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	<title>Editorial Comba | </title>
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	<description>Editorial independiente de letras hispánicas</description>
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	<title>Editorial Comba | </title>
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		<title>Todos los agujeros del placer</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/todos-los-agujeros-del-placer/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[myedi124]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 09 Jun 2022 14:54:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Agujeros]]></category>
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		<category><![CDATA[Flavia Company]]></category>
		<category><![CDATA[Verónica Hernández]]></category>
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					<description><![CDATA[Una novela «cargadísima de emociones tan bien descritas que es fácil ponerse en la piel de la protagonista, sentir su angustia, paladear su dolor, visualizar sus expresiones pese a no estar descritas», destaca Verónica Hernández en su lectura de ‘Dame placer’.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p>Por Verónica Hernández Casillas</p>



<p></p>



<p>«Llego aquí con una historia de carne pegada a la memoria igual que vendría con las manos untadas de grasa si hubiese estado explorando con ellas los adentros de un coche. He intentado limpiármela con todo: con el frío, con el hambre, con el dinero, con otras mujeres, con el cine, con la literatura, con la miseria, con la oscuridad. Inútil. Sólo queda hablar. Y el tiempo. Y en lo que me queda de vida no volver a meter las manos en un motor, lo cual es terrible, porque a estas edades se da una cuenta de que ya ha pasado el gran amor, el gran salto, la gran opción, la gran historia, la gran parte de su existencia.»</p>



<p>Así comienza <em>Dame placer</em>&nbsp;y apenas unas páginas después ya sabía tres cosas:&nbsp;1) que me iba a encantar; 2) que me iba a resultar complicadísimo hablar de este libro; 3) que a pesar de tener poco más de ciento cincuenta páginas iba a ser una lectura lenta y pausada que no iba a terminar con la velocidad acostumbrada, ya que, aunque en prosa, es pura poesía lo que tenía entre las manos y, según dicen, que a mí nunca se me ha dado bien la poesía, ésta precisa de la pausa y el sosiego.&nbsp;</p>



<p><em>Dame placer</em>&nbsp;es un largo monólogo-confesión de una mujer madura en plena crisis existencial, crisis originada por la ruptura con la mujer que ha sido su pareja durante un largo periodo de tiempo. No sabemos con quién habla, ante quién se confiesa, pero a medida que vamos avanzando en la lectura podemos sacar algunas conclusiones. Las mías no voy a desvelarlas en esta reseña, ya que de hacerlo podría condicionar vuestra lectura. </p>



<p>¿He dicho ya que me resulta muy difícil hablar de este libro? Hum… a ver, resumen: dos mujeres se enamoran, se conocen (no, no he equivocado el orden), se devoran, se desengañan y rompen. Fin. ¿Ya está? Sí, pero no. Éstos podrían ser los actos de la obra, pero ¿qué hay de todo lo que lo acompaña?, ¿qué ocupa las ciento treinta y seis páginas de la novela?</p>



<p>Olvido, destino, nostalgia, recuerdos, locura; memoria, dolor, amor, pasión, masoquismo, infidelidad; el paso del tiempo, ausencias, desolación, desesperación, dependencias; el cuerpo como objeto de deseo, como fuente de placer y como prueba de degradación. Metamos todo esto en una coctelera (digamos la mente de la protagonista/narradora), mezclemos con unas gotas de infancia y juventud, una cucharadita de intriga y kilos y más kilos de talento por parte de la autora, y ya tenemos nuestro coctel: la narración de una vida, la vida de una mujer desorientada y desequilibrada incapaz de encontrar un punto al que agarrarse, un rayito de luz que la saque de ese sinsentido que es su cabeza y sus recuerdos.</p>



<p>«¡Estoy desesperada! ¿Comprende? La necesito. La necesita mi sangre, mi cuerpo todo. Mi garganta añora el sabor de su placer, el ardor de su sexo y sus latidos, sus contracciones, su fuerza. El vocabulario de su lengua y el lenguaje de sus dedos. Mis manos precisan penetrarla y deshacérsele dentro, convertirla en laguna, en río, en alud; que sea ella miel y yo abeja, y luego ella miel.»</p>



<p>Flavia Company vuelve a demostrar su dominio del lenguaje. Es una lectura muy emocional, está cargadísima de emociones tan bien descritas que es fácil ponerse en la piel de la protagonista, sentir su angustia, paladear su dolor, visualizar sus expresiones pese a no estar descritas. También es, como lo han sido otras obras de la autora, extremadamente visual: descripciones precisas que te hacen ver con claridad los escenarios, los colores, la sábana que envuelve sus cuerpos, las lágrimas resbalando por las mejillas de una, las hormigas del apartamento de la otra…</p>



<p>Las referencias a la memoria, a lo selectivo de la misma, a lo traicionera que puede ser a veces, y a nuestro empeño en recordar una y otra vez sin pararnos a confirmar la veracidad de lo recordado, es algo que me ha entusiasmado. Reconozco que quizá esto sea muy personal, relacionado con la manera particular que tiene mi cerebro de jugar con los recuerdos.</p>



<p>«Se me va la cabeza, con los recuerdos. Se me deshace el estómago, se convierte en un cielo nocturno repleto de estrellas punzantes, que son agujeros infinitos, que son pozos de vértigo por los que caigo veloz, veloz, y recuerdo sin remedio, porque no hay manera de tapar esa hendedura por donde aparece todo sin pausa.»</p>



<p>Con continuos saltos en el tiempo avanzan las páginas. Conoces la historia (o al menos una versión de ella), conoces a la protagonista (aunque sólo lo que ella quiere que conozcas y disfrute sorprendiéndote con una vuelta más de tuerca), encajas las piezas (o lo intentas), te sientes identificada (en ocasiones más de lo que te gustaría y/o estás dispuesta a admitir, porque ¿quién no ha sufrido por desamor?), caes —literalmente— hacia el final y cuando éste llega cierras el libro con un suspiro y la certidumbre de haber estado todo el tiempo en la mente de la narradora. No recuerdo haber estado nunca tan dentro de la cabeza de un personaje literario.</p>



<p>No se trata de una novela para encasillar en el género de literatura lésbica. No es un ‘bollo-drama’, pese a lo contado hasta aquí.He reflexionado mucho sobre el detalle de que sean dos mujeres las que forman esta pareja. En resumidas cuentas, para la toxicidad, el placer, el sexo o la dependencia —llegados al punto adonde llega la narración—, el dato del género de los componentes de la pareja sería indiferente, pero es cierto que para sumergirte en la historia sin ningún condicionamiento relativo al género (igualdad, violencia de, dominio por cuestión de, etc.) era necesario que fueran dos mujeres.</p>



<p>Si hubiera sido una pareja heterosexual me habría visto inducida a leerlo con mis ‘gafas violetas’; si hubiera sido una pareja gay, habría seguido inclinándome hacia la concepción de la mentalidad dominadora del género masculino. Sólo siendo una relación lésbica es posible la lectura en igualdad de condiciones por parte de ambas, personalidades aparte. </p>



<p>Para concluir: es un libro impresionante, difícil de escribir e impactante de leer, original, valiente, quizá también extraño, pero muy, muy, muy recomendable. «Dame placer y te daré la vida. Es la consigna.»</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>El paladar de Saturno</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/el-paladar-de-saturno/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[myedi124]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 28 Apr 2022 09:41:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Antropofagia]]></category>
		<category><![CDATA[Arte]]></category>
		<category><![CDATA[Dalmau & Górriz]]></category>
		<category><![CDATA[Giacometti]]></category>
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					<description><![CDATA[El arte, y sobre todo el volumen, eran para ella un fenómeno o la conclusión de su vida, y atribuía a sus esculturas el carácter de fetiches dimensionados. No era tan importante la obra, cuanto la falsa realidad que aportaba o lo que le sugería mentalmente. Jugaba, entre unas obras y otras, a identificarlas, resultado agónico de su iconografía.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p>Por Jordi Dalmau y Lídia Górriz</p>



<p></p>



<p>1</p>



<p>En un rincón del taller quedaban los restos de piezas y caballetes abandonados. Mashi había dejado la pintura para llegar más sensualmente a los volúmenes, las palpables carnes frondosas, las sinuosas líneas corpóreas. Algo tangible, soportable, humano. Pero necesitaba más. El color sólo le sugería el irreal tono de la carne y ya no lo soportaba. Quería palpar el cuerpo, su cuerpo y el de los demás. </p>



<p>Sus conocidos le indicaban lo que no debía hacer. Las apetencias deben controlarse y no fomentarlas, le explicaban sus padres ahora que, decían, aún era posible. Pero ella insistía en leer textos complejos para su temprana edad. Y de aquellas figuras voluptuosamente quietas que observaba, algunas parecían hablarle, no todas, sólo algunas que le decían cosas y prendían en ella un presagio.</p>



<p></p>



<p>2</p>



<p>El barro ocre la llegó a proteger y le devolvió más tarde la sorpresa que había observado de niña, pese a no comprenderla todavía. La nada blanca con sus ojos pequeños la miraba y ella sonreía tranquila.</p>



<p>Tenía un ansia devoradora y, como A.G.<a href="#_ftn1">[1]</a>, poseía un pequeño taller atestado de cosas. Todas útiles, todas importantes, esenciales y únicas. Diarios de varios años, recortes de prensa y revistas; la última comida del perro, lápices de diferentes tamaños, carboncillos tiznados, ropa variada en bolsas, cajas vacías y medio llenas; plásticos para tapar las formas, trapos blancos y sucios para dejarlas humedecidas; algún corcho de vino que se reproducía por los rincones, un jabón inexistente, cosas encontradas en la calle, recuerdos de la infancia, la adolescencia y la adultez; esperanzas dejadas en el suelo, facturas del año mil novecientos noventa y nueve.</p>



<p>Había también unos cuantos libros o catálogos, donde se leía su nombre, Mashi, y su estelar aparición en un dominical de gran tirada donde se la presentaba como la gran revelación de los «artistas evolucionados». Éstos debían su calificativo a la distinción que hizo Walter Fegh entre la última generación de artistas en constante deriva especulativa.</p>



<p>El arte, y sobre todo el volumen, eran para ella un fenómeno o la conclusión de su vida, y atribuía a sus esculturas el carácter de fetiches dimensionados. No era tan importante la obra, cuanto la falsa realidad que aportaba o lo que le sugería mentalmente. Jugaba, entre unas obras y otras, a identificarlas, resultado agónico de su iconografía.</p>



<p></p>



<p>3</p>



<p>Los modelos libres fueron sustituidos, y cambió por tanto su sistema, no por la falta de recursos sino por los encargos que estaba recibiendo. Cada vez más y más. Optó por hacer una copia del modelo original y crear un doble que podía transformar a voluntad. Estos dobles los guardó durante años, dedicándoles no pocos cuidados: los regaba y les tapaba las extremidades, narices u orejas, así como la extensión de las manos, siempre tan frágiles.</p>



<p>Ya en esos tiempos deseaba experimentar con los dedos húmedos, que extraía con precisión quirúrgica e intercambiaba en otras posiciones para reforzar su expresión. Guardaba esos dedos en unos recipientes envueltos y mojados en una solución hidroalcohólica que habría de mantenerlos en perfecto estado.</p>



<p>Su trabajo era pródigo de alicientes, propio de quien vive sin excesivas preocupaciones. Vio justificadas tales pretensiones en la medida en que su creatividad cambiaba día a día las diferentes partes que reproducía, permaneciendo éstas en su punto de humedad. Esto facilitaba los implantes. Había resultados casi definitivos, sobre todo aquellos que poseían una gracia especial: sus dimensiones, su naturaleza callada pero atenta, su comunicación directa o su cariño y atracción intrínsecas. El género no importaba, ni la edad, tan sólo su empaque externo, que ella denominaba «el chasis espiritual verdadero».</p>



<p>Hizo que los encargos remitieran, cansada de que interrumpieran su búsqueda. Poseía ya un notable fondo de material para trabajar a voluntad y, además, sus recursos económicos venían siendo los suficientes para vivir. Más o menos, como lo que había leído del primer A.G. De él vislumbró o le pareció intuir el porqué del tamaño reducido de su estudio, la delgadez de su estilo, así como sus hábitos nocturnos y sus frugales comidas. Fue un anuncio fugaz en su instintivo cerebro.</p>



<p>Mashi entiende que su arte será para ella, tan sólo para ella, pura satisfacción y una dura batalla para que aquellos cuerpos cobren vida.</p>



<p></p>



<p>4</p>



<p>La noche anterior, acostumbrada a los horarios nocturnos, trabajó hasta altas horas de la madrugada y cayó dormida en el suelo. Despertó pasadas las cuatro de la tarde y, con los ojos todavía entrecerrados, le asaltaron serias dudas. Creyó ver un modelo posando. Y medio enloquecida, le habló. No era un ser real. Llegó a pensar que algún modelo conocido había entrado para darle una sorpresa. En otras épocas ocurrió algo parecido y, vencida por el sueño, no había oído nada.</p>



<p>Las condiciones del barro, la calidez de las formas, el color y el espíritu le hicieron pensar que, por primera vez en su vida, había conseguido algo grande, inmenso, supremo. Pasada la primera impresión, y en homenaje a A.G., se preparó dos huevos duros, que comió seguidos de jamón y pan. Recordó el vino tinto, el café, del que se sirvió cuatro tazas, y salió a comprar una cajetilla de cigarrillos. Fumó de manera compulsiva, pensando en él, en el estudio y en lo que acababa de realizar.</p>



<p>De vuelta tuvo que mirar si aquello era cierto. Y no sólo lo era, sino que comenzó a hablar con la figura, asombrada y excitada. Le explicó que por primera vez estaban juntos. Y haciendo lo posible para que volviera la calma, sentada ella, empezó a actuar como si estuviera poseída. Repetía gestos, movimientos, combinaciones con aquel barro y su mano, su cuerpo. Estuvo en ésas hasta la madrugada, cuando, agotada, se tumbó en el polvo y cayó dormida.</p>



<p>A las dos del mediodía, agitada, comprobó lo realizado la noche anterior. No había sucedido nada, era un buen intento, pero no era aquello. Algo no concordaba con lo esperado y frustró su alegría inicial. Sabía que era imposible, en realidad. Ya lo soñó y la premonición era fundada. No, no… no era eso.</p>



<p></p>



<p>5</p>



<p>Aquella tarde no paseó, no comió, no durmió. Tan sólo bebió, para acabar durmiéndose de nuevo. ¿A eso se referían sus padres cuando le decían que las apetencias deben controlarse y no fomentarlas? Ya era tarde, en cualquier caso, sentía el cuerpo a años luz de su alma, y al despertar, casi soñando, comprobó que había realizado un esbozo de la mano tan real como la primera noche. La tomó por los dedos y se la introdujo en la boca, chupando la masa, deshaciéndola y tragándosela, hasta disolver los dedos.</p>



<p>Luego escupió la masa que le quedaba, perpleja, y volvió al café. Tomó la suficiente cantidad como para quedarse despierta y repasar lo que había hecho. Repitió mil veces la secuencia, rememorando con claridad algunos instantes. Su antropofagia, que no le disgustaba, era idéntica a lo que hacía al desmembrar las piezas y guardar los dedos en el recipiente, para intercambiarlos más tarde. Aquello era natural y tenía cierto parentesco con el suceso anterior. No era igual, pero le había gustado. Estaba bien, era lícito y ya no tenía hambre. Tan sólo sed y ganas de volver a fumar.</p>



<p></p>



<p>6</p>



<p>Compró más pan y jamón, vino y huevos. Al principio fue el vino, no obstante, hasta perder el estudio de vista. Las imágenes se agolpaban en su imaginario, bailando entre maderas y figuras. Escuchaba música en su interior y un ardor simiesco incontrolable. Bailó y bailó creyéndose un dios, una heroína, una adelantada, topando al fin con la realidad y la dureza del suelo, un golpe que al día siguiente se reprodujo en un fuerte dolor de cabeza. Había dejado un rastro de sangre en el suelo. Tenía una herida no muy profunda en la frente.</p>



<p>Vio cómo había mordisqueado su primera obra, aquella que tan real le pareció. Había toqueteado también algunas imágenes de otros meses, a las que faltaban pequeñas fracciones. Seguía sin tener hambre, pero se obligó. Masticó lentamente y, lentamente, notó que estaba mareada. Cayó y vomitó. Había a su alrededor un charco de barro rojo y canela mezclado con los últimos alimentos. Su mono de trabajo estaba impregnado de algo parecido a la solución hidroalcohólica que utilizaba para conservar los dedos.</p>



<p>Tuvo que darse un paseo, uno largo, le vendría bien, salir y buscar quién era esa Mashi que ella misma había fomentado y que ya tan irreal le parecía. Pasó cerca de varios automóviles, coches y autobuses, motos, hasta alcanzar la estación de tren. Compró allí un billete a un lugar que conocía, un lugar de infancia. El tren la dejaba cerca.</p>



<p></p>



<p>7</p>



<p>La pequeña cabaña era todo lo que necesitaba para reencontrarse y pensar. Veía el agua de un riachuelo cercano y estaba rebosante de felicidad, los días pasaban tranquilos. No entendía cómo podía ser tan feliz. Se alimentaba de forma regular. La bebida, el café y los cigarrillos pasaron a un segundo plano. Solía darse un paseo hasta el pueblo más cercano, donde conoció a un hombre de carácter plácido, de buena conversación, ajeno a las costumbres del lugar. Mashi se sentía contenta, pese a no estar muy segura de lo que le ocurría. Pensó incluso en invitar al hombre a su casa taller, una vez se hubiera recuperado del todo. Pero ¿era la idea de volver a pensar en su trabajo lo que la ponía contenta o más bien la de invitar al hombre? La cabaña le recordaba también a sus padres, al primer momento de todo, esa falsa seguridad que nos obnubila y hace que mordamos, inconscientes, la primera tentativa que la vida nos ofrece. ¿Por qué había mordido aquella extraña manzana? Notaba su sabor a barro y el incipiente conocimiento de que ingería vida, aunque fuera amarga. La del arte, dijo el hombre, debe de ser la manzana donde están todos los sabores.</p>



<p>No era sólo eso, claro. Las ideas iban y venían, más cercanas cada vez a su nuevo paisaje. El riachuelo llenaba las sombras de la cabaña, así como la felicidad tomaba distintos tonos Pantone o brotaba en el silencio la voz del hombre. Su entusiasmo, el de Mashi, experimentaba pulsiones diversas, todas en un bucle extraño e irracional.</p>



<p>Poco a poco le molestó comer, sin embargo, no lo necesitaba, y a la vez le irritaba pensar en el barro. Era un pensamiento infecto, estaba allí. Lo rechazaba tajantemente. Quería volver y verificar. Y convenció al hombre para que fuera con ella. Habría de acondicionar un espacio para él, esperando que la visión del taller, la casa llena de trastos que ya ni recordaba cómo habían llegado, no lo abrumaran ni lo echaran para atrás.&nbsp; &nbsp;</p>



<p></p>



<p>8</p>



<p>Algunas creaciones tenían un aspecto magnífico, parecían embeberse del optimismo de su viaje. El taller volvió a resplandecer con su llegada. Al hombre le pareció Mashi una gran artista, así se lo dijo, para timidez y estremecimiento suyo. Ella trabajó mucho en las primeras semanas, sentía una energía maravillosa, la fuerza para llevar a cabo cuanto tenía en mente. La tomaba él de la mano: compartían la creación de la misma manera que los paseos.</p>



<p>En esos días Mashi descubrió un volumen medio tapado en su taller. Le causaba una extraña atracción, propia de aquellas figuras voluptuosamente quietas que años atrás observaba. Algo estaba sucediendo, no tardó mucho en entenderlo. Notó en su boca el sabor de la arcilla, el líquido que bajaba por el exterior de su cuello y más tarde por su garganta, regando el interior de su organismo. Tendría que limpiar su camisa mojada, porque ya no estaba sola. Debía secarla, no había sido nada…</p>



<p></p>



<p>9</p>



<p>De vuelta de uno de sus paseos encontraron el estudio revuelto, como si alguien hubiera entrado. Había caído un viejo recipiente con dedos envueltos en formol, mientras que otro estaba roto en el suelo y el líquido empezaba a evaporarse. El hombre se excusó, dijo que quizá había sido él, que salió el último y lo hizo con prisas. Quizá había rozado el pequeño mueble sin darse cuenta, dio a entender, un accidente, eso lo explicaría todo, aunque lo cierto es que tampoco oyó el ruido de nada cayéndose. No te preocupes, dijo Mashi. La preocupación, ya hacía días que había anidado en ella, era suya.</p>



<p>Esa noche se levantó inquieta y fue al taller, donde estaba el resto de las figuras. Al ver los dedos esparcidos se quedó ahí, paralizada, confundida tal vez, y con el pulso titubeante empezó a engullirlos uno a uno. Los encontró bien de sabor y notó cómo el improvisado festín le sentaba bien. Había vuelto a comer aquello que vetó, pero no se sentía mal con el resultado del banquete. Tampoco tuvo complicaciones, ningún vómito, nada, de verdad, nada extraño. Se preguntó entonces por qué no, ¿cómo no iba a probar unos bocados tan exquisitos, con un olor a arcilla tierna tan destacable?</p>



<p>Olió al hombre en la cama, antes de que se despertara. Le había rociado un brazo y la mano con su dilución favorita. El formol es otra historia. Notó que lo quería. Y así dormido le resultaba más apetecible aún. Pero la dilución hizo que el hombre despertara, presa de unos ardores que le abarcaban la mano y parte del brazo, un dolor que la abrasaba la piel y que fue sangre también. Pegó un grito al verlo, horrorizado el hombre, sacudiéndose el sueño con la misma prontitud que tuvo para largarse. Nunca más regresó.&nbsp;&nbsp; </p>



<p>10</p>



<p>Mashi siguió trabajando. No quería pensar en otra cosa que en el acto de crear y engullir, especificando qué fragmentos eran más propicios y aptos para su organismo. Creaba cada día maravillas y masticaba hasta el agotamiento. En momentos rememoraba los tiempos de la cabaña, el pueblo, el riachuelo, su amigo… Y no entendía cómo no echaba en falta aquel limo creador, aquellos fragmentos, aquellos cadáveres exquisitos, aquel producto único. Su propio cuerpo ofrecido a esta epifanía y al hambre de Saturno.</p>



<p>Otra idea tomó fuerza en su cabeza e intentó extraer su propia costilla para crear un nuevo ser. Lo intentó atrozmente y, en su debilidad creciente, entre delirios de dolor e inconsciencia, desistió. La oscuridad iba en aumento. Y desde el suelo, revisando con esmero su laboratorio, creyendo comprender a A.G., pudo decirse con certeza por qué su estudio era tan pequeño y sus hábitos alimenticios tan austeros, por qué su necesidad de horarios nocturnos, tan prestos a ensoñaciones, así como la esbeltez de su estética. Pensó en su humanidad. Se esforzó y comió lo que comió. El éxtasis le había revelado la proximidad a lo divino. </p>



<p>En la autopsia el diagnóstico describía una hemorragia interna, aunque se resaltaba una cirrosis creciente que habría acabado también con su vida. Nunca pudieron saber, debido al desorden y las mutilaciones realizadas, que aquel intento anduvo tan cercano a las ideas Alfa y Omega.</p>



<p></p>



<hr class="wp-block-separator has-css-opacity"/>



<p><a href="#_ftnref1">[1]</a> Alberto Giacometti</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>El hombre al que le faltaba un riñón</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/el-hombre-al-que-le-faltaba-un-rinon/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[myedi124]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 07 Apr 2022 09:29:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Dalmau & Górriz]]></category>
		<category><![CDATA[extinción]]></category>
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		<category><![CDATA[naturaleza]]></category>
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					<description><![CDATA[Juan M. va de isla en isla y en la última hay unos funerales donde corre la sangre de los animales sacrificados. Los familiares vestidos de negro desfilan delante del difunto. Fluye la cerveza y el vino de palma. A las diez de la noche, Jean conoce a Juan M. y de trago en trago hablan de las excelencias de la vida y de la naturaleza.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p>Por Jordi Dalmau y Lídia Górriz</p>



<p>1</p>



<p>Jean vivía al final de unas islas llenas de bruma en invierno y de nubes en verano, en la zona más austral de un archipiélago remoto.</p>



<p>Sus rasgos eran asiáticos. En el poblado le llamaban Jen o Gen, aunque su madre siempre le llamó Jean. Era bajito, chaparro, todavía muy ágil. De escasos conocimientos, gozaba no obstante de una destacable inteligencia natural y una no menos destacable ingenuidad. De padre francés, quedó huérfano a los tres años. Su madre, originaria del lugar, le cuidó con diligencia. Creció entre bosques de bambú y explanadas secas por los incendios. Su casa, hecha de troncos en un árbol, era el ejemplo perfecto de sus condiciones de vida.</p>



<p>El cuerpo, sano y fuerte, le respondía. Cuando hubo penurias económicas, tuvo que responsabilizarse de su corta familia emigrando un año a la capital, donde el dólar era el único aliciente de la vida. En esos meses ejerció de lo que pudo y, cansado de no tener nada, empezó a venderse al mejor postor. En un restaurante oscuro escuchó que algunos vendían sus órganos a otras personas, recibiendo a cambio un buen dinero.</p>



<p>De vuelta en su isla sólo tenía un riñón y una suma considerable en el bolsillo para los tiempos que corrían.</p>



<p>2</p>



<p>Juan M. vivía en una Europa económicamente convulsa. No pasaba penurias, muy al contrario: poseía algunas propiedades y era dueño de unos establecimientos comerciales. Instruido, pero no demasiado, le gustaba viajar. En los viajes captaba instantáneas de lugares auténticos y vírgenes. Sólo entonces realizaba fotografías. Su mirada se correspondía a la de la cámara y brotaban ahí sus verdaderos momentos de vida, únicas ocasiones en las que interrumpía la obsesiva actividad financiera.</p>



<p>Su familia le dejó bien posicionado y sólo debía preocuparse de no tener pérdidas sobre aquello que había heredado. Más bien fofo, su físico no tenía nada que pudiera destacarse. Era desidioso, dejado y algo tiránico, aunque no tenía mal fondo. Sabía lo que hacía, no quién era. Una de esas personas que nunca averiguan nada de sí mismas.</p>



<p>La bebida, en parte, le estaba ocasionando problemas de salud. No es que fuera un borracho, pero nunca bebió agua en las comidas. Tuvo problemas con un riñón. Hubo de someterse a una operación a la que su cuerpo se adaptó correctamente, casi de forma instantánea. Parecía fabricado para él.</p>



<p>3</p>



<p>En un oscuro restaurante también Juan M. escuchó que eso iba a acabar mal. Y en boca de un abogado que hablaba de sus pleitos, rescató las siguientes palabras: «Uno con el tiempo ve que este proceso no va a durar y que acabará fatal.» Su amigo le respondía: «¿Cómo tú, siendo tan buen empresario, puedes hablar así de esto? Lo tienes medio solucionado, siempre has sido un pesimista.» A lo que el primero le contestó: «No me refería al pleito, sino a la vida. Esto no acabará bien. Seguramente será en una tumba mirando al mar, que por otra parte ya estoy pagando.»</p>



<p>Juan M. ha repetido esta anécdota en varias ocasiones y no se cansa de hacerlo. Las sociedades no cambian excesivamente, pero sí la vida de cada uno. Lo que hoy es verde, más tarde madura, y aquello que era maduro empieza a deteriorarse y por lo tanto a marchitar. Salvo raras excepciones, el espíritu de las personas no suele cambiar y en la mayoría de los casos va a peor. Al cuerpo le pasa igual, aunque de forma más visible. El proceso de finitud siempre está presente, aunque a veces lo obviemos. Vemos el cadáver que nunca pensamos ser. Pero ¿para qué preocuparse? Ya no nos queda paraíso y para la mayoría el razonamiento no existe. Sólo vivir.</p>



<p>Juan M. empieza a entender. Su alma enfermó a los cuarenta, aunque él no se diera cuenta. Intentará alargar su vida tanto como pueda.</p>



<p>4</p>



<p>Jean vive su ineludible fin como otro proceso de la vida. En él se dan cita los paraísos, sus ancestros y sus rituales de recuerdo, las hogueras nocturnas. De hecho, no es un recuerdo, es una presencia cotidiana. No va a morir sin una razón porque no vive sin una razón, o eso cree. Nunca alargará su vida de forma artificial.</p>



<p>5</p>



<p>Juan M. empieza a vender algunas inversiones y se obsesiona con el viaje. Es una fuga, una huida hacia delante. Hay que ser hedonista y empezar a tocar otras cosas. Prepara todas sus cámaras y objetos de reproducción instantánea, incluida la pluma y el lápiz, por si no hay corriente. Aunque pocas veces las ha utilizado. No sabe si reconocerá su uso en el libro de instrucciones. El lápiz parece más fácil. Todavía recapacita con cierto sarcasmo y lo reconoce. Roza la estupidez.</p>



<p>La pretensión es viajar más con los sentidos y perder la capacidad de enmarcar la mirada. Algo ha aprendido con el tiempo, y más en estos momentos de duda. Es toda una experiencia y un reto. Puede que sea una mala experiencia y un auto-soborno.</p>



<p>Su viaje empezará en el norte de la India, de allí pasará a Nepal, para llegar a Katmandú, y de allí a China o la parte del antiguo Tíbet. Entrará por Zagmu y seguirá, pasado el antiguo reino, tras la ruta de la seda. La dejará y girará más al sur, Tailandia, y de allí a Papúa. Más tarde entrará en un archipiélago inmenso.</p>



<p>El viaje se oscurece. Nota mucho cansancio. Una nueva dolencia aparece, acompañada por una malaria incipiente. Ha de vivir obsesivamente al día.</p>



<p>6</p>



<p>Jean sigue su vida y sus recursos han menguado. Sólo la pesca algunas veces y el cuidado de sus escasos búfalos, no da para mucho más. La vejez de su madre le está dejando seco. Los animales empiezan a escasear. Las exequias serán lentas y costosas, aunque inevitables y necesarias. Jean se enamoró hace poco y también mantiene a su pareja.</p>



<p>Sostiene su eterna sonrisa y le da por hablar de los buenos tiempos.</p>



<p>7</p>



<p>Juan M. va de isla en isla y en la última hay unos funerales donde corre la sangre de los animales sacrificados. Los familiares vestidos de negro desfilan delante del difunto. Fluye la cerveza y el vino de palma. A las diez de la noche, Jean conoce a Juan M. y de trago en trago hablan de las excelencias de la vida y de la naturaleza.</p>



<p>La sangre excita aquello que toca y la conversación encharcada tiene otro barniz más material. Se explican que tienen, respectivamente, un riñón extirpado y uno trasplantado. Coinciden en el nombre de la empresa que los ha vendido y comprado, así como en el carácter casi confidencial de la transacción. El lugar de extracción y de trasplante son diferentes, pero la sociedad es la misma. Coinciden también en la prontitud y seguridad de la compañía.</p>



<p>Jean explica la celeridad en el pago del comprador, sumamente eficaz.</p>



<p>Juan M. intuye que deberá hacerse otra intervención en un futuro próximo. No corre prisa, pero no puede demorarse excesivamente. Debe seguir viviendo.</p>



<p>Hablando con cierta ansiedad, Jean le conmina que él podría ser el donante, y que, como la empresa extractora está cerca de la capital, podrían firmar la documentación pertinente. Un órgano es un órgano, y si se tienen más no ve excesivo problema en ello. Piensa en un futuro de año y medio de bonanza económica y está bebido, pero eso da igual. Harán donación y compra en un día y medio.</p>



<p>8</p>



<p>Jean es descuidado e ingenuo, desconoce muchas cosas y nunca ha sido consciente de su naturaleza. Sólo piensa en salir de apuros. Y Juan M. en posibilitar cualquier operación. La cita es en un lugar distinto al que fue Jean para la anterior donación. Es más apartado, pero él sabe con certeza que el dinero irá a parar a su aldea, a su casa, y se presta al trato que se está llevando a cabo. Lo que sí prima, por razones de seguridad, es la inmediatez de la extracción y la rapidez de su envío, que casi coincide con la marcha de Juan M. Ha oído el nombre del órgano que le será extirpado en su totalidad y quizás todavía no comprende las características de un hígado.</p>



<p>9</p>



<p>La aldea recibirá a su pareja con el cariño que supone una fiesta para el próximo difunto. Las celebraciones casi juntarán a madre e hijo y tendrán lugar dentro un tiempo, como es costumbre.</p>



<p>Los animales por sacrificar duplicarán su número en la ceremonia. Seguramente alguna televisión europea grabará un especial de los ritos funerarios de estas islas. El evento es bastante extraordinario y casi coincidirá con la festividad del rey, que conlleva unos fastos inigualables, propios de un reino del siglo XVIII. La grabación más exótica y emotiva será la de Jean.</p>



<p>10 </p>



<p>Sentado en su sofá, alguien verá casualmente el documental anunciado desde días atrás, y pensará, si su mejoría se confirma, en el próximo lugar a visitar. Podría asociarse incluso con la empresa que facilita los trasplantes, sería una buena inversión, eso barrunta, aunque en el fondo sólo piensa en vivir, vivir y vivir, que es lo único que importa.</p>



<p></p>
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		<title>Cueva de ladrones</title>
		<link>https://editorialcomba.com/blog/cueva-de-ladrones/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[myedi124]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 28 Mar 2022 07:48:37 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[El viento y la semilla]]></category>
		<category><![CDATA[extinción]]></category>
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		<category><![CDATA[Ricardo Martínez Llorca]]></category>
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					<description><![CDATA[Nadie es un héroe, o al menos un héroe al estilo de los que quisiéramos emular: Hércules, Astérix y Obélix, Philip Marlowe o Iron Man…, tipos que pertenecen a diferentes mitologías: no se les puede derrotar, como no se nos puede derrotar a ninguno en sueños, que es el lugar donde somos invencibles.]]></description>
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<p>Por Ricardo Martínez Llorca*</p>



<p>Una de las formas más higiénicas de tortura y, en consecuencia, de las más humillantes, consiste en desvestir al preso en un sótano para interrogarlo bajo potentes focos. Cuando la privación del sueño quiera destruirle, se encontrará con un cuerpo sin autoestima a cuenta de la desnudez denigrante.</p>



<p>Nadie es un héroe, o al menos un héroe al estilo de los que quisiéramos emular: Hércules, Astérix y Obélix, Philip Marlowe o Iron Man…, tipos que pertenecen a diferentes mitologías: no se les puede derrotar, como no se nos puede derrotar a ninguno en sueños, que es el lugar donde somos invencibles.</p>



<p>Pero la tortura pertenece al lado del planeta que está siempre en vigilia; ahí no existe el derecho a soñar. Bajo las condiciones que se le imponen al reo desnudo en el sótano de la tortura, uno estaría dispuesto a firmar cualquier cosa a cambio de algo tan real como unos calzoncillos.</p>



<p>Ésta es la manera de actuar, en buena medida, de cualquier represor social, y más aún en tiempos de crisis. Y las crisis son congénitas y crónicas para demasiada gente. En ese lado oscuro de la Tierra habitaron demasiadas cosas que han desaparecido. Algunas eran muy antiguas, como el rinoceronte blanco, el delfín del Yangtsé, el pájaro Dodo o los helechos gigantes; otras son tan recientes como el paisaje de nuestra infancia, que contenía un pequeño bosque con árboles muy familiares, y muchos de esos seres a los que hubiéramos querido abrazar a la hora de despedirnos, desde los renacuajos de la charca, hasta las bellotas que ametrallaban la pradera después de la tormenta.</p>



<p>Que la humanidad sobreviva una vez que ha dejado de existir la pequeña hura donde vivía una familia de conejos a la que habíamos puesto apellidos habla más de nuestra capacidad de adaptarnos que de nuestra capacidad de aprender. Aprender pertenece a las acciones humanas voluntarias que suceden al mirar hacia los mitos, tal vez hacia Idéfix, el perrito de Obélix que llora cada vez que alguien derriba un árbol, y también hacia los mitos que hablan de un mundo muy vivo, como el de Ovidio, el de John Ford o el de Walt Whitman. Adaptarnos, por su parte, pertenece a las consecuencias de la resignación, que los antiguos griegos colocaban como el peor de los males.</p>



<p>¿Que hayan desaparecido esos árboles y esa familia de conejos es una pérdida o es un robo? Las soluciones científicas, a las que confiamos cualquier cosa porque creemos racionales, nos muestran que si algo desaparece lo ideal es sustituirlo: en lugar de pájaros, tenemos aviones; en lugar de amigos, tenemos emisiones en <em>streaming</em>. Gracias a la biotecnología hoy en lugar de tomates tenemos “tomates”, en lugar de algodón tenemos “algodón”, y en lugar de arroz, otro “arroz”.</p>



<p>Más complicadas resultan otras sustituciones, como las del rinoceronte blanco o los helechos, que han sido reemplazados por fenómenos a los que ya nos hemos acostumbrado, por casas de comida rápida o el comercio online. Cuando desaparece algo, nuestra existencia empeora. Pero nuestros minutos están llenos de demasiadas cosas como para notar el empeoramiento. De hecho, nuestros minutos están incluso llenos de ellos mismos, de tiempo, que, dicta el verso de Borges, es materia deleznable.</p>



<p>Hasta el tiempo es, digamos de una vez la palabra maldita, mercado. Los mercados aman las soluciones, como las que garantizan la ciencia y la tecnología. Provocan una farsa de revolución, pues consiguen que la sociedad siga prolongando la pantomima de ser ella misma. El mercado alimenta, así, algo que resulta ser destructivamente normal.</p>



<p>Asistir al mundo es asistir a un espectáculo normal en el que deseamos toparnos con lo extraño. Para dotar a la extrañeza de un sentido benéfico, cabría volver, si se pudiera, a crear los helechos gigantes y el pájaro Dodo, o volver a la filosofía y al arte, además de retornar al cariño, y a casi cualquier cosa que desliza un poco de cielo puro por alguna rendija de nuestro cuerpo, un cuerpo que está ahora en ese sótano, desnudo, bajo los focos, pensando en los calzoncillos por los que estamos dispuestos a firmar cualquier cosa, es decir, demasiado ocupado en los problemas que nos dan los mercados y los afanes de la tradición, es decir, muy tenso y angustiado a cuenta de la desigualdad de una sociedad demasiado estratificada, la de los mercados, y de la doctrina, que es lo que impone la tradición y que resulta ser todo lo contrario a la educación: la doctrina es instrucción para esclavos, la educación supone combate, sí, contra el hedonismo de masas, contra la trampa tecnológica y contra todo aquello que ha modelado la cabeza en función de un adoctrinamiento, de unos genes, de un ambiente, de una clase social.</p>



<p>Ese ambiente o esa clase social nos lleva a normalizar sucesos hasta el punto de que creemos que construyen la realidad. Creemos que son sucesos racionales y que, en consecuencia, trenzan lo real. ¿Lo real es lo normal? ¿Es normal la extinción por agotamiento de la Tierra? ¿Es normal el mal, por el mero hecho de parecer más racional? ¿Por qué parece más racional?</p>



<p>Posiblemente parece normal porque es cuantificable: podemos medir cuántas personas mueren en un bombardeo, pero desconocemos cuánta gente se salva gracias a las caricias. Podemos medir la normalidad, la realidad o como queramos llamarlo, que se trenza con costuras del mal: muertos, enfermos, miserias, represiones, estafas… pero más complicado, imposible, incluso, es medir el beneficio de los momentos extraños que nos salvan, porque no hay escala para valorar los instantes de belleza y de amor.</p>



<p>Hemos dicho momentos extraños y se nos ocurre recordar que extraño es antónimo de normal, de normalidad, de realidad, pues, y realidad, tal y como la estamos concibiendo, se parece demasiado a un sinónimo de precipicio.</p>



<p>Volvemos a hablar de ese precipicio en el que han desaparecido los árboles y los conejos, y dentro del cual acabará por sucumbir, si nos empeñamos en regirnos por lo normal, el dolor de los demás, el arco iris que aparece hasta en los charcos, lo que profesamos por nuestras parejas, el reflejo de las estrellas y hasta el humo de la buena memoria: todo lo que nos produce buenos sentimientos, asombro, extrañeza. Ese precipicio, esa realidad, esa normalidad, esa tecnología, esa ciencia, tiene mucho que ver con las soluciones que, recordamos, son las grandes aspiraciones de los mercados.</p>



<p>¿Significa esto que los grandes problemas no tienen solución? No cercenemos lo posible antes de tiempo. Los grandes problemas pueden pensarse. Es más, deben pensarse. El poder, por su parte, es amigo de soluciones sin pensamiento. Creo que a eso se le conoce como codicia.</p>



<p>Poder, codicia, mercado… Pero detrás de esos conceptos hay personas. Recurro ahora a mi ambiente, a mi educación, a mi clase social y pienso que si existen los mercados es porque existen los mercaderes y, en consecuencia, cabe gritar: «Quiten esto de aquí, no hagan de la casa de Mi Padre&nbsp;una casa de comercio»; o «¿No está escrito: “mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones”? Pero ustedes la han hecho&nbsp;cueva de ladrones».</p>



<p>Lo normal, entendiendo por normal lo real y por real lo que hemos estado describiendo, es que la casa de oración, la casa de mi padre, el arco iris de los charcos, los cuidados frente al dolor ajeno y casi todas las cosas que hay en el planeta desaparezcan algún día, como desaparecieron el rinoceronte blanco y el pájaro Dodo. A nosotros nos queda el consuelo, el pensamiento, de escribir algún pie de página en esta historia, recordando que literariamente no vale cualquier causa, sino que lo primero es elegir bien la causa y entonces sí, entonces todo puede valer. </p>



<p>En la causa que a mí me hubiera gustado defender, se vería reflejado mi sueño, ese lugar en el que, he debido comentar al principio, somos invencibles. En mi sueño todo el mundo tiene pan, sí, pero además todo el mundo tiene sol, incienso, zapatos nuevos y cerezos en flor.</p>



<p></p>



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<p>* Ricardo Martínez Llorca leyó este texto en las presentaciones de su crónica <em><a href="https://editorialcomba.com/libros/ensayo/el-viento-y-la-semilla/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">El viento y la semilla</a></em>.</p>
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