia, incendios, batallas— y por el otro hacen un llamado juguetón, como diciendo «leer mola». La madrileña Tipos Infames tiene un apéndice además donde se lee «Libros y vinos», excelente combinación, un maridaje no oficial que sin embargo es por todos conocido, tanto para disfrutar de la lectura como para incitar a ella.</p>



<p>A esta primavera Comba llega con un catálogo próximo a los sesenta títulos y dos novedades muy representativas de la casa: <em>Horizonte tardío</em>, novela del escritor peruano Ernesto Escobar Ulloa, su segundo título en Comba tras <em>Salvo el poder</em> (2015); y <em>Así es el juego</em>, los cuentos reunidos de Esmeralda Berbel, cuarto título de la autora barcelonesa en el catálogo, los cuatro en un género distinto (<em>Detrás y delante de los puentes</em>, novela, 2016; <em>Irse</em>, diario novelado, 2018; <em>Habitarlo todo</em>, poesía, 2021; <em>Así es el juego</em>, cuentos, 2024) y sin embargo urdiendo entre ellos un proyecto unitario. A esta característica se refería Itziar González en la primavera de 2021, cuando presentó el poemario de Berbel en la Documenta y fue a fijarse en las manos cóncavas y convexas de la autora, en su gesto idéntico al escribir que al abrir una puerta. «Este libro es como una bitácora y dentro hay una brújula que es su corazón», dijo González, para concluir que «su escritura es el corazón», un latido que persiste en los cuentos y llega igual al lector.</p>



<p>Muy distinto latido es el que mueve <em>Horizonte tardío</em>, primera y magistral novela de Ernesto Escobar Ulloa, un autor del que Santiago Roncagliolo dijo que gustaba de hundir las manos en el fango, y esto es lo que hace aquí, enfangarse, rebuscar en el Perú de su juventud las formas de comunicarse y salir adelante que había, tras una década de terrorismo y crisis políticas. Muestra una realidad dura y al mismo tiempo permeable, donde caben los sentimientos positivos y negativos, la locura y la sensatez, y de fondo, sobre todo, la amistad. «Lo maravilloso de escribir es escribir —dijo en la presentación—. Me gusta descubrir lo que va a suceder, entrar en el trance de la escritura.»</p>



<p>El acto tuvo lugar en la Fahrenheit 451, en su nueva ubicación frente al mercado del Born, espacio límpido y llamativo que en breve lucirá también el apéndice de «Libros y vinos», con una propuesta literaria siempre original y propia, fiel a los patrones que motivaron su apertura. En ella encontramos los libros que sobreviven al incendio de la superproducción editorial. Y <em>Horizonte tardío </em>encaja a la perfección con la propuesta de la librería. Acompañando al autor estaba un viejo compañero en el periodismo cultural, el también escritor Robert Juan Cantavella, quien hizo hincapié en el carácter oral de la novela. No es sino pasadas unas páginas cuando el lector cae en la cuenta de ello, de que toda la novela es la historia que el protagonista le cuenta a una amiga; y los distintos niveles de voces, junto con los distintos niveles diegéticos, son un prodigio que obra Escobar Ulloa para dotar a la historia de la fuerza necesaria. Es una novela generacional, de carretera, añadió Cantavella, en la que el uso del tiempo reproduce la paradoja de Aquiles y la tortuga. Apela a la fantasía, a la subjetividad temporal inherente a toda remembranza —esto es lo que hace el protagonista— y a la serie de distancias que hay que recorrer para alcanzar lo que no era sino el punto de partida. </p>



<p>La novela contiene un juego literario no menos importante, en referencia al plagio y al sentimiento de autoría, el cual no cae lejos del mundo literario de Esmeralda Berbel. Es un mismo juego. Y como reza el título de la barcelonesa, así es el juego. Para la puesta de largo de sus cuentos nos citamos de nuevo en la Documenta con sus fieles y generosos lectores, acompañada Berbel por Eduard Fernández. Puso de relieve éste la manera que tiene Berbel de llegar con la palabra al lector, lo que, si no constituye en sí mismo una genial paradoja, es algo tanto o más difícil de explicar que la de Aquiles y la tortuga o, por qué no, la travesía editorial de Comba para cumplir estos diez años saltando a las letras hispánicas.</p>



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<p>© de la imagen: obra de Joaquín Torres García</p>
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		<title>Desglose apátrida</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/desglose-apatrida/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 13 Apr 2024 17:38:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
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		<category><![CDATA[Spleen de París]]></category>
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					<description><![CDATA[Libro subrayable como pocos, en Prosas apátridas dio Julio Ramón Ribeyro una humilde lección de lo que pudiera ser una obra ajena a todo género y a su vez accesible y pungente.]]></description>
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<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>Libro subrayable como pocos, en <em>Prosas apátridas</em> dio Julio Ramón Ribeyro una humilde lección de lo que pudiera ser una obra ajena a todo género y a su vez accesible y pungente. Claro que no se trata de sumar alabanzas en este blog a un título prologado y glosado por voces de mayor enjundia y autorización, las que, con toda razón, aluden al precedente baudeleriano de <em>El spleen de París</em>, a esa ciudad como capital de la literatura peruviana y a Ribeyro, nacido en 1929, como el mejor autor decimonónico del Perú. Se trata nada más que de traerlo al presente, de recordar a un excelente cuentista y diarista, capaz de crear una voz propia sin adherirse a los movimientos literarios de su tiempo —las vanguardias, en su caso, de las que se reía al considerar la vanguardia un término propio del arte de la guerra<a href="#_ftn1">[1]</a>— y de hacerlo además sin molestarse demasiado en hacerse notar. Por eso decíamos lo de «una humilde lección», con su permanente tentativa del fracaso, tal como dio en titular sus diarios.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En ellos hizo hincapié en la confusa frontera que separa los géneros literarios, lo que no pocas veces obliga a catalogar una obra por el mero hecho de clasificarla o etiquetarla —término moderno—, cuando «toda obra literaria es en realidad un contínuum». En ese punto se fijan sus <em>Prosas apátridas</em>, textos en busca de género y por eso apátridas. Juntos dan lugar, tal como él ansiaba en la entrada 149, a un libro «que sea (…) manual de sabiduría, una fuente de regocijo, una caja de sorpresas, un modelo de elegancia, (…) un regalo para los estetas, un enigma para los críticos, un consuelo para los desdichados y un arma para los impacientes. ¿Por qué no escribirlo?» Se pregunta también cómo y por qué, preguntas que quedan resueltas en el propio libro y que hoy día, en los actuales tiempos de hibridación y mezcla, poco secreto entrañan.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En sus páginas encontramos a un Ribeyro sutil, que se pretendiera aforístico pero va más allá, que rehúye la entrada diarística y sin embargo crea una atmósfera similar. Habla de los pequeños defectos que nos pierden, de la moda como disfraz colectivo o de la duda en tanto que signo de inteligencia; de la diferencia entre el amor y la amistad, de la fuerza de los instantes perfectos o del peligro de los ideales, sobre todo cuando tienen que ver con… ¡la escritura! No son pocas las entradas que dedica al arte de la narración, y en verdad, del mismo modo que se pueden tirar líneas entre estas prosas y sus diarios, las hay también que se comunican con sus cuentos. Y no sólo hablamos de una mirada común, de una forma de razonar que se diría pareja a la de algunos personajes —la miseria del fracaso como virtud—, sino a las herramientas propias del escritor. En este aspecto, dice admirar a los artistas que crean en el sentido de su vida y no contra ella, tal como hace él, asegura, cuyo «acto creativo está basado en la autodestrucción». Y añade: «el párrafo que uno escribe se convierte en el depositario de nuestro ser, en la medida en que implica el sacrificio de nuestro ser».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Más próxima al acto creativo, merece especial atención la entrada 83, que inicia con una suerte de definición del arte del relato. Esto es, «sensibilidad para percibir la significación de las cosas». Y procede con el siguiente ejemplo: «Si yo digo “el hombre del bar era un tipo calvo”, hago una observación pueril; pero puedo decir también: “Todas las calvicies son desgraciadas, pero hay calvicies que inspiran una profunda lástima. Son las calvicies obtenidas sin gloria, fruto de la rutina y no del placer, como la del hombre que bebía ayer en el Violín Gitano. Al verlo, yo me decía ¡en qué dependencia pública habrá perdido este cristiano sus cabellos!” Sin embargo, quizá en la primera fórmula resida el arte de relatar.» Es un ejemplo muy claro, patente, de la poética del autor, exagerada para el caso con una hipérbole de la que a buen seguro él mismo habría sacado algún complemento para superar la puerilidad de la primera sentencia. Percibir la significación de las cosas, tal como reza su definición, contiene también la idea de medida, es decir, quedarse con aquello que es de veras significativo, tanto para el hecho relatado como para quien lo está narrando. A lo mejor el segundo ejemplo no casaría mal en un narrador excesivo, medio etílico, capaz de acercarse a continuación al sujeto calvo y darle una colleja de bienvenida al Violín Gitano, diciéndole «alegre la expresión, compadre, vea usted el lado positivo: ya no puede perder más pelo».</p>



<p> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Esto encaja mal en un personaje riberyano, que si acaso sería el calvo, pero la sequedad de la primera sentencia tampoco es muy propia de él. Se queda corta, interrumpida y carente del punto sugestivo e irónico que lo caracterizaba. Y es que el arte de narrar no es sólo uno, como tampoco lo es el arte de la guerra —ay—, sino que varía y se basa en su desarrollo. Lo que es a todas luces riberyano, eso sí, es el origen de la calvicie. ¿En qué rutina habría perdido el pelo el hombre aquel? A partir de ahí, de ese cuestionamiento en apariencia insignificante, el relato nace y habrá de avanzar quién sabe si hacia un territorio con fronteras definidas o hacia uno mal delimitado, apátrida.</p>



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<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> En <em>Dichos de Luder</em>.</p>
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		<title>El maestro y la relectura</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/el-maestro-y-la-relectura/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 08 Feb 2024 16:56:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Baroja]]></category>
		<category><![CDATA[Bulgakov]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bautista Durán]]></category>
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		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[Vuelvo una vez más al capítulo trece de la novela de Mijaíl Bulgakov "El maestro y Margarita", titulado ‘La aparición del héroe’. […] El lector va a asistir nada menos que al encuentro entre dos enfermos de literatura, dos almas tan pronto aturdidas como evanescentes, pícaras, conscientes de la magia y la fuerza destructiva de la literatura.]]></description>
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<p>Por Juan Bautista Durán</p>



<p>De «releer» dice el diccionario de la RAE que es la acción de leer de nuevo o volver a leer algo, y da como sinónimos «repasar» y «revisar». En este punto parece que los académicos se quedaron algo cortos, pese a la necesaria concisión de los diccionarios. Va más allá la acción de releer, y uno, a riesgo de sonar redicho o aun afectado, se atrevería a apuntar como sinónimos los verbos «recuperar», «recordar» y «revivir».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Vuelvo una vez más al capítulo trece de la novela de Mijaíl Bulgakov <em>El maestro y Margarita</em>, titulado ‘La aparición del héroe’, en el cual leemos que «por la ventana del balcón se asomaba con cautela un hombre de unos treinta y ocho años, afeitado, moreno, de nariz afilada, ojos inquietos y un mechón de pelo caído sobre la frente». La impresión que estas líneas producen en el lector, tras los extraños y alocados acontecimientos a los que viene asistiendo, es como toparse con la cruda realidad, el lugar del crimen. Uno puede pasar por delante de ello miles de veces que no dejará de impactarle. El lector va a asistir nada menos que al encuentro entre dos enfermos de literatura, dos almas tan pronto aturdidas como evanescentes, pícaras, conscientes de la magia y la fuerza destructiva de la literatura. «Salí con la novela en las manos y mi vida se terminó», dice el maestro, cuya aparición en el capítulo trece no pudo ser en vano.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Lo fácil es que estos detalles pasen desapercibidos en una primera lectura e incluso que este capítulo no cobre a ojos del lector la importancia vertebradora que tiene, impactado ante el diabólico vodevil al que viene asistiendo. En ese vodevil nada es gratuito, ninguna transfiguración ni decapitación, nada, tampoco el momento en que el poeta Desamparado asume que sus versos son de poca monta. Asistimos a un duelo soterrado entre narrativa y poesía, Pushkin mediante, en el que todo un orden social queda en tela de juicio. Son muchos los elementos que ahí entran en juego, y su relectura, la vuelta años después a su universo —lo mismo que a cualquier otra obra de relieve—, no sería justo llamarla revisión o repaso. La relectura conlleva también una capacidad de sorpresa, respecto al texto y respecto a uno mismo, lector, mientras que la revisión o el repaso tienen que ver con algo funcional y casi inmediato.&nbsp;&nbsp;</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Basta con recordar el aserto barojiano, según el cual a partir de cierta edad uno prefiere releer a leer. Esto significa volver atrás en el tiempo o, mejor aún, una medición de éste, en tanto que al volver sobre ciertas lecturas recuperamos sensaciones pasadas, cotejamos la mirada de quienes fuimos con la de quienes somos ahora. ¿Qué vemos hoy ante una misma palabra? Al leer, al avanzar en la relectura, no es raro que nos despojemos de una piel vieja a la manera de los reptiles, una piel hecha de impresiones que ya no van a ser las mismas y dan cuenta del camino realizado. Es más notoria esta sensación en novelas largas y de enjundia como <em>El maestro y Margarita</em>, para las que no siempre tenemos el tiempo ni el ánimo debidos, menos aún ante el alud de novedades y tentaciones en el que vivimos. Releer es, por tanto, una manera de hacer frente al frenesí contemporáneo, una redoblada abstracción, por la lectura en sí y por echar la vista atrás en el tiempo.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Uno es aquello que hace e hizo, y si bien no podemos volver a determinados lugares y ni mucho menos llevar a cabo ciertos actos, deshacerlos y llevarlos a cabo de nuevo, sí nos podemos asomar a las páginas de un libro leído y redescubrir, recobrar el eco de sentencias como ésta: «Me parecía que los autores de los artículos [sobre su novela] no decían lo que querían decir y que su indignación provenía de eso precisamente.» Después, cuenta el maestro, empezaba la etapa del miedo. «Me acosté sintiéndome ya mal y desperté enfermo del todo. De pronto me pareció que la oscuridad del otoño iba a romper los cristales, a entrar en la habitación y que yo me moriría como ahogado en tinta. Cuando me levanté era un hombre incapaz de dominarse. Di un grito y sentí el deseo de correr para estar con alguien, aunque fuera con el dueño mi casa.» ¡Morir ahogado en tinta!, dice, para requerir en seguida la compañía de alguien, quien fuere, y así salir de la propia ficción.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; «Odio la novela y tengo miedo. Estoy enfermo. Tengo miedo», concluye el maestro más adelante, trasladándole al lector un miedo que supone varios saltos diegéticos de golpe. Conviene revisar esos diálogos para apreciar su hondura, sus matices, pero mejor aún es darse a una relectura de la novela, dispuestos a entrar con viveza en su diabólico planteamiento.</p>



<p> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tantas veces sabemos que leímos tales libros y sin embargo no tenemos claro qué sacamos de ellos, con qué nos quedamos, si es que con algo nos quedamos. Y la relectura pone en evidencia tanto nuestras lagunas pasadas como aquello que aprendimos. El cuento y la poesía son los géneros que más se prestan a ella, dada su brevedad y concisión, por la manera en que pueden agarrar y sacudir al lector una y otra vez, mostrándole sus distintas caras. Las de la obra literaria y las del propio lector. Es ahí por lo tanto, en la relectura, como en un rearmarse o reenamorarse, donde la obra literaria cobra mayor peso y el lector se hace crítico, distingue de veras el valor —en esencia— de la literatura.</p>



<p></p>



<p></p>



<p>© de la imagen: Calmado, de Vasili Kandinsky, 1930</p>
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		<title>Cara de fascinación</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/cara-de-fascinacion/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 Oct 2023 14:58:22 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[código binario]]></category>
		<category><![CDATA[Flavia Company]]></category>
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		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Melalcor]]></category>
		<category><![CDATA[Meri Torras]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Piglia]]></category>
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					<description><![CDATA[En ‘Melalcor’ Flavia Company articula la narración a partir de la confusión de los géneros sexuales de sus protagonistas, debate de fondo que en los últimos tiempos ha llenado no pocas tertulias. De este modo lleva a cabo un desafío no a uno, sino a varios códigos binarios.]]></description>
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									<p>Por Juan Bautista Durán</p>
<p>Desde hace décadas se viene hablando de la muerte de la novela, y sin embargo ésta, en tanto que género literario, lejos de morir no hace sino crecer y fagocitar otros géneros que pudieran hacerle competencia. Hace algo más de medio siglo de este discurso, desde el crecimiento de los medios de comunicación y el posterior auge de la novela experimental. Algo por el estilo sucede con el libro, la lectura, puestos en la picota una y otra vez ante cualquier paso que el mundo dé hacia nuevas formas de acceder al conocimiento y al entretenimiento. Como el libro requiere de un esfuerzo, de una inmersión y aislamiento mental, por eso se le cuentan las horas y pone fecha de caducidad, sin caer en la cuenta de que ese mismo esfuerzo y esa elevación, esa distancia, es a su vez el mayor aliciente del libro, la fuerza con la que persiste y sigue ganando adeptos.</p>
<p>         La salud del libro queda reflejada en la cantidad y calidad de librerías y bibliotecas, así como en las ferias. En Barcelona, por las fiestas de la Mercè, tiene lugar todos los años la Feria del libro Antiguo y de Ocasión, la más antigua de Europa, dicen, instalada en el paseo de Gracia y que este año alcanzó la septuagésima segunda edición. Es cierto que hace unos años, además de la acera izquierda desde plaza Cataluña hasta Consell de Cent, la feria ocupaba un tramo de la acera derecha, hoy suprimido y concentrado todo en la acera izquierda, lo que es síntoma de la ausencia de algunos libreros pero no supone una rémora importante para el visitante. Al contrario: tenerlo todo en una misma acera facilita la visita. Fueron más de una treintena las librerías presentes en la última edición, algunas de ellas habituales también del mercado dominical de Sant Antoni, otras venidas para la ocasión de otros lugares de España.</p>
<p>         Un cronista de <em>El País</em> contaba que la librería Reus-París-Londres ofrecía «una fabulosa colección de libros de ciencias naturales de extraordinaria calidad, la mayoría de ellos en inglés, a un precio de escándalo». Uno quisiera llevárselos todos, decía. No en vano el librero le aseguró haber vendido un millar y pico de libros de esta colección. «Hay gente —decía— que vuelve y vuelve, y pone las mismas caras. Se los llevan a montones, abrumados por lo que dejan.»</p>
<p>         Cara de incredulidad, de sorpresa, de fascinación…, cara de pasmo, de enamorado ante la conjunción de todas las virtudes en un mismo ser. Los libros siguen produciéndonos estas sensaciones —cierto que no a todo el mundo, por desconocimiento—; y esto es así porque son reales, físicos, como el cuerpo de la persona amada, y al mismo tiempo, como la persona amada también, nos abren las puertas a nuevos estadios mentales. La lectura, por decirlo en palabras de Ricardo Piglia, alguien mucho más acreditado, «nos construye un espacio entre lo imaginario y lo real, desarma la clásica oposición binaria entre ilusión y realidad». Y además es infinita, porque las obras de verdad, las que nos producen un destello, andan siempre por delante del lector, sean actuales, de hace medio siglo, uno o cinco siglos. «La historia de la lectura es también la historia de la iluminación», de nuevo en palabras de Piglia<a href="#_ftn1" name="_ftnref1">[1]</a>, una cita que hay que recoger con todos sus matices.     </p>
<p>         Hablamos de la lectura y los libros en general, y de la literatura en particular. En ésta hay que tener fe, aunque no entendamos nada, parafraseando a otro gran autor de nuestras letras<a href="#_ftn2" name="_ftnref2">[2]</a>, aunque no comprendamos el rumbo que está tomando el mundo y sus vicisitudes. Cuanto más ajena nos resulta la realidad, cuanto más se aleja de aquello que reconocíamos como propio y común, más necesaria se vuelve la literatura. Nos sigue iluminando. Sus virtudes y recursos propios toman mayor relevancia ante la simplicidad de los discursos y la vida programada que se oculta tras las pantallas y la artificialidad. Darse un paseo por la feria, por lo tanto, o dárselo por el mercado dominical de Sant Antoni, es una forma de retar esta programación y control exhaustivo al que la artificialidad nos conduce. Ya no es sólo lo que uno pueda adquirir y su posterior lectura, sino el hecho mismo de no saber qué vamos a encontrar, entre qué dos títulos va a estar nuestra tesitura y ante cuál vamos a ceder, en cuál de ellos van a ser determinantes las palabras del librero —o de otro paseante, quién sabe— para que nos decidamos. Así llegó a Comba hace años un ejemplar de <em>Melalcor</em>, novela de Flavia Company publicada en el 2000 por Muchnik Editores y que ahora reeditamos, una novela, como no podía ser de otra manera, bastante adelantada a su tiempo. Flavia siempre nos está esperando en el futuro, en un lugar que la artificialidad no puede prever porque es mala lectora.</p>
<p>         En <em>Melalcor</em> articula la narración a partir de la confusión de los géneros sexuales de sus protagonistas —«Cor o Mel se descubrió en una mesa arrinconada del casino y decidió ser la misma persona. Mel es la voz de Cor y Cor es el corazón de Mel»—, debate de fondo que en los últimos tiempos ha llenado no pocas tertulias. De este modo lleva a cabo un desafío no a uno, sino a varios códigos binarios: al de los géneros sexuales, al de la literatura en sí y también, como destaca en el prólogo la filóloga y profesora Meri Torras, al que supuso la entrada en el siglo XXI. Se trata, dice ésta, de un «libro de culto que sacudió la literatura hispanófona precisamente desarticulando en desafío el código binario». Y además es una novela, tan viva como estimulante.</p>
<p> </p>
<p><a href="#_ftnref1" name="_ftn1">[1]</a> Sendas citas pertenecen al libro <em>El último lector</em> (Anagrama, 2005).</p>
<p><a href="#_ftnref2" name="_ftn2">[2]</a> Enrique Vila-Matas, en referencia al libro homónimo publicado en 2003 por J.C. Sáez Editor.</p>
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		<title>Las preguntas adecuadas</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/las-preguntas-adecuadas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Bautista Duran]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 19 Sep 2023 08:28:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[al compas]]></category>
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		<category><![CDATA[Antonioni]]></category>
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					<description><![CDATA[Lo del calor también va por barrios, es decir gustos, y siempre habrá quien diga que en verdad es psicológico; que está en nuestra mente —nuestra inteligencia—, esto es, más que en la piel o la sangre.]]></description>
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<p></p>



<p>Por Juan Bautista Durán</p>



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<p>Suben las temperaturas y seguimos sin noticias de la Inteligencia Artificial al respecto. Cabría esperar de su parte una idea de cómo atajar el problema, una idea que no pase por poner más aparatos de aire acondicionado, esto es obvio, lo que a la larga podría suponer medio grado o uno más en el ambiente. Claro que lo del calor también va por barrios, es decir gustos, y siempre habrá quien diga que en verdad es psicológico; que está en nuestra mente —nuestra inteligencia—, esto es, más que en la piel o la sangre. Este tema conviene medirlo con la frialdad de la Inteligencia Artificial y su representante más conspicuo, el Chat GPT.</p>



<p>En un artículo del profesor en Oxford de filosofía y ética de la información, Luciano Floridi, publicado en julio por <em>Letras Libres</em>, mostraba éste la pulcritud del Chat GPT a la hora de gestionar su propia ignorancia, es decir, su incapacidad de razonar. A la pregunta de Floridi, en inglés, de cómo se llama la única hija de la madre de Laura, el Chat GPT respondió primero que lo sentía, «pero no me ha dado suficiente información para responder a esta pregunta. ¿Puede darme más detalles o el contexto acerca de quiénes son Laura y su madre?» Uno se siente estúpidamente inteligente al ver fallar semejante máquina de forma tan clamorosa, y es absurdo, no sirve de nada, porque pronto va a saber de nuestro parentesco —el de todos—, y de esta artificialidad que hoy abrazamos saldrá la naturalidad futura. Tiempo al tiempo.</p>



<p>Hace un siglo escribía Antonio Machado acerca del cine y la «gran ñoñez estética» que representaba. «El niño sueña con las figuras de un cuento de hadas a condición de que sea él quien las imagine, que tenga al menos algo que imaginar en ellas. Y el hombre, también», decía. «En general, la cinematografía orientada hacia la novela, el cuento o el teatro es profundamente antipedagógica. Contribuirá a entontecer el mundo, preparando nuevas generaciones que no sepan ver ni soñar.» Esto sentenciaba Machado, palabras que hoy no pueden sino causarnos una mezcla de risa y perplejidad, con todo lo que fue el cine, lo que ha representado en la sociedad y lo que a pesar de los avances sigue siendo. Nos queda la imagen, una educación de la mirada que pasa igual por la fotografía y ha dejado su huella en todo arte narrativo.</p>



<p>En 1960 Michelangelo Antonioni recibía en Cannes el Premio Especial del Jurado por <em>La aventura</em>, película interpretada por Monica Vitti —cómo no—, a quien acompañan Gabrielle Ferzetti y Léa Massari, entre otros. En ella, una joven de clase alta parte con su novio y otras amistades en una excursión de varios días con un barco de recreo. Anclan frente a un islote; desembarcan, lo recorren, descansan. En el momento de irse, aquélla no está, ha desaparecido, y por más que busquen y rastreen, con la participación incluida de la policía, no hay forma de dar con ella. Tampoco con su cadáver. Poco a poco, sin que el término acuda como tal en boca de los presentes, van dándola por muerta. O mejor dicho: asumen su desaparición como algo definitivo. La chica era algo especial, estaba pasando por momentos confusos. El novio se hace cargo de ello, y también su mejor amiga, interpretada por la Vitti, quienes en su búsqueda por el islote y ya de vuelta habrán de iniciar una andadura llena de claroscuros, como si el trágico suceso fuese nada más que un punto en la historia conjunta o, para ser más precisos, como si fuera un elemento necesario para seguir adelante.</p>



<p>Los problemas de la comunicación humana, o de su incomunicación, más bien, laten en esta película con una fuerza sísmica. Los silencios se nos comen, lo que no conseguimos expresar a las claras. ¿Por qué todo tiene que ser tan difícil?, se pregunta el personaje interpretado por la Vitti. La sombra de la joven desaparecida les acompaña en cada paso que dan, mal que lo ignoren, que quieran actuar como quien hace un borrón y cuenta nueva.</p>



<p>Antonioni muestra la incomunicación a través del sentimiento de los personajes, de sus gestos y sus palabras, aunque no en menor medida a través de las imágenes. Es un elemento clave en toda su filmografía. Los planos muestran unas veces la desolación del paisaje vacío, las figuras humanas perdidas en su inmensidad, presas de la propia belleza del marco, mientras que en otros es el abarrotamiento, el exceso, la causa de esa incomunicación. Y con ella nos hace imaginar, incluso volar, dijera Machado lo que dijera; nos transporta a un tiempo que para bien y para mal ya no es el nuestro pero que comparte sus excesos. Machado, con sus palabras, trasladaba a sus coetáneos el rechazo a la novedad, a aquello —el cine— que ponía en tela de juicio su medio habitual de expresión y por tanto amenazaba su posición social y profesional. Son muchos los que hoy se han expresado de forma similar ante el advenimiento de la Inteligencia Artificial, profesionales de rango muy diverso que, no sin razón, sienten una amenaza ante la aplicación de esta nueva tecnología.          </p>



<p>Luciano Floridi, al respecto, habla en su artículo de «nuestra singularidad y originalidad como productores de significado y sentido». Quiere decir con esto que es el ser humano quien va a alimentar la Inteligencia Artificial, no a la inversa, y que por tanto, en alusión a la novela de George Orwell, <em>1984</em>, «quien controla las preguntas controla las respuestas, y quien controla las respuestas controla la realidad». Esto es así haya o no máquinas por medio, y esto es asimismo un elemento en liza en la realidad descrita por Antonioni. ¿Equivocan los personajes sus preguntas en la búsqueda de la chica desaparecida, en la propia búsqueda de sí mismos tras el suceso? Y nosotros… ¿nos equivocamos al preguntar por el aumento de la temperatura ambiente?</p>
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